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La promesa

 
MaryMar
www.museoreinasofia.es
Cuando tenía ocho años me hice muy amiga de una chavala de mi edad, Pepa. Estábamos internas en un colegio. Íbamos a la misma clase, nuestras camas estaban juntas y comíamos en la misma mesa. En las horas de descanso también nos juntábamos y nos gustaba jugar a la pelota.
También había otro juego que nos gustaba: improvisar obras de teatro. Nos reuníamos varios compañeros y ensayábamos las obritas que habíamos inventado. Las representábamos en un salón del colegio. Venían a vernos todos los niños y niñas del cole. A veces nuestros padres y amigos. A todo el mundo les gustaban mucho nuestras obras.
Las fiestas del cumpleaños de Pepa eran memorables. Tenía una enorme mansión muy bonita. En su fiesta había de todo, según ella contaba: comida, música, baile, disfraces…Siempre invitaba a muchísima gente. Me daba mucha envidia y aquel año le pedí que me invitase y ella dijo “¿Por qué no?”. Desde aquel momento, estuve esperando que llegase el día, pero la invitación nunca llegó.
Me enfadé mucho con ella. Hablé con la dirección para que me cambiase de cama en el dormitorio y me colocasen en otra mesa. En las clases era más difícil, pues hacíamos el mismo curso y teníamos que ir juntas, pero yo no estaba dispuesta. Para solucionarlo hablé con un enfermero amigo de la familia y le pedí que me ayudase a fingir que me había roto la pierna. Me puso una escayola, habló con el médico y este me dio una baja por un mes, que pasaría en la primera fila de pupitres de la clase con la pata estirada.
Cuando pasó ese tiempo llegaron las vacaciones y nos fuimos cada mochuelo a su olivo. Pedí cambio de colegio para el año próximo.

Ojos fijos


MaryMar
MaryMar tiene fijos en ella cuatro ojos que han sufrido mucho, pero que afirman a la par, y sin dudarlo, que nadie les ha hecho daño.
Son los ojos de Ramón y de Nacho, ninguno de los dos quiere echarle la culpa a nadie de sus sufrimientos.
A las preguntas de MaryMar, ellos siempre responden que nadie les hizo sufrir jamás por crueldad.
–Admirable –concluye al fin MaryMar–, cada cual somos responsables también de nuestras desgracias. A nadie podemos hacer responsables de nuestro dolor o de nuestras tristezas, salvo si no nos divertimos.
–Ahí te veo bien, MaryMar, –contesta Ramón– porque la diversión y la fiesta hacen que en nuestra vida se haga justicia, que el reparto de la felicidad sea efectivo  y que crezca la solidaridad.
–Vaya galimatías –exclama MaryMar, pues no sabe lo que ha podido decir para que el otro saque semejante conclusión.

La Mahou


MaryMar
Qué pena, va a desaparecer la Mahou, si es que no ha desaparecido ya, me lo acaban de decir. Desaparece el escenario de mi infancia y yo ni me había enterado. Y también el Calderón.
En la Mahou tenía yo amigos, chicos y chicas. Íbamos mucho a bailar. Y siempre quise ir al fútbol, pero jamás entré en el estadio. Oía los gritos cuando había partido y esperaba a mis amigos en las puertas. Los del Atleti salían siempre tristes, siempre perdían. Pero cantaban. Somos gente muy rara los del Atleti.

Cuarenta y un novios


MaryMar

Solo he tenido cuarenta y un novios, pero no me acuerdo del primero.
Del que más me acuerdo es de Miguel, que cosía conmigo en el taller y me clavaba la aguja en el culo menos que yo a él. Era guapo y simpático como el mismo demonio.

La sonda


MaryMar
Siento la soledad sin necesidad de la sonda. Siento el lunes sin necesidad de la sonda. Siento la ventana y los árboles a pesar de la sonda.
A mi madre la siento sin necesidad de la sonda, y la siento un poco lejos. Siento a Conchi gritando en mi oreja por encima de la sonda. Pero mi madre es un poco buena, tampoco mucho.
Siento la sangre que corre por mis venas al fin sin la sonda. Siento la vida y el sol me ilumina y no tengo puesta la sonda al fin.

Volar


MaryMar
FOTO de D. Sharon Pruitt
Yo soy una chica de natural alegre. Aunque a veces me veáis un poco distraída, no vayáis a creer que estoy ausente.
Nada de eso. Estoy volando, que volar es de lo más sencillo, lo dijo alguien que inventó las alas. No tienes más que procurar que el suelo nunca roce tus pies.
Cuando estoy sola, no hago otra cosa: abro la ventana y a volar. Esto de volar es en realidad la alegría de vivir, por eso decía que yo estoy siempre contenta en el fondo.

Melancolía


MaryMar
Para mí la melancolía es una ventana y un muro ante la ventana.
Para mí la melancolía es una compañera que no se calla y un compañero que no habla. Y esta mañana bajé a hablar con el terapeuta ocupacional, pero no te voy a decir de qué.
Ayer vinieron mi madre y mis hermanas a verme, eso también es mi melancolía.
Desde estas Navidades que no sé nada de Petra, también eso es mi melancolía.
Yo creo que la melancolía es una cierta impotencia, como si la vida pasada se negase a disfrutar de la vida presente. 

Apuros


MaryMar
De mi madre me río porque es vieja, se le caen los platos de la mano, se pincha con la aguja cuando cose, se pierde en el metro cuando viene a verme. No sabe orientarse en los cambios de línea, cualquier día sale en Torrelodones en vez de en El Carrascal, y eso que en Torrelodones no hay metro que yo sepa.
Con mi asistente de escritura me río si le levanta corriendo para irse a mear, pues parece que tiene el muelle ya flojo, no debe de andar nada bien de la próstata.
Y del fisio me río si me pisa cuando bailamos, siempre se equivoca en los pasos, que está peor que yo. Es curioso, pero los apuros de los demás a mí siempre me dan la risa.
¿Y dónde está Petra?

Fuera de la ley


MaryMar
Yo quería las gafas esta mañana para esconderme. Me han presentado a un atracador y no quería verlo. El caso es que me cae bien, es guapo el condenado, y alegre.
Cuando oigo hablar de atracadores por la radio o la tele, siempre me los imaginé así a todos, jóvenes, guapos y alegres. Este que me han presentado hoy está un poco caduco ya, de la edad de James Bond aproximadamente, o sea, un viejo, pero tiene su gracia. Cómo me gustaría bailar con él, aunque sospecho que ya no tendrá piernas para seguirme.
Y para no querer verlo, digo yo que lo he estudiado demasiado bien. ¿Qué tendrá un atracador para que nos guste tanto a las chicas? Un atracador es un fuera de la ley, pero eso debe de ser lo que envidiamos de ellos, me parece, la mayoría de las mujeres. Porque yo creo que las leyes se hicieron, desde las primeras hasta aquí, desde el Código de Hammurabi hasta el Manual de Inquisidores o la Ley del Aborto, para quitarnos de en medio a las mujeres.
O sea, que una mujer desde que nace hasta que muere está condenada a obedecer. Por eso que los que se salen de la ley tienen tanto encanto para nosotras, lo mismo da un atracador que un alcalde de Marbella, aunque el harén de estos segundos es más restringido. Yo miro a la cara a este atracador que acabo de conocer y todo encaja, cada vez me parece más joven y yo, a cada segundo que pasa, quiero vivir más fuera de la ley.

Visita sorpresa


MaryMar
Ayer vinieron a verme mi madre y mi hermana Paloma con sus hijos. Llegaron al Centro, me avisaron por megafonía y bajé hasta la planta baja.
Salimos a la calle, llegamos hasta el parque y nos sentamos en un banco. Allí estuvimos charlando. Me contaron que tienen que operar a mi madre de la vista y que ya me avisarán cuando llegue el momento. Ella está preocupada por la operación, por si sale mal.
Nosotras estuvimos todo el rato sentadas en el banco, pero mis sobrinos no paraban quietos. Mi hermana Paloma me contaba que sigue trabajando haciendo la limpieza en una casa, donde ya lleva cinco años más o menos. No le pagan tanto como desearía, pero la tratan bien y eso es importante.
Sobre mis sobrinos me contaron que van al colegio, donde se lo pasan estupendamente y además aprenden, aunque no se portan demasiado bien, ya que son juguetones y algo despistados.
No les quise preocupar y no les conté que últimamente estoy algo pachucha. Me quedo en la cama muchas horas y me siento cansada.
Esta visita me alegró y me olvidé de mis males.
Después estuvimos en un bar tomando Coca-Cola y unas patatas fritas.
Les pedí dinero para comprarme pulseras. Me lo dieron. Cualquier día le pido a un voluntario que me acompañe a Parquesur y me las compro.
Esta visita me levantó los ánimos. Ojalá vuelvan pronto.

Piluca


MaryMar
Es un poco delgada, morena, con los ojos grises, muy simpática ella, y cariñosa. Trabaja en una boutique de ropa para jóvenes. Piluca viste muy elegante. Escoge la ropa de los colores más alegres, de los que están a la última moda: pantalones, camisetas, todo. Se maquilla la cara, se pinta los ojos y la boca y sale a la calle para que la vea todo el mundo.
Se pasea como una modelo por las avenidas más importantes.
–Piluca, ¿por qué no te vendes? –le digo yo, su mejor amiga–. Todos los tíos te desean. Y los más ricos, más.
–¿Pero qué te creías tú que hago, cuando me maquillo? Yo siempre estoy en venta. Lo que pasa es que nadie ha ofertado mi precio, todavía –me contestó Piluca muy segura, y consiguió desconcertarme.
–Pues yo creía que salías en busca del amor de tu vida.
–Llámalo como quieras. Pero encontraré a quien lo pague.

Envidia


MaryMar y adredista 7
Conozco a una persona que tiene envidia de todo el mundo. Se llama Rosario. No es ni guapa ni fea, ni gorda ni flaca. Regular. Es casi de mi misma edad y está casada. Su marido se dedica a diseñar piezas de aviones en el complejo CASA de Getafe. Es muy trabajador.
Suelen salir juntos de paseo y de bares. Se llevan bien entre ellos y se quieren bastante, pero Rosario tiene envidia de una compañera de su marido, también ingeniera, que se tira a toda la base, incluido el personal militar. Está segura de que su marido también se la ha tirado.
–¿Qué? ¡No me digas que con esa tampoco me pusiste los cuernos! –pregunta Rosario un día en La Cruz Blanca ante un vaso de cerveza.
–Tú sabes que no –contesta él, un verdadero pánfilo, y Rosario le cree.
Lo que más desea Rosario es ser como la ingeniera y ligar con todo el mundo e ir picando de flor en flor. Pero su marido es pánfilo y muy celoso, claro está, y si ella se dedicase a ligar le montaría un pollo.
Prefiere seguir tranquilamente con su marido y dejarse de líos. Y morirse de envidia, por supuesto.

La codicia le perdió


MaryMar y adredista 7
El tipo aquel, Carlos, era pero que muy codicioso. Sólo pensaba en el dinero. Y en sus amigos ricos, para saquearlos. Buscaba el dinero en lugar de la amistad.
Comenzó trabajando en un Banco para estar cerca del money money. A su banco iban con frecuencia señoras, a poner el dinero en una cartilla a nombre de sus hijos. Él aprovecha para seducirlas y después les hacía chantaje. Primero una y luego otra, no tenía fin aquel chollo. Las llamaba y amenazaba con irse de la lengua si no ponían sus ahorros a su nombre, en vez del de su hijo.
–María, si no me das la pasta, le cuento a tu hijo tus manejos, y sé muchos, tú lo sabes.
Con el dinero de los chantajes se fue haciendo una fortunita,  que invirtió en pisos cuando la burbuja estaba que quería que no quería iniciar su camino. O sea, que se hizo de oro en unos pocos años y se pudo comprar hasta un yate y un jet, como cualquier Pocero de Seseña que se precie.
En sus mansiones, sus muchos criados cobraban sueldos de miseria.
–Es que si os hago ricos, ya no me vais a trabajar.
Están con él porque es el único trabajo que encuentran.
También tenía otra mansión al lado del mar y solía ir allí con sus dos hijos algunos fines de semana. Sin embargo, para mantener aquello abierto tenía que gastar bastante dinero, y eso no iba con él. Dejó que se fuese deteriorando poco a poco.
Y lo mismo le ocurría con el yate, con el jet y con sus otras casas, que no hacía más que gastar y no ingresaba nada.
Fue cuando se le ocurrió, puesto que la mayoría de sus criados eran rumanos, ponerles a todos a pedir a las puertas de las iglesias, disfrazados de pordioseros. Con las limosnas se pagaban el sueldo y aún Carlos tenía liquidez para aumentar su patrimonio, en vez de reducirlo.
Pero, ay amigo, eso era intrusismo. Y otro rumano llamó a la policía y se descubrió el pastel, pues sus empleados no le tenían ninguna simpatía al señor y cantaron.
Y así fue como apareció una pareja en casa de Carlos y se lo llevó esposado.

El osado Pedro

 
MaryMar y adredista 7
Pedro es un amigo de mi infancia. Ahora cuenta con cuarenta tacos, año arriba, año abajo… Pero desde que era pequeño ha sido un muchacho muy osado, no se amilanaba ante nada.
Recuerdo una historieta ocurrida en el colegio donde íbamos él y yo, hacia los nueve o diez años. Allí había un grupo de chavales que estaba todo el día de pelea. Y le tenían bastante envidia a Pedro, ya que él era un chico de sobresalientes y ellos lo suspendían todo.
Y además, Pedro tenía un don y ellos lo sabían: que se entendía muy bien con todos los bichos.
A Pedro no le gustaba una miaja que se metieran con él. Solían tirarle piedras, insultarle y hacerle mil y una peripecias.
En casa de Pedro había una granja donde vivían los gallos, las gallinas, los pollitos, algún perro, cerdos… y todos se llevaban bien con Pedro.
Un buen día, metió a varios animales en un saco, y antes los pidió perdón: un perrito, dos gallinas, un gallo, tres pollitos y un cerdo no muy grande. Y se cargó el saco al hombro y se lo llevó al colegio.
Cuando los otros empezaron a meterse con él, Pedro abrió el saco y soltó a los animales. Estos empezaron a correr detrás de los chavales, picándoles en las piernas y el culo, o cagándose encima de ellos por todo el patio. Pedro les había explicado bien el plan, mientras venían al cole en el saco.
Los chavales camorristas, que no se habían visto en otra, corrían como alma que lleva el diablo. Pero con sus amigos consiguió Pedro alcanzarlos y acorralarlos en un rincón. Les enseñó un documento que llevaba preparado, en el que se comprometían a no meterse jamás con él ni con los más débiles. Y, si reincidían, tendrían que atenerse a las consecuencias.
Y con estas, llevó el documento y a sus amigos al despacho del director y le obligó a estampar también su firma en nombre de todo el claustro, por dejación de funciones.
Eso sí, después el director expulsó del colegio a los animales, normal, pero con Pedro no se atrevió.

De compras


MaryMar y adredista 7

Fui a comprar a El Corte Inglés, pero me había levantado un poco resacosa y no sabía el significado de la palabra Euro. Se me ocurrió buscar a un vendedor y le expliqué mi problema. Enseguida llamó a su jefe, que a su vez llamó a otro jefe, y este, al jefe supremo. Así que Dios en persona vino a mí y me dijo: “Pero alma de cántaro, no bebas tanto, que un día te vas a levantar y olvidaste qué significa banco o crédito o hipoteca o deuda, y entonces sí que me creas un conflicto de verdad con mis jefes”.

Aquel día no pude comprar nada y conseguí cabrear a todos. Y todo por no recordar lo que significa Euro.

Chillón, y mucho


MaryMar
Gabriel chilla mucho y nos asusta a las chicas, es un asocial del todo. Él dice que yo soy guapa, pero él es un estúpido por chillar, pues nos molesta mucho a todos con sus voces sin razón. Y molesta especialmente a Carmen, que no se lo merece y la tiene más cerca. Pero sobre todo me molesta a mí con sus gritos descontrolados y extemporáneos. Aquí vengo a hablar y no tengo por qué callarme, lo mismo da que lo diga él o el otro. Y además hoy tengo ganas de poner a caldo a algunos, sobre todo a Gabriel, porque yo digo siempre lo que siento, guste o no, y sus gritos los siento tanto que me rompen los tímpanos. Tiene mucho genio este chico en primavera, pero yo tengo más, aunque procuro hablar bajo para no molestar. ¡Que aprenda él también a hacerlo!

¡¡¡Mecagüental!!!


MaryMar
Me llamó la atención el cuadro que me ofrecía la mañana: un anciano se apoyaba en su cachaba para caminar y cubría su cabeza con una boina sin capar, o sea, con el rabiche tieso. Y a su lado trotaba un chucho más antiguo que el amo y mucho más feo. Los vi de lejos. Yo circulaba con mi silla por la acera del sol, camino de la piscina de El Carracal, por la Avda. de Alemania, y los dos venían hacia mí.
Cuando por fin llegué a su altura no pude menos que saludar.
Buenos días, buen hombre –dije yo, dirigiéndome al viejo, y se me ocurrió añadir, después de intentar acariciar al perro, que no se dejó, huyendo al lado contrario de mi silla– Este perro es muy asustadizo, ¿no lo pegará usted?
¡Pues para que quieres más!
¡Cagüental! –me contestó el viejo, golpeando no pocas veces con su cachaba sobre la acera– La primera persona que me saluda en este pueblo y me quiere enseñar a criar perros. ¡Cagüental! No voy a acostumbrarme nunca a la capital. En mi pueblo todos los paisanos me conocen y me saludan todos. Y no me insultan, desconfiando de mí. –y añadió, buscando con la cachaba al chucho, que continuaba lejos de mi alcance– Sultán, báilale un pasodoble, a esta señora tan metomentodo.
Y el perro se vino hacia mí, se puso de pié sobre sus dos patas traseras, me ofreció su mano derecha y comenzó a girar sobre sí mismo agarrado a mi mano: parecía una de esas bailarinas sobre hielo que no se cansan nunca de dar vueltas.
Yo me reía con ganas. Este perro era un verdadero cachondo, pero estaba claro que se sentía fuera de lugar, como el viejo, eso era lo que yo había confundido con miedo.
Perdone, señor, si le molestaron mis palabras. Sólo pretendía ser amable.
¡Mecagüental! Mi perro y yo te estamos muy agradecidos. Eres la primera y única persona que nos ha visto en esta calle, ¡cagüental! Y eso que caminamos como siempre, con la cacha y por el sol. ¡Cagüental! No nos vamos a acostumbrar nunca al extranjero.
Y los dos continuaron su paseo y yo continué rodando hasta la piscina.

Enamorada, y nada más



MaryMar
Yo estuve un día enamorada de un chico que era más guapo que la persona más guapa del mundo.
Yo le decía piropos y él también me decía palabras bonitas, palabras cariñosas:
Te quiero más que a un caramelo de fresa.
Yo a ti también, y me gustaría ser tu compañera, y que nos lleváramos bien y estar toda la vida juntos, viviendo en Granada, y hacer amigos y ver la Alhambra.
Y nada más.

No saben


MaryMar
¿Por qué me gusta escribir? Me gusta mucho escribir. Escribo para mis amigos y compañeros de la residencia.
Me gusta hablar de mi vida y de las cosas que aprendo en el taller.
Llevo bastante tiempo en los talleres de Escritura Creativa. Casi siempre he trabajado con Petra, pero ahora Petra está malita, más en concreto, coja, que se partió un tobillo en el mercado. He escrito con Manuel, con Ana, con Andrés, con Nano y con Montse.
Mi familia no sabe que vengo al taller de escritura, pero me gustaría que mi madre y mis hermanos leyeran los cuentos que escribo aquí. Si leyeran mis cuentos se llevarían una sorpresa y no se olvidarían de mí.
Y punto y final. ¡C’est fini!

Indignada


MaryMar y adredista 0
Me gustan más jóvenes y no tan cegatos, pero no me cabreo con mi suerte. Entre estar sola o mal acompañada, prefiero las malas compañías. Los que no conocen la soledad inventaron ese refrán contra natura que no repito por respeto a los que, como yo, escogemos el infierno de los feos al infierno de no tener a nadie junto a mí. Este que me ha tocado hoy de asistente de escritura no es Petra, es feo y sentimental, aunque muy poco católico. En fin, que se parece al marqués de Bradomín en lo importante, que ni es marqués ni es tiquismiquis. Me pregunta por lo que me indigna pero ya lo he contestado, y repito: No me indigna que seas viejo, que seas calvo, que seas miope o que te molesten las almorranas, me acompañas y por eso eres un ángel, que los ángeles sois todos buenos, incluidos los del infierno como tú, porque hacéis compañía, o sea, que lo que me indigna es la soledad en este mundo tan repoblado y a un minuto o menos del completo.

Por fin me hacía gracia


MaryMar y adredista 0
Estoy un poco que no estoy bien. No soy una chica vengativa, me llevo muy bien con la gente, nunca monto broncas, pero existe Emilio, que me disloca mucho. Yo no hago teatro, pero me lo encuentro cada poco a la entrada del salón de actos.
Emilio es tan simpático que no lo soporto, siempre alegre, siempre contando chistes, el último sobre Urdangarín y su ONG, que traduce Emilio “organización sinónimo de lucro”. Hasta ahí podíamos llegar, que me toque a la Monarquía.
Me puede tocar los pies, si quiere, que mira que me duelen, y me puede tocar la lotería, pero que no me toque a la Monarquía, eso yo no lo olvido.
Y todavía me contó que están retirando la publicidad del discurso del rey en Navidad. Sería otro chiste. No puedo perdonar que se ría de las desgracias de esa pobre familia, con esas pobres infantas. Estos cómicos es que no tienen vergüenza, no saben lo que es la responsabilidad. Se creen que la vida es un juego y que solo hay juerga y fútbol los fines de semana. Pues el sábado, en el teatro, mientras Emilio estaba actuando en su papel de presidiario sobre el escenario, convencí a mi madre para que me bajase por el ascensor a los camerinos, con la excusa de que tenía que buscar un disfraz. Entré en el suyo y le escondí toda su ropa de calle.
Y cómo me reí cuando lo vi salir del teatro vestido de preso, un preso de libro.
¡Delincuente! ¡Delincuente! –comencé a gritarle.
Y todas las señoras que pasaban, viéndole a él con aquella pinta y a mí con esta, cara de buena en la silla de ruedas y a mi madre agarrada a las manillas, me daban la razón:
¡Delincuente! ¡Delincuente! –gritaban todas.
Por fin sí, por fin me hacía gracia Emilio y podía reírme. Y vaya si me he reído.

Ratones


MaryMar y adredista 7

Juli es una chica moderna. Sus vestidos están siempre a la última moda. Lleva muchos adornos, sobre todo en las muñecas, ya que le gustan mucho las pulseras. Los colores de su ropa son siempre muy alegres. Le gustaría comprarse toda la ropa que ve por los escaparates, pero se da cuenta de que si la comprase, le faltaría dinero para cubrir las necesidades más cotidianas, como comer. Se permite, de vez en cuando algún extra, como por ejemplo comprarse alguna pulsera que no sea muy cara y nada más.
Pero un día a Juli le tocó un buen pellizco en la lotería. Lo primero que pensó fue en darse la gran vida, viajar por todo el mundo y comprar un coche nuevo. Pero se dio cuenta de que siguiendo ese tren de vida se quedaría arruinada en un pispás. Y decidió meter el dinero en un banco.
Pero su amiga Pilar desconfiaba mucho de los bancos y le aconsejó que guardase el dinero cerca de ella, en su propia casa.
Juli buscó un lugar en el sótano y guardó allí el dinero, cubierto por unas mantas.
Al cabo de un tiempo, cuando gastó lo que había dejado en la caja de la cocina, fue a buscar algo de dinero para hacer un buen regalo y encontró los billetes agujereados por los ratones, que allí vivían a sus anchas.
Aún pudo salvar unos cuantos, que inmediatamente ingresó en un banco, por fin.
De eso se aprovechan los bancos, de los ratones –le dijo su amiga Pilar, al enterarse, muy enfadada.

Julio no tiene miedo


MaryMar y adredista 7

Julio es un amigo que conocí hace unos meses en la pastelería donde yo trabajo hace ya muchos años. Mi padre se dedica a elaborar los pasteles, que por cierto le salen riquísimos. Yo los vendo, pero llegó un momento en el que no dábamos abasto, ya que los pedían muchísimo. Y contratamos a Julio.
Es un chico joven y nada fuerte, pero muy simpático. No le tenía miedo a nada ni a nadie. La pastelería está en un barrio en el que cada tres por dos atracan un comercio. Mi padre y yo vivíamos un poco asustados, pero Julio seguía tan tranquilo. Le insistíamos en que tuviere a mano algún palo grueso, una sartén o incluso una pistola. Pero él, ni caso.
Un buen día apareció por la pastelería un individuo desarrapado, fortachón y feo como un demonio. Llevaba una pistola en la mano y amenazó: “Esto es un atraco. Abrir la caja fuerte y darme todo el dinero si queréis seguir con vida”. Mi padre y yo conseguimos escapar. Pero Julio se quedó impertérrito. Cogió un pastel y se lo ofreció: “Toma este dulce, está buenísimo”. El ladrón se echó a reír y le contestó: “Métete el pastel por el culo, lo que yo quiero es la pasta”. Y mientras tanto, le colocaba la pistola en el pecho. Pero Julio todavía cogió un matasuegras que había dejado un niño olvidado y sopló. El ladrón se asustó y tropezó con una vitrina, a la que disparó. Le cayó toda la cristalera encima, junto con los pasteles que estaban expuestos. Salió corriendo de allí como alma que lleva el diablo y no paró hasta llegar a casa, se supone, si es que tenía casa.

Marta

MaryMar y Adredista 7
Marta es una muchacha joven y muy alegre. Vivía en Fuenlabrada con sus padres, que eran un poco mayores y la habían educado en el respeto. Era la persona más generosa que conozco. Se llevaba bien con todo el mundo y tenía muchos amigos. Daba todo lo que tenía a todos, pero los hubo que se aprovechaban de ella.
Tiene una amiga, Pilar, que le gusta mucho vestir bien, a la última moda. Trabaja en un hotel como planchadora, pero con la crisis redujeron personal y se quedó en el paro. Pasa por un escaparate: allí hay ropa bonísima, pero es muy cara. Y piensa en su amiga Marta. Va a verla y le pide por favor que le compre esa ropa, pues ella no tiene dinero. Le regala toda la ropa que le gusta y también le da dinero para sus gastos.
Y Pilar, tan discreta como tonta, cuenta a sus amigos los regalos que le ha hecho Marta. Y todos comienzan a exigirle cosas, como si fuera obligación de ella satisfacer sus caprichos. En un principio hace regalos a todos, pero se ha creado tan mal rollo con su generosidad que decide desaparecer del planeta.
Y Marta se coge un tren de largo recorrido y se pierde en los confines. Sus amigos son los que han perdido más.

Bailar

MaryMar y Adredista 6
La música me gusta mucho, sobre todo el flamenco. Cada vez que suena una canción flamenca, mi cuerpo empieza a moverse y no tengo control sobre él. Y aunque no es flamenco, la canción de Karina “Buscando en el baúl de los recuerdos” me entusiasma.
Cuando voy al gimnasio, el fisio me pone música muy rítmica y nos ponemos a bailar, ya que a los dos nos gusta mover el esqueleto. Disfrutamos un montón, acomodamos nuestros ritmos. Él, siempre atento, me avisa de que tenga cuidado, no sea que vaya a pasarme. Se menea mucho, sus manos van volando de un lado a otro y sus pies se mueven como si tuviese el baile de San Vito. Lo hacemos durante un rato largo, yo seguiría mucho más, pero llega la hora de comer. Me coge de la mano y me lleva al comedor, es un sol.
Sin embargo eso de escuchar música sentada en mi habitación no va conmigo. Para mi la única función de la música es bailar, ya sea con el fisio o con cualquier otra persona, aunque otra persona no hay.
Lo que sí pienso es que al resto del mundo les gusta el baile tanto como a mi. Cuando llega algún cumpleaños, lo primero que se me ocurre es regalar DVDs, el tema más adecuado para el que va dirigido el regalo: es por si se le ocurre venir a bailar conmigo.

Mi brazo izquierdo

MaryMar
Este brazo se me va donde quiere. Me rasca la nariz cuando no me pica. Me enseña el anillo de plata cuando no se lo pido, el que me regaló mi madre.
Tengo un brazo que no se pone de acuerdo conmigo. Cuando hacemos gimnasia en las paralelas, mi brazo no quiere agarrarse y me caería si no estuviera colgada de la grúa. Sin embargo, cuando bailo con el fisio, César, mi brazo se agarra a su cintura y no se suelta ni siquiera cuando termina la música.
Tengo un brazo que está más conectado a mi corazón que a mi cerebro, y más al fisio que a mí.
Es lo que tienen estos brazos de ahora, que se parecen cada vez más a un gato, por lo caprichosos.

Alguien tierno

MaryMar y adredista 7
Si quiero hablar de alguien tierno, lo tengo que hacer de mi madre. Es muy cariñosa con todo el mundo, sobre todo con mis hermanos, aunque yo me llevo la palma, ya que estoy enferma y tengo que vivir en una silla de ruedas. Nunca jamás se olvida de mi cumpleaños. El último fue ayer. No pudo venir a verme porque está enferma, pero me llamó por teléfono y me pidió que soplase las velas y pidiese un deseo.
Me dio una gran sorpresa, ya que me dijo que para los reyes me comprará una silla eléctrica. El modelo que me va a comprar lo probé. Con la mano izquierda no la manejo bien, con la derecha lo hago mejor. En terapia hago ejercicios para conseguir hacerlo mejor. Me pongo de pie y con el andador llego hasta la silla para acomodarme en ella.
Vinieron a verme mi hermano Benjamín, que me regaló dos jerseys, mi hermana Yolanda, que me trajo una colonia que me gusta mucho, pues se lo había dicho mi madre y mi hermana Paloma. Paloma me dio dinero, pues yo se lo había pedido. Salimos a pasear a ParqueSur. Allí me compré un anillo y un colgante con una medalla pequeña. Después volvimos a la residencia, pues era la hora de comer…

Traidor

MaryMarEl primer traidor fue un misterio.

Alegrías de la vida

MaryMar y adredista 7
A esta mujer le gustaba mucho el vino, tanto que se ponía morada. Y muy mala, que se pasaba y luego tenía problemas con la familia, que no la querían porque era un poco borracha.
Luego se fue a vivir a una residencia en la que tuvo muchos amigos que sí la querían. Allí siguió bebiendo más que antes. A veces venían a la residencia sus hermanos y la acompañaban mucho rato. Salía con ellos para dar un paseo por el CorteInglés de ParqueSur y veían muchas cosas. Uno de los de fuera de la residencia le daba siempre un caramelo.
Cuando volvía a la residencia hacía un corro todos los compañeros, hablaban de la bebida y de cómo eran ellos cuando bebían, lo bien que se sentían, y así compartían las horas más aburridas.
Y este hombre es de esa gente sexual que se emborracha sin beber vino. No lo necesita, para ponerse piripi no tiene más que pensar en las mujeres. Pensar en las mujeres le esponja el corazón.
También hay gente de corazón alegre porque se llevan bien con todo el mundo. Esta mujer que escribe es de esa clase.

La vaca en brazos

MaryMar y adredista 7
María era una cuidadora más pesada que una vaca en brazos. Asistió a todos los compañeros de la residencia, la conocíamos bien. Es de mediana edad, alegre y rellenita. Mientras atendía a los compañeros le gustaba cantar flamenco. Incluso cogía a alguno y bailaba con él.
Pero a María le encantan los crucigramas y los juegos de letras, como a mí. A veces llamaba algún residente solicitando sus servicios, pero ella estaba enfrascada con sus juegos y hacía como que no oía.
Un día la llamó el Director a su despacho y le leyó la cartilla. Le echó en cara su comportamiento y amenazó con despedirla si volvía a ocurrir otra vez que dejaba desatendido a algún compañero.
María quiere hacerle caso, pero los juegos la llamaban a gritos, sus deseos se llenaban de letras gritando algún orden urgente para ellas, no lo podía evitar. Cogió la costumbre de encerrarse en una habitación vacía, lejos de miradas indiscretas, y allí resolvía sopas de letras a sus anchas.
Hasta que un día se acercó hasta allí otra cuidadora y la descubrió. Esta se lo chiva al director, que despide a María.
María, de todas formas, vivía contenta, ya que podía jugar durante las veinticuatro horas del día.
El problema es que no tenía dinero para comprar los cuadernillos de Pasatiempos. Y no se le ocurrió otra cosa que ir un día hasta el quiosco de la esquina y robar un montón de ellos. El quiosquero que la vio, salió corriendo detrás de ella al grito clásico y cómico de “¡ Al ladrón, al ladrón!”. Empezó a salir gente de todos los rincones, cogieron a la María y el juez, un hombre cabal, que ya es raro entre los jueces, le puso como castigo dedicar una hora diaria a jugar a los crucigramas con los hijo de los vecinos.
Y María por fin es feliz. No tiene dinero para comer, pero tiene garantizados todos los cuadernos de Pasatiempos que quiere.

El hombre orquesta

MaryMar
La Pepi es una persona un poco asquitos, muy escrupulosa. Le dan asco demasiadas comidas para vivir en una residencia del IMSERSO, aunque le ocurriría lo mismo si fuese a la guardería: las judías pintas, que encima la repican, o sea, los purés de color zanahoria, las espinacas verdes, tan babosas y así, las manzanas, a todas se la imagina podridas y con gusano incorporado, los zumos de plátano, que dice que saben a ropa vieja… Y si encima tiene enfrente a un tipo poco cuidadoso, ella diría sin más que es un asqueroso, uno de esos tipos que se lava poco, que lleva la ropa sucia y las uñas negras, que huele mal, entonces ya es el acabose.
Una vez coincidió en el comedor con un compañero al que Pepi llama “el hombre orquesta” y que no es, ni con mucho, el más orquesta de todos los compañeros, pero este hacía ruidos con la boca al masticar, y de vez en cuando se echaba un regüeldo, el pobre, para que no le diese el hipo, o se sonaba los mocos con estrépito, ella dice que sacaba su klinex sucio y se los restregaba. Y dice también Pepi que a veces soltaba un cuesco mientras estornudaba como un poseso, o se rascaba el culo haciendo un coro con las uñas.
La Pepi, tan fina, no podía con el hombre orquesta y le pidió a la cuidadora que la cambiasen de mesa. A la segunda vez que protestó, se llevaron a Pepi a otra mesa, lejos de los ruidos de su hombre, pero más cerca de los míos. De momento, la Pepi no critica mi masticación. De momento.

Manu y Jorge

MaryMar y adredista 7
Manuel y Jorge siempre fueron grandes amigos. Cuando eran pequeños iban a la misma escuela. Hacían muchas travesuras.
El cerebro era Manu. Ideaba todo tipo de enredos, pero era cobarde y no se atrevía a llevarlos a cabo. Jorge era el que llevaba a cabo las fechoría: cogía ratas y las tiraba cuando el profesor estaba en la pizarra explicando, comenzaba batallas con miga de pan, echaba garbazos por el suelo de la clase, para que el profe pisara y se cayera, avisaba por teléfono de que en el Colegio habían puesto una bomba y tenían que desalojar…
Jorge siguió siendo travieso cuando creció y Manu seguía dándole ideas. Pero en una ocasión cruzó por la carretera sin mirar, vino un camión y lo atropelló. Lo dejó echo papilla.
Una ambulancia lo recogió y lo llevó al hospital. Manuel lo visitaba todos los días que podía, pero Jorge estaba cada vez peor, hasta que llegó un día en el que su corazón no resistió y murió.
La única familia de Jorge era Manuel. A su entierro sólo el amigo asistió. Manu se quedó tan solo y tan triste, pues ya no tenía a nadie que pusiese en valor sus ocurrencias, que ya no quería ni salir a la calle. Era tan grande la pena que sentía que Manu terminó por convertirse en un muerto en vida.

Mi amiga Verónica

MaryMar y adredista 7
Yo tengo una amiga que se llama Verónica. Antes nos llevábamos muy bien. Trabajábamos en un taller de costura. Ella cosía, pues era eso lo que más le gustaba, y yo me encargaba de pegar botones y poner cremalleras.
Cuando salíamos del trabajo solíamos ir juntas a pasear y al teatro, pues el teatro nos gustaba mucho. Ella después me acompañaba hasta casa. En realidad, vivíamos cerca y nos acompañábamos mutuamente.
Pasó el tiempo y un día Verónica empezó a salir con un chico e iba con él lo mismo al teatro que a pasear por ahí, las cosas que antes hacía conmigo. Y me dejó de lado.
Yo la seguía viendo en el trabajo. Pero a la salida la esperaba el muchacho. Pasearon juntos cinco años y juntos fueron durante cinco años al teatro, que es mucho tiempo. Tanto que el chico se cansó de Verónica y rompieron.
Verónica intentó entonces retomar la amistad que habíamos tenido. Pero no sabía que yo lo que estaba haciendo era tontear con el chico que había sido su novio. El caso es que era muy aburrido que terminé por darle calabazas.
–Hija, no sé cómo le has podido aguantar tanto tiempo –le dije yo por aquellos días a Verónica, que todavía le echaba de menos.
Y las dos seguíamos con nuestra vida en el Taller de costura.
Con el tiempo volvimos a pasear juntas y volvimos a ser amigas las dos.

Los juegos

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Me gusta mucho el juego del dominó. Tu mente se fija en el movimiento de las fichas y queda libre de cualquier otra preocupación. Por esto precisamente es por lo que se usa en el Centro como terapia. Siempre hay compañeros dispuestos a jugar. Yo prefiero como pareja a José Luis, pues se le da muy bien cerrar a blancas. Ganamos de vez en cuando y eso me pone contenta. También me gustan los juegos que vienen en los cuadernos de entretenimientos. Me encantan las sopas de letras, así como los crucigramas. Soy especialista en buscar la palabra adecuada y rellenar la figura. Alguna vez hago trampas porque me gusta ganar. Me resultan muy divertidos los jeroglíficos. Me cuesta un poco de trabajo descifrarlos, pero dando vueltas al final lo consigo. También me gusta lo de ordenar las frases que vienen sin sentido. Me siento a gusto cada vez que lo consigo. También suelo hacer el juego de encontrar las diferencias entre dos dibujos aparentemente iguales, Me tengo que concentrar muchísimo y se me cansa la vista, pero la alegría es grande cuando logro señalar los siete errores. A veces, cuando viene mi hermana Yolanda, jugamos al “ veoveo”. Mi sobrino Pablo se quiere entrometer y descubrir el objeto antes de que yo lo haya hecho, y eso no me hace ninguna gracia.

Poder

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El mismo día que nací yo, lo hizo una vecina mía, a la que pusieron por nombre Conchi. Su madre se quedó sin leche y mi propia madre nos amamantó a las dos.
Durante los primeros quince años fuimos grandes amigas. Íbamos juntas al mismo Colegio y jugábamos con los mismos niños del barrio. Muchas veces yo tenía que salir en su defensa, pues había un grupo de chiquillos revoltosos que se metían con ella.
Cuando cumplí los quince años, mi padre se quedó sin trabajo. Al cabo de unos meses encontró un puesto en Toledo y nos tuvimos que ir todos para allá. Allí estudie yo estudié enfermería, y terminé la carrera.
Al cabo de unos doce años volvimos a Madrid la familia. Encontré un trabajo como enfermera en un hospital de Alcorcón, pero dio la casualidad de que la directora era Conchi, la que había sido mi amiga durante los primero quince años de nuestra vida.
Pues en vez de alegrarme, me abrumaba la responsabilidad y sentí mucho miedo, pues no quería decepcionarla. Además, si yo hacía mal mi trabajo, la pondría en el brete de tener que despedirme, lo cual era un mal asunto para mí, pero también para ella.
Más que miedo, era terror lo que sentía. Y trataba a Conchi con excesivo respeto. No trabajaba a gusto. Me dolía el estómago, estaba siempre nerviosa, rompía cosas… y ella me echaba la bronca de vez en cuando, lo cual agravaba mi estrés.
Hasta que un día le dije a Conchi que quería hablar con ella. Me recibió en el despacho. Le recordé, nerviosa, lo amigas que habíamos sido en nuestros primeros quince años y las veces que la había protegido. Además, hasta me atrevía a restregarle un poco que éramos hermanas de leche.
–Eso tampoco se me había olvidado –me cortó Conchi y ya no me dejó hablar más, se había enfadado– Y también recuerdo que en este momento soy la directora y tú una excelente enfermera, pero ello no me hace olvidar que somos amigas, al menos así te considero yo, y que entre nosotras siempre estará la amistad por encima de cualquier otra consideración. ¿O no?
–Ahora lo veo claro, mira tú, pero es que te tenía tanto miedo que me estabas amargando la vida.
–No hay como hablar, para quitar las telarañas.
Y nos hicimos unas risas y todo cambió para mí. Conchi volvía a ser mi amiga y desapareció mi miedo.

Me gusta y no me gusta

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No me gusta ir en silla de ruedas. Me gustaría ir andando por mi propio pie. También salir con algunos amigos de excursión al campo y pasarlo bien. Escuchar música y bailar a su ritmo. Me gustaría saber un poco de todo, saber hacer bonitos vestidos, ser una buena bailarina, conocer el baile moderno y practicarlo a la perfección para que todo el mundo me aplauda, ir de viaje por todo el mundo, la India, Italia, Grecia… Y conocer a gente de distintas culturas.
Antes tendría que ir a una escuela para que me enseñen idiomas.
Otra cosa que me gustaría es tener mucho dinero para comprar las telas para hacer mis vestidos de fiesta, y organizar las fiestas también, a las que invitaría a todos mis amigos, que serían muchos. Y también a mi familia.
Tampoco me gusta que me piquen los mosquitos o que haga demasiado calor o que la gente se pelee o el agua fría del baño o una cama dura.
Me gusta que la gente me sonría, como yo a ellos, y que no esté triste.

El regalo inoportuno

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Nieves tenía quince años. Vivía en una casa con sus padres y otros ocho hermanos. Su madre estaba a todas horas diciéndole que tenía que ayudar en casa, en la limpieza y en el cuidado a sus hermanos. Pero a ella le gustaba jugar, irse a la nieve, pasear, ir al cine con las amigas, No le gustaba trabajar en casa.
Llegó la navidad y había que escribir a los Reyes Magos. Pasó muchas horas pensando en lo que ese año les pediría. Al final se decidió por un traje de bailarina con las zapatillas a juego, y como un regalo es poco, pidió también un perfume. Les escribió la carta y esperó impaciente el momento.
Cuando al fin llegó el día, estaba muy nerviosa. Se despertó a media noche y fue directa a mirar lo que le habían traído. Se quedó muerta cuando vio lo que había al lado de sus zapatos: una escoba, una fregona, un estropajo y un delantal.
¿Qué hacer? Rápidamente lo cogió con asco y los cambió por el regalo que le habían traído a la hermana que le seguía en edad.
Sin embargo, su hermana quedó contenta, ¡quién lo iba a decir!, con el regalo de la escoba, la fregona, el estropajo y el delantal. Y reinó la felicidad con los regalos recibidos, que no siempre se consigue.

El soy y la probreza

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Andrés había llegado a los cincuenta años defendiéndose en la vida con el dinero que le dejaba la fábrica textil de su propiedad. Había empleado a tres trabajadores para ayudarle a sacar adelante la fábrica, pero siempre trabajaron más ellos que él.
Cuando llegó la crisis, los comercios no le pedían tejidos y se vio obligado a cerrar la fábrica y despedir a sus empleados. A Andrés nunca le había gustado ahorrar y se encontró sin una perra.
Quiso pedir un préstamo al banco, pero le pedían un fondo de garantía o un aval. Pensó en su hermano Benjamín.
Andrés, que no se hacía a la pobreza, cuando se vio con dinero en las manos, lo gastó todo. Un día, no le quedaba ni para comer.
Los del banco le exigieron la devolución del préstamo. No podía hacerlo, pues se lo había fundido todo. El Banco acudió a su aval, Benjamín. Este tuvo que responder por el hermano, pero en lugar de dar el dinero al Banco, ingenuo él, se lo entregó a su hermano Andrés para que lo devolviera.
Andrés, que se vio otra vez con dinero, lo volvió a gastar en caprichos.
El banco acudió a su aval de nuevo, Benjamín, y se quedó con su casa y con su coche . El pobre Benjamín, sin comerlo ni beberlo, y esto literal, se quedó en la puta calle. Durmió durante muchos días en un banco de la calle y comía en un comedor social.
Mientras tanto, Andrés disfrutaba del sol radiante y seguía haciendo de las suyas.

Mi padre y sus recuerdos de la guerra

MaryMar y adredista 6
Mi padre, Benjamín, estuvo tres años en la guerra. Me contaba que se hizo muy amigo de un compañero y que a este le vino una enfermedad, pero, al no contar con las medicinas adecuadas, murió. Otro compañero y amigo, llamado Felipe, lo mataron de un disparo en la cabeza.
Todo esto no me lo quería contar al detalle, lo guardaba para sí. Solamente me daba la información escueta. Le costó mucho llegar a superarlo todo.
Con mucho esfuerzo tuvo que levantar cabeza para cuidar de sus hijos, que éramos cuatro y necesitábamos no solo cuidado, sino alimentación y vestido. Gracias a que tenía una mujer, mi madre, que le animaba y le ayudaba cuando quedaba paralizado por los recuerdos. Ella es una mujer fuerte y alegre, que ve siempre las cosas positivas de la vida.
Aquellos días fueron difíciles y costaba salir adelante. Mi padre conseguía el dinero con el duro trabajo en una fábrica de construcción de piezas para los aviones. Mi madre, mientras tanto, cuidaba de los niños y de la casa y cosía ropa por encargo.
Así, poco a poco, fueron consiguiendo superar una situación tan terrible.

Mujeres que luchan

MaryMar y Adredista 7
Hace unos cuantos años tenía yo dos compañeras. Vivíamos juntas en Getafe y trabajábamos en la misma joyería. Nos llevábamos muy bien.
Las joyas de la tienda en la que trabajábamos eran muy bonitas, pero muy caras, y nosotras no teníamos dinero para comprarlas. Nos gustaban tantísimo, que nos propusimos conseguir el dinero para tenerlas.
Hicimos un plan: atracaríamos a gente en la calle. Lo hacíamos muy bien: nos desplegábamos alrededor de un banco y una de nosotras, cuando veía salir a alguien con un fajo de billetes, se acercaba a la persona elegida, simulaba que tenía un mareo y le pedía ayuda. Mientras tanto, otra de nosotras se acercaba con cuidado y le sacaba del bolso el fajo de billetes. Llegaba hasta la tercera, que la esperaba con el coche en marcha. Le daba el dinero y salía disparada. Nos citábamos de vuelta en el piso de Getafe y allí nos repartíamos el dinero.
Con esta pasta nos comprábamos las joyas. Pero nos encaprichábamos cada vez de más joyas y teníamos que seguir robando para comprarlas. Hasta que organizamos un atraco a un banco. Nos metimos en uno que estaba cerca de casa y nos cubrimos la cara con unas medias para que nadie nos reconociera. Encendimos el casete y empezó a escucharse una grabación que anunciaba con voz grave que esto era un atraco y que depositasen todo el dinero en los sacos que llevábamos. Además, avisaba que si alguien quería salir del banco antes de media hora explotaría una bomba que habíamos colocado justo en la puerta de salida. Y cuando terminaba la grabación, volvía al principio. Nosotras cogíamos el dinero y salíamos echando humo.
Para no llamar la atención, seguíamos trabajando en la joyería. Ya no sabíamos donde guardar el dinero. Como no queríamos llamar la atención, pues tampoco podíamos comprar más joyas, o terminarían sospechando de nosotras.
Hasta que un buen día se nos ocurrió, por fin, atracar la joyería. Nos cogimos todas las joyas de la joyería, las que nos gustaban y las que no, y nos dirigimos directamente al aeropuerto, con el pasaje para Punta Cana. Lo habíamos organizado muy bien, nos cambiamos de identidad y ya no nos vemos, pero cada una por su lado nos estamos dando la gran vida. ¡Se siente!

Recuerdo que...

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Recuerdo que el otro día, al salir del comedor, me llevé una gran sorpresa: Allí estaba esperándome mi hermana Paloma. Había venido sola, había dejado en su casa a su marido y a su hijo Pablo. La saludé con mucho cariño. Me sugirió que llamásemos a mi padre. Lo hicimos, pero estaba durmiendo y no se puso al teléfono. En cambio, sí se puso mi madre. Lo primero que me dijo la muy pesada es que comiese bien. Le respondí que no se preocupara, que comía suficiente. Luego subimos a mi habitación a dejar lo que me había traído: ropa interior, champú, varios frascos de colonia.. Dimos un paseo al parque más cercano. Cuando llegamos y vimos los columpios se acordó de su hijo, pues a él le gustan mucho. Estuvimos hablando de él, ya tiene cinco años. Va al colegio y le gusta mucho, sobre todo la clase de expresión artística. Me trajo una pintura que había hecho. Tiene muchos colores y es muy alegre, como él. El tiempo no acompañaba, pues hacía demasiado viento, por eso volvimos al centro y seguimos charlando en el hall, después de colocar el dibujo en mi habitación. Al llegar la hora de la cena me dejó en el comedor. Le dije que le diera recuerdos a mis padres y un beso a Pablo.
También recuerdo que, cuando mis padres se hicieron mayores y no podían ocuparse de mí, buscaron un centro de minusválidos en La Fortuna, que estaba cerca de donde vivíamos. Yo estaba acostumbrada a vivir con mis padres y me costó trabajo integrarme con el resto de compañeros, que eran muchos, pero recuerdo que la amistad con Juan, uno de ellos, me ayudó a superarlo. Era un muchacho muy alegre y además un charlatán. Hablaba con todo el mundo. Era un buen compañero. Su mesa en el comedor estaba algo lejos de la mía y no hablábamos demasiado allí, pero con un poco de compañía me bastaba.

Bromas

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En esta residencia, en Leganés, tengo muchos amigos y amigas. Un día a la semana hacemos un Taller de Escritura Creativa. Viene un monitor, nos propone un tema y nos dice que escribamos sobre él. Nos ayudan varios voluntarios. A este taller vamos muchos residentes. Hay algunos que escriben muy bien y además son muy bromistas. Un día pensé en gastar una broma a una de ellas, Conchi. Me dirigí a una tienda de artículos de broma. Había de todo: mierdas de plástico, matasuegras, cucarachas y otros bichos repugnantes. Escogí una cucaracha, pues me pareció lo más apropiado. La guardé en el bolso y esperé el momento oportuno. Cuando llegó el día del taller, la escondí dentro del cuaderno de escritura de Conchi. Íbamos a comenzar a escribir, ella abrió el cuaderno y le saltó la asquerosa cucaracha encima. Entonces Conchi se puso a gritar como una descosida y salió corriendo, o sea, en la silla eléctrica. Al pasar junto a Carmen Soria, la atropelló y cayeron ambas al suelo, arrastrando a la vez a Pepe Lillo. En un pispás estábamos todos volteados, unos encima de otros, y con las sillas machacando nuestros huesos. Se armó la de diosescristo y el monitor, Andrés, pidió ayuda a los que habían quedado en pie para deshacer el entuerto. Que costó lo suyo. Todos habían tomado nota y se juramentaron para devolverme la jugarreta. Buscaron una sala e hicieron una reunión secreta para organizar la bromita. Yo lo supe demasiado tarde. Cuando llegó el día de mi cumpleaños, el cinco de noviembre, me dijeron, muy amables, que tenían un regalo para mí. Me llevé una gran alegría. Cogí el regalo, lo desenvolví y apareció una caja de madera muy bonita. Tenía una cerradura con su llave. Inocente de mí, cogí la llave y abrí el candado. Saltó un resorte que empujaba la cabeza de un payaso que me dio en las narices. Menos mal que mis preciosas gafas no sufrieron daño. Y todos ellos se meaban de la risa. Pero esto no se quedará así, el que ríe el último ríe mejor. Ya os contaré.

Gracias por la primavera

MaryMar
Lo que más me gusta de la primavera son las flores, por el color que dan a los parques, llenos de niños jugando con sus padres en los columpios.
Me gusta mucho ver a los niños, me siento en un banco y los veo jugar. Me acuerdo cuando yo era pequeña e iba con mi madre al parque y jugaba con ella y con mis hermanos. Con mi padre nunca jugué porque estaba trabajando. Había otros chicos que no jugaban con nosotros porque no les gustábamos, iban a lo suyo.
Después del parque íbamos a tomar una Fanta a un bar que había cerca del centro donde yo vivía.
En el parque, los pájaros, a mí me gusta mucho verlos y me entretiene oírlos cantar. Mi madre, para no aburrirse, habla con otras personas.
Me encanta Leganés. Suelo salir a dar paseos con mi hermano Benjamín por los jardines, y a Parquesur, para ver ropa. Él me saca a pasear. Mi madre también me saca a veces al parque, a escuchar a los pájaros. Cuando viene mi hermana, también paseo con ella y con mi sobrino.
Tengo dos sobrinos, uno de cada hermana. Uno se llama Pablo y otro Pedro, de 4 y 3 años. Son un poco revoltosos, como todos los críos. A Pablo le gusta empujar mi silla de ruedas, su madre dice que la lleva muy bien, y la verdad es que la empuja mejor que ella. Salimos al parque y les veo jugar con la pelota.
Me encanta que vengan a verme.

La pobreza

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En este mundo hay gente pobre que no tiene dinero ni para vestirse, ni para pasarlo bien con los compañeros, ni siquiera para comer. Yo misma sé de una niña, María, que fue abandonada por su madre. La madre tenía una enfermedad, sufría constantes dolores en el estómago. Al no poder atender a la niña, la abandonó diez día después de nacer. La dejó en un hospital, para que la recogiese otro tipo de gente que pudiera hacerse cargo de ella. La recogió una familia muy alegre, pero que no tenía más que su trabajo como todo patrimonio.
Mientras hubo trabajo, todo fue bien. Pero pronto no pudieron ni comprarle nada para comer a María. Sus nuevos padres iban de casa en casa pidiendo comida. Todo lo que recogían se lo daban a María. En las tiendas de ropa pedían vestidos para todos ellos. Como no recogían suficiente alimento para María, esta se puso enferma. La llevaron a un hospital. Cuando la dieron el alta, para calmar sus fiebres tenía que tomar medicamentos muy caros, que no podían pagar. Como no encontraban trabajo y lo único que tenían era la casa donde vivían y no querían desprenderse de María, pues vendieron el piso. Recibieron dinero suficiente para alimentarse y vestirse, pero no tenían un lugar para vivir. Recogieron del piso mantas y colchones y se fueron a vivir al campo, en una tienda de campaña. Han pasado dos años y aún siguen viviendo así, pero ahora en un parque de JuanCarlosPrimero, en Leganés. Con el poco dinero que les queda, siguen alimentándose y malviviendo. Y María va recuperándose poco a poco de las fiebres gracias a las medicinas que toma y al cariño de sus padres.

Mi pasión

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Cuando estoy en la siesta, estoy deseando que lleguen las cinco. Primero bajo a merendar y después voy al gimnasio. Lo importante es el gimnasio. Allí no sólo hago bicicleta. El fisio, que se llama César, me lleva caminando hasta el comedor. Yo le cojo del cuello y él a mi de la cadera, como si fuéramos a bailar. En realidad está enseñándome a andar con el andador y él hace de andador, que así voy más sujeta.
Cuando era niña soñaba con llegar a aprender a coser vestidos, repasar botones y poner cremalleras en una máquina de coser. Ahora, mi gran sueño es conseguir caminar incluso sin ningún andador. Sobre todo que me vea mi familia caminando sola. Y
bailar delante de mis compañeros de residencia, de familiares y amigos. Sobre todo delante de mis padres.
Aunque vivo en mi silla de ruedas, con la ayuda del fisio ya puedo prescindir de ella por unas horas. Suelo ir al gimnasio de lunes a viernes, desde las seis de la tarde hasta las siete y media. Allí, siempre ayudada por el preparador, pedaleo un rato. Luego balanceo los brazos como si fuera un molinillo. Cuando el fisio termina con otras compañeras, me lleva caminando hasta el comedor, sin la silla de ruedas. De esta forma voy trabajando mi cuerpo.
Tengo que conseguir moverlo al ritmo de una música, hasta lograr realizar un baile sobre un escenario, para que el público me vea. Esta es mi gran pasión, conseguir bailar, y para ello me esfuerzo. Pero antes, tengo que conseguir caminar de pie, por el suelo, yo solita. Y mandar la silla eléctrica a tomar por culo, pues estoy de ella hasta la coronilla.

Importante

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Hace mucho tiempo, cuando era una niña de unos cuatro años, me daban ataques epilépticos con frecuencia. Descubrieron un tumor en mi cabeza. Para solucionar el problema y poder seguir haciendo una vida normal, me sometieron a una operación quirúrgica. El doctor que me la hizo era un señor algo mayor. La operación fue un éxito, aunque a partir de aquel momento he tenido que utilizar gafas. Ahora las gafas son mi mejor amiga. Cuando salgo a la calle, me ayudan a ver todo lo que hay en ella, lo mismo a las personas que me sonríen cuando me saludan que a las que ni me miran. También con su ayuda hago bonitos cuadros con punto de cruz. En uno de ellos, hace unos días, he copiado la imagen de una Virgen que me regaló mi madre, poniéndole muchos colores, pues me encantan los colores. También gracias a las gafas, puedo leer fábulas, historias de amor o cuentos infantiles. Y puedo hasta hacer crucigramas y otros pasatiempos, que así me entretengo en las tardes de más soledad.

La meona

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Conozco a una chica que cuando pide a los cuidadores que la pongan a mear es porque le ha hecho efecto la pastilla diurética que toma. Los cuidadores dicen que es una pesada y se enfadan con ella. A todos nos fastidia tener que trabajar.
Cuando ven a mi amiga salir del ascensor, en la planta, ya están diciendo: “Ahí viene la meona otra vez”. Pero mi amiga no tiene culpa de nada, lo único que tiene son ganas de mear porque la pastilla está haciendo su efecto.
En realidad, no pide que la pongan en el baño más que cuatro o cinco veces cada día, cerca de la hora de la toma, por la mañana. La enfermera acompaña a mi amiga casi todos los días a la planta después del desayuno para decir a los cuidadores que la tienen que poner en el baño todas las veces que ella lo pida porque necesita depurar su organismo. Y a ella le recomienda que mee mucho, que no retenga la orina, que no se corte en pedir asistencia cada vez que lo necesite.
El conflicto siempre es el mismo: los cuidadores se cansan de llevar a mi amiga al baño mucho antes de que ella haya dejado de tener necesidad de hacer pis. Y todos los días es la misma canción, una pesadez.
Los cuidadores también tienen otros residentes que atender, pero tienen la obligación de atender a mi amiga. Si necesitan refuerzos para su trabajo, que lo reivindiquen, que yo les apoyaré y mi amiga también. Hacen un trabajo imprescindible para nosotros, vital, aunque para ellos pueda ser desagradable. Tendrían incluso que pagarles mucho más, más que a cualquiera otro. Pero han de cumplir con sus obligaciones, que no tratan con ladrillos cuando vienen a trabajar.

Es tan ridículo ganar

MaryMar
Yo tengo una amiga que piensa sólo en el dinero y no en los amigos. Muchos amigos la han dejado de lado y sola, pues en el compañerismo el dinero no vale para nada.
Juega al bingo sólo por ganar. Cuando gana, invita a sus compañeros a un café y tostadas y está de buen humor, pero cuando pierde le da rabia y lo paga con ellos. Y como pierde más que gana, los amigos acaban hartándose de sus rabietas.
Gasta el dinero también en cosas útiles, como ropa y demás. Y lo que no gasta, lo tiene en una cartilla de ahorros. Cuando salimos juntas vamos al banco y sacamos dinero para jugar al bingo, porque a las dos nos gustaba mucho. La diferencia es que a mí no me preocupa tanto perder como a ella, y a nadie se lo hago pagar, mi malhumor. Yo le digo: –El bingo es para disfrutar con los compañeros, no para preocuparse por perder un euro.
Si pierdes, tienes dos posibilidades: contentarte o enfadarte. Pero ella siempre elige la segunda.
Aún así, seguimos siendo amigas.

Amigo para compartir

MaryMar
No me importa compartir mi vida con él, lo conocí en esta Residencia y vive aquí. Es un buen muchacho, aunque un poco celoso. Si voy al gimnasio, él va detrás de mí. Es cierto que cuando me ve hablando con otras personas se queda tranquilo. Cuando salgo a dar una vuelta con otro muchacho, aunque sea de La Cruz Roja, quiere saber todos los detalles. Yo le explico que he ido a dar una vuelta y nada más. Entonces se pone contento. Sólo me deja tranquila en el Taller de escritura. Cuando voy al Taller de costura, él también va. Allí hace trabajos de punto de cruz. Ha dibujado en una cartulina un gato, que yo relleno con bolitas de papel. Me observa y sigue a su tarea. Va al gimnasio, pero yo tengo que subir a la habitación a orinar, pues me dan una pastilla y tengo que ir al servicio cada dos horas. Hablo con él antes de ir a comer. Me explica que va a hablar con la sicóloga para que le ayude a estar más tranquilo. Después de comer, se despide de mí. Yo le doy las buenas tardes y nos separamos.
Lo que tengo claro es que si esa persona me pone los cuernos, yo se los pongo a él. ¡Toma castañas¡ Desde que está conmigo siempre me busca. Yo le espero un poquito. Últimamente no sale tanto, ya no va a ParqueSur, que antes solía ir más a menudo. Se queda para hacerme compañía.

Celos

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Mi prima Mercedes y yo nos hemos criado juntas en casa, con mis padres. Somos de la misma edad, pero ella no tenía el tumor que yo tengo en la cabeza y me sacaba a pasear. Solíamos salir a un parque que había cerca de casa y allí hicimos amigos. Éramos niñas y jugábamos con ellos. A mi prima le gustaba mucho uno y le tiraba los tejos. Pero al chico era yo quien le gustaba de veras. Un día, mi prima se enfrentó con él y le echó en cara que yo le gustase más, puesto que ella era más guapa. El chico le respondió que yo le gustaba porque tenía mejor carácter que ella. Muy enfadada, mi prima le suelta que es muy poca cosa para ella y que yo también soy una muerta de hambre. El chico se enfadó por haberse metido en su vida y la mandó a paseo. Él es ya mayor para elegir a sus amigas, dice, y le dio la espalda. Y me coge del brazo y me lleva a pasear por allí, él y yo solos. Pero Mercedes cogió una piedra del suelo y se la tiró a la cabeza. Le hizo una buena brecha y sangraba, y los amigos tuvimos que llevarle al ambulatorio a curarle. Allí le cortaron un buen corro de pelo y le pusieron un esparadrapo y volvimos al parque. Mi prima Mercedes nos estaba esperando, muy triste y muy enfadada consigo misma. Estaba preocupada.