Contradicciones

Carmen
Cuando oigo la palabra solidaridad, mi cabeza se llena de imágenes contradictorias. Creo que no sé lo que es eso. Ahora mismo, desde que dependo de los demás y dejé de ser independiente, oigo las monsergas de los que me asisten, que si estoy gorda, que si doy mucho trabajo, y me veo todavía peor, ni siquiera me veo como persona.
No me gusta mi cuerpo desde que no me valgo sola. Pero recuerdo a Mª Paz, qué buena actitud. Una vez la regañaron los cuidadores porque había participado en un curso, una especie de graduado que proporcionaba el proyecto Horizon. Los cuidatas venga de criticar, que por qué se hacía ese gasto, que por qué se había apuntado ella a un curso para buscar trabajo. Y ella, que se crió en un cotolengo y lo sabe todo de autoestimas destruidas, les contestó: A mí me han dado la oportunidad y la he cogido. ¿Cuál es vuestro problema? Porque, lo que es yo, no tengo ninguno. Y los cuidatas callaron, ¿pero dónde está la solidaridad?
La mayoría de nosotros los cojitrancos nos criamos en casa, donde todo está dicho y hecho, y no tenemos que pedir nada para estar asistidos. Pero cuando salimos fuera no sabemos ni pedir lo que necesitamos. Cuando iba a Auxilia, los asistentes se quejaban de que no pedíamos ni ir al baño, de que lo tenían que adivinar ellos. ¿Es esto solidaridad?
Me acuerdo de una vez, estaba estudiando en APAM, teníamos un examen, un control o no sé qué, y la profe me pidió que sirviera de secretaria a Concha Anibarro para que ella contestara las respuestas a cada pregunta y yo las transcribiera. Me sentí muy bien ayudándola, por fin servía para algo, y así se lo hice saber a la teacher.
La solidaridad tiene un problema: que tú puedes ser muy solidaria, ¿pero qué ocurre cuando nadie lo es contigo? Cuando visitaba yo los centros de ocio de Auxilia, mi padre a regañadientes devolvía a su casa a dos o tres compañeros cojos en el coche, a pesar de sus muchas canas y llegar muy de noche al bario. Pasábamos el día juntos y él nos recogía. Pero llegó el día en que yo precisé el favor, mi padre había enfermado, y los padres de estos compañeros siempre me ponían alguna pega, hasta que mi familia se enfadó.
Y en la residencia pasa mucho: a mí me falta tiempo para hacer un favor, pero a ti nadie te da nada.
Y ayer fui a ver a Félix al hospital. Yo creí que estaría solo, pero fueron a verlo cinco o seis mocitas. Dijo la auxiliar: –¡Otra! Pero si no entráis más en la habitación. Le llevé jabón y se puso muy contento. Josefina estaba en sus glorias montando a una auxiliar en su burra mecánica.

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