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Virilidad fónica

En persona no es para tanto: si acaso unas risitas procedentes del final del aula. Al final del semestre, me acaban llamando Farinelli sin pudor. Los universitarios son así: desvergonzados y naturales.
La maldita pesadilla se repite con el teléfono:
- “Buenas tardes, guapa. ¿Podría hablar con tu papá?”
- “Si no le importa, señorita, soy Jesús Pérez Armilla. Mi padre falleció hace veinte años, así que lo más probable es que me busque a mí”. - Me encanta fingirme airado y sorprendido, todas y cada una de las veces.
- (...)
Un silencio que ya no me incomoda. A veces, la señorita cuelga. Supongo que por evitar la carcajada, o por alguna suerte de decente rubor. Si deciden quedarse a completar la charla, acabo esbozando yo esa sonrisa telefónica que necesitarán para quitarse de encima el sentimiento de culpa.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Ja, ja, ja. Una historia corta, graciosa y perfectamente contada. Y no hay que releerla 20 veces para conseguir entenderla. Me ha encantado.

Veronika dijo...

Bravo!!!