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Hipocondría

Juani
Estaba francamente maltrecho, suspirando y quieto entre las mantas, tiritaba de tal manera que la cama temblaba. Sus padres se despertaron asustados y corrieron hacía su habitación. Se encontraron a su hijo, un joven ya criado, moribundo en su lecho. Ahora sí, ahora se les moría y, alarmados, llamaron a urgencias, que legarían tarde. Era un matrimonio que sólo había tenido a ese hijo, Lucas. Se habían casado muy jóvenes, sus padres habían concertado la boda. Al principio, ella no soportaba que su marido la tocase, pero con el tiempo la esposa cambió de actitud y nació Lucas.
Lucas siempre fue un niño enfermizo, obsesionado por el más mínimo síntoma que alterara su estado físico. Por ejemplo, un picor en la mano él lo transformaba en un eccema que se podría infectar y que, por lo tanto, le obligaba a guardar cama y a dar unos gritos aterradores hasta conseguir que un médico con su fonendo le auscultase. Y Lucas seguía todos y cada uno de los gestos del médico para que no dejase ni un pedazito de su piel sin observar. Y tenía que dejarle el fonendo para escuchar él mismo los latidos de su corazón. Pero Lucas siempre encontraba en esos latidos algo preocupante, o su ritmo era demasiado rápido o demasiado lento, y el médico le tenía que recetar otra pastilla para controlar aquel nuevo síntoma. Su aprensión era tan grande que un día le pico una avispa en el estómago y Lucas se puso tan histérico, al sentir el escozor y la hinchazón, que no pensó en otra cosa sino en que aquel bulto era un tumor, un cáncer, aunque esta vez ni su madre le hizo caso. Pero tanta fue su insistencia que le tuvo que mirar un médico. Le auscultó cuidadosamente y, precavido, le derivó al oncólogo. Se confirmaron sus temores : Lucas padecía un cáncer, pero ya no se podía hacer nada, las metástasis se habían extendido demasiado por todos los órganos vitales. Y Lucas, desvalido, entre dolores difíciles, tiritando, terminó por morirse en su lecho, que él había creído su refugio, antes de la llegada de la ambulancia.

Castillos en el aire

Juani
Estaba tumbada sobre el frescor de la hierba. El sol me daba fuerte y hacía calor. Era un día de estos de verano, así, bochornoso, y yo miraba al cielo y observaba las nubes, que corrían delante de mis ojos. Cada una tenía su forma: unas tenían forma de cordero, otras de oveja, otras de vaca… Y entonces yo me imaginaba cabalgando sobre cada animal y surcando toda la tierra. Iba viendo cada país, quien los habitaba y si las tierras eran de secano o de regadío. Las tierras de secano, yo las conozco muy bien, me preocupaban especialmente, pues observaba los campos empobrecidos, y entonces yo imaginaba que con mi mano simplemente decía "que todo este terreno se haga fértil". Luego lo pensaba mejor y me convencía de que eso no podía ser. Porque era todo tan hermoso. Así estaba bien hecho el mundo, tenía que haber de todo, parte seca, parte fértil… Y entonces, una llamada me devolvió a mi mundo, que es un poco enrevesado, la verdad.