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Furiosa

 
Peva
Yo en esta puta casa he escarmentado, pero de qué manera.
No te puedes fiar del que se mueve a tu espalda, lo mismo da quien sea, pues lo más seguro es que te clave con un cuchillo a cualquier pared del centro. Y ni reparamos en el mal efecto: las paredes llenas de sangre y la gente colgada como de pinchos pasillo adelante y medio moribunda hace un efecto deplorable.
Imaginaos que viene una visita para ver a cualquier familiar, o talmente una periodista. Lo más normal es que salgan despavoridos y no vuelvan en una década. Esas personas quedan tocadas para toda su vida, y totalmente escarmentadas.
Porque esto es lo que pasa aquí, que o escarmientas o te las dan todas en el mismo carrillo. Da lo mismo que no te metas con nadie, da lo mismo que pases de todos como de comer mierda: aquí todo el mundo te conoce –como yo les conozco a ellos– y lo primero que aprenden es a buscar tu lado más débil para joderte.
Y también muchas de las personas que trabajan aquí están muy amargadas con la vida que les ha tocado vivir, pues se van haciendo mayores y se encuentran, al volver a casa, con unos maridos que en su día han querido con toda su alma, pero que ahora están calvos y feos. Y qué le vamos a hacer, es lo que pasa en las mejores familias, pero es duro. En estas circunstancias cuesta mucho pensar en positivo, pensar por ejemplo que tienes un trabajo cómodo, una verdadera lotería en estos días de tantísimo paro.
En fin, que esta vida que llevamos es para estar en un estado de furia permanente. Desde que te levantas, alguien se encargará de meterte el dedo por el ojo izquierdo con el único propósito de joderte el día y que termines en un estado catatónico. Como para pensar en disfrutar. No hay manera, siempre viene alguien a jodértelo.
Y eso que yo voy a mi bola. Pero no hay manera de pasar desapercibido. No paran hasta que te enfureces, y cuanto más, mejor. Además, como todos te conocen bien, saben como conseguirlo. “Ah, lo siento, no lo sabía”, esta es la disculpa después del desastre. Ya les vale.
Por eso que yo voy a todas partes por libre. Es más, cada vez que quedo con cierta gente, los más fiables, lo paso hasta mal. Para mí que me estoy volviendo autista. Ya no aguanto a nadie. Como los autistas, mi mundo es otro, ya no soy de este mundo y me manejo con otras capacidades completamente diferentes a las habituales. Y como los autistas, no me hace ninguna gracia que me lo digan otros y que me den coña con ello.
Pues para evitarlo y no estar furiosa todo el día, lo mejor, huir, como sea.

Miedo


Peva
Las personas vivimos llenas de insatisfacciones. Durante toda la vida nos acompaña esa sensación tan familiar de carecer de algo, y más desde que nos bombardean con publicidad como si nuestra casa fuese una aldea afgana. Sentimos que algo nos falta, o alguien, y así nos joden hasta los mejores momentos de la vida. Y terminaremos muriéndonos sin encontrarlo.
O sea, que nos pasamos la vida con este desasosiego que te cagas, porque casi nunca se consigue nada de lo que se busca, no ya en las tiendas, tampoco en la vida diaria de las emociones. Nos prometen llegar a todas partes en vuelos a bajo coste o en cruceros de saldo, y así calmar esta especie de vacío que nos corroe las entrañas.
Y el caso es que todo el mundo vuela o navega –los que pueden, claro– a los lugares más insospechados, pero vuelven igual de desasosegados de la pobreza de los demás, aquellos que visitan países exóticos desde su despilfarro.
Ya digo, no es mi caso, pero vivo igual de insatisfecha que los que viajan. El caso es que yo navego de otra manera, pero movida por la misma insatisfacción. No es la nuestra la época de Colón o Magallanes y tantos, pero lo que es navegar, ahora todo el mundo navegamos. No nos hace falta más que una pantallita para irnos a tomar por culo.
Eso sí, con la inestimable ayuda de un ratoncito, que yo llamo Mickey. Por cierto, mi ratoncito nunca fue un insatisfecho, se le ve feliz, aunque es un poco alocado. Es lo que tiene ser Mickey y ser mi fantasía, que yo no hago una fantasía de animal para ser una cosa amargada, perdería toda su magia y sería insoportable. Un animal de compañía amargado sería lo peor para personas como yo, no tan joven como mi Mickey y llena de miedos.
Porque en mi vida hubo siempre muchos miedos. Con el tiempo he aprendido a vivir con ellos. He conseguido identificar sus fuentes, disculpar su existencia, hacer que jueguen conmigo en terreno favorable y, cómo no, tomármelos como una broma de la vida.
El síndrome del miedo me ha atacado durante todos los días de mi vida, vivo en un cuerpo que no se fabricó para hacer heroicidades. Pero el caso es que con el tiempo he ido perdiendo bastantes reflejos en lo que es mi quehacer cotidiano y ya no soy esa chica de ayer.
No es que antes me comiera el mundo –si sé tanto de insatisfacciones es porque nunca conseguía todo lo que me proponía–, pero ahora nunca paso ya de comerme ni la mitad, y gracias. Y no tardará en llegar el día en que el mundo me devore a mí, ¡cosas de la vida!
Pero a eso no le tengo miedo, al final del camino. Lo que me da pavor son estos últimos tramos, en los que no hago más que tropezar y romperme los huesos.
Eso sí, lo del miedo al ridículo me acompaña desde mi más remota infancia. Recuerdo que por entonces ya miraba a los otros niños correr y veía en ellos algo que, por más que me miraba y remiraba, yo no tenía. No tenía sus piernas entonces y no las tengo ahora.
Mi miedo al ridículo ahora ha cambiado un poco y se concreta más en no dejar traslucir mis insatisfacciones, en que no se note mucho todo lo que echo de menos. Por eso que navego tanto y leo tanto, para vivir en las vidas de otros lo que yo no tengo.

Ebriedad


Peva
Se supone que para estar ebrio hay que estar con un pedo que te cagas. Pero no es cierto, hay muchas maneras de estar ebrio. Yo, sin ir más lejos, tengo momentos en que estoy ebria, ¡y sin ingerir ni una gota de alcohol!
Porque esta palabra tiene muchos significados: se puede estar completamente ebria de pasión, por ejemplo, pues cuando la pasión te empuja no hay modo de controlar. Es lo mismo que un volcán cuando se desborda la lava y, por mucho que corras, termina por alcanzarte, destruyéndolo todo a su paso. Comparar la lava del volcán a la pasión es un poco exagerado, pero queda bonito. El caso es que pareces más viva y tu cuerpo da la impresión de que rejuvenece. Es como si te sintieses indestructible a todos los ataques, o mejor, a todos los errores que amenazan tu vida, o sea, tu cuerpo y tu mente.
Claro que la ebriedad de la pasión a tope es un poco jodida, pues el pulso se acelera y el cuerpo se agota, y puedes acabar en un estrés que te cagas. Hasta los infartos suelen ser otros efectos bien documentados de esta pasión más bien tontorrona del amor.
Pero hay más pasiones que nos emborrachan como la droga más alucinógena: la generosidad es otra que tal, sin ir más lejos. Que por algo me repetía mi madre a diario aquello de que la caridad bien entendida comienza por uno mismo. Porque mi madre, aparte de ser mi madre, era muy refranera, o sea, que a cada circunstancia aplicaba su refrán correspondiente.
Lo digo porque mi madre conoció muchas crisis y me conoció a mí también repartiendo lágrimas y otros esfuerzos entre los afectados por la pobreza. Y lo mismo ahora, pues en los tiempos que corren el ser caritativo puede ser la ruina.
El paro y la depresión hacen estragos a nuestro alrededor y a mí continúa poniéndoseme muy mal cuerpo cuando veo a alguien rebuscando en los contenedores de la basura orgánica del barrio. O mismamente cuando estoy merendando en una terraza de la calle Orense, un barrio de lo más pijo, el mío, donde yo me crié, y tengo enfrente un exquisito plato de ensalada y me llevo a la boca un tomate rojo, jugosito, y justo en este momento aparece por retaguardia, de improviso, una persona con unos vaqueros todos rotos que piden a gritos una lavadora, y sin mediar palabra va y me deja el típico muñequito para que le dé algo. Me lo deja en la mesa como acusándome de estar comiendo a dos carrillos.
Y yo continúo comiendo porque algo tenía que comer, y además que lo tengo pagado. Si no, es que me iba sin más.
Pero hay tanta gente pidiendo por la calle que como empiece a repartir lo mío entre todos los que me encuentro, dentro de poco soy yo la que está en una esquina. Y la verdad, a estas alturas de mi vida sería una gran tragedia, ya estoy muy acostumbrada a ser una burguesita pija y entiendo cada vez mejor lo que decía mi madre ante mis arranques de generosidad, eso de la caridad con uno mismo.

Dientes fuera


Peva
Durante esta vidorra que me ha tocado en suerte he tenido que enseñar los dientes más de una vez para sobrevivir. Porque esto es muy duro, es un hecho, te atacan desde todos los flancos.
Hay momentos en que no te quedan más ovarios que enseñar todo lo que tienes. Me refiero especialmente, no seáis unos salidos, a ese mar de marfil que nos adorna la boca y que nos sirve para ofrecer una gran sonrisa, a veces porque sí, porque estamos contentos o generosos, pero a veces porque nos acordamos de las hienas, que es otra manera de sonreír.
Esto de la sonrisa de las hienas es así porque los animalitos tienen unos dientes la mar de monos, grandes, blancos y sin caries. Lo de la caries no lo tengo comprobado por mí misma, pero lo deduzco porque, si la sufrieran, tendrían que cambiar la dieta, y no se ha visto jamás a una hiena comiendo lechuga o berros.
Mis dientes son algo más pequeños que los de estos sonrientes animales, pero no por ello menos eficaces. Aunque también los usemos a veces para acariciar, no nos conviene olvidar su origen. Y aprovechar la ocasión, cada cierto tiempo, de enseñarlos, así, en plan hiena, que para eso están. ¿Por qué, si no, las hienas infunden tanto respeto?
Aquí, en esta casa, no faltan las ocasiones para hacerte respetar, o sea, todas esas en que los demás te pierden el respeto que te mereces. Hasta te conviene, cuando te provocan, morder a alguno en la yugular. ¡Ay, qué placer atacar a ciertos individuos! Yo les mordería hasta dejarlos sin sangre en las venas, hasta que desfallecieran por falta de su rojo fluido. Lo malo es que corres el riesgo de morir envenenada porque esa sangre, aparte de tener más espesor de lo normal, está revuelta con su buena dosis de mala leche.
Por desgracia suele haber muchos asquerosos en nuestra jodida vida. Es inevitable, y más en un centro como este, el CAMF. Vivimos aquí demasiadas personas, cada una de su madre y de su padre. A mí, por ejemplo, mi compañera de mesa me suele decir que soy muy escrupulosa. Y puede que sea cierto, pero el caso es que yo vengo de una familia educada, ¡soy de buena cuna! En mi casa se comía poco, pero se comía bien. Cuando nuestra madre traía la sopera a la mesa, ni mis hermanas ni yo nos tirábamos en plancha dentro.
Yo me he convertido con los años en una especie de conejo de la suerte, me han salido dientes por todas partes. Pero hay una diferencia entre el conejo y yo: al conejo los grandes dientes le salen de comer zanahorias, pero a mí me han crecido de beber sangre y mala leche, vamos, que lo mío son colmillos.
Además, el conejo que nos ocupa es un tanto especial, pues no es otra cosa que un personaje de éxito, la invención de un humano muy imaginativo. Lo mío en cambio es real, muy real: de tanto enseñar los dientes me he convertido en una vampira, pero a mí todavía no me ha descubierto ningún director de cine. O sí, vete a saber.

Desesperanza


Peva
Foto: D. Sharon Pruitt
Dicen que la esperanza es lo último que se pierde, ¡eso dicen! Nosotros los humanos necesitamos de la esperanza para sobrevivir. ¿Cómo se podría vivir ahora sin tener esperanza? Vivimos en tiempos inciertos, que un buen día saliste a la calle y se te puso cara de parado de larga duración. Y empiezas a caminar por la acera en busca de nada, como tantos días. Te has dicho: “¡Hala, me voy a dar una vuelta!”, pero en realidad lo que esperas es encontrar algún rollito que te dé de comer, pues no tienes un duro y tienes que comer, que el paro es tan jodido que no te quitó el hambre. Aunque hoy es tu cumpleaños y te atreves a esperar incluso más: te encantaría darte un homenaje, una docena de pasteles y una flor. O mejor todavía, esperas que aparezca en tu vida un mecenas y te diga por fin: “Parado de larga duración, hoy es tu día de suerte. Vente conmigo, que tengo un bello trabajo para ti, un trabajo que está hecho a tu medida”. Solo con mirarte a la cara ha adivinado lo que siempre te gustó hacer en la vida. Y con este trabajo tan bello vas a disfrutar a tope, pues el tipo ha sacado su varita mágica, te ha tocado la cabeza con ella y ha llenado tu sesera de las mil historias inéditas y bellas que siempre quisiste imaginar. ¡No tienes más que ponerte a escribirlas!
Sí, la esperanza es lo último que se pierde, pero se pierde. Y cuando pierdes la esperanza entonces sí que estás jodida. Entonces sí que te puede cambiar la vida de un día para otro. Yo creo que la desesperanza es mucho peor que tener una enfermedad grave. Sabes cuando aparece la desesperanza en tu vida, pero nunca sabes cuánto va a durar. El parado de larga duración termina desesperando, y entonces sí que no sabe qué hacer con su vida. Debe de ser trágico levantarse cada mañana para no hacer nada.
Bueno, yo no tengo que irme muy lejos para comprobarlo. En esta residencia pasan mucho esas cosas, la gente se levanta de la cama para nada y se muere cuando le llega la hora. En realidad se levanta todo el mundo para comer y la mayoría no hace otra cosa.
Pero en mi caso, la desesperanza es por ejemplo bajar en el ascensor (por las escaleras lo tengo francamente difícil) y saber que no habrá nadie esperándome para darme un rato de charla. Lo cierto es que yo tampoco me prodigo mucho que digamos. He que reconocer que yo voy mucho a mi bola y tengo que dar la razón a los que me tachan de ser un poco borde. Por cierto, declaro aquí mismo que no pienso cambiar para nada, ya soy un poco mayor para eso.
El caso es que me han hecho muchas putadas a lo largo de mi vida y por ello el ser humano ya no me ilusiona como antes. Vivo desesperanzada y soy borde porque he aprendido que los humanos somos muy complicados y muy egoístas. Cada cual tiene su biografía y sus propias necesidades, y yo he perdido la esperanza de encontrar al amigo dispuesto a respetarme, que no arrebatará mi libertad, aunque a ratos pueda echarlo de menos.
Siempre un amigo te robará una parcelita de tu intimidad, pero que nadie pretenda hacerse conmigo porque no me va a encontrar. He de reconocer que hace algún tiempo tuve dos amigos que me hicieron sentirme libre, Jesús y Juan, ellos dos sí comprendían que yo era una persona que, a pesar de mi silla, tenía que hacer lo que me salía de los ovarios.
Ellos me alegraban los días, pero en la vida también hay que aprender a despedirse. Hay que saber recibir a la amiga muerte como se merece, con agradecimiento, pues si no muriese nadie hace mucho que ya no cabríamos en este planeta. A esta conclusión me han llevado mis vistas a ParqueSur en día de fiesta, con todas las tiendas abiertas y la gente por allí, que no va a ninguna parte y que parece que no sabe ni andar, o mejor, que lo hace sin cabeza. Cada vez que veo a todas estas personas sin rumbo fijo, agradezco que la muerte haga sitio a nuestras futuras generaciones. En fin, que las despedidas son inevitables y dolorosas muchas veces, y precisamente por ello no estamos obligados a saludar al primero que nos crucemos o abrir la puerta al que se le ocurre llamar porque pasaba por ahí.
Con todo, la desesperanza es terrorífica. 

Decente entre comillas

 
Peva
Todo el mundo es decente hasta que no se demuestra lo contrario, por eso lo de las comillas. Sin embargo, hay personas que son pero que muy decentes.
¿Qué ocurre entonces para que no se hable de ellas? Según está poniéndose nuestra vida, cada vez más complicada, que todo son problemas, que para buscarte la vida ya tienes hasta que mirar en las basuras, todo ello implica que la decencia comience a cuestionarse entre los únicos que la hacemos mandamiento, o sea, los que creemos en ella, los de abajo, también llamados pobres o tontos del culo. La decencia es nuestra originalidad, pero tan apretados vivimos que el listón está bajando un tanto por debajo de la media.
Pero centremos el problema: yo estoy convencida de que la decencia es antisistema, es una bomba, puro terrorismo contra los poderes que nos gobiernan y, lo que es peor, que inspiran el pensamiento y la conducta. Ser decente es imposible si eres neoliberal, estás en el poder o tienes amigos poderosos. Pues eso, si son corruptos todos los poderes, ser decente es imposible, cosa de tipos mal informados o de tontos del culo. Deportistas, banqueros, sindicalistas, toreros, alcaldes, ministros, locutores, cantantes, escritores, cineastas… todos están dopados o subvencionados. Nos libramos los cojos, porque no tenemos sindicato ni nos ampara la SGAE.
Pero a pesar de que la vida esté muy jodida y nos enseñen a darnos de puñaladas unos a otros, es mejor ser una persona decente. Ser alguien en quien poder confiar es una satisfacción, y para el prójimo, una suerte. Yo, sin ir más lejos, no confió ni en mí misma, y eso que soy decente, que no soy ladrona. Pero es que la confianza exige de unas atenciones y cariños que ya no estoy dispuesta a regalar. En realidad, con la decencia pasa lo mismo, la decencia no es para todos igual. La decencia es como una goma, se estira más o menos a conveniencia de la persona que la estira. Porque los seres humanos no somos todos iguales, y los hay que miden con más atención la anchura del tanga o del top que el peso del oro robado. Y para eso, qué queréis, la decencia que sólo mide bragas se puede ir a hacer puñetas.
Lo que peor llevo de la decencia de los pobres es la obediencia. Cuando de repente un día vas a trabajar y el jefe te llama al cuchitril que tiene por despacho. Y el trabajador se sienta allí, en la punta de la silla, ya de por sí incómoda, porque ya se figura para qué lo ha llamado. No se atreve ni a usar todo su culo para sentarse y, sin embargo, consiente que le estén dando durante toda su vida laboral. Porque este currito ya ha adivinado para qué le han convocado al despacho del jefe, que le dice con lágrimas en los ojos, ¡también hay jefes sensibles!, que no le queda más cojones que mandarlo a la puta calle, que tiene que botarlo a la calle porque ni siquiera tiene un puto duro para pagar su despido. ¡Y el currito se lo cree!
Esto es lo que peor llevo, que se lo crea, en vez de coger la silla, primero, y con ella de ariete romper todo el mobiliario, y coger después los ficheros y tirarlos por la ventana y, a continuación, esto ya sería de traca, coger uno de los palos de golf del jefe, uno de hierro bien gordo y pesado, y con él partirle la cabeza.
Mira que a mí no me gusta la violencia, pero cuando hablo de decencia nunca encuentro otro final.

La crueldad


Peva
Hay muchas maneras de ser crueles. Y tan desconcertantes que ya desde niños aprendemos este arte.
Porque para ser cruel no debe de necesitarse más que miedo, según los clásicos, que de esto sabían horrores. Históricamente, las relaciones de los humanos están llenas de crueldad. Y más por la parte de los hombres que de las mujeres, que por una Medea en la historia de los mitos hay cien mil padres que se comen a sus hijos, empezando por los dioses.
Para ser cruel se necesitan grandes dosis de sadismo, ser como de otra pasta. No debe de ser algo que se aprenda, aunque con los años se puede mejorar. Es como todo, si te entrenas terminas superándote.
Las mujeres también podemos llegar a ser buenas brujas crueles, o sea, brujas de verdad, no de las que los curas quemaban en la hoguera porque no les obedecían, pobrecitas. Las mujeres tenemos razones para el miedo, o sea, para ser crueles. Y si no había otras más poderosas, las víctimas de las hogueras nos continúan aterrorizando: ¿por qué, si no, continuamos obedeciendo a estúpidos maridos o estúpidos jueces o estúpidos gobernantes?
Decía yo que el miedo desata la crueldad, pero hay ambientes extremos que la favorecen más que otros, como pueda ser la pobreza. En cambio, siempre pensamos que la educación es una vacuna contra la crueldad, lo cual es una ingenuidad, pues la historia está plagada de gentucilla tan cruel como inteligente.
Nada más hace falta que recordar la crueldad en los niños para caer en la cuenta de que la crueldad no es un misterio. Estos enanos que pululan a nuestro alrededor se defienden de las agresiones y del miedo con un arsenal de maldades de cojones. Se están entrenando en realidad.
Porque estos enanos crecen –como una lata de sardinas, la niñez también caduca, que todo lo bueno se acaba–, se hacen más concientes de quiénes son sus enemigos y las crueldades que antes hacían hasta gracia hoy ya se ven con otros ojos. Y si no se moderan, las hacen tan gordas que terminan en Carabanchel.
Claro que esto no debe de importar mucho ya, puesto que esta cárcel fue derribada, aunque no por ello se han borrado los crímenes cometidos entre sus muros. Ahora los malos van a Meco.
Yo nunca fui a Carabanchel ni de visita, pues mi padre estaba encerrado en el Penal de Burgos y yo no había nacido. Con eso ya tengo bastante, con eso y el exilio.
Pues hablando de crueldad, no están mal traídas las cárceles. Que no seré yo quien llore por los muros de Carabanchel, esa vergüenza. Pero puestos a tirar, por qué no destruir Cuelgamuros, esa cruz de la ignominia levantada, además, por unos ateos, y en régimen de campo de concentración. He ahí otro monumento a la crueldad y al miedo de los poderosos. Un monumento que, en vez de dinamitarse, se está reconstruyendo para vergüenza de la cruz y de todos los evangelistas.

La pasión de crear

 
Peva
Yo estoy siempre escribiendo, o sea, creando, porque cualquier palabra mía en una cuartilla –o en la pantalla del ordenador– es el comienzo de una buena novela, que las novelas malas no las escribo yo. La manera de vivir de una coja es un continuo renovarse, lo cual te preserva de caer en la desidia y el aburrimiento. Esto, en los tiempos que corren de pobres seres humanos con la cabeza hueca, que hay tantas cabezas huecas como arena en las playas, es una gran suerte.
Os lo aseguro, mi vida es muy creativa. Yo, y las personas como yo, desconocemos vuestras obligaciones de personas estresadas. Por no tener, no tenemos ni esa hipoteca que os está causando tan grandes males, del tipo de comeros el coco o dejaros sin el alimento para vuestros hijos. Nosotros los minus podemos, los que no cometimos el error de ponernos a trabajar, dedicarnos al arte, que es un campo infinito.
Para la creatividad no todo el mundo está capacitado. No es tan fácil tener vacía la cabeza y hacer sitio en ella para el humo, que no otra cosa es una obra de arte, mucho humo y un poco de constancia. Para ejercer de creativa como yo, no hay más que dejarte llevar por la imaginación a cualquier parte del planeta, o dejar que tu mano escriba chorradas como estas que escribo ahora mismo, que no importan a nadie pero que a mí me entretienen.
Pero las hay que gustan al personal y entonces se produce el milagro: tus chorradas sirvieron para salvar la tarde de un pobre hipotecado.
En fin, que yo suelo crear para mí, y si sale bien, le gusta al personal, y si sale regular, me gusta a mí. Porque a mí siempre me salvará del tedio la escritura, lo cual al fin y al cabo es lo que importa. Si entretienes al personal, entonces ya es la leche, aunque tampoco importa mucho. Siempre lo he dicho: a mí me dan una hoja en blanco y es el mejor regalo: hasta que no la embadurno no paro. Yo creo que nací para ensuciar hojas, lo mismo que Miguel Ángel para ensuciar paredes.
El pintor coge los pinceles y pinta. Poco a poco, la pared le devuelve el tema que pintaba: eso es crear, pintar unas figurillas que ¡de repente! otros también saben leer como tú las leías en tu cabeza. Así fue como se pintó la Capilla Sixtina, con un ataque de fiebre que nos ha dejado al personal con los ojos a cuadros, a todos los que tenemos la capacidad de emocionarnos y el tiempo para disfrutar de esa emoción.
Pues lo mismo pasa con mis cuentos, que si he recordado ahora a Miguel Ángel es por eso, porque a los dos nos ataca la fiebre de la misma manera. Nos sobra tanto calor que lo regalamos a los pobres mortales, dándoos la posibilidad de contemplar maravillas o leer páginas cojonudas.

Cosas pequeñas...


Peva
…grandes o pequeñas, qué más da, esta no es la cuestión… Porque la vida siempre te da algo, para quitártelo después… Y de este proceso te das cuenta con los años, que es lo que más jode. Para ser feliz hoy me tengo que olvidar del mañana, acercarme ahora a lo bonito de la vida sabiendo que hay que agarrarlo por los cuernos porque no va a durar mucho.
Para mí, la libertad que tengo ahora es un verdadero lujo, y no es precisamente algo pequeño. Pero tampoco puedes bajar la guardia porque la libertad pende tan solo de un hilito, tan fino que si no lo cuido se me puede romper entre mis dedos de cristal. Es algo tan pequeño que el día menos pensado puede hasta desaparecer. Es como una pequeña ilusión, y todo dependerá de mí, de cómo me cuide para que esta pequeña cosa, casi la felicidad, no se me vaya de viaje y se quede conmigo.
Por eso, las pequeñas cosas hay que atraparlas y, a ser posible, no dejarlas escapar. Yo he tenido a lo largo de mi vida grandes pequeñas cosas que han dado sentido a mi vida de señora con el culo pegado a una silla de ruedas, silla que he sabido manejar con soltura y elegancia para que ella no me manejara a mí.
Pues sí, estas pequeñas cosas también me las he tenido que currelar yo solita. En aquellas noches tan largas, cuando el puto insomnio casi no me dejaba dormir, pensaba mi vida futura e iba aprendiendo con lo que nunca tendría.
Cuando eres pequeña, o sea, una tierna infanta, eres de lo más confiada. El ambiente familiar te protege, estás entre algodones, y así es muy difícil desconfiar. Porque para desconfiar de una madre, por ejemplo, hay que tener una mente de lo más perversa y diabólica. Un niño de un año o de dos no es así, es un poco difícil que alcance esas cotas que le atribuyen los guionistas de cine. Entre otras cosas, porque un niño no piensa, que ahí está el peligro. Para ser desconfiado hay que retorcerse la mente y practicar mucho, o ser hijo de banquero, o sea, de usurero. Vamos, que hay que ser un mal bicho o haber tenido una vida podrida.
Hay profesiones que lo dan. Los banqueros, en el último siglo, sólo han legado de positivo a la humanidad el cajero automático. Todo lo demás han sido desastres. Y el más lamentable, ese concepto de la seguridad que nos han vendido a todos como lo más importante de nuestras vidas, o sea, como si todos tuviésemos un banco en vez de ser estafados por ellos.
Pero se me ha ido la pinza, quería decir que un banquero tiene por obligación ser desconfiado, porque es la profesión del dinero y, claro, el dinero es muy desconfiado y cada cliente de un banco puede ser un peligroso atracador.
¡Hasta un minus puede entrar a un banco y llevar escondida en su silla una metralleta! ¡Y ahora que lo digo: esto de esconder armas entre las piernas para una minus como yo es lo más fácil del mundo! ¿Cómo habré podido ser tan gilipollas, que me he dado cuenta tan tarde?
Toda la vida temiendo por mi seguridad, y no me daba cuenta de que estaba guardándoles el dinero a los banqueros con mi miedo. No hay como escribir para descubrir las grandes verdades. O pequeñas, que poco importa. El caso es no tener miedo al futuro y vivir los regalos del día de hoy: ¡y organizar el atraco a Caja Madrid!
¿Pero cómo seremos tan gilipollas que nos estamos dejando atracar por los banqueros? En la crisis del 29 se suicidaban los banqueros: en esta de ahora nos suicidamos los ciudadanos. En menos de un siglo le han dado la vuelta a la tortilla ¡y luego dicen que no les gustan las revoluciones! No hay como las pequeñas cosas para poner a los banqueros en su sitio, en el pasado.

Mala racha


Peva
Últimamente, mi grado de satisfacción es nulo, ¡y por qué será! No hago nada que me guste, vivo y leo y escribo sin ganas, pero lo más preocupante es que hace mucho que ni voy a Madrid. Y esta puta residencia es demoledora. Aquí no se puede estar dos días seguidos encerrada sin ver fantasmas de otro mundo, que pululan por las habitaciones sin ningún recato.
Yo, para no morirme y que me lleven los zombis, tengo que salir de aquí, vamos, carretera y manta. Es lo que antes hacía, tenía más fuerzas, más ánimo, y huía de los malos rollos de estos muros. Pero es que ahora no me encuentro, no estoy a gusto ni conmigo misma, y claro, cómo voy a tener ánimo para aguantar a los humanoides que pululan en mi entorno, imposible.
Me estoy haciendo vieja y mi grado de insatisfacción se ha multiplicado por cien. Y lo peor de todo es que la vejez ya no se cura.
Era feliz cuando era joven, con esa dicha que da la inconsciencia de los pocos años. Tenia de todo y yo ni me daba cuenta. Vivía hasta en la Castellana –las Koplowitz eran vecinas mías– en una casa cómoda, más bien grande, ningún obstáculo me impedía andar por toda ella con la silla de ruedas. El pasillo era una gozada, muy amplio y hermoso, daba gusto pasar de allí a las habitaciones, amplias, llenas de luz, con unos grandes ventanales que habían enamorado al sol, qué gozada vivir allí.
Convivía con mi familia y con un estilo de vida que había hecho mío sin esfuerzo, de estudio, de libertad, de tertulias, ¡oh mi padre de tertulia con sus amigos! Vamos, que era otro mundo, otra manera de ver la vida, puede que más pija, eso sí, pero me gustaba más.
Puede también que el paso del tiempo haya cambiado a ésta que escribe, y que haya cambiado sobre todo mi carácter, pero lo cierto que es que yo por aquel tiempo era feliz.
Pues lo dicho, que ésta no es una de mis mejores épocas. Me paso en este puto centro la mayor parte del día y el encierro me está afectando psíquicamente. Los años me han quitado fuego y las ganas de hacer cosas con mi vida. Pero lo peor es que me doy cuenta de ello y comienzo a echar de menos mi gran momento, cuando yo era feliz sin enterarme, ¡es para llorar!

Autorretrato


Peva
Para hacer la especie de análisis sobre una misma que exige el autorretrato hay que ser muy critica con la menda, o sea, conmigo, y esto es peligroso. Si no eres una tía madura, puedes llegar a fantasear cosas que no eres y que querrías ser. Claro que si me doy jabón a mí misma tampoco con ello perjudico a nadie.
Pero en fin, diría que hay dos personas en mi vida que se merecen todo mi respeto y cariño: son mis padres. Mi madre, por supuesto, hizo una especie de milagro conmigo, al creer en mis posibilidades físicas más que yo misma. A mí me costaba mucho hacer cualquier cosa, ponerme de pie o lo que fuera. Por ejemplo, ponerme cualquier prenda de vestir era un problema. Pues mi madre, con su perseverancia y poco a poco, conseguía que llegara a ponerme las prendas más difíciles de poner. Y aunque yo tiraba la toalla con demasiada frecuencia, ella siempre estaba allí dándome la coña. Hasta que no conseguía su propósito no paraba, por más que yo dijera que no podía. Siempre ganaba ella la partida y, naturalmente, también la ganaba yo, pues conseguía hacer de mí una chica un poco más independiente.
Esto de la independencia ha sido siempre para mí una especie de meta muy costosa. Y como todo lo que cuesta un gran esfuerzo, lo deseaba hasta con rabia, tanto era así que, antes con mi madre o mi padre y después por mí misma, he conseguido ser una mujer casi independiente durante toda mi vida.
Yo, cuando era más joven, pasaba casi todo el tiempo leyendo las historias de otras personas y me gustaba mucho hacerlo, nunca he abandonado la afición, ¡ya lo creo! Pero cuando vas creciendo te das cuenta de que tienes la obligación de vivir tus propias historias. Ya no te sirve la vida de otros, aunque sean tipos geniales, sus historias son cojonudas pero no son la tuya. Mi vida era mi vida, aunque fuera algo diferente a esas de novela y aunque me equivocase. ¡Pero quién no se equivoca alguna vez!
Necesitaba de esas equivocaciones, necesitaba aprender de ellas y darme yo sola la gran ostia. Que tampoco es inevitable darte la ostia, pero será la ostia perfecta para salir del pozo profundo en que muchas veces has caído sin saberlo. Y aunque el pozo sea muy profundo, siempre hay alguna persona en la vida real que te arroja una cuerda y te salva la vida.
A veces hasta he agradecido haberme caído al pozo, pues he salido mojada de agua pero también con algo mas de experiencia, con la recompensa de ser mas sabia.
En fin, que yo creo que para ser resuelto ha de haber mucho de educación y mucho de seguridad en ti misma. Has de haber vivido una vida sin preocupaciones, como yo. Y cuanto más resuelta eres, la vida es más fácil y la risa te sale más suelta, fluida como la de un niño. No me explico cómo los niños son capaces de reírse hasta cuando su madre le hace cosquillas en los pies, que esto a mí me sienta como un tiro. Y sin embargo un niño se desternillará de risa siempre.
Como nosotras, o sea, mis hermanas y yo un día de primavera, ¡cómo me gusta a mí esta estación! Bajábamos aquel día al chiringuito en la esquina de nuestra casa. Teníamos muchas ganas de juerga: sabido es que hay días que una se ha levantado con los dos pies en el suelo al mismo tiempo, pues estos son los días que hay que aprovechar para pasarlo de maravilla, que a saber cuando llega otro. Estábamos allí las tres sentadas tan tranquilas cuando de pronto pasó ante nosotras un hombre de lo mas cachas, un rompecorazones, de esos que cada paso que dan es para hacer otra conquista, vamos, de los que se comen el mundo. Y mira tú por donde el tipo, que se creía un dios heleno, va y tropieza, se tambalea y se cae al suelo cuan largo es…
Nosotras, las tres brujas, como nos llamaba mi padre cariñosamente, vimos toda la secuencia en primera fila, tanto que se despanzurró a nuestros pies… Fue la mar de gracioso, incluido nuestro ataque de hilaridad, nos moríamos de risa. Pero, claro, al dios heleno no le hizo la más mínima gracia. Nos increpaba por nuestro asqueroso comportamiento, pero a nosotras su actitud nos daba más risa todavía.
Está claro, soy un poco puñetera, pero no estaría completo mi autorretrato si no saliese riendo con mis brujitas.

Yo me quiero comer todos los colines


Peva
Yo siempre he sido un poco revolucionaria. Porque creo que la sociedad está más bien corrompida. Y además, a una minus como yo no le queda más remedio que ser rebelde, porque si no, no te comes ni un colín. Y yo me quiero comer todos los colines que caigan en mis manos, que además este pan es rico y crujiente. Si lo sabré yo.
A mí me ha tocado tener una vida completamente diferente a la de las personas que van a pie. Y me ha tocado hacer cosas que una burguesa como yo no habría soñado hacer jamás, si no hubiera circulado en silla de ruedas. Pero esto es lo que me tocó.
Sobre todo cuando era joven me atrevía con todas las sinvergonzonerías, pues la juventud es lo que tiene, que todo lo haces con pasión, que necesitas moverte y hacer cosas y nunca vuelves a las diez. En fin, que aparte de ser revolucionaria, hay que ser inconformista y romper muchos tabúes.
A mí me han llegado a decir que ¡cómo me atrevía a ir sola por ahí y sola por la vida! ¿Pero por qué no puedo ir sola por la vida yo?
¿Por qué una cabeza cuadrada gilipollas tiene que decir que yo no puedo ir sola por la vida?
¿Y por qué mierda me estoy haciendo vieja?
En el fondo, soy más joven que todos vosotros, pero cumplo malditos años”.

Las apariencias


Peva
Las personas a mi alrededor no aparentan, son como son y no hay más, que una silla de ruedas imprime mucha personalidad. La única que todavía aparenta algo soy yo misma, que me paso el día engañándome con ser joven aunque experimentada. En realidad, lo único que tengo mío y no me falla es mi nombre. Porque yo de verdad de la buena me llamo Pilar. Y no me lo cambio por nada porque me gusta, y como me gusta y lo quiero para mí, pues no tengo que aparentar que me llamo Pilar, lo soy, soy Pilar, y además mi nombre, así, pilar, es como un gran fundamento y me da un poderío bestial. Un fundamento es irrompible y aguanta el paso de los años, que no es el caso de mi menda, que mi pila de años, los que tengo, me obligan a aparentar ser una jovencita de cuerpo aunque con experiencia. Qué ideal de la muerte, pero lo que pasa es que ni soy joven ni tengo maldita la experiencia de nada. Me dejo llevar por la pura apariencia, no puedo evitarlo y me dejo llevar como una cometa en el aire que aparentemente va a su antojo, pero que si te fijas mejor ves el hilo y comprendes que era pura apariencia o, más aún, pura obligación, pues es llevada hacia donde el viento le da la gana, o sea, que quien está jugando es el viento. El viento sí es libre para mover a la cometa aunque no lo parezca.
Y yo escribo con apariencia de lógica aunque de lógica no tiene nada. Porque a mí, con los años se me acentúa la ansiedad, y esto no es nada lógico, ni lo aparenta. Pero me ocurre, porque me aumenta la impaciencia por hacer o alcanzar lo que ya no está al alcance de mi silla de ruedas y de mi naturaleza. Antes todas las cosas estaban aparentemente más cerca porque yo era más ágil, tenía las carnes más flexibles y esto me daba mucha más movilidad y con ella abarcaba más, me permitía hacer más cosas de mi vida cotidiana y, por lo tanto, mi ANSIEDAD disminuía, era mas llevadera, como más liviana, vamos, más ligera. Esto de la ansiedad parece una canción de Machín, un auténtico romántico, un volao de los boleros y las tragedias de amor de hombres con poca imaginación, ese amor que lo mueve todo porque el enamorado, además, tiene dinero. Que es lo que pasa, que el dinero es mucho mejor tenerlo, porque de esta forma el amor se complica menos. Y sobre todo, que sin dinero el amor es más pobre y no da para un bolero ni para nada, y a muchas personas se nos dispara la ansiedad, que es a lo que iba, que no se puede aparentar todo.

El subidón


Peva
Yo me pongo alegre como unas castañuelas en el momento que traspaso las puertas de esta casa. Quiero decir que me alegro cuando las traspaso para fuera, cuando salgo, naturalmente, dejando atrás los malos rollos y el nulo compañerismo que aquí campa por sus respetos, y pienso en mi gran suerte de poder desplazarme, que físicamente tengo unos cuantos problemas pero los voy superando lo mejor que puedo, aunque con mucho esfuerzo. Y el que no los tenga ¡que tire la primera piedra!
Además, aunque a veces soy un coñazo de mal humor, luego pienso que hay que vivir a tope. Porque mañana puede que sea demasiado tarde, ¡que ya está comprobado! Sin ir mas lejos, hoy mismo otro compañero se ha largado al otro barrio. Aquí dentro ya solo encuentras sorpresas de éstas.
Lo cierto es que tampoco soy muy difícil de conformar. A mí con salir a la calle y que luzca el gran astro por encima de mi linda cabeza, que me permita desplazarme sin preocupaciones por la ciudad y pillar una mesa en la Castellana bien cómoda, pedir una tostada y un café, a ser posible que esté como es debido, o sea, de primera, y ver pasar a los pijos con sus corbatas en pleno verano, solo con esto ¡me entran unas ganas de vivir! Vamos, que me da un subidón que ya no necesito ni anfetaminas ni analgésicos para todo el día, nada, pues para mí esto es mejor que un canutillo.
Y viva el verano y las terrazas, y punto.

¿Aburrimiento?


Peva
Yo prefiero ir por libre en mis paseos que con una persona sosa y plasta. Porque con una persona aburrida da la sensación de que las manecillas del reloj tienen anemia y no tienen fuerza para andar por su esfera, parece que van a cámara lenta tropezando con cada minuto del minutero para que las horas se te hagan supereternas. Es como desesperante, porque por el interior de mi cabeza puede pasar de todo, y empiezas por acordarte de aquel día, tan diferente, en que te fuiste sola, sin más, sola por ahí y sin que te diera la coña un tipo como éste, sin conversaciones insulsas y con pausas tan largas que te da hasta tiempo para echarte una siesta, unas tardes que no se acaban nunca, y por supuesto acompañada, ya digo, y en las cuales te preguntas ¡y qué hace una chica como tú con un plasta como ´éste! ¡De la que te has librado!
Yo lo siento mucho pero, mientras pueda con mis huesos y hasta el último aliento, seguiré yendo por libre. Y así, mis domingos serán de 24 horas y no de 40. E incluso se pueden acortar un poco si tropiezas con una buena solución en forma de libro, que una tarde llena de letras contándote buenas historias que te enganchen es una tarde redonda. Y corta.

La aguja


Peva
La amistad es una emoción exquisita que hay que cuidar más que el oro negro, o sea, más que un barril de petróleo, o un pozo de ídem, quien lo tenga.
Porque la amistad es algo muy difícil de vivir. Esas personas que se llenan la boca diciendo que tienen muchos amigos están vacilando conmigo, pues eso es una pura mentira. Esas gentes confunden los grandes amigos con una clase de parásitos que te acompaña de vez en cuando en tu camino para tomar un simple café, y todavía algunos, con toda la cara, te dicen “¡Paga tú que yo no tengo hoy!” Estos arrimados son amiguetes de un día, y eso porque te has encontrado con él y te dio corte decirle que te estás meando y en este momento no puedes.
Yo me encontré por pura casualidad con el único amigo que he tenido. Un día me dije a mí misma: tienes que buscarte un buen amigo aunque solo sea para hablar con él un poco. Sabedora de la dificultad de la tarea, cogí mi silla eléctrica y me fui por ahí, de pueblo en pueblo. Buscaba como una loca esas típicas casas de campo tan raras ya hoy en día, sobre todo en los pueblos cerca de Madrid. Y cuando la encontraba me metía de cabeza en el pajar y allí buscaba, pues en estos pajares estaba mi única oportunidad. Entre la paja tendría que buscar la aguja que, igual que si fuera una varita mágica, me facilitaría al amigo.
Estuve entretenida en esta búsqueda por espacio de mucho tiempo y rebusqué día y noche con una gran paciencia. Por la noche era algo mas jodida mi tarea, por eso de la luz, pero a mi no me importaba con tal de llegar a encontrar al amigo con quien poder hablar y compartir mis andaduras cotidianas.
Rebusqué en aquellos pajares hasta la hartura y encontré de todo, lo que es de todo y de todo, pero nada que me satisficiese lo más mínimo. Y harta de buscar por pajares y pueblos diminutos, se me ocurrió volverme para Madrid. A fin de cuentas, en Madrid lo que sobra es gente y el abanico de las posibilidades de encontrar un amigo no se cerraba. Eso sí, estaba tan cansada de buscar un amigo que dejé de hacerlo.
Y fue cuando, sin yo darme cuenta, este apareció en mi mundo. Quién lo iba a decir.

Podía haber sido una gran amistad


Peva
Podía haber sido una gran amistad, lo mismo pensé yo aquel día que, como casi todos, me escapaba al Jamaica.
Este paseo al Jamaica es uno de mis mejores momentos del día. Ya cuando salgo de la puta residencia es como entrar a otro mundo, el mundo de la alegría, aunque esté mal decirlo con la que nos está cayendo con la puta crisis, pero dejo atrás los agobios de un pueblo en el que habito, llamado CAMF, y me adentro en otro mundo, al que pertenezco también, un mundo más animado en el cual puede pasar de todo.
Jamaica es una cafetería que está en ParqueSur. Yo me metí como siempre por la puerta principal para ver los modelitos en los escaparates, pero iba rápido y pasé de tiendas esta vez, yendo directamente hasta el Jamaica, como si presintiese algo.
Al llegar a la mesa elegida por mí, y como siempre, hago intentos de quitar la silla del cacho de mesa que voy a ocupar, que me estorba, pues como es bien sabido yo tengo esa ventaja, que soy autónoma en el tema de las sillas, nunca me quedo sin ella, pues siempre la llevo pegada a mi precioso culete, ¡no es un defecto de fábrica!, es que soy así.
Al hacer intención de quitar la silla que me estorbaba con las dificultades propias del caso, vi por el rabillo del ojo a un tío que educadamente se abalanzaba sobre ella y me la quitaba de en medio para que yo cómodamente me metiera en el hueco que ahora estaba libre.
Como todavía soy bien educada, pues le di las gracias, creyendo que ahí acabaría todo, pero cuál no sería mi sorpresa cuando el tío, uno de estos hombres maduritos con todo su pelo y con sus típicas canitas a los lados de las sienes, vamos, ¡todo un bombón!, va y me dice:
¿Puedo hablar un rato contigo?
Yo, sorprendidísima de que un tío sea así de educado, y antes de que cambiara de idea, respondo.
Claro que puedes. Total, yo también vengo sola.
Además, ahora que me fijo más, el tío no está pero que nada mal tampoco.
La pena fue que el encuentro no dio más de sí, la pura sorpresa, por más imaginación que he querido echarle.

Furiosa



Peva
Decía mi madre que la caridad empieza por una misma, y me acuerdo de ello porque, aparte de decirlo mi madre, en los tiempos que corren el ser caritativo puede ser una ruina. Mi madre era muy refranera y a cada circunstancia le aplicaba su refrán correspondiente, porque esto de los refranes entre los españoles tiene mucha mano, te tranquiliza como una tila o más.
Pues el caso es que el paro y la depresión hacen estragos a mi alrededor y se me pone un mal cuerpo, pero que muy mal cuerpo, cuando estoy merendando en una terraza de Orense, un barrio pijo donde los haya, tengo enfrente un exquisito plato de ensalada, me llevo a la boca un tomate rojo, jugosito, y entonces aparece por la retaguardia de tu mesa una persona con unos vaqueros todos rotos y un poco sucios, que van pidiendo a gritos una lavadora, y sin mediar palabra va y te deja el típico muñequito para que le des algo.
Me lo ha dejado en la mesa así, como acusándome de estar comiendo a dos carrillos. Se me pone un mal cuerpo con el tomate, que me lo como porque algo tengo que comer y, además, que lo tengo pagado. Porque es que, si no, me iba sin más.
Pero es que hay tanta gente pidiendo por la calle que, como empiece a repartir, dentro de poco soy yo la que está en una esquina. Y, la verdad, a estas alturas de mi vida sería una gran tragedia, que estoy muy acostumbrada a ser una burguesita pija.
El caso es que la vida que llevamos ya es para ponernos en un estado de furia permanente. Desde que te levantas, y no importa la razón, ya te están metiendo el dedo por el ojo izquierdo con el único propósito de joderte el día. Y terminas la jornada en estado catatónico, todo está reñido con el disfrute. Y eso que yo voy a mi bola, pero no me libro, te tienen que enfurecer y, cuanto más, mejor.
Además, como vives con gente que te conoce y sabe como conseguirlo, pues lo tienen fácil para ponerte de los nervios. Luego se disculpan y te dicen lo de siempre: “Lo siento, yo qué sabia”, pero ya te han jodido.
Por eso que voy a todas partes por libre. Y además, cada vez que quedo con cierta gente lo paso hasta mal. Para mi que me estoy volviendo autista, ya no aguanto a nadie. He leído que los autistas tienen un mundo y unas capacidades completamente diferentes a las nuestras, y que no les hace ninguna gracia que estemos siempre dándoles la coña. Pues yo soy cada vez más así.
Y no tengo que ir muy lejos para buscar un ejemplo, que estoy rodeada de quisquillosos hasta el extremo de que muchas veces pienso poner una marisquería. Ayer mismo, estaba yo desayunando tranquilamente mi trozo de roscón de reyes, que me lo habían dado en casa, y me disponía a guardarme en el bolso las magdalenas que los sábados me ponen para desayunar en la residencia, pero el tío que come en la mesa frente a la mía va y me las pide. Esto ya me jodió, pero no encontré razón para negarme y ¡por qué no! le dije que sí, que viniera por ellas a mi mesa. El tío mandó a una compañera que pasaba por allí que se las acercara a su mesa. Pero la chica puso cara de circunstancias, de no saber qué hacer. Y entonces yo, para animarla un poco, como soy tan impetuosa, le dije: ¡Dáselas, gilipollas! Pues la tía, que lo oyó, se ofendió muchísimo, diciéndome muy cabreada: ¡A mí no me llames gilipollas! Y toda digna siguió su camino hacia la salida.
Después, todavía, tuve que buscarla y pedirle disculpas. Es todo esto lo que cada vez me cuesta más trabajo hacer, por eso digo que me estoy haciendo autista. Y furiosa.

Las palabras


Peva
Las palabras van y vienen al antojo de las modas y se incorporan a nuestro léxico sin pudor alguno, pues resulta que las lenguas también tienen corazón y memoria y pulmones, y hasta riñones que las mantienen siempre vivas y limpias. Digo esto porque ahora los chicos, esta generación de nuevos inquilinos del planeta, utilizan un idioma bastante delgadito, lo cual debe de indignar a sus profesores en cantidad.
Pues estos chicos nuevos hablan un idioma muy parecido al de los indios de las películas de antes. Si mi padre levantara la cabeza. La cosa indigna, o poco menos, a cualquiera, pues la mala costumbre del tíotroncooseaestupendo llegará a empobrece un idioma tan bello como el castellano, y tan rico en matices que una simple palabra incorpora un porrón de significados. Pero hay que usar las palabras, por ejemplo, culo, que lo mismo es trasero que posaderas que nalgas que ancas que retambufa, por no hablar ya de culones o culeros, que esta es otra historia.
A lo que iba, que a mí me gusta mi lengua y me gusta rica y deslumbrante, entre otras cosas porque es la única que entiendo. Y que también me indigna la dejadez en su uso. Aunque yo prefiero decir que me cabreo, y no poco, con esas personas que empobrecen tanto y tanto el habla. El mal o escaso uso de las palabras me da la sensación de incultura y de dejadez total, y me cabreo, o sea, que me enfado y me irrito y me amostazo, que viene a ser lo mismo que indignarme, pero que no es igual.
Pues sí, si mi padre levantara la cabeza. El caso es que lo digo porque me acuerdo mucho de él, que hay tiernos incorregibles y la mar de amorosos. Yo, desde luego, no soy como él. Las terneces nunca fueron mi fuerte a pesar de tener un maestro tan cercano. Mi padre era un hombre muy sensible. Y además sabía de todo. Era un hombre muy culto y, como era profesor, sabía transmitir sus conocimientos. Era muy hablador, un gran conversador. No hablaba por hablar, desde luego, le encantaba el diálogo y la discusión. Recuerdo aquellas comidas de amigos en mi casa, en las cuales la sobremesa era lo que más alimentaba, pues escucharlos era muy nutritivo. Mi padre se podía tirar toda la tarde dialogando con una gran soltura de cualquier cosa.
También era de los que se iban al cuarto del fondo y se tiraba toda la tarde leyendo, ¡y tan ricamente! Cuántas veces he recorrido ese pasillo tan largo para despedirme de él, cuando me iba a la calle porque había quedado. Tenía que ir a darle un beso de despedida y como se me olvidase darle el beso se molestaba. Menos mal que también él dejaba el libro a un lado, salía al pasillo y me colocaba la capa. Y no me daba la bendición porque me hubiera reído de él, pues me había enseñado a pasar muy mucho de dioses y otras autoridades. Recuerdo que, cuando me ponía la capa, esta le daba casi siempre calambre y yo me reía.
Me he acordado de mi padre por lo del mal uso de nuestra lengua en el habla de los más jóvenes, que no me gusta nada, aunque no quiero criticar a nadie y menos a los chicos, que son el futuro. Pero pienso en los mudos, por ejemplo, unos individuos que no hablan con nadie, o sea, que saben estarse callados y, por lo tanto, nunca dicen ninguna gilipollez. Son de lo más inteligente los mudos. Las tonterías nos lo dejan a nosotros, que sí que hablamos, y mal. Si es que tendríamos que aprender de ellos en esto del habla. Si supiésemos estar callados, valoraríamos mucho más el don casi mágico que tenemos con el habla y con nuestra lengua, tan vieja y tan bien hecho por tantos y tantos bienhablados como mi padre.

Rencor


Peva

El rencor es una pérdida de tiempo, pues hace que la vida parezca mezquina. El rencor te coloca fuera de la realidad, te sofoca los pensamientos y las emociones más saludables y te obliga a vivir una vida pobre, muy alejada de la vida retozona que a todas nos gusta. Yo, rencores, tengo los justos, para andar por casa. No me apetece cargarme la vida con malos pensamientos, que los malos pensamientos te corrompen el cerebro y te lo reconvierten en una caja de maldades.
Dicho lo cual, y reiterando lo dañino que es el rencor para la buena salud, he de confesar que la señora, o sea, Pilar Eva, está cabreada con el mundo que le ha tocado vivir. Mi cuerpo casa mal con mi linda cabecita, pues esta corre más que mi masa muscular y me pide más cosas de las que el pobre cuerpo puede proporcionarle. También  ocurre que me enfado por gilipolleces, pero es lo que toca a cierta edad. Y me perdonáis por hablar así, pero todo lo malo se pega. Cada vez que oigo a un político decir eso de “¡es lo que toca!”, a mi me dan ganas de quitarme la bota y estrellarla directamente contra la pantalla de la tele de mi cuarto. Lo que pasa es que no la tiro porque me la cargaría, y es propiedad privada, o sea, mía, y me cabrearía mucho el copago o repago de mi propia tele, destrozada por mí.
A lo que iba, que, sin ir más lejos hace unos pocos días, estaba yo en la habitación lavándome mi lindo cuerpazo, y entra una inteligente responsable de esta residencia y me dice de repente: “Hoy te vamos a limpiar el cuarto”. Así, ¡por sorpresa!, porque les cuadraba a ellas. ¡Mira, tía¡, pues a mí las sorpresas cada vez me gustan menos, que suelen ser desagradables de cojones.
Nadie me había pedido opinión, es mi cuarto pero yo no cuento, nadie me ha preguntado: “¿Te viene bien que hoy hagamos limpieza general en tu cuarto?” Porque en esta residencia hay normas, pero las que nos benefician a los residentes se olvidan con demasiada facilidad, y eso que es por nuestra jodida minusvalía que el personal tiene trabajo aquí. ¡Y con lo desesperante que es el paro! Deben de pensar que hay cojos de sobra por ahí fuera.
Porque esto no es todo, que lo que mal empieza, termina peor: te lo limpian todo tan a fondo, que la mitad de tus cosas terminan en la basura o vete tú a saber. Desde luego, nunca más volverán a estar en su sitio. ¡Y esto te hace una gracia..!

Terremotos

Peva
Mi cuerpo es mi isla particular, dice un libro que no he leído todavía, lo pone en la solapa, pero que promete ser muy interesante. No lo he leído, pero me lo puedo imaginar, mi cuerpo, como una isla en medio de un océano. Aunque en mi caso, me conformaría con ser una pequeña islita en un mar pacífico, no como el otro, el Pacífico, tan bravo e imprevisible. Aunque, bien mirado, que mi cuerpo sí lo tengo leído, me gusta este cuerpo con carácter que tengo, tan tumultuoso y apasionado en su juventud, ahora un poco mustio.
Echo de menos mi cuerpo joven, con su propia sangre transmitiendo vida, y mi alegría de vivir de antes. Era joven y bella, aunque tonta, sin la sabiduría de ahora, que no se puede tener todo de una tacada, ¡cosa que me parece muy mal! Porque en la juventud metemos muchas veces la pata y no debería ser así, que luego te estás arrepintiendo toda la vida.
Una chica tan inteligente como es la menda se podía haber equivocado un poquito menos y no haber hecho tanto el gilipollas, pero los pocos años es lo que tienen, que te permiten también ser algo inocente y algo tonta, que también es bonito.
La verdad es que tengo pocos traumas. Este es el motivo por el cual, cuando pongo el telediario, casi no lloro, pues sé que la vida es una auténtica mierdecilla. No hay más obligación que vivirla a tope, pues en cualquier momento te puede venir un tsunami, te lo quita todo y de repente te cambia la forma de vivir. Esto sí que es un trauma auténtico.
Sin embargo, es un verdadero trauma para mí tener que amoldarme al momento de cada día: esos cambios que da el cuerpo a lo largo de un año y de muchos años, cambios inevitables y lógicos. Pequeñas putaditas, cada vez más grandes carencias, cambios que casi no se ven pero que los vas sufriendo en tu propio continente, o sea, en tu piel y en tu esqueleto.
Eso de no llegar con la mano donde ayer llegabas es lo más parecido a un movimiento de tierra. Sientes el pequeño terremoto, la tierra se hunde contigo y no eres capaz de hacer nada por remontarlo. Porque esa parcela de tierra que es tu cuerpo ya casi no te pertenece, porque ha venido otro pequeño terremoto y te ha inmovilizado algo más de tu cuerpo, que ya estaba deteriorado de por sí por otros pequeños movimientos sísmicos, tan recurrentes en estos últimos años de mi biografía.

Celos

Peva
Antes de enamorarme salía con un grupo de amigos y me lo montaba a las mil maravillas. Era una persona con la que se podía contar para todo. Hasta hacía de canguro para que mis amigas pudieran echar una canita al aire.
Ocurrió una noche que, como tantas noches (¡si lo llego a saber me quedo en casa!), la vasca y yo quedamos en un pub donde íbamos mucho.
Tenía que ser él, un tipo al cual le faltaba la faca para ser un correcaminos, y con un pelazo negro como una noche sin luna.
Y allí me quedé yo entrelazada en su melena negra, lo mismo que una gilipollas, dando vueltas a su alrededor. Bailábamos los dos como locos, que parecíamos los caballitos de la feria.
Hasta que por el horizonte el sol salió y él, muy amable, separó de su cuerpo mis brazos y me quedé bailando sola.
Y los celos hicieron presa en mí, ya no era yo. Me han cambiado tanto que mi vida ha sido un puro tormento desde aquella noche.
Así fue como aprendí que las noches de verano son muy traicioneras. Aunque son tan bonitas cuando unos brazos ciñen tu cuerpo por la cintura que te hacen olvidar el peligro.
Ahora, en cada amanecer tengo que repetirme que aquel gilipollas ha destrozado mi vida, si es que quiero librarme de él. O sea, de su recuerdo y de los celos.

Decente entre comillas

Peva
Últimamente la decencia no es muy rentable. Ponte en el lugar de ese currito que un día ha ido a trabajar, siempre fue muy decente, y de repente el jefe lo llama al cuchitril que tiene por despacho. El trabajador se sienta en la punta de la silla porque ya se figura para qué lo han llamado a semejante lugar, ni siquiera se atreve a sentarse con todo el culo en la susodicha mullida silla porque no es tonto, ha adivinado el sentido de la convocatoria y no escosa de que la noticia lo pille relajado. Y el jefe le dice, con lágrimas en los ojos porque también hay jefes llorones, que no le queda más cojones que mandarlo a la puta calle, y que tiene que botarle sin indemnización porque ni siquiera le queda un duro para pagar su despido, y que todo es legal y que le da mucha rabia y que por eso llora. El currito en ese momento pierde el sentido de la decencia, el respeto por una virtud de que siempre hizo gala y, aparte de romper el mobiliario, que no rompió partes más blandas porque muy oportunamente el jefe se había retirado, larga por su hasta aquí decente boca lo que no estaba escrito.
En fin, que todo el mundo es decente hasta que no se demuestre lo contrario, o sea, hasta que te despiden, que hay personas que son decentes hasta el final. Pero según está la vida, la nuestra, con todos sus problemas y conflictos, cada vez es más complicado ser decente decente. Hay que buscarse la vida, nos cuesta mucho esfuerzo y esto implica que la decencia a veces se deje de lado y que el listón vaya bajando y bajando hasta quedar por debajo de la hierva del jardín del adosado.
Pero a pesar de que la vida está muy jodida, es mejor ser una persona decente, ser alguien en quien poder confiar. Porque, si no, pasa lo que pasa, que la gente ocupa Sol y te saca los colores porque no se fía de ti, y con razón. Yo por ejemplo no confío ni en mí misma, y eso que soy decente, es un decir. Porque esta palabra es lo que tiene, que no es lo mismo meter la mano donde no debes y enriquecerte mangando que dejarte meter mano y permitir que algún jovencito te haga un favor.
En fin, es una palabra muy fácil de confundir, la decencia no es para todos igual. Yo creo que la decencia es como una goma, que se estira o se encoge según la necesidad del que la usa. El caso es que los seres humanos no somos todos iguales, y los hay que tienen muchas necesidades y por eso se meten a gestores de los bienes ajenos, hay que comprender a los políticos. Además, en un momento dado, ¡y no es que lo justifique!, todos perdemos la decencia, y por eso hay que ser justos y ponderados en nuestros juicios. Sin ir más lejos, recordad al currito del ejemplo anterior, que mandó su decencia a hacer puñetas por un simple desahogo pueril. Otra cosa hubiera sido emplearse con el jefe, en vez de con su mesa, pero eso es otra historia.

Amistad

Peva
Amistad es una palabra exquisita que hay que cuidar más que el oro, o sea, más que un barril de petróleo. Porque la amistad es muy difícil de alcanzar. Esas personas que se llenan la boca diciendo que tienen muchos amigos están bacilando conmigo, pues lo que dicen es una pura mentira. Esas gentes confunden a los grandes amigos con un acompañante, uno de esos tipos que te acompaña de vez en cuando un tramo del camino porque se aburría solo como tú, y tomáis juntos un café, si no es que se arrimó para sablearte –Pues sí, pero mejor que pagues tú, porque yo no tengo un duro. Estos amiguetes lo son de un día y no hay que malgastar con ellos una palabra tan especial como amistad. Te encontraste con ellos y te da corte decirles que te estás meando y en este momento no puedes, pero no hay más que eso. Confundir conocidos con amigos es vivir engañados. Yo, lo confieso, sólo tengo un amigo. ¿Y sabéis cómo lo encontré? Os lo cuento, aunque no sé si os servirá para mucho. Un día que estaba especialmente sola y receptiva, porque si no tienes buen ánimo es mejor que ni lo intentes, me dije a mí misma que tenía que buscarme un buen amigo, aunque sólo fuera para hablar, y cogí mi moto y me fui lejos, lo más lejos que pude. Dejé atrás la ciudad, o sea, Madrid, y cuando me aseguré de que aquello era campo busqué como una loca un pajar, por allí tenía que quedar alguno. Pues lo encontré, que no fue fácil, el pajar. Y me puse a la tarea, pues sabía que allí, en aquel pajar estaba mi única oportunidad de encontrar a un amigo. Me puse a buscar la aguja y no paré hasta dar con ella. ¡Cuánto no aprendí yo en aquellos días y años de pajar, aguzando la vista, cultivando la paciencia y mirando en la oscuridad! Porque los días y los años también tienen noches y en las tinieblas también hay que buscar. De hecho, a mi amigo lo encontré en las tinieblas, o sea, un poco pedo, el pobre, pero yo estaba preparada. Y no se ha vuelta a emporrar solo, que para algo somos amigos. Ahora lo hacemos juntos.

Santidad

Peva
Santidad, ¡y eso qué es! Según leo en la prensa, la santidad cada vez suena más a proxenetismo y proxeneta. Es la moda del momento, pues la mayoría de los curas tienen esa idea fija en su estrecha cabeza. Esto de los votos de castidad es ya una parafilia antinatural que nadie entiende, porque no es lógico. A todo ser humano nos gusta de vez en cuando dar gusto al cuerpo, que para eso lo tenemos. Y además, cuando eres joven el mismo cuerpo te lo demanda a gritos y, si no se lo das, vives muy insatisfecha y es malo. Porque luego pasan cosas la mar de raras. Lo más normal que se les ocurre a ciertos curitas es meterse a las páginas eróticas de mis favoritos. Lo malo es cuando se lo montan con tiernos infantes, que esto da más calorcito y más morbo. Y mientras, algunos padres, en su ingenuidad, confían a sus hijos a estos tipos y se sienten tan tranquilos, pues creen que se están comunicando con el mismísimo dios, en vez de trasteando con su ordenador por la red, que en internet no es tan fácil conectarse con el altísimo, aunque alguna página ya tiene por satélite, por lo que he oído. Yo la estoy buscando para ver si consigo que me quite, ya que todo lo puede, este puñetero virus que se ha colocado porque le ha salido de los cojones en mi ordenador. Y por supuesto que me gusta la SemanaSanta, pero es por las vacaciones. Recuerdo incluso que una vez, durante una SemanaSanta, mi padre nos llevó a todas a la playa de Cullera, a un hotel de lujo muy pijo muy pijo, junto a las olas del mar Mediterráneo. Allí todo era perfecto y confortable, y nos arrollaba la música del mar, pues las olas rompían contra una pared del hotel y la sinfonía excitaba los sentidos, transportándote hacia paraísos insospechados. Allí aprendí yo a soñar con mundos paradisíacos. Aunque todavía no nos podíamos bañar, esta sesión de mar nos reconfortaba por dentro y se notaba por fuera. El mar bien mirado es estéticamente perfecto, y un paseo por el puerto puede ser una experiencia estética de lo más gratificante. Bueno, estética no sé, pero es de lo más saludable, lo cual es algo que vende muy bien nuestra primera industria nacional. Y aquel gran vaso de naranja, natural como la vida misma, y sin pepitas, todo zumo de la huerta... Aquel zumo es casi imposible de olvidar, por más que viva y por más caprichos que me dé o licencias que me tome. En fin, que la santidad no fue nunca el placer, aunque ahora suene tanto a proxenetismo.

El rollo de la risa

Peva
Yo creo que ser risueño viene mucho de la educación, pero también de una vida sin preocupaciones. Cuanto más suelta te encuentras, que eres joven y no tienes que dar un palo al agua, la vida es mucho más fácil y por lo tanto la risa te sale fluida como la de un niño. Los niños son capaces de reírse hasta cuando su madre les hace cosquillas en los pies, que esto mira que te sienta como un tiro, y sin embargo el niño se desternilla de risa.
La realidad es que la risa tiene muchas caras y casi todas bonitas, hasta esa risa nerviosa que te sale cuando alguien te ha chafado un plan y no puedes abofetearlo porque fue culpa tuya, que te hiciste demasiadas ilusiones, o sea, cuando se te queda cara de tonta y la adornas con esa risita tan graciosa. Quizá la sonrisa cínica, la risa de las brujas malas, sea la única que no es nada bonita. O cuento un caso...
El caso es que el otro día yo, bueno, nosotras, mis hermanas y yo –el día primaveral como un regalo, ¡cómo me gusta a mí esta estación!– nos fuimos las tres al chiringuito que tenemos en la esquina de nuestra casa. Tanto las chicas como yo teníamos muchas ganas de juerga, que sabido es que hay días que se levanta una poniendo los dos pies en el suelo al mismo tiempo, pero si coincide que las tres lo hemos hecho, pues estos son los momentos que hay que aprovechar y pasarlo de maravilla, porque a saber cuando llega otro.
Estábamos allí sentadas, tan tranquilas, cuando de pronto pasó ante nosotras un hombre de lo más cachas, un tipo rompedor, de estos que a cada paso que da parece que se va a comer el mundo. Y mira por donde, aquel tío que se creía un dios va y tropieza, tambaleándose y cayéndose al suelo cuan largo era.
Nosotras, que habíamos visto toda la secuencia y que resultó ser la mar de graciosa, ¿qué podíamos hacer? Tuvimos nuestro ataque de hilaridad, con perdón. Vamos a decirlo claro, que nos meábamos de risa.
Pero al individuo no le había hecho la más mínima gracia y nos increpó, afeándonos a las tres por nuestro asqueroso comportamiento.
¿Y qué consiguió con su protesta? Que a nosotras, al comprobar su cabreo, nos diese más todavía la risa bruja. Si es que está claro que las hermanas Palacio somos un poco puñeteras, ya lo decía mi padre. Sobre todo, cuando coincide que las tres nos levantamos con los dos pies.

La generosidad de las cucarachas

Peva
¿Generosidad? Y esto ¡qué cojones es!
Es oír la ocurrencia y todos salimos corriendo, pocos hay que se queden a ver lo que se pide. Yo no, desde luego. Yo creo que es una palabra en desuso.
Y sin embargo continúa habiendo casos inexplicables entre nosotros, o sea, por ahí, casos en que la generosidad es incondicional, como pueda ser el de las madres con sus hijos, ¡qué no haría una madre!
Vamos a comenzar por el principio, por ver si esto tiene alguna explicación. Desde que la semillita de los cojones toma posesión de su óvulo, el cuerpo de la mujer, “como es normal”, sufre una metamorfosis de arriba abajo, empezando por la cabeza, y de dentro a fuera, o sea, barriga, tetas y culo, mucho culo, que esto no se dice.
Y en su cabeza ya no es la misma chica despreocupada que conoció el de los cojones un día, ahora ya tiene otro ser dentro que le produce molestas varices en las piernas, pero sobre todo un ensanchamiento sin proporción de todas sus curvas, tan bien asfaltadas hasta aquí, hasta este momento de su vida, y esa cara de torta que se les pone a todas.
Se diría que la generosidad que embarga a la futura mamá está haciendo estragos en su anatomía, por dentro, pero sobre todo por fuera.
Ya lo de parir, por mucho que duela, se comprende. Llega un momento en que te hartas de engordar y tienes que tomar medidas, por muy drásticas y dolorosas que parezcan a simple vista.
Pero lo divertido viene ahora, esas noches en blanco que esperan a la mamá, ¡eso si que se puede llamar generosidad! O es generosidad o es algo peor.
Pero el tiempo pasa y todo vuelve a su estado natural, con un poco suerte, la cara, las tetas, el culo, la barriga y sobre todo las hormonas.
Además, su bebé duerme más y caga menos y ella se hace ilusiones. Y por fin vuelve su gran noche, la noche tan esperada en que va a volver a salir, ¡por fin ha encontrado una canguro por unas horas!
Pero, lo que es la vida, esta misma noche la canguro, camino de su trabajo, o sea, camino de la casa de nuestra mamá, se ha encontrado una enorme y asquerosa cucaracha, sí, una de esas cuya estrategia como especie es tan afortunada que nos precedieron y nos sobrevivirán, una cucaracha tan grande que la hace retroceder tan espantada que tropieza con una farola... y terminó en urgencias con el tabique nasal roto.
O sea, ¿qué ha pasado? Muy sencillo, ocurrió lo que continuará ocurriendo durante toda la vida del bebé y de la madre, que la mamá, que ingenuamente imaginó llegada por fin su hora de salir de juerga al fin, después de muchos meses de estar en casa cuidando a su bebé, seguirá en casa cuidando a su bebé.

El don de la ebriedad

Peva
Se supone que estar ebrio es estar con un pedo ¡que te cagas! Pero no es cierto del todo, pues hay muchas maneras de estar ebrio/a.
Yo, sin ir más lejos, tengo momentos en que estoy ebria ¡y sin ingerir ni una gota de alcohol! La ebriedad tiene muchos matices, muchos significados. Puedes estar completamente ebria de pasión, por ejemplo, pues cuando la pasión te empuja no hay modo de pararla. Es lo mismo que un volcán que se desborda, lo mismo que la lava deslizándose inexorable. Por mucho que tú corras, la lava de la pasión te alcanzará, apoderándose de ti y dibujando de colorines todo a su paso.
Esto es una manera de exagerar, pero esa pasión tontorrona es bonita porque pareces más viva y da la impresión de que tu cuerpo ha rejuvenecido por lo menos tanto como ese chorvo al que has echado el ojo. Y ya eres indestructible a todos los ataques del tiempo contra tu cuerpo y tu mente, al menos mientras dura la borrachera.
Pero hay otra ebriedad que me apasiona más todavía que estas pasiones efímeras. Es la ebriedad de la creación, la concentración que me ausenta del mundo mientras escribo, y aún mientras leo. Esta ebriedad me hace indestructible, me hace total y me hace presente también. Es un poco contradictoria, pero es la ebriedad de dios. Dios nació así, de un poema, del Cantar de los cantares. No sé si me explico.
Claro que la ebriedad a tope es un poco jodida. Ocurre que, además de inventarte a dios cuando estás borracha, también el cuerpo se agota, el pulso se acelera y puedes acabar con un estrés que te cagas y te puede dar hasta un ataque al corazón y quedarte tiesa.