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Duelo


DUELO
José Luis
Hoy mi corazón llora. Se ha ido para siempre mi hermano Julio después de mucho tiempo luchando contra una enfermedad muy penosa.
Mi hermano Julio era el segundo, y yo el tercero, de cuatro. Nunca Julio y yo hemos tenido mucha relación. Él decía que no me atendía, se escaqueaba de asistirme diciendo que no soportaba los malos olores. Me tuvieron que lavar desde niño mi madre y mi hermano Antonio.
Julio siempre quiso estudiar, como yo, pero mi padre lo sacó del instituto para que lo ayudase en la tienda de perfumería que teníamos en San Blas.
Con mi padre fue como aprendió el oficio de tendero, que es lo que ha hecho siempre. Aunque cambiando de ramo, eso sí.
Pero la vida le ha dado muchos palos a Julio. Yo diría que era un buen tío mi hermano, porque siempre fueron los socios los que le engañaban a él.
Durante mucho tiempo ha llevado negocios de bares y pafetos, pero todos le han salido mal. Ahora tenía una tienda de toldero, ponía persianas y toldos en Granada y no le iba nada mal.
Estaba casado y tenía tres hijos. Yo les he visto poco. La mayor se llama María.
Hoy me siento fatal, porque he vivido engañado, no sabía de la gravedad de su enfermedad y no me ha llevado nadie a verlo.
Se ha ido demasiado pronto.
Siempre te recordaré, hermano.

Una doble blanca


José Luis
Tengo un hermano, Pablo, que me ha cambiado la vida. Ahora he descubierto que es un hermano de verdad, porque me llama y se preocupa por mí. Sobre todo, durante este último año, desde que se murió mi madre, que me quedé más solo que un caracol atravesando la carretera con la casa a cuestas.
Este verano me ha llevado hasta Mojácar, a pasar unos días. El primer día, nada más aterrizar, le dije a Pablo que me acompañara hasta un bar donde recuerdo que yo había estado de pequeño con los padres. Quería volver allí porque en aquel lugar habíamos visto algo que no he podido olvidar en toda mi vida: en la pared principal del establecimiento había pintada una cara que para mí siempre ha sido un misterio y un gozo. No había vuelto al lugar y sería un milagro que el sol o el agua o el fuego no la hubiesen borrado, pero a veces estos milagros se producen.
No me resultó nada fácil guiar a mi hermano por las calles empinadas del pueblo, pero recordaba aproximadamente cada revuelta y cada cuesta.
Me vas a reventar con tu capricho –protestaba Pablo, que empujaba mi silla de ruedas.
Teníamos que subir hasta la última curva, antes de entrar en la plaza. Y allí, en un pasadizo a la derecha, a resguardo de muchas intemperies, tenía que estar la entrada al bar y el mural que yo recordaba. Veinte años son muchos años para que continúe viva una mujer sobre un muro de cemento, por más que esa mujer haya sido tan especial para mí.
Y llegamos. Mi hermano Pablo sudaba a consecuencia del esfuerzo a pleno sol y no deseaba más que beber lo que fuera. Pero allí estaba, ante él, el rostro de la mujer que me había emocionado hacía tantos años. Pero él miró el mural y alucinaba… Alucinó aún más emocionado que yo mismo cuando lo descubrí. Ahora lo comprenderéis.
Pero, tío, ¿pero qué es esto? Si es un retrato de nuestra madre, si parece viva.
Es lo que tienen los veranos, Pablo –le dije yo–, que siempre encontramos a nuestro doble, o a algún conocido.

Un chasco

JoséLuis
Estaréis conmigo en que el escritor es un charlatán que suele contar lo que a nadie le importa, pero que siempre está acompañado. Y generalmente, bien acompañado. Nunca he sabido deshacer este nudo. Porque yo, desde niño, siempre quise ser escritor para decir todo lo que se me ocurre, y sin embargo nunca he conseguido tener compañía, o sea, oyentes.
Tengo un handicap, y es que mi fonación no es nada ortodoxa. Y por eso nadie me coge afición. Se paran al oírme, interpretan lo que digo y se van, nadie se queda conmigo a discutir las ocurrencias. O sea, que mi destino de escritor es estar siempre solo, lo contrario de lo que yo soñaba cuando soñaba con ser escritor.
Es por lo que últimamente, cansado de silencio, he decidido quedarme en la cama, que posiblemente sea el mejor sitio para estar solo, aunque no lo parezca. Ya sé que en la cama se está muy bien acompañado, pero a falta de otros alicientes, la horizontalidad es una posición muy descansada y gratificante, aunque sólo sean testigos las telenovelas de la Primera.
En realidad, tampoco he sido el primer escritor que se ha echado. Otros que conocí se daban a la lectura de novelas del oeste. Mi elección de la telenovela es más consecuente con la realidad de echado, pues ni siquiera tengo que hacer el esfuerzo de leer para compartir.
De todas formas, cambiaría mi actual vida por la vida de cualquier charlatán con audiencia, o incluso la vida de cualquier escritor sin lectores, pero bien acompañado. En fin, que la cama tampoco lo es todo, pero algo ya es.

Almas gemelas

José Luis
Tengo un amigo que es como mi primo más a mano e intimo. Teníamos los dos unos veinticinco años y nos conocimos en un viaje de AUXILIA a Benidorm. Le gustaba escribir y me ayudaba con mis poemas.
Yo por aquella época le escribía poemas de amor a MariCarmen, una chica de muy buen ver, PC como yo, que había conocido en Ayala, en un colegio para diversos funcionales, con quince años. Pues desde tan tierna edad le dedicaba mis poesías desesperadas y desde entonces aprovechaba, cada vez que tenía a alguien dispuesto, para que me las transcribiese. Como estaba en la fase de amante no correspondido, fase por demás que se ha prolongado durante toda mi vida y con todas mis amantes, todos mis poemas hablaban de la soledad. Por ejemplo, hacía versos como estos, que ahora recuerdo:
“Soledad, mi compañera,
eres más fiel que su desdén,
pues tú nunca me abandonas,
soy como Adán en su edén.”
Mi amigo, que se llamaba José Luis como yo, se tomaba muy en serio estos poemas tan malos, mucho más que la destinataria de los mismos, a la que se los hacía llegar sistemáticamente, y me fue cogiendo cariño. Él también entendía mis quejas.
Yo me hice incondicional suyo a raíz de un conflicto que se desencadenó en el comedor del hotel: los clientes decidieron que nosotros, los diversos funcionales, tendríamos que comer en las habitaciones y no allí, con ellos, con personas tan respetables y bien cebadas como ellos, un hato de turistas hartos de aburrimiento.
Pero mi amigo José Luis se enfrentó a la turba de escalenófobos con argumentos contundentes y consiguió que todos los cojos nos uniésemos y nos rebelásemos contra semejante discriminación.
Y en el comedor nos quedamos todos los cojos y allí se selló mi eterna amistad con José Luis.

Cansino

José Luis
El Ole me pone de los nervios: cada vez que entra una chica en el vestíbulo de la residencia –ya conocéis mi manía de colocarme con mi silla estratégicamente en las esquinas más transitadas, lo cual no es porque sí– el Ole se abalanza, que él puede mover su silla y yo no, y le dice cualquier cosa.
Lo primero que consigue arrancar de ella es un beso, pero ahí no queda el encuentro. Si la chica no quiere un café, le ofrece un cigarrillo, y si no quiere nada, es Olegario quien se ofrece a acompañarla. Y si tampoco esta táctica surte efecto, ya ha llegado otra achica con la que enrollarse. Y yo sin chuparme un colín, allí, mirando desde la esquina como siempre.
El Ole es insaciable, se pasa todas las mañanas tirándose al cuello de todas las tías que entran por la puerta.
–Olegario, deja pasar alguna, que a mí también me pica.
Esto de no comernos ni un colín nos hace verdaderos obsesos. Pero a él le consuela llegar el primero. A mí, ni eso.
–Vamos a tener que ir a la universidad para engordar el ojo y tranquilizarnos un poco –le comento al Ole en los ratos que nos ponemos filosóficos porque no hay visitas.

Fatuo

José Luis
Pensaba ir a Lourdes ahora, en octubre, pero como va elquesiempretienelarazón, yo no iré. Elquesiempretienelarazón es un anciano que debería haber ido en mayo, que es cuando van los viejos.
¿Qué pasa? Que elquesiempretienelarazón les come la oreja a los voluntarios que organizan estas movidas para poder venirse con los jóvenes en octubre. Elquesiempretienelarazón es un viejo ridículo que se cree joven, por eso es tan ridículo.
Yo estoy pensando en irme a Jerusalén, pero tengo que asegurarme de que el viejo no se entere de este viaje tan goloso, que seguro que se apunta.
Molaría cantidad viajar a un país nuevo, si bien que asentado sobre lugares sagrados de tan viejos, como son los santos lugares. A mí lo que me gusta es viajar, y Jerusalén no lo conozco.
Elquesiempretienelarazón querrá ir allí porque tiene más caché volver de Jerusalén o Palestina que volver de Lourdes con las mismas arrugas que llevabas, o sea, con los mismos años, o sea, todavía más viejo y más cansado. No soporto alquesiempretienelarazón si siquiera si él estuviera en una esquina del Huerto de los Olivos y yo en la otra.
Se lo voy a decir a Sole, que no le hable de Jerusalén alquesiempretienelarazón. Aunque no me atrevo a mover la cosa porque ella es muy capaz de decírselo sólo por llevarme la contraria: “¡Yo soy profesional, es mi trabajo!”, dirá. ¡Como si no fuera una buena acción profesional dejar fuera a ese cantamañanas! Además, como Sole no me entiende cuando hablo, casi todo lo que le pido me lo hace al revés.
Eseviejoquesiempretienelarazón me amargaría hasta las siestas en el lago de Tiberiades, no lo soporto, es más fatuo que un bola de fogueo.

Un roña

José Luis
Rafa y su familia siempre han comido lo mismo durante toda su vida: garbanzos. En casa de Rafa nunca ha entrado otra cosa.
–¿Un hueso de jamón? ¿Para qué tanto despilfarro? Con lo ricos que están los garbanzos.
Esto se lo dijo a su mujer la misma noche de bodas, después del débito conyugal, cuando ella se interesó por sus otras obligaciones y preguntó que haría de comida al día siguiente y Rafa contestó que cocido. Y continuaron hablando.
–¿Morcillo? ¿Para qué? Y el repollo tampoco añade nada a los garbanzos –insistió Rafa.
–¿Y un hueso fresco, ni siquiera? –preguntó muy preocupada la recién desposada.
–Si lo regalaran, ya preguntaré yo en la carnicería –que por algo Rafa trabajaba en el mercado.
O sea, que Rafa había decidido comer cocido y la familia comería cocido, o sea, garbanzos.
–¿La sopa? El caldo de los garbanzos no necesita de fideos, un poco de miga de pan duro y basta.
Rafa se pasaba todo el día trabajando en el mercado, debajo de su casa, en la frutería, que no era suya. Su jefe lo conocía muy bien, sobre todo su afición al ahorro, y no se fiaba ni un pelo.
Lo vigilaba muy de cerca, pero Rafa no es de esos. Él no mete mano en la caja, eso es sagrado. Únicamente les sisa en algunos precios a las señoras y se queda con el excedente. Para Rafa, un céntimo siempre ha sido un tesoro. Y si conseguía sisar cinco céntimos a cada cliente un día, con eso ya se alimentaba. Ni garbanzos necesitaría comer a mediodía.
Entre estas sisas y las vueltas mal dadas a las clientes más ancianas, con dificultades de memoria para controlar el cambio, bien podía Rafa quedarse con sus veinticinco euros a la semana, más de lo que se gastaba en casa en garbanzos. Estos ingresos le satisfacían especialmente, pues cubrían los gastos.
Lo cual permite concluir que su trabajo le estaba haciendo rico, algo que no podemos decir todos los asalariados.
–Pronto no tendremos sitio aquí para guardar tantos ahorros –le decía a su mujer muy satisfecho, moviendo la calderilla.
–Podríamos comprar un piso más grande –sugirió ella.
–Quita allá, que hay escondites más baratos –rechazó la idea de su esposa sin esfuerzo, pero de pronto se sobresaltó– ¿Pero no estarás pensando en tener hijos? Tú no sabes lo caros que salen.
Por más empeño que Rafa ponía en no fertilizarla, aquella mujer, acostumbrada a hacerlo todo con poco, terminó embarazada del tan escaso semen de nuestro hombre. Y de mellizos.
–No sé qué vamos a hacer –se decía Rafa, cuando por fin tuvo la certeza del desastre–, tendremos que quitarle la patata al cocido para poder criarlos.

Un proyecto

José Luis
Este fin de semana estuve con mi madre y me dolió una cosa que me dijo. Me dijo que un día estuvo pensando en mi padre y que lloró en compañía de una perra que tenemos en mi casa.
Yo me sentí un poco mal y pensé que por qué tengo que esperar al día que se pongan en marcha proyectos de vida independiente.
Con un poco de dinero, yo podría vivir con ella. El dinero sería para la persona que nos cuidase, y así pondría en marcha mi independencia sin tener que esperar.
Si digo la verdad estoy un poco cansado de poner buena cara aquí. Pido un poco de libertad para escoger el camino de mi vida.
A mí, los proyectos de escritura me dan vida. Porque tenemos que tener en cuenta que hace poco murió mi padre, y a mí me cuesta superar la pérdida de un ser querido.
Tengo que confesar que no sabía lo que quería a mi padre, porque siempre he querido un poco más a mi madre.
Pero la vida sigue y no me puedo quedar cruzado de brazos. Tengo que seguir viviendo y al mismo tiempo tengo que preocuparme por mi madre y por mis hermanos y, ¿por qué no?, por mis compañeros de aquí, que todos nos necesitamos.
He oído que hay proyectos de vivir juntos, algunos de los residentes, en un piso. Yo sé que es posible y no me importa que me digan que es imposible, sobre todo que lo diga Mari Carmen.

Los variables

JoséLuis
Era la Navidad del 68 y estábamos terminando de cenar. De pronto llamaron a la puerta. Venían los compañeros de partida de mi padre que vivían en los pisos superiores y que siempre bajaban, con el pretexto de que yo me distraía presenciando su partida de dominó. Y porque a mí, mis padres no me podían dejar solo.
Empezaban a jugar cuando a la mujer de Raúl, aburrida ya de tanto ruido para nada, se le ocurrió gastarles una broma. Raúl se levantó de la mesa y le dio una bofetada. Mi padre, que no se esperaba eso, exclamó:
–¡Delante de mí no se le pega a una mujer. Nos vamos todos a dormir!
Raúl se puso de lo más suave con su chica y con mi padre, pues quería continuar la partida; pero mi padre, que no pudo consentir que se adornara de ese modo nuestra reunión familiar de las Navidades, lo cortó:
–He dicho que nos vamos a dormir.
Nos fuimos cada cual a su casa y a sus habitaciones. Yo supuse que la pareja habría acatado la disposición de mi padre sin más escándalos, porque casi no se oyó ningún jaleo antes de que me acostaran y me venciera el sueño. Pero no, para Raúl no fueron concluyentes las recomendaciones, porque al día siguiente bajó con su mujer más acaramelado que nunca.
Esa noche, tuve que imaginarme una partida intensa en emociones y altibajos: tal como se expresaban siempre Raúl y su compañera. Gracias a ellos, me convencí que el 68 había sido en verdad el año de la paz y del amor.

Deseo de estudiar

José Luis
Ayer, viernes, le pedí a mi asistente de escritura, Gerardo, que por favor me acercase hasta el Instituto de Bachillerato Isaac Albéniz a clase de Matemáticas. Mi originalidad funcional no me permite ir solo, pues no soy autónomo de movimientos. Gerardo, o Petra, con la que escribo desde hace muchos años, son de las pocas personas que, además de confiar en mis capacidades, aún empujan mi silla para que aprenda más. Quiero estudiar el Acceso a la Universidad y por eso les ruego que, cuando puedan hacerlo, me lleven con el profesor de Matemáticas Santiago Cerisola, otra persona que confía en mí y me enseña en sus ratos libres álgebra, cálculo y geometría. Para que Santiago me pueda dar clase, Gerardo o Petra han de tener tiempo libre para empujar mi silla, y voluntad de hacerlo, puesto que yo no dispongo de recursos para pagar a asistentes personales.
Decía que ayer fuimos hasta el instituto y encontramos al profesor Santiago Cerisola disponible, aunque salía de una reunión del claustro y estaba un poco cansado.
Enseñarme a mí exige gran esfuerzo al docente, lo sé, no porque me falte interés, que me sobra, sino porque la comunicación es muy comprometida por mi hablar peculiar. La clase anterior, hace ya un par de meses, había sido genial. Había entendido el juego de las ecuaciones de primer grado y las probabilidades. Quería aprender más y llegaba muy ilusionado. ¿Que ocurrió ? Que el maestro sugirió que el ajedrez también podía ser de utilidad para mí y después de una breve instrucción sobre el manejo de las piezas, en vez de retarme a mí, se le ocurrió retar a Gerardo y como de espectador novato no se logra ver lo que sucede en el tablero, pues fue para mí una pérdida de tiempo.
No me quejo, que ya me he acostumbrado a las dos cosas, a que se interpreten mal mis silencios y a que se me margine en las fiestas y en lo que no son fiestas. Que se me considere un hinchapelotas. Subrayo simplemente que esto me ocurría ayer junto a dos personas que me están ayudando desinteresadamente a estudiar, casi las únicas que lo hacen. Sólo dispongo de ellos, de estos amigos que emplean su tiempo para dar satisfacción a mi deseo de aprender.
¿Qué puedo hace yo para estudiar ? Una única vez en mi vida, con siete años, rechacé yo la oportunidad de aprender. Me habían abandonado, o sea, que me habían metido como interno, en un colegio para diversos funcionales y yo interpreté aquello, era un niño, como el destierro que era, poco menos como que mis padres me habían echado de casa. Me resistí a todo allí dentro, hasta conseguir que me devolvieran a mi casa. No dejaba dormir a nadie.
Cuando en la adolescencia descubrí la importancia del estudio y de la instrucción ya nadie me hizo el menor caso. Para mí habían terminado todas las oportunidades, para un discapacitado, que necesita de ellas más que nadie. Si insistía en mi deseo de estudiar, mi padre, además, me contestaba que nunca sería capaz de nada, que no tenía voluntad.
Cuánto no me habré arrepentido desde entonces por abandonar el colegio de mi infancia. Pero había sido muy radical la separación de la familia. Me habían arrancado del núcleo que me protegía y me entendía, de las únicas personas que me trataban con cariño. Aún así, si alguien me hubiese explicado que en aquel colegio empezaba mi futuro, hubiese resistido incluso semejante crueldad. No tuve otra oportunidad, se acabó para mí la instrucción. Mi tristeza de niño abandonado, o depresión, me había cerrado todas las puertas.
Todas, salvo las puertas de las residencias del IMSERSO, donde vivo desde hace más de veinticinco años. Y donde el Estado no cubre con su asistencia las necesidades de instrucción de los residentes. No he perdido el tiempo, sin embargo, y, pese a mis dificultades para todo, pues casi nadie me entiende cuando hablo, no controlo por los espasmos ningún movimiento de mi cuerpo y no puedo manejar siquiera una silla manual pues no me obedecen ni brazos ni piernas, he conseguido dictar una novela a voluntarios con paciencia, que se ha editado y ha sido un éxito, De vuelta en Palestina, una narración de referencia ahora mismo en los colectivos de diversos funcionales, y no lo digo yo, pueden consultar páginas en internet. Tampoco puedo escribir con mis manos, pero ahora pruebo a hacerlo con la barbilla y un programa especial en el ordenador, de barrido, aunque también necesito asistencia para esto, pues el collarín en que va insertado el pulsador se mueve y el programa se me bloquea.
No tengo respuesta a la pregunta que me hacía de cómo podrá estudiar un individuo como yo. Sé que me asiste el derecho a ello, sé que no tengo medios ni recursos para hacerlo más fácil, pero también sé que no es por mi causa.
He acreditado mis capacidades y mi voluntad. Que nadie me diga, pues, que todos tenemos las mismas oportunidades. Yo, todo lo más, ya estoy aburriéndome de tener reconocidos unos derechos, como es el derecho a la instrucción, o a la accesibilidad o a la independencia, que tan sólo sirven para que algunas conciencias se consuelen con la ficción de vivir en un mundo ideal.
No puedo estudiar, llevo años intentando hacerlo, pero no me dejan las mil barreras que me ponéis. Es lo que quería decir.

Cosas de hermanos

José Luis
El niño tenía ya los doce años cumplidos. Por esas fechas sorprendió a su hermano menor birlándole algo del monedero a su madre.
–Te he visto –se lo dejó claro–, pero no te preocupes, que no diré nada. Sólo tienes que hacer lo que yo te ordene a partir de ahora.
–Eres mi hermano, no estoy nada preocupado –contestó el chiquillo–, tú mandas y yo obedezco.
Desde ese día, el pequeño le seguía al hermano mayor a todas partes. La excusa era que tenía que hacer de su criado, pero sobre todo le seguía cuando el otro más deseaba estar solo. El hermano pequeño era como su sombra.
Hasta que un día consiguió lo que quería: lo sorprendió al mayor detrás de una tapia hurgando por debajo de la falda de la hija de la más beata del pueblo.
Entonces el menor lo interrumpió retador a su hermano:
–¿Sigo a tu servicio… “socio”, o renegociamos las condiciones del contrato?
El otro lo amenazó con la mano que tenía libre. El menor se alejó silbando de la tapia, pero no sin recordárselo otra vez:
–Pero no te preocupes que no diré nada, sólo tienes que cargarme la mochila lo que resta del semestre, de momento.

Teresa Forcades y la liberación emocional

José Luis
Es verdad que somos un poco miedosos. Y yo, el primero. Pero hay que superarlo para ser capaces de cosechar los frutos que broten de la calma. Mucho depende de la educación que hemos recibido, es verdad, al menos para intuirlo y aspirar a corregir el rumbo.
Mi amiga Teresa Forcades, doctora de carnet, vacuna contra el virus del terror y predica sobre virus que son casi inofensivos, como quien dice, a “tambor batiente”, pues con calidez africana impone las manos a ritmo selvático y terapéutico cuando aplica las técnicas de liberación emocional. Digo "mi amiga", porque las amigas de mis amigos son mis amigas... eso afirma Gerardo "el tanpequeño" de Tampico, que la conoció; dice que fue a aprender con ella allá donde las águilas se despeinan, abajito de Montserrat. Teresa dice que si eres presa del miedo, poco se puede amar, que es la otra cosa que predica hasta en Venezuela si es preciso.

Me pregunto cómo se comportará ante la cabeza más visible de la Iglesia, o sea, su jefe máximo, pues mi amiga Teresa Forcades también es monja, y benedictina: si ante él, que escribe sabiendo cómo se escribe lo que escribe, Teresa se mantendrá firme o bajará la cabeza. Hago votos para que se sostenga mientras su prédica valga. O que se demuestre que no lleva razón.
Me pregunto si mi escaso valor podría servirle de apoyo.

Un día de sorpresas

José Luis
Yo estaba en terapia escribiendo con la barbilla en el ordenador, como los artistas que en algunas películas pintan con los pies, y me dijeron que iba a venir el presidente del gobierno, que por qué no preparaba un discurso para él. Se me llenó el cuerpo de un entusiasmo retorcido, porque siento una gran simpatía por este hombre y esto es algo que siempre me ha salido, escribir. Por ese motivo quería pedirle que me ayudara a estudiar periodismo, o sea, de manera retorcida, como todo lo que me sucede: desde el respaldo de mi silla, pasando por mi espalda que se adapta al respaldo, hasta mi voz que sólo Petri entiende, todo se me retuerce, imitando mi cuerpo. Cuando terminó el barullo de la visita, como no hubo manera de hacerle llegar mi petición, le pedí a Gerardo que escribiera mi carta al Presidente y se negó, así que Ángel Hernández tuvo que destorcer otra vez mi entuertado camino —obra de los demonios que habitan los CAMFanarios de las iglesias— y me escribió él la carta que decía algo como esto: Sr. Presidente, el día que estuvo Ud. por el CAMF de Leganés, tenía yo la intención de dirigirme respetuosamente a Ud. para hacerle mi petición a Ud., pero me distrajeron de mi cometido algunas circunstancias. Venía con Ud. una compañera del Foro de Vida Independiente que en ese entonces buscaba marido, y allí fue donde mi propósito sufrió la primera torcedura: mis esfuerzos por llamar la atención de ella antes de la atención de Ud., cifrados principalmente en el peinado que estrenaba yo ese día, me hicieron perder minutos valiosísimos para entregarle a Ud. mi primera novela y pronunciar el discurso que me habían pedido. Después, los “mimos” de la trabajadora social y las responsables me colocaban, de manera retorcida también, ante los objetivos de los medios de comunicación que no perdían un ángulo de mi perfil griego, pero lejos de mi objetivo, que no sé si lo he mencionado, era precisamente Ud. También se interpuso en mi camino el portavoz del Presidente, que simpatiza con nosotros porque tiene un familiar en silla de ruedas. Aquí lo torcido eran los rizos de su cabeza, que esa mañana el Sr. Portavoz acusaba la batalla perdida de cada día por alisárselos. Imagino que no le restaban energías para atenderme.
Menos que mal que no estaba presente un compañero llamado Gilberto, que es más pelota que yo. Y que ese día las cuidadoras me ajustaron bien el pañal, que yo también tengo las mías, y eso sí que es algo muy doloroso de torcer.

Vacas y burroughs

José Luis
Hoy me viene a la memoria el día aquél que me disgusté con mis padres porque me querían llevar al pueblo contra mi voluntad. Mi madre insistía:
–Tienes que venir con nosotros porque no te puedes quedar solo en tu silla de ruedas.
–Mamá –le dije– comprenderme un poco, allí sólo hay personas mayores y algún burro y una vaca espantándose las moscas. Y yo en Madrid tengo un grupo con el que la paso muy bien.
–Ya lo sé –me respondió ella– pero tu padre quiere ir al pueblo a jugar la partida de dominó con los amigos y sólo dispone de los sábados. Además, no querrás que deje plantado al compadre y a Filiberto, que desde que enviudó se siente muy solo.
–Y yo qué culpa tengo de que el Filiberto se haya dedicado a la botella más que a cuidar de su mujer enferma.
Mi padre, que nos oía desde el salón, me mandó callar y me lo dijo. En realidad, me lo repetía:
–Filiberto será muy borracho pero tenía razón: Dios nos castigó contigo. Y te vas a venir quieras o no.
Ese día, el burro decidió que no había partida de dominó: rompió la valla y fue a abanicarles las moscas a unas yeguas que andaban en celo. La partida de dominó se fue al carajo porque a Filiberto se le cortó la borrachera con el espectáculo.
Fue uno de los días más divertidos de mi vida, gracias al burroughs.

A Federico García Lorca








José Luis



Federico:
permite que un pobre poeta
como yo
te recuerde y te llore.
Te tocó vivir
en los tiempos difíciles
y no te equivocaste,
así me enseñas a vivir
mis peores momentos
en esta silla de ruedas.
Fue por defender la libertad
que te mataron,
los que te mataron
no eran hombres,
te quitaron la vida las sombras,
que aún persisten,
del mal, de la historia.
Tú ya ni los recuerdas,
Federico,
a los monstruos que te fusilaron:
desde la cuneta
nos gritas a nosotros.


La palabra

José Luis
Con la palabra podemos comunicar lo que queremos, y se pueden escribir cosas buenas o malas novelas. Yo desde pequeño he llevado el gusanito de escribir. No sé si escribo bien o mal, lo que sí sé es que hago lo que puedo para que me salga lo mejor posible.
La palabra puede servir para hacer mucho daño al prójimo, pero también puede hacer lo contrario. Me gustaría vivir en un mundo sin hipocresía, y que todos tuviésemos el mismo derecho a ser felices, pero por desgracia no es así. Voy a poner un ejemplo. Esta noche me he masturbado y una cuidadora llamada Justina me regañó, cuando le llegó su turno. Yo me pregunto si ella no atravesará momentos de urgencia sexual en los que no tenga a mano a su pareja. Menos mal que Gena, la sicóloga de la residencia, me comprende. ¿Qué podrá tener Justina en su interior, que le resulta más sucio el semen que la mierda? Ni el semen ni la mierda son sucios... eso es como un juego de niños al lado de la hipocresía.
Hay personas que trabajan muy bien con la palabra, a mí me merecen una gran admiración. Yo tengo la desgracia de que no se me entiende cuando hablo y, por eso, no puedo usar la palabra que me gustaría cada vez, la más bonita. Tengo que escoger la palabra que mejor me entiendan. Cuando escribo es cuando disfruto de verdad con las palabras. Tengo que confesar que nunca pensé en escribir por mí mismo, por medio de un ordenador. Es una pasada para mí. Me paso mucho tiempo escribiendo, pero todavía me gustaría pasar más.

El fuego de la creación

EL FUEGO DE LA CREACIÓN
José Luis
El Jueves estuve con un compañero llamado Eulogio. Leímos varios cuentos suyos. Al mismo tiempo, me daba una lección de cómo se debe intentar la escritura. Apenas puede moverse, y sin embargo, no deja de impulsar su camilla en busca del interés del nuevo día.
Me pueden preguntar el motivo que le lleva a escribir. Me parece que no tuvo una vida fácil, pero desde el primer momento supo cogerse a muerte contra la nueva esclavitud de su enfermedad. Escribe lo mejor que sabe y de lo que sabe, que es, mayormente, sentirse atado a una camilla, en semiarresto domiciliario en una residencia, ignorado por los más, pero siempre animando un fuego en el que arden sus propios pensamientos.
Su mejor amigo, benefactor "a la francisca" de las palomas –antes del edicto de expulsión del reino de Leganés–, le critica algunos versos. Como aquellos que rezan:
“Cuidadora, cuidadora
¿Es ya de mear la hora?”
Y le asegura que con el producto de la venta de uno de sus libros, más un euro del bolsillo, se puede uno comprar una cerveza en el chino del barrio. Eulogio no se inmuta, pues sabe que una sola frase feliz reduce a la nada su desdicha e impulsa su vela de creador.

El tío y el sobrino

José Luis
Había una vez dos hermanos que se querían mucho. Uno era minusválido, el más pequeño, y sus movimientos siempre habían sido muy originales, tanto al caminar, que no caminaba y utilizaba silla de ruedas, como al hablar, que había que escucharle para entender lo que decía, o cuando miraba, que era un lince.
Y el minusválido, como las mujeres suelen pedir tantas explicaciones, pues le daba vergüenza salir con ellas y se había quedado soltero. El hermano mayor, sin embargo, no tenía estos problemas, se había casado e iba a tener su primer hijo.
Y le preguntó a su hermano minusválido si quería ser el padrino. Estos compromisos existen en todas las familias, pues nadie mejor que un tío para enderezar a los sobrinos que se tuercen, que suelen ser todos los sobrinos desde el momento mismo de nacer.
Por supuesto que el tío aceptó apadrinar al niño, pues se sentía, por su proverbial perspicacia, muy valido y muy capacitado para la tarea.
Por fin llegó el día del bautizo y el cura se quedó de piedra porque nunca había visto un padrino tan original como el hermano del padre del catecúmeno.
Como a ninguno de los presentes les parecía raro aquel padrino, incluido el sobrino mismo, que era el único no cristiano de entre todos ellos y que por eso lo llevaban a bautizar, el cura se creyó en la obligación de intervenir.
Preguntó por los padres de la criatura y se identificaron el hermano mayor y su mujer. Cuando el cura les preguntó que qué era aquello, ellos contestaron humildemente que un bautizo. “Eso”, insistió el cura, señalando al hermano minusválido. “Eso es el padrino”, contestaron los dos con igual recogimiento.
“Pero, vamos a ver, ¿su hermano es consciente del compromiso que contrae?” El cura había perdido del todo la paciencia y estaba levantando mucho la voz. Tanto fue así, que el hermano minusválido se enteró al fin de lo que estaban hablando en aquel aparte.
Y tomó la palabra, con la consiguiente confusión, pues ya se ha dicho que al hermano minusválido sólo le entienden los que le escuchan. Y el cura no escuchaba.
Lo que dijo no fue breve: “No sé usted, señor cura, pero mi dios es el de los limpios de corazón y el de los presos y el de los pobres y el de los enfermos y el de los tullidos y el de las prostitutas y el de los leprosos y por ahí”.
“¿Qué ha dicho?”, preguntó escandalizado el cura, pues no se había dignado escuchar. Y el padrino volvió a repetir su credo, solo que mucho más enfadado ahora. Y añadiendo al final que había repetido su fe para que nunca la volviese el cura.
“¿Pero entiende su compromiso con el catecúmeno y con la iglesia?”, volvió a preguntar el cura, dirigiéndose al hermano mayor. Este, como siempre ha escuchado a su hermano, pudo traducir lo que había dicho, resumiendo mucho: “Ha dicho que sí”, tradujo para el cura.
Por fin empezó el bautizo y el hermano mayor prefirió coger él mismo al bebé mientras el cura le echaba el agua, no fuera a ser que al hermano se le escurriera el crío con los espasmos y lo golpease contra el fondo de la pila bautismal. Y para que quieres más si sufre algún desperfecto el mueble, con semejante cura. Su hermano minusválido estuvo de acuerdo. Y por fin se terminó el bautizo con bien.
Luego hubo un pequeño refrigerio para la familia y el minusválido estaba contento, pues el cura no había conseguido distraerlo de su compromiso de meter en cintura al sobrino para enseñarle de qué va esto.
Este cuento lleva una moraleja: hay que comprobar la preparación de una persona antes de darle cualquier responsabilidad y no confundir al pastor con los que llevan sotana.

Liquidez

José Luis
El domingo pasado unos amigos pasaron a recogerme y nos fuimos a Madrid. Por el camino uno de ellos, una compañera, se quejaba amargamente de la ONCE. Decía que el emporio estaba apretando las tuercas a sus vendedores, y que a ella le habían subido el mínimo de cupones que tenía que vender en su quiosco de Carabanchel. Y si no alcanzaba el cupo de venta, le cancelarían la licencia en breve. Que había colegas que llevaban trabajando muchos años y veían amenazado su puesto de trabajo por la nueva medida, pues todo el grupo de expendedores de Carabanchel entraba en el mismo saco. Carabanchel es un barrio de gente trabajadora, el paro se ha cebado allí y no todo el mundo puede comprarse un cupón, decía, como lo hacían antes de estallar esta crisis económica tan brutal que los estrangula.
Yo me quedé preocupado, pues pensaba que esta organización, el emporio ONCE, era más solidaria. Recuerdo que en una ocasión a mí me habían echado una mano, permitiéndome vender el cupón, y por eso me quedé más sorprendido. La cobertura de anuncios en los medios, con el rasca y el cuponazo y todo eso, sigue con su presión y uno se piensa que todo es felicidad. Hasta que oyes hablar al que patea la acera y te despiertas y estás estrellado. Eso de que se juega más en las crisis debe de regir sólo para los especuladores de bolsa, que son los que provocan estas crisis. Los camioneros de Carabanchel no tienen para cerveza, menos van a tener para el cupón. ¿No será, como muchos dicen, que la ONCE también se dedica a la especulación financiera y es hoy por hoy la cueva de Alí Baba? ¿O es que la crisis amenaza incluso a ese dios de la liquidez que es la ONCE?

Asistencia personal

José Luis
Llevo unos días pasándolo bastante mal. Mi molestia va primero con mi familia y después conmigo mismo. Todo empezó con las preguntas de un amigo. Me preguntó si salía de la residencia cada semana, como salía hace años. Yo le dije que no, que hacía tiempo que no salía con regularidad porque no tenía dinero para pagar un asistente. Nuevamente me preguntó por qué no se lo decía a mis hermanos o a mi madre. Me pareció una buena idea y de inmediato llamé a mi hermano, el mayor, y le pregunté si podría venir a verme. Cuando vino y me preguntó qué quería, le dije que estaba pensando otra vez en una persona para que me ayudara con mi silla de ruedas y poder salir a pasear cuando menos una vez por semana, tal como lo hacía antes. Me respondió que yo tenía una familia que se preocupaba por mí. A mí me disgustó su respuesta porque él sabe como lo paso yo en la residencia, lo solo que estoy. También me dijo que estamos en un momento difícil, y se fue. El sábado siguiente me llamó mi madre. Yo no quería ponerme porque tenía miedo de que subiera el tono de la pelea. Aún así, el camarero me llevó al teléfono y mi madre me preguntó qué me pasaba. Le respondí que ella ya sabía todo. Y entonces se puso mi hermano el pequeño al teléfono y me dijo que mi madre estaba enferma y que no se merecía eso. Me prometió que vendrían a verme. Pero pasó este fin de semana y sigo sin noticias de casa. Lo que yo me pregunto es si no tengo derecho a disponer de un poco de dinero como cualquier persona. Ellos y todos siempre me dicen que soy una persona normal, pero lo dicen cuando les conviene. Incluso mis propias ideas políticas tengo que ocultarlas si no quiero que me lo echen en cara en casa. La verdad, lo paso muy mal. No sé como va a terminar este pleito, no sé como voy a conseguir que algún asistente me saque de paseo un poco.

Fundador









Jose



Nicolás, donde quiera que estés, siempre estarás con nosotros, porque tú eres un fundador, este grupo de adredistas existe por ti, ya que Andrés vino de tu mano al CAMF. No sé el motivo de tu última decisión, pero hacen falta un par de pelotas. Seguramente este artículo será polémico, como tu decisión, pero nosotros no te podemos juzgar. Existe un ser supremo que te juzgará, dicen que él es justo, te pondrá en el lugar que mereces. He oído que tu madre está sufriendo mucho y es natural. Ella tuvo que sufrir para traerte al mundo y no puede menos que sufrir al despedirte. Es muy doloroso despedir a un hijo. Pero otra vez te digo que tendrías tus motivos, que nosotros no podemos comprender.
Hasta siempre, amigo Nicolás.

Memoria de ausencias









José Luis




Amor,
fuiste la brisa
que ha llenado mi vida de alegría.
Te alejaste, huiste al otro lado del mundo,
pero ayer te veía buscándome
entre las máscaras del carnaval,
no volviste nunca
pero estabas aquí,
a la puerta de la residencia, amor.

Amor,
estoy solo,
soy tan huérfano
que hasta la soledad me abandona,
pero he hecho el camino, amor,
e hice enemigos
y conocí los malos pensamientos.

Amor,
no soy libre:
ofrezco aquí mi vida a los verdugos
por un poco de libertad
para esta especie de los arrecogidos,
tú me enseñabas la generosidad,
pero no soy libre.

Amor,
no olvido,
no puedo olvidar
un corazón grande
en el cuerpo animoso de la mujer
que escribió las palabras
que dictaba mi dolor más fuerte,
el de tu ausencia,
tu mano hizo el milagro
de que no te murieras, amor,
podrida en la memoria.

Hice el camino, amor,
e hice un amigo,
se llamaba Santiago
y comía a mi lado,
comía en mi mesa
y era un bálsamo
que me ayudaba a comprender
hasta tu ausencia, amor.
Pero murió, amor,
murió Santiago.
Y murió José Luis,
otro gigante,
otro muerto envuelto en el misterio
que expresa a los maltratadores,
moría un luchador, amor,
otro gigante.

Amor,
pienso en mi padre,
también ha muerto,
pero nunca creyó en mí
y me duele más su desprecio
que su muerte, amor.


Leer

José Luis
¡Qué bonito es leer un libro! Aunque yo tengo un defecto, me gusta más escribir. Leo poco porque no puedo pasar las páginas y no tengo a nadie que las pase por mí. Tengo un amigo, escritor, que me dice que escribo bien, pero que escribiría mejor si leyese más. He aprendido a escribir viendo las telenovelas. No es tan difícil hacer hablar a dos personajes. En las telenovelas no dicen gran cosa, símiamor, nomiamor, y así. Hay que leer para que tus personajes digan otra cosa. Por eso quiero estudiar, pero tengo el mismo problema que para leer, no puedo hacerlo sin asistentes. Un día mi padre me echó en cara que no tenía voluntad. Así se quitaba él de encima responsabilidades por mis fracasos y me las pasaba todas a mí. Mi padre decía que un compañero mío, Vicente, que vive en su pueblo, tenía más voluntad que yo. Vicente consiguió hacerse una vida vendiendo lotería. Pero yo no puedo tampoco hacer eso. El padre de Vicente vive ahora en una residencia. Yo nunca hubiera metido a mis padres en una residencia. A mí lo que me gustaría sería vivir solo en mi casa, y me pregunto si algún día podré cumplir mi sueño. Hubo una época de mi vida que nunca olvidaré: era feliz, vivía en casa de mis padres. Era feliz incluso cuando me quedaba en la cama esperando que mi madre viniese de hacer la compra para levantarme. Me gustaría tener una casa para vivir porque aquí no tengo más que frío en el alma. Me gustaría un poco de calor humano, eso mismo que a Vicente nunca le ha faltado en su pueblo.

El metro del miedo

José Luis
Tenía que ir a Madrid y le pedí a Pedro, un amigo, que me acompañase. Iríamos en metro, que pasa cerca de la residencia. Llegamos a la estación de El Carrascal y esperamos unos minutos. Por fin llegó el tren, envuelto en una corriente de aire más fría de lo habitual. Subimos y al punto el convoy reinició la marcha y se metió en el túnel. Había pasado media hora y todavía no habíamos pasado por ninguna estación. La gente comenzaba a ponerse nerviosa y se preguntaba qué estaría pasando. Sólo se veía la luz del vagón reflejada en la pared del túnel, al paso. Un niño comenzó a llorar y su madre se quejaba: "Pero cómo no va a llorar mi niño, si no llegamos a ninguna parte". Un hombre mayor que estaba al lado de ella comenzó a dar golpes en el cristal de la ventana. Yo también me estaba poniendo nervioso y, como llevaba el pañal puesto, me meé encima. Una pareja de jóvenes, sin embargo, seguían a lo suyo, dándose el lote. A lo mejor su inconsciencia era más adecuada que nuestra preocupación, pensé. El tiempo pasaba y no llegábamos a parte alguna. Ellos dos al menos sí aprovechaban el viaje. De pronto, el tren se llenó de luz, como si hubiésemos entrado en una estación por fin. Pero no, vimos muchas cajas de muertos con su cadáver respectivo a lo largo de un andén. Muchos vampiros sobrevolaban el lugar, lógicamente. Pude distinguir claramente a dos personas, una iba vestida de negro y tenía los dientes también negros y las comisuras llenas de sangre. El otro iba vestido de blanco y no disimilaba, se parecía a un ángel. En realidad, no disimulaban ninguno de los dos, porque el de negro era malo como un demonio y los mordía a los muertos. Cuando llegamos nosotros al lugar, este tipo comenzó a asustar a los viajeros, provocando ataques de pánico y desmayos. El hombre de blanco no esperó a más y comenzó a pelear contra él. Era una lucha a muerte, espectacular, cinematográfica. Cuando el malo se vio perdido, cogió a varias personas como escudo y quiso morderlas para reponer fuerzas, pues desfallecía por momentos. El ángel bueno no le dio tregua y consiguió rendirlo. Entonces fue cuando se hizo cargo del malo la policía, cuando el combate ya estaba resuelto. Y el tren se puso en marcha de nuevo y pronto llegamos a la siguiente estación.