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Xenofobia

 
Rafa
Xenofobia es lo que sufrí, sufro y sufriré.
Me explico: he sido y soy una persona que siempre ha padecido de los pies y, en consecuencia, he caminado mal. Nadie me ayudó a ponerme en condiciones de caminar bien.
Tengo 56 años y mi enfermedad se desarrolló a los 31 más o menos. Me ingresaron en el Hospital de Valladolid por un problema de cefalia, aunque el médico de cabecera me diagnosticó hidrocefalia y en consecuencia me mandaron al neurocirujano.
El mismo día que el neurólogo me vio me metió en el quirófano y desde entonces estoy entrando y saliendo con demasiada frecuencia. En la primera intervención me colocaron una válvula que me cogía desde la cabeza hasta el vientre y por ahí soltaba el líquido cefálico.
Al mes de la operación tuve un traumatismo encefálico y perdí la válvula. Después me han hecho otras seis operaciones en la cabeza con el resultado de terminar en una silla de ruedas. Y en ella sigo.
Yo no soy xenófobo, pero sí lo son conmigo. Desde niño se burlaba todo el mundo de mí por mi torpeza con los pies, me tomaban el pelo y se reían como si yo fuera chistoso.
He sufrido lo mismo en todas las etapas de mi vida. Y se acentuó con los dolores de cabeza. Ya no hago caso a la gente, me he acostumbrado a vivir con la xenofobia de los otros.

Hay peligros y peligros


Rafa
Como hay placeres distinguidos y placeres más corrientitos, los peligros también tienen pedigrí. Te puedes tirar en parapente, en ala delta y romperte la columna, o rompértela haciendo puenting, haciendo escalada libre, en fin, asumiendo riesgos bastante inútiles.
Pero si trabajas en la construcción, estás levantando un edificio de muchas plantas, eres el listero y te mueves por allí, entre tablas con puntas, sacos y escombros, el peligro de caerte es constante, y además inevitable. Y por supuesto, con el miedo consiguiente a partirte la cabeza en cualquier momento si no apoyas los bastones en el sitio adecuado.
En fin, que hay peligros y peligros, como hay días y hay días.

Donde las dan, las toman


Rafa
¿Nunca te han tomado una broma? A mí, muchas. Y eso que nunca he sido amigo de gastarlas. El caso es que ayer mismo, en la mesa del comedor, Iñaki, el compañero que se sienta a mi derecha, se retrasó un poco y, al llegar a la mesa, le dije yo que se había terminado el puré, que me lo había dicho la camarera. Los compañeros de mesa lo confirmaron e Iñaki pilló un rebote del carajo, que se largó del comedor sin darme tiempo a reírme siquiera.
Alguien le informó por la tarde de mi broma del puré y, para la cena, Iñaki ya estaba en la mesa cuando yo aparecí.
Cuando intenté colocar mi silla en su sitio para alcanzar el plato, algo me impedía meter sus ruedas y mis piernas debajo de la mesa, algo que no veía y que me mantenía alejado un metro o más del plato. Una cuidadora tuvo que desatar una fina cuerda de guitarra atada a ambas patas. Y mientras todo esto ocurría, Iñaki comiendo y medio atragantándose de la risa.
En fin, que donde las dan las toman. Lo malo es cuando te la toman sin motivo.

Desamparo


Rafa
Yo siempre me he sentido un indefenso y un desamparado.
Me desespera mi naturaleza, el no poder caminar, que nunca haya podido hacerlo como lo hacéis la mayoría, pero sobre todo que cada vez pudiera menos, pues cada vez iba a peor.
No me acepto como soy, y bien que lo siento. No consigo aceptar esta cruz de no poder andar, y por eso me siento tan indefenso. Es una sensación que me ha acompañado toda la vida, incluso cuando trabajaba y tenía responsabilidades y era el cabeza de familia que tenía que sacar a todos adelante. Incluso entonces, especialmente entonces, me sentía débil, indefenso.
Si no me he derrotado, que he estado a punto, muchas veces, muy acabado de ánimo, fue porque nunca me faltaron los apoyos familiares.

Tropiezos


Rafa
La vida enseña muchas cosas. Por ejemplo, te enseña a desconfiar de los caminos estrechos, pero en mi caso los escarmientos me los he ido encontrando yo mismo y nunca jamás pude corregir. Me explico: yo me he caído muchas veces, y cuando digo caerme digo espanzurrarme, podéis mirar las cicatrices en mi frente, no están ahí dibujadas de adorno.
Siempre tuve una manera de andar, arrastrando los pies, que me hacía tropezar con frecuencia y terminaba en el suelo. La vida le enseña al burro a no tropezar dos veces en la misma piedra y esa era una lección que yo también aprendía. Pero mi problema fue siempre que hay demasiadas piedras para tropezar, como tabernas para el borracho.

Dar voces


Rafa
Yo sé lo que es un carácter fuerte. Conozco bien a esas personas que siempre tienen razón, que ya se encargan ellos de tenerla, quiero decir, de quitársela a los demás. Los conozco bien porque yo fui uno de ellos. De nada me servía, pues tener la razón no es tener amigos. Hablar fuerte aleja a las personas de uno, no las acerca. No se hacen amigos dando voces.

Estudiar

ESTUDIAR
Rafa
Con diez años no hay nada más aburrido que estudiar, sobre todo si lo que te gustaba era otra cosa. Alguien, no recuerdo bien quién pudo ser, me convenció de que yo quería ser abogado, y por eso me pusieron a estudiar.
La Cucaracha, señora Paulita, me daba Lengua y me hacía bostezar. Estaba todo el día marcándote y se chivaba a los padres de lo que no hacías. El Zapatones, el Director, pudo ser mi salvación como estudiante, pero nunca coincidimos, nunca fue mi profe. Me caía bien, sabía tratar a la gente. Don Marciano no era tan joven ya, pero era cojonudo como profesor de Matemáticas. Las Mates era lo que más me gustaba y me sigue gustando.
De los demás profes del instituto Zorrilla, en la filial de San Pedro Regalado, nada hay que decir, no pasaron a mi historia personal. Y lo único que he sacado en claro de tanto estudiar, pues luego hice Magisterio en la plaza San Pablo y me olvidé del Derecho, que ya estaba yo bien torcido por entonces para intentarlo, fue la afición que le cogí a la máquina de escribir. Es lo único que no me aburría de todo lo que aprendí en mi juventud. Y, por cierto, lo que me ha dado de comer durante mucho tiempo.

Merecen una calle


Rafa
No puedo olvidar los insultos que me acompañaron siempre en mi niñez, por tener una cabeza que se veía más que las de alfeñique que me llamaban el Cabeza.
Quizá sea por esta razón, por ser siempre diana de los desprecios de esos cabezas de chorlito, que no recuerdo a otras víctimas de estas crueldades. No recuerdo otros insultos, o mejor, a otros insultados, pero sí recuerdo a los que nunca nunca me menospreciaron.
Uno de ellos fue Kin, por ejemplo, que fue capaz de partirle la nariz a un vecino que se reía de mí a la salida del portal, en la Rondilla, por la forma mía de andar.
Kin era así, un poco violento pero un volcán de buenos sentimientos. Lo mismo daba que jugásemos a la peonza que a las canicas, si alguien me ganaba tenía que ser por lo legal, o se las vería con Kin.
Lo cierto es que yo tampoco me callaba, pero lo que es dar, no podía, pues cualquiera me soplaba y ya estaba en el suelo. Pero me callaba menos cuando estaba Kin. Los tipos como él, capaces de defender a los más débiles, merecen, no ya una nota como ésta, merecen una calle en la Rondilla, Valladolid.

El vértigo del rey


Rafa
Me da mucho miedo ver a mis familiares o a los compañeros enfermos, que están mal.
Pero mi miedo más tremendo es a las alturas, y mi reacción a ese miedo, el vértigo.
El vértigo me obliga a ser prudente, a asomarme a los sitios agarrado a algún punto seguro.
Pero mi miedo a las alturas nunca fue miedo a las responsabilidades.
Por mi experiencia, tengo la sensación de que el rey, cuando se va a matar elefantes, está dominado por el vértigo a las alturas.

El chupapelotas


Rafa
Tocaba la campana a las ocho en la obra y Joaquín comenzaba su jornada de no hacer nada. Eso sí, hablaba y hablaba estorbando a todo el mundo, no sabía callarse.
Joaquín era peón, el peor peón de la obra, estaba asignado a la cuadrilla de albañiles que hacían fachada a destajo, y con ladrillo cara vista. La tarea de Joaquín en la cuadrilla, o sea, lo que nadie le ordenaba, era impedir que el trabajo transcurriera con normalidad. Tenía a su cargo la hormigonera en la que tenía que hacer la masa para subirla a la planta donde trabajaba la cuadrilla. O sea, tenía que comenzar el primero a trabajar para que los demás tuviesen tajo.
Pero Joaquín lo sabía y por eso aprovechaba cada mañana para ajustar las cuentas pendientes. Llegaba a la obra cabreado con todo cristo, sobre todo si había prisa.
¿Qué tal viene Joaquín? –preguntaban los albañiles.
Chungo –contestaba un ayudante, más pendiente a esta hora del trabajo de los peones que de los andamios, por la cuenta que les tenía a todos.
Si no echaban una mano los ayudantes, podía pasar media mañana hasta que estaba preparada la primera hormigonera con la masa. A Joaquín lo mismo le cabreaba madrugar que quemarse con el trago de cazalla con el que se desayunaba, pero lo que peor llevaba en realidad era ser peón y tener que trabajar para los del destajo. Se llevaba sus perras, pero todo le parecía poco.
¿Por qué no te llevas a Joaquín con los encofradores? –pedían los albañiles al encargado.
Porque ya le han echado de allí –contestaba el encargado, muy informado.
Con todo, nadie protestaba demasiado, salvo Joaquín, porque todos sabían que la alternativa para él era el paro, y eso tampoco lo querían los compañeros.
Y a la mañana siguiente, Joaquín volvía al tajo con idéntico humor y el trabajo volvía a retrasarse.
Pero qué chupapelotas eres, Joaquín –le decía el albañil.
¡Y para qué quieres más!

Fuleros



Rafa
Un hombre de verdad cumple su palabra, sus juramentos son sagrados y su firma va a misa.
Pero yo tengo noticias de verdaderos fuleros, de tipos sin palabra. No son muchos, en realidad yo no conozco a ninguno, pero me cuentan de patronos que no pagan a sus obreros, de duques que meten la mano donde no deben y la sacan llena, de tan sucia, de representantes de los ciudadanos que gastan sin tino lo que no es suyo… pero también de feriantes que venden mal género, de campesinos que intoxican alimentos, de comerciantes que trucan los pesos y los cambios, de panaderos de masa congelada, de médicos que se olvidan de los consejos de Hipócrates y no atienden en condiciones si no cobran por adelantado, de abogados más pendientes de la astilla que los propios jueces y de jueces de semana caribeña que condenan a inocentes por no pagar lo suyo, o sea, más que al letrado…
En fin, que ser hombre de palabra o mujer de palabra es ser un buen hombre y una buena mujer, de los que no dan que hablar.

Furioso


Rafa
No hace mucho que había cafeterías en la calle Santiago, por supuesto que en Valladolid. Pues en la última, en Risco, junto a la plaza Mayor, estaba yo una tarde con mi café de merienda. Estaba solo, de pie y apoyado en la barra.
Mi muleta estaba junto a mí, también apoyada en la barra. Cualquiera que me viera por aquellos días, y que viera la muleta a mi lado, no podía menos que acertar si decía que mis andares estaban un poco averiados.
No sé de dónde pudo salir aquel fulano, pero me empujó con fuerza. No sé si me había visto o no, pero ciego no era. Me tiró al suelo y caí de culo. El dolor era tan intenso que no podía ni mantenerme sentado. Por supuesto, tampoco podía incorporarme. Se apoderó de mí una furia que no quería controlar. Alcancé la muleta con mucha dificultad, pero el fulano no se ponía a mi alcance. Ni se había acercado a ayudarme.
Eres un sinvergüenza, hijo de tal.
Cuando comencé a insultar al tipo aquel, fue cuando los demás clientes de Risco reaccionaron y me socorrieron. Y sus atenciones me tranquilizaron al fin.

Riesgos


Rafa
¡Lo que no hay que hacer para que te den el sobre al terminar la semana! He compartido mi trabajo en muchas obras con los hombres más osados y atrevidos, esos que se mueven durante toda una jornada sobre el filo de una viga de hierro o sobre un andamio, suspendidos en el vacío sin estar sujetos a ningún medio de agarre: ellos son los valientes.
Miro un rascacielos hoy y todavía veo a los mil hombres que lo construyeron jugándose la vida en lo que se llama tiempos de paz.

Razones


Rafa
Hay que tener mucho coraje para defender a personas débiles de los abusos de los fuertes. Porque los débiles nunca tuvimos la razón, sea porque nuestras razones no interesan a nadie, o porque hay otras de más relieve que las nuestras. Las personas que nos defienden están haciendo otro mundo, están cambiando los valores de éste.

Discretos


Rafa
Más que la timidez, a mí los que me caen bien, como buen castellano que soy,  son los tipos reservados, esos hombres y mujeres discretos que tienen en gran estima la propia intimidad y la de sus seres queridos y que no hacen espectáculo de su vida o la de los suyos, incluidos entre los suyos los amigos y compañeros. A esas gentes uno les puede confiar sus secretos.

Líderes


Rafa
Me dan miedo esas gentes que amenazan. Yo siempre he sido menos fuerte que cualquiera, o sea, he sido una persona físicamente débil. Nada me ha dado más miedo en toda mi vida que las amenazas sin justificación de tipos chulos, torvos, esos tipos oscuros que tanto abundan, generalmente cobardes, que no son casi nada sin público aplaudiendo y que hacen de nosotros, los más débiles, sus víctimas.


Esperanza

Rafa
Uno tiene esperanza, y gasta su buena esperanza, en desear que los humanos lleguemos un día a ser capaces de curar todas y cada una de estas enfermedades tan raras que nos hacen infelices.
Yo he deseado tanto, he esperado tanto que toda mi gente viva con bien, mis amigos, mis hijos, que a todos la vida les trate con benevolencia, lo he deseado tanto, y lo deseo, que casi lo he conseguido.
Hay una cosa que no he conseguido, pero tampoco he perdido la esperanza de conseguirla. Es ello ponerme de pie y poder caminar sin tener que agarrarme de ninguna pared o de ningún bastón, sigo teniendo esa esperanza.

Ah, qué Fermín...

Rafa
Cuando Fermín habla de política, pone a todos a caer de un burro, no le gusta nadie. De unos dice que hay trabajo pero no lo quieren dar. Y de los otros, lo mismo.
Cuando termina con los políticos sigue con los futbolistas: “Son una panda de mariquitas, lo que ganan nos lo quitan a nosotros, y encima, no les des un toquecito porque se echan de cabeza a la piscina.”
No entiende ni quiere entender por qué los amigos, cuando hablan de lo mismo, lo hacen de otro modo. Fermín, invariablemente, a la más mínima pausa, empieza con las quejas. No se le escapa el cambio climático, ni la gripe “bubónica”, cómo la llama él. Tampoco los especialistas que hablan del tema. Ya tiene sus propios remedios preparados, porque van a caer como moscas, dice, con vacunas o sin vacunas.
Para los terremotos, amenazas nucleares y revueltas árabes de estos meses también ha tenido sus dosis de mala hostia.
De los inmigrantes, dice que lo único a lo que vienen es a quitarnos el pan.
Cuando se despide de los amigos, acompaña su partida con un escupitajo. Y no deja de mosquearle, aunque sea un poco, que a la siguiente vez lo reciban con el acostumbrado:
–¡Hombre, cuánto tiempo! Ya te buscábamos en los obituarios.

Desamor

Rafa
Margarita tendrá ahora unos sesenta años, y si no, los hará en octubre.
Cuando ocurrió todo, ella no era muy alta, tampoco baja, ni muy guapa. Sin embargo, para Antonio era la mejor compañera que ha podido tener ningún varón.
Se conocieron en un comercio de venta de plásticos, allá en Valladolid, llamado “Plásticos Olegario”, en el que Antonio entró a trabajar a los quince años. Margarita ya trabajaba allí de dependienta y, desde el principio, su trato hacia él era muy diferente del de las otras cinco empleadas del local.
Antonio, desde el segundo día, encontró un motivo más para practicar su acostumbrada puntualidad. De hecho, Margarita se convirtió en la razón más importante para volver cada día al trabajo.
Aunque ella le llevaba cinco años, mostraba estar enamorada perdida de él y al menor pretexto dejaban las faenas del día e iban a la trastienda a charlar. Aunque lograban que los meses transcurrieran veloces, no concretaron jamás su enamoramiento: Esa diferencia de edades la llevó A Margarita a interesarse más por el que ahora es su marido.
Para el cumpleaños de Margarita, Antonio ya sabía de ese nuevo amor. Con eso, ni la felicitó ese día. Le dio ese pequeño pistonudo chasco.
Es lo que tiene el amor, que con el tiempo se puede presentar un nublado cuando los pronósticos dicen que hará sol.

Camarada

Rafa
Conocía a José María, cuando él iba de la mano de la señora Laura y yo de la mano de la señora Dora, camino del parque del Esgueva, en el barrio de Leones de Castilla, en Valladolid. Nuestra amistad comenzó a tortazos, como suelen comenzar las amistades entre niños. José María daba los puñetazos más fuerte que yo, aunque era más canijo, o quizá por eso.
José Mari tendrá ahora unos 60 años, no conoció a sus padres, puesto que la señora Laura lo sacó del hospicio, donde había vivido acogido desde su nacimiento hasta los tres años. Su madre adoptiva lo había criado como si fuera su propio hijo.
La señora Laura se despidió de este mundo y del barrio cuando su hijo era aún joven. Hasta entonces, él y yo fuimos inseparables. En realidad, aún seguimos siéndolo, bueno, casi. De niños, no había tarde que no terminásemos riñendo, e incluso pegándonos, pero tampoco hubo día que no nos buscásemos. Las esquinas del barrio eran nuestro lugar de encuentro y nuestra palestra.
Pasaba el tiempo, dejamos de pegarnos y comenzamos a encontrarnos en los futbolines, en los billares, en el cine, éramos como hermanos, el hermano que ninguno de los dos tuvimos.
Él se casó al poco de morir su madre, yo también y por la misma fecha, y nuestros encuentros se fueron distanciando. Ya sólo nos veíamos en los bares alguna tarde para tomarnos un vino. Y dejamos de vernos.
Cuando caí yo enfermo, José María ni se enteró.
Estaba yo ingresado en el hospital Río Ortega de Valladolid y mi padre venía a verme todas las tardes. Un día, a la misma puerta del hospital, José María se lo encontró y no le parecía el mejor lugar para pasar el rato un antiguo conocido. Lógicamente, le preguntó quién de la familia estaba averiado.
Mi padre de contó lo mío y desde aquella misma tarde, ya nunca me faltó la visita de mi camada.
Nuestros encuentros, desde aquel nuevo primer día, se han repetido en innumerables ocasiones. Nuestra amistad se ha reforzado, ya no discutimos, nos hemos hecho muy mayores y nos queremos demasiado como para no saber aceptarnos en todo lo que somos cada cual.
La pena es que no lo he vuelto a ver desde que resido en este centro, en el CAMF de Leganés, hace ahora un año y medio.

Capataz

Rafa
Entraba a trabajar por la mañana y llegaba oliendo a demonios. No era el orujo, no. Ni siquiera la halitosis, de caballo. Lo que olía, de marear, era el sudor estancado de su cuerpo, una mugre de tres semanas.
–Ahí viene Manolo –avisaba el peón más veterano, para evitarnos algún mal encuentro.
Manolo, además, era el capataz y había que respetarle. ¿Pero cómo respetar a alguien si no puedes acercarte a él, a riesgo de terminar contaminado o mareado?
Manolo tenía un truco, que tampoco era tonto. Te daba la tarea el día anterior, a la salida del tajo, cuando más cansado estabas y cuando tu estómago también estaba ya un poco estragado de tanta humanidad merodeando. O sea, que si tenías náuseas en ese momento, ya no perdías horas de trabajo. Y, además, estabas deseando llegar a casa.
–Mañana os doy un destajo, los 50 metros de fachada a 200 pelas el metro.
–O sea, –replicaba yo– que tendremos que hacer 150 metros cuadrados de ladrillo cara vista y colgados del andamio y sin grúa.
–Me has entendido a la primera.
Con Manolo, todo eran ventajas para la empresa, no perdías el tiempo discutiendo precios o metros porque terminabas con náuseas severas. Y además, tampoco te haría caso.
–O sea, compañeros –éramos tres oficiales y dos peones y yo les tenía que explicar el acuerdo– que mañana nos tendremos que deslomar, como hoy.
–Tendríamos que quejarnos al encargado. No se puede hablar con un tipo tan repugnante –sugería el veterano.
–¿Por qué te crees que lo tienen de capataz? –replicaba mi compañero Félix, que sabía de obras.
Y mañana la cuadrilla volverá oliendo a rosas y Manolo continuará sin lavarse ni la boca, que es invierno y el agua está helada en invierno.

Insatisfacción

Rafa
En una ocasión había estado en cama más de un año seguido, dieciocho meses para ser exactos. Aunque ese período tan largo parecía cosa pasada, se le estaban presentando unos episodios en los que gozaba de mucha libertad, pero lo que pasa es que sin poder andar, que esa mosca no se le iba de la oreja.
Y estaba tan harto de no poder moverse, que incluso empezaba a darles malas contestaciones a los compañeros de la Residencia, sin darse cuenta. Eso le robaba la tranquilidad, porque de todos era sabido que acostumbraba mostrar mucha paciencia. Pensaba: “¿Para qué, o para quién se han diseñado las cosas de este modo?”
Algo en el jardín que penetra ese ala de la Residencia lo distrajo: un par de mirlos, que no esperarían toda una eternidad a que su cría se decidiera a dar el salto del nido, hurgaban en la grama algo apetitoso, de seguro.
No supo en qué momento la hambruna a la que lo sometían le pareció tan opresiva, pero la insatisfacción de esos últimos días empezó a diluírsele, sin casi advertirlo tampoco, durante el tiempo que observó al mirlo joven, que no se atrevía a saltar más allá de las ramas próximas al nido.

Desconfianza

Rafa
Delfino, la mañana de ese día de enero –una de las más frías que se recuerdan–, despertó a su mujer una hora antes de lo acostumbrado. El codazo que le dio fue más doloroso de lo acostumbrado, como para asegurarse que Marisa, que le soportaba casi todo en esos últimos quince años de casados, espabilara por completo.
–¿Me dijiste que habías dejado las cadenas en su lugar, o me equivoco?
Marisa, amodorrada y conteniendo el enfado, suplicó:
–Sí –y se dio la vuelta dentro de las mantas.
–Pero –añadió molesto Delfino–, ¿las pusiste en su sitio? No quiero tener que subir a por ellas otra vez.
– Sí –repuso ella otra vez, reacomodándose en el almohadón.
–Sí, qué –siguió Delfino, mientras acababa de vestirse–: ¿las dejaste junto a la puerta o siguen en el armario?
Como Marisa ya no le contestara, él continuó:
–Ya lo has oído, que iba a nevar como no habíamos visto tú y yo en nuestra puta vida. Tú menos porque eres mucho más joven que yo, siempre y cuando el certificado de nacimiento sea auténtico, que en tu pueblo sabrá Dios si miran siquiera los libros cuando tienen que expedir una partida de bautismo. Espero que también me hayas puesto las botas junto al radiador, que de unos días para acá…
Delfino bajó las escaleras mascullando si no se habrían reventado las tuberías con el hielo, si no tendría que pegarse media hora a la llave del arranque del coche. “¿Y la sal?” se preguntó, “¿la habrán echado ya para estas horas?”
Días como estos, en Valladolid, son sumamente sombríos y helados, pero alguien como Delfino logra oscurecerlos siempre un poco más con su mal humor.

Un amigo

Rafa
Tengo un amigo que le conocí en el barrio donde vivía y se llama José María. Este amigo se casó hace más de veinte años y tiene tres hijos de familia, aparte, claro, de su mujer. Nos conocimos jugando en el barrio Grupo Leones de Castilla, en Valladolid. Teníamos unos 4 ó 5 años y ahora yo tengo 55, o sea que hace unos cuantos ya.
Nos llevábamos como el perro y el gato, pero nunca nos llegamos a pegar, cosa que otros lo hacían repentinamente y sin mucho motivo. José María ha sido y es un buen amigo. Cuando me he puesto yo malo ha estado a verme al hospital, en Valladolid.
Nosotros éramos un grupo de unos veinte amigos, pero salíamos sólo tres: Serafín, José María y Rafael, o sea, yo que, por desgracia, siempre he andado bastante cojito, pero nunca llegué por entonces a estar en una silla de ruedas como estoy ahora. Nosotros íbamos a discotecas o fiestas, me refiero a los guateques, aunque yo no me divertía como los demás porque no me podía mover como hubiera querido.
Siendo jóvenes todavía, quiero decir con unos 12 a 15 años, nosotros también discutíamos mucho, discutíamos por cualquier cosa, pero acabábamos siempre haciendo las paces con un abrazo amigable.
José María es el único amigo que conservo desde hace tanto tiempo, aunque hace mucho que no nos vemos. Él vive muy cerquita del hospital donde estuve yo ingresado, pero yo ya salí de ese hospital y me trajeron aquí, a Leganés.

El acento

Rafa
Jesús Calahorro Domínguez, un andaluz de Jerez de la Frontera, al que hace que no veo unos veintitrés años, era el mediano de tres hermanos que estaban de internos en el colegio El Salvador, de Valladolid. Jesús era compañero mío.
Él y sus hermanos estaban internos y venían de una residencia militar de Cádiz. Jesús estaba en El Salvador desde que empezó la primaria y tanto él como sus hermanos se iban a Jerez en las vacaciones de verano y en las Navidades.
Jesús estuvo de delegado de curso en segundo de bachillerato y nunca perdió el acento andaluz. El me llamaba Cano, como todo el mundo, pero yo le llamaba por su nombre.
Era un tío de lo más majete. Y su tierra, para mí, era algo tan lejano como la raya del fin del mundo, un poco como lo sigue siendo ahora. Pero nunca hablaba del tema con él, mi amigo no echaba de menos Jerez. Si no hubiera tenido ese acento tan marcado, hubiera pasado como otro castellano cualquiera.
Extraño, ese sí, nos resultaba el acento del director, el padre Bernés, que había llegado de Francia después de la Guerra Civil.

Sereno

Rafa
—De todo este término tiene que tener cuidado el sereno, dando vueltas toda la noche — me dijo sonriente Manolo, el jefe de turno.
—Descuida, jefe —le contesté—, que mi mujer prepara el café más cargado de toda La Rubia.
Era mi primer día al cuidado de aquella obra en Valladolid, unos pisos en la orilla más alejada, junto a la vía del tren en dirección a Salamanca. Esa noche no hubo necesidad de mantenerse a flote con el café. Yo solía verle el fondo a la botella de litro en las doce horas que duraba mi turno de noche; lo iba vaciando cazuela a cazuela y lo calentaba con leña en la primera placa que encontrara por allí.
Al poco rato que se marchó Manolo, se oyó el primer ruido de la noche y fui a averiguar qué lo producía. Eran los gatos que andaban cuidando a sus crías. Como se desplazaban por todo el lugar, metían un ruido terrible al pisar sobre las tablas sueltas. Y siendo el primer día de trabajo, no era para ignorarlos o pensar siquiera en echar una cabezadita.
El otro ruido que me puso en alerta esa noche fue el de una patrulla de la Policía Nacional, que se acercó para ver quien estaba de guardia. Al verme, me reconocieron en seguida de otras obras en las que había trabajado anteriormente. Todos los polis del cuartel me conocían, igual que los inspectores y los de la secreta. Esos pisos fueron comprados en su mayoría por ellos mismos, de modo que todo el tiempo que estuve allí iban a ver como avanzaban las obras. A veces, era más el trajín de ellos que el de los gatos.
Fue una de mis temporadas más tranquilas en el trabajo. Dejé de notar a los gatos y con tantas visitas de la poli se me hacía la noche más corta. Fue una temporada que regresaba a casa con el termo de café a la mitad. Es curioso ver de donde nos puede llegar, a veces, la serenidad. El café, como dicen, no debe ser muy bueno para los nervios.

Contradicciones

Rafa
El abuelo de Manuel solía decirle a sus nietos cuando estaban todos reunidos junto al brasero: "Da más quien menos tiene".
Manuel no tardó mucho en entender esto que decía el abuelo, porque su padre le daba suficientes pistas, que lo había aprendido bien.
Aunque al principio no lo entendía, sobre todo cuando perdía otra vez y tenía que entregarle hasta la última canica a su vecino Juanito, el niño rico al que todos envidiaban y temían por su fortaleza física y económica y que no conocía la derrota cuando jugaba a los chinazos.
Cuando a la Josefina, la primera en desarrollar de toda la escuela, se le ocurrió suspirar: “Qué guapo se ha puesto Juanito, y qué alto es”, el abuelo replicó a Manuel: “Lo bonito entra por el pico, que me lo digan a mí, que he criado más de cinco mil ovejas”.
Esto tampoco lo entendía del todo Manuel, pues para él bonita era la Josefina, que se alimentaba como un pajarito, pero aprendió a ser cauto en sus opiniones.
Más tarde, cuando conoció a Jose Roldán en la residencia de Leganés, se acordó de estos dichos de su abuelo. Porque Jose, le contaron, más de una vez ha sido capaz —pese a sus problemas de movilidad y comunicación, y porque el compañero no podía hacer ni eso— de darse a entender con la trabajadora social y pedir un taxi para visitar en el hospital al pariente de uno de sus compañeros más dependientes de la residencia, y volver más tarde a darle noticias al compañero sobre la salud del familiar, que no siempre eran buenas.
Lo otro que decía el abuelo, eso de que lo bonito entra por el pico, queda en entredicho en el caso de Jose, no porque no sea guapo, que no seré yo quien lo diga, o porque no coma lo suficiente, que come y no se priva, sino porque los espasmos continuos lo mantienen en el hueso, cosa que muchos envidiamos.

Los cansinos

Rafa
El hijo de doña Rosa, también de nombre Rosalío, o Chalío, como le decíamos, no era tan paciente como su padre. Muy pronto, mis amigos y yo le colmábamos la "pacencia", que decía él, pues mientras uno tiraba al campo, el otro se iba al río, y así no podía cuidarnos con tranquilidad. Conmigo era menor su preocupación, pues el raquitismo con el que nací me restó agilidad durante toda la niñez.
En el Esgueva no corríamos peligro porque el agua no llega a las rodillas. Pero el Pisuerga era otra cosa, y más, cuando llueve en la parte de la montaña de Palencia, y la crecida pasa por Valladolid.
Mis amigos y yo nos reíamos del Chalío, por su forma peculiar de hablar, y de coñazo no lo bajábamos cuando tocaba calificarlo. Su padre tenía más paciencia con nosotros, o eso nos parecía, aunque la verdad es que a él no podíamos faltarle al respeto.
Chalío sí se las veía negras con nosotros. Seguramente, para él, los coñazos éramos nosotros, pero sólo le alcanzaba el hartazgo para decirnos que lo hacíamos "amuinarse" y "desatinar".
Para advertirnos de los peligros del río, y mantenernos a raya, decía que tuviéramos cuidado, que si subía un pez del Duero con cuatro narices y patas de cocodrilo, nos podía morder, y que esos no soltaban a su presa hasta que se oyera con claridad en la vega el rebuzno de un burro prieto. Un panorama muy cansino pintaba, pues a los carboneros del Pinar de Antequera y otros alrededores de Valladolid, ninguno de los burros que les conocíamos era pardo siquiera.