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Cuaderno azul / 19

 
Carmen
Puerta cerrada, la de los manicomios, que tantos hombres brillantes encierran. Hay muchos allí que no merecen semejante maltrato. Yo tuve un tío encerrado durante 30 años. Puerta de dolor, incluso de malos tratos.
Puerta abierta, puerta de la cultura, la de la escuela, que nos acerca al saber, a aprender, a desenvolvernos, a conocer todo lo que ha sido y a prever lo que será. La puerta de la escritura.
Puerta de la vergüenza, la puerta de los orfelinatos, un pararrayos para lavar la conciencia de la sociedad, la vergüenza de los niños abandonados, de los niños que nunca nunca estarán integrados.
Laura quería amar y decidió operarse de abductores y entró en el hospital de La Paz. Allí conoció a Carlos, su fisioterapeuta, moreno, alto, pelo negro rizado, un verdadero ángel, o sea, un demonio, como nos gustan a las mujeres. Pero discutió con Carlos y le dijo que nunca podría hacerle feliz. “Eres boba, le respondió el ángel, tú tienes todo lo que a mí me falta, inteligencia, constancia, bondad. Yo te ayudaré con mis manos a estar en forma y tú me lo agradecerás con tu amor”.
Pared de nuestras limitaciones: nadie hay para asistir al minusválido a bajar las escaleras que le impiden acceder al mundo y vivir una vida independiente. La pared de alambradas de los campos de refugiados o la pared de ladrillo de los Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE), que evidencian que un ciudadano no puede ser libre en su propio país o en el país que desee. Pared muy visible de la xenofobia, que impide que un migrante pueda trabajar con dignidad, la pared de los visados o de los permisos de trabajo.
El Sultán estaba enamorado perdidamente de su favorita al-Zahrá. Era tan hermosa y tanto era su amor, que el Sultán le prometió construir una ciudad solo comparable a su belleza. Y para ello mandó utilizar los más valiosos materiales: ébano, mármol, marfil y piedras preciosas. Pero tardaron tantos años en construirla que la dama fue perdiendo belleza y el Sultán entusiasmo. Y abandonó por fin su construcción y la gente se ha ido llevando las piedras, una a una, de Madinat al-Zahrá, la Ciudad de Azahara, la ciudad brillante, la ciudad de la flor.
En un lugar de Soria, entre los poblachos de Fraguas y Navafría, cerca del monasterio, entre montes de pinos y encinas, encontramos la ermita de la Virgen de Inodejo. Unos pastores hallaron por allí la imagen de una virgen y les pareció tan hermosa que quisieron llevársela al pueblo y construirle una iglesia. ¡Ay, qué bonita!, dijeron, la llevaremos al pueblo y la pondremos en la iglesia. Pero les gritó la imagen: ¿Y si no dejo? Al punto entendieron el mensaje.
–Está usted detenida. Tenemos que inmovilizarla. / –¿Cómo? Si yo no he hecho nada. Yo sólo estaba paseando. Yo no hice nada. Tiene que haber un error. / –Lo sentimos, estamos buscando a una minusválida que ha atracado un banco y debemos comprobar sus datos. / –Pues siento no poder ayudarles, pues yo no soy menos válida que ustedes, solamente soy coja y me desplazo en silla de ruedas, pero soy tan válida como cualquiera de ustedes, y no declaro más.

Cuaderno azul / 18


Carmen
Recuerdo el dulce sabor del chocolate que preparaba mi madre en las mañanas de fiesta, repleto el plato de picatostes para mojar. Estábamos en familia, todos juntos. Y recuerdo aquellos días que terminaban a su lado, aprendiendo mis primeras letras con la libreta Palau. Nunca olvidaré aquel sabor tan intenso del chocolate ni las noches de letras. Estábamos en familia todos juntos y yo me sentía más segura. Y después del chocolate, íbamos a misa.

Todo ocurrió en un suspiro, durante una noche… Recuerdo que estaba bailando en el Folies Bergère, la gente aplaudía con entusiasmo. Alguien del público se me declaró y yo le dije que nones. Él sin embargo me regaló un anillo de esmeraldas que, pasando muchos años, yo me hacía vieja y me veía en la necesidad de venderlo para seguir adelante… Y entonces fue cuando desperté.

Tengo un amigo que es carpintero, con barba rubia, aspecto de pintor bohemio y acento entre extremeño y andaluz, que tiene la virtud de quitarme las penas. Cierta noche se empeñó –es muy polemista– en convencer a la concurrencia que el sol salía antes en Alemania que en España –Que por eso trabajan más los alemanes que nosotros, insistía. En realidad, quería ligar con mi asistente personal, una chica muy guapa que había estado en Munich. Y no dudó en coger el Espasa para demostrarlo y quedar como un señor.

Me gusta Rosa F porque nunca tuvo casa ni el cariño de sus padres, que tanto aprecio yo. Y sin embargo, siempre cuida su aspecto y lleva arreglado su pelo rubio, tiene una gran autoestima. Y me gusta Pilar B por su facilidad para escribir poesía, que a mí me falta. Viajamos junta por Europa durante un verano y nos conocimos mejor. Me admira su vida de continuo esfuerzo y su afición al deporte, una voluntad de hierro que a mí me falta.

Me gusta, sobre todo, indagar en la vida de la gente.

Odio a N por robarme y por insultarme. Y quizá ella me odie a mí porque la ignoro. Su pelo ralo y un gesto algo torcido en su cara me producen temor. Y al mismo tiempo pienso que es una persona digna de lástima, porque nadie la quiso jamás cuando se necesita de verdad, en la cuna.

Y odio levantarme de la mullida cama. Qué calentita se está ahí dentro, sin temor al frío invierno. Y odio perder el tiempo ordenando cosas porque yo amo el desorden. Pero odio sobre todas las cosas a N, aunque nunca me atreveré a enfrentarme a ella.

Cuaderno azul / 17


Carmen
 
Soy una vaga empedernida, pero me gusta la diversión y los viajes. Me considero un poco cobarde, bastante, y algo aburrida de la vida. Quisiera volar muy alto, pero me falta energía para subir. Me gusta el agua, me gusta nadar y la playa… O sea, soy hedonista, pero si tengo que ayudar a alguien no pongo reparos. Soy como la tortuga que se esconde en su caparazón, pero pueden contar conmigo los amigos si necesitan ayuda.

He andado muchos lugares, pero nunca hallé mis raíces.

Despertarme es difícil, porque me encanta la cama. La luz entra por mi ventana y siempre me despierta antes de lo que me gustaría.

Rummm, se oye el avión: es como yo llamo a la grúa con la que me levantan. Los auxiliares me asisten para lavarme, que si la cuña, que si la colonia, ¡ay, qué frío! Después, me colocan en la silla y allí termino de vestirme. Hay cuidadores que me caen mejor que otros y les pido más cosas, o les hago algún cumplido. Pero los hay que vienen de mal humor y yo me acobardo y callo.

Paseando en mi silla de ruedas con un colega por el zoo: elefantes, jirafas, cacatúas… Un pelícano atacó al compañero, que se asustó un poco: le dio un picotazo en una pierna y tuvimos que llamar a los servicios médicos. Al llegar a la jaula del gorila, se nos ocurrió ofrecerle cacahuetes, pero él nos echó de allí a pedradas. Desde aquel día, miro a los gorilas con otros ojos.

No sé, quizá mi mejor amiga de Alcuéscar fuera Mercedes, con gafas medio oscuras y gruesas, pelo muy corto. Disfruté mucho oyéndola hablar de sus nueve hermanos, de su madre –que había muerto–, de nuestros cuidadores preferidos, de lo que hacíamos durante la jornada… y de los grandes amores de la residencia, como A y M, y cómo se ayudan, que si él le da de comer a ella y que si ella ríe continuamente sus bromas.

No entiendo por qué esa residente habla sola, por qué repite tanto “problemas, problemas”. Quizá recuerde a su padrastro agresivo o quizá tenga muy grabadas las peleas con su madre y el rechazo familiar por su cojera. Nunca me atrevo a hablar con ella, de sus agresividades, de sus desventuras… ¿Qué le pasará por la cabeza cuando me llama la gilipollas? ¿Por qué me insultará?

El bolígrafo es como la saliva de nuestras neuronas y pensamiento.

Agua, el origen y el fin: Agua eres y en Agua te convertirás.

Cuaderno azul / 16


Carmen
Creo en un castigo proporcional y no demasiado severo. Si me hubieran castigado a mí un poco más, hubiera salido un poco más responsable de lo que ahora soy. ¿Qué hay de malo en que te den una torta alguna vez? Añoro las tortas que recibía mi hermano de mi padre. Si me las hubiese dado a mí, tal vez hubiese aprendido a no hacer trastadas y a tomar decisiones sobre lo que me conviene o no conviene. En el mundo no todo es dulzura, también hay lágrimas y sinsabores.

Ahora se habla de una pedagogía sin castigos, se dice que los niños que no son castigados son felices y dichosos. Tal vez sea verdad, pero yo creo que, en coherencia, tampoco tendrían que ser castigados por la vida cuando se hacen adultos. Estos niños se van a hacer un barullo cuando tengan que trabajar por nada o sean despedidos por nada.

Era enjuto, barbudo, con el cuerpo lleno de tatuajes, vestido con vaqueros negros. No tenía a nadie que me acompañase al cine y lo tuve que presentar en casa. “Es miembro de Auxilia”, dije yo. Y mi padre dijo: “Son más formales los de la Frater”. Pero le dije que pasase.

Yo no creo en una sociedad sin castigo. Me acuerdo que una vez, era muy pequeña, estaba en Górliz, en Bilbao, interna, era el día de mi Comunión y había comido mucho, pero dejó mi madre sobre una mesa pasteles que había comprado. Yo me arrastré como pude hasta allí y los zampé todos, pero todos, como un verdadero buitre. Y cómo no, al poco devolví la comida y los pasteles. Y la monja reprendió muy seriamente a mi madre, por habérmelos dado. Y mi madre farfullaba disculpas. Entre tanto, yo, allí delante, callada como una pared.

Un personaje literario que me gusta especialmente es el de Un capitán de quince años, el prota de la novela de Julio Verne. Quién lo viera tomando decisiones de adulto y con un cuerpo de chiquillo: es uno de los personajes que más me han interesado, con el que más me identifiqué siempre. Tiene mucho carácter, y voluntad de ayudar. Me lo imagino un crío y vestido de marinero, vamos, de Comunión.

Se busca mago para devolver el carisma a los líderes de la izquierda.

Busco novio cubano para forrarme en Tómbola (o como se llame ahora).

Cuaderno azul / 15


Carmen
Silvia, todo el día mirando pasar las nubes, nunca estaba atenta, siempre como soñando. Estaba en esa edad difícil, cuando piensas más en lo bueno que está el profe de matemáticas que en sus propuestas de trigonometría. O sería la primavera.
 
Estaba entre las negras mesas del bar Renato, resistiendo mi nefasta afición a las tragaperras, cuando observé que un señor con camisa de cuadros y vaqueros estaba echando mucho, y me piqué. Le rogué que me orientara con la máquina, pero él empezó a flirtear conmigo. Dijo: “No te gastes el dinero en estas cosas, tu poca paga. Yo estoy trabajando y puedo gastar más que tú. Eres muy guapa y debes gozar de la vida y tomarte tu cañita y nada más”. No me lo podía creer y repliqué: “Pero bueno, y tú ¿por qué juegas tanto si lo tienes tan claro? ¿O es que estás enviciado? ¿O es que ganas mucho?” Y me confesó: “Estoy enviciado”.
 
Y el séptimo descansó. Mis domingos son siempre muy aburridos, salvo si me voy algún día por ahí, al circo o a alguna parte.
 
Nuestro comedor a veces es un caos: que unos con sal, que otros sin sal,  y al final todas las comidas salen sosas. “Carmen, que estás en medio”, me grita la camarera. Esto se soluciona llegando siempre tarde, que me estoy acostumbrando. Si hay que esperar para que te pongan un babero, ya me dirás para que te sirvan la comida. Alguien que se pone nervioso termina gritando histérico “¡joder!”. Menos mal que es frecuente y ya no nos asusta a los espásticos. Un comedor sin ruido, en silencio, no pude ser normal.
 
Sería un imposible en mis condiciones de movilidad imaginar el metro que tenemos, no lo podría concebir tan incómodo y con tantas estrechuras… Alguna vez ya he ido en metro, cuando aún podía andar, sujeta de los hombros por mi padre: ¡Qué olor tan apestoso a entre basura y gasolina! ¡Y algún pasajero que había vomitado en el vagón! No me extrañó nada. Qué milagro, te cedieron el asiento y pudiste ponerte a escribir garabatos.
 
¡Qué quieres que te diga! Lo raro en mí sería que un día decidiera levantarme temprano ¡y que lo hiciera! O quizá ordenar mi cuarto, que fue siempre una sucursal del Rastro. Sería muy raro que yo me hiciera una chica ordenada de repente. O que escribiera la historia de mi vida… para qué, si en ella no hay cosas interesantes.

Cuaderno azul / 14


Carmen
Tal vez, como siempre he andado de puntillas a consecuencia de mi parálisis, quise ser bailarina para darles utilidad, o quizá monja, por el hábito. Y quise ser secretaria que escucha, escribe y calla, como la canción. También recuerdo que era muy desobediente, malísima: mojaba la cama, no comía, ocultaba mis adelantos en el aprendizaje cuartelero de Górliz, pensando que de vuelta a casa se acabarían todos mis males. Y mis lecturas de cuentos y mi afición a la mantequilla y el dulce. Quizá la mía fuese una infancia anodina, sin muchos estímulos.

Quizá mis lágrimas con Platero y yo fueran mis lágrimas más tristes. Eso sí, después de las derramadas leyendo las vidas de los mártires en el Año Santo. Y mis primeras risas quizá con Julio Verne y su La vuelta al mundo en ochenta días, o con las peleas a palos que describe Armando Palacio Valdés en La aldea perdida. Un libro muy fuerte, que me gustó, pero triste como la pobreza, que me descubrió la dureza de la vida y la miseria, fue Las ratas, de Delibes: qué impresionantes escenas, qué terrible. Pero el libro que nunca me cansaría de leer es El lazarillo de Tormes, porque siempre me sorprenden las maldades de los curas y de los ciegos.

“Carmelines, deja de cortar flores que vamos a comer”. Esta era mi madre llamándome a voces en la era de Quintana Redonda. Yo no le hacía caso, entretenida como estaba cogiendo margaritas gigantescas cerca de tres cruces de granito, a las que llamaban el Calvario. Las niñas de la escuela iban con su carretilla a coger sacos de piñas o arrastraban támaras para la lumbre.

No sé, quizá me hayan educado con mucha lástima, siempre me protegieron demasiado. Recuerdo que mi madre me decía: “Ponte en una barra y haz ejercicio”, pero jamás le hacía caso y no pasaba nada. Y mi hermano, mientras, se llevaba todas las broncas.

Imposible entenderse esos dos: “‘Problemas’, qué querrá decir cuando dice ‘problemas’, nunca dice nada por más que quiero hablarle”, piensa el chico. Y la chica piensa: “En mala hora se me ocurrió pronunciar esa palabra”, y continúa callada para no volver a equivocarse. “¿Por qué?, ¿qué he hecho yo?, nunca dices más que ‘problemas’” protesta el chico, y piensa para sí: “Será por el rechazo de su minusvalía, de los padres, o porque no tiene confianza con su madre y padre y eso la corta en nuestra relación”. ¿Qué le ocurrirá a esta chica? Cómo la comprendo.

Sueño con bailar y no me muevo apenas.
Sueño con reírme y estoy llorando.
Sueño con ser prima donna, Salomé con sus velos, y de repente me despierto en una silla de ruedas.
Se tienen sueños y a veces no se ponen los medios para hacerlos posibles.

Cuaderno azul / 13


Carmen

Lo vi cabizbajo en la acera, impaciente ante el semáforo, preocupado por las últimas letras del coche –quizás maldiciendo a un jefe incompetente pero mucho más joven que él, al que tiene que oír gritar cada día en su oficina del banco Santander. Apenas su mujer y él pueden convivir ya, ella que si gorda y gruñona, él que si aburrido y calvo, pero siguen soportándose día tras día en una existencia triste y destructiva, hasta que la muerte los separe.

El mar pintó negro el vuelo de las gaviotas.

Era él un bruto con bastón, de campo, en sus labios siempre un resto de tintorro y tabaco. Ella era una mujer elegante, los vestidos y las faldas con caída, las manos muy finas, amiga de las plantas y las flores. ¿Qué pudo ver en él esta mujer, que ahora era maltratada por sus puños y su bastón y que no se atrevía ni a mirarle a los ojos?

Suspiraba el agua por un purificador mientras el mar enseñaba su manto de petróleo.

La ilusión había aprendido a llorar si no era cumplida.

Skyline puliendo los cielos.

El grillo insultó al amanecer con su canto.

Marcos está nervioso hoy por el inminente examen, pero tiembla en realidad por aquella chica del segundo banco. Sus ojos y su mente están colgados en su cuerpo, pero su gran timidez le obliga a disimular.

Marta se examina hoy de Francés y su problema es el profesor, sus horribles gafotas como bombillas escrutadoras, pero está segura de que ya no se asustará y que le saldrá bien.

¿Qué es esto? ¿Quién soy? ¿Dónde estoy? ¿Qué hago yo aquí? ¿Dónde vivo? El flautista de Hamelín por el Parque de los Olivos y todas las cucarachas y todos los niños encantados.

Mario era un niño muy inteligente, daba clases de piano, de judo, de informática y nunca tenía un minuto libre. Un día uno de sus amigos le pidió ser compañeros en un partido de fútbol. Marcos advirtió que no sabía nada de ese deporte tan vulgar, pero el otro insistió. Y como no sabía chutar, hizo perder a sus amigos y tuvo que llorar con desesperación sus burlas.

Cuaderno azul / 12


Carmen

Estaba yo en una excursión en Málaga y teníamos que bajar una cuesta muy empinada en las sillas de ruedas. Íbamos muy deprisa, pero estábamos muy contentos porque estábamos entre amigos y jugábamos a atropellarnos los unos a los otros. Fue una casualidad, en ese momento, ver un caballo con su jinete, que conducía un rebaño de ovejas. De ahí a sentirnos todos cowboys en una peli de indios, un paso. No veas que bien me lo pasé aquella tarde, Robertín, era una cuesta muy gorda.
 
Ramón, un compañero cojo, es muy bromista. Un día se le ocurrió ­–sólo él podía hacer la broma, porque es serio y convincente– decir que en la enfermería regalaban naranjas por kilos. Y lo dijo tan serio que hubo incluso quien las exigía de muy malos modos, pues su palabra era ley para ellos. ¿Os imagináis a toda la residencia pidiendo las naranjas? Pues picaron.
 
Eran los años duros de la posguerra y el hambre. Apenas había un médico en muchos kilómetros. La Balbina se puso de parto y llamaron a mi padre, que hacía de practicante amateur. Llegó a la casucha medio derruida, con camas medio rotas, y sólo tenía un poco de morfina en el botiquín. En mi memoria quedó para siempre su frase, al contar el percance: “Maté a la hija para salvar a la madre”.
 
Las mujeres también se cansan de recibir malos tratos del marido. Mientras están todo el día descadriladas de trabajar, ignoran o justifican su tragedia, desoyendo su dolor. Pero a veces, cuando las cosas ya no pueden ir peor, se les hace la luz y reaccionan.
 
Me estoy atando los zapatos… la infelicidad de depender de otra persona, sobre todo cuando antes te lo hacías todo sola, qué incómodo. Y no poder acostarte cuando tú quieres… es tan desesperante. Claro que peor lo tienen quienes han tenido piernas alguna vez en su vida y las perdieron y se ven en silla.
 
Una prosa corrómpese como un filete de lomo. Las prosas de Cela, por ejemplo, que adorna con tacos tan intercambiables que hasta él mismo puede plagiar una novela entera de otra autora sin más que añadirle sandeces, pueden ser un filete podrido.

Cuaderno azul / 11


Carmen

Con el tren ya parado, un marroquí recibía los insultos de la gente por querer que un mozo cargase con sus maletas.
–Yo tengo tarifa –se defendía–, yo tengo tarifa.
–¿Pero quién va a cargar con la maleta de un moro? –insultaban los viajeros.
Era un anciano, y se fue de allí cargando con su maleta entre humillaciones. Qué pronto olvidamos nuestro pasado de emigrantes. O mejor, lo vengamos en otras víctimas de lo mismo. Y la policía y demás hacen con los extranjeros lo que nunca se atreverían a hacer con sus paisanos.
 
Cómo me gustaría saber lo que piensan personas que no hablan o no se pueden expresar como yo. Cabe pensar si sufren o no, o si les gustaría terminar con su vida. De todas formas, estas personas son un reto que nadie quiere aceptar, pues no dan dinero. Y a veces estas rosas muertas viven muchos años y nadie hizo nada por regarlas.
 
Entre tantos adivinos y futurólogos no sé si habrá alguno que sea de verdad auténtico. ¿Qué necesidad tendrá el hombre de buscar tantos magos? Si hubiera aunque sólo sea alguien que me ayudase a hallar mi media naranja. ¿O quién será el mago que encuentre la llave de mi voluntad, a poder ser para siempre? Quizá quien busca magos es que no confía mucho en sí mismo.
 
Laura tenía sólo un añito, imposible evitar que rompiera cosas y se subiera a cualquier mueble. Excepto las lámparas, todo lo alcanzaba. Los titís y ella se parecían cantidad. Dicen los sesudos psicólogos que los niños destrozones se fascinan viendo cómo de una cosa sola aparecen muchas. Ella debía de ser de esta clase, porque era milagroso tener un cenicero entero a su vera. Un día a su padre se le cayó, al volver del trabajo, y ella no tardó en imitar la acción. Con tan buena puntería que lo rompió y se ganó un buen azote –cuántos pagamos el mal humor con la gente que más queremos. Aún así, ella siguió pulverizando ceniceros.
 
La caja de música acompañaba mi insomnio. Era una noche que no podía dormir. Puse en marcha mi caja de música y tocaba Gotas de
lluvia que al caer… Por fin me dormí y en sueños la caja de música me cantaba ¡Pero cómo te gusta dormir, pero cómo te gusta!

Cuaderno azul / 10



Carmen
Abuelo, no me pidas imposibles y escribe tú sobre el fin que quieras, el fin de la vida, el fin del siglo, el final de la muerte o el final del que nadie haya escrito, que me han dicho que todo fin lleva un principio, o el fin del sol, que nos dejará helados.

Quizá sea una vaga empedernida, como un río en su curso final y perezoso o una tortuga parsimoniosa que no sabe dónde va, una persona abúlica que le cuesta empezar a hacer las cosas, muy indecisa. Si me preguntas, diré que lo que más me gusta son los niños y los perros, los pasteles y la buena mesa, pero lo que me gusta de verdad es hacer el vago, aunque luego me siento culpable de serlo.

No quiero ir al taller hoy, me quedo en la cama, ¡y que no venga la camarera, que la echo a patadas! Hoy no me levanto. ¡Ay, cómo me gustaría pillar con mi silla a una cuidadora de estas gruñonas! – ¡Ya, la pisé y le han escayolado un pie, qué alegría! – O bajar al parque, coger todas las cacas de perros posibles y esparcirlas por el cuarto para que resbalaran todas las gruñonas. O dejar la ventana abierta en un día de lluvia y que se empape la habitación.

Tengo un compañero muy bruto que me hace compañía. Apenas le guardo simpatía, ni siquiera sé por qué le soporto a ese fulano, quizá porque me aburro. Viejo y con tirantes, es un ignorante. Siempre que los demás me ven con él, se ríen por debajo. Pero me entretengo un poco con sus payasadas, aunque a veces tengo la sensación de hacer el gilipollas.

Quisiera pasarme una tarde rompiendo ceniceros. O mejor, ser más ordenada y pasarme la tarde arreglando mi cuarto, que el desorden y yo somos lo mismo en conjunto.

Compraron pasteles el día de mi Primera Comunión. Después de comer, me arrastré como pude hasta alcanzar la mesilla y acabé con ellos, y eso que había comido bastante. Después mi madre se llevó una bronca de la monja que me atendió en urgencias. Quién pudiera volver a aquellos días… Sólo me queda ya de la niñez que no soy madrugadora. Lo diferente en mí sería levantarme temprano.

Un amigo mío se estaba besando con su novia en la residencia. Y yo allí, mirando sin saber qué hacer. Vaya carrerón que lleva el tío, es su tercera mujer. Y ella dejó por él a su amor de toda la vida, ¡vaya culebrón! El caso es que yo les veía dándose doscientos besos y no podía dejar de mirar, allí, sin comerme una rosca, qué envidia. Si lo piensas bien, también es divertido verlos, qué melosos.

Sería hermoso haber nacido en el siglo XVIII, aunque soy consciente de que habría que ser de marquesa para arriba, y no precisamente coja. Quién pudiera haber compartido salones, espejos y herretes con María Antonieta o Mozart, pero sin bastillas o castrati. Me hubiese gustado ponerme un traje ampuloso y conocer las intrigas en la corte o en los Estados Generales, los genios del Siglo de las Luces, eso sí que fue una movida cultural. Y la movida de la moda, aquellos trajes tan maravillosos… Manejar el lenguaje del abanico, las liaisons dangereuses, los amantes…

La alegría


Carmen
Mi amigo Adolfo Rufo, que se merecía mucho este homenaje, era un hombre muy positivo y muy activo y responsable, pero nunca se le veía triste y amargado pese a haber tenido una vida dura. Ayudaba a trabajar en el campo, llevaba el almuerzo a su papi y, cuando se quedó huérfano de mami, su hermana y él hubieron de currar fuerte aviando y sosteniendo la casa de un padre señorito y gruñón, que nunca estaba a gusto y quería todo en un tris, siendo aún ellos muy críos.
Le conocí en Alcuéscar con silla aparatosa de manivela y 3 ruedas. Tenía pelo blanco y rizado, me recordaba bastante a mi padre. Sabía muchos refranes y chistes y adivinanzas: “En tu puerta me jiñé porque me vino la gana, y ahí te dejo un clavel pa que lo huelas mañana”, “A un toma, todo el mundo asoma”, “Abre ese cobertor, niña, no me seas escrupulosa, que te vengo a visitar y llevo tiesa la cosa”(él decía la jeringa).
A los 17 años quedó super inmóvil por un extraño virus similar a la polio, hasta que le operó un galeno por beneficencia y acertó a vestirse solo por medio de una cuerdilla.
Siempre decía “¡joder quisiera! o ¡joder, eso después, más tarde!” Cuando veía a alguien con dolor llorando decía “si en mi mano estuviera…” Hay que ver lo que uno puede pillar de la gente no estudiada y sencilla. Discutió hasta casi las manos con el magíster del pueblo por una cuenta: el maestro decía que estaba mal y él que estaba bien. Nunca fue estudioso, pero cosía muy bien.
Una enfermera se encaprichó de él, pero la dejó por no poder atender los posibles niños: le dijo que era por su bien y ella se hizo monja. Siempre ayudaba a la gente. Por ejemplo, a Margarita le daba la cocacola, le hacía recados… Cantaba muy bien coplas flamencas. En Alcuéscar me buscó un asistente para sacarme a pasear sin malos instintos. Me decía que los cojos teníamos que aprender a valorarnos y ser dignos. Ligó con una moza sin manos ni pies que pintaba con la boca, y se llevaban muy bien, como uña y carne, eran complementarios (¡qué solita estará ahora Pilar!).
Al despedirnos, yo me venía para Madrid, le regalé una medalla con cruz de plata y lloró como un niño pequeño.
Adiós, Adolfo. A tu lado nadie podía estar triste.
Enseñó a leer a su sobrino pequeño y sólo una vez le dejó sin salir para que aprendiera y obedeciera. No le dejaron a su aire como hicieron conmigo. Y decía que teníamos que aprender a tenernos respeto a nosotros mismos, pese a la cojera.

Cuaderno azul / 9


Carmen
Soy una cobarde y una vaga. No sé dónde voy ni lo que quiero, me siento como un trapo viejo al que todo el mundo desprecia, aunque a veces mi cara triste despierta sentimientos de apoyo y cariño. ¿Qué será de mí? Quizá me venga bien un hombro en que llorar. Demasiado tiempo pensando que todo lo hago muy mal, quizá sea el espíritu de la contradicción, hago lo contrario de lo que debo hacer.

¿Qué puedo decir de sexo? Para algunos es lo más importante pero para mí no. A mí me resulta muy difícil separar el sexo del amor, aunque hay quien lo separa. Me acuerdo de mi primera vez en la fila de los mancos, estábamos besándonos como fieras pero apenas sentía placer. Me sorprende el ansia de los tíos. Las tías no somos así, quizá se nos ha educado en la sumisión y obediencia. De todas formas, yo soy un poco bastante frígida para el sexo, apenas nada siento.

Laura quería amar, había ingresado en el centro después de esas historias de revisiones con martillo en la rodilla. Allí estaba Miguel, con pelo negro y ojos oscurísimos y tristes. ¡Cómo le gustaba hacer ejercicios a su lado en el gimnasio! De repente, un día Miguel confesó a Laura que ella le había gustado desde el primer día, pero que tenía mucho miedo, que no podía aportar mucho, que no sabía hacer nada. Y siguieron haciendo ejercicios abdominales. Pero poco después Laura pensó que nunca podría hallar mejor fisioterapeuta que Miguel. Y ahora, sí.

Nunca me ha gustado madrugar. Y siempre me tengo que inventar un montón de argucias para no confesar algo tan simple: que si esto de los horarios me parece infantil, que si este dolor tiene mala pinta… Daría cualquier cosa por estar todo el día en la cama. Siempre llego tarde a todos los sitios y ya no sé que inventar para excusarme.

El caos comienza en mi cuarto, que lo tengo todo desordenado. Y sigue con la humanidad, capaz de entretenerse con el bosón de Higgs mientras en África mueren de hambre. O el caos de sus ideologías, que sustituyen liberalismo por neocón férreo con control de extrañas mafias financieras, sin algo diferente y atractivo. O el caos de la contaminación que nunca se acaba y quizá nos lleve a un nuevo Big Bang. Quizá el caos necesite de una ilusión.

Escribo para contar mis recuerdos, no sé, para desahogarme, para definirme, para contar lo que veo. Como leo más entrevistas que ensayos y más prensa que novelas, mi forma de escribir se acerca más a la crónica. Pero, eso sí, pero no puedo contar cosas tristes, me lo tengo prohibido, me parecen muy duras. De mi vida cuento lo que me falta: que tengo pendiente un poema al mar, que viviría en el agua, claro. ¿Pues para qué escribo? Quizás para contar mis obsesiones.

Cuaderno azul / 8


Carmen
Disfruta una a veces más con la sorpresa de los humildes y simples que con la cháchara de los grandes genios previsibles.

Tristes campanas tocando a muerto o a rebato. A cada cual le toca la suya. La mía me tocó en el 85 u 86. Entonces sonó mi campana para ingresar en Alcuéscar… Allí conocí a un chico rubio, alto, la visita del médico, pues resultó ser bastante cochino y de poco soso, que bebía el caldo sorbiendo los platos… Y además estaban aquellas escandalosas y empinadas rampas verde oscuro por todos los pasillos de la planta baja, en una residencia para cojos y en un sitio por completo llano, que al principio me hacían llorar como el tequila de las coplas… De repente tuve que asumir que mi gente estaba lejos, que nada volvería a ser lo mismo, que tendría que vivir sola y que nunca más volvería a oír a mi sobrino decir aquello de “Tía, siéntate a ruedas” cuando íbamos a comer.

Tengo un recuerdo lejano de mi visita más fascinante al Museo del Prado, en una excursión del IMSERSO. Contrató para nosotros, que ya es raro, a un guía atractivo, con barba, moreno, Mauricio creo que se llamaba. Nos explicó a Velázquez, que era tan genial e iba tan sobrado que nunca firmaba sus cuadros. Velázquez era el puro equilibrio, al revés que Goya, más psicológico, que juntaba bello con feo según estuviera o no en conexión con su modelo. De El Greco nos explicó su manía por alargar las figuras para hacerlas más leves, más espirituales, incluso usó locos como modelos para sus apóstoles alucinados. Son útiles estos viajes con guía pues aprendes lo que saben los expertos y te haces tu opinión con más fundamento. Descubrí un San Sebastián del Greco que no conocía, hecho de retales, pero venía yo buscando un Juicio de Salomón, creo que de Rubens, que tanto me gustó siendo cría y que no pude encontrar, a saber si estará en sus colecciones. De Goya me emocionó su cuadro Boda de interés, donde se ve a una criatura, una maja, llevada medio a rastras al altar, como a cumplir una condena.

Me pregunta el jefe, el cuentista, que por qué escribo. Pues hola, soy Carmen Soria y estoy otra vez encantada de estar aquí haciendo lo que quiero, pero no sé contestar, no es pregunta fácil, no sé por qué escribo.

Hablemos de sexo, madre, que es más fácil. Apenas recuerdo la conversación de mis padres para explicarme de dónde vienen los niños en Soria. –¿Has visto como nacen los corderos de la era? –Sí. –Pues es igual. También veía pastar y parir a los caballos de una tal duquesa de Medina Sidonia, cuyo marido tenía campos por allí, así que pronto supe que los bebés de Soria venían de las eras. Pero tardé mucho tiempo en saber qué podía ser un francés, no lo entendí hasta que todos tuvimos noticia del chupachús de Clinton. Y sobre el griego ya no he querido preguntar. En fin, qué mal lo deben de pasar las parejas cuando el hombre quiere una cosa y la mujer otra. ¡Y siempre cedemos las tontas de las mujeres! Recuerdo ahora el susto de la primera regla. –Tranquila, es un fenómeno natural, me decía mi madre. Pero en España el sexo se aprende a plazos. Hasta que no lo hablé con mis amigas no me enteré del todo. Aunque del todo, del todo, en la fila de los mancos, en el cine Garden, acompañada de un cojo de muletas con aspecto de gaucho argentino, a quien castigaba con mis eternas dudas. ¡Y la película, erótica, para rematar!

Las dificultades históricas de los distintos


Carmen
Cuando yo era joven entraba por la parte de atrás de los buses para no molestar a la gente. Y a veces tenía problemas porque no querían abrirme las puertas, sobre todo los chóferes novatos, y mi padre me tenía que subir en volandas. Eran tiempos en los que la parálisis cerebral se mezclaba con subnormalidad o Down y nos torturaban con algo que llamaban erróneamente Pedagogía terapéutica. ¿Cabe mayor error? ¿Pero de qué cura la educación, si no es de la ignorancia?
Tardaron 10 ó 14 años en hacer un centro para discriminarnos, en Orcasitas. Sólo había otro centro en Carabanchel, al que yo no quise ir por temor a mojar la cama, como de muy chica en Bilbao. Dicho centro en Orcasitas imagen quiso ser de otro de Barcelona, que para mí era mucho mejor en todos los sentidos que el de los madriles, mejor equipado y más integrador.
También tuve amigas epilépticas que estudiaron con monjas la primaria y que después las echaban del instituto porque decían los profes y las familias que asustaban a las compis.
Alguna amiga espina bífida tuvo que tener profes en casa porque en los colegios no querían cogerla.
En los colegios especiales el problema era que cada cual estaba en un curso diferente y todo era un poco surrealista. Las puertas de los baños eran estrechísimas y menos mal que éramos más jóvenes y por ejemplo yo me podía poner en pie mejor que hoy. Pero tenía que hacer filigranas para entrar allí.
Hoy día hay muchos baños con agarradores. Pero es de lamentar que los hospitales, que son los primeros que deberían dar ejemplo, la inmensa mayoría no tienen agarraderos ni bañeras propias.
Hoy también hay algunas clases de integración con chicos diversos funcionales, pero a veces se quejan de que no todos los profes les hacen examen oral a los lentos en la escritura.
En Leganés, por ejemplo, ya hay algunos autobuses adaptados. Pero hubo que luchar mucho para convencer al conductor para que bajara la rampa cuando era solicitada. Les daba pánico. No pasaría nada, sin embargo, si el conductor tuviera un ayudante para estos casos. En algunos sitios de Barcelona lo hay, pero hay que llamar previamente para que te recojan en un determinado sitio.
En algunos edificios antiguos, como el Circulo de Bellas Artes de Madrid, es todavía una odisea poder entrar, un verdadero calvario, con lo cual nunca puedo ir a leer el Quijote en abril, el día del libro. Todavía queda mucho por hacer.
Para mí es indignante que haya un programa ADO para deportistas, que se enriquecen con medallas, patrocinios, etc., y, además, les recibimos como a héroes por una mierda de gol o una mierda de nada, y no haya un programa ADO para científicos e investigadores, con lo útiles que serían sus estudios para toda la Humanidad.
Es molestísimo ver cómo los platós de televisión se llenan de gente pidiendo caridad para tratamientos en el extranjero de sus dolencias, o hasta se organizan partidos de fútbol para beneficio de algún enfermo más apurado. Lo ideal sería que estos tratamientos se hicieran aquí. Somos un país que no tiene casilla para la Ciencia en la Declaración de la Renta ni becas de estudios decentes para los investigadores. ¿Por qué la Iglesia sí tiene casilla y la Ciencia no, con la cantidad de científicos que se han cargado los obispos, quemándolos en la hoguera? Los misioneros dicen que hacen alguna buena labor, no sé por qué los perdono de culpas.
Todavía queda mucho por hacer. Ahora nos dejan entrar en los museos, y hay rampas, pero no quieras ir a ver la sala de El Bosco en el Museo del Prado en silla de ruedas, que te vas a enterar de lo que es el fin del mundo. Antes nos decían en muchos sitios que no podíamos entrar porque estropeábamos las alfombras. Tuvimos que decirles algunas veces, educadamente, que compraran otra.
Algunos países, como Suiza, tienen un vagón trasero en el transporte público para ancianos y minusválidos, o sea, el dinero al servicio de la segregación, como si fuésemos mascotas. No sé por qué en España no lo hay, esto sería ya Heidi.
Ahora la gente nos mira con menos caras raras, pero hace unos días me topé con un señor de aspecto magrebí –entre nosotros, nunca se nos ha quitado la cara de moros a los españoles– que me dijo con todo el morro que yo estaría mejor muerta. Pienso si no tendría un hijo discapacitado y se le haría muy cuesta arriba ser su asistente, además de su padre.
En Estados Unidos les ponen multas de muerte a los conductores que aparcan en sitios reservados para discapacitados. Aquí nunca pasa nada, ni siquiera cuando aparcan los coches en los pasos de cebra con rebaje. Pero hay rebajes, que algo se ha avanzado.
¿Por qué no avanza la ciencia para nosotros? ¿Es que todo tiene que ser productividad?

Cuaderno azul / 7


Carmen
Campanas que tocan a muerto, que tocan a bodas, que avisan de incendios… Pienso ahora en los conventos, en las monjas forzadas a encerrarse, encarceladas en sus celdas… El convento era otra forma de esclavizar a una mujer, a pesar del milagro de Sor Juana Inés de la Cruz llenando páginas…

Sí, deberían casarse monjas y curas, pienso que sí. Se cuentan historias de cementerios de fetos en conventos de Talavera de la Reina y por ahí.

Al poco de estar en los Madriles conocí a un pianista de trajes grises, gordo, elegante, comprando siempre el pan. Sus andares nerviosos anunciaban algo raro. Nos oyó a mi madre y a mí hablando del virtuosismo de no se qué guitarrista y saltó: –Señora, usted será muy virtuosa, pero de música… Y me decía mi madre: –Los nervios lo llevan, este hombre tiene la azotea a componer.

En una residencia destartalada de Ávila, en la que las propias compañeras nos teníamos que ayudar porque apenas había personal, el director era un tipo muy complejo: pianista y director de orquesta, pedagogo, psicólogo, director de colegio especial, profesor. Y cuando se aburría, director de escolanía y arreglador de órganos antiguos. Bajito, elegante, uno de esos hombres que siempre creen tener razón, pero capaz de besar por sorpresa para felicitarte.

Último cuadro escénico, ganar tiempo… tiempo. A veces, como soy una tortuga reumática, gano acostándome con el pantalón puesto o con la camisa, si salgo de excursión a la mañana siguiente…

Soy especialista en perder tiempo. A veces me quedo pensando y me pongo a hacer las cosas a última hora. Quizá tendría que pensar en ser útil, pero es tan aburrido… Quizás esto que escribo sea útil.

Ser útil, no sé, a veces ayudo a compañeros en el cuarto de baño, por sus manos temblonas, que cuando no estoy lo tienen chungo…

Quizá el ejecutivo que trabaja en una gran empresa es muy útil, pero no tiene horas para sus hijos… Y lo supla siendo el Papá Noel que los malcría.

Los jóvenes hasta las 7 de la mañana en la disco se divierten, no pierden el tiempo. O sí, como ese vasco que dice que en Euskadi follar no es pecado porque es un milagro.

Cuaderno azul / 6


Carmen
¿Por qué nos aburrimos tanto? Algunos jóvenes disfrutan más que un mono con las atracciones. ¿O tendrá que ver con el carácter mediterráneo, que nos gusta más jugar que trabajar? Quizá sea porque en los parques de atracciones volvemos a ser niños, o por el vértigo, o por la publicidad … o porque nos aburrimos tanto.

¿Serán las nuevas catedrales de nuestro tiempo los parques temáticos? Compiten a ver cuál es más grande. ¿Cómo es posible que haya espacio, mercado y margen para todos? Yo me quedo alucinada. ¿No harán algún día catapum y no se irán a la mierda?

Siempre me hago esta pregunta al ver otro supermercado u otro centro comercial. Pero claro, que si todo el mundo tiene las mismas ganas de comprar y viajar que yo tengo, dudo mucho que esto se acabe. Lo malo es que las compras no dejan tiempo para nada… la vida se va en trabajar para gastar.

¿Qué diferencia hay entre mandolina y bandurria?
La mandolina vino de Italia y suena más fina. La bandurria española es más grande, un poco.
¡Ay!, el día que no haga preguntas estaré muy mala.

Cuando empecé a escribir, lo hacía como todos los niños, levantaba mucho el lápiz del papel, pero mis padres pensaban que era algo propio de mi naturaleza y no me corregían, hacía las emes como la parrilla de la barbacoa. Poco después aprendí a escribir más normal, pero ya me habían enseñado que yo era diferente sin remedio.

También lloraba mucho cuando veía castigar a mi hermano. A mí no me castigaron casi nunca. Lloraba castigos ajenos y no los míos, aunque no sé muy bien si lo hacía por pena o porque los echaba de menos… me hacía tan feliz que por fin se fijasen en mí, me tomasen en serio y me castigasen alguna vez…

Una palabra que me gusta es librepensador, es una palabra hermosa. El pensamiento tiene que ser siempre libre, aunque haya gente que se atreva a pensar barbaridades como mis amigos los ácratas. Y no soporto los eufemismos; yo no digo tacos, no abuso, pero soy minus y lo digo: soy minusválida, soy coja. Lo malo es cuando me lo dicen los otros. O eso de “oye, tú pareces mongólica”, es horrible. Pero dicho con cariño es libertad.

Cuaderno azul / 5


Carmen
Buenas noches, soy Lara ¿y las otras?
Los dos solos, ¡qué miedo!
¿Me das las llaves o quieres que me quede aquí pasmada, contemplándote?
Cantas tú muy bien, mientras friegas.
Claro que canto bien, ¡vaya descubrimiento!
¡Ay, qué sofoco! He venido corriendo y con el natural que yo tengo enseguida me enciendo.
Pues yo vengo empapada.
No somos de piedra, señora.
Todo te lo imaginas tú.
Yo soy de esos que pim pam pum, en 2 segundos, listo.
Bueno, voy a ponerme la bata que no quiero hacerte sufrir.
Tú y yo tendríamos que ser más amigos.
¡Ay, que descarrilas!
Con el lío que ha organizado, Lara, si tú y yo estuviéramos a bien, otra cosa sería.
Bueno, me voy a tomar el fresco.
En buena armonía el problema sería diferente. Con paciencia y sin prisa.
Uy, uy, no se me acerque que las señoras somos de vidrio y el vidrio, catacrac. ¡No se tocan las señoras!
Si no se dejan tocar.

Chica, ¡qué silenciosa vienes! ¿Estabas de palique con el segurata u os rascabais las pulgas?
Ojo con lo que dices.
Que yo no me meto.
¡Buena pájara estás tú hecha!
Me destetaron hace tiempo, sí. ¿Qué te ha dicho?
Nada. Que nos entiende y está con nosotras.

¿Y por qué nos vamos a dar la hostia?
Me imagino la cara de los oficinistas, mañana, cuando encuentren el gallinero tan sucio como lo dejaron. Veréis como reniegan, acostumbraditos a que unas burras de carga les limpien cada noche sus meadas.
De momento sólo renegarán, pero que el patrón tarde mucho en avenirse a razones, ¡que tarde!
Mierda amontonándose, que si polvo, que si colillas… aquí será el llanto y el crujir de dientes cuando lo vean.
Eso si no se atasca algún lavabo y los váteres apestan. Empezarán refunfuñando y acabarán llorando.
Nosotras tozudas, que lloren. El patrón acabará viniendo de rodillas, arrastrándose.
¡Y sobre los meados!

Lara, rebajad la cosa a la mitad y os haréis con la situación. La empresa no puede ceder en todo.
¡Ya salió la empresa!
¡Si te parece! Soy el segurata.
Cuando te despidan, claro que te echaremos de menos, rey mío.
Yo también mancho, claro.
Si sólo fuera por eso, mejor te pierdes ya.
¿Has visto qué luna hay?
Buena para encantamientos.

Cuaderno azul / 4


Carmen
Me gustaría seguir siendo una niña, pero con tantos años ya nadie me deja, ni yo misma. Un niño bien cuidado conserva el gozo de la vida, carpe diem, las ganas de jugar y disfrutar, la curiosidad, la motivación que los adultos perdemos en el camino, y no tiene responsabilidad ni obligaciones como los adultos. Les mimamos, les cuidamos, despiertan nuestra ternura… Es un rollo ser adulto, horarios, jefes, madrugar…

Algo de infantil ya me queda. Cuando viajo hago preguntas y preguntas a los guías, y después ni me acuerdo de las respuestas. También me cuesta guardar los secretos, aunque si me interesa mucho sí me callo, pero me cuesta, estúpida de mí. Y mi lado niña me permite disfrutar leyendo cuentos y contándolos. Hasta hoy mismo los leo con deleite. También me deja sacar partido a pequeñas cosas, como jugar al dominó, que ganar me encanta.

El domingo mismo estuve en una despedida de soltero y disfruté como una chiquilla. Vino la tuna con sus leotardos negros y sus calzas acuchilladas en rojo, no recuerdo si traían capas, pero sí muchas cintas. Al sentir su música no pude evitar mover la silla delante y atrás y hacer círculos con ella.

¿De qué facultad venís?
De Económicas.

Había de todas las edades, algunos con aspecto de niño. Resulta difícil creer que estudien. Un cantante solista, muletón y con pinta de guardián de discoteca, pone un punto de exotismo. Soy la primera en cantar Clavelitos y ganar el beso del novio. Pido Amalia Rosa y mi garganta avisa de pucheros.

A veces pienso si estas fiestas de integración no serán puro paternalismo, un tapabocas. Al final me dejo llevar por fiesta, tarta, un curioso adivino, las capitulaciones de los novios, y doy las gracias a esta jodida silla eléctrica por permitirme disfrutar de estas cosas.

El consumo me tiene pillada, es la parte oscura de la niña que llevo dentro. Y tantos, o si no, ¿por qué hay tanta gente en los parques de atracciones?