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Una historia de amor


Mercedes
Había una vez, en una ciudad a la que todavía no había llegado el ferrocarril, una mujer tan hermosa y tan triste que llamaba la atención de todos los hombres. Su familia era muy rica, pero ella parecía muy infeliz. Todo el mundo conocía a su padre y no había más que rumores en la ciudad sobre lo que podía ocurrir en aquella casa.
Todas las tardes, a la misma hora, la chica pasaba por delante de la taberna y las lenguas de los clientes se desataban. Quien nunca decía nada era el tabernero, Matías. Miraba a Rebeca, sabía su nombre desde la primera vez que la vio pasar, y permanecía en silencio, suspirando con disimulo para que nadie lo advirtiera. Lo cierto es que se había enamorado y sabía también que era un amor imposible, pues él era pobre.
Un día que Rebeca no pasó por delante de la taberna a su hora y que, sin poder evitarlo, Matías bebió y bebió del tonel hasta no poder más, se lo confesó todo a la madre al llegar a su casa.
–Madre, tengo que confesarle mi estupidez: me he ido a enamorar de una niña que no es de nuestra clase y que nunca me aceptará. Estoy cada día más loco y más desesperado. Me tengo miedo. Es hermosa como una mañana de verano.
–¿De quién hablas, hijo mío? –preguntó muy asustada ella.
–De Rebeca, la hija del Capitán Chuletas –le llamaban así por algo que había ocurrido en la guerra de Cuba.
Perdió el color la madre y a punto estuvo de perder también el conocimiento.
–Tengo que decirte algo muy grave, hijo mío: Yo trabajé, para mi desgracia, en la casa del Capitán Chuletas. Mis padres no tenían para comer y me mandaron a servir. El Capitán ya bebía mucho por entonces, más incluso que ahora. Una noche, yo le había oído llegar dando voces y borracho como un cosaco, se abrió la puerta de mi habitación de criada y allí estaba él. Lo que ocurrió aquella noche me ha avergonzado siempre: si no hubiera sido por ti, me habría matado. Porque tú eres hijo de aquella violación y fuiste mi consuelo desde el primer momento. Me echaron a la calle cuando se supo que estaba embarazada y no han vuelto a dirigirme la palabra desde entonces, ni yo a ellos.
A oír esta confesión el pobre muchacho quiso morirse. Si ya estaba medio loco de amor, ahora se estaba volviendo loco de rabia, de confusión, de odio, de pena.
La desesperación le iluminó el camino y pidió votos en el convento de los Dominicos de la ciudad, Stª María de las Gracias. Allí aprendió a cocinar, encargándose también de la bodega. Un día que el prior estaba de viaje, se había ido al capítulo provincial con otros frailes, le tocó al padre Matías entrar en el confesionario. A oscuras como estaba, y con los ojos cerrados, la primera voz que oyó tras la rejilla le asustó de tal manera que creyó enloquecer. No podía ser de otra mujer aquella voz que de Rebeca, una mujer ahora en plena madurez.
Lo que oyó después le produjo tal conmoción que creyó desmayar.
–Padre, no soy virgen, mi propio padre me ha violado repetidamente. No me atrevía a decírselo a nadie, pero ya no puedo vivir con esta culpa.
La mujer se calló, el fraile tampoco podía pronunciar palabra, hasta que, en un momento, ella creyó oír unos sollozos mientras escuchaba el ego te absolvo a peccatis tuis de labios del confesor.
De lo que ocurrió aquella noche, lo único que trascendió ha sido el cadáver del Capitán Chuletas. Había sido asesinado con su propia pistola, en su propia casa. Alguien pareció haber visto salir de la casa a un fraile dominico con la capa cubriéndole el rostro, pero preguntada la hija por esta circunstancia, afirmó a la policía que nadie los había visitado aquella noche.
Eran tantos los enemigos del Capitán Chuletas que la policía no terminó nunca de hacer pesquisas.
Lo que sí es cierto es que su hija Rebeca nunca cambió ya de confesor, después de aquella primera vez que tanto le costara sincerarse con el P. Matías.

Instrucciones para calmar a un capullo


Mercedes
Estoy acostumbrada a vivir con capullos y conozco muchas de sus costumbres. En concreto, en mi familia tenemos uno al que cuidamos con esmero, por la cuenta que nos tiene.
Para que os hagáis una idea de lo que hablo, he de contar que, cuando vivía mi abuela, la madre de mi madre, y durante el mes que se pasaba con nosotros, el capullo le hacía todas las perrerías que se le ocurrían al muy caballero. Por ejemplo, cuando estaba tan tranquila pelando patatas en la cocina con mi madre, llegaba el capullo de visita y le metía la mano en el bolsillo de la bata y le quitaba el monedero.
–Mira, Encarna, lo que he encontrado –decía muy serio.
Y mi abuela, que no era tonta, se ponía de uñas, muy cabreaba.
–Dámelo, que es mío y el monedero no se cae solo.
Las perrerías del capullo no terminaban aquí, pues una tarde de visita es muy larga. Cuando por fin mi abuela se sentaba en el salón a ver la tele, en lo más interesante de la película, le hacía cosquillas para que perdiese el hilo de la noticia o de la peli que estuviese viendo. Mi abuela, que ya conocía el paño, tenía un alfiler para estos casos y se lo clavaba en la mano si el caballero no andaba listo.
Pero tengo que advertir que la táctica del alfiler no es la mejor para calmar a un capullo, y mucho menos escupirle cuando te agarraba de las dos manos para defenderse del alfileretazo.
–¿Qué me vas a hacer ahora? –se reía con las manos de la abuela bien sujetas.
Y era cuando ella le echaba el lapo a los ojos.
Semejantes reacciones no son la mejor arma para defenderse de los capullos, pues la resistencia alimenta sus más bajos instintos.
Lo mismo ocurría con la mujer de un primo de mi padre, una señora muy celosa, que se la llevaban los demonios cuando sorprendía al marido, un poco rijoso, guiñándole el ojo a cualquier mujer de mirada un poco descarada. El capullo, que conocía estas debilidades, informaba a la señora de mil patrañas que solo él podía imaginar.
–¿Sabes dónde estaba ayer tu marido? En el metro de Aluche lo vi, con una rubia despampanante en minifalda y en un plan muy comprometido, y dentro del coche.
Y la señora le tiraba al marido lo primero que encontraba, que solía ser el cuchillo, y no volvía a dirigirle la palabra en un mes. Y, entretanto, el capullo frotándose las manos con la escena.
Pero no paraba aquí la cosa, como decía, pues terminaban poniéndose a ver la tele y, cada vez que salía una tía un poco maciza, le decía al marido:
–Mira, Bernabé, cómo está la tía, para darle un revolcón.
Y la señora María volvía a tirar el cuchillo.
Este tampoco es el mejor método para que un capullo deje de molestar.
Para calmar al capullo hay que tenerle entretenido y, si es posible, darle todos los días de comer cosas afrodisíacas, para animar sus partes más íntimas, en vez de las maldades de su cerebro derecho.
Y hay que tratarle con mucha delicadeza durante todo el día, para que no se cabree y viva relajado. Pero sobre todo, tener mucha paciencia con él cuando por fin se le ocurre hacerte alguna pirula. Ni te das por enterada, no pasa nada. De lo contrario, es que no se puede vivir con él.
Y hay que tener un ojo bien abierto cuando duermes, para que no te eche agua a hurtadillas y te pegue un susto de muerte. Y paciencia, mucha paciencia para que no se dispare su cerebro derecho. Hay que aguantar todo lo que él te haga y nunca enfadarte. Si reaccionas, entonces estás perdida, porque el capullo te machacará sin piedad.
Y ser tiernos, muy tiernos con él, es la única manera de librarte de sus putadas. Él nunca se cansará de hacerlas si observa que no te gustan.
Y lo más importante, no casarte jamás con él, como hizo mi hermana, que es su víctima favorita. Y ya sin remedio.

Compasiva


Mercedes
Yo me tengo por una persona compasiva, intento comprender a todo el mundo y ser solidaria. Me preocupo por los problemas de los otros, los problemas de la vida diaria, que hay un montón de ellos. Y procuro comprender a la gente que tiene tantos problemas, los problemas de los parados, la gente a la que desahucian, que echan de su piso a la calle. No pueden pagarlo porque no tienen trabajo, no porque sean unos irresponsables. Y los padres que no tienen para dar de comer a sus hijos, que esa es otra, no tienen ingresos ni para sobrevivir.
Con esto de la crisis hay muchas familias que lo están pasando pero  que muy mal.
Sufro con toda esta gente y me da mucha rabia por no poder ayudarles. Si yo pudiera hacer algo por tanto y tanto parado, por tanto y tanto desahuciado, lo haría, de verdad, haría lo que fuera por toda esa gente.
Pero estos problemas no tienen solución así como así, y están costando muchos sacrificios a cada familia. Trabajar no es nada agradable, yo lo veía con mi padre, todo el día trabajando el pobre para llevar dinero a su casa. Pero es que no tener trabajo, ni la posibilidad siquiera de ganar lo imprescindible para dar de comer a tus hijos, eso todavía es peor.
Porque el ser humano es dichoso cuando tiene algo en la vida, tampoco hay que tenerlo todo. Yo conozco a gente que es dichosa porque lo tiene todo, todo eso que puede tener una persona para ser feliz: la fama, el dinero, la salud y el amor. Pero conozco a más gente que es muy feliz porque está en su casa, con su familia, su esposo, su esposa, y con una hija o un hijo que es lo mejor de su vida. Y además tienen a sus hermanos, que a veces son muchos, y muchos sobrinos también, un montón. La gente es dichosa con poco, pero eso poco nadie tiene derecho a quitárselo. Mal gobernante será el que se lo quita.

Una historia imposible


Mercedes
Había una vez un rey que tenía tres hijas: la mayor era muy lista y estudió Matemáticas. Era un genio de la Topología y daba miedo a los hombres por su sabiduría. La hija del medio también era lista y estudió Químicas. Tenía el mismo problema que la mayor, los hombres se daban cuenta de que sabía más que ellos de todo y no conectaba bien con nadie. La pequeña, sin embargo, era más rebelde y le gustaba la poesía. Siempre estaba rodeada de chicos y se fue a enamorar del jardinero de palacio.
El rey, que no estaba muy tranquilo sobre el futuro de su familia y de su reino, ya solo deseaba verlas casadas. Y prometió que la primera que encontrase marido sería la heredera del reino.
Pero no sabía nada de los amores de la pequeña. Cuando se enteró montó en cólera.
–Insensata, tú quieres acabar con mi vida y con el reino.
–Gonzalo es el hombre de mi vida, ha entrado en mi corazón como un rayo, y para quedarse para siempre.
–¿Pero en qué cabeza cabe que la hija de un rey se enamore de un gañán? Te voy a encerrar en el castillo y no volverás a ver el sol.
–Lo quiero demasiado, jamás renunciaré a su amor. Puedes hacer lo que quieras conmigo, pero nada vas a conseguir.
El caso es que el rey encerró a la infanta en el castillo y la niña se comunicaba con su amor a través de cartas que su criada se encargaba de pasar a uno y a la otra.
Y su amor, en vez de menguar, crecía con estas dificultades.
Cuando las hermanas mayores se enteraron de esta barbaridad, su hermana pequeña prisionera de su propio padre, pidieron audiencia al rey y le cantaron la gallina bien cantada.
–Eres más tonto que el rey Lear, –le soltó la mayor– que mira que era tonto.
–Haces un problema de lo que tiene que ser la solución para ti y para el reino –le dijo la otra.
–Dios mío, ¿en qué me he equivocado? ¿Qué he hecho yo para merecer el castigo de estas hijas tan insensatas?
–En todo, te has equivocado en todo. Antes de poner condiciones para heredarte, tenías que haber consultado con nosotras –dijo la matemática.
–En todo caso, te hubiéramos informado de que no nos interesa el poder ni el trono, sino la ciencia, a nosotras dos. Ahora ya lo sabes. Si no nos casamos es porque no queremos, pero no vamos a disputar el trono a nuestra hermana, mucho más preparada que nosotras para las relaciones humanas y para hacer amigos, que es lo imprescindible para dirigir un reino.
–¿Pero cómo va a reinar la esposa de un jardinero?
–Reinará la hija de un rey –dijo la matemática.
–Y la hija de un rey se enamora de quien merece su amor –dijo la química.
El rey se afloja y habla muy seriamente con la princesa prisionera.
–Mandaré al jardinero a estudiar al extranjero para probar su amor y sus capacidades. Y a ti te exijo más preocupación por los intereses del reino de la que has tenido hasta ahora, y que termines tus estudios.
Ambos aceptan estas condiciones del rey, mucho más razonables.
Y se preparan para sucederle. Y continúan amándose con locura.

La muñeca de un solo brazo


Mercedes

Foto: www.todocoleccion.net
Hace muchos años que a una niña, por Navidad, le regalaron una muñeca.
Muy pronto se dio cuenta la niña de que a su muñeca le faltaba una mano.
Al darse cuenta de esto, la niña se puso muy triste, porque creía que la muñeca no era feliz y que no querría jugar con las muñecas de sus amigas ni a sus amigas con ellas dos. 
Pero pasó un poco de tiempo y la niña comprobó que su  muñeca era incluso más feliz que ella misma. Y esto hizo que también ella dejase de estar triste.
Había aceptado a su muñeca tal como era y la quería más de lo que había querido a ninguna otra. Tanto cariño la llegó a coger que no dejaba que nadie la molestase cuando estaba durmiendo o que se riesen de ella cuando la veían sin una mano.
La niña era tan cariñosa con la muñeca que la trataba igual que si fuera su madre, la cuidaba y  la protegía.
Llegó el día en que sacó a su muñeca a la calle y se la presentó a las muñecas de sus amigas. Todas se pusieron muy contentas con la nueva amiga y todas jugaban juntas sin el menor problema. Sólo pasaba que la muñeca sin un brazo se vestía más rápido que las otras, pero nadie la tenía envidia por esto ni ella tenía envidia a las otras por sus dos brazos.
Pero el día que terminaba el curso y comenzaban las vacaciones de verano, era el día que entregaban las notas, a la niña se le ocurrió llevar a su muñeca al colegio.
Como era mixto, en el colegio había también niños que sabían poco de muñecas.
Estaban ella y sus amigas jugando con sus muñecas en el patio, cuando se acercaron unos niños, vieron que una muñeca no tenía más que una mano y no se les ocurrió otra cosa que echarse a reír y comenzar a insultar a la niña.
–¿Pero a quién se le ocurre jugar con una muñeca inútil? –decía uno.
–Si es manca, tú –decía otro.
–Mi muñeca es igual que todas, sabe jugar como todas y es igual de feliz que todas –contestó la niña
–Tú eres tonta –dijo el gilipollas de turno, envalentonado.
–¿Y qué hacemos nosotras con este tipo que se atreve a insultarnos? –preguntó la niña a sus compañeras con muy malas intenciones.
Se miraron unas a otras, miraron a los chicos y exclamaron al unísono:
–¡Pero que gilipollas sois!
Y la niña continuó diciendo:
–¡¡¡Pero cuándo aprenderéis a jugar con muñecas!!!
Y aclaró todavía su mejor amiga:
–No dejaréis de ser unos brutos hasta que no aprendáis a acariciar a una muñeca.
Y la niña de la muñeca de un solo brazo le dio un beso a su amiga.

Añoranza


Mercedes
Una persona contenta es aquella que lo tiene todo en la vida, que no le falta de nada y no padece de ninguna enfermedad.
Así es feliz la gente, porque si no hay dolores estás contenta.
La salud es el mayor tesoro que puede tener una persona, porque si te falta la salud ya puedes tener todo el oro del mundo, que nunca estarás contenta y feliz como ves que otros están.
Hay mucha gente que tiene mucho dinero y no es feliz. Está amargada por no tener salud.
Mi tía, la hermana de mi madre, no es feliz, aunque tampoco sé por qué. Siempre está llorando. Por todo, porque no le llega el dinero a fin de mes, quizá, o por falta de salud, quizá, no puedes hacerla mucho caso.
Cuando se pone llorona le decimos que no llore tanto que así no va a conseguir nada ni mejorará su vida. Todo lo ve muy negro ella. En la familia hemos decidido que ya no vamos a hacerla ningún caso y que vamos a pasar olímpicamente de sus quejas, para ver si de esta forma le cambia esa manera tan negra de pintar su vida.
Cuando era yo pequeña, vivíamos en un barrio muy obrero, muy popular, y todas las familias éramos bastante humildes. Allí había mucha amistad y una humanidad increíble entre todos nosotros, vivíamos más en la calle que en la cocina, todos de tertulia.
Cuando cumplí los diez años vinimos a vivir a Aluche. Pero yo tengo mucha nostalgia de aquellos primeros años de mi vida y de las gentes que vivían en el barrio –y no digo su nombre porque había muchos parecidos, Madrid no era tan burguesa como ahora.
Me acuerdo sobre todo de dos familias muy especiales, de mis amigas Milagros y Carmen y del amigo de mi padre, que se llama José Martos. Me acuerdo tanto de ellos que me sigue pareciendo que a mi vida le falta algo, como si mi casa estuviese algo vacía. Cómo me gustaría verlos otra vez en mi casa.
Y ahora que recuerdo, yo, que nunca me alegré del mal de nadie, le tengo enfilado a un tipo. Es un hombre de aquí, de la residencia, (no digo su nombre por razones obvias) y confieso que me alegro de todo lo malo que le ocurre al tío, lo mismo si le deja la novia que si le cita un juez. Me ha hecho tanto daño que, el día que ese sujeto la palme, ese mismo día voy a pillarme un pedo de padre y muy señor mío. Es un cabronazo como pocos, porque ha hecho mucho mal a todo el mundo aquí, no se merece otra cosa.
Escribe una y te das cuenta de lo larga y entretenida que es la vida. Hay de todo, sí.

Valiente presidente


Mercedes
Hoy, con las cosas tan mal, que tenemos mucho paro, comparas al presi con un parado que no tiene ni para llegar a fin de mes y no hay color, este sí que es un valiente. Me parece un valiente, que no se rinde y pelea por llevar a su casa algo de dinero para poder comer. En una ciudad tan grande como Madrid, que esta todo tan caro, no se puede ni salir de casa con el bolsillo medio vacío. Hay que echarle un par de narices para sacar adelante una casa.
Cada día hay más pequeños valientes, anónimos a los que no conoce nadie.
Yo busco a la valiente que hay en mí y me encuentro con una familia que tiene mucha salud, sobre todo cuando estamos todos juntos y nos reímos con las bromas. Mi casa parece una verbena cuando nos juntamos todos, no hay que ser valiente para vivir aquí, mi casa parece una feria de risa. Nos reímos de todo y de todos, sobre todo de mí y del Capullo.
El Capullo siempre se está metiendo conmigo y me obliga a beber alcohol. Cuando mi madre se va a la cocina me dice: “¡Ahora!, ¡ahora!, ¡ahora!”, me echa alcohol en un vaso, me abre la boca y me dice: “¡Aprovéchate!”. Me pongo pedo y cuando mi madre vuelve me dice: “¡Qué contenta estás! ¿Qué te han hecho estos?”. A lo que contesta mi cuñado, el Capullo: “Nos ofendes, somos una familia seria, que no nos gustan las bromas”. Y mi madre pide disculpas, “¡Faltaría más! No esperaba menos, disculpa si he dudado”, pero ya no vuelve a irse a la cocina en toda la tarde. Yo estoy cada vez más pedo y mi cuñado se ofrece: “Váyase usted tranquila donde sea menester, que aquí estoy yo para vigilar que su hija no beba más”. Y mi madre se hace la tonta: “Esperaré a ver si se le pasa un poco”.
Y así pasamos la tarde. Lo cierto es que no me gusta el alcohol, pero siempre me emborracha el Capullo.
Aunque no todo es alegría en la familia. Tengo una tía triste como los palos de escoba o más, es la persona más triste que conozco, esa es mi tía. Todo lo ve muy negro y siempre está con mal humor. Una vez se vino de vacaciones con nosotras, con mi madre y conmigo, pero no salía de casa, no quería ir a ningún sitio, es una amargavacaciones. Y tampoco quería que saliéramos nosotras. Sólo quería que estuviéramos en la terraza del hotel, jugando a las cartas, todas las noches lo mismo, el mismo rollo. Y encima con la movida que hay en Benidorm por la noche, que se te van los ojos detrás de los culos de los tíos.
En fin, que para ser feliz yo creo que también hay que ser valiente. Como ayer mi cuñado, el Capullo, que estaba mi hermana hablando por teléfono, contratando no sé qué, y él comenzó a hacer bromas para hacernos reír a todos. El comedor era un infierno y mi hermana, que ha salido a mi madre en la cosa del carácter, o sea, que es mejor tenerla de tu parte en los momentos críticos, pues se tuvo que ir a otra habitación para poder hablar.

Guay Tope Guay


Mercedes
Una fiesta es siempre algo guay, pero es que los cumpleaños en mi familia son super guays. Nos reunimos todos: mi hermano, mi hermana y yo, sus respectivos, mis tres sobrinos (dos chicos de 20 años y una chica de 17 años), y “la Isidora”, mi madre.
Lo primero que preparamos es la mesa grande llena de comida: aperitivos, aceitunas, patatas fritas, canapés, gambas, langostinos, croquetas, callos, tortilla de patata, jamón serrano, y etcétera. Cuando es el cumpleaños de mi sobrino favorito, nos vamos a casa de mi hermana a celebrarlo, y nos acompaña el hermano de mi cuñado y su mujer, con otro hijo que también es un cachondo mental.
Son muy divertidas estas fiestas porque armamos unas guapas, de todo: contamos chistes verdes y nos reímos de toda la gente, comenzando por el Capullo. Hablamos de todo sin cortarnos y lo pasamos bien, todos juntos y revueltos.
Este verano también ha sido guay de la muerte. Me fui con un grupo de compañeros cojos como yo a Lanzarote, que no es la isla mejor adaptada, pero se puede mirar. Y mi madre también vino, el hotel era una pasada, había de todo: piscina, quiosco, jardines con flores y árboles, palmeras, cafetería, peluquería, fuentes....había de todo. Teníamos todo incluido: el desayuno, la comida y la cena, que eran buffet, y un cocinero preparaba la carne o el pescado a la brasa en el momento. Era como el paraíso aquello, yo no sueño otra cosa.
Fuimos a muchas excursiones juntas. Lo que más me gustó es que fuimos en un barco a Fuerteventura, qué paseo por mar, como Ulises me veía yo. La Fuerteventura también era bonita, una playa de arena blanca y agua azul turquesa muy preciosa. Pero el Timanfaya es lo más, me encantan los volcanes y su mala leche: echabas paja y se quemaba, echabas agua y salía vapor. Cogí un poco de arena en la mano y quemaba. Lo malo, que mi madre no me dejó montar en los camellos. Ese rato me lo pasé buscando olivinas, que está prohibido hacerlo en el parque.
Llevo veinte años en este centro y he estado en muchas fiestas. Mi favorita es el Aniversario de mediados de mayo, una fiesta de una semana entera. Hay de todo: baile, teatro, la semana cultural, muchos aperitivos, muchos banquetes de comida especial, etc. Estuvo muy bien este año. Y la exposición de trabajos de los talleres, genial. Yo presenté un cuadro de “petit point”, un reloj de cocina para mi madre.
Yo me lo paso muy bien en todas las fiestas, me gusta mucho la juerga. ¿Sabéis lo que más me gustaría? Ir a un “Boys”, para ver a tíos macizos en pelotas, como los parió su madre. Se lo tengo que pedir al Capullo. En los Carnavales yo me disfrazo de embarazada o de novia, y el andador es siempre mi marido. Me he llevado muchos premios de disfraces.
Y escribo porque me apetece y me sale de las narices, es para nuestro blog de EscribirAdrede. Lo que me gustaría ahora es escribir la historia de mi vida, que es una vida muy sencilla y muy normal, por eso, la gente encontraría su vida en mi vida, no sé si eso vendería mucho pero sería hermoso. Y estoy de puta madre con los adredistas. Me lo pasó genial con las historias que salen aquí, en el taller, no hay más que leer el blog para que veáis que no miento. Hay que darle mucho al coco. Me gusta que cada día se hable de un tema porque así nuestra realidad se ensancha. 

Vaya por Dios, la muerte

  
Mercedes
En este verano hemos tenido de todo, regular, menos bueno y más bien malo.
Os voy a contar lo más bien malo de este verano. Mi madre no es joven y ya le cuesta manejarse conmigo, porque se cansa un poco. Aquí donde me veis, tan grácil y alegre, yo soy pesada como cualquier sólido, más todavía cuando me tienen que coger en brazos que cuando hablo y no me entendéis, que ya es decir.
Pues bien, nos fuimos mi madre y yo de vacaciones a Benidorm. El hotel estaba un poco lejos de la playa y mi madre empujaba mi silla. Lo peor era la cuesta arriba, al volver de la playa.
Os decía que mi madre no es joven. Pues mis tías tampoco lo son, sus hermanas. Y a una de ellas se le ha ocurrido morirse este verano, precisamente cuando más lejos estábamos mi madre y yo de ella.
Tuvimos que interrumpir las vacaciones para acompañarla en su último viaje. Y ya no era cosa de volver a la playa.
A mí me da que el tiempo de la muerte es siempre inoportuno, o sea, nunca jamás es bienvenida la señora.
Pero ya que nos empeñamos en morirnos, cosa que tampoco está tan mal, mejor hacerlo en invierno, digo yo, que los días son más cortos y hay menos tiempo para llorar.

La mosca



 
Mercedes

Aquí en el centro hay un chico que está dando todo el día la lata a los cuidadores, pidiéndoles o exigiéndoles que le coloquen el cinturón y toda la ropa. Está todo el día diciendo que va a venir una ola de frío. Y eso aunque estemos en pleno verano, a cuarenta grados.

¡Y si sólo fuera eso! Es muy cansino, siempre está echando mucha leña al fuego. Nos tiene a todos hasta las mismísimas narices. Yo no he visto nunca otra persona tan pesada como él, aburre a cualquiera que esté a su lado.

Yo digo en mis adentros: “Malo, ha llegado el cansino”, cuando va a terapia; "menos mal, se va el cansino", cuando abandona el comedor; "Al loro, que ahí viene el cansino", cuando vuelve del fin de semana.

Habla mucho y no para nunca, para nada, siempre con lo mismo. No hay humano que le pueda aguantar.

Nada más venir a este mundo ya empezó a llorar como un descosido, era el bebé que más lloraba de toda la comarca.

Incluso cuando estaba en la barriga de su madre le daba patadas igual como si fuera un futbolista, y a su madre en la tripa ya le pesaba una tonelada. La madre tuvo que contratar una grúa para que le ayudara a llevar la tripa a todos los sitios. En la hora de la siesta, cuando se acostaba, necesitaba mucha gente para poder levantarla de la cama.

Y cuando la madre dio a luz, estuvieron asistiéndola en el parto todos los médicos y todas las enfermeras que había en el hospital en ese momento, porque era tan pesado, pero tan pesado, que para sacarlo de dentro de la madre estuvieron horas y horas tirando de la cabeza del cansino, y ni por esas. Nada, se empeñaba en que no quería salir.

Como era tan pesado, los padres no podían llevar en brazos al cansino. En vez de ponerle en un cochecito de bebé, le ponían en un tractor para llevarlo a pasear por la calle.

Y por la noche, su llanto era tan potente que parecía un tornado, despertaba a los vecinos.

Creció y estaba toda la vida enfadado, nadie sabía por qué: el caso era protestar y refunfuñar por cualquier cosa que pasaba a su alrededor.

Los padres, un buen día, tomaron la determinación de meterle en un correccional para remediar sus malas costumbres.

Pero como allí no pudieron mejorar su manera de ser, nos lo han endiñado acá, para que lo aguantemos nosotros, los cojos, que vivimos sin estrés, dicen los jefes: ¿no es para mosquearse?

Cómo robar un chalet en un pinar


Mercedes
Trabajando toda la vida para ahorrar cuatro euros para poder comprar un cacho de chalet, y años de quitarse muchas cosas para poder pagarlo. Pero en un momento, los cacos se han llevado lo que han querido.
El sábado nos fuimos a pasar el fin de semana al chalet. Y al llegar, a la puerta de la valla, nada más salir del coche, mi hermana vio la puerta de su casa abierta de par en par y sospechó que algo malo había pasado.
¡¡Huy!!¡¡Está la puerta abierta!!¡¡Aquí pasa algo malo!!
Y efectivamente, pasaba algo malo.
Fue corriendo a la casa y vio que estaba la puerta rota. Cuando entró, vio todo tirado y la luz encendida. Mi cuñado y mi madre fueron corriendo detrás a ver lo que había pasado.
Vieron que estaba todo tirado, que la televisión no estaba, que el secador del pelo tampoco, y la cafetera tampoco estaba. La puerta del mueble bar estaba abierta, miraron y comprobaron que se habían llevado todas las botellas buenas que tenían almacenadas: güisqui, licor del bueno, coñac.
Entonces mi cuñado fue a hablar con el vecino para contarle lo que había pasado. Es cuando el vecino le contó que había visto un coche negro volkswagen hacía unos días aparcado en la puerta. El vecino pensó que era un amigo de la familia, y no sospechó nada. Mi cuñado llamó a la policía con el móvil para informar de lo que había pasado. Y enseguida se presentó la policía en el chalet y escribieron todo lo que había pasado y los destrozos que habían hecho.
Cuando comprobaron lo que había, se fueron al poco rato. Después volvieron otra vez con un detective a tomar huellas dactilares, el detective inspeccionó todo y nos dijo que no tocáramos nada hasta que hubiera acabado de tomar huellas. Y el detective se quedó a hacer su trabajo y, mientras, mi cuñado se fue con la policía al cuartel de la Guardia Civil a poner la denuncia.
Nos contó que allí había mucha gente en ese momento con el mismo caso que el nuestro, por lo que tuvo que esperar muchas horas para que le atendieran. Mientras tanto, mi hermana llamó al seguro para dar parte de lo que había pasado.
El vecino nos contó que a él ya le han robado cuatro veces. No sabemos si han robado más casas en esta zona.
El problema peor era que la puerta estaba rota y teníamos miedo. Esa misma tarde la arreglaron un poco, pero todavía tienen que esperar a que les pongan otra puerta nueva porque ha quedado destrozada, con un boquete que no tiene arreglo. Por lo tanto, mi hermana sigue intranquila y preocupada, porque así le pueden hacer cosas peores en el chalet.
Ha sido un golpe muy duro. Ese chalet es nuestro refugio de verano, también vamos los puentes, los fines de semana y las fiestas. El chalet está todo rodeado de pinos, y el aire huele a fresco.
Mi madre tenía mucho miedo y quería volver a la casa de Madrid pronto, no fuera que volvieran a aparecer otra vez los ladrones. Se nos ha quedado el disgusto y el miedo en el cuerpo.
Yo pienso que ahora hay más delincuencia y más sinvergüenzas que antes, no roban para poder comer, roban para vicios y droga. No se dan cuenta de que destrozan su vida a la vez que molestan a la gente trabajadora. Que roben a los banqueros y a la gente que tiene pasta, no a los pobres. En el chalet de mi hermana había comida y no se la llevaron. Sin embargo, las botellas de alcohol, sí, y lo que más dinero valía, también.
La policía le dijo a mi hermana que hiciera una declaración por escrito de todo lo que le faltaba.
Mi madre también tiene una casa en un pueblo de Toledo. Desde que murió allí mi padre, hace diez años, no hemos ido casi. Pero por desgracia también hay ladrones allí. Una vez rompieron el cristal de la ventana de atrás y entraron. No se llevaron nada, excepto las botellas de alcohol, porque no había nada de valor.

Yo no lo tengo tan claro


Mercedes
¿Por qué el mundo se revoluciona tan rápido? ¿Qué influyen en esto las personas?
El hombre siempre está revolucionado, con las guerras, con el planeta, con sus semejantes. ¿Y cuándo va a parar esta revolución?
No sé para quién será buena la revolución. A lo mejor para el hombre, no. Porque el hombre necesita un poco de calma para escucharse a sí mismo. Si se escucha a sí mismo podría evitar muchos conflictos con los demás.
Desde que empezó el mundo hubo demasiadas revoluciones, más para mal que para bien. Yo no quiero que haya tantas broncas, quiero que se pacifique el mundo, que venga la paz y que vivamos en armonía.
¿Si no hubiera tantas revoluciones, el mundo sería mejor o peor? El hombre no hubiera llegado hasta aquí, hasta donde estamos, de no haber sido las revoluciones, por sí mismo no hubiera llegado, se habría estancado a lo mejor.
Como conocemos hoy el mundo, con tanta tecnología y tantas comodidades, no existiría. La tecnología nos ayuda mucho a las personas diversas funcionales para habilitarnos en el día a día.
El hombre revolucionado ha conseguido muchas cosas. De hecho, estar parado no sirve de nada, nadie te trae nada sin esfuerzo, todo te lo tienes que currar con tu trabajo.
¿Probablemente sea buena, para ir por el camino apropiado, la revolución?

Un espacio o más

Mercedes
Era un lugar lleno de árboles, con una cascada para verla caer y oír cantar a los pájaros. A mí me encantaría ir por este sitio tan fantástico.
Yo quiero pasear por una alfombra cubierta de hierba fresca en las largas tardes de la primavera, y acostarme a dormir la siesta y sentir el aire limpio y puro.
Yo sueño con vivir en un palacio de cristal, y que sea muy amplio y que tenga las paredes y también el techo con grandes ventanales, que entre la luz y el sol por todos los sitios. Que esté en plena naturaleza, que cuando yo esté en la cama echada pueda ver el cielo, las estrellas y los luceros.
También me gustaría que no tuviera puertas mi casa, para ir afuera, a la calle, cuando quisiera. Con un cuarto de baño muy grande, con spa y una bañera con hidromasaje para poder relajarme. Con jacuzzi también en el jardín, con muchas flores y también con muchas plantas. Y con una fuente, y en las calurosas noches de verano poder salirme a la terraza para respirar la brisa suave de la noche.
Sueño con tener un gran salón de té, y en medio del salón, una chimenea, y que en los días fríos del invierno estuviese el fuego siempre encendido. Y decorado con cuadros de pintura antigua, pintados por los pintores del renacimiento. Y en el centro del comedor una mesa ovalada de modelo castellano. A su alrededor, seis sillas tapizadas a la antigua, estilo Luis XVI. Y encima en la mesa, un jarrón chino, pero con dibujos occidentales. La mesa, tan grande, que cuando vayan a venir todas mis amistades, quepamos.
A mí me gustaría una habitación tan hermosa como una plaza de toros, con una cama que tuviera cuatros metros de largo por ocho metros de ancho, y eléctrica, para que suba y baje. Y también un armario que abarcara una pared de cincuentas metros.
Sí, todo esto es muy bonito, vivir en un palacio de cristal, pero lo malo es cuando llueve, que una tarde de otoño hubo un huracán de viento y lluvia y todo voló por los aires, no quedó nada, ni un cachito del jarrón chino. Ni mis sueños.

El eufórico

Mercedes
Antonino siempre está contento y siempre mira las cosas con mucho optimismo, eufórico. Nunca verá nada negro, de tanto optimismo que tiene. Está en el paro desde hace tres años. Es un buen arquitecto.
Solía trabajar en los barrios ricos de Madrid proyectando edificios de pisos y apartamentos. Pero un día se quedó sin trabajo y, como es optimista, no se lo tomó mal del todo.
Se puso a trabajar en la empresa de recogida neumática de basuras, con un diseño anticuado de los colectores, que producía muchos olores y que había que corregir. Así volvió a ganarse algo de dinero que llevar a su casa para alimentar a sus cuatro hijos y a su mujer.
Cuando Antonino terminó la reforma de los colectores, se puso a reformar portales para comunidades de vecinos de barrios obreros de Madrid. Así iba saliendo adelante poco a poco, con mucho trabajo por su parte.
Pero él está feliz, pues puede vivir cada día y así va marchando. Los que le conoces se admiran de su optimismo. Nadie ha visto nunca una persona tan positiva como él.
Lo cierto es que su mujer lo quiere y lo apoya sin condiciones. Y esto ayuda mucho a los hombres, que son un poco niños.
Pero Antonino es un señor muy trabajador, que no le importa trabajar de lo que sea con tal de sacar a su familia de esta situación tan crítica en la que se encontraban por culpa de la crisis y de la burbuja inmobiliaria.
Viendo que aquí en su país las cosas no cambiaban, que no se construía nada y que no se construiría en mucho tiempo, y dado que su única fortuna era su talento y su formación, tomó la determinación de irse a vivir a Estados Unidos.
La mujer tenía unos primos que estaban viviendo en este país y que le prometieron ayuda. Se fue solo a ver si encontraba algún trabajo de lo suyo, en algún estudio de arquitectura, pues aquí, en su patria, no había muchas oportunidades de empleo.
Dejó su casa, a su familia, y tuvo que trabajar mucho y muy duro, en cualquier cosa. Estuvo hasta fregado platos en un restaurante de Nueva York durante muchas noches.
Pero después de muchas entrevistas, de muchas energías quemadas y de mucho optimismo derrochado, por fin metió la cabeza en un estudio de arquitectura dedicado a las infraestructuras urbanas, o sea, los colectores y todo eso. Él ya tenía experiencia, por lo que había hecho en Leganés, y se descubrió un genio de las alcantarillas, allí, en la gran manzana.
Así fue como Antonino, sin perder el optimismo, ha ido sacando a toda su prole de esta mala crisis.

El capullo de mi cuñado

Mercedes
(Con todo mi amor y mi cariño, al mejor cuñado que tengo... porque no tengo otro)
Hace unos treinta años que mi hermana me presentó al que iba a ser mi cuñado. Mi primera impresión: me pareció el sujeto más serio y aburrido que podría encontrar en el mundo entero. Pero poco tiempo después cambió totalmente mi opinión, porque pronto cogió confianza conmigo y perdió la vergüenza, como los niños pequeños. Fue durante unas vacaciones, que nos fuimos toda la familia a pasar unos días de descanso, un verano en la playa. Ya, allí, fue donde empezó a meterse conmigo y también a gastarme bromas. Me faltó al respeto totalmente, y sigue igual, pero yo lo quiero mucho porque muy en el fondo, pero que muy en el fondo, es buen chaval. Como decía antes, es el mejor cuñado, y único, que tengo.
Me traía aquí, al centro, al CAMF, cuando yo era medio pensionista. No tenía otro transporte, me traía en su coche. Yo vivo en Aluche y no podía venir desde mi casa hasta aquí, a la residencia. No hay otro cuñado en el mundo que haga esto por su cuñada, aunque estemos todo el día peleando. Será por eso de que los amores peleados son los más queridos. Hace todo lo que puede por mí y por mi madre, por eso yo se lo permito todo y se lo agradezco tanto.
Pues cuando estoy dormida, me tira de las orejas, se echa encima de mí y me dice: "perdóname, es que no te había visto" ¡¡¡Mentira!!! O, cuando yo llevaba el pelo más largo y me ponía unas cuantas pinzas para que no me cayese el pelo por la cara, este capullo me las ponía en las narices ¡¡¡Capullo!!!
Y así continuamente. También, en el invierno, cuando yo estoy bien abrigada con abrigo y bufanda, él me tira de ella para quitármela del cuello. Mi madre me peina, entonces va el cuñado y me despeina. Yo me lo paso muy bien así, porque le gusta mucho fastidiarme. Con él he descubierto que soy un poco masoca, es el cuñado de mi vida.
Estas vacaciones de Semana Santa fueron en abril, y hemos estado en la playa. Allí había un puesto con sillas anfibias, y también empleados por el Ayuntamiento para ayudarnos a los diversos funcionales como yo y meternos en el agua. Entre mi cuñado y el jefe del puesto, que ya tenemos amistad con él, me quisieron meter al mar con ropa y todo (los muy cabritos). Pero así y todo, esta Semana Santa me llevó a muchos sitios de visita. Estuvimos en bastantes pueblos y me encantó todo lo que vimos.
Pero lo que más me gusta de mi cuñado es que a mi hermana la quiere muchísimo y se lleva muy bien con ella.
Mi cuñado, las dos mejores cosas que ha hecho en su vida ha sido casarse con mi hermana y hacerle a mi sobrino.
Y aparte de esto, gracias a Dios, la vida pasa felizmente si hay amor.

Mujeres

Mercedes
Las mujeres son más generosas que lo que puedan llegar a ser los hombres. Cuando van a ser madres, por ejemplo, por los hijos lo dan todo, hasta su sangre: desde que los gestan hasta que nacen.
Las mujeres siempre han tenido más espíritu de sacrificio que los hombres, ellas pueden sostener toda la carga del hogar y la familia. Los hombres, si tuvieran que hacer tanto como las mujeres se morirían en el intento.
Se dice que la mujer es sexo débil, pero las cosas infinitas las hacen siempre las mujeres.
Los hombres tienen un instinto animal, ellos van a la guerra. A las mujeres les gusta más la paz. Son románticas, más tiernas, más seguras y más responsables en todos los trabajos que desempeñan. Y son bien eficaces a la hora de resolver todos los problemas que pueda haber, se trate de letras o de ciencias.
Los hombres son más calculadores. También son más soberbios y piensan más fríamente. La mujer es más sensible, más sociable, más solidaria. En cambio el hombre es más, mucho más fuerte por su naturaleza, tiene otra constitución. Por eso puede hacer trabajos más duros que la mujer.
La mujer no puede competir en esos trabados más bruscos. Por ejemplo, nunca será mejor minera que los hombres, que bajan a la mina a picar como si nada. O suben a un andamio, las mujeres nunca serán mejores albañiles. Ni harán mejor los surcos en la tierra que los labradores, ni harán mejor las carreteras y otros trabajos bastante más duros.
Las mujeres están mejor preparadas para hacer los trabajos más pacientes. Y para trabajar en equipo o para hacer lo que nadie quiere hacer, como escribir a máquina, coser a mano, bordar o tricotar con una tricotadora o atender el teléfono. En fin...

El avaro

Mercedes
El señor Juanito era un hombre muy avaro, que nada más quería ganar mucho dinero a costa de lo que fuera, él con tal de ganar mucho dinero hacía lo que fuera necesario. Tenía una pequeña tienda todo a cien, en un barrio muy obrero llamado La Fortuna. Allí se vendía de todo, muebles, ropa, calzados, jabón de olores, papel de fumar, agujas de coser, vino, aceite, aceitunas, azúcar, vasos, bayetas, fregonas, lapiceros, bolígrafos, jarrones, hilos, cremalleras y botones y otras mil cosas más.
Pero el señor Juanito tenía un amigo que era propietario de un gran centro comercial en un barrio de lujo llamado las Rozas. Esto fue su desgracia, pues el señor Juanito soñaba con ser igual que su amigo, el que tenía ese gran centro comercial.
Y se hizo tan avaro que no gastaba nada de dinero, por ahorrar. Ni comía ni se calentaba ni vestía, nada más por ahorrar el dinero que tenía, para el gran centro comercial. Lo guardaba dentro en un calcetín en el sótano de su casa, bajo un ladrillo. Hasta que tuvo que emplear un saco y levantar más baldosines. Ponía encima una mesa, una silla, un mueble, una cama y también un colchón. Nadie sabía dónde lo estaba escondiendo, ni siquiera su mujer y sus hijos.
El señor Juanito tendría que sacar el saco y el calcetín de aquel sótano si quería aumentar su negocio con el gran centro comercial, pero ya no podía. Lo intentó muchas veces, sacaba el calcetín y lo volvía a meter, sacaba el saco y volvía a dejarlo, lo intentó muchas veces. Negoció incluso la compra de muchos locales, que si de Galerías Preciados, que si de Simago, pero ya no podía desprenderse del saco.
Hasta que un día, de pronto, un mal fuego en su vivienda quemó todos los muebles, calcetín, saco y dinero. El fuego fue provocado por un cigarrillo mal apagado.
Y el avaro se quedó sin nada, más pobre que las ratas. Lo que son las cosas.

Apunte Pepa

Mercedes
La hija se llama Pepa.
Hace un montón de años que no los ve, a los padres, ni los llamar por teléfono nunca, ni por navidad o en los cumpleaños. Ni siquiera el día de la madre o del padre. ¿Que por qué?
Tuvieron una discusión sobre el dinero hace ya mucho tiempo. Pepa era muy joven, pero ya estaba trabajando, y un mes se le ocurrió no darles el sueldo a los padres. Lo cierto es que eran muchos hermanos y hacía falta el dinero en casa para sobrevivir. Los padres le echaron una bronca a Pepa.
Y ella les dijo entonces:
–Aquí esta el dinero.
Fue lo último que les dijo. Se lo dio íntegro y no volvió a comer en casa. Sólo iba a dormir. Y nunca más ha vuelto a dirigirles la palabra.
Así estuvo dos años, pero no volvió a darles su sueldo nunca más. Hasta que se casó y se fue de casa.
Pepa los invitó a la boda, cierto es, pero ahora fueron ellos los que dijeron que no.
Los hermanos de Pepa sí que fueron, que un hermano es otro rollo.

Son cuñadas

Mercedes
Había dos cuñadas que tenían un problema. Apenas se les veía hablar ente si y pasaban mucho la una de la otra. Esta era la consecuencia del problema.
Porque el verdadero problema de las dos cuñadas eran ellas mismas. Una, por ser demasiado lista, y la otra, por ser demasiado tonta.
Ayer era el cumpleaños de Javi, el hijo de la tonta. Había invitado a los primos y a los tíos y allí estaban todos, en la barbacoa del chalet.
Cuando llegó la hora de la tarta, la madre tonta propuso que todos brindasen con champán. Los niños aplaudieron con entusiasmo. Pero la madre lista intervino para poner orden y dijo que los niños brindarían con cocacola.
–Claro, como tu marido es alcohólico, no quieres que tus hijos lo prueben, no vayan a caer –dijo la tonta.
–Para que no te llamen imbécil, lo primero que tienes que aprender es a cerrar la boca –contestó la lista.
No era la primera bronca entre ellas y no iba a ser la última. Eran dos cuñadas incompatibles.

Aquí estoy

Mercedes
Soy la nueva en esta residencia, acabo de aterrizar. Mi habitación está fenomenal, no tengo que compartirla con nadie, es para mí sola. Es bastante grande, con una bonita terraza con vistas a la calle, que es un parque. Tiene un ventanal enorme por el que entra mucha luz. Por la mañana se mete un sol que llega hasta la mesa. La cama eléctrica sube y baja y cambia de posición a voluntad. El armario, desde el techo hasta el suelo, es muy hermoso y cabe un montón de ropa y de cosas. También hay un cuarto de baño adaptado, tiene de todo, plato de ducha, silla de baño. Tampoco es pequeño. Pero lo que más me gusta de la habitación es que no tengo que compartirla con nadie. Si tuviera que compartirla con otra persona ya no sería igual para nada, así tengo más libertad. Ya tengo varios cuadros, pero todavía no la tengo decorada como a mí me gustaría. Bueno, poco a poco. Una vez que esté como a mí me gusta, ya me parecerá más acogedora, como la habitación de una casa. ¡Hombre!, una residencia no es igual que tu casa, el personal está muy trabajado y aquí el trato es más frío. Los trabajadores, ellos te tratan lo mejor posible, hacen su trabajado como saben, pero no con el mismo cariño que tu familia, pero yo lo he aceptado lo mejor que sé. Con las personas que están en la residencia trabajando me llevo bastante bien, no he tenido una sola bronca por el momento.
Con mis compañeros, sin embargo, con unos estoy mejor que con otros, porque con algunos es imposible la convivencia. Con la mayoría me llevo muy bien, pero hay algunos que no, no puedo con ellos. Una tarde, en la clase de informática tuve un pequeño altercado con una alumna. El profesor me estaba explicando como lo tenía que hacer, sobre el escrito que yo estaba escribiendo, y entonces fue cuando María, como siempre, ella que no se calla nunca, tuvo que dar su opinión, que si se hacía así o asá. Yo le dije que se estuviera tranquila, que no necesitábamos su opinión. En realidad, le pregunté, muy borde, que si estaba hablando con ella. En mi descargo, sólo puedo decir que ese mismo día en la mañana, en el taller de escritura, salió el tema de la dignidad, y estuvimos hablando de cómo tenemos la obligación de defender nuestra dignidad. Entonces debe de haber sido que yo respondí como quien defiende su dignidad cuando alguien, o sea, María, que tiene ese defecto, se quería poner por encima de una. Fue por lo que le paré los pies, tuvo que ser eso. Otra tarde, ella me explicó que nada más me quería ayudar. Yo la pedí perdón y ya somos tan amigas las dos como antes. Pero no, ¡ja, ja, ja!, entre nosotras dos y en nuestros corazones nada va a poder ser como siempre, porque en nuestras miradas hay una inmensa frialdad. ¿En el futuro, volverá a ser todo lo mismo que antes, o no? En fin, soy la nueva y aquí estoy, aprendiendo a sobrevivir.

El niño que quería ser cantante

Mercedes
Se llamaba Iván y tenía unos cinco o seis años de edad cuando comenzó a dar la turra a su familia. Vivía con sus padres y sus dos hermanos en un piso sin pretensiones. Iván era el más pequeño de los hermanos, pero empezó a decir que él quería ser cantante cuando fuera mayor. Iván era un niño normal, incluso listo y despierto, pero lo que es voz, no tenía voz. Algún profesor decía que lo que le fallaba a Iván era el oído, pero el caso es que su voz sonaba fatal. Consiguió, sin embargo, que su padre lo matriculase en una academia de canto, para educarle esa voz. Su gran sueño era ese, cantar, pero era una quimera. Tenía una voz muy mala y, cantara lo que cantara, no ligaba una nota con otra. Pero tal era su afición, tanta ilusión le hacía subir a una tarima y meterse al público en el bolsillo, que no cejaba en su empeño por cantar. A pesar de tener esa voz tan espantosa y horrible, Iván era muy tenaz y constante, y ya podían decir sus padres lo que quisieran, que para él era como si oyese llover. Tenía unas que otras peleas con la familia, con los compañeros del colegio y con los amigos de la calle. Cuando jugaba con ellos, si Iván se empeñaba en cantar, discutían bastante. Le decían que estaba mal de la cabeza, pues ninguno se podía creer que fuera a cantar bien algún día. Iván era un luchador nato, sin embargo, nunca se daba por vencido. Por fin, un amigo de los padres les dio la mejor idea: “Lleváis a Iván a Praga, que allí hay una pedagogía de la música muy avanzada, y así descansáis también de él, y que se convenza por sí mismo”. Así se hizo. Iván le dijo a su maestro checo, que se llamaba David, que lo único que él quería era aprender a cantar como los propios ángeles, y que quería empezar ya. El maestro David le daba clase a Iván en un pequeño estudio, todas las tardes durante muchas horas, pero no todas cantando. Trabajó y trabajó durante mucho tiempo, pero Iván no se desanimaba. Pasaron tres años y no mejoraba gran cosa su voz. O su oído, que el maestro David tampoco sabía qué podía ser peor. Pero era tal la voluntad del discípulo por aprender, que hasta el maestro estaba conmovido. Se le ocurrió un día comenzar a ensayar con él la obra 4'33'', de John Cage. Qué cambio en Iván, el profesor había dado en la diana. Esta obra le exige al ejecutante permanecer en silencio durante cuatro minutos y treinta y tres segundos, sólo eso. Así fue como aquel profesor consiguió hacer de Iván un virtuoso de la música y del canto. En realidad, del silencio, pero no hay otro como Iván en este campo. Por fin había triunfado. Ha cantado 4'33'' por todo el mundo, hasta en la Scala de Milán.

Una millonaria

Mercedes
La señora era supermillonaria y todos la conocían por doña Rosa. Vivía en una gran mansión, pero estaba muy sola, no tenía a nadie. Era generosa con la gente, criados sobre todo, pero la señora no tenía a nadie que la quisiera. Su amplio jardín, tan bonito, siempre estaba vacío.
Muy cerca de esta mansión vivía Belén, una adolescente muy pobre. Vivía en una chabola muy humilde, y apenas tenía para calentarse y comer. Pero no vivía sola, estaba viviendo con su abuela Paca. La abuela Paca ya era mayor, pero tenía que trabajar mucho para poder sobrevivir ella y su nieta. Recogía cartones y otros objetos, y así podían comer las dos y Belén continuaba sus estudios.
Un día Belén se le ofreció a doña Rosa para recoger las hojas caídas en el césped de la mansión. En los días buenos del otoño, mientras hubo hojas que recoger en el jardín, Belén las recogía y después paseaba con la señora largos ratos por el jardín. Mientras estaba por allí Belén, doña Rosa no se sentía tan sola.
Pero llego el invierno y con él la Navidad blanca. Aquellos días nevó mucho y hacia bastante frío. La abuela Paca había sido previsora y había amontonado junto a la pared de la chabola muchas tablas y cartones, cubriéndolo todo con unos plásticos para que se mantuvieran secos. Había subido también a la sierra unos pocos días para recoger piñones, castañas y bellotas. Sabía que su nieta necesitaría de estos frutos para no pasar hambre. Belén tampoco tenía mucha ropa. Y de abrigo, la justa. La abuela se pasó varias noches, mientras la niña dormía, tejiendo una bufanda para ella con sus manos ya ajadas.
Abuela y nieta se querían mucho y por eso eran muy felices. La abuela Paca, en la Nochebuena, como si fuera un regalo de Papá Noel, le regaló a Belén la bufanda que ella misma había tejido.
Y mientras ellas se hacían compañía y se reían las novedades, doña Rosa cenaba sola en su gran mansión, frente a una mesa enorme, llena nada más que de exquisitos manjares, sin cariño, sin amor.
El día de los inocentes, por la mañana, Belén observó que el jardín de doña Rosa estaba muy sucio de nieve y ramas secas. Y se pasó a limpiarlo, estaba de vacaciones y tenía tiempo. Doña Rosa, al verla, le confesó a Belén que estaba muy sola y que sola había pasado la Nochebuena y que sola pasaría la Nochevieja. –La riqueza no me sirve para comprar cariño, le confesó. –Esto tiene arreglo, doña Rosa, prometió la niña Belén.
Y habló con su abuela y la abuela Paca invitó a doña Rosa a cenar con ellas en Nochevieja. Y así pudieron tomar las uvas las tres juntas y Doña Rosa comenzó el nuevo año con otro ánimo. Había cenado y tomado las uvas en una chabola, pero había estado acompañada por estas dos mujeres buenas y generosas, que habían compartido con ella todo lo que tenían. Qué poco se necesita para ser feliz, pensaba ahora doña Rosa, de vuelta a su mansión.

Víboras

Mercedes
Corrían los años noventa, estaba comenzando la década. Una de aquellas noches, a mí me operaron del apéndice en el Hospital Clínico de Madrid. Cuando terminó la operación, me sacaron del quirófano y me llevaron una unidad de recuperación. Pero al día siguiente me trasladaron a planta, a una habitación que tenía seis camas. Había allí, ocupándolas, cinco mujeres: me cuesta llamarlas así, pues a mí las mujeres me merecen mucho respeto. Tenían aspecto de persona, pero el hecho es que eran los animales más salvajes que pueda haber en el mundo entero. Todos somos animales, pero aquellas personas solamente eran eso, animales, y la habitación parecía más bien un zoológico. Más en concretamente, la jaula de las víboras, eso me pareció. Casi todas las mujeres eran viejas y muy desagradables de trato. Al verme cruzar la puerta de la habitación, me miraron como si hubiera entrado un monstruo. La más vieja era la peor, aunque a todas veía echando por la boca espumarajos de veneno cada vez que se ponían a hablar. Cuando todas se fueron dando cuenta que yo era minusválida, la más bruja les decía a sus compañeras que para qué tenía qué vivir yo, que así como soy, para lo que servía era para estorbar en este mundo, comer y un poco más. Pensaban que era tonta, pues lo hablaban todo delante de mí. Y sin cortarse ni un pelo les decían a los médicos que me pusieran una inyección para matarme. Cuando iba mi hermana a verme, le decían a mi madre que cómo podía haber criado a una hija tan fea, siendo mi hermana tan hermosa como era. En mi vida me había sentido tan mal. Cuando la más vieja de aquellas mujeres me llamaba fea, yo me decía entre mí: "Pobre, cómo se nota que no te has mirado al espejo en mucho tiempo, más fea que tú ya no puede haber nadie".