Sentada del 17 de julio de 2008

PÍCARO PÍCARO
Conchi
Eduardo es un tramposo que siempre está engañando a los demás: a los pobres que van en silla de ruedas como él y no se pueden defender, y a los clientes de Ascuas, un restaurante que hay en la Avenida Juan Carlos I de Leganés. Siempre estaba diciendo que no tenía dinero para pagarse una silla eléctrica y al final se la ha pagado el dueño de Ascuas, o eso dice él. Vive en una residencia para minusválidos físicos, donde les saca el dinero a casi todos sus compañeros. Unas veces, con la excusa de cobrarles los boletos que les vende, les quita más de lo debido de la cartera. Otras veces, cuando a alguno le toca algún premio, miente y no le paga el dinero que le ha tocado. Está tan gordo que podría luchar en un combate de sumo, por eso iba tan despacio y se ahogaba subiendo las cuestas en su silla de ruedas manual. Casi nunca se afeita. La responsable de la residencia siempre va detrás de él diciéndole que se afeite, pero se lo pasa por el forro de los cojones que, por cierto, siempre se los está tocando. Da la impresión de que está a rebosar de ladillas. Por eso que, cuando se acerca a mí, corro más que el coyote cuando va detrás del correcaminos. Siempre va meado, eso es característico de Eduardo. Aprovecha cualquier ocasión para dar el timo a la gente. Con eso de que va en silla de ruedas, pone cara de buena persona, de esas que nunca han roto un plato, y les pide dinero para comer. Ellos le ven así, meado y sin afeitar, y se lo creen. Da bien el pego. Luego se lo gasta en cerveza o en anís, pero no es lo peor que hace. Es un mentiroso y un tramposo, el dinero que pide prestado a todo el mundo nunca lo devuelve. Se aprovecha de todos y cuando no consigue lo que quiere se cabrea y pega voces diciendo “tú eres un cabrón, eres un hijo de puta”. Y estas broncas terminan muchas veces a ostias, no se corta en pegar a los que son más débiles que él, que el Eduardo, habrá quedado claro, no es tonto.



VENTANA
Rosa y adredista 0
La ventana ha roto el muro de la habitación para acercar la calle a mi vida. Sin el horizonte que descubre mi ventana viviría la vida emparedada. Por la ventana cuento las hojas amarillas que caen de los árboles durante el otoño y espío al invierno pintando de gris todas las hierbas del parque. Y por la ventana descubro una mañana de mi vida, por fin, la primavera de los brotes tiernos y de los jóvenes tiernos que endurecen su cuerpo corriendo sobre las flores. Y esa primavera me devuelve a la niña que jugaba con su pelota en la calle, en mi barrio de Caracas, o en la playa. Por la ventana observo jugar a los niños con el agua de las fuentes y la niña que yo era vuelve a gritar dentro de mí. Pero mi ventana me regala otra historia todavía más interminable. Me la regala por medio de su luz, pues yo leo mucho, que por algo fui librera, y tengo la costumbre de leer de día. Si no fuera por la luz de mi ventana, mis libros estarían mudos para mí. Gracias a su luz, con mis libros viajo de extremo a extremo del mundo y comparto otras vidas. En verdad que mi ventana no son mis ojos, pero su luz es la otra ventana de mi alma.


SEGUIR VIVIENDO
Rosa II
Me siento muy orgullosa en esta vida que vivo, a pesar de haber tenido muchos palos, que los he tenido, como los demás aquí presentes. Yo estoy muy orgullosa, a pesar de que me tienen que asistir en todo día a día, pues soy dependiente. Se lo agradezco a los cuidadores que me asisten. Me siento muy orgullosa también de estos centros del IMSERSO. Me siento una privilegiada, pues no es tan fácil conseguir una plaza aquí, para gente como yo, que no podemos estar ni en la calle ni en sus casas, los que la tengan, que yo no la tenía. Y me siento muy orgullosa de mis compañeros, de mis amigos, y de la gente que trabaja aquí, buenos y malos. Se aprende un poco de todos, sustituyen a la familia y nos ayudan a llevar el día a día. A pesar que a veces nos quejamos, y es normal, pues en las mejores familias también hay ovejas negras y garbanzos negros y cabrones rubios. Yo estoy muy orgullosa de los sicólogos, pues si no fuera por ellos estaría hecha polvo. Ellos me dan cada poco un empujón para delante. Y estoy muy orgullosa de todo lo bueno que me da la vida, que si dios quiere que siga viviendo será porque no encuentra nada mejor para mí. Y estoy muy orgullosa de poder decir todo esto, que no sé quién leerá, todo lo que siento y me sale del corazón.


NADA ES LO QUE PARECE
Isa y adredista 6
Era un matrimonio que le había tocado la lotería. La mujer, todos los días se iba de compras; su marido también, pero por separado. Eso hacía creer el marido a la mujer, pero él no se iba sólo de compras. El matrimonio tenía cuatro hijos: dos hijas y dos hijos que ya se habían casado y trabajaban todos. La mujer se compraba abrigos de visón y diamantes. El marido aparentaba ser un roñica y un agarrado; y se dedicaba a coleccionar coches deportivos y de lujo porque le gustaban mucho. Se compró cinco coches y una autocaravana. De todo ello, nada la dijo a la mujer. La mujer se hizo la liposucción y se quedó muy delgada. También se hizo la cirugía estética y se quedó muy bella; parecía una modelo con su pecho recién operado. Bastó que saliera a la calle dispuesta a tragarse el mundo, para que prontísimo se le acercara un Porsche con los vidrios ahumados. El ocupante bajó el cristal sólo lo suficiente para que se le vieran los ojos. A pesar de la voz fingida, pudo reconocer a su marido que le decía:
—Respetable señorita, ¿sería usted tan amable de hacerme saber a cuánto asciende el importe de sus muy dignos servicios?

Pícaro pícaro

Conchi
Eduardo es un tramposo que siempre está engañando a los demás: a los pobres que van en silla de ruedas como él y no se pueden defender, y a los clientes de Ascuas, un restaurante que hay en la Avenida Juan Carlos I de Leganés. Siempre estaba diciendo que no tenía dinero para pagarse una silla eléctrica y al final se la ha pagado el dueño de Ascuas, o eso dice él. Vive en una residencia para minusválidos físicos, donde les saca el dinero a casi todos sus compañeros. Unas veces, con la excusa de cobrarles los boletos que les vende, les quita más de lo debido de la cartera. Otras veces, cuando a alguno le toca algún premio, miente y no le paga el dinero que le ha tocado. Está tan gordo que podría luchar en un combate de sumo, por eso iba tan despacio y se ahogaba subiendo las cuestas en su silla de ruedas manual. Casi nunca se afeita. La responsable de la residencia siempre va detrás de él diciéndole que se afeite, pero se lo pasa por el forro de los cojones que, por cierto, siempre se los está tocando. Da la impresión de que está a rebosar de ladillas. Por eso que, cuando se acerca a mí, corro más que el coyote cuando va detrás del correcaminos. Siempre va meado, eso es característico de Eduardo. Aprovecha cualquier ocasión para dar el timo a la gente. Con eso de que va en silla de ruedas, pone cara de buena persona, de esas que nunca han roto un plato, y les pide dinero para comer. Ellos le ven así, meado y sin afeitar, y se lo creen. Da bien el pego. Luego se lo gasta en cerveza o en anís, pero no es lo peor que hace. Es un mentiroso y un tramposo, el dinero que pide prestado a todo el mundo nunca lo devuelve. Se aprovecha de todos y cuando no consigue lo que quiere se cabrea y pega voces diciendo “tú eres un cabrón, eres un hijo de puta”. Y estas broncas terminan muchas veces a ostias, no se corta en pegar a los que son más débiles que él, que el Eduardo, habrá quedado claro, no es tonto.

Ventana

Rosa y adredista 0
La ventana ha roto el muro de la habitación para acercar la calle a mi vida. Sin el horizonte que descubre mi ventana viviría la vida emparedada. Por la ventana cuento las hojas amarillas que caen de los árboles durante el otoño y espío al invierno pintando de gris todas las hierbas del parque. Y por la ventana descubro una mañana de mi vida, por fin, la primavera de los brotes tiernos y de los jóvenes tiernos que endurecen su cuerpo corriendo sobre las flores. Y esa primavera me devuelve a la niña que jugaba con su pelota en la calle, en mi barrio de Caracas, o en la playa. Por la ventana observo jugar a los niños con el agua de las fuentes y la niña que yo era vuelve a gritar dentro de mí. Pero mi ventana me regala otra historia todavía más interminable. Me la regala por medio de su luz, pues yo leo mucho, que por algo fui librera, y tengo la costumbre de leer de día. Si no fuera por la luz de mi ventana, mis libros estarían mudos para mí. Gracias a su luz, con mis libros viajo de extremo a extremo del mundo y comparto otras vidas. En verdad que mi ventana no son mis ojos, pero su luz es la otra ventana de mi alma.

Seguir viviendo

Rosa II
Me siento muy orgullosa en esta vida que vivo, a pesar de haber tenido muchos palos, que los he tenido, como los demás aquí presentes. Yo estoy muy orgullosa, a pesar de que me tienen que asistir en todo día a día, pues soy dependiente. Se lo agradezco a los cuidadores que me asisten. Me siento muy orgullosa también de estos centros del IMSERSO. Me siento una privilegiada, pues no es tan fácil conseguir una plaza aquí, para gente como yo, que no podemos estar ni en la calle ni en sus casas, los que la tengan, que yo no la tenía. Y me siento muy orgullosa de mis compañeros, de mis amigos, y de la gente que trabaja aquí, buenos y malos. Se aprende un poco de todos, sustituyen a la familia y nos ayudan a llevar el día a día. A pesar que a veces nos quejamos, y es normal, pues en las mejores familias también hay ovejas negras y garbanzos negros y cabrones rubios. Yo estoy muy orgullosa de los sicólogos, pues si no fuera por ellos estaría hecha polvo. Ellos me dan cada poco un empujón para delante. Y estoy muy orgullosa de todo lo bueno que me da la vida, que si dios quiere que siga viviendo será porque no encuentra nada mejor para mí. Y estoy muy orgullosa de poder decir todo esto, que no sé quién leerá, todo lo que siento y me sale del corazón.

Nada es lo que parece

Isa y adredista 6
Era un matrimonio que le había tocado la lotería. La mujer, todos los días se iba de compras; su marido también, pero por separado. Eso hacía creer el marido a la mujer, pero él no se iba sólo de compras. El matrimonio tenía cuatro hijos: dos hijas y dos hijos que ya se habían casado y trabajaban todos. La mujer se compraba abrigos de visón y diamantes. El marido aparentaba ser un roñica y un agarrado; y se dedicaba a coleccionar coches deportivos y de lujo porque le gustaban mucho. Se compró cinco coches y una autocaravana. De todo ello, nada la dijo a la mujer. La mujer se hizo la liposucción y se quedó muy delgada. También se hizo la cirugía estética y se quedó muy bella; parecía una modelo con su pecho recién operado. Bastó que saliera a la calle dispuesta a tragarse el mundo, para que prontísimo se le acercara un Porsche con los vidrios ahumados. El ocupante bajó el cristal sólo lo suficiente para que se le vieran los ojos. A pesar de la voz fingida, pudo reconocer a su marido que le decía:
—Respetable señorita, ¿sería usted tan amable de hacerme saber a cuánto asciende el importe de sus muy dignos servicios?

Sentada del 10 de julio de 2008

IR TIRANDO
Conchi
Ahora ya no es como antes, ahora Lourdes deja las cosas para luego. Si tiene que fregar la casa lo hace en dos veces. Antes le pedía a Andrés ayuda para que le quitase las ventanas del cuarto porque ella no se podía subir y ahora, desde que ha muerto Andrés, lo va haciendo poco a poco, porque dice que ella está sola y nadie lo ve, si está la casa guarra como si está limpia. Eso sí, va a la compra, se compra lo que quiere de comida (¡ah!, no le gusta el pollo ni el conejo, le gusta el cerdo) y viene a ver a su amiga Irene en el CAMF de Leganés casi todos los días. Su amiga Irene está en una silla de ruedas y no se puede mover. Lourdes hace voluntariado con la Cruz Roja y cada día la mandan una cosa distinta, que vaya a ver a abuelos a sus casas para entretenerles un poco, pero los lava, los saca, los llevar la comida hecha. Los martes por la tarde los acompaña al cine, porque sólo cuesta 1 euro. Luego meriendan en Rodilla, se comen un taco de verdura y cada uno se pide lo que quiere y se paga su café, que así no hay líos. Algunos sábados se queda con sus nietos mientras su hijo y su nuera van a comprar. Los saca a pasear al sol y les compra chuches. La niña, que tiene 3 ó 4 años, como no se entretiene con nada y quiere todo el día ver películas de vídeo infantiles, no hace más que tirar de su abuela para volver a casa y que le ponga la tele. El niño, que es más pequeño, tiene el pelo rubio y es más gordo que su hermana. Antes se pasaba el día llorando y su abuela no se podía mover de su lado, hasta que le salieron los dientes. Y ahora es hiperactivo y no deja parar a la hermana un momento. La tira de los pelos, siempre la está pegando o tirándole bocados. Lourdes acaba agotada después de estar con ellos y se tiene que sentar. Qué ganas tengo de que lleguen tus padres para que se encarguen de ti, que no eres más malo porque no puedes. A ver si tus padres te controlan un poco, porque yo ya me he hecho mayor y no tengo tantas fuerzas como cuando era joven, y que te busquen alguna distracción los sábados. O que te dejen con tus primos, que jugáis más tiempo y así te entretienen y no das tanto la lata. Los domingos Lourdes se queda en casa descansando tranquilamente, porque el lunes tiene que volver a cuidar a los abueletes. No tiene mucho tiempo para sí, ni se pintar ni se arreglar, y se pone cualquier cosa encima. Por la noche, cuando se mete en la cama, echa de menos a su marido. Con el paso del tiempo se va curando la herida y ya no llora cuando se acuerda de él, que es cada vez con más frecuencia.



PROBLEMAS DE PAREJA
Rosa y adredista 0
En el parque, los adolescentes se desnudan con los primeros calores, pero es ahora cuando los olmos, los arces y los chopos comienzan a vestirse. Si no fuera por sus copas repletas de sombra, en verano el banco de madera sería inhabitable a estas horas. La primavera lo viste todo ahora mismo. Lo está pintando de verde ansioso. Las flores en la pradera son una retórica y un capricho, el talismán que hace guiños al niño. Los niños persiguen a las flores con furia Lo que con tanto respeto adoran las abejas, lo destroza la curiosidad infantil. En el banco se sienta mi asistente, con el cuaderno en las rodillas, copiando mi dictado. Yo he arrimado mi silla para que me oiga mejor. Llevo aquí parada más de una hora y todavía me dura la alegría que brota de mis pulmones cada vez que ruedo por el parque con mi silla de ruedas. El frescor de la primavera me vivifica y dibuja una sonrisa en mi rostro que no puedo evitar. Mi asistente se ha sentado entre sol y sombra, pero mi cabeza aguanta bien el sol. Ahora mismo he sorprendido a un jilguero colocando un pajita, que traía en el pico, sobre un nido a medio hacer. Lo está construyendo en lo más intricado de un pruno. Se va el jilguero de cabeza roja y alas amarillas y llega una pájara parda con otra ramita, que coloca con un cuidado infinito, rectificando incluso la que ha dejado su compañero. No han reparado ninguno de los dos en mí, que los observo fascinada. Es la pareja más enamorada el parque, su relación va en serio. Si los observas atentamente, descubres su prisa enorme por arreglar el pisito. Van a tener suerte, lo presiento, el pruno está creciendo y los ocultará muy pronto de miradas indiscretas. Van a ser felices, son el uno para el otro. Ahora estoy más contenta todavía que al principio, al sentir el frescor del aire del parque en mis pulmones. Es esta alegría lo que me inspira la pregunta, sinceramente, al asistente de escritura. ¿Cuáles pueden ser los problemas de la pareja?, le pregunto



CASTILLOS EN EL AIRE
Juani
Estaba tumbada sobre el frescor de la hierba. El sol me daba fuerte y hacía calor. Era un día de estos de verano, así, bochornoso, y yo miraba al cielo y observaba las nubes, que corrían delante de mis ojos. Cada una tenía su forma: unas tenían forma de cordero, otras de oveja, otras de vaca… Y entonces yo me imaginaba cabalgando sobre cada animal y surcando toda la tierra. Iba viendo cada país, quien los habitaba y si las tierras eran de secano o de regadío. Las tierras de secano, yo las conozco muy bien, me preocupaban especialmente, pues observaba los campos empobrecidos, y entonces yo imaginaba que con mi mano simplemente decía "que todo este terreno se haga fértil". Luego lo pensaba mejor y me convencía de que eso no podía ser. Porque era todo tan hermoso. Así estaba bien hecho el mundo, tenía que haber de todo, parte seca, parte fértil… Y entonces, una llamada me devolvió a mi mundo, que es un poco enrevesado, la verdad.

Ir tirando

Conchi
Ahora ya no es como antes, ahora Lourdes deja las cosas para luego. Si tiene que fregar la casa lo hace en dos veces. Antes le pedía a Andrés ayuda para que le quitase las ventanas del cuarto porque ella no se podía subir y ahora, desde que ha muerto Andrés, lo va haciendo poco a poco, porque dice que ella está sola y nadie lo ve, si está la casa guarra como si está limpia. Eso sí, va a la compra, se compra lo que quiere de comida (¡ah!, no le gusta el pollo ni el conejo, le gusta el cerdo) y viene a ver a su amiga Irene en el CAMF de Leganés casi todos los días. Su amiga Irene está en una silla de ruedas y no se puede mover. Lourdes hace voluntariado con la Cruz Roja y cada día la mandan una cosa distinta, que vaya a ver a abuelos a sus casas para entretenerles un poco, pero los lava, los saca, los llevar la comida hecha. Los martes por la tarde los acompaña al cine, porque sólo cuesta 1 euro. Luego meriendan en Rodilla, se comen un taco de verdura y cada uno se pide lo que quiere y se paga su café, que así no hay líos. Algunos sábados se queda con sus nietos mientras su hijo y su nuera van a comprar. Los saca a pasear al sol y les compra chuches. La niña, que tiene 3 ó 4 años, como no se entretiene con nada y quiere todo el día ver películas de vídeo infantiles, no hace más que tirar de su abuela para volver a casa y que le ponga la tele. El niño, que es más pequeño, tiene el pelo rubio y es más gordo que su hermana. Antes se pasaba el día llorando y su abuela no se podía mover de su lado, hasta que le salieron los dientes. Y ahora es hiperactivo y no deja parar a la hermana un momento. La tira de los pelos, siempre la está pegando o tirándole bocados. Lourdes acaba agotada después de estar con ellos y se tiene que sentar. Qué ganas tengo de que lleguen tus padres para que se encarguen de ti, que no eres más malo porque no puedes. A ver si tus padres te controlan un poco, porque yo ya me he hecho mayor y no tengo tantas fuerzas como cuando era joven, y que te busquen alguna distracción los sábados. O que te dejen con tus primos, que jugáis más tiempo y así te entretienen y no das tanto la lata. Los domingos Lourdes se queda en casa descansando tranquilamente, porque el lunes tiene que volver a cuidar a los abueletes. No tiene mucho tiempo para sí, ni se pintar ni se arreglar, y se pone cualquier cosa encima. Por la noche, cuando se mete en la cama, echa de menos a su marido. Con el paso del tiempo se va curando la herida y ya no llora cuando se acuerda de él, que es cada vez con más frecuencia.

Problemas de pareja

Rosa y adredista 0
En el parque, los adolescentes se desnudan con los primeros calores, pero es ahora cuando los olmos, los arces y los chopos comienzan a vestirse. Si no fuera por sus copas repletas de sombra, en verano el banco de madera sería inhabitable a estas horas. La primavera lo viste todo ahora mismo. Lo está pintando de verde ansioso. Las flores en la pradera son una retórica y un capricho, el talismán que hace guiños al niño. Los niños persiguen a las flores con furia Lo que con tanto respeto adoran las abejas, lo destroza la curiosidad infantil. En el banco se sienta mi asistente, con el cuaderno en las rodillas, copiando mi dictado. Yo he arrimado mi silla para que me oiga mejor. Llevo aquí parada más de una hora y todavía me dura la alegría que brota de mis pulmones cada vez que ruedo por el parque con mi silla de ruedas. El frescor de la primavera me vivifica y dibuja una sonrisa en mi rostro que no puedo evitar. Mi asistente se ha sentado entre sol y sombra, pero mi cabeza aguanta bien el sol. Ahora mismo he sorprendido a un jilguero colocando un pajita, que traía en el pico, sobre un nido a medio hacer. Lo está construyendo en lo más intricado de un pruno. Se va el jilguero de cabeza roja y alas amarillas y llega una pájara parda con otra ramita, que coloca con un cuidado infinito, rectificando incluso la que ha dejado su compañero. No han reparado ninguno de los dos en mí, que los observo fascinada. Es la pareja más enamorada el parque, su relación va en serio. Si los observas atentamente, descubres su prisa enorme por arreglar el pisito. Van a tener suerte, lo presiento, el pruno está creciendo y los ocultará muy pronto de miradas indiscretas. Van a ser felices, son el uno para el otro. Ahora estoy más contenta todavía que al principio, al sentir el frescor del aire del parque en mis pulmones. Es esta alegría lo que me inspira la pregunta, sinceramente, al asistente de escritura. ¿Cuáles pueden ser los problemas de la pareja?, le pregunto

Castillos en el aire

Juani
Estaba tumbada sobre el frescor de la hierba. El sol me daba fuerte y hacía calor. Era un día de estos de verano, así, bochornoso, y yo miraba al cielo y observaba las nubes, que corrían delante de mis ojos. Cada una tenía su forma: unas tenían forma de cordero, otras de oveja, otras de vaca… Y entonces yo me imaginaba cabalgando sobre cada animal y surcando toda la tierra. Iba viendo cada país, quien los habitaba y si las tierras eran de secano o de regadío. Las tierras de secano, yo las conozco muy bien, me preocupaban especialmente, pues observaba los campos empobrecidos, y entonces yo imaginaba que con mi mano simplemente decía "que todo este terreno se haga fértil". Luego lo pensaba mejor y me convencía de que eso no podía ser. Porque era todo tan hermoso. Así estaba bien hecho el mundo, tenía que haber de todo, parte seca, parte fértil… Y entonces, una llamada me devolvió a mi mundo, que es un poco enrevesado, la verdad.

Sentada del 3 de julio de 2008

chica apoltronada en sillón-pelota de tennis


bolso en forma de pelota de tennis



cuaderno en forma de pelota de tennis con bolígrafo




hemos aprendido a valorar la hierbaLa militancia de consumados escritores (Octavio Paz decía que el periodismo era literatura a gran velocidad) en redacciones inverosímiles, no garantiza que términos como "armada invencible" vayan a filtrarse en el entramado mediático. Nuestras débiles premisas se estremecen ante los sorpresivos y madrugadores embates que aconsejan que el presidente de Colombia, Álvaro Uribe, en relación al triunfo sobre el terrorismo guerrillero y secuestrador, debería tomar en consideración la actitud de... el seleccionador de fútbol, Luis Aragonés; igual que los competidores de Wimbledon tenían que considerar la máxima de Kipling inscrita sobre la puerta de entrada del estadio central: Si puedes equiparar el triunfo a la derrota y tratar por igual a esos dos impostores. Ya entrados en gastos de triunfalismo purificador, celebremos que el encabezado del recorte periodístico de arriba parece indicar que el espíritu deportivo es incompatible con el consumo de aditivos no aprobados por la herbolaria, igual que pretende explicar el por qué del ascenso del tennis español en el torneo de Wimbledon. Ha perdido visibilidad el premio en dinero de este gran torneo (pero no importancia, ¿será que no son cantidades aptas para todo público?). Otra cosa no habrá querido decirnos el departamento gráfico al retocar la foto de arrriba... ¿queréis apostar algo?



EL METRO DEL MIEDO
José Luis
Tenía que ir a Madrid y le pedí a Pedro, un amigo, que me acompañase. Iríamos en metro, que pasa cerca de la residencia. Llegamos a la estación de El Carrascal y esperamos unos minutos. Por fin llegó el tren, envuelto en una corriente de aire más fría de lo habitual. Subimos y al punto el convoy reinició la marcha y se metió en el túnel. Había pasado media hora y todavía no habíamos pasado por ninguna estación. La gente comenzaba a ponerse nerviosa y se preguntaba qué estaría pasando. Sólo se veía la luz del vagón reflejada en la pared del túnel, al paso. Un niño comenzó a llorar y su madre se quejaba: "Pero cómo no va a llorar mi niño, si no llegamos a ninguna parte". Un hombre mayor que estaba al lado de ella comenzó a dar golpes en el cristal de la ventana. Yo también me estaba poniendo nervioso y, como llevaba el pañal puesto, me meé encima. Una pareja de jóvenes, sin embargo, seguían a lo suyo, dándose el lote. A lo mejor su inconsciencia era más adecuada que nuestra preocupación, pensé. El tiempo pasaba y no llegábamos a parte alguna. Ellos dos al menos sí aprovechaban el viaje. De pronto, el tren se llenó de luz, como si hubiésemos entrado en una estación por fin. Pero no, vimos muchas cajas de muertos con su cadáver respectivo a lo largo de un andén. Muchos vampiros sobrevolaban el lugar, lógicamente. Pude distinguir claramente a dos personas, una iba vestida de negro y tenía los dientes también negros y las comisuras llenas de sangre. El otro iba vestido de blanco y no disimilaba, se parecía a un ángel. En realidad, no disimulaban ninguno de los dos, porque el de negro era malo como un demonio y los mordía a los muertos. Cuando llegamos nosotros al lugar, este tipo comenzó a asustar a los viajeros, provocando ataques de pánico y desmayos. El hombre de blanco no esperó a más y comenzó a pelear contra él. Era una lucha a muerte, espectacular, cinematográfica. Cuando el malo se vio perdido, cogió a varias personas como escudo y quiso morderlas para reponer fuerzas, pues desfallecía por momentos. El ángel bueno no le dio tregua y consiguió rendirlo. Entonces fue cuando se hizo cargo del malo la policía, cuando el combate ya estaba resuelto. Y el tren se puso en marcha de nuevo y pronto llegamos a la siguiente estación.



HOY VA DE HERMANOS
MaryMar y adredista 0
Sí, hoy va de hermanos. Va de dos viejos cascarrabias y de dos jóvenes. Los hermanos viejos tienen cada día que pasa más cuentas pendientes. Los hermanos jóvenes lo que tienen es epilepsia, solicitaron plaza en una residencia de la Comunidad, de la CAM, y allí están ahora. Pero no siempre fue así. Han ido perdiendo autonomía, tanta, que ya sus padres no pueden atenderlos y por eso que los llevaron a la residencia. Ellos se hacían dependientes y sus padres se hacían muy mayores. Ahora, en la residencia, los padres los visitan semanalmente varias veces. ¿Pero qué ha ocurrido con los viejos cascarrabias? Uno de esos viejos es el padre de estos muchachos epilépticos, y el otro, su hermano, tiene una hija que durante mucho tiempo ayudó a sus tíos en el cuidado de los primos. Esta cría se llama Esther y es prima, o sea, que no va con ella la historia. El caso es que su tío de Esther pagaba a la sobrina cuando ayudaba en casa a los primos epilépticos. ¿Qué ocurrió? Que cuando los hermanos se fueron a la residencia ella se quedó sin trabajo y tuvo que buscarse otro. Ahora trabaja con diversos funcionales en otro centro. ¿Y qué ocurrió con el padre de Esther? Que le pareció un faena que su hija se quedase sin trabajo y no se lo perdona al hermano. Esther quiere ir a ver a los primos a la residencia, pero su padre se lo ha prohibido. Y así están las cosas. ¿Por qué estos hermanos viejos y cabezones se pelean al final de sus vidas, no importa si por esto o aquello? No lo sé, pero sus enfados son así de ridículos siempre y sus agravios son tan antiguos como los conflictos entre las patrias. Por eso que cualquier día habrá más que palabras entre los dos grandísimos testarudos.


EL TRÁFICO RODADO
Rosa y adredista 0
Piensa en la mayor tontería que te ha ocurrido hoy. Ibas camino del comedor, despacito, pues tienes bien poca fuerza en los brazos para mover tu silla, y tropiezas con un compañero. Tu silla ha golpeado en su rueda y tuerce su trayectoria ligeramente. El compañero reacciona empujando tu silla contra la pared. Pues estos conflictos son continuos entre nosotros. ¿Qué lógica tuvo reaccionar así? Es muy grave desviar la silla de otro, por supuesto, pues también a él le cuesta un esfuerzo mantener la trayectoria y avanzar. Es más, si golpeaste a otro era porque querías adelantarlo, y eso también es un poco desconsiderado, pues el que tienes delante va en tu misma dirección y no puede ir más de prisa. La circulación en los pasillos debería adaptarse a los que van más lentos, no al revés. En fin, que alguien sin querer, pero vale también queriendo, ha empujado mi silla y yo me creo en el derecho de hacer lo mismo. ¿Qué diferencia hay entre mi reacción y la que tuvo el presidente George Walker Bush, que invadió Afganistán y luego Irak porque unos suicidas le destruyeron las torres? Cualquier agresión, salvo la que se hace sin querer y es producto de la impotencia, nunca puede justificarse, no hay justicia ni ética para las agresiones, lo mismo da si empujas mi silla que si bombardeas la capital de mi país. Porque pensar que, por haber sido agredido, ya tengo derecho a agredir a mi vez, eso dice muy poco de mi condición. Basta ya de repetir esa mierda ideológica que habla del hombre como un mal bicho. Mentira, los humanos estamos programados biogenéticamente para la colaboración, como lo están todos los organismos vivos y toda la naturaleza, y no para la agresión. Lo cierto es que podemos ser malos, pero para ello tenemos que hacernos malos. Si reacciono a la agresión con otra agresión estoy violentando mi naturaleza, no al revés, me he puesto a la altura del agresor, pero tenía otras opciones. Podía haber convencido a mi agresor para que no lo hiciera o pedir ayuda si no lo conseguía. Si no contestamos a la agresión, en algún momento ese agresor se convencerá de que es su conducta lo que no encaja, no mi amabilidad y delicadeza al tratar con los compañeros y sus sillas de ruedas. Pues lo mismo si te queman la casa: lloras a los muertos y te compadeces de los que te hacen daño como única razón de su vida. Si acaso, no estará de más preguntarnos de vez en vez por qué habrá gente que nos odia. En fin, juro que hoy sólo quería escribir de los problemas del trafico rodado en mi residencia.



UN NIÑO CARIÑOSO
Isa y adredistas C y 6
Un niño cariñoso y dulce tenía quince meses, era rubio de pelo y tenía ojos verdes y su piel blanca como un lechón. Ya hablaba, pero poco. Olía a colonia de niño pequeño, dulce y fresca como una catarata de muchos aromas y fragancias. Le compré una chaqueta de color azul claro y bolsillos blancos y botones del mismo color para dos años de edad, y patucos con una tira que atas a unos botones y un ojal. El niño es muy revoltoso y travieso, pero es un niño cariñoso y dulce como la miel espesa de color anaranjada. Yo que tenía veintitrés años, ya no le daba la teta, pero le daba el biberón y el chupete. Chupaba el chupete con una gran fuerza y vitalidad como si hubiese estallado un volcán con mucha lava y mucha ceniza caliente de color gris, como el polvo de cemento que hay en las carreteras, con el que te puedes resbalar y matarte contra un niñatocoche que se cruce en el medio. Volvamos a nuestro tema: el niño cariñoso y fugazmente feliz y arrogante como niño que es, miraba las estrellas con máxima pasión y fantasía. Y veía las estrellas fugaces que pasan de dos en dos. El niño cariñoso se llama Luis y llora de alegría por ver estrellas fugaces y alguno pensaría que lo que ha visto no se le olvidará jamás. Y digo yo: con lo pequeño que es ¿cómo se va a acordar? crecerá y crecerá y no se acordará de esto. De tanto mirar a las estrellas se aficionó a la geografía y astronomía y llegó a ser un gran meteorólogo sólo para poder seguir contemplando el cielo, aunque nunca recuperó la mirada de sus quince meses… sería porque me oyó mascullándole a los olvidos.

El metro del miedo

José Luis
Tenía que ir a Madrid y le pedí a Pedro, un amigo, que me acompañase. Iríamos en metro, que pasa cerca de la residencia. Llegamos a la estación de El Carrascal y esperamos unos minutos. Por fin llegó el tren, envuelto en una corriente de aire más fría de lo habitual. Subimos y al punto el convoy reinició la marcha y se metió en el túnel. Había pasado media hora y todavía no habíamos pasado por ninguna estación. La gente comenzaba a ponerse nerviosa y se preguntaba qué estaría pasando. Sólo se veía la luz del vagón reflejada en la pared del túnel, al paso. Un niño comenzó a llorar y su madre se quejaba: "Pero cómo no va a llorar mi niño, si no llegamos a ninguna parte". Un hombre mayor que estaba al lado de ella comenzó a dar golpes en el cristal de la ventana. Yo también me estaba poniendo nervioso y, como llevaba el pañal puesto, me meé encima. Una pareja de jóvenes, sin embargo, seguían a lo suyo, dándose el lote. A lo mejor su inconsciencia era más adecuada que nuestra preocupación, pensé. El tiempo pasaba y no llegábamos a parte alguna. Ellos dos al menos sí aprovechaban el viaje. De pronto, el tren se llenó de luz, como si hubiésemos entrado en una estación por fin. Pero no, vimos muchas cajas de muertos con su cadáver respectivo a lo largo de un andén. Muchos vampiros sobrevolaban el lugar, lógicamente. Pude distinguir claramente a dos personas, una iba vestida de negro y tenía los dientes también negros y las comisuras llenas de sangre. El otro iba vestido de blanco y no disimilaba, se parecía a un ángel. En realidad, no disimulaban ninguno de los dos, porque el de negro era malo como un demonio y los mordía a los muertos. Cuando llegamos nosotros al lugar, este tipo comenzó a asustar a los viajeros, provocando ataques de pánico y desmayos. El hombre de blanco no esperó a más y comenzó a pelear contra él. Era una lucha a muerte, espectacular, cinematográfica. Cuando el malo se vio perdido, cogió a varias personas como escudo y quiso morderlas para reponer fuerzas, pues desfallecía por momentos. El ángel bueno no le dio tregua y consiguió rendirlo. Entonces fue cuando se hizo cargo del malo la policía, cuando el combate ya estaba resuelto. Y el tren se puso en marcha de nuevo y pronto llegamos a la siguiente estación.

Hoy va de hermanos

MaryMar y adredista 0
Sí, hoy va de hermanos. Va de dos viejos cascarrabias y de dos jóvenes. Los hermanos viejos tienen cada día que pasa más cuentas pendientes. Los hermanos jóvenes lo que tienen es epilepsia, solicitaron plaza en una residencia de la Comunidad, de la CAM, y allí están ahora. Pero no siempre fue así. Han ido perdiendo autonomía, tanta, que ya sus padres no pueden atenderlos y por eso que los llevaron a la residencia. Ellos se hacían dependientes y sus padres se hacían muy mayores. Ahora, en la residencia, los padres los visitan semanalmente varias veces. ¿Pero qué ha ocurrido con los viejos cascarrabias? Uno de esos viejos es el padre de estos muchachos epilépticos, y el otro, su hermano, tiene una hija que durante mucho tiempo ayudó a sus tíos en el cuidado de los primos. Esta cría se llama Esther y es prima, o sea, que no va con ella la historia. El caso es que su tío de Esther pagaba a la sobrina cuando ayudaba en casa a los primos epilépticos. ¿Qué ocurrió? Que cuando los hermanos se fueron a la residencia ella se quedó sin trabajo y tuvo que buscarse otro. Ahora trabaja con diversos funcionales en otro centro. ¿Y qué ocurrió con el padre de Esther? Que le pareció un faena que su hija se quedase sin trabajo y no se lo perdona al hermano. Esther quiere ir a ver a los primos a la residencia, pero su padre se lo ha prohibido. Y así están las cosas. ¿Por qué estos hermanos viejos y cabezones se pelean al final de sus vidas, no importa si por esto o aquello? No lo sé, pero sus enfados son así de ridículos siempre y sus agravios son tan antiguos como los conflictos entre las patrias. Por eso que cualquier día habrá más que palabras entre los dos grandísimos testarudos.

El tráfico rodado

Rosa y adredista 0
Piensa en la mayor tontería que te ha ocurrido hoy. Ibas camino del comedor, despacito, pues tienes bien poca fuerza en los brazos para mover tu silla, y tropiezas con un compañero. Tu silla ha golpeado en su rueda y tuerce su trayectoria ligeramente. El compañero reacciona empujando tu silla contra la pared. Pues estos conflictos son continuos entre nosotros. ¿Qué lógica tuvo reaccionar así? Es muy grave desviar la silla de otro, por supuesto, pues también a él le cuesta un esfuerzo mantener la trayectoria y avanzar. Es más, si golpeaste a otro era porque querías adelantarlo, y eso también es un poco desconsiderado, pues el que tienes delante va en tu misma dirección y no puede ir más de prisa. La circulación en los pasillos debería adaptarse a los que van más lentos, no al revés. En fin, que alguien sin querer, pero vale también queriendo, ha empujado mi silla y yo me creo en el derecho de hacer lo mismo. ¿Qué diferencia hay entre mi reacción y la que tuvo el presidente George Walker Bush, que invadió Afganistán y luego Irak porque unos suicidas le destruyeron las torres? Cualquier agresión, salvo la que se hace sin querer y es producto de la impotencia, nunca puede justificarse, no hay justicia ni ética para las agresiones, lo mismo da si empujas mi silla que si bombardeas la capital de mi país. Porque pensar que, por haber sido agredido, ya tengo derecho a agredir a mi vez, eso dice muy poco de mi condición. Basta ya de repetir esa mierda ideológica que habla del hombre como un mal bicho. Mentira, los humanos estamos programados biogenéticamente para la colaboración, como lo están todos los organismos vivos y toda la naturaleza, y no para la agresión. Lo cierto es que podemos ser malos, pero para ello tenemos que hacernos malos. Si reacciono a la agresión con otra agresión estoy violentando mi naturaleza, no al revés, me he puesto a la altura del agresor, pero tenía otras opciones. Podía haber convencido a mi agresor para que no lo hiciera o pedir ayuda si no lo conseguía. Si no contestamos a la agresión, en algún momento ese agresor se convencerá de que es su conducta lo que no encaja, no mi amabilidad y delicadeza al tratar con los compañeros y sus sillas de ruedas. Pues lo mismo si te queman la casa: lloras a los muertos y te compadeces de los que te hacen daño como única razón de su vida. Si acaso, no estará de más preguntarnos de vez en vez por qué habrá gente que nos odia. En fin, juro que hoy sólo quería escribir de los problemas del trafico rodado en mi residencia.

Un niño cariñoso

Isa y adredistas C y 6
Un niño cariñoso y dulce tenía quince meses, era rubio de pelo y tenía ojos verdes y su piel blanca como un lechón. Ya hablaba, pero poco. Olía a colonia de niño pequeño, dulce y fresca como una catarata de muchos aromas y fragancias. Le compré una chaqueta de color azul claro y bolsillos blancos y botones del mismo color para dos años de edad, y patucos con una tira que atas a unos botones y un ojal.
El niño es muy revoltoso y travieso, pero es un niño cariñoso y dulce como la miel espesa de color anaranjada. Yo que tenía veintitrés años, ya no le daba la teta, pero le daba el biberón y el chupete. Chupaba el chupete con una gran fuerza y vitalidad como si hubiese estallado un volcán con mucha lava y mucha ceniza caliente de color gris, como el polvo de cemento que hay en las carreteras, con el que te puedes resbalar y matarte contra un niñatocoche que se cruce en el medio. Volvamos a nuestro tema: el niño cariñoso y fugazmente feliz y arrogante como niño que es, miraba las estrellas con máxima pasión y fantasía. Y veía las estrellas fugaces que pasan de dos en dos. El niño cariñoso se llama Luis y llora de alegría por ver estrellas fugaces y alguno pensaría que lo que ha visto no se le olvidará jamás. Y digo yo: con lo pequeño que es ¿cómo se va a acordar? crecerá y crecerá y no se acordará de esto. De tanto mirar a las estrellas se aficionó a la geografía y astronomía y llegó a ser un gran meteorólogo sólo para poder seguir contemplando el cielo, aunque nunca recuperó la mirada de sus quince meses… sería porque me oyó mascullándole a los olvidos.

Sentada del 25 de junio de 2008


En cualquier página del periódico –incluso en la primera, en este caso ha sido en la última– puede leerse una verdad. Este era el titular: La literatura es un fenomenal acto político. Lo es la literatura, toda, por la misma razón que lo es la información o cualquier programa de televisión, lo mismo da el más basura que el menos, incluso el más basura de todos, el fútbol u otro cualquier deporte retransmitido en directo. La audiencia o las ventas no hace que un libro o un programa sea más basura que otro, sólo mide la eficacia política del mismo. En cualquier página del periódico puede leerse una verdad. Lo raro será reparar en ella. El ruido es tal en esta sociedad de la información, es tal la cantidad de mensajes seleccionados que se nos ofrecen como información, está tan bien cuidada y es tan abundante la mentira, lo mismo en literatura que en cualquier otro canal de transmisión de mensajes, que una verdad o muchas –recuerden, la verdad es un momento de la mentira– no distorsionará los resultados finales de la encuesta y la mentira continuará aturdiéndonos. Quedémonos sin embargo con esta verdad, la literatura es un acto político. De cada cual dependerá, de cada autor, de cada lector, si engordamos la corriente de la mierda o la adelgazamos con nuestras creaciones y nuestras lecturas.


UN TOQUE DE ATENCIÓN
Carmen
Laura es una adolescente muy estudiosa. Ha llegado de Ecuador hace unos meses y sabe que en el estudio está su oportunidad para dejar de limpiar casas, que es a lo que se dedica su madre. Le gusta estudiar y no le gusta hacer las cosas de la casa, las camas, el polvo y eso.
Todas las niñas la miran más o menos raro por su piel negra. Pero hay una, la hija de un concejal, especialmente retorcida. Se llama Ana y saca las peores notas de la clase. No puede ver a Laura, no puede aceptar se sea mejor estudiante que ella.
Ana se ríe de ella por todo. Sobre todo, por sus vestidos y por su acento, pues Laura no puede evitar ser pobre ni puede evitar ser hija de su madre.
–¿Tanto te gusta ese vestido, que no te lo quitas nunca?
–Para dormir.
–¿Pero tienes pijama?
–También sé duerme sin pijama.
–¿Qué? ¿Tu padre no trabaja?
–Para pagar el alquiler. Me compraré otro vestido en la rebajas.
–Pues qué bien.
Y la invitó a su casa, por si le valía algo de su ropa, la que se le había quedado pequeña.
Quería tener más motivos para reírse y, camino de su chalet, consiguió que la cría se perdiese, la abandonó en medio de un barrizal y Laura volvió a su casa muy tarde y con su único vestido hecho jirones.
Desde aquella tarde, Laura sabía a qué atenerse respecto de esta chica caprichosa y estúpida. Llegaron las rebajas, se compró al fin ropa y, un día, invitó a las amigas de Ana a bailar salsa en un local que ella frecuentaba.
–La mejor salsa de Madrid se baila allí.
Y Ana se apuntó, que era lo que Laura buscaba.
Un grupo de Latin Kings, amigos de Laura, esperaban a Ana. No le hicieron mucho. Lo más grave, una pierna rota que tuvo que llevar escayolada durante más de un mes.
Laura fue de las amigas que firmaron su escayola. Nunca supo Ana que Laura había reclutado a aquellos muchachos para darle el repaso, pero sí intuyó aquella tarde que Laura no estaba sola.


OBISPO PERELLÓ
Rosa y adredista 0
La librería de mi madre se llamaba César y estaba en la C/ Virgen del Sagrario, muy cerca del colegio Obispo Perelló. Por allí pasaban cada día los muchachos más guapos del barrio, decenas y decenas de adolescentes alegres y ruidosos, deportistas amantes del riesgo. Yo también era joven, pero mi silla de ruedas me protegía de las ternuras de estos muchachos. Había otra barrera, sin embargo, que me alejaba más de ellos, y no era el mostrador. Yo había estado enamorada un vez y, aunque fue por mi causa que rompimos, aquel amor y aquel muchacho me habían entristecido tanto que estaba asustada. Era un sentimiento que me había agotado, no había podido controlarlo, me destruía, me anulaba. Todavía hoy me acuerdo de nuestros paseos y de sus caricias y siento escalofríos. Uno de los críos del Perelló, sin embargo, comenzó a pasarse a diario por la librería y me contaba lo que ocurría en su colegio, que hacían asambleas criticando a Franco, que hacían huelgas de exámenes, que veían películas de Rosellini y de la Revolución de Octubre, que se pegaban con la policía, las cosas habituales de los estudiantes de aquel tiempo. Yo no le hacía mucho caso, casi ni lo miraba, pero hoy podría dibujarlo, así de vivo es mi recuerdo. Era alto y moreno, sus músculos parecían muelles y sus movimientos de gato, la cara picada de viruelas con una expresión muy inteligente, los ojos inquietos como ratones. Me acostumbré a sus visitas, jamás fallaba. Se pasaba por la tienda incluso los sábados que no tenía clase. Yo, la verdad, nunca le hice mucho caso, pero pasado un tiempo supe que no era el olor de la tinta lo que lo traía hasta la tienda, sino yo. No sé por qué me daría cuenta, porque yo no buscaba a los chicos, no quería saber nada de amor, me negaba a caer otra vez en semejantes turbulencias. Él crío, por supuesto, jamás me dijo nada, nunca se insinuó siquiera. Aparecía por allí, hablábamos y se iba, sólo eso cada día. Cuando dejó de ir ni siquiera lo eché de menos, ni siquiera había aprendido su nombre. Pasados unos meses, vi su foto en el periódico una mañana: Carlos García había sido detenido, era un terrorista. Entonces aprendí su nombre, pues se había convertido en el enemigo público número uno. No supe más de Carlos hasta dieciséis años más tarde. Volvía a estar en los periódicos porque había cumplido su condena y salía en libertad. Le preguntaba el periodista por los años de encierro y no se quejaba: “He aprendido mucho –decía–, he aprendido a no necesitar de patria, por ejemplo. Sólo he echado de menos allí dentro mis charlas con la librera de la calle Virgen del Sagrario, Rosa”. Mojé aquel periódico con mis lágrimas.




EL MANIÁTICO
Isabel y adredista 6
Alguien que huía y disparaba a la gente. Era un chico joven (muy joven) que estaba histérico porque no tenía dinero y no podía comprar droga. Entonces se enfureció y fue cuando decidió ir a la calle y disparar a todos. Llegó la policía y ambulancias, porque él se había herido sin darse cuenta. La gente temblaba de miedo. Un hombre ya mayor decía: la que había liado el mocoso éste. Le detuvieron y le metieron en la cárcel. Le interrogaron y contestó que a él todo le daba igual: tenía sida y estaba desesperado, y no le importaba nadie. Los guardias se pusieron unos guantes para que no les contagiara nada. Su familia no quería saber nada de él. Ángel era su nombre; de Ángel ya no le quedaba nada. Su madre estaba desesperada: era su hijo y le quería mucho. En cambio, el padre no estaba por él: era más rudo y no perdonaba lo que hacía su hijo. Era su vergüenza. El padre no se atrevía a mirarle a la cara. La madre decía al marido Leonardo, perdona, no sabe lo que hace. Padre e hijo eran cabezotas y no cedía ninguno de los dos. El padre cedió y tuvo una charla lo más amigable posible con su hijo. El padre y el hijo se echaron a llorar. El hijo pidió perdón a su padre. El padre le dijo no vuelvas a lo mismo, no reincidas, porque si no, te mato y darías un disgusto grande a tu madre.

Un toque de atención

Carmen
Laura es una adolescente muy estudiosa. Ha llegado de Ecuador hace unos meses y sabe que en el estudio está su oportunidad para dejar de limpiar casas, que es a lo que se dedica su madre. Le gusta estudiar y no le gusta hacer las cosas de la casa, las camas, el polvo y eso.
Todas las niñas la miran más o menos raro por su piel negra. Pero hay una, la hija de un concejal, especialmente retorcida. Se llama Ana y saca las peores notas de la clase. No puede ver a Laura, no puede aceptar se sea mejor estudiante que ella.
Ana se ríe de ella por todo. Sobre todo, por sus vestidos y por su acento, pues Laura no puede evitar ser pobre ni puede evitar ser hija de su madre.
–¿Tanto te gusta ese vestido, que no te lo quitas nunca?
–Para dormir.
–¿Pero tienes pijama?
–También sé duerme sin pijama.
–¿Qué? ¿Tu padre no trabaja?
–Para pagar el alquiler. Me compraré otro vestido en la rebajas.
–Pues qué bien.
Y la invitó a su casa, por si le valía algo de su ropa, la que se le había quedado pequeña.
Quería tener más motivos para reírse y, camino de su chalet, consiguió que la cría se perdiese, la abandonó en medio de un barrizal y Laura volvió a su casa muy tarde y con su único vestido hecho jirones.
Desde aquella tarde, Laura sabía a qué atenerse respecto de esta chica caprichosa y estúpida. Llegaron las rebajas, se compró al fin ropa y, un día, invitó a las amigas de Ana a bailar salsa en un local que ella frecuentaba.
–La mejor salsa de Madrid se baila allí.
Y Ana se apuntó, que era lo que Laura buscaba.
Un grupo de Latin Kings, amigos de Laura, esperaban a Ana. No le hicieron mucho. Lo más grave, una pierna rota que tuvo que llevar escayolada durante más de un mes.
Laura fue de las amigas que firmaron su escayola. Nunca supo Ana que Laura había reclutado a aquellos muchachos para darle el repaso, pero sí intuyó aquella tarde que Laura no estaba sola.

Obispo Perelló

Rosa y adredista 0
La librería de mi madre se llamaba César y estaba en la C/ Virgen del Sagrario, muy cerca del colegio Obispo Perelló. Por allí pasaban cada día los muchachos más guapos del barrio, decenas y decenas de adolescentes alegres y ruidosos, deportistas amantes del riesgo. Yo también era joven, pero mi silla de ruedas me protegía de las ternuras de estos muchachos. Había otra barrera, sin embargo, que me alejaba más de ellos, y no era el mostrador. Yo había estado enamorada un vez y, aunque fue por mi causa que rompimos, aquel amor y aquel muchacho me habían entristecido tanto que estaba asustada. Era un sentimiento que me había agotado, no había podido controlarlo, me destruía, me anulaba. Todavía hoy me acuerdo de nuestros paseos y de sus caricias y siento escalofríos. Uno de los críos del Perelló, sin embargo, comenzó a pasarse a diario por la librería y me contaba lo que ocurría en su colegio, que hacían asambleas criticando a Franco, que hacían huelgas de exámenes, que veían películas de Rosellini y de la Revolución de Octubre, que se pegaban con la policía, las cosas habituales de los estudiantes de aquel tiempo. Yo no le hacía mucho caso, casi ni lo miraba, pero hoy podría dibujarlo, así de vivo es mi recuerdo. Era alto y moreno, sus músculos parecían muelles y sus movimientos de gato, la cara picada de viruelas con una expresión muy inteligente, los ojos inquietos como ratones. Me acostumbré a sus visitas, jamás fallaba. Se pasaba por la tienda incluso los sábados que no tenía clase. Yo, la verdad, nunca le hice mucho caso, pero pasado un tiempo supe que no era el olor de la tinta lo que lo traía hasta la tienda, sino yo. No sé por qué me daría cuenta, porque yo no buscaba a los chicos, no quería saber nada de amor, me negaba a caer otra vez en semejantes turbulencias. Él crío, por supuesto, jamás me dijo nada, nunca se insinuó siquiera. Aparecía por allí, hablábamos y se iba, sólo eso cada día. Cuando dejó de ir ni siquiera lo eché de menos, ni siquiera había aprendido su nombre. Pasados unos meses, vi su foto en el periódico una mañana: Carlos García había sido detenido, era un terrorista. Entonces aprendí su nombre, pues se había convertido en el enemigo público número uno. No supe más de Carlos hasta dieciséis años más tarde. Volvía a estar en los periódicos porque había cumplido su condena y salía en libertad. Le preguntaba el periodista por los años de encierro y no se quejaba: “He aprendido mucho –decía–, he aprendido a no necesitar de patria, por ejemplo. Sólo he echado de menos allí dentro mis charlas con la librera de la calle Virgen del Sagrario, Rosa”. Mojé aquel periódico con mis lágrimas.

El maniático

Isa
Alguien que huía y disparaba a la gente. Era un chico joven (muy joven) que estaba histérico porque no tenía dinero y no podía comprar droga. Entonces se enfureció y fue cuando decidió ir a la calle y disparar a todos. Llegó la policía y ambulancias, porque él se había herido sin darse cuenta. La gente temblaba de miedo. Un hombre ya mayor decía: la que había liado el mocoso éste. Le detuvieron y le metieron en la cárcel. Le interrogaron y contestó que a él todo le daba igual: tenía sida y estaba desesperado, y no le importaba nadie. Los guardias se pusieron unos guantes para que no les contagiara nada. Su familia no quería saber nada de él. Ángel era su nombre; de Ángel ya no le quedaba nada. Su madre estaba desesperada: era su hijo y le quería mucho. En cambio, el padre no estaba por él: era más rudo y no perdonaba lo que hacía su hijo. Era su vergüenza. El padre no se atrevía a mirarle a la cara. La madre decía al marido Leonardo, perdona, no sabe lo que hace. Padre e hijo eran cabezotas y no cedía ninguno de los dos. El padre cedió y tuvo una charla lo más amigable posible con su hijo. El padre y el hijo se echaron a llorar. El hijo pidió perdón a su padre. El padre le dijo no vuelvas a lo mismo, no reincidas, porque si no, te mato y darías un disgusto grande a tu madre.

Sentada del 19 de junio de 2008


¡Cómo entiendo a los taurinos! Su necesidad de otras vidas como espectáculo, y de otras muertes, es la misma que la mía cuando leo a Chejov o a Salinger o a L.M.Panero o cuando escribo un cuento, la necesidad y la vergüenza del otro en humanos enseñados a competir contra el otro. La historia ha hecho de nosotros unos malditos peleles. La emoción que reclaman para sí los taurinos de las gradas o del coso de Las Ventas del Espíritu Santo es la misma emoción que despertara la sed y el hambre entre los que disfrutaban del espectáculo de los gladiadores despedazándose en la arena del coliseo o del espectáculo de los autos de fe en las plazas mayores de Europa o del espectáculo de los ahorcamientos en la plaza de la Cebada. No hay emoción comparable al espectáculo de la vida y la muerte de los otros, Napoleón y Hitler lo supieron leer muy pronto en los ojos de los que se embelesaban con los domadores de leones en el circo y lo propusieron a la modernidad como el gran espectáculo de la guerra que aún nos asombra. Para el hombre privado de la gestión de la propia vida, este espectáculo de la vida y la muerte de los otros es lo único que le abre el apetito de vivir, todo lo demás le invita al suicidio, aunque escoger según qué vidas y muertes para consumir le acerca o aleja un poco de los coliseos. Lo que de verdad lo libraría de la vergüenza de los taurinos y de la vergüenza de los generales sería la gestión de la propia vida como lo que es, como una suerte de estremecimiento o de milagro, como un asombro, nunca como el extraño de sí mismo al que obligan a venderse y trabajar su hipoteca y su banco, al que obligan a prostituirse.



BOTELLÓN
Rosa y adredista 0
Ignacio comenzó a beber con los amigos en el parque. El kalimocho desataba la lengua de todos después de unas cuantas rondas y el tiempo no pasaba en balde, se llenaba de risas. Muy pronto Ignacio no tenía otro deseo durante la semana que la llegada del viernes. Soñaba con ansiedad con las risas de los colegas, con la camaradería de los colegas. Entre ellos se sentía protegido. Los viernes y los sábados llegaban a su hora semana tras senmana, los colegas tampoco se retrasaban y la noche se hacía inolvidable para todos. Incluidos los vecinos del parque, que no dormían a causa de sus risas. Ignacio terminó enamorándose de Mª Carmen en estas noches del parque. Al principio, a Mª Carmen le hacía mucha gracia la euforia de Ignacio y su humor, pero después de muchos viernes de botellón y de muchos lunes de resaca, ella observó que el Ignacio que le gustaba no existía más que en el parque, bebido, y que desaparecía durante toda la semana. Mª Carmen fue la primera mujer que lo abandonó. Hoy, quince años después de las primeras borracheras y después de quince mujeres o más huidas de su lado, Ignacio también echa cada vez más de menos al Ignacio del parque. El problema es que ya no tiene con quien compartir el kalimocho y bebe solo, pero todos los días, no puede esperar al viernes, necesita al Ignacio del parque a cada instante para no tener que soportarse sobrio y aburrido y amargado y ansioso. Pero borracho y solo no se reconoce, y necesita beber mucho más todavía para olvidarse también de que está solo.



¿QUÉ PASÓ? YO LO SÉ
Peva
Joder, qué putada. Hoy he venido, como casi todos los días, a la sala de informática y he puesto a funcionar este cacharro como todos los días. Lo he encendido dispuesta a escribir todo lo que me pudiera dar de si mi cabeza. Encendí la máquina tan contenta y tan convencida de que aquí me esperaban mi carpeta y mis archivos o como coño se llame, dispuesta a continuar con mis cosas. Por más teclas y más órdenes que daba, allí no salía nada de nada de lo mío y a mi me han empezado a entrar unos sudores de lo mas horrendos, casi lloro, porque perdía muchos días de escribir aquí, en este cuarto con un montón de gente, lo cual para mí es un poco complicado porque me cuesta concentrarme y, además, no paran de hablar, oye, que me parece lógico, pues esta sala de ordenadores está montada para personas como yo y como tú, que nos gusta aprender y no quedarnos como la abuelita, la pobre, sentadita en el porche haciendo punto y hablando por los codos con sus vecinas, todas como ella contando batallitas de los tiempos de maricastaña cuando todos los vecinos se conocían y por tanto se podía dejar la puerta del hogar de par en par. Porque lo que es ahora, como te descuides un poco, te puede llegar un pirata de Internet, uno de esos virus, y con todo el descaro del mundo y en un momento borrarte las 10 paginas de pensamientos y experiencias tuyas y sólo tuyas, difíciles de recuperar y, además, el trabajo de semanas de quedarte en casa sin salir, que no me importa, porque he aprendido a darle al teclado con cierta soltura y me gusta escribir, pero en esos folios había volcado parte de mi de mi vida, que aunque en esta jodida casa no le importe a nadie, importa a mis amigos y a mí. Desde luego, yo no seria capaz de borrar a nadie nada, y menos a un compañero. Pero ya veo que aquí hay gente que la palabra ¡compañerismo! ni la huelen. Vamos, que no saben ni cómo se escribe. Como decía un amigo mío, tiene que haber gente mala para que se distinga de la gente buena, y así conocer mejor a todos, por el comportamiento y hasta por el movimiento. Lo que he dicho aquí ha sido un desahogo. Y ahora debo olvidarme del, digamos, pequeño percance, dar por perdidas mis notas y aprender de mis errores para no equivocarme de nuevo y poner medidas, como estoy poniendo. Pero lo dicho, que ya he comprobado que aquí el compañerismo no se conoce mucho, como otras cosas más ¡y punto!


CUENTO INFANTIL

Isabel

Érase un niño y una niña que eran hermanos. El niño era el mayor. Estaba al cargo de cuidar a su hermana. Su padre era jugador, o sea, se pasaba el día apostando en el canódromo. Unas veces ganaba y otras perdía. Su mujer era doctora en pediatría, y era muy buena, y la querían por su buen hacer. Tenía buen carácter y mucha personalidad. Su hijo se llamaba Juan y su hija Marisol. Iban al Colegio y eran buenos estudiantes los dos; sacaban buenas notas. En el Colegio conocían a un chico que tenía un reloj de cadena que hipnotizaba a quien lo miraba, cinco minutos. Ya que estaban en trance, él les hacía bailar, cantar y se les ponían los ojos dando vueltas. Como culminación del acto de magia, les hacía hacer el pino Todos los hipnotizados hacían el pino. Juan y Marisol, que eran muy sagaces, pronto se dieron cuenta de que sólo cuando los chicos traían monedas en el pantalón, el hipnotizador preguntaba con voz teatral Señoras y señores ¿Queréis que nuestro artista invitado ejecute el pino? A continuación, el chico se ponía patas arriba y las monedas rodaban por el piso y todos se lanzaban a por ellas. Los dos hermanos también cayeron en la trampa: estuvieron cinco minutos hipnotizados. No les gustó nada aquello, se sintieron ridículos y sin el dinero que su madre con tantos trabajos les daba para gastar y que muy pocas veces lograba librar del padre apostador. Se lo contaron a su madre y ella les aconsejó que no miraran el reloj cuando su amiguito lo sacara, para que así pudieran seguir manteniendo su amistad. Así lo hicieron, aunque dejaron de asistir a los actos de hipnotismo, y con el tiempo se distanciaron. Muchos años después, se sorprendieron porque su compañerito hipnotizador era un famoso representante en la Asamblea Nacional. Algunos aseguran que ha perfeccionado el acto del pino y que hipnotiza con otros métodos desde que perdió su bonito reloj de cadena. Encabeza el comité encargado de impedir que los ahorros de madres como la de Juan y Marisol vayan a dar al pozo sin fondo de las loterías y casinos. Lo que no ha variado un ápice es la manera como da inicio a una sesión de trabajo:
—Señoras y señores ¿Queréis que…

Botellón

Rosa y adredista 0
Ignacio comenzó a beber con los amigos en el parque. El kalimocho desataba la lengua de todos después de unas cuantas rondas y el tiempo no pasaba en balde, se llenaba de risas. Muy pronto Ignacio no tenía otro deseo durante la semana que la llegada del viernes. Soñaba con ansiedad con las risas de los colegas, con la camaradería de los colegas. Entre ellos se sentía protegido. Los viernes y los sábados llegaban a su hora semana tras senmana, los colegas tampoco se retrasaban y la noche se hacía inolvidable para todos. Incluidos los vecinos del parque, que no dormían a causa de sus risas. Ignacio terminó enamorándose de Mª Carmen en estas noches del parque. Al principio, a Mª Carmen le hacía mucha gracia la euforia de Ignacio y su humor, pero después de muchos viernes de botellón y de muchos lunes de resaca, ella observó que el Ignacio que le gustaba no existía más que en el parque, bebido, y que desaparecía durante toda la semana. Mª Carmen fue la primera mujer que lo abandonó. Hoy, quince años después de las primeras borracheras y después de quince mujeres o más huidas de su lado, Ignacio también echa cada vez más de menos al Ignacio del parque. El problema es que ya no tiene con quien compartir el kalimocho y bebe solo, pero todos los días, no puede esperar al viernes, necesita al Ignacio del parque a cada instante para no tener que soportarse sobrio y aburrido y amargado y ansioso. Pero borracho y solo no se reconoce, y necesita beber mucho más todavía para olvidarse también de que está solo.

¿Qué Pasó? Yo lo sé

Peva
Joder, qué putada. Hoy he venido, como casi todos los días, a la sala de informática y he puesto a funcionar este cacharro como todos los días. Lo he encendido dispuesta a escribir todo lo que me pudiera dar de si mi cabeza. Encendí la máquina tan contenta y tan convencida de que aquí me esperaban mi carpeta y mis archivos o como coño se llame, dispuesta a continuar con mis cosas. Por más teclas y más órdenes que daba, allí no salía nada de nada de lo mío y a mi me han empezado a entrar unos sudores de lo mas horrendos, casi lloro, porque perdía muchos días de escribir aquí, en este cuarto con un montón de gente, lo cual para mí es un poco complicado porque me cuesta concentrarme y, además, no paran de hablar, oye, que me parece lógico, pues esta sala de ordenadores está montada para personas como yo y como tú, que nos gusta aprender y no quedarnos como la abuelita, la pobre, sentadita en el porche haciendo punto y hablando por los codos con sus vecinas, todas como ella contando batallitas de los tiempos de maricastaña cuando todos los vecinos se conocían y por tanto se podía dejar la puerta del hogar de par en par. Porque lo que es ahora, como te descuides un poco, te puede llegar un pirata de Internet, uno de esos virus, y con todo el descaro del mundo y en un momento borrarte las 10 paginas de pensamientos y experiencias tuyas y sólo tuyas, difíciles de recuperar y, además, el trabajo de semanas de quedarte en casa sin salir, que no me importa, porque he aprendido a darle al teclado con cierta soltura y me gusta escribir, pero en esos folios había volcado parte de mi de mi vida, que aunque en esta jodida casa no le importe a nadie, importa a mis amigos y a mí. Desde luego, yo no seria capaz de borrar a nadie nada, y menos a un compañero. Pero ya veo que aquí hay gente que la palabra ¡compañerismo! ni la huelen. Vamos, que no saben ni cómo se escribe. Como decía un amigo mío, tiene que haber gente mala para que se distinga de la gente buena, y así conocer mejor a todos, por el comportamiento y hasta por el movimiento. Lo que he dicho aquí ha sido un desahogo. Y ahora debo olvidarme del, digamos, pequeño percance, dar por perdidas mis notas y aprender de mis errores para no equivocarme de nuevo y poner medidas, como estoy poniendo. Pero lo dicho, que ya he comprobado que aquí el compañerismo no se conoce mucho, como otras cosas más ¡y punto!

Cuento infantil

Isa
Érase un niño y una niña que eran hermanos. El niño era el mayor. Estaba al cargo de cuidar a su hermana. Su padre era jugador, o sea, se pasaba el día apostando en el canódromo. Unas veces ganaba y otras perdía. Su mujer era doctora en pediatría, y era muy buena, y la querían por su buen hacer. Tenía buen carácter y mucha personalidad. Su hijo se llamaba Juan y su hija Marisol. Iban al Colegio y eran buenos estudiantes los dos; sacaban buenas notas.
En el Colegio conocían a un chico que tenía un reloj de cadena que hipnotizaba a quien lo miraba, cinco minutos. Ya que estaban en trance, él les hacía bailar, cantar y se les ponían los ojos dando vueltas. Como culminación del acto de magia, les hacía hacer el pino Todos los hipnotizados hacían el pino. Juan y Marisol, que eran muy sagaces, pronto se dieron cuenta de que sólo cuando los chicos traían monedas en el pantalón, el hipnotizador preguntaba con voz teatral Señoras y señores ¿Queréis que nuestro artista invitado ejecute el pino? A continuación, el chico se ponía patas arriba y las monedas rodaban por el piso y todos se lanzaban a por ellas.
Los dos hermanos también cayeron en la trampa: estuvieron cinco minutos hipnotizados. No les gustó nada aquello, se sintieron ridículos y sin el dinero que su madre con tantos trabajos les daba para gastar y que muy pocas veces lograba librar del padre apostador. Se lo contaron a su madre y ella les aconsejó que no miraran el reloj cuando su amiguito lo sacara, para que así pudieran seguir manteniendo su amistad. Así lo hicieron, aunque dejaron de asistir a los actos de hipnotismo, y con el tiempo se distanciaron. Muchos años después, se sorprendieron porque su compañerito hipnotizador era un famoso representante en la Asamblea Nacional.
Algunos aseguran que ha perfeccionado el acto del pino y que hipnotiza con otros métodos desde que perdió su bonito reloj de cadena. Encabeza el comité encargado de impedir que los ahorros de madres como la de Juan y Marisol vayan a dar al pozo sin fondo de las loterías y casinos. Lo que no ha variado un ápice es la manera como da inicio a una sesión de trabajo:
—Señoras y señores ¿Queréis que…