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Un bocazas


Víctor
Conozco a un tipo que es un poco bocazas. Conduce su silla como si fuera el trono de España. Nadie es lo suficientemente relevante como para que el rey se digne escucharlo. A su lado, todos somos hormigas, seres pequeñitos y molestos.
–¡Ouuuu!... fuera... que paso yo... no estorbes.
–Por supuesto, rey, a mandar.
La mayoría le tenemos tanto miedo que ni se nos ocurre llevarle la contraria. No ya le cedemos el paso, alguno de nosotros le cede hasta la novia.
–¡Ouuuu!... me gusta tu chica... ouuuu.
–A mandar –y manda a su chica ser amable con el rey.
A mí me pidió un día el lunar que tengo en la nariz, a la derecha.
–¡Ouuuu!... me gusta tu lunar... ouuuu.
–Si quieres, te lo pinto.
–¡Ouuuu!... quiero el tuyo... ouuuu.
–Pues muerde, rey –y le ofrecí mi nariz.
–¡Ouuuu!... te creerás muy listo... tú lo que quieres es que me coma tus mocos.
–Perdona, rey, es por si te gustaba.
Pero rey no perdona y me dio un arreón.
El rey sólo escucha a su estómago, cuando está vacío. Con el estómago lleno, el rey está sordo.
Pero no lo estorbes, porque peligra tu vida. Por ejemplo, en su mesa de cuatro, en el comedor, sólo come el rey. Los otros tres, yo soy uno de ellos, o comemos antes, que no se puede, o comemos después, que tampoco te sirven. No comemos porque molestamos al rey.
En realidad, da la comida a todo el comedor. Si el menú le gusta, porque se lo come todo y de muy malas maneras. Si no le gusta, porque quién se atreve a contradecirle.
O sea, el rey es un hinchapelotas. Lo único que se te ocurre, conociéndole, es hacerte republicano y tirarlo del trono. Hasta que nos pongamos de acuerdo unos pocos.

Otro mundo


Víctor
Puedo afirmar que, en mi corta experiencia como escritor, lo que más me gusta es que me lean, o sea, que alguien se ría con mis chistes o se emocione con las movidas de mis personajes.
Porque a mí lo que me gusta es inventar historias y ello me permite construir el escenario en que discurren, o sea, que el pueblo de mis historias está adaptado. No así mi pueblo, pero no importa, porque conozco a mis paisanos y sé que no tienen la culpa. Eso sí, escribo de ellos porque los conozco y porque me caen bien. Y de los que no me gustan, ni hablo.
Eso sí, en mi pueblo me conoce todo el mundo. Pero en el pueblo que yo invento, no ya me conocen, también me quieren y me respetan, por la cuenta que les tiene, pues a ellos también les gusta salir en mis historias.
Yo me lo paso bien con las historias de todos. ¿Que por qué hablo de mi pueblo? Mi pueblo no es Algüera, pero escribo a partir de lo que vivo y conozco, no tengo otro pozo del que extraer mi agua, o sea, mis ideas, como cualquier escritor. Quiero decir que yo escribo para que se me lea, para que se me oiga, para que se me conozca a mí y a mis paisanos, y todo ello en las mejores condiciones posibles y de la manera más brillante de que soy capaz.
En resumen, que yo escribo para hacer un mundo a mi medida, que es lo más divertido, por más que algunos escritores se empeñen en querer demostrar que su mundo es el mundo de ahí fuera. Pues no señor, el mundo de los cuadernos es otro mundo.

Colegas


Víctor
Las barbacoas de mi primo son una barbaridad. Y digo barbaridad con toda la intención, porque más que de colegas adolescentes parecen cosa de godos, que no pueden estar lejos de Algüera –es más, yo creo que no se fueron nunca.
Mi primo se llama Kiki, como su padre, y con su peña de colegas se vienen a la cochera y se montan la fiestorra. Unos se traen la panceta, de ibérico, por supuesto, que estamos cerca de la sierra y los cerdos nos comen las zanahorias en las huertas, otros se traen las salchichas, otros la morcilla, otros el chorizo, la pluma o los secretos, o sea que cada vez que se reúne la mara cae un cerdo entero, pero a la brasa, que tiene menos colesterol del malo. Y, para mojarlo, la pepsicola, que somos familia de pepsi más que de coca.
Mi primo me jura que son fiestas sin alcohol, aunque yo no puedo certificarlo, pues todos los asistentes que he podido consultar, incluido mi sobrino Víctor, se hacen el loco cuando insisto sobre este punto. De ser cierto que no beben más que pepsi, habría que concluir la investigación afirmando que su alegría etílica brota de otra fuente que el vino, y no tienen más que la panceta, pues lo que más se parece a un excitante a su alcance es la grasa.
El caso es que comienzan a reírse y a cantar cuando encienden el fuego y no han parado de hacerlo hasta que lo apagan, después de devorar semejante provisión de viandas. Ves a mi primo solo, por la calle, o a cualquiera de sus amigos, y no dirías que son tipos capaces de reírse durante ocho horas seguidas, ni de reírse ni de comer ni de cantar, ni de beber pepsi.
Pero eso es lo que hacen todos los viernes del año, más algunas fiestas de guardar como la Nochevieja y así.
¿De quién heredaron este desenfreno? ¿Dónde esconden tanta energía metabólica esos cuerpos enclenques? Los ves disfrutar y no puedes menos que recordar pelis de los hunos, con sus comilonas después de las batallas.

Tete en acción


Víctor
Tete se hizo amigo mío en la escuela, durante el único curso que fui al cole en Algüera. Yo tenía quince años y Tete doce, y ya fumaba. En el recreo jugábamos al fútbol, yo le daba al balón con la muleta y Tete se peleaba con los que me ponían zancadillas, que era muy fácil y los hay muy listos.
Siempre ganábamos, los dos jugábamos de defensas, pero teníamos un delantero en nuestro equipo que era tan bueno o más que Figo, nadie le podía parar. Se llamaba Manolo y ha terminado por casarse con la hermana de Tete.
Pasó el tiempo y Tete dejó el fútbol, pero no el tabaco. Me he acordado de él porque me lo acabo de encontrar y estaba un poco pedo. El caso es que en este tiempo, desde el cole, también le cogió afición al vino, un poquito antes de comer, un poquito después, un poquito para matar la sed del camino o refrescarse y otro poquito para entrar en calor.
Para combatir las resacas se aficionó a los porros, pero no le hacían reír, sino llorar.
Cuando salía a recoger aceitunas al campo, no podía resistir el frío sin beber y no podía resistir el calor sin un porro, con lo cual ninguna cuadrilla quería trabajar con él. Y lo mismo ocurría en la vendimia o, en verano, recogiendo los tomates.
Tete se ha ido acostumbrando a vivir a cuenta de la familia y de los psiquiatras de la Seguridad Social. De la última que me enteré fue este verano, que se emparanoyó y quería quemarle el coche al hermano y al cuñado, al Manolo, su amigo de toda la vida, porque no le abrían la puerta de casa a las cuatro de la mañana. O sea, que ya están de Tete un poco saturados todos. Por fin salió de casa esa noche Manolo, otra vez, para calmarle un poco al Tete.
Manolo todavía juega al fútbol y a veces consigue que Tete le acompañe y se eche unas carreras. Pero lo que no consigue es hacerle reír como cuando éramos jóvenes y jugábamos los tres en el recreo.
Es lo que tiene la vida, que si no bebes, te mata la sed, y si bebes, te arruinas.

Bulos


Víctor
Yo siento que cuando hablan mal de mis amigos, me hacen daño. Más incluso que cuando hablan mal de mí mismo a la cara –que cuando hablan por detrás no me entero. Nadie tiene derecho a hacerme dudar de la honestidad de la gente que quiero sin más razón que no saber tener cerrada la boca.
Una palabra inapropiada dicha contra cualquier persona es como mancharle la cara o hacerle una cruz en la espalda. Así de fácil marcas a una persona, y más si esas malas palabras se dicen entre conocidos, por ejemplo aquí, entre los compañeros, que esto es una campana y todo se oye.
Pensar mal de otro, sin razón, ya es una desgracia para el que lo hace, pues produce podredumbre en su cerebro. Pero ir pregonando esos malos pensamientos por ahí es hacer desgraciados a muchos más, a los que criticas, porque los hieres, y a los que te escuchan, porque los confundes.
¿Que por qué estoy diciendo todo esto? Porque no sé defenderme de las calumnias y porque me hacen mucho daño esos consejos que no pido a nadie y que los más inoportunos se atreven a soltarme. Quisiera ser más explícito, pero no quiero hacer daño a nadie. Solo advertir que la calumnia y las malas babas se esparcen como la paja de las eras y llegan a todos los cuellos de todas las camisas y allí empiezan a picar y todo el mundo comienza a rascarse.
Eso ocurre, que nos rascamos de algo que no tenía que picarnos porque no existe, porque es un puro bulo, nada.

Mi sobrino y el copago


Víctor
Ayer me llamó mi sobrino Víctor para decirme que le dolía el pecho.
Tengo catarro, y mi mamá también.
A lo mejor es alergia a las gramíneas –le sugerí yo– que la primavera viene adelantada por la sequía.
Yo no tengo alergia, toso y me duele el pecho de tanto toser.
Le pregunté si había ido al médico y me dijo que no, ni él ni su madre, y que no estaban tomando nada.
Oye, Víctor, –le expliqué– que eso del copago en la Sanidad no quiere decir que os tengáis que dejar morir los sanos para que los cojos sigamos teniendo cancha.
Pero mi sobrino es que no me hace caso. Él no ha vivido aquellos tiempos en que todo el pueblo se vigilaba el brillo de los ojos. Algüera tiene 2000 habitantes, unos pocos menos, dos médicos, dos enfermeras y una farmacia. Cuando entonces, había que irse a Badajoz si te brillaban los ojos. Y si no era por sarampión era por varicela –que las dos me las espulgué yo, con una semana de fiebre cada una, en el hospital– o algo peor, que si polio, que si meningitis, que si tal.
Por cierto, que yo tuve también la polio de bebé, estaba internado en el hospital del Niño Jesús y me la pillaron a tiempo, aunque de esto no me acuerdo mucho. Pero si te brillaban los ojos en Algüera, o sea, si tenías fiebre, no estabas solo tú en peligro, estaba todo el pueblo. Y si no era por las buenas, era por las malas, pero te tenías que ir a Badajoz.
Ahora es distinto, ahora hay antibióticos y el mayor peligro son las alergias y las gripes. Pero mi sobrino ni a los virus esos de la aviar les tiene miedo. A mi sobrino le gusta jugar con fuego y se ha pasado el invierno haciendo hogueras y asando patatas.
Mi sobrino, desde luego, no arruina la Sanidad Pública. Ni su madre.

Quiero ser mi sobrino


Víctor
Yo quisiera olvidar mi silla de ruedas por un tiempo y ser como mi sobrino, que sale con sus amigas, hace lumbre debajo del puente, asa las patatas del rebusque y se las comen entre todos. Y algunos amigos todavía han llevado calimocho, que es la llave de todas las risas.
Dice mi sobrino que a las chicas de 15 años les gusta mucho reírse, o sea, el calimocho. Este verano pasado volvía yo de la feria y vi a tres amigas suyas en la puerta de Miguel, el tío de Modesta, en el escalón, en un estado un poco comprometido. Una de ellas no podía dar ni un paso más y por eso se habían sentado. Y el caso era que las otras dos tampoco estaban para tirar cohetes.
Se me ocurrió ofrecerles un chocolate con churros y lo aceptaron entusiasmadas. Así que me volví al ferial en busca de mi sobrino y él se encargó de llevarles el desayuno a las chicas, que ya eran más de las tres de la mañana, y en plenas fiestas de la Batalla.
A mi sobrino no le gusta beber, pero con las chicas del calimocho se le cae la baba, sobre todo si son un poco salvajes, de esas que lo mismo se suben a los árboles en busca de nidos que le roban los higos a Miguel saltándose las tapias del huerto o que con la bici llegan hasta Badajoz o cerca y twittean incluso con Camela. Las llevó el chocolate y los churros y con esto se les pasó el mareo y continuaron la fiesta. Eso sí, ya solo bailaban con mi sobrino, que por eso yo les había ofrecido el chocolate.
Y ayer mismo –cómo pasa el tiempo, ya estamos en diciembre– me dijo mi hermana que el sobrino estaba asando panceta y chorizos en la finca de una de estas chicas, la más salvaje, que habían hecho matanza en casa de cerdos pata negra y los niños tenían que certificar la denominación de origen.
Pues así vive mi sobrino. Y diciendo además, a quien quiera oírle, que la escuela es una perdición. ¿Me entendéis ahora por qué yo quiero ser como él?

El hermano de Molly

 
Víctor
Molly está un poco harta de su hermano Curro. Cuida de su tía y antes cuidó de su padre. Su tía se cayó y se partió la cadera. Ahora tiene que andar con muletas y con compañía, siempre la compañía de Molly.
Pero la tía tiene mucha voluntad y se recorre la acera de su casa tres veces o cuatro cada día, eso sí, de la mano de su sobrina.
Pero el verdadero problema de Molly es su hermano Curro, un desastre de hermano que se ha pasado más de la mitad de su vida echado, y de la otra mitad nunca se acuerda.
Curro, cuando se levanta de la cama olvida que tiene que medicarse y se pone a beber, cambia las pastillas por el vino, que lo aprendió de su padre, que también pimplaba y sus hijos le conocieron siempre con la media tajá.
Curro las lía pardas cuando se pone a fumar porros y a beber. Es cuando pierde el control de verdad y termina en el cuartel. Se pone muy agresivo y sus víctimas son siempre la familia.
Menos Molly, que Molly siempre supo manejarle en los momentos más críticos. Su otro hermano, sin embargo, ha recibido de Curro más de una paliza y hasta pedradas en las ventanas, ahora que vive en otra casa.
Su tía, la de la cadera rota, tampoco se libra de los ataques de Curro, le ha tirado hasta las naranjas de los árboles. Por eso que la vieja no le puede ni ver. Y Molly tiene que hacer la comida de su hermano a escondidas. Menos mal que la casa tiene dos puertas y la pobre se va manejando para evitar los malos encuentros, que son todos.
La última vez, Curro amenazó a la tía con un cuchillo porque ella había contratado al otro hermano para trabajar en el monte y no se lo había propuesto a él. En realidad, Curro no ha trabajado nunca, ni quiere, pero no puede ver que otros sí lo hagan.
Molly hace lo que puede para poner paz, y solo consigue que Curro se tire de la cama si le da dinero.
Pero el problema, ya lo veis, es que Curro con dinero es un peligro. Y terminará en el cuartel o algo peor.
Por eso digo que Molly está ya un poco harta. Y, por cierto, cada día peor de su lumbalgia, que esa es otra.

Ramón, el portugués


Víctor
Yo soy portugués –me dijo Ramón este verano pasado, nada más verme por Algüera, de vacaciones.
Ramón, ¿pero desde cuándo te diste a la bebida?
Te digo que soy portugués. Me lo dijo mi madre al morir y no la quise creer.
Yo sé que Ramón había nacido hacía cuarenta años en Algüera y que en Algüera se conserva el registro de su nacimiento y de su bautismo, lo mismo que el de sus cuatro hermanos, que hace veinte años ya emigraron a Hospitalet, y los de su padre y su madre.
El misterio me lo desveló mi hermana cuando le hablé de lo que me parecía una ventolera de Ramón. Macarena me contó que todo había comenzado el día que Ramón aplaudió todos y cada uno de los cuatro goles que le endosó la selección de fútbol de Portugal a la Roja, el invierno pasado.
Lo que había comenzado como reacción lógica de indignación a los engaños del Gobierno sobre la crisis financiera, reacción compartida por muchos otros algüeranos, terminó, al salir del bar de Liborio, con Ramón gritando “Hemos ganado, hemos ganado la nueva Aljubarrota” y abrazándose a todos y cada uno de los portugueses que trabajan y viven en Algüera, que no son pocos y aquella noche tenían motivos para estar contentos, pues Cristiano había metido gol por fin.
Ramón todavía era maestro de la escuela por aquellos días, lo digo porque lo peor vino después.
Desde aquella aciaga noche, Ramón comenzó a enseñar a los niños del pueblo que Felipe II había invadido Portugal a sangre y fuego “y semen” –esto último lo subrayaba con especial énfasis Ramón– pues los tercios de su ejército habían comenzado a violar mozas en Zalamea y no se detuvieron hasta Lisboa, y muchos años después de la conquista, que los portugueses nos tuvimos que levantar en armas –decía “nos tuvimos”– hasta derrotar al invasor tras el Levantamiento de los Conjurados en diciembre de 1640.
Se enteró el inspector de estas lecciones y lo expedientó de manera fulminante. Nada pudieron hacer por el maestro los sindicatos. Y desde aquel día Ramón, además de ser portugués, es un patriota, pues por la patria había sacrificado su empleo de maestro como lo hicieron tantos durante la Guerra de Restauración.
Desde aquel día, a primeros de este año, mis paisanos de Algüera, y paisanos de Ramón, por supuesto, le dan trabajo de bracero, para recoger melones de secano y de regadío, tomates, pepinos y por ahí, como hacen con todos los portugueses que se vinieron a vivir con nosotros.
Tú eres portugués como yo soy vikingo –le dije el otro día a Ramón a la puerta del bar de Liborio.
Ramón estaba esperando a que comenzara el Portugal-Croacia de clasificación para la Eurocopa. Como voy en la silla de ruedas, a mí me tolera estos desplantes.
¿Pero tú qué eres, aparte de cojo, que salta a la vista? –me pregunta.
Yo soy español –contesto sacando pecho.
Ahí lo ves, por eso no me crees. Los españoles nunca podréis perdonar que los portugueses os venciésemos en Montes Claros y seamos independientes, sacudiendo vuestro yugo.
En fin, que algo muy destructivo debe de llevar en su seno esta crisis que atravesamos tan penosamente para que disuelva las conciencias nacionales de forma tan profunda. El pobre Ramón no debe de ser la única víctima.

Favores



Víctor
Hay dos clases de hombre: lo que hacen favores y los que se aprovechan. Yo soy de los que hacen favores, no me preguntes por qué. Procuro hacerlos a gente de fiar, pero entre los que necesitan de tu ayuda los hay que no se la merecen. De eso te enteras después.
No hace mucho que me ocurrió una cosa grave. Me fié de un tipo que parecía serio. Tenía mucho rollo y mucho mundo, pero si a mí me engañó no fue por eso, sino por sus ojos de buena persona. Siempre tropiezo en la misma piedra, esta que cuento tiene de especial que ha sido la última. Su silla y la mía –esta que llevo hoy, o que me lleva a mí, mejor, y que conseguí a cambio de una indemnización del seguro del coche que me atropelló camino de ParqueSur– eran iguales y a la suya se le rompió una horquilla. Me pidió que le prestase la horquilla de la mía, pues yo me podía cambiar a otra vieja, que estaba en uso.
¿Que cómo terminó la historia? Pues que cada vez que salíamos a tomar algo tenía que pagar yo, pues me decía que estaba ahorrando para ponerse la horquilla.
El final final de todo fue que yo tuve que comprar otra horquilla nueva, con su rueda correspondiente, si quería poner en marcha mi silla nueva. Jamás me pagó la pieza de le presté, o la rueda.
O sea, que nunca dejaré de hacer favores a los que lo necesiten, pero ya me gustaría que esos que lo necesitan llevasen alguna matrícula para saber si son de fiar o no. Aunque a lo mejor pido demasiado.
Por pedir que no quede, sin embargo: declaro que no me importaría que alguien, alguna vez, me hiciese algún favor a mí, que aquí donde me veis, también los necesito como el que más.

¡Que le den!


Víctor
Hay bocas que no son serias, eso lo sé yo bien, hay promesas que no tienen peso. He oído muchas veces frases del tipo: “Te voy a acompañar cuando lo necesites”, “Te voy a ayudar”, etc. Yo sabía que no me iban a sacar de mis tristezas –hablo de cuando estaba más comprometido, con la depresión– pero necesitaba creérmelo porque necesitaba de compañía. Iban algunos a mi habitación –o sea, iba uno– con CDs aburridísimos, de música heavy, que me tenía que tragar desde la primera canción hasta la última, ¡y todo sea por la compañía!
Tanto ruido y tanta locura me deprimían todavía más que el silencio, pero lo aguantaba todo por no hacer feos a la visita. Yo le pedía que pusiera algo de flamenco: “Aunque no sea más que una rumbita, porfa”, pero nada: “Si esos ayayayayay son lo que te deprime a ti”, me decía. Como a él no le gustaba, si yo quería que viniese a verme tenía que ser metiendo ruido.
Pues ahora me entero de que está yendo a los conciertos de Estopa. ¿Es esto serio? Un día había ido conmigo a un concierto de Camela poniendo mala cara y había vuelto diciendo que no le gustaba. Bien. ¡Y ahora va él solo a ver a Estopa! Pues que vaya, como si se quiere tirar a un pozo, ¡que le den!

De tan tontas que son


Víctor
Cristina vive al otro lado de la plaza y ahora yo la veo mucho porque siempre coincide con Macarena en el mercadillo del los jueves en la Avenida. La conozco desde hace mucho, porque cogió la costumbre de acompañar a mi hermana hasta casa y ayudarla con las bolsas cuando se cargaba mucho. Porque Cristina vive con su marido, que es conserje en el Ayuntamiento, no tienen hijos y nunca compra demasiadas cosas.
Cristina está pendiente de la carga de bolsas de mi hermana porque son amigas, pero también les echa una mano a los viejos, si los ve apurados, no le importa. Mi hermana carga las bolsas en mi silla eléctrica y así aligera peso.
Cuando las dos vuelven del mercadillo no se despiden en la plaza. Cristina nos acompaña a casa, cargada con alguna bolsa nuestra, y luego vuelve sobre sus pasos, atraviesa la plaza, deja lo suyo y se acerca a casa del viejo Juan a traerle los recados.
Esto era antes, cuando Cristina estaba pendiente del viejo Juan y lo asistía. Hasta este verano, que se murió de puro viejo. Cristina le levantaba y le vestía, le sentaba en el sillón, le hacía la comida y le acompañaba, hasta que el viejo se cansaba y volvía a la cama. Porque el viejo Juan no tenía a nadie, su pensión era una miseria y casi todo se iba en pagar el alquiler de la casa. Como ya no podía caminar, se le ocurrió a Cristina gestionarle una silla de ruedas. Hizo todos los papeles, pero había que comprarla y pagarla, para que luego la Junta de Extremadura devolviera el dinero, presentando la factura. Como Juan no tenía los 500 euros que cuesta la silla, Cristina se los adelantó para poder tenerla y sacarlo a pasear.
¿Qué pasó? Que el viejo Juan se murió y ahora la Junta ya no se hace cargo de esa factura de la silla.
Mi marido me dijo que soy un poco tonta –le cuenta a mi hermana cuando se acuerdan del viejo Juan.
Eres tonta, de tan buena –contesta Macarena– ¿Pero qué quieres que te diga? Yo prefiero a las tontas más que a las listas.
Un día mi marido no aguanta más y me echa de casa –insiste Cristina.
Yo las observo y la verdad es que me parecen las dos tal para cual, de tan tontas que son.

Entre primos



Víctor

Jesús ya no recuerda la causa del rencor tan hondo que sentía hacia su primo. Cruzarse con él por la calle o coincidir en el bar le descomponía. Haga lo que haga el primo Miguel Ángel, a Jesús le incomoda y le ofende. A lo mejor todo comenzó cuando su padre tenía aquellos melones en el prado del cortijo y Miguel Ángel, una noche, se fue con otros cuantos chicos a darse un atracón a costa del trabajo del tío.
El destrozo fue enorme en la finca y Jesús terminó averiguando quiénes habían sido los autores. O se lo imaginó, que a estas alturas, pasados tantos años, ya da lo mismo.
Por supuesto, no le invitó a su boda. Jesús recuerda la fiesta con agrado porque no estaba presente el primo, más que por la felicidad de su mujer Lucía. Pocos días de su vida recuerda que no se estropeasen a causa de la presencia de su primo. Algüera es un pueblo nada grande, hay una única iglesia y se dice una única misa diaria, sin querer coincides con tus enemigos aquí o allá por más que te propongas evitarlo. Coincides hasta en los bares, y eso que hay más que capillas, algunas veces en la feria, en la fiesta de la Batalla, no puedes huir de tu propio pueblo, no puedes huir del destino.
La suerte cambió sin embargo cuando Jesús se enteró de que ahora Miguel Ángel se dedicaba a robar el gasoil de los tractores y a darse algún que otro paseo con coches que no eran suyos. Con un poco de suerte, ya tenía Jesús la manera de deshacerse para siempre del primo.
Le puso en la pista de los robos del gasoil al cabo de los civiles, pero esto era un delito menor que no conllevaba cárcel. El antecedente del robo, sin embargo, permitió que Jesús convenciera al cabo de su autoría cuando el delito fue mayor: el incendio de la dehesa y, sobre todo, la desaparición de la cosechadora de Daniel, un chico que venía a cosechar desde Ávila hacía ya muchos años. El primo Miguel Ángel terminó en la cárcel.
Y desde aquel día, Jesús está desconocido: sale a la calle más relajado y vuelve más feliz. Y no hay malos encuentros en su vida que le amarguen el carácter.

La operación



Víctor
Que sepáis que yo estoy en silla de ruedas porque me operaron de los pies y me dejaron peor.
Antes andaba con muletas. Tenía un poco torcidos los pies, pero caminaba. Aunque me caía algunas veces.
David y yo compartíamos colegio, el INRI (Instituto Nacional de Rehabilitación de Inválidos). Si alguna vez me caía y David me veía, acercaba su silla, yo me agarraba y volvía a ponerme de pie. Y todavía David procuraba alcanzar mis muletas, las ponía en mis manos y yo volvía a caminar.
Cuando decidí que me operaba, David no quería.
No te operes, que los cirujanos son unos carniceros –me decía.
David casi nunca se ha equivocado al tomar decisiones.
Después de la operación, todavía estuve un año en el INRI, pero ya en silla de ruedas, como David.
Hacíamos carreras David, José Carlos y yo. Siempre ganaba David, pero nos reíamos mucho los tres. Fueron buenos años.
Ahora David es un tipo muy independiente, pero siempre que lo necesito, está dispuesto a echarme una mano. Cuando mi depre de hace unos años, David me acompañaba todas las noches, hasta que se me pasaba el miedo a la oscuridad y podía dormir.
También iban Gabriel y Conchi a verme. Pero David es como mi hermano, me observa desde lejos y, si necesito algo, siempre viene en mi socorro.

La leyenda del gitano exacto


Víctor
Yo conozco a Antonio desde hace mucho y es buena gente, se gana la vida en el mercadillo, hoy en Algüera, mañana en Almendralejo, pasado en Badajoz o en Talavera. Y ahora con la crisis, aunque cueste de creer en un gitano, incluso les fía mucho género a los que no le pueden pagar. Es de lo que se aprovecha Eusebio, que no es que la crisis lo haya atacado, más bien lo tiene comido el corazón la avaricia.
Antonio vende ropa y le ha fiado a Eusebio todo un año de pantalones, cazadoras, calcetines y camisas, o sea, mucho género que el gitano no quiere perder. Y hace un mes, un jueves que Eusebio quería llevarse una sudadera, Antonio le recordó que debía más de cien euros de la campaña, exactamente 127,50. Y le detalló las prendas no pagadas.
A Eusebio, sin embargo, no le gustó nada que le reclamase la deuda. Pero lloró al gitano, como siempre, que no tenía, que no cobraba la subvención de las encinas, que tenía que alimentar a la familia, lo de siempre. Pero Antonio, que se había enterado que las subvenciones estaban cobradas, lo emplazó para el jueves siguiente.
¿Qué ocurrió entre tanto? Que Eusebio se fue de la lengua un rato largo –Antonio le había reclamado su deuda en el puesto, delante de algunas vecinas– y corrió la especie por todo el pueblo de que Antonio era un asaltatapias.
¿Por qué? Porque daba la casualidad de que a mi vecino, que también se llama Antonio, le habían robado este invierno una radial y otras herramientas por el sistema de saltar la tapia del corral y llevarse las cosas de más valor. Fue durante una noche y no ha sabido nada de los ladrones, salvo que conocían muy bien la casa, vamos, de memoria, y que no podían vivir muy lejos.
El hecho es que cada vez hay más robos, pues cada vez hay más parados y más hambre en el pueblo, los vecinos se miran un poco de reojo y es lo que aprovechó Eusebio para señalar al gitano Antonio como el fulano que guidaba las radiales.
Ya he dicho que el gitano es buena gente. Lo que no había dicho es que también tiene amigos en el pueblo que le pusieron al corriente de las especies que sembraba su deudor Eusebio.
Y al jueves siguiente Algüera conoció la hazaña del gitano Antonio, que no ha pasado ni un mes y ya se ha convertido en la Leyenda del Gitano Exacto, que así le llaman ahora, el gitano exacto, y no sé por qué, quizá por sus palabras.
Al terminar el mercadillo, al medio día, y después de recoger el generó y desmontar el puesto y cargar la furgo, el gitano Antonio se fue al bar de la avenida en busca de Eusebio, que esta mañana no se había pasado por el mercadillo, lógico. El gitano no se había olvidado de la escopeta. Encontró a su calumniador a la puerta del bar, también lógico, que Antonio tenía informadores. Se acercó el gitano a su ofensor y, sin mediar palabra, apuntó con la escopeta de repetición a Eusebio y disparó a continuación cinco cartuchos, que el caños echaba lumbre, toda la carga. Los dos primeros disparos agujerearon el tronco del árbol por encima del la cabeza de Eusebio, y los tres siguientes dieron justo a la altura de su culo, también sobre el mismo árbol.
Vaciada la escopeta, habló por fin el gitano Antonio y estas fueron sus palabras, que todos oímos: "Y no digo más, que ya quedó claro".
Y se fue el gitano del lugar y, antes de haber llegado a su furgo, ya Eusebio le había pagado los 127,50 euros de la deuda.
Los municipales, al jueves siguiente, le notificaron al gitano Antonio la multa por desperfectos en arbolado propiedad del consistorio: 100 euros. Lo cierto es que el gitano tiene la costumbre de recurrir todas las multas, un hábito ancestral en su pueblo, como las hogueras.

Un poco de consuelo


Víctor

Nieves se ha criado con su tío César, un solterón de corazón duro y huesos blandos, que se partió las costillas un día que había bebido demasiado y se cayó. Desde entonces mueve su enorme barriga ayudado de una muleta, por seguridad.
Amén de las broncas de su tío, que la hicieron llorar desde que era niña y se ha acostumbrado, lo que de verdad ha entristecido a Nieves este verano es que su primo Miguel abandonara a su mujer Toñi para liarse con otra mujer más joven, que, por cierto, es una buena chica y una buena madre, ella no es el problema.
Miguel y sus hermanos han sido la única familia de verdad de Nieves. Su tío Cesar no podía soportar que ella les hiciese más caso a sus primos que a él. Y cuando por fin Nieves decidió casarse y abandonar la casa de su tío, el viejo gruñón intentó pegarla con la muleta.
Bien sabía el viejo que fueron los primos los que aconsejaron a Nieves a dar el paso que ha hecho de ella una mujer feliz, a pesar de las lágrimas que le continúan provocando los insultos de su tío, pues se fue de casa, pero no muy lejos, para seguir cuidando de él, de sus comidas y de su casa.
A sus insultos está acostumbrada Nieves. A lo que no se acostumbra es a la irresponsabilidad y sinvergonzonería del primo.
Miguel, Toñi es una buena madre y una buena mujer, no se merecía lo que le has hecho. No se abandona a una familia.
La vida es muy larga, Nieves –le contesta el primo.
Y tú, muy duro de corazón.
Nieves, que no tiene hijos, ni quiere tener, ahora ayuda a Toñi a criar a los suyos.
Si no fuera por ti, Nieves, –le confiesa Toñi– no sé lo que haría.
Llorar, como yo cuando me insulta mi tío César.
Ese viejo sí que es malo.
En el fondo, Nieves y Toñi se necesitan, las dos necesitan un poco de consuelo y un poco de ternura.

Mis vecinos


Víctor
Estrella me cae bien. Los jueves abre su puesto en el mercadillo del pueblo. Sólo vende ropa de mujer y por eso yo no le compro nada. Pero mi hermana Macarena sí lo hace. Estrella es un poco carera, pero tiene la ropa de buena calidad, siempre marcas legales.
A su marido, Antonio, le llaman el Pinocho. El nombre es muy sospechoso para un gitano, pero el caso es que Antonio vende y compra caballos y todavía nunca ha engañado a nadie.
Hablo de Estrella y de Antonio porque viven junto a mi casa, pared con pared, y somos amigos desde siempre. Tienen seis hijos y tiene que trajinar mucho para criarlos. La chica mayor es muy guapa, tiene ya más de dieciséis años. Los demás son todos unos chinorrillos.
La vida les va bien, ahora tienen tres coches, uno es un mercedes nuevo. La fragoneta, también mercedes, no la guardan ya en el pajar de casa: la dejan en la calle con los hierros del chiringo para los mercadillos.
Y los dos, Estrella y Antonio, cobran una paga asistencial, pues no tienen dados de alta ninguno de sus trapicheos.
–Pinocho –le dice José, el del bar– cuando hacienda reflote tu economía sumergida, no vas a tener nariz suficiente para pagar la multa.
–¡Pero qué dices, payo!, si yo no tengo nada, si hasta el mercedes es de mi tía, que está jubilada. A ti sí que te van a pillar, José, que no declaras el alquiler que les cobras a los rumanos por la casa de la carretera.
–No des voces, Antonio, no hace falta que se entere también la Guardia Civil de lo que hablamos –protesta el camarero.
–No te preocupes, José, que los civiles no se chivan, son buena gente, yo respondo de ellos, que soy gitano –contesta el Pinocho.
El Pinocho y la Estrella son los mejores vecinos que yo he tenido nunca.

Noche negra

Víctor
Felipe había ganado la medalla de oro en lanzamiento de peso esta misma mañana, ya es el campeón de Madrid, y me invitó a unas pizzas con el dinero que aún no le han dado del premio. Compramos tabaco en El Cordobés y cruzamos la avenida para hace una visita a su hermano, antes de dirigirnos a Telepizza. El hermano de Felipe vive en la plaza de Holanda, justo detrás, y nos entretuvimos un buen rato allí.
Cuando volvimos a enfilar nuestras sillas en dirección a Telepizza, en un lugar por el que estamos hartos de pasar, pues de visita al hermano ya me ha llevado más de una vez, enfilé con la silla la escalera, que está de frente, en vez de la rampa, que está a la izquierda y tuerce más a la izquierda todavía. Felipe, que iba delante y ya me esperaba al pie de la escalera, me gritaba: “¡¡¡A la izquierda!!! ¡¡¡Por ahí no!!!”, pero como habla tan raro, no es el más indicado para darte los avisos urgentes. Con lo primero que paré el golpe fue con la cabeza y la nariz. Quise poner las manos, pero me fallaron. Tengo ahora más puntos que un usuario de Mivistar, por toda la cabeza, en la cara. ¡Para haberme matado!
Felipe había comido con el alcalde y se disponía a cenar conmigo. Y terminamos los dos en manos de la policía. Unos chicos que habían oído gritar a Felipe y salieron de Telepizza, me vieron rebotar por las escaleras y me ayudaron a darme la vuelta, pues había quedado boca abajo y no podía moverme. La poli llegó antes que la ambulancia. Todo había ocurrido justo en las escaleras que hay por el callejón detrás de Telepizza.
Los polis me miraron desde lejos un poco, sangraba mucho por la boca. Tenían más prisa todavía que yo, pues llamaron hasta tres veces a la ambulancia, que tardó cerca de una hora en llegar.
A Felipe no le dejaron venir conmigo y se tuvo que volver a la residencia sin cenar y con un buen susto en el cuerpo por mi culpa. Lo siento, amigo. Le tuvieron que dar dos valium para dormir, pero no le hicieron efecto y se pasó la noche en blanco. Esto lo supe al volver del hospital, al mediodía.
En el hospital me trataron como a un rey, que lo sepas, Macarena. Me cosieron la cabeza y la nariz y me pusieron inyecciones en la frente de no sé qué. Me hicieron radiografías y descubrieron que tenía partido el fémur derecho a la altura de la rodilla. Me lo ferulizaron y tengo que volver la semana que viene. No sé bien qué me dijeron de operarme y me entró un poco de canguelo y se lo dije a la enfermera.
Pues esto ha sido todo, el segundo fémur roto de un adredista en este mes, y los dos después de rodar con la silla eléctrica por unas escaleras, Fernando y yo. Y a Felipe le darán los 1200 € del premio por haber ganado la medalla cuando terminen las competiciones, que ahora se tiene que presentar al campeonato de la CAM y después, al nacional, y los que ganen allí irán a las olimpiadas. Si hace la marca de los cinco metro tiene posibilidades, pero no sé quién lo va a celebrar con él ahora. Yo me parece que no voy a ir, por lo menos a Telepizza, no me he levantado de la cama todavía.
Y Macarena se enteró de todo porque alguien se lo chivó.

Un tío legal

Víctor
Un amigo legal es un descubrimiento muy grato en la vida de cualquier persona, cuanto más para mí, la vida de un cojo al que no se acercan muchos y del que huye la mayoría de gente a la que sí me acerco yo.
Pues he conocido a un chico no hace mucho al que un accidente de moto cambió la vida para siempre. Después de un coma muy prolongado, se presentó de vuelta en este mundo con la movilidad muy comprometida y prácticamente sin habla, pues se había destrozado la boca. Han pasado ya suficientes años desde entonces y se ha acostumbrado a vivir como es, guapo, con buen humor y yo diría que optimista a pesar de todo.
Y resulta que, cuanto mejor le voy conociendo, más mejor me va cayendo. Sus hermanos y sus amigos, que también los conozco, son gente estupenda, muy legal, y él me trata cada vez mejor, con más consideración que la mayoría de los que me conocen de toda la vida o mis amigos de siempre.
Además, me deja acompañarle y yo traduzco sus palabras lo mismo ante la concejala de deportes, una vez que fue a reclamar mejores horarios en el Pabellón Europa, que ante el camarero del restaurante que nos va a servir. Por cierto, siempre paga él la comida y, además, me dejó dinero un día, hace poco, para que me cambiara los cristales de las gafas de sol.
¿Que por qué cuento esto? La pregunta que yo me hago es otra: ¿por qué será que todo el mundo se empeña en separarme de él? Yo agradecería a todos que me dejasen disfrutar de mi amistad con este chico y que no gastasen sus consejos, porque lo cierto es que los consejos también se desgastan mucho y a lo mejor en otro momento cualquiera los necesito yo o los necesita otro y ya no sirven.
Y que mi amigo me ha pedido que le cuente los problemas que tenga con cualquiera, lo mismo residentes que cuidadoras, que así entre los dos a lo mejor nos apañamos mejor para solucionarlos. ¿A qué os suena esto? No me digáis que no es legal, ¡si parece un motín!

Tieso

Víctor
Todo viene por cincuenta euros, que es lo que me queda de la pensión para mis gastos, después de que el Centro me descuente los tropecientosmil correspondientes cada mes, el Centro o vete tú a saber. Pues mi hermana Macarena se empeña en que no me los gaste, y para recordármelo me llama todos los días. Y me repite que se los dé a la psicóloga para que ella me controle. Tanto me lo aconseja, o sea, que ya lo hago cada vez que cobro ¡Y no tengo con cincuenta euros ni para un par de cocacolas al día! ¡Ni para invitar a mi sobrino cuando viene a verme tengo! Este año ni siquiera le he podido comprar unos reyes porque estaba tieso. Y lo mismo me va a ocurrir con su cumpleaños, ni un duro le podrá dar su tío para que invite a los amigos, con esos que se va de hogueras estas tardes de invierno. “¡Ten un tío pa esto!” me dice cada vez que le decepciono. La verdad es que peor lo tiene con mi hermano el mayor, que gana una pasta y solo le da al sobrino diez euros, “Y no te los gastes en tonterías”, le aconseja. ¡Pero qué se creerá ese uñas! Debe de pensar que hoy por hoy Jauja esta en Algüera y que su sobrino está conectado de la teta de la abundancia. Menos mal que el otro tío de mi sobrino, o sea, mi hermano el soltero, ese no le falla y algún euro ya afloja si se lo pide el crío. Aunque es un peligro tenerlo cerca, porque lo mismo que te da, te lo quita si se ha quedado pelao un día, que ese no tiene psicóloga que le controle. Claro está que Macarena no les dice a mis hermanos que no se lo gasten, ya se encargan ellos, sí. Me lo dice a mí, que no puedo gastar porque sencillamente no tengo qué. Siempre que llega el día 20 y le recuerdo a Macarena que estoy tieso y que ya no me queda ni un euro es por el placer de volver a oírle decir al teléfono: “Si ya te lo decía yo, si eres un manirroto”.
Por cierto, Macarena, a ver si entre los dos convencemos al Víctor, tu hijo y mi sobrino, para que me llame alguna de esas veces que tú no puedes porque estás trabajando, aunque sea por el teléfono de su madre. O que me llame alguna vez sin más, que le hecho de menos. Y si no, que me escriba.

Don Valentín

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Don Valentín es el responsable del atraso histórico de Algüera y, quizá, de toda Extremadura. Y no exagero, lo vais a ver.
Don Valentín había llegado al máximo en su carrera, a director del grupo escolar del pueblo. Pero en un momento la Consejería de Educación de la Junta tuvo que intervenir para destituirlo. ¿La razón? Don Valentín se oponía a la informatización de la escuela, y eso que era gratis.
–Portugal y el inglés hablan por boca de Rodríguez Ibarra –dejaba caer don Valentín a quien quería oírle, reivindicando su ideología de frontera, tan reñida con futuro alguno.
Pero no se conformaba con hablar. Había boicoteado con mucho empeño, desde la dirección del grupo escolar y ocultando la información de que disponía, los cursos de formación del profesorado para la implantación de las nuevas tecnologías en la escuela. Y cuando llegaron los equipos, un ordenador para cada dos o tres alumnos, no sé bien la ratio, ningún maestro estaba preparado en condiciones para manejar aquel desbarajuste, cuanto más para enseñar algo.
Del caos fueron saliendo mal que bien porque muchos niños, sobre todo muchas niñas, verdaderos linces en la cosa del manejo de los móviles, se hicieron con las nuevas equipaciones en un pispas. El problema fue que instalaron las aplicaciones que a ellos más les interesaban, o sea, juegos y programas de descarga de música y pelis. Los maestros daban su clase a la vieja manera y los niños, entre tanto, jugaban sus partidas.
–La informática nos echará en brazos de Portugal y del inglés –le argumentó don Valentín al inspector el día que este hizo la visita, avisado por una interina alarmadísima ante tanto despipote.
El inspector, comprobado el lamentable uso que de los nuevos equipos se estaba haciendo en el centro, tomó medidas:
–Don Valentín, si le dejamos, usted compromete el futuro de Extremadura –dijo el inspector y este fue su diagnóstico.
Una vez destituido don Valentín de la dirección del grupo escolar, la situación en la escuela de Algüera no ha mejorado mucho porque, sencillamente, los niños saben más que sus profesores en todo lo relacionado con las nuevas tecnologías y estos, quizá por inercia, quizá porque creen más en don Valentín que en Internet, no muestran el menor interés por aprender de ellos. Y en este plan.

Un tipo duro

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Después de tres meses de pueblo, que me había pasado el verano en Algüera, cuando volví aquí, a la residencia, aquella misma tarde me encontré en la puerta con David.
–Por fin sonríes –me saludó David, casi emocionado y haciendo memoria de mis tristezas–, Macarena sabe tratarte. Vuelves feliz.
–Es que me alegro de verte, David –contesté yo con mi mejor sonrisa.
David es un solitario, un tipo serio y muy duro, la vida lo esculpió en piedra y no gasta sus emociones en tonterías, pero es el tipo más fiel con sus amigos. David y yo crecimos juntos en el INRRI. Yo en aquel colegio echaba de menos a la familia, y eso que mi tío me visitaba casi a diario. Pero David no perdía el tiempo lamentándose porque no lo visitara nadie. Su fortaleza me consolaba y yo quería ser como él.
Algunas veces, cuando venía mi tío a verme, se venía con nosotros. Incluso había domingos que nos íbamos los tres, David, José Carlos, que es otro compañero del cole, y yo con mi tío, mi tía y mi prima. El INRRI está en Vista Alegre y nos llevaban hasta Oporto y más lejos, a jugar en los parques.
Pues desde el INRRI que David, el duro, es mi colega. Con él suelo pasarme las tardes o las noches viendo la tele. Y con él continúo saliendo de paseo, con el que más, ahora por el carril-bici del parque, detrás del CAMF.
Estos años de atrás, cuando yo me hundí, que vivía con tantos miedos y tanta tristeza, David era posiblemente la única persona que me animaba a seguir viviendo. Recuerdo que, en los momentos más negros, el hecho de poder estar a su lado, oírlo o tan solo verlo me devolvía la vida. David, el duro, venía a mi habitación porque sabía de mis miedos a quedarme solo. Y se pasaba muchas horas a mi lado, convenciéndome de que no tenía nada que temer y haciéndome compañía.
David el duro es, posiblemente, la persona que yo más echaría de menos si me meten en la cárcel. David y mi hermana Macarena. Y mi sobrino.

Meter la pata

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Mi hermana siempre me dice que los veranos son un peligro, sobre todo para la cintura.
Ayer volví al CAMF, aquí, a Leganés, y vino Sonia a verme, con su amiga María, y pude comprobar estos estragos del verano en su anatomía.
–Estás un poco gorda –se me ocurrió decir.
¡Pues para qué quieres más!
–¿Tú no te miras al espejo? –me contestó ella, muy sobrada.
Tengo que confesar que no alcanzo desde mi silla, no lo había hecho, nunca me veo en el espejo. Y como mi hermana me maneja con la grúa y yo camino con mi silla eléctrica, mi peso ni lo siento. Había notado mis pantalones un poco más pequeños, mis camisetas más ajustadas y mi culo más dolorido, pero no me había hecho a la idea. Fue decirlo Sonia y até cabos.
–Perdona, Sonia, pero no me has entendido. Cuando dije gorda quise decir sana y feliz. Tenía que haberte dicho la verdad, que estás como una rosa de guapa, con esa cara tan saludable y risueña, pero no me atreví, no fueras a sentirte incómoda con mis halagos.
–Pues yo no puedo decir lo mismo, tú estás muy gordo, con una barriga que ya parece la de tu padre –Sonia se había cabreado de verdad.
Lo cierto es que mi padre, cuando dejó de caminar tras las mulas y se sentó en el tractor para trabajar, comenzó a redondearse más y más. Pero no es mi caso.
–No exageres, Sonia, que la barriga de mi padre era crónica y la mía es de temporada. Lo suyo era una enfermedad profesional consecuencia de trabajar sentado y lo mío puro síndrome vacacional.
Y por fin mi amiga sonrió. Ahora sí que la reconocía, Sonia volvía a ser la amiga buena y simpática que yo tanto había echado de menos este verano en Algüera.

El Seiscientos de mi padre

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Se puede decir que yo he crecido a la sombra de un seiscientos. Literal, fue el primer coche de mi padre y con él íbamos toda la familia a las fincas, sobre todo a una parcela de regadío, donde mi padre tenía los tomates, los pimientos, los pepinos y todo eso. Íbamos en aquel coche los seis de la familia, mama, papa y los cuatro hermanos, y Curro, el perro, que siempre nos acompañaba, y los canastos vacíos, y volvíamos los seis, por supuesto, con el perro y la cosecha recogida, todos los cestos llenos en la baca.
A mí me dejaban a la sombra del coche y Curro jugaba conmigo, me hacía compañía. Lo recuerdo con cuatro, cinco, seis, siete años. Como todavía era pequeño, no usaba silla de ruedas y me llevaban en brazos, unas veces mi madre, otras mi padre y otras Pedro. Me dejaban a la sombra del coche siempre.
Había árboles por allí y mi padre el seiscientos lo aparcaba siempre a la sombra, pero mi madre colocaba la manta pegada al coche y a mí me colocaba encima, "que de la sombra del coche me fío más, no se mueve tanto", decía. Pero yo gateaba mucho y más de una vez me tuvo que buscar el Curro porque me había ido gateando lindera adelante, a los maíces.
Cuando íbamos a recoger melones, a lo de secano, también íbamos en el seiscientos, pero allí no había árboles y yo procuraba que no me diera mucho el sol, no me iba muy lejos.
En el seiscientos me llevaba mi padre a Badajoz, a rehabilitación, una vez a la semana, a la Residencia, con un médico. A Badajoz sólo íbamos mi padre, mi madre y yo.
Fue en uno de estos viajes que a mi madre la atropelló un autobús y la mató. Yo sentí entonces un vacío que no se me acaba de llenar.
Y al poco de aquello, mi padre cambió el seiscientos por un citroën algo más grande. Ahora que lo pienso, el seiscientos y mi madre llenaron mi niñez y a los dos los perdí casi al mismo tiempo. Con aquel seiscientos se fue mi niñez.

María, mi paisana

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No necesito grandes cosas para ser feliz. Por ejemplo, esta mañana mi despertar ha sido redondo. La temperatura era ideal, y la luz, al amanecer, limpia como el cristal.
Mi pañal estaba seco hoy y, además, me tocaba un paisana de Badajoz para levantarme. Cuando ella me levanta, el día se me hace más corto y más amable.
María me trata con cariño, me lava, me viste, todo lo hace como si lo hiciera mi hermana.
–¿Tú no conoces a mi hermana Macarena?
–Pues no –me contesta María.
–Pues tienes que conocerla, es lo único que puedo darte a cambio de tu amabilidad. Te la presentaré cuando venga a verme.
Y nos hemos despedido hasta el mediodía, que María y yo volveremos a coincidir, cuando se acerque en el comedor para darme de comer.
Y después de comer, ya no la volveré a ver, pero María, con levantarme hoy, me ha salvado el día. Y me ha vestido de Tiger y verde, la camiseta que más me gusta. María siempre acierta para hacerme el día inolvidable.

Soledad

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Todos hemos sido niños y me vais a entender. Cuando murió mi madre, yo seguí durmiendo con mi hermana Macarena. Descubrí el miedo a la soledad cuando ella, ya mayor, con diez u once años, comenzó a dormir sola y yo me quedé con toda la cama para mí. Y un gran susto, que no se me pasaba.
El miedo a dormir solo me duró mucho tiempo. Tenía que llamar a mi hermana y ella estaba conmigo hasta que me dormía.
Pasaron los años y me acostumbré a la soledad, aunque siempre las noches se me hicieron demasiado largas.
Cuando me fui de casa y vine a esta residencia, conseguía dormir solo a duras penas. También me fui acostumbrando.
Pero una noche me la pasé en blanco, no podía dormir. Al día siguiente estaba aterrado, me daba miedo pasarme otra vez toda la noche solo y despierto. Pero me la pasé, qué remedio.
Y el miedo volvió a instalarse en mis nervios, es tan larga la noche y es tan fría la soledad. Cuando me quise dar cuenta, tenía miedo a todo, me daba miedo la vida, estaba perdido.
¿Y qué ocurrió? Que tuvo que volver mi hermana Macarena a rescatarme. Me llevó con ella, me acompañó las noches más largas del invierno y así volví a atreverme a dormir solo y, sobre todo, he vuelto a atreverme a vivir un poco.

Al cerdo no podía decirle que no

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Todo había comenzado como comienzan estas cosas, con un ligero sobrepeso. Pero él seguía comiendo chuletas de cedo, con su guarnición de embutidos varios. Hasta que, lo que eran unos kilos de más, se terminó convirtiendo en una obesidad muy comprometida al cabo de pocos años. Su índice de masa corporal se había disparado.
–Antonio, le tienes que poner remedio a esa barriga, que revientas todos los pantalones –gritaba cada vez con más frecuencia la parienta.
–Los tendrás que comprar de otra talla.
–No hay más tallas. Tienes que adelgazar, te va a matar el colesterol y dejarás huérfana a tu hija.
–Y a ti viuda, no te digo.
–Eso importa menos. Lo grave sería que dejes de traer la pasta a casa.
La mujer tenía tan claros los peligros que amenazaban a la familia que Antonio lo intentó. Dejó la legumbre, dejó los macarrones, dejó las galletas, dejó los helados. Ya sólo comía lechuga y costillas de cerdo, con la guarnición, pero no adelgazaba.
–Si no comieses tanto pan con el chorizo –gritaba la santa cada vez que Antonio se pesaba en el baño y comprobaba que todo seguía igual.
–Tú lo que quieres es que me muera de hambre.
–O pasas hambre o te mata el colesterol malo –insistía ella.
–Pues casi prefiero seguir rompiendo los pantalones, hasta que el cuerpo aguante –dijo Antonio muy cabreado, después de un mes o más de haberlo intentado.
Y tras la enésima bronca, se fue al bar y pidió una jarra de cerveza y unas manitas de cerdo, con mucho moje y pan.
Al cerdo no podía decirle que no, que Antonio es extremeño y se es extremeño por algo.

Un caso

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Cuando Rosario desapareció, yo sabía dónde tendría que buscarla la guardia civil. No dije nada hasta el segundo día, cuando ya los vecinos se habían pateado el campo, las dehesas del otro lado incluidas, y Rosario no había aparecido.
–Se ha ido, se fue a Madrid –me decía mi hermana.
–No, yo sé que no se ha ido. Yo sé dónde hay que buscarla.
–¿Dónde? –se sorprendió Macarena.
–En el pozo de Juan Carlos.
–Estás loco, tú –mi hermana no me hizo caso.
El mismo día de la desaparición, yo había sorprendido una fuerte discusión entre Rosario y su marido, detrás de la iglesia. Él la estaba llamando de todo, puta, zorra, una vergüenza de insultos, un delito. Los dos estaban detrás de la iglesia, entre dos contrafuertes, y ni me vieron. Tampoco hablaban muy fuerte, en realidad no querían dar el espectáculo y contenían las voces.
Entre insulto e insulto, pude escuchar que el cornudo acusaba a Rosario de ser la amante de Juan Carlos.
Pues la misma noche, tras haber sorprendido esta discusión, desapareció Rosario.
Pasados unos días, por fin la guardia civil hizo algo, detener al cornudo. Y comenzaron a buscar a Rosario bajo tierra, en todas las fincas y propiedades del matrimonio. Hicieron agujeros por todas partes pero no aparecía el cuerpo. Y volví a decírselo a mi hermana:
–El cuerpo está en el pozo de Juan Carlos.
Con la detención del marido, se extendió el rumor de que Rosario tenía un amante, pero nadie señalaba a nadie. Y pregunté a mi hermana:
–Si tuvieses que deshacerte de un cadáver, ¿dónde lo arrojarías?
–Delante de la puerta de mi peor enemigo –contestó muy sabiamente mi hermana.
–Es lo que hizo el marido de Rosario.
Y mi hermana volvió a decir que yo estaba loco.
Al día siguiente la guardia civil soltó al marido y detuvo a Juan Carlos. Alguien había identificado al amante y el cadáver apareció de inmediato en su pozo.
Mi hermana se asustó mucho y comenzó a preocuparse de verdad. Habló con el cabo, que es amigo suyo, y este ordenó rastrear mejor el pozo, en busca de pruebas que me incriminasen. Y allí encontraron el único error, en mi opinión, que cometió el asesino, un hacha, que todos reconocieron como el hacha del marido de Rosario.
Descubierta el arma del crimen, Juan Carlos fue liberado, pero el cabo no era de mi opinión, en lo referente al error, y ya no estaba seguros de nada.
–Son los inconvenientes de lo obvio –le digo yo para disimular sus pocas luces, cuando me confiesa que ese hacha podo usarla cualquiera, puesto que cualquiera sabía quién era su dueño.
Pero mi observación lo le ha confundido más todavía.
–¿Cómo iba a tirar el cadáver al pozo Víctor, desde su silla de ruedas? –sorprendí que le recriminaba mi hermana a la tarde siguiente.
–Ayudándose con la polea –contestó el cabo, que se resiste a dar por cerrado un caso tan goloso.

Leandro V

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Le pusieron de nombre Leandro para que nunca olvidase a su estirpe, a la estirpe de los Leandros, una familia de tenderos de toda la vida. El tatarabuelo Leandro abrió la tienda el infausto año del desastre colonial de 1898. Su proyecto inicial había sido abrir una tienda de ultramarinos, pero España se había quedado sin colonias, el sector se había desestabilizado, y el primer Leandro cambió el azúcar por los textiles, un comercio de más futuro y que iniciaba su despegue impulsado por las primeras fábricas de paños en Béjar, amen las de Cataluña, ya consolidadas.
Ha caído de todo desde entonces sobre el suelo patrio, o sea, sobre Algüera, tanto que el Leandro V del que trata esta crónica, casado con Paula Redondo y tataranieto del prototendero Leandro antes aludido, fundador del negocio familiar, no pierde ocasión para relacionar su nombre Leandro con la inmortalidad.
–Más bien se traduce tu nombre como hombre de la masa del pueblo –le corrige don Rufino, profesor de Sociales.
Pero son demasiados leandros en los libros de asiento del negocio familiar para que tanta historia no deje su huella en el ánimo, nunca heroico, de un tendero extremeño.
–La inmortalidad da muchas puñaladas, es lo que tiene –razona muy sesudo Leandro V, pero su mujer lo escucha, que no suele ocurrir, pues Paula se dedica a vender más que a lamentarse.
–¿Pero de qué te quejas, Leandro, hombre de dios? –Paula hace tiempo que perdió el respeto a los inmortales leandros.
–Hombre del pueblo, si no me falla la memoria –corrige don Rufino otra vez, pero ahora a la mujer.
–Conozco a demasiados sinvergüenzas, a los hijos, a los padres, a los abuelos. Y sobre todo a Juan, el del bar, que se ha acostumbrado a estrenar pantalones a mi costa –se explica Leandro V, que tiene barruntos de cornudo, pero sólo barruntos, y en Juan recaen todas sus sospechas.
–La cuenta de Juan la llevo yo y la llevo muy bien, no me calientes más –le corta Paula.
–Pues otra cuenta como la suya y tendremos que cerrar este negocio centenario.
–Si acaso, será tu cara de triste lo que nos arruina, que aleja a los clientes.
Cuando su mujer utiliza argumentos ad hominem de este tenor, Leandro V calla y rumia su rencor. Hasta que deja caer su próximo barrunto:
–Ser inmortal no es ninguna alegría, se conoce a demasiados sinvergüenzas.
Pero ya no está don Rufino para corregir y esta vez Paula ni lo ha oído, pues está atendiendo a la hija del médico, que quiere unas braguitas.

En la Verbena de San Isidro

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A Carlos y a Yolanda les fue a juntar la vida en la romería de San Isidro. Carlos, antes de Yolanda, sólo había conocido su moto. Después de conocer a Yolanda, la moto siguió siendo su verdadero amor.
Yolanda en cambio, antes de Carlos, no había tenido más que obligaciones. Huérfana de padre, cuidaba desde niña de su madre, afectada de esclerosis, y de un hermano más pequeño que ella, objeto de todo su cariño.
Aquella noche de la verbena de san Isidro, Yolanda necesitaba divertirse, eso una lo sabe, y fue a tropezar con Carlos, que nunca había hecho otra cosa.
Bailaron primero y retozaron después. El amanecer los sorprendió en la moto, de vuelta a casa.
Carlos se acordó de Yolanda al siguiente viernes y fue a buscarla. Yolanda, sin embargo, no había podido olvidarse de Carlos ni un instante durante estos siete días.
Y así continuaron durante el próximo verano, Carlos enamorado de su moto y Yolanda colgada del motero, Carlos desocupado y Yolanda atenta a sus obligaciones y a esta nueva emoción del amor, tan limpia y descansada.
Hasta que un día de septiembre Yolanda, muy ilusionada, le dio la noticia a su motero:
–Carlos, estoy embarazada.
–¡Qué me dices! ¡Eso es un disparate!
Se había terminado el verano y nada volvió a ser igual entre ellos dos. La moto de Carlos comenzó a hacer otras rutas los viernes noche y Yolanda continuó con sus obligaciones, ahora cuidando también de su hijo, al que bautizó con el nombre de Pablo, que así se llama el hermano que ella había criado y que ahora es mayor.

Celos

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Conozco bien a Adela, es la mujer que ha amarrado a la pata de la cama a mi mejor amigo, Ausibio, que no lo deja ni asomarse a la puerta de la calle. Si es conmigo, Ausibio todavía tiene permiso para pasear, pues como voy en silla de ruedas, nuca nos alejamos demasiado de su casa y Adela controla en la distancia.
Lo que tiene a Ausibio desesperado es que su parienta no le deja reunirse con los amigos de siempre, o sea, con los que se emborrachaba en los botellones, que solían terminar sus noches de juerga en algún club de alterne tomándose la última.
–Hace un año o más que no los veo. Y si los veo, que es lo peor, tiene que ser con ella delante, me controla hasta el pensamiento –así se expresa Ausibio, no me habla de otra cosa últimamente.
–Si Adela supiera la mitad de lo que yo sé sobre tus correrías, ya te habría tirado al pozo, para estar más segura de que no se la das.
–Víctor, ni en broma me digas eso, que me dan vértigo los pozos. Si todavía le vas a dar la razón a ella.
–El caso es que tienes un problema.
Todas la tardes que nos vemos, Ausibio me da la misma turra. Ya conozco de los celos de Adela más que su marido. Me cuenta que incluso tiene celos de su hija, que no la deja ir a casa de los tíos porque la niña vuelve diciendo que quiere más a esta o a la otra que a su propia madre.
–Ausibio, tu mujer necesita cariño. Los celos le vienen porque se siente insegura, porque no le haces mucho caso.
–Si no salgo de casa en todo el día.
–Adela no te deja salir porque teme perderte. ¿Por qué no la convences a ella para que se airee un poco y se relacione con más gente que tú?
–¿Pero tú que pretendes, que se haga una golfa?
–A lo mejor por ahí consigues un poco de paz, Ausibio, que los caminos del amor son inescrutables.
–Tú eres un degenerado, Víctor. La mujer, la pata quebrada y en casa.
–Ah, no lo sabía.

La vida es un misterio

Victor y adredista 0
No es tan fácil explicarse uno lo que ocurre alrededor. Por ejemplo, cuando los árboles comienzan a adornarse, primero con flores, luego con hojas jóvenes y verdes y brillantes, por esos mismos días las jovencitas que pasean por el parque junto a mi silla de ruedas, que no son de mucho fijarse, se van desnudando y desnudando hasta dejar sus cuerpos apenas cubiertos con su piel.
Pero es que hay más, porque he observado también que, cuando el cielo se limpia de nubes y aparece azul y sin tacha, como si las manchas las hubieran lavado con Cristasol, en ese mismo instante se va acumulando sobre los coches aparcados en la calzada, sobre los bancos de las calles y sobre todas las cosas, una capa de polvo que mata los colores hasta pintar casi de marrón o gris la realidad debajo del cielo.
Si todas las rarezas fueran como estas yo no me inquietaría, como no me inquieto por sonreír y alegrarme ante los árboles vestidos y ante las jovencitas desnudas, que es lo que suelo hacer y tampoco encuentro una explicación razonable.
Lo que me inquieta de todas estas ocurrencias es que otro día, sin saber muy bien por qué, todos se ponen de acuerdo para hacer las cosas al revés, los árboles se desnudan dejando caer sus hojas, las niñas se tapan hasta las cejas, el cielo se cubre de nubes y comienza a llorar y con sus lágrimas limpia el polvo del mundo. Y es entonces cuando yo vuelvo a entristecerme, y no os imagináis cuánto.
En fin, que la vida es un misterio para mí.

La educación sentimental

Víctor y adredista 0
Yo parezco un inglés, sobre todo porque siempre me enamoro de las rubias. En Algüera no abundan, pero la rubia más guapa y más cariñosa era además amiga de mi hermana y un año solamente mayor que yo.
Se llamaba Margarita y tenía quince años cuando comenzó a redondearse. La trataba desde niña, pero de pronto se transformó en un sueño, en la mujer con la que yo comenzaba a fantasear. Y estaba allí, en casa de mi hermana y ante mi asombro cada día, pues cada día venía e verla.
En un momento, la adolescencia es así de atrevida, creí que Margarita venía en realidad a verme a mí. Era tan cariñosa y tan amable que contestaba a todas mis preguntas, que si sus profes la mandaban mucho curro a casa, que si había oído lo último de Camarón, a todo lo que se me ocurría para que la conversación no terminase nunca.
Como mi hermana siempre estaba ocupada, Margarita se venía a jugar a mi habitación. Y allí fue donde por fin me atreví con la pregunta más importante, la única que en realidad estaba deseando hacerle desde que se había convertido en mi sueño secreto.
–¿Tú me quieres, Margarita? –se lo pregunté así, sin rodeos, con mucha naturalidad, aunque me consumía la ansiedad.
Lo peor fue la respuesta. Os lo podéis imaginar. Con su cara más angelical de rubia de cine me contestó que no. Y, además, me pedía que no se lo volviese a preguntar si quería segur viéndola.
Así fue mi educación sentimental. Después de este chasco, nunca más he preguntado a una mujer si me quiere. Si a mí me hace tilín, doy por sentado que me quiere y continúo soñando.

El Alcalde

Víctor y adredista 0
El alcalde de mi pueblo es traumatólogo. Cuando le hicieron Director Médico del Hospital de Mérida, que ya era alguien, se presentó a las elecciones municipales por el PSOE. Las ganó fácil, son pocos los que conocen bien a un traumatólogo. Y es el alcalde desde hace cuatro años.
Cuando trabajaba de traumatólogo, sus pacientes le llamaban el Loro, porque hablaba más que hacía. De alcalde, le llaman don Manuel, y os podéis imaginar en qué habrán quedado sus promesas electorales. Prometió hacer pisos para los jóvenes y los hizo, cuatro, o sea, tres, pues uno era para un diverso funcional de mucha antigüedad, que no yo, el más cojo del pueblo. Prometió un Centro Cultural y, eso sí, ha hecho un bingo que está lleno siempre. Nunca pude imaginar que hubiese tanto vicio entre mis paisanos. El Loro los conoce mejor que yo, a lo que parece.
Lo que no había prometido don Manuel era hacerse una casa, por lo menos no figuraba en el programa electoral, ni su casa ni un ayuntamiento nuevo. Pues bien, se ha hecho una casa de tres plantas que parece, nada más verla, la casa del alcalde, y mira tú que lo es. Y se hizo un ayuntamiento nuevo imitando el palacio de Correos, en Cibeles, de Gallardón, en lo inútil, no en lo bonito, que todo te parece pequeño si es para ti y grande si es para otro.
Como don Manuel se había metido en obras, se me ocurrió pedirle que hiciese por fin la rampa que salvase el escalón que separaba mi casa de la acera, un escalón propiedad del municipio, no mía. “Víctor, eso no estaba en el programa electoral”, fue lo que me contestó por oficio. Tuve que denunciar ante la justicia al ayuntamiento de mi pueblo por incumplimiento de la LIONDAU. Cuando le llegó al alcalde la citación del juzgado, la disculpa que puso fue que la rampa deslucía mucho la calle. “Va a ser mucho más discreta que su ayuntamiento”, le contestó el juez.
En fin, que la rampa ya está hecha y, además, no interfiere para nada el paso de los peatones por la acera y yo por fin puedo entrar y salir solo de casa.
He oído decir a don Manuel durante la presente campaña electoral, a los que critican su gestión, que no pudo hacer un Centro Cultural en la anterior legislatura porque se tuvo que gastar el presupuesto en mi rampa.

La ventana de Cristina

Víctor
Cristina me gusta porque es muy guapa. De los ojos le salen como fuegos artificiales que colorean mi vida, pues cuando me mira es la señal de que ha comenzado la fiesta.
De verdad, lo que más amo de ella es su alegría, su ansia por aprovechar la vida.
Para Cristina, estar despierta ya es el mayor placer. El secreto de su alegría es que todo lo que la rodea esconde algo que la entusiasma, lo mismo una fuente que una paloma, lo mismo una lágrima que el picaporte de la puerta. Sabe reírse de la tristeza y sabe compartir la alegría.
Lo que mejor hace Cristina es mirar por la ventana. Dice que las ventanas son los ojos que tienen los rascacielos para mirarse los cimientos cuando se sienten cansados, “Y los ojos de los que no podemos movernos mucho”, remacha.
Ella lo que ve cuando mira por la ventana, si mira hoy, es el verano, porque dice que hoy los árboles ya están vestidos completamente. Dice que en primavera el parque comienza a coquetear con el sol, hasta que se viste del todo en verano. El otoño, ella lo ve siempre en las gentes que caminan despacio, sabiamente, y el invierno, a pesar de desnudar los parques, nunca pudo enfriar el corazón de Cristina. En fin, su ventana es como sus ojos, puros fuegos artificiales.
Mi afición es Cristina porque es guapa, creo que ya lo he dicho.
Cuando sus ojos por fin se demores un poco en los míos, cuando descubra en mis ojos otra ventana para su magia, entonces yo habré vuelto a nacer.
Mientras tanto, el que yo pueda verla todos los días empujando su silla de ruedas pasillo adelante es el regalo que me hace. Por eso que me levanto cada mañana y salgo al pasillo.
Y pensar en Cristina mirando el creciente de la luna por su ventana me quita el miedo a la noche.