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Muchas historias en una historia

 
Laura
blogs.20minutos.es
Allá vamos: Cerca de Corcubión estuve viviendo cuando era joven, sencillamente porque quise cambiar de aires y salir de la monotonía del centro de Madrid. Así me metí en el verde de Galicia y fracasé totalmente porque aquel ambiente era demasiado húmedo y el hombre que había elegido de compañero, un desastre.
Se me ha olvidado totalmente el nombre de mi compañero. Sí recuerdo que era el médico del pueblo y yo estaba enamorada, si no yo no hubiera hecho esa locura. Contaré una de tantas peripecias que me sucedieron.
Tuvimos que visitar a una mujer enferma que vivía unos kilómetros más al norte. El coche del médico era normalito, de tamaño medio y color gris, como eran allí las nubes y los días. Se nos paró sin saber el porqué.
A un galleguiño que venía montado en su burro, mi compañero le pidió ayuda, y le dijo que tenía que atender a una señora que estaba enferma, de nombre Felisa. El galleguiño nos dijo que la conocía y que le siguiéramos andando pues vivía a poco más de un kilómetro. Pero se dio cuenta que yo no tenía la ropa apropiada para caminar fuera del coche y me ofreció su capota y se empeñó en montarme en su burro. Jamás había montado yo en burro, pero resultó apasionante, no sé donde me agarraba para sujetarme, sobre todo al principio, que luego logré estabilizarme.
Han pasado muchos años y apenas me acuerdo de mi compañero el médico, ni del galleguiño, sólo que era muy amable. Pero sí me acuerdo del burro y lo dura que estaba la albarda.
Ahora caigo: mi compañero el médico se llamaba Jacobo.

Amanece


Laura
Con mi esclerosis múltiple sigo adelante día tras día. El doctor Ley es un gran cirujano, salva a gente por la que no dan dos duros. Sigue ejerciendo porque la ciencia lo necesita, pues lo que sabe este caballero es demasiado.
Desde que el doctor Ley me dijo que tuviera valor para afrontar lo que me esperaba, aquí estoy luchando por mi vida día tras día.
Solo por despertarme cada mañana ya estoy alegre y dispuesta a lo que me venga encima. Si hay que ayudar a mis compañeros, yo les ayudo en lo que puedo, que puede ser con mi palabra y mi alegría. Aunque esté acatarrada y tenga que ponerme todos los días los aerosoles, todos los días soy yo la que les doy alegría a los aerosoles, no ellos a mí, que simplemente me desatascan las fosas nasales.
¿Qué puedo decir más de mi alegría? Que es contagiosa y hace cambiar la cara de mis compañeros cuando están tristes. Para mí, la alegría es luz que puedo transmitir a otras personas, que las hay que dan pena al mirarles la cara.
La vida que tengo está llena de cosas alegres. Hay cuidadoras que me asean por la mañana y me rascan la espalda con la esponja. Y después yo me hago sola la higiene personal. Me encantaría que las cuidadoras fueran mis amigas. Pero no, yo soy para ellas alguien a quien tienen que asear, quieran o no quieran. Posiblemente esto no les guste, pero es su trabajo. A pesar de todo, prefiero estar en este Centro en vez de haberme ido al Centro de Esclerosis Múltiple, que no quiero ni pensar cómo me tratarían allí.
Siempre que puedo me río a carcajadas por cualquier cosa y lo transmito. Me río mucho con los niños que veo por la calle en compañía de sus padres, y Laura – mi asistenta personal- me dice que para jugar con ellos están sus padres.
A Laura le pago, pero es mi amiga y me saca a pasear los días que no llueve. Es rumana y muy agradecida, aunque me regaña porque me entretengo mucho con los niños. Yo no puedo menos de hacerlo, porque son una delicia, son pura sonrisa.

Nostalgia


Laura
Foto: D. Sharon Pruitt

Me acuerdo mucho del día que me fui a Galicia, voluntariamente, para alejarme un poco de mi familia. Allí me di cuenta de cuánto les echaba de menos, en medio de una lluvia que no me dejaba salir de casa y me empapaba demasiado.
Era todo llover, llover y llover. Aunque la lluvia limpiaba mucho el ambiente, tenías que estar metida en casa. Yo soy una buena ama de casa y me dedicaba a decorarla lo más alegre posible, porque soy una mujer alegre y me alegra ayudar a los demás.
Me había alejado de mi familia y después me entraba la morriña. Vivía sola y por eso me dedicaba a decorar armarios y paredes que me dieran algo de alegría. Me di cuenta de lo equivocada que estaba cuando viví la añoranza de ellos ¡Qué duro me resultó aquella experiencia, lejos de la familia! Mis hermanas seguían pariendo y yo no conocía a mis sobrinos.
Yo estaba acostumbrada a una familia numerosa y un día decidí marcharme lo más lejos posible de ellos. ¡Qué equivocada estaba!
Al estar tan lejos venían a verme muy de tarde en tarde. Pero me lo merecí, porque me separé de ellos por mi propia cuenta, sin saber lo que les iba a echar de menos.
Añoré a todos mis hermanos. Y muy especialmente a Miguel, porque se murió cuando yo estaba en Galicia y no pude venir al entierro por no tener dinero.
Ahora con mis hermanos me veo de cuando en cuando, también los echo de menos. Pero no tanto como a mi hermano Miguel.

Odios y odios


Laura
Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que mi inseparable Marisa y yo fuimos de excursión por la sierra de Gredos. Por entonces lo hacíamos con frecuencia y allí conocimos al señor Pablo.
El señor Pablo tenía más de 70 años, una familia sencilla, pero muy feliz en medio de la pobreza, y un huerto pequeño que heredó de sus padres. Su mujer presumía de no tener que ir a la tienda a lo largo del año para comprar alimentos: menos el pan, la sal y pocas cosas más. Era un pequeño terreno muy fértil, menos en el crudo invierno, que se helaba. Y el señor Pablo disfrutaba con las tareas propias del hortelano que era.
Un día, era a finales del verano e iba tan feliz como siempre, se acercó al huerto a recoger unos tomates, que ya estaban coloraditos. Cuando llegaba al huerto se encontró con unos obreros desconocidos que marcaban el suelo con señales de obra en la curva del camino que rodeaba su finca.
Preguntó a aquella gente qué era lo que pasaba y ellos le contestaron que estaban marcando la nueva carretera y que se iban a llevar por delante gran parte del huerto.
El señor Pablo sufre un gran disgusto:
–¿Pero cómo es posible que me quiten a mí lo único que heredé de mis padres? –pregunta.
–Nosotros sólo somos obreros que hacen lo que les mandan. Usted vaya a protestar a la Administración.
–¿Y dónde reside esa señora que va a hacerme la puñeta?
–En Ávila –le contestaron los obreros casi riéndose de él– Vaya Vd. a reclamar allí.
Y mientras los obreros vuelven a su tarea, al señor Pablo le va creciendo su gran enfado. Recoge los tomates con los nervios de punta y después, en su casa, comienza a reconcomerle el odio a la Administración, a todos sus empleados y a la madre de los que hacen las carreteras sin respetar las propiedades de las gentes sencillas.
Todo esto me lo ha contado Marisa unos años más tarde, tampoco hace tanto. Y Marisa me ha confirmado que el Sr. Pablo se quedó sin huerto, que le pagaron muy poco y que siempre repite el mismo estribillo:
–Aunque me hubieran hecho rico, hoy seguiría odiando a todas las Administraciones. Cuantimás, siendo pobre como soy.

Ternura


Laura

Foto: malglam
María vive feliz porque ha tenido una niña hace dos meses. Parece que va a ser rubita, sus ojos son verdosos, la carita redonda es propia de un bebé bien alimentado, y sobresalen los rollitos de sus muslos. Cuando la niña mama coge el pezón bien cogido, lo chupa con fuerza y con una manita se apoya en la teta de su madre. Al terminar de mamar, María juega un ratito con su hija, justo hasta que echa los gases y se queda dormida en sus brazos. Entonces con mucho cuidado la coloca en la cunita y la contempla con gran felicidad. Estos momentos tan tiernos hacen muy feliz a la madre. Y ahora sabe que tiene un ratito para salir a la compra.
La mañana está fresquita y ella se abriga bien. La calle está mojada pero no llueve. El mercado está más lejos de la casa de lo que ella desearía, por eso prefiere cruzar por un descampado para acortar el camino. En el descampado oye el llanto de un niño pequeño y no puede menos que recordar a su hijita cuando tiene hambre. Guiada por el oído descubre a un bebé junto a un banco roto, está delgadito y con apariencia de frío. Inmediatamente lo coge, le coloca la escasa ropita hasta que lo envuelve y lo achucha en sus brazos para darle calor. Sospecha que llora por hambre y no duda en darle el pecho para que mame. El bebé se agarra a la teta con fuerza mientras a María se le llenan los ojos de lágrimas. Y no duda en ponerle el otro pecho, que el niño chupetea con una fuerza tremenda, señal clara del hambre que tiene. María se siente desbordada de ternura y de una alegría que no había experimentado jamás, ni siquiera con su propia hija. 

Compañero


Laura y adredista 1
Es muy difícil encontrar aquí, en la residencia, un compañero para comentar cosas. Todos estamos tan ocupados en sobrevivir que no vivimos.
Yo encontré a un compañero que se llamaba Ramón. Era 25 años mayor que yo y siempre pensé que él me encontró a mí, una persona buena, muy dependiente y muy callada.
Es curioso, yo quería alguien con quien hablar y Ramón apenas hablaba conmigo. Y eso, a pesar de que me organizaba todo el día: iba a comprarme fruta, me acompañaba en las salidas por la calle, paseábamos juntos por el parque, me arreglaba la habitación...
Ahora ya me desenvuelvo sola mucho mejor que antes y ordeno la habitación lo mejor que puedo, porque el orden está presente en mi vida, siempre lo estuvo.
En esa época de convivencia con Ramón, él estaba asfixiado por sus problemas y no tenía ganas de vivir. Es mi costumbre olvidar las fechas y por eso no recuerdo exactamente cuando murió. Seguro que han pasado más de tres años y aún lo tengo presente y me acuerdo de él.
Coloqué en la pared un cuadro en el que estamos retratados los dos, y ello me hace recordar todo lo que me enseñó. No sé nada de su hermana, hasta he olvidado su nombre. Venía a vernos de vez en cuando y muchas veces fuimos a comer a su casa. Se portaba fenomenal con nosotros porque tenía mucho cariño a Ramón, que era su hermano mayor.
No me explico por qué su hermana no ha vuelto a dar señales de vida, desde la muerte de su hermano.
Yo sigo aquí mi vida como entonces, lo más correcta posible y sin pensar mucho en la hermana, no le doy ninguna importancia a su ausencia.
Ramón, aunque está muy serio en el cuadro –ya en vida no tenía ninguna alegría, no podía, me estaba amargando un poco– me llena la ausencia tan desagradable de su hermana.
Si se te muere un auténtico compañero, es posible tenerlo presente siempre, al menos ese es mi caso.

Verde


Laura
La ciudad es cómoda para vivir, tengo a mi alcance todo lo que necesito. Cada mañana me despierta el ruido de los pasillos y levanto la persiana porque me gusta más la luz natural que la simple bombilla. La luz y el calor del sol me dan alegría.
Me aseo algo acelerada porque tengo que hacer muchas tareas. Las cuidadoras me lavan la parte de los genitales, pero yo me lavo las axilas. Me visto sola poco a poco, descolgando la ropa interior que tengo colgada en la puerta del armario, por la parte de fuera. Por suerte, todavía tengo vista y facilidad de movimiento en mis brazos, y mientras pueda ser quiero valerme por mí misma.
Me peino y me lavo los dientes. Cada equis tiempo me ponen un enema Cassen y hoy me ha tocado.
Por fortuna, me muevo con silla eléctrica. Antes de salir de mi habitación en la segunda planta, me acerco a la ventana y me quedo entusiasmada viendo el paisaje tan verde que tengo ante mí. Al contemplar los árboles frondosos, me viene el recuerdo de mis escapadas a la sierra en compañía de mi amiga Marisa. Gracias a la tienda de campaña que alquilábamos juntas, pasábamos quince días inolvidables al aire libre.
Siempre me gustó ir de excursión a la montaña. Ahora ya no puedo, pero al abrir mi ventana revivo los olores de la sierra, distintos según la zona que íbamos cruzando. También me parece escuchar el ruido del agua como fondo del cantar de los pajarillos. Observaba sin prisas todos los bichillos del campo.
Mirando hoy desde mi ventana, a pesar de mi mala memoria, recuerdo como si la viera otra vez aquella mariquita roja con puntos y rayas negras en su pequeño caparazón, que parecían pintados con acuarela, y con aquella mariquita me viene también el mismo pensamiento de entonces, me gustaría ser una pequeña mariquita para estar siempre en el bosque. 

Desengaño


Laura
Se dice que a los quince años ya se tiene un poco de cabeza. Y también que a esa edad el enamoramiento es ciego. Todo es verdad si no te equivocas demasiado.
Mi amiga Elena, sin embargo, me defraudó mucho cuando se enamoró de Jaime. Yo no lo podía entender, pues tenían un carácter totalmente distinto, ella muy dominante y él demasiado distraído. Pero tenían quince años, creían saberlo todo ya y no descubrieron su error hasta que unos años más tarde decidieron vivir juntos y se olvidaron del resto de la pandilla.
Encontraron un apartamento por la zona de Cuatro Caminos. En sus primeros tiempos todo era color de rosa. Si uno quería salir a dar un paseo, el otro, antes de contestar “sí, cariño”, ya se ponía las zapatillas de caminar. Si uno decía “me gustaría ir al teatro”, al otro le faltaba tiempo para buscar en la Guía del Ocio la obra que más le pudiera gustar. Si uno sugería salir a cenar, el otro, aunque estuviera cansado, contestaba disimulando “es lo que más me apetece en este momento”.
Nadie se explicaba cómo o por qué cambiaron las cosas. Ni siquiera ellos mismos. Sucedió lo que nadie se esperaba, salvo yo. Sin motivo aparente, incluso para ellos mismos, se fueron distanciando el uno del otro y perdieron la confianza. Discutían por cosas sin importancia y eso nunca había ocurrido antes. Y las peleas se convirtieron en un calvario.
Ni siquiera se pusieron de acuerdo en cómo separar sus vidas y terminaron recurriendo a sus respectivos abogados. A base de denuncias y juicios sólo consiguieron aumentar su odio mutuo. Se arruinaron económicamente y, lo que es peor, se destruyeron como personas.
Esta fue la consecuencia de sus errores de adolescentes. Pero no sé por qué digo yo esto, como si los adultos no los cometiésemos igual. En fin, que ahora tengo yo tarea con mi amiga Elena, recomponiendo el puzzle.

Tortura


Laura
¿Quién tortura a quién? ¿Jaime a Elena o Elena a Jaime? Esta es la cuestión.
Jaime perseguía constantemente a Elena. Vivían en calles diferentes, aunque cercanas. Todas las mañanas de su vida Jaime se ha puesto guapetón, desayunaba deprisa y salía en dirección a su instituto. Pero últimamente hace un rodeo para pasar por la calle de Elena.
Caminaba poniendo “ojitos” para encontrarse con su amor, pero Elena le ignoraba cada vez que él la seguía a cierta distancia, sin atreverse a ponerse a su lado. El día que surgió la fatal casualidad de encontrarse cara a cara, Jaime se quedó cortado. Los dos se sonrojaron y se quedaron mudos breves momentos. Jaime fue el primero que articuló unas palabras, sin embargo:
–¡Qué alegría, Elena! ¡Qué casualidad encontrarte!
Elena, que era mucho más astuta, haciéndose la dura le contestó:
–¡Mira que eres tonto! Te crees que no me he dado cuenta de que todas las mañanas me persigues. Además, tu instituto no está cerca del mío y te vas a clase dando un rodeo para pasar por mi calle. ¿Crees que soy tan tonta como tú? –y le preguntó al fin para salir del paso– ¿Sabes nadar?
Jaime se quedó aún más desconcertado, tanto que, sin saber nadar, contestó que era su deporte favorito.
Elena le citó para el día siguiente a las 5 en la piscina municipal. Jaime aceptó a pesar de no saber nadar y del miedo al ridículo ante Elena. En la piscina municipal le pidieron el carnet de socio. Se puso más nervioso de lo que estaba porque no lo tenía y le hicieron uno provisional para ese día.
Entró en el recinto y buscó a Elena, sin encontrarla. Esperó largo rato al borde de la piscina, al principio disimulando sus nervios, después claramente desesperado.
Mientras Jaime lo estaba pasando mal, Elena celebraba con sus amigas lo “bien” que lo estaría pasando el tonto de Jaime con su deporte favorito.

Suicida


Laura
Hace cincuenta años, más o menos, que vino a este mundo un chiquitín al que llamaron Mariano. Aquel día en el Hospital Clínico de Madrid su familia estalló de alegría porque vino bien y porque era un niño muy deseado.
Se crió en la zona de Estrecho con todo tipo de comodidades, a pesar de lo cual siempre estaba llorando. Su madre decía que lloraba hasta dormido. En la guarde escandalizaba a todos los niños y cuidadoras con sus llantos, que cuando un perro ladra a un fantasma, diez mil perros lo hacen real.
Más tarde, en la etapa del colegio, dejó de llorar, pero siempre estaba triste, no se centraba en los estudios y sacaba malas notas. El deporte se le daba bien, le valía para comunicarse con sus compañeros de juego, aunque seguía siendo un tipo raro, pues no se alegraba cuando metía un gol y todos le aplaudían, ni celebraba los triunfos de su equipo cuando ganaba. Se quedaba triste como si hubiera perdido.
En el bachillerato abandonó sus estudios sin razones claras y se puso a trabajar de peón de albañil, así aprendió el oficio. Su triste vida no se motivaba por nada.
Jamás valoraba las cosas que hacía. Y menos, a las personas que vivían a su alrededor. Terminó siendo soltero toda la vida, pues ninguna mujer se fijó en él. Despreciaba todo lo bueno que la vida te ofrece, desde el agua o el aire hasta las mujeres o la luz.
Nada más despertarse por la mañana, si el día estaba despejado, soltaba su comentario favorito: ¡Otro día para seguir sufriendo! Y si le aparecía nublado o lluvioso: ¡Vaya día más triste, me quedaría en la cama!
Lleva dos años sin trabajar porque le tocó en la Bonoloto un gran premio, que apenas pudo celebrar por no tener amigos. Y está más triste que nunca porque no tiene nada que hacer. Al pobrecito no se le ocurre cómo gastar su fortuna y ya piensa en suicidarse.

Celosa


Laura
Ha pasado casi un año desde que Fernando le hizo tilín a Ana. Ya se conocían de vista mucho antes, pero ese día comprendieron los dos que nacía algo más que una amistad.
En efecto, casi sin enterarse se hicieron novios. Fernando se encontraba muy orgulloso de su Ana. Solían citarse una vez a la semana en la cafetería donde se sintieron de una forma especial. Siempre se tomaban un refresco, aunque no hiciera calor. La conversación era rutinaria sobre sus vidas y sus gustos. Así se iban conociendo mejor.
Fernando estudiaba ingeniería y compaginaba sus estudios universitarios con cursillos de informática que le ayudarían para su futuro trabajo. Su pasión favorita era la guitarra. Salía a menudo con los tunos de su Facultad y esto no le hacía ninguna gracia a Ana, eran demasiadas las veces que la dejaba plantada.
Y Ana comenzó a preocuparse por la vida libertina –según ella– que su novio llevaba. Como desconfiaba de él, cierto día se presentó de incógnito en la plaza donde cantaba la tuna y sufrió mucho al ver cómo su tuno preferido se rozaba con las jovencitas que le coreaban.
Ana aguantó poco rato allí, desapareció de la escena y se marchó muy triste para casa.
Cuando volvieron a verse, Ana apareció muy seria, no se le había ido de la cabeza la tontería que su novio se traía con sus jovencitas admiradoras.
Pero a Fernando no le apetecía nada dejar la tuna. Por más que le explicó a su novia que seguía enamorado de ella y que lo de la tuna era normal y nada serio, Ana no le creyó.
Estas escenas duraron varios meses, meses de sufrimiento hasta que terminaron separándose.
Ya no se ven, aunque Ana sigue enamorada de Fernando y Fernando de Ana, pero los celos los han separado.
(¡Qué lástimaaaaaaa!)

El susto de mi vida

  
Laura y adredista 1
Una de las cosas grandes que he perdido es la memoria.
Terminé los estudios del colegio siendo muy jovencita. Me matriculé en la Escuela de Enfermería y no recuerdo la fecha ni la edad que tenía en esos momentos. Sí recuerdo que la escuela se llamaba “Escuela Julio Ruiz de Alda”.
Era una alumna empollona, le dedicaba mucho tiempo a mis estudios porque los había escogido para poder ayudar algún día a los demás, tenía vocación de cuidadora. Sé que aprobé bien todos los cursos de enfermería, pero se me ha borrado la fecha cuando terminé.
Encontré trabajo enseguida, entonces no había muchas enfermeras en Madrid. Trabajé en varios hospitales que no acierto a nombrar ahora. Mi primer trabajo fue instrumentista ayudante en quirófano, y yo creo que aquellos años no salía de los quirófanos y las UVIs.
El neurocirujano doctor Ley ya tenía por entonces un equipo de lujo, los ayudantes que quería y todos muy buenos. Yo trabajaba en un quirófano próximo al suyo. Un día, al verme caminar por el pasillo, me llamó. Me volví hacia él y me comentó en tono muy amable: “Usted tiene el síndrome desmielinizante”.
Aunque entonces no sabía lo que significaban esas palabras, me quedé helada, presentí que ese síndrome iba a ser algo importante en mi vida. Y lo primero que me vino a la cabeza fue: ¡Dios mío, dame valor para hacer frente a lo que significan esas palabras!
Nada ni nadie me ha vuelto a impresionar tanto como aquel doctor, el neurocirujano doctor Luis Ley. Nada se me ha grabado tan fuerte en mi interior. Aunque he perdido la memoria, aquel momento lo recuerdo con exactitud, como si fuese hoy, y siento hasta el mismo susto al recordarlo.

Descubriendo al héroe



Laura
Antonio es una gran persona. Todos los días nos deja las calles del parque limpias, y más ahora que termina el invierno.
Vivo en un lujoso palacete en la Avda. Alemania, nº 14, 2ª Planta, y tengo un enorme ventanal en mi habitación que me permite ver todo el campo del parque. Yo estoy enamorada del campo.
Antonio limpia y limpia con su escoba las hojas que se caen de los árboles y el resto de las basuras del día.
Viste un mono de color verdoso, muy ancho para tener buena movilidad de brazos. Sus pies están bien abrigados con botas impermeables y fuertes, no le importa el agua de lluvia ni los charcos. En sus manos lleva guantes que además de darle calor le protegen de posibles pinchos y de mancharse con cosas podridas que se encuentra y no puede recoger con otros útiles. Cuida con esmero sus manos porque son sus mejores  herramientas de trabajo.
Es muy educado con las personas que se encuentra aunque no las conozca de nada. Respeta la naturaleza y los animales, deja a los pájaros revolotear a su alrededor y disfruta con ellos.
A media mañana se sienta en un banco del parque a la sombra de un árbol, saca de su vieja mochila un buen bocadillo y algo de fruta; nunca olvida su bota de vino, que le sabe a gloria. Tranquilamente disfruta de su cuarto de hora de descanso, más o menos, comiendo su tentempié. Como madruga mucho y el vinillo también hace su efecto, no tiene reparo en dar un par de cabezadas.
Un perrillo, mascota de una señora, se le acerca  al banco, olisqueando los restos de la comida de Antonio. Entonces se despierta, abre los ojos y se ríe para sí mismo. Permanece un poco más sentado. Observa orgulloso lo bonito que está quedando el parque y escucha el canto de los pajarillos.
Dos personas pasean junto a él comentando: “¡Qué limpio y bonito está todo!  Y Antonio, que oye el comentario, se siente orgulloso por ser el dueño del parque.

Bego es muy graciosa


Laura
Ana es una madre muy ocurrente que disfruta de muchas situaciones graciosas con sus cuatro hijos. Los dos mayores ya van al colegio. Ella ocupa la mañana haciendo las tareas de la casa y cuidando a los dos más pequeños. A pesar del trabajo que esto representa, siempre está de buen humor. Tinín es bebé y se pasa mucho tiempo durmiendo en la cuna, mientras su hermana Bego corretea por toda la casa entretenida con juguetes de toda clase.
Pero el juguete que más le gusta se llama Tinín. Su mamá la ha enseñado para que no entre en la habitación del hermano sin permiso. Sin embargo, al pasar junto a su puerta, no puede menos que abrirla con mucho sigilo. Con pasos cortitos se acerca a la cuna de Tinín y, como apenas lo ve por la oscuridad, no duda en encender la luz de la habitación. Su hermanito se despierta y llora. Bego se asusta y sale corriendo en busca de la mami que, avisada por los llantos de Tinín, ya viene deprisa por el pasillo.
Ana no tiene tiempo de escucharla cuando Bego intenta decirle que su hermanito llora, ahora lo mejor es callarlo lo antes posible. Nada más ver la luz de la habitación encendida ya sabe quién es la culpable. Coge al niño en sus brazos, observa sus pañales y ve que están secos, con lentitud lo coloca de nuevo en la cuna, logra calmarlo, apaga la luz y sale despacito. En el pasillo toma a su hijita de la mano y la lleva hasta la cocina, se sienta y le pregunta con mucho cariño:
¿Quién ha encendido la luz de la habitación de tu hermanito?
Bego, a sus tres años recién cumplidos, se lo piensa mucho y termina diciendo
Ha sido Tinín, yo no sé encender la luz.
Ana es una madre muy cariñosa y no se le ocurre darle un azote. Solo se esfuerza por no mostrar la risa que siente con la respuesta de Bego.
Lo más seriamente que puede en esos momentos, le encarga a su hija que, cuando se despierte su hermano, le pregunte cómo ha encendido la luz sin bajarse de la cuna.
Sí, ya le preguntaré por ese misterio –contestó muy obediente la pícara mocosilla de apenas tres años.

Una buena experiencia


Laura
Fue un verano muy especial para mí y para mis hermanos. Mamá iba a disfrutar sus primeras vacaciones y decidió pasarlas en la playa con sus seis hijos. Era muy arriesgado, pero no le importaba, ella tenía un gran amor por todos.
Yo tendría unos ocho años y jamás había salido de Madrid. Repartidos en dos taxis llegamos a la estación de autobuses. Allí nos contagiamos unos a otros los nervios y la alegría por igual. Mamá atendía a todos, especialmente a las dos más pequeñas. Nos había dado biodramina para evitar el mareo y se había guardado una colección de bolsas, por si acaso.
Nos colocaron en la zona media del autobús, a mí me tocó junto a la ventanilla. Disfrutaba con todo, era muy emocionante ver que los árboles estaban vivos y corrían en dirección contraria a nosotros. No recuerdo el tiempo que duró el viaje, sé que no me dormí y que las emociones me mantenían con los ojos abiertos.
Sobre las cinco de la tarde llegamos a Nerja. Sacamos la ropa de baño de las maletas, el resto lo tuvimos que colocar en los armarios. Nos pusimos el bañador y presionando a mamá salimos para la playa. El cielo estaba despejado y hacía calor.
El mar se movía con olas medianas y pequeñas, era mi primera vez y la belleza del mar me cautivó. Correr descalza por la arena de la mano de un hermano mayor fue una experiencia maravillosa. Disfrutaba con mis hermanos de la mejor ocurrencia de mamá, todos estábamos alucinados.
No sé el tiempo que mamá tardó en recogernos, la tarde había avanzado y nos llevó al apartamento para cambiar de ropa, ducharnos y quitar el salitre.
A punto de anochecer salimos a dar una vuelta por el paseo marítimo, el sol estaba muy bajo y se perdía en el horizonte muy lentamente, como si fuera un disco de color naranja. Las crestas de las olas parecían más blancas y el mar, a lo lejos, se ponía de azul oscuro. Esa imagen se quedó conmigo para siempre.
Hace unos treinta años caminaba por la calle Jerónima Llorente de Madrid, entré por casualidad en una tienda de cuadros, vi un póster que retrataba fielmente aquella imagen de mi infancia en la playa y no dudé encargarle un marco. Desde entonces está conmigo recordándome aquella primera vez que disfruté la belleza del mar.

¿De santos?


Laura
No tengo ningún santo predilecto. Hay personas que veneran a uno en concreto, aunque yo no conozco a nadie, sólo conozco a Dios. Pero haberlos haylos, como meigas. En Galicia se habla mucho de los santos y de las meigas.
Viví varios años en A Coruña en una casa alquilada, cerca del hospital donde trabajaba, y así podía ir andando a mi trabajo. Era una casa grande y yo estaba sola, por eso trabajaba a destajo todos los días, menos el día de Santiago, que era no laborable. Desde entonces llevo a Galicia en mi corazón.
Allí conocí a Jacobo, no sé por qué me ensimismó. Él vivía lejos y yo hacía kilómetros y kilómetros por carreteras tortuosas con mi SEAT 127 para verle en Corcubión. Nunca me expliqué por qué me atraía este caballero que no tenía nada de especial. Así son los amores locos, yo necesitaba contacto con alguien y fui a fijarme en una persona que vivía lejos de mi casa.
Soy católica, pero no venero a ningún santo, sólo a Dios, el ser supremo. No hablo nunca de Dios con la gente, lo que siento, no lo puedo evitar. Dios es un ser especial para mí y no sé cómo expresarlo. Pienso en Él muchas veces, no tantas como cuando trabajaba en una unidad especial de enfermos de corazón.
A ningún paciente se me ocurrió hablarle del sentimiento que yo tengo de Dios. Sigo actuando así, sin saber el motivo, es algo muy personal. En los momentos difíciles de mi vida acudo a Él y le digo “Dame fuerzas”. Y siento que me da valor para afrontar mis problemas.
Dios es un ser superior que está en todo lo que me rodea. Lo noto en la vida. Todos los días, cuando me despierto, le doy gracias por haberme despertado y permitirme servir aún a los demás. Esto es fácil de decir, pero me resulta muy difícil explicar lo que yo siento.
Mamá fue la primera persona que me habló de Dios. En nuestra casa se notaba su presencia, pues siendo seis hermanos estábamos muy unidos y así seguimos ahora.
Siempre doy gracias a Dios por mantener unida a la familia y por todo lo bueno que me proporciona.

Extraño


Laura
Antes de hablar, cualquier bebé sano distingue con su mirada a sus familiares de los extraños. Desde la cuna tiende sus brazos hacia su madre, que es la persona que más le puede proteger. La madre se acerca a la cuna con una sonrisa tranquilizadora, le acoge con un gran abrazo acompañado de continuos besos y el niño se siente feliz.
Acaba de llegar el electricista para arreglar un problema de luz en el cuarto de baño. La madre, después de saludarle, le dice orgullosa:
Mire qué niño más espabilado tengo.
El electricista se acerca con la sana intención de acariciarle y el niño se vuelve rápidamente hacia su madre abrazándola con fuerza y lloriqueando un poco. La madre sorprendida se disculpa.
Es muy pequeñito y para él usted es un extraño.
El electricista sigue a la madre, y al hijo en sus brazos, hasta el cuarto de baño, saca sus herramientas y se pone manos a la obra para descubrir y solucionar el problema.
La madre se va a la cocina para preparar la comida y deja al niño en el pasillo enmoquetado, pues allí está vigilado. El niño, movido por la curiosidad de los ruidos, gatea hasta el cuarto de baño, mira al electricista, se acerca sonriente hasta la caja de herramientas, se queda un ratito observando, y en el momento que va a meter su manita en la caja, el electricista deja su tarea y llama a la madre.
El niño llora desconsoladamente mientras la madre lo coge en sus brazos de nuevo, disculpándole.
No se preocupe, sólo llora porque ha extrañado su voz.
La madre se queda ahora en el cuarto de baño hasta el fin de la tarea y el niño en sus brazos está muy tranquilo.

Insatisfacción


Laura
En Matas Rubias, un pequeño pueblo de Badajoz, se vive con muchas necesidades. No hay un médico que atienda en la enfermedad ni un supermercado donde las amas de casa puedan comprar. No hay escuelas, y los niños reciben la educación en la casa familiar. Ningún vecino conoce el agua corriente en la vivienda, tienen que ir al caño y en tiempos fríos como éstos el agua está helada. Las madres tienen que calentar el agua para que todos puedan lavarse.
El resultado es que todos los vecinos están insatisfechos. Y nadie lleva tan mal la insatisfacción como Cecilia. Ella sabe por su amiga Catalina cómo se vive en la Ciudad y envidia esa vida: allí el agua fría o caliente entra en las casas, lavan la ropa en una máquina con sólo tocar un botón y no hay que salir al río los días de invierno. La casa no se calienta con la lumbre de la chimenea, hay una cosa que llaman calefacción central, que no produce humos ni funciona con leña.
Catalina, ya con sus 18 años, anhela salir de Matas Rubias, tener amigos y amigas para divertirse un poco. Sueña con vivir en la Ciudad. Pero es algo que le resulta difícil, pues no tiene dinero ni está preparada, no ha aprendido ningún oficio, apenas ha viajado, excepto a los pueblos cercanos al suyo, donde se vive igual de mal que en el propio.
Ella quiere salir de esta situación que la ahoga bastante. Su problema es que no sabe cómo liberarse del pueblo y esto le produce angustia. Por fin consigue de sus padres la ayuda económica suficiente para probar un tiempo en la Ciudad.
Se pone en contacto con su amiga Catalina, que le proporciona una pensión como primera acogida. Busca trabajo y no lo encuentra, porque no tiene experiencia en ninguna actividad laboral propia de la ciudad. Pasados dos meses se encuentra sin dinero y sin trabajo, y lo que es peor, se siente más insatisfecha que en el pueblo.
Ha decidido abandonar la ciudad.

Alegrías (y su reacción)


Laura y adredista 1
¡Pero qué precioso estás, cariño!
(Me ha salido del alma)
Ese rubio te sienta de miedo.
(¡Ay, madre mía!)
¡Qué bien te has afeitado hoy!
(Estoy tierna, tierna, tierna. Así tenía que ser todos los días)
Tú eres para mí la luz que ilumina mi camino.
(Me estoy exprimiendo bien, bien, bien... esta mañana)
¡Qué bonita estás esta mañana!
(Me estoy pasando)
No he tenido novio nunca, ¡ellos se lo han perdido!
(Soy muy tímida, me extrañan estas frases que estoy diciendo)
Te quiero más que a mi vida.
(¡Ay¡ de todo lo que soy capaz y no me pongo roja. Estoy agustísimo)
Eres más bonita que las flores que flotan en el estanque.
Y tú eres más tierno que un osito de peluche.
(Eres cruel, me estás retratando)

Desconfianza


Laura
María nunca dudó del comportamiento de sus hijos, todos recibieron una educación apropiada a su edad. César, el mediano de los hermanos, le creaba algo de inseguridad por su comportamiento; a sus diez años era demasiado tranquilo, dando la sensación de quedarse dormido en cualquier sitio, y a veces era verdad.
Con su numerosa familia de siete hijos, María tenía que controlar el comportamiento de todos sin la ayuda de nadie, su marido había fallecido.
Ella hacía de padre y madre. Era una madre muy cariñosa, pero eso no le impedía ser dura y recta en la educación de los chicos. No tenía preferencia por ninguno de ellos en especial, a todos los quería con el mismo amor de madre, un amor que se reflejaba en la alegría de vivir de toda la familia.
En cierta ocasión su madre le mandó a César a comprar una barra de pan para la comida de toda la familia. A la salida de la panadería se sentó en un banco de la calle para disfrutar del sol. Y con el calorcillo se quedó dormido.
Un perro callejero, que debía de tener hambre, olió el pan y no dudó en darle un mordisco. En ese instante César se despertó asustado y corrió detrás del perro y del pan. Al perro se le cayó de la boca toda la barra, menos uno de los picos.
César recogió su barra del suelo un poco manchada de tierra, la limpió como pudo y pensó qué mentira creíble le diría a su madre.
Llegó a casa muy nervioso y le contó que venía corriendo, se tropezó y se cayó; que el trocito de pan que faltaba estaba totalmente embarrado y por eso no lo recogió.
Su madre, desconfiada, no le creyó, porque sabía muy bien que César era muy tranquilo y no corría nunca, y porque mirando a su hijo veía que no estaba manchado de barro.
¿Cómo es posible que tú estés limpio y el pan no? –Le preguntó al fin.
Y César terminó contando la verdad. Sin embargo su madre, que sospechaba de su hijo, no se podía creer tamaña fábula. Ella estaba segura de que el trocito de pan no se lo podía haber comido un perro.
Ese día César fue castigado a comer sin pan.

La Puerta del Sol

(desde mi silla de ruedas)
Laura
Es sorprendente cuando enciendes la tele y ves la gran movida que se ha organizado en todo el centro de Madrid. Veo toda esa masa de gente de acampada y me digo: “Ya era hora de que el pueblo se manifestara contra los banqueros y el Gobierno, que están ahogando a los trabajadores, exigiéndoles siempre más de lo que ellos pueden, como si el esfuerzo que ellos tienen que realizar cada día que sale el sol fuera cualquier cosa”.
Una de las imágenes que más me ha impresionado es cómo se reparten agua para poder soportar el calor. Es una señal clara del mutuo apoyo entre los manifestantes; aunque la verdad es que me impresiona todo lo que está sucediendo, todo es hermoso. ¡Qué gusto! ¡Qué suerte! A través de la televisión que me regalaron mis hermanos (aunque con mi dinero, la verdad, que he trabajado mucho como enfermera en los hospitales y por eso entiendo tan bien a estos chicos que acampan en Sol) puedo verlo todo en el momento que se produce.
Envidio a toda aquella gente. Sé que es imposible para mí estar con ellos, en mi silla de ruedas no me atrevería jamás a ir, aunque algunos compañeros ya se han asomado por allí. Pero tengo ojos para verlos y la suficiente imaginación para sentirme en medio de los manifestantes, contagiada con su euforia, que me sube el ánimo a tope. (Me he pasado un pelín, yo creo, con la euforia, ¿no?)
Me enorgullece ver jóvenes y mayores así de valientes y libres, yo en su lugar sentiría en estos momentos algo de miedo.
No tengo amigas aquí, en el Centro, para compartir este tipo de emociones, por eso el taller de Escritura Creativa me ayuda tanto a vivir y a revivir, que me permite desahogarme con Nano y soltar todo lo que pienso y que nunca hablo, y así podemos escribir.
Con la Puerta del Sol, ese milagro de acampada innumerable, hoy ya me he vaciado totalmente y no me sale más.

La gran calamidad


Laura
Mi asistente personal, que es mi amiga después de tres años de acompañarme, es una mujer con muchas agallas. Se vino con su marido y sus dos hijos de Rumanía sin conocer nada, ni idioma ni oficio. Siempre ha trabajado en lo que salía, sobre todo de asistente. Su preocupación hoy es su marido, que trabaja en la construcción y está en el paro. Hace falta mucho valor para enfrentarse en sus condiciones al paro, esa gran calamidad, y a la incertidumbre de no tener para alimentar mañana a tus hijos. Yo quiero mucho a mi amiga y la admiro por abrir los ojos cada mañana y sonreír todavía a la vida.

Otros tiempos


Laura y adredista 1
En estos tiempos es imprescindible saber leer y escribir para encontrar un trabajo y para defenderse en la vida. Si la sociedad te considera ignorante te cierra muchas posibilidades. Mamá nos motivaba de muchas maneras para ser buenos estudiantes y para ser comprensivos con los que no pudieron ir a la escuela. Nos ponía el ejemplo de Marina, una joven que llegó a nuestra casa para ayudar en las tareas domésticas.
Marina se había criado en un pueblo de Soria y no había ido nunca a la escuela. Sus padres eran pastores de ovejas y cabras y vivían en una cabaña casi todo el año. Marina tuvo una infancia feliz aunque apenas se relacionaba con otros niños de su edad. Si alguien llegaba a la cabaña solía esconderse y observar qué hacía y lo que hablaba con sus padres. Poco a poco se acercaba a los visitantes y terminaba siempre relacionándose bien con ellos.
Así transcurrió su infancia, bastante feliz, pero sin jugar con otros niños ni pasar por la escuela, pues sus padres no tenían posibilidades. Desde joven ayudó en las faenas de sus padres y terminó siendo una gran pastora.
Cuando cumplió los 25 años ya no era tan feliz como de niña y buscaba la forma de marcharse a la ciudad. Sus padres aceptaron con algo de pena y con algunos miedos los deseos de Marina. En la ciudad se colocó con facilidad limpiando en dos casas, una la nuestra.
No tuvo dificultad en el trabajo, ni en relación con las personas, sólo le preocupaba no saber leer ni escribir. La otra casa que limpiaba Marina era la de Clara, que la recibió encantada, igual que su marido y los tres hijos, que se criaban muy felices. Clara sintió pena por ella al descubrir que Marina nunca había ido a la escuela y con los libros de su hijo mayor decidió enseñarle a leer y escribir.
Marina aprendió muy deprisa y cada día que pasaba se sentía más feliz, no sólo por haber encontrado una familia que la quiere sino porque se iba manejando sola por la gran ciudad. Una pena le viene con frecuencia a la cabeza: “¿Cómo estarán mis padres en la cabaña?”, piensa.

Espacios


Laura y adredista 1
Todo parece fácil para una persona que camina por sí sola, pero Mercedes se mueve en silla de ruedas. Es una silla manual. Al principio le costaba manejarla, no había pensado nunca lo duro de esta situación hasta que se encontró con la enfermedad que la sentó en su silla de ruedas.
Un tiempo después, y gracias a los inventos electrónicos y a su dinero, se le cumplió el sueño más insistente: tener una silla eléctrica. Desde la silla nueva soñaba mucho más. Si llegaba a un bordillo, soñaba una silla con posibilidad de saltarlo. Si pasaba por un empedrado, soñaba un dispositivo que amortiguara el golpeteo de los adoquines en el culete. Al pasar por un charco, Mercedes soñaba con un detector de profundidades en su silla, porque siempre escogía un lateral del mismo para evitar la zona más profunda y pocas veces acertaba.
A fuerza de soñar y soñar, se inventó un lugar donde no había ningún estorbo para ella y su silla. En su imaginación construyó un edificio transparente, las escaleras se cambiaron en rampas tan suaves que subes y bajas por ellas sin darte cuenta. Desde su mitad norte se veía una montaña nevada gran parte del año, y Mercedes se soñaba bien abrigada y montada en un trineo deslizándose suavemente por las laderas. En la zona sur había un parque y por sus praderas serpenteaban varias veredas, una de ellas terminaba en la cascada principal. Aunque de cerca moja, impresiona por el ruido y no te cansas de contemplar su belleza.
Y dentro del edificio, también todos los residentes son agradables, ella sólo ve caras alegres. Y las sillas no chocan unas con otras porque llevan dispositivos especiales que pitan antes del accidente. Como la sonrisa es contagiosa, los cuidadores, las camareras, el personal de limpieza, los voluntarios y hasta los visitantes salen contagiados de la alegría que se vive en este lugar de ensueño.
(¡¡¡Ayayayayayay!!! que nos ha salido esto totalmente muy de cuento..., comenta la autora, para cierre)

"Arrivederci"


Laura y adredista 1
No he tenido más remedio que olvidar a unas personas que, desde que caí enferma, no han querido saber nada de mí. Alicia es una de ellas.
Recuerdo muy bien aquel día claro de primavera. Como siempre, yo me había levantado feliz, era un día más en mi vida y había que disfrutarlo. Así seguía pensando, a pesar del reciente diagnóstico de mi enfermedad, esclerosis múltiple. Fue duro aceptarlo, me costó lágrimas y lágrimas.
Centré las fuerzas en superarme a mí misma y lo fui consiguiendo. Decidí vivir mi futuro tranquila y sin miedo.
Alicia conocía muy bien mi estado de ánimo, de todas las que formábamos el equipo de trabajo ella era mi mejor amiga. Ese día la noté un poco rara, como si quisiera guardar distancias. Intenté averiguar el motivo y le pregunté:
–¿Te pasa algo? 
Se encogió de hombros, hizo una mueca, pero no contestó nada.
–Me imagino –le insistí– que te habrá afectado mi enfermedad.
En ese momento me vino a la memoria la actitud de mi madre, que se rebelaba contra mi enfermedad, pero me seguía queriendo como a una hija pequeñita. Alicia callaba.
–Esperaba un poco de ti, Alicia, –me atreví a expresarle– un poco de comprensión al menos.
No me contestó. Fingió que tenía prisa, volvió a encogerse de hombros, movió los ojos en dirección a la batea que tenía en sus manos con preparativos para una inyección y desapareció de mi vista.
Tomé la actitud de la indiferencia, para no tener que añadir al trauma de mi enfermedad un problema más. Y borré a Alicia de mi cabeza, fue la que más me costó. Y lo hice también con mucha gente de la Cruz Roja que no han querido saber nada de mí. Todas esas personas han salido de mi vida sin despedirse.
Mi liberación ha sido total, pues asumí rápidamente que ninguna merecía mucho la pena.
Y, además, que cada uno debe cargar con sus propios problemas. Ahora estoy tranquila y feliz con mis actuales compañeros, en la residencia, cada uno con sus limitaciones. Pero somos sinceros cuando nos hablamos,  cuando nos miramos a los ojos, y eso es algo precioso y poco común en esta sociedad.
Yo no quiero olvidar jamás a mis actuales compañeros.

Una gran mujer



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Nadie se explica que una joven alemana, a quien la temprana muerte de su madre le obliga a emigrar en los años 40, escoja como destino la España de posguerra. Sobrevive los primeros tiempos como traductora de alemán, justo hasta que conoce a un joven médico en paro. Los dos salieron ganando, pues se daban apoyo económico y emocional. Antes de un año se casaron. La boda fue muy sencilla, dadas las condiciones de vida de los dos. Y los asistentes, los justos: por parte del novio sus padres y un hermano, por parte de la novia su compañera de piso, la misma que le acogió por pena el día que llegó a Madrid. 
Andrés pasó a ser D. Andrés un mes más tarde, cuando recibió el primer sueldo como médico rural. Mª. Antonia, su mujer alemana, se sentía feliz ayudando en lo que podía a todas las personas, pensaba que enseñar alemán en medio de la pobreza no era perder el tiempo y en ello se ocupaba. La nueva familia creció a gran velocidad, llegaron a tener seis hijos. Un cáncer fulminante terminó con Andrés apenas nacido el sexto. Mª. Antonia no se derrumbó, luchó como sólo una madre alemana puede hacerlo. Logró que uno de sus hijos alcanzara el título de Ingeniero Industrial y que una de sus hijas terminase Enfermería, los demás se quedaron en simples obreros. Han pasado los años y todos viven de forma aceptable en Madrid, tienen hijos sanos, menos las dos pequeñas que se mantienen solteras. Con frecuencia los niños preguntan por su abuela Mª. Antonia, a la que apenas conocieron. La respuesta es siempre la misma: “era una mujer de mucho coraje, nos sacó a todos adelante sin medios y sin marido”. 

Me cachis en la mar


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La gente se saca el carné de conducir con 18 años, y por eso están las calles de la ciudad, y también las carreteras, tan llenas de coches. Por eso y porque el coche nos parece lo mejor. Miguel es uno de los muchos jóvenes que, aun con dificultades económicas, logró superar la teoría y las prácticas del examen de conducir. Necesitaba el coche para su trabajo. Durante más de tres años estuvo conduciendo sin problemas ni accidentes.
Pero ahora le han diagnosticado esclerosis múltiple, y en consecuencia le han retirado el carné ipso facto. Miguel ha tenido que malvender su coche.
Me cachis en la mar, se está preparando para aceptar la nueva vida sobrevenida por su enfermedad. Le ayuda un psicólogo, que le guía por nuevos caminos desconocidos por él. Miguel se siente mal, la enfermedad le ha cogido por sorpresa.
Busca con ansiedad personas que le ayuden a encontrar un Centro donde poder vivir con dignidad. A veces le ataca la desesperación, porque es tan pobre que no tiene dinero para solucionar su futuro. Tampoco tiene amigos influyentes que puedan recomendarle para entrar en el ansiado Centro, o por lo menos ponerle en los primeros puestos de la lista de espera. Me cachis en la mar.

Madre&Hija

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La madre de Hortensia vino a España procedente de la antigua Yugoslavia. Le costó adaptarse a la nueva cultura, pero poco a poco lo había consiguido. Se casó con un español y eso le facilitó muchas cosas. Ahora Hortensia tiene veintitrés años y quiere encontrar un joven de su agrado con quien compartir su vida y, a la vez, alcanzar la independencia de su madre, que la ahoga con una educación demasiado rígida.
Hortensia ya está cansada de soportar, aunque con mucha paciencia, la presión de Iranova, que así se llama la madre. Una madre siempre busca que su hija sea feliz, pero suele hacerlo por un camino distinto de la hija.
Y esta era la única razón por la que la madre y la hija discutían. Hortensia encontró un joven menor que ella y evidentemente contrario al gusto de su madre, con el que se fue a vivir.
La madre los visitaba no con demasiada frecuencia, tardanza que la parejita agradecía, pues los regalos que de ella recibían eran escasos y los consejos muchos. Estas visitas desconcertaban tanto a la pareja que, después de cada encuentro, todavía necesitaba un tiempo para recuperar el tono perdido de su felicidad.





Regalo sorpresa

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Todos los años Silvia espera con alegría el 17 de marzo. Es una adolescente muy capaz, pero tan pobre que sólo el día de su cumple recibe regalos. Este año estaba muy contenta, su amiga Elena le había prometido una agradable sorpresa. Se lo había prometido riendo y Silvia se ilusionó. Estaba tan emocionada que no conciliaba el sueño, la curiosidad y el deseo se habían convertido en una pesadilla.
¿Qué sorpresa me tendrá reservada mi amiga Elena?, pensaba. Quizás unos pantalones cortos para la primavera que se avecina… Quizás aquella figura de una madre con niño en sus brazos, que la vimos juntas una tarde gastada en pasear por la ciudad: destacaba en el centro del escaparate por su sencillez y cometí la imprudencia de expresar en voz alta cómo me gustaba esa figurita. Estoy segura que, después del paseo, mi amiga se volvió sola para comprarla y darme así una grata sorpresa.
El día 17 de marzo Silvia se despertó más pronto que nunca, con la esperanza de ver a su amiga Elena. Vendría con el bolso de siempre. Y dentro de él, el ansiado regalo.
Era la media mañana cuando sonó el timbre de la puerta con el toque típico de su amiga. A Silvia se le aceleró el corazón. En efecto, Elena entraba contenta con un envoltorio bajo el brazo que encajaba con el tamaño de la soñada figura.
Después de un largo y fuerte abrazo de “felicidades”, recibe el regalo, que apenas acierta a desenvolver por la emoción. Rompe el envoltorio y, mitad susto, mitad desilusión, aparece una fea bruja pirula.

Dos hermanas

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Juan se despierta cada mañana con un beso de Alicia, su madre, y con las mismas palabras: “¡Arriba! Ya es la hora del desayuno”. Es como su madre le alegra el triste momento de volver a la realidad. Juan no es malo, pero sí es muy travieso y no puede estarse quieto. Desayuna jugando con las galletas, está convencido de que las galletas valen más como juguetes que como alimento.
En el cole se une siempre a sus amigos para gastarle bromas al profe. Ayer D. Andrés comenzó la clase con la rutina de siempre, escribiendo en la pizarra las odiadas tareas del día. Se le rompió la tiza y fue a sacar una nueva del cajón de su mesa. Pero, ¡ah, sorpresa!, al abrirlo se encontró un ratoncillo dentro. Controlando el susto inicial, D. Andrés intentó descubrir al culpable de tan desagradable broma. Miraba fijamente a sus alumnos para ver quién se delataba con los gestos de la cara.
Manolín no tuvo reparo en señalar a su primo Juan como culpable. La madre de Manolín y la de Juan son hermanas, a pesar de lo cual nunca se llevaron bien. Ahora tenían una buena excusa para pelearse otra vez más.
–Tu hijo es un bicho.
–Pues el tuyo es peor.
–Juan es un maleducado
–Manolín miente.
En fin, el interminable diálogo entre hermanas.
Esta última pelea se zanjó cuando otros niños, que estaban viendo discutir a las madres, contaron a verdad. María Teresa, la madre de Manolín, tuvo que escuchar al fin que había sido su hijo el autor de la fechoría y, llena de vergüenza, se marchó de la plaza sin pedir disculpas.

Tenis

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Mi patria es mi casa, o sea, la residencia donde vivo en Leganés City. Estoy muy orgullosa porque así no causo peleas en la familia. Los hermanos están tranquilos sabiendo que yo estoy bien atendida. Hablo como lo siento. Y no tengo otro concepto de patria porque no soy forofa de nada, salvo de la vida.
Una excepción sucedió ayer con el tenis, que disfruté como una enana. En general me gustan todos los deportes, y el que más me gusta es el tenis, porque lo puedo ver bien. Nunca he jugado al tenis, pero el espectáculo de ayer fue tremendo, la forma de luchar Nadal, extraordinaria, y su manera de consolar a los que perdieron me emocionó.
No comprendo que haya gente forofa de la patria y que fomenten guerras en las que se matan unos a otros, como en la guerra incivil española.
A veces pienso que soy una ignorante que sólo se fija en las personas que tengo alrededor. No comprendo que la gente adorne sus balcones con banderas para chulear a los vecinos. ¿Qué significa eso? No sé por qué lo hacen ni me interesa, para mí que sólo quieren llamar la atención.
Hay un único personaje en la historia que me merece señalar. Era un revolucionario que luchaba por los demás, dejó su patria para ayudar a los pobres de otras naciones, hoy todos recuerdan al Che Guevara. Pienso que era una gran persona, que se olvidó de sí mismo, que fue un ejemplo para todos y que por eso lo mataron. Pero vive en el recuerdo de muchos, no hay más que ver la cantidad de retratos que todavía se ven en muchos lugares públicos.

Mala suerte

Laura y Adredista 1
María se enfada por todo, tanto que muchas veces ni sabe por qué. Pero no es la edad, tan difícil la adolescencia, es algo más. Le gusta que los días sean claros para tener buena visión de las cosas, pero en su pueblo las nieblas son frecuentes porque está situado en un valle, y ella no lo soporta.
A diario sale a la calle pronto y medio dormida, pero siempre de mal humor. El encuentro con Elena, su amiga de toda la infancia y además compañera de estudios, siempre es igual. Elena viene alegre, saluda con entusiasmo, da los buenos días a gritos, y María le contesta con voz baja, casi imperceptible:
–Nada de buenos días, está nublado como siempre y seguro que no veremos el sol ni a tiros.
Juntas se dirigen al cole. Elena está más contenta que nunca porque hoy es un día sin exámenes. María está más enfadada que nunca porque, según dice, ha madrugado, hay niebla, hace fresquete y seguro que algún profe nos pondrá un examen para mañana o pasado y nos amargará la semana...
Sin apenas hablar mucho más llegan juntas al aula y, para más colmo, María se da un trompazo con el pupitre al entrar.
–¡Todo lo malo me tiene que tocar a mí! –murmura– Esto me pasa porque todos los cursos me toca el peor sitio de la clase.
Y encima este año la tocó sentarse junto a un compañero que ni se peina ni se lava, es un guarro de todos los días. Parece que la buscan las desgracias, piensa a veces su amiga Elena.
Entra el profesor y saluda con el “muy buenos días” de costumbre. Y sin interrupción continúa:
–Sepárense bien unos de otros porque tienen que hacer un control.
Esto les pilla a todos por sorpresa. María esta vez se enfada con razón y decide entregar el examen en blanco.

Fili, en su memoria

Laura y Adredista 1
No soy capaz de hablar del odio a nadie ni a nada, por más que sea lo que toca, y mucho menos en estos momentos en los que estoy dolorida por la muerte de mi cuñado Fili, Filiberto. Me impresionó sobremanera la noticia de su muerte, aunque tengo el consuelo de su muerte tranquila y sin molestias para nadie de los suyos, como él quería que sucediera. Murió por un fallo cardíaco, sin sufrir y sin enterarse de nada.
Era un tipo de enorme tamaño, pero un buenazo. Se casó con mi hermana Alicia, que es un poco mayor que yo. No sé el tiempo que estuvieron casados, sí sé que han sido muy felices. Aún no he visto a mi hermana y, os digo la verdad, me da un poco de miedo verla porque no sé cómo la encontraré, me la imagino echa polvo.
Fili fue un gran compañero y Alicia siempre siempre presumía de un buen marido. Los dos juntos solían venir a verme, en mi último cumpleaños me regalaron una caja de bombones. Me gustaba estar con ellos, yo también tengo buen corazón, por eso me dediqué a la enfermería.
Fili siempre nos hacía reír a todos los hermanos porque era muy gracioso, y sus hijos disfrutaban enormemente con él. Su hijo mayor, ahora no recuerdo su nombre, acompaña a la madre en estos duros momentos. Fili me llevó muchas veces a la sierra, él sabía que me gustaban esas excursiones, a las que me enganchó mi amiga del alma Marisa, con la que hablé hace pocos días.
El recuerdo de estas vivencias con Fili y el buen comportamiento con mi hermana, con Monse y conmigo, que somos las pequeñas de la familia, me ayuda a superar estos malos momentos.

Traidora

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Felipa, que así se llamaba la señora, trabajaba en una empresa de limpieza formada por cuatro hombres y seis mujeres. El dueño visitaba con frecuencia a sus obreros y en especial se entendía con Felipa, tanto que llegó a ser su persona de confianza.
Felipa era también muy querida por sus compañeros, que se fiaban de ella pues era muy solidaria con todos. Si surgía algún problema entre ellos, Felipa encontraba la solución. Si el problema era con el jefe, también Felipa era la persona ideal para solucionarlo. Nunca nadie desconfió de ella.
Por Navidad, el dueño de la empresa le entregó una fuerte cantidad de dinero para repartir entre todos los trabajadores, pero ella, antes de repartirlo, se quedó con una buena parte. Y el resto sí lo repartió entre todos, incluida ella misma. Nadie sospechó que había hecho trampa.
Pasado un tiempo, uno de los empleados coincidió con el marido de Felipa. Y hablando hablando comentaron la propina que el empresario les había dado por Navidad.
El marido descubrió así que su mujer había recibido más que los otros, e inmediatamente pensó que algo raro sucedía con ella. Lleno de sospechas se atrevió a preguntar.
–¿Cómo es que el jefe te ha pagado a ti más que a los demás compañeros?
Ella se puso muy nerviosa y terminó contando toda la verdad.
El marido, sin embargo, no dejaba de pensar que algo tenía que haber entre el jefe y su mujer. Si era una traidora con sus propios compañeros, quizá lo fuera también con él.

Saber vivir


Laura y adredista 1
Todas las mañanas, no recuerdo a qué hora, pero temprano, me tienen que asear en la cama, pues yo no puedo valerme. Al terminar, con la ayuda de una grúa, me levantan y me depositan en la silla de ruedas.
Nunca quise que esto me sucediera. Gracias a la silla me desplazo a casi todos los sitios a los que quiero ir. Paro poco en mi habitación, me apunto a todos los talleres en los que puedo participar a pesar de mis limitaciones.
Hoy se me olvidó que tocaba Taller de Escritura y vinieron a buscarme cuando más entretenida estaba viendo en la tele mi programa preferido “Saber vivir”. En el taller de escritura disfruto como una enana, hemos leído y comentado un cuento de Chejov, y ya no me acuerdo de qué iba. El caso es que nos toca escribir sobre nuestras esclavitudes o sobre la nieve que nos ha sorprendido esta mañana rompiendo la monotonía de todos los días. Siguiendo mi costumbre, dudo, y finalmente elijo escribir sobre las esclavitudes que tengo a diario.
La principal esclavitud para mí es depender de una silla de ruedas. Mi primera silla era manual, me quedé sin fuerzas para manejarla y la cambié por una eléctrica que funciona con una batería recargable enchufándola en la corriente eléctrica. En el brazo derecho tiene los mandos, junto a un dispositivo luminoso que me indica la carga de batería que me resta y es muy útil para saber la distancia que puedo recorrer. Como es un poco anticuada, se me descarga con facilidad. Un botoncito verde enciende esta lista de colores, desde el amarillo al rojo. Y muy cerquita de la señal, sobresale la palanca de mando con la que gradúo la velocidad y la dirección, con ella esquivo las columnas que hay en el Centro (que son muchas) y también los obstáculos de la calle. A veces las ruedas se me desinflan y me las hinchan con un mecanismo eléctrico.
En muchos momentos pienso que soy esclava de mi silla de ruedas. Sin embargo ahora, al describirla, me estoy descubriendo que soy yo quien conduce a la silla, y que escojo la que es más cómoda para mí. Ella es mi esclava, que yo no soy tan tonta.

Buenos días

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A sus 59 años Ramón, a pesar de tener cinco hijos y algunos nietos, se siente muy solo cuando vuelve a casa con Tobías. Nadie se acuerda de él, ni siquiera en su cumpleaños. ¡Cómo le gustaría recibir alguna llamada de sus hijos!
Tobías es su única compañía, salen juntos de paseo los días que no llueve y los dos disfrutan caminando por el campo, entre los árboles, pisando la hierba verde. Algunas veces se encuentran un vecino con el que Ramón intercambia pocas palabras: adiós, hola, buen día… y con frecuencia ni siquiera palabras, le basta un gesto con la mano.
Cuando vuelven a la ciudad se sienten más solos que en el campo. Se diría que se entienden mejor con los árboles y los pájaros que con las personas.
Ramón se siente aislado y solo desde el día en que enviudó. La gente cercana le acompañó en el sentimiento durante el luto y luego le olvidaron, hasta sus hijos.
Cada vez que intentó compartir su desgracia con alguien notó que le oían, pero no le escuchaban, por eso decidió convertir a Tobías en su único amigo, el auténtico amigo que nunca falla. Siempre que se siente solo le llama y el fiel Tobías acude contento moviendo alegre su rabo y dando suaves ladridos.