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Un amor de pesadilla


Fonso
Le conocí con 20 años en una discoteca y pensé que era el hombre de mis sueños. Pero el caso es que ha venido a ser el hombre de mis pesadillas.
Sus padres, de familia bien puesta, se quedaron gratamente sorprendidos al conocerme el día que Alfredo, que así se llamaba mi hombre, tras mucho insistir, me convenció para que fuera a visitarlos.
Y él me devolvió la visita a no tardar. Y a mis padres les pareció que, aunque yo era ligeramente mayor que él, unos meses, hacíamos una buena pareja.
Pensábamos casarnos al terminar los estudios cuando un suceso desgraciado se interpuso en nuestras relaciones. Fue ello la presencia constante de un fuerte de dolor de cabeza que anunciaba una enfermedad en mi cuerpo, de esas que se conocen como raras porque desconocemos su origen, y a veces hasta su evolución. El caso es que producía en mí un extraño cansancio y me obligaba a pasar la mayor parte del día en la cama.
No mejoraba y, ante la nueva situación creada, Alfredo lo habló con sus padres y estos le aconsejaron que lo dejáramos. Porque, de seguir y casarnos y tener hijos, estos podrían heredar los padecimientos de la madre, o algo peor.
Se avino Alfredo a estas razones y sus padres le compraron una moto para compensarle del disgusto. Porque el caso es que él seguía queriéndome y estaba un poco desesperado con la situación. Con tan mala suerte que un día, que había bebido más de la cuenta, tuvo un accidente que le rompió la columna vertebral.
Y hete aquí que, a la postre, el destino nos hizo quedar en tablas. Eso sí, con la balanza ligeramente a mi favor, porque lo mío no evoluciona mal y tengo esperanza incluso de curación, pero lo que es lo suyo, que se ha roto la médula espinal, es para toda la vida, mientras el cuerpo aguante.
Y ahora fueron mis padres los que intervinieron, cuando los suyos nos pusieron al corriente de estos hechos, negándose a que restableciéramos nuestras relaciones por las mismas o parecidas razones que habían esgrimido los suyos para darme el plantón.
Y no nos vemos y yo continúo pensando en él. ¿Entendéis ahora por qué un amor puede convertirse en una pesadilla?

Los tres pillastres


Fonso
Los recuerdos me llevan donde no pueden hacerlo mis piernas.
Los más felices de mi vida se relacionan con los años de la infancia, mis hermanos, y alrededor de la Navidad, cuando la ataxia aún me andaba rondando y el alcohol no se había apoderado todavía de la conciencia de mi padre.
Solíamos ir los tres de casa en casa, pidiendo el aguinaldo. Y casi siempre nos daban unas rosquillas, alguna fruta, y muy pocas veces algo de calderilla, que luego nos repartíamos a partes iguales.
Algunas veces nos salía una vieja con muy mal humor, diciendo que no estaba para músicas y que fuéramos a darles la lata a nuestros padres. Nosotros la llamábamos vieja pelleja, y cuando la pobre señora nos quería sacudir con su escoba, salíamos corriendo escaleras abajo gritando la misma cantinela: vieja pelleja, vieja pelleja…
Del día de Nochebuena no se me olvida el olor a los guisos de la carne y el pescado que percibíamos al subir las escaleras. Y, sobre todo, cuando nos abrían las puertas de las casas, donde las mujeres andaban muy atareadas preparando la cena. Éramos así de inoportunos a posta y, en esos momentos, nos daban lo que fuera con tal de perdernos de vista, sin esperar siquiera a que le diéramos las gracias con un villancico, que apenas sí lo habíamos ensayado.
Nuestras andanzas no se limitaban a las fiestas navideñas. También se nos podía ver en el campo, matando pájaros con tirachinas o robando fruta en los huertos o buscando caracoles, que luego metíamos en bolsas para irlos vendiendo por las casas o los bares. Y en el buen tiempo, bañándonos en calzoncillos en el río Segura.
Estos recuerdos de mi infancia con mis hermanos son los que me han ayudado a no tirar la toalla ante los peñascos que me fue poniendo la vida delante de mi silla de ruedas, durante el tiempo que me permitieron tenerla…
Sin la silla eléctrica, la vida me va todavía peor, pero eso lo contaré en otro momento.

La soledad


Fonso
Mi corazón embarranca a menudo en esa soledad triste y oscura que lo llena e inunda todo.
Soledad sentí en mi adolescencia, cuando viví el fatal momento en que mi madre fallecía, siendo aún joven.
Desde entonces, esta oscura e inmensa soledad me acompaña con frecuencia, la llevo dentro de mi corazón.
La soledad me coge como un sentimiento piadoso, y poco a poco se pega a mi alma.
Y se me manifiesta a veces como una gran tristeza, y me hace sentir tan desgraciado, tan despojado de este mundo insólito y único, que me aparta de todo como un apestado.
Así es como me siento ahora, vencido por la soledad. 

En el juicio


Fonso

Juez: Póngase en pie el acusado y conteste a las preguntas del Ministerio Fiscal.
Ministerio Fiscal: Con la venia: ¿No es cierto que sobre las tres de la madrugada del día de autos, cuando sus vecinos gozaban de un merecido descanso, usted al grito de: “¡Tú no te metas!, ¡Lo tengo que matar! ¡Ya no aguanto más!” y expresiones similares, estuvo alborotando hasta que alguien llamó a la policía?
Acusado: Sí, es cierto... pero es que yo...
Juez: Limítese a contestar o No.
M.F.: ¿No es cierto que durante las tres horas que se negó a abrir la puerta y ceder el paso a las fuerzas del orden, por carecer del preceptivo permiso judicial, usted pudo deshacerse de la víctima por la parte trasera de su vivienda?
Acusado: Claro que sí, señoría... pero es que las cosas no siempre son lo que parecen, y...
Juez: Le repito que se limite el acusado a contestar a lo que se le pregunta. Más adelante, cuando este Tribunal se lo permita, el acusado podrá ofrecer su versión de los hechos... Prosiga el Ministerio fiscal
M.F.: Con la venia: ¿No es menos cierto que los agentes encontraron señales de sangre en cortinas, alfombras y tresillo, los muebles desordenados, al acusado con arañazos en brazos y cara, y a su señora bajo los efectos de un fuerte ataque de nervios?...
Acusado: Sí.
M.F.:No tengo nada más que preguntar.
Juez: Responda el acusado a las preguntas de su abogado.
Abogado: Con la venia de su señoría, le pido a mi defendido que nos saque de dudas. Cuente a sus señorías lo ocurrido en la noche de autos.
Acusado: Una gran parte de lo que dice su señoría del Ministerio Fiscal es verdad, Dios me libre de discutir con su señoría. Sólo en una cosa se equivoca su señoría y es ello considerarme un asesino. Pero todo en la vida tiene un límite, -acuérdense sus señorías del Santo Job- y aquello era más de lo que un hombre paciente, y amante esposo, puede soportar. Así que al verle en la cama con mi esposa se me nubló la vista, y con lo primero que encontré a mano hice lo que su señoría hubiera hecho de haberse visto en mi lugar...
Juez: Supone usted mucho. ¿Debo entender que se mantiene firme en su versión a las fuerzas del orden, de que estaba viendo la tele-visión en el salón, acudió corriendo a la habitación de matrimonio ante los gritos despavoridos de su esposa porque su gato intentaba arrancarle los ojos y que, en legítima defensa, con un cuchillo de cortar el jamón lo persiguió a cuchilladas por toda la casa hasta conseguir matarlo y que luego lo tiró al contenedor de la basura?
Acusado: ¡Precisamente!
Juez: ¿Y cómo se explica que después de haberlo matado, no apareciera su cadáver por ninguna parte?
Acusado: Acuérdese su señoría de las siete vidas de los gatos.
Juez: Se levanta la sesión.

Sueños locos

Fonso
Soy de sueño rápido y despertar ligero, de manera que cinco minutos después de las nueve –porque me acuestan en el primer turno– ya estoy roncando, y no han dado la tres de la madrugada cuando ya tengo todo el pescado vendido y la noche por delante.
A la espera de que me levanten para desayunar, solo me queda una cosa por hacer, y es darle vueltas y más vueltas al tejadillo. Me enredo en los asuntos pendientes, por ejemplo, cómo continuar y resolver los relatos que tengo a medio hacer (cosa que hace feliz a Manuel), qué voy a decirle a Nacha para que me devuelva mi silla eléctrica, cómo les entro a las del Prójimo Próximo para que me lleven al oftalmólogo o a quién le coloco los décimos que siempre traigo de más…
Este duermevela, cientos de veces repetido, suele desembocar en todo lo que tiene que ver con mover el culo de la cama. ¿Y qué medio mejor para moverse que montado en un caballo blanco (o negro, que tampoco uno es racista)? ¿Y qué espacio puede ganar en amplitud al salvaje Oeste? ¿Y qué mejor blanco que un indio cuando trabajo para los blancos o un blanco cuando trabajo para los indios? De ahí a tener un par de Colt 45 colgados de la cintura, dos cananas cruzadas sobre el pecho, un Winchester 73, un sombrero de ala ancha y sendas espuelas de plata solo hay un paso.
El rifle, que llevo colgado en una funda de cuero con flecos en el lado derecho de la montura, lo suelo utilizar para matar indios o búfalos a larga distancia, y las pistolas, para cargarme personas a la corta… La cuestión es matar todo lo que se mueve, y si no se mueve tampoco pasa nada, pues nunca faltan cactus ni chumberas ni latas de alubias oxidadas, a las que les puedes tirar sin miedo a herir a ningún inocente, o pistoleros dormidos.
Si he dicho antes que mato personas, estas suelen ser de las malas. Los indios de Toro Sentado o los gringos de Custer son gajes del oficio, que para eso me pagan. Me refiero a tahúres con ases por todas partes, cazadores de recompensas, sheriffs corruptos, jueces sin conciencia y demás escoria, que tampoco es cuestión de gastar uno sus balas tontamente. A los indios –como le pasaba a Billy “El niño” cuando mataba a mejicanos– ni los cuento, como no sea para saber cuánto me gano a dólar de plata que me paga el gobierno por cabellera.
Estos sueños de pistolero de conveniencia en el lejano Oeste de América, domador de caballos salvajes, asaltante de trenes en marcha o justiciero por cuenta propia son los que más me vienen a la memoria, junto con otros tales, como chulo de putas en la Casa de Campo de aquí, de Madrid, o matón de barrio, pandillero, piloto de coches de carreras, drogadicto, transexual, loco de atar… o lo que haga falta.
Pero tampoco es cuestión de contarlos todos en un solo relato.

El asesino del ajedrez

Fonso
De pelo rubio y ojos azules, complexión fuerte, había sido un hombre guapo. Estaba casado con una rubia que también había tenido un cuerpo maravilloso, el pelo largo que recogía en trenzas, los ojos verdes y la nariz pequeñita, y unos labios reventones que habían sido la envidia de sus amigas.
Pero eso fue en otro tiempo. Ahora Ramón es un gordo –Gordo le llaman, pero en realidad es un obeso– que suele caminar con las manos metidas en los bolsillos. Si miras un poco descubres que en la derecha le falta el dedo corazón. Lo perdió cuando trabajaba en una serrería.
En realidad, a estas alturas de su vida ya lo había perdido casi todo. Lo único que le quedaba más suyo era la manía, más bien una obsesión, por el ajedrez. Desde niño se había interesado. Fue capaz de aprender los movimientos de las piezas sólo con ver como jugaban los mayores en el salón de juego Casa Galindo, un local abierto a diario en su barrio.
Pasó el tiempo y cada día que iba al salón acababa jugando. No era bueno y daba la impresión de que no le importaba mucho perder, pero realmente le causaba una gran desilusión. Tanto le fueron obsesionando sus derrotas que terminó por desconectar de la realidad y creerse invencible. Ningún ser creado le podría ganar, se decía.
Y recordaba con placer cuando su padre, bastante severo, que gustaba que su hijo fuese siempre el primero en el juego, le castigaba e incluso le pegaba cuando algún chico le había ganado. Su padre siempre le influyó mucho en su vida, estas cosas le quedaron gravadas en su mente para siempre.
Fueron tantos los palos que le dio su padre y tantas sus derrotas ante el tablero que la depresión siempre le ha rondado. Su mujer de labios reventones, que le conoce bien, le buscó un buen psicólogo, también económico, pues nunca anduvieron sobrados.
Y Ramón empezó a visitar su consulta, que para lo único que le sirvió fue para comenzar a engordar. A pesar de sus consejos y de sus pastillas, su mente se resistía a disciplinarse, obsesionándose cada vez más con sus derrotas, hasta el punto de llegar a tener delirios de asesinatos.
Pasaba tantas horas delante del tablero que se le iba el santo al cielo y los pensamientos al infierno. Hasta que llegó el día en que se enfrentó a Lucas Oibarro.
–Gordo, vamos a echar un partida –invitó Lucas, que se encontró a Ramón en un mesa esquinera, absorto ante el tablero y con una cocacola a medio beber.
–Siéntate y empecemos de una vez –ordenó Ramón.
Se sentaron uno frente al otro y comenzó la partida. Ramón movía las blancas, pero el juego no se alargó más allá de veinte movimientos. Para entonces Lucas ya le había preparado el jaque mate.
Se levantó Lucas eufórico por haber ganado y se quedó el Gordo Ramón como lo había encontrado, ensimismado en el tablero. Ahora analizaba una partida real, la que terminaba de perder. Después de varias horas, se fue. Pero se fue a buscar a Lucas. Estos fueron los primeros pasos de Ramón camino del infierno, pero no le llevaron a ningún lugar. Todavía no.
Al día siguiente por la tarde, en el salón de juegos Casa Galindo se le vio a Ramón muy alegre. En la barra se encontró con Eugenio Salazar, otro conocido de la vecindad que estaba tomándose una cerveza y picando unas patatas fritas.
–Tengo ganas de echarme una partida al ajedrez contigo –propuso Ramón.
–¿Cuánto estás dispuesto a jugarte?
–Lo que quieras –era fin de mes y Ramón había cobrado.
Y señalándole una mesa, se dirigieron a ella para comenzar la partida. Jugaban una cantidad fuerte de dinero.
Al principio, parecía que la partida se decantaría a favor del Gordo, pero un error en el movimiento de su reina le dio una ventaja definitiva a Salazar. Y lo peor es que tuvo que pagar la apuesta.
Como siempre, Ramón se quedó ante el tablero repasando las jugadas y los fallos más evidentes. Pero Eugenio Salazar, al verlo, se echo a reír, burlándose y dándose importancia por su triunfo. Con eso firmó su sentencia de muerte.
De madrugada y en el coche, el Gordo Ramón se acercó al domicilio de Eugenio. Hizo sonar el timbre de la puerta y Eugenio, que estaba sentado muy cómodamente en el sillón frente al televisor, se llevó el primer susto: ¿Quién llamará a estas horas?. Miró por el chivato de la mirilla y vio que se trataba del Gordo. Pensó que vendría a comentar algo de la partida y le abrió la puerta.
–¿A qué leches vienes a estas horas, Gordo?
–He estado repasando la partida y he llegado a la conclusión de que me hiciste trampas –contestó el Gordo Ramón, muy serio.
–¡Vete al pedo! Te gané muy justamente, que eres muy malo –y Eugenio le volvió la espalda al Gordo para irse al salón por su vaso de ginebra, y todavía invitó– ¿Quieres una copa?
Echó el Gordo Ramón la mano al bolsillo derecho del pantalón y sacó una navaja automática. No vaciló mucho, se lanzó sobre Eugenio y le asestó varias puñaladas por la espalda.
Eugenio cayó redondo al suelo con la camisa ensangrentada, ya sin vida. Y sobre el parquet del salón, al lado del cadáver, la policía encontraría un tablero con los dos alfiles y una torre dándole jaque mate al rey negro. Y en el espejo del cuarto de baño, escritas con sangre estas palabras: jaque mate.
Pero esto fue unos pocos días después, que una vecina descubrió el cadáver por el mal olor que salía del piso de Eugenio. Entre los muchos detalles del escenario del crimen, no pasó desapercibida a la policía esta curiosidad, que el tablero llevara impresas las iniciales C.G. Y por ahí comenzaron a buscar al asesino, por sus iniciales.
Entre tanto, el Gordo Ramón continuaba visitando Casa Galindo a diario. Y cada tarde se ensimismaba ante un tablero de ajedrez. Todos le conocían, pero pocos le retaban, el Gordo se había hecho un aburrido.
Pero a la semana justa de lo de Eugenio Salazar, fue el catalán José García, que vivía en un chalet un poco apartado con su familia, quien retó al Gordo a una partida.
–Tengo ganas de ganar algo esta tarde –dijo José García al Gordo, para convencerlo.
–Mal empiezas –advirtió sinceramente el Gordo Ramón.
Ocuparon la mesa del centro del salón y la partida se alargó hasta casi las seis horas. Pero al final quien ganó fue José García, el catalán, y el Gordo Ramón volvió a quedarse ante el tablero, analizando.
La decisión fue que lo mataría al día siguiente, domingo.
El catalán estaba dando una vuelta con su caballo y su mujer acababa de irse con el coche en dirección al pueblo. El Gordo observaba desde enfrente del chalet, entre unos chopos, y decidió que había llegado el momento de intervenir.
Cuando la víctima dejó atado al caballo en la cuadra y se disponía a salir, vio la silueta de su asesino recortada al contraluz en la puerta de los establos. La víctima se acercó a saludar al Gordo con la mano tendida, pero este, con la misma navaja automática que solía llevar en el bolsillo derecho del pantalón, consiguió asestarle cuatro puñaladas antes de que el otro reaccionara.
–¿Pero qué haces? –fue todo lo que se le ocurrió preguntar a su verdugo
Y cayó muerto, con el suéter lleno de sangre.
Sobre el suelo salpicado de sangre y junto al cadáver, la policía encontró un tablero de ajedrez con las figuras del caballo y la reina dando jaque mate al rey negro, y escritas en la puerta de la cuadra las palabras fatales, jaque mate. Tampoco esta vez se le pasaron por alto al comisario las letras grabadas en el tablero: C.G.
–Se trata del mismo asesino –concluyó– ¿Pero quién será el maldito C.G.?
Habían repasado todas las fichas policiales, pero no figuraba ningún asesino con estas iniciales, operativo en la región en los días de autos.
Volvía el comisario en el coche patrulla, camino de la comisaría, cuando reparó, obsesionado como estaba con las iniciales del asesino, en el luminoso encima de un local: Casa Galindo, y escrito en las lunas: Salón de juegos. Lo primero que le llamó la atención, todo hay que decirlo, fue la coincidencia de las iniciales C.G.
Fue más tarde cuando observó que allí también se jugaba al ajedrez, al interrogar al dueño del local, al Galindo. Sí, y todo los tableros de la casa tenían grabadas las mismas iniciales: C.G.
–Para llegar al final del caso, no hay como seguir la pista –dijo muy satisfecho de sí mismo el comisario, y continuó con el interrogatorio– ¿Quién juega al ajedrez en tu local?
Con la lista de jugadores en su bolsillo, sabía que estaba a un paso de resolver el caso.
Al Gordo Ramón lo encontró el comisario en su casa, tomando una cerveza y cortando una tapita de jamón con la misma automática con la que atacaba a sus víctimas. La rubia de labios reventones había salido de casa por más cerveza.
–Me vas a tener que dar esa navaja –ordenó el comisario.
Obedeció el Gordo, convencido de que el comisario querría cortarse otra tapita del jamón. Pero la cerró, la metió en un bolsa y se la llevó.
–Si sé que anda en esas, no se la doy –dijo sinceramente el Gordo Ramón.
El análisis del arma dio los resultados esperados: el ADN de las sangres encontradas en el mango de la navaja coincidía con el de las víctimas. No había duda, era el arma asesina.
Y de ahí a imputar al Gordo ya no había más que un paso.
–Está hecho el trabajo –se felicitó el comisario ante los inspectores.

El coleccionista de cabezas

Fonso
Carmelo era un tipo joven, guapo, alegre, de aspecto apacible, conversación agradable y con un encanto especial para las mujeres… ¡Lástima que resultara ser un asesino en serie!
Era relativamente nuevo en el barrio pero le aceptamos, sin hacer preguntas, en el grupo de colegas que nos reuníamos por la tardes en la tasca de Casiodoro, en la zona antigua de Orihuela.
Siempre llevaba la voz cantante cuando se hablaba del otro sexo. Solía decir que las mujeres son como pañuelos de usar y tirar, que sólo sirven para hacernos pasar un buen rato. Algunos pensábamos que quería hacerse el gracioso, pero las pocas veces que sostenía nuestras miradas veíamos en sus inquietantes ojos verdes que no estaba bromeando.
Había temporadas que le perdíamos la pista. Él se justificaba diciendo que había estado cazando y para demostrar su éxito nos solía enseñar fotos de cuerpos desnudos de mujeres jóvenes, sin otra particularidad que las cabezas tapadas de algunas; cuando le hicimos notar el detalle nos dijo que las chicas habían consentido que las fotografiara a condición que no se les vieran las caras y con el aliciente de una cantidad importante de dinero.
En el juicio que siguió a su detención –que fue muy sonado en Alicante y al que no faltamos ninguno de nosotros, los del Casiodoro– se pudo demostrar, en gran parte por el testimonio de las compañeras de las víctimas, que Carmelo fue el acompañante más asiduo y el último que vieron antes de perderlas de vista para siempre.
Sus piezas solían ser jóvenes latinoamericanas solas en España que se ganaban la vida en sitios de alterne, sirviendo en la barra o compartiendo mesa con los clientes. Se dijo que Carmelo dejaba buenas propinas, y sin pedir favores a cambio, como no fuera aceptarle una invitación para dar una vuelta de vez en cuando a la salida del trabajo.
En un arcón, que por su tamaño no entraba por la puerta de la cocina de su piso de soltero (en una zona apartada y solitaria de la capital) la policía encontró tres cabezas de muchachas congeladas en bolsas de plástico, que se comprobó que correspondían a las jóvenes desaparecidas.
El resto de sus cuerpos, según confesó al tribunal sin bajar los ojos ni descomponer la sonrisa, lo había ido dejando a trozos pequeños por distintos contenedores en toda la región, de Alicante a Torrevieja.

Palabras de agradecimiento

Fonso
Cuando comencé a escribir este libro, Jaula de oro, del que todos habéis hablado en este acto, unos bien y otros no tanto, pero que habéis leído y eso se agradece, quería contar lo mal que lo estoy pasando y que se me oyese. Mi vida no es fácil, nunca lo ha sido. Sin embargo, ha habido momentos en que yo he sido feliz. En las residencias del IMSERSO he sido feliz. Al principio, cuando yo era más independiente, era feliz, los que me conocéis lo sabéis. Hoy no soy feliz, también lo sabéis. Nadie me ha enseñado a vivir. A vivir se aprende de niño, con modelos como el padre o los profesores, pero yo no tuve infancia, nadie me enseñó el lado amable de la vida. De pronto, cuando ingresé en la residencia del IMSERSO de Alcuéscar, a pesar de la extrañeza de los primeros días, encontré mi lugar, no estaba solo, estaba entre iguales, o sea, entre cojos, y allí descubrí la verdadera amistad. La residencia estaba entre cuestas, en el peor sitio imaginable para nosotros, pero yo me sentía en casa, allí se vivía bien. También en Alcuéscar descubrí el amor por primera vez en mi vida y no me lo podía creer. Todo esto lo habéis leído en el libro. ¿Por qué ya no soy feliz? No sé cuándo ocurrió, pero mi vida desde hace un tiempo se ha vuelto a convertir en un infierno. Me veis cada día y lo sabéis. No puedo evitarlo, no sé evitar esta impotencia que me hace vivir amargado. El libro me ha dado la posibilidad de explicarme. Es para mí una satisfacción que lo hayáis leído. Os juro que lo último que yo hubiera soñado para mí es hacerme la víctima. No me gusta ir de víctima por la vida, nunca me ha gustado. No me quejo. Sólo grito y quiero gritar porque no soy feliz, no vivo bien, me siento pillado, prisionero, y no sé cómo escapar de este cepo. No sé qué hacer, pero esto no es una queja. La vida no me ha dado mucho, y lo poco que he recibido lo agradezco. Os agradezco vuestra ayuda a los que me asistís y ayudáis, y también a los que me habéis asistido y ayudado en otro tiempo. Y a los que habéis leído el libro, os lo agradezco especialmente. Y a los que habéis hablado aquí, también os lo agradezco. Y a los que habéis venido, gracias por vuestra presencia. A todos, gracias: tened paciencia conmigo.

Gandhi

Fonso
Siempre me ha gustado enterarme de la vida y milagros de los personajes históricos que han hecho algo grande por la humanidad.
Un día cogí un libro, bastante gordo por cierto, en la biblioteca pública de mi pueblo, Orihuela, que trataba sobre la vida de Gandhi y su lucha por la independencia de la India, sometida al Imperio Británico durante unos cuatrocientos años.
Ya no recuerdo cada lucha, cada huelga de hambre, cada viaje, pero me llamó especialmente la atención la forma en que se fue ganando el cariño y la voluntad de su pueblo, sobre la base de una entrega total por la causa de los pobres y oprimidos, y dando ejemplo de pobreza y solidaridad, siendo el primero en practicar aquello que estaba defendiendo.
Se pasó mucho tiempo luchando y arriesgando su vida y la de su familia con ayunos prolongados y privaciones sin cuento, pero se rodeó de fieles colaboradores que le seguían a todas partes y que estaban de acuerdo con su doctrina de la no violencia.
Pues era esto, la no violencia, el núcleo central de su pensamiento, la ideología que inspiraba su lucha. En esencia, decía Gandhi que nuestra verdad, lo que nos da derecho a criticar e incluso odiar a nuestro enemigo, esa misma verdad nos permite descubrir residuos de verdad en el enemigo más encarnizado, lo que nos obliga a respetarlo, si no a marlo.
Durante años estuvo recorriendo la India y comprobando el expolio y la humillación a que era sometida por parte de sus opresores, que se apoderaban de sus materias primas y hacían cambiar su economía de supervivencia, desde robarles las minas de sal a arrasar las selvas o cultivos tradicionales para las plantaciones de un producto tan poco nutritivo como es el té o el opio.
Con el ejemplo de su vida, Gandhi me dejó claro que uno puede conseguir algo grande con solo estar convencido de lo que quiere. Por mucho que la vida se te ponga cuesta arriba, no tienes que desesperar, y menos, tirar la toalla... Y todo esto, pacíficamente, sin decir una palabra más alta que otra.
Claro que él era Mahatma Gandhi y yo Alfonso Gálvez... pero... en esas estamos.
Aunque en el tema de no levantar la voz me tendréis que perdonar, porque a este paisano de Miguel Hernández no ha nacido todavía nadie que le mande callar.

Juan "sin Miedo"

Fonso
Los que me conocéis ya sabéis que soy muy religioso. En realidad, yo me limito a seguir el consejo del apóstol San Pablo de predicar el Evangelio con ocasión o sin ella.
Recuerdo que, cuando era más joven, tuve un amigo de menos edad, Juan, que le echaba mucha cara a la vida. Sus padres, de buena posición económica, se habían separado hacia tiempo y él no dudaba en utilizar al uno contra el otro con tal de que le dieran todos los caprichos que le viniera en gana. Entre ellos, una moto de gran cilindrada nada más cumplir los 18 años, con la que iba alborotando por todo el barrio.
En las horas muertas que se pasaba de cháchara conmigo, yo le hablaba de la palabra de Dios y de paso le afeaba el chantaje que hacía a sus padres o su forma ostentosa de vivir y sin temor de Dios, que algún día se podía matar con la moto y Dios le iba a pedir cuentas de lo que estaba haciendo con su vida.
Aunque me solía escuchar con atención, Juan se mantenía en sus trece de ponerse el mundo por montera porque –me decía– tenía que vivir la vida, que para eso era joven y para eso tenía por padres unos primos que le daban todo sin pedirle nada a cambio.
En cuanto a que Dios le iba a pedir cuentas, no le preocupaba ni poco ni mucho porque –razonaba– primero, Dios tenía que existir, cosa que según él estaba por demostrarse, segundo, de existir, ya tendría él tiempo de arrepentirse, que la vida es muy larga, y tercero, que mejor sería matarse con la moto que morirse en la cama de una enfermedad.
Decididamente, mi amigo Juan se tenía bien ganado el apodo de “Juan sin Miedo”. Y por supuesto que se mató en la moto. Lo que no sé es si le daría tiempo a arrepentirse.

La Verdad

Fonso
–¿Y qué es la verdad?
Esto fue lo que le preguntó el funcionario acomodaticio al guiñapo humano que tenía delante. Y, dándole la espalda, le condenó a muerte.
No esperó la respuesta porque sabía de antemano que aquel judío, a quien otros llamaban Hijo de Dios, le iba a contestar que él era la Verdad, el Camino y la Vida, y para el funcionario romano no había más Dios que el Cesar ni más verdad que su paga como gobernador ni más camino que el camino de vuelta a Roma, a ser posible más rico, ni más vida que disponer a su antojo de las vidas de los demás sin complicarse demasiado la suya.
Era mucho lo que podía perder escuchando al reo y nada lo que ganaba, así que, sin hacer caso de su mujer que le decía que lo soltara porque era inocente, se lavó las manos de la sangre de aquel hombre, que no hay agua que lave la conciencia, y mantuvo la condena.
Para mí, para Alfonso Gálvez Sánchez, y lo digo tan alto como pueda para que me escuche todo el mundo, Jesucristo, ese reo a quien Poncio Pilatos no quiso escuchar, sí es la Verdad sin fisuras y a esa verdad acomodo mi vida y gracias a esa Verdad no he tirado ni pienso tirar la toalla y gracias a esa Verdad puedo sonreír y ser feliz dentro de mis circunstancias.
Estas cosas son las que me han animado a predicar el evangelio entre la gente que me rodea. Lo malo es que, cuando me ven venir, me suelen dejar con la palabra en la boca.
Pero a mí no me importa porque algo parecido le sucedió a Jesucristo con Pilatos… Y no puede ser el discípulo más que su maestro.

La iglesia de los gitanos

Fonso
La iglesia evangelista de los gitanos de Orcasitas es un lugar que me satisface.
Hay días que me encuentro más melancólico y angustiado que de costumbre. Eso suele ser porque me está faltando la palabra de Dios. Algunos de los compañeros no se lo creen y otros se lo toman a risa.
No estoy de acuerdo con los que dicen que Dios es un invento de los hombres para dar salida a sus miedos, una especie de clavo ardiendo donde agarrarse cuando la vida se nos pone cuesta arriba. Yo respeto las opiniones de cada uno pero pienso que Dios es mucho más que todo eso.
Me gusta ir, por lo menos una vez a la semana, a rezar a una Iglesia Evangélica que hay en Orcasitas. Es un local con una cruz pintada de blanco, arriba, en el techo, y con una capacidad para unos cuatrocientos hermanos, que se llena muchas veces. Y todos vamos allí con la misma idea de alabar y darle gloria a Dios.
Hay una diferencia con otras iglesias cristianas de Madrid y es que la inmensa mayoría de los fieles son gitanos. Esto me tiene sin cuidado porque, cuando voy al culto, lo que me importa es compartir mi fe con mis hermanos evangélicos y sentir que estamos convocados por el mismo Dios. Si comparto mi fe con los gitanos, pues mejor para ellos y para mí.

Marco Antonio y Cleopatra

Fonso
Cleopatra era muy feliz hasta que se encontró con una amiga que le dijo:
–¡Hola, Cleo! ¿Cómo te va por estas alcantarillas de mierda?
–¡Mira tú, Rati, tan fina como siempre! ¿Que quieres que te diga? Pues no me faltan tuberías que roer aquí, y no aparecen gatos que me corten la digestión… ¿Y a ti, qué, por esos contenedores de ídem?
–¡Si me oyes quejarme de la vida, que me saque los ojos un gato! Entro y salgo del almacén de quesos y embutidos cuando me da la gana, no es fácil que muerda el cable que no es, ese que te puede dejar frita, y lo mejor de todo es que nunca hay trampas que temer ni moros en la costa que te zurren.
–¡Pues hija, Rati, me pones los colmillos largos!
–¡Pues mira, Cleo! ¡Cuando quieras te invito a queso!
Aquella misma noche, cuando se apagaron las luces del establecimiento, por las rejillas del sumidero, en la oscuridad del patio, aparecieron las cabezas, luego los cuerpos y por fin los largos rabos de dos ratas peludas que en un vistas y no vistas se encontraron de pronto en el paraíso de los roedores.
El caso fue que en un rincón de la nave, con las estanterías abarrotadas de quesos y los embutidos colgando por todas partes, sentado sobre las patas traseras, el pelo reluciente, que cambiaba de color con el parpadeo de un tubo fluorescente, y haciendo molinetes con el rabo, los ojos sonrientes, la mejilla derecha descansando sobre la pata delantera y relamiéndose las uñas de la izquierda, las esperaban los diez kilos largos de Marco Antonio.
Pues gracias a que el agujero de escape era demasiado pequeño y Marco Antonio demasiado grande, a que el gato se había confiado demasiado y a que el hambre aligera las patas, las dos ratas pudieron salvar sus vidas, no sin antes ser marcada por las uñas del felino la una y perder parte del rabo, y la otra dejar entre sus uñas las dos orejas.
Eso sí, en adelante la rata Cleopatra, ahora conocida en la colonia de roedores como Cleo la Rabicorta, ha hecho oídos sordos de los cantos de sirena de su amiga Rati y, sobre todo, no quiere saber nada de almacenes de quesos al cuidado de tipos tan indeseables como Marco Antonio.

El pacto del miedo

Fonso
La vida con mi padrastro no era nada agradable. No sé por qué me tendría tanto odio. Yo creo que podía ser porque de niño, como me ha ocurrido siempre, tampoco me podía callar y le decía en su cara todo lo que se me venía a la cabeza.
La primera vez que me pegó con saña, hasta el punto de atizarme con la hebilla de la correa del pantalón, fue porque llegué muy tarde a casa y le dije que él no era quién para pegarme, que yo no le había consentido ni a mi padre que me pusiera la mano encima, y mucho menos a él, que era mi padrastro.
Después de otra de aquellas palizas, en las que pensé alguna vez que me mataba, que me tiró al suelo y, después de darme patadas por todas partes, me cogió por los pelos y me dio tal golpe contra un armario que retumbó toda la casa y fue un milagro que no me partiera la cabeza, pues aquella misma noche le propuse a mi amigo Chacopino que se viniera conmigo a la capital para ver a mi padre. Cachopino acepto sin pensarlo dos veces porque también las relaciones con su padre eran bastante malas, aunque no hasta el extremo de las mías con mi padrastro.
Nos escapamos de Herodes, pero nos tropezamos con Pilatos. Mi padre se había convertido en un alcohólico que sobrevivía de lo que encontraba por las basuras. Nos hizo el mismo caso que a las ratas que se paseaban por su chabola, que él mismo había montado con cuatro tablas mal puestas.
Resistimos una semana, hasta que fuimos a buscar refugio a casa de mis tíos, que se asustaron al vernos y les faltó tiempo para llamar a mi madre, que andaba buscándome desesperada y que se presentó a las pocas horas en el coche, conducido por mi padrastro.
El conflicto había explotado y todos tuvimos que tomar partido. En adelante las relaciones en casa fueron algo menos tensas, porque yo me tuve que comer la lengua y tragarme los sapos por miedo a mi padrastro, porque él tuvo que sujetarse los caballos de la mala leche por miedo a que mi madre lo pusiera en la calle, lo mismo que había hecho en su día con mi padre, y porque mi madre se pasaba el tiempo templando gaitas por miedo a que el conflicto se desmadrara y ella perdiera algo, o su hijo o su pareja, y con él, el poco de dinero que aportaba y que tan bien nos venía.
Puede decirse que en mi casa se había establecido una especie de pacto del miedo.

Amor gitano

Fonso
Hacia un buen día de primavera, no corría el aire ni calentaba mucho el sol, yo estaba sentado con mi hermano Tomás en un banco de nuestro viejo barrio, en Alicante.
Cuando estaba más tranquilo, Tomás me sobresaltó diciendo que si le acompañaba al barrio de las Mil viviendas, donde vivía el Chino, para comprar dos talegos de chocolate.
Era un barrio de mayoría gitana. No podías pasear tranquilo por las calles porque siempre te podía salir alguno con una navaja dispuesto a robarte hasta los calzoncillos.
Sonriendo, pero con mucho miedo, le contesté que sí. Sabía de antemano lo peligrosa que era aquella gente.
–Tú estate tranquilo y no abras la boca ni te apartes de mi lado, que no te pasará nada –me dijo Tomás, acariciándome la cabeza.
Para mi sorpresa, no tuvimos ninguna experiencia desagradable. Al contrario, conocimos a muy buena gente, entre ellas a una familia gitana que conocían a mi hermano y cuyo jefe nos invitó a su casa. No ofreció un vino con un poco de jamón, que aceptamos encantados.
Nos sirvió una de sus hijas, una chica muy guapa de pelo largo y negro, de unos quince años. Lo que más resaltaba, además de tener un cuerpo precioso, eran sus ojos verdes, tan bonitos. Me enamoré nada más verla.
En los días siguientes, y por cualquier motivo, volvía a casa de la gitana y nos pasábamos las horas muertas hablando y paseando por las calles, ante la envidia sobre todo de los calorros de mi edad, que no soportaban que un payo se pudiera levantar a una chica de su raza. Se llamaba Sara.
Yo sabía que nuestras relaciones no eran aceptadas por la mayoría de su gente, pero yo sentía que nuestro amor era capaz de saltar cualquier impedimento racista. Además, tenía a mi favor a su padre, que le caí muy bien desde el primer momento.
Poco a poco nos fuimos ganando a la gente. Yo procuraba hacerme el simpático con todo el mundo y no me echaba para atrás a la hora de pagar, cuando nos tomábamos algo en las tascas frecuentadas por los de su tribu.
Pero nuestro idilio duró el tiempo en que tardó en cruzarse en mi camino la silla de ruedas. Yo observaba cómo la gente volvía la mirada con disimulo al ver el esfuerzo que hacía Sara empujando la silla y me imaginaba los comentarios que se quedaban haciendo. Se lo hacía notar a ella, que me decía que no me preocupara.
Unas veces con la excusa del mal estado de las calles, dejamos de dar nuestros paseos. Otras, Sara me dejaba a solas con su padre en el trapicheo con la droga y se iba a hacer los recados, sin volver a acordarse de que estaba esperándola en la casa.
Fui yo el que rompí, del todo, nuestra relación, a pesar de que la quería con toda mi alma.
Y todavía hoy, en la estantería frente a mi cama, junto al retrato de mi madre, está el retrato de Sara, mi amor gitano

La buena visión

Fonso
Me había dejado arrastrar por la secta de La buena Visión. Sus integrantes, todos cortos de vista, se comprometen a asistir a una ceremonia que consiste en arrancarle, en vivo, uno de los ojos a un gato blanco -al que luego abandonan a su mala suerte- para sortearlo entre los asistentes.
El afortunado, que no podrá participar en el sorteo siguiente, se lo tiene que tragar, sin poner mala cara y ayudándose con unos tragos de sangre del propio gato, mientras los hermanos, en corro y vestidos con túnicas blancas, entonan una jaculatoria que dice lo siguiente:
“¡Oh, Ser supremo de La buena Visión a quien nada se te oculta! Por el sacrificio de esta criatura inocente concede a los fieles reunidos en tu nombre algo de la visión que a ti te sobra y que a nosotros nos falta”.
Como el sorteo es mensual, los hermanos, muchos, y los gatos blancos, pocos, hubo quien sugirió que para prevenir los infartos (porque algunos andamos a vueltas con el colesterol del malo) podíamos sortear también el corazón.
La propuesta fue aceptada con una condición del decano. Y fue ello que, antes de probar con el corazón, los pulmones, el páncreas o lo que hiciera falta de los gatos, primero había que esperar si daba resultado el experimento de los ojos…
Como había sido de los primeros que se tomó el ojo del gato, como seguía viendo lo mismo, o menos, que antes, y como pienso que mis hermanos van a terminar por no dejar del gato ni los pellejos, pues todos cojeamos de algún achaque, decidí darme de baja de la secta.
Lo primero que hice, al librarme de ellos, fue ponerme en manos del oftalmólogo de la Seguridad Social y ahora veo todo lo que se mueve...
Por cierto, hay un gato blanco moviéndose alrededor de mi casa que cuando me ve se le estiran los bigotes, hace fu fu y el rabo se le pone en línea recta con la columna vertebral, mientras se le cambia de azul cielo a rojo infierno el único ojo que le queda.

El Primavera

EL PRIMAVERA
Fonso
A mi amigo Jaime Hierro le llamábamos el Primavera porque tenía una cara que parecía el capullo de la rosa cuando se está abriendo. Eso sí, cuando algún chico de otro barrio le llamaba Primavera era capaz de partirle la cara, aunque le doblara en estatura.
A mí me lo consentía porque entraba dentro del circulo de sus amistades y, sobre todo, porque él me llamaba Lusmi, así, con música, cuando en realidad yo me llamo Luis Miguel. Estábamos en tablas.
En el mercadillo de los viernes, en mi pueblo, Orihuela, donde íbamos a ver si pillábamos algo, una vendedora de flores le dijo una mañana:
–Oye, niño, ¿quieres este hermoso ramo de claveles, que estamos en primavera?
Al escuchar la palabra “primavera”, a Jaime se le puso la cara como un tomate y le dijo a la pobre señora tres cosas: una, que él no era un niño, dos, que ella no tenía ni idea de cómo tratar a los clientes, y tres, que sería mejor que se dedicara a fregar escaleras.
La mujer, que por más señas era gitana y soportaba mal los consejos, no se pudo contener y, agarrándole por los pelos a mi amigo, empezó a zarandearlo como un trapo. Menos mal que unas señoras por un lado y yo por otro conseguimos separarlos, sin que la cosa llegara a mayores.
Después de este percance, que salvamos por piernas, pues empezaron a salir gitanos de todos los tenderetes y aquello se puso tan serio que nos pudo costar muy caro, llegué a la conclusión de que ya era peligroso continuar tratando a Jaime como si fuera un niño –teníamos quince años, pero no estábamos muy bien alimentados, así que aparentábamos todavía menos–, y que era mucho más peligroso todavía transitar en su presencia de marzo a junio, cuando los campos se visten de colores, a las gentes se les ve más alegres y a muchos se nos cambia el carácter.
Por lo que decidí, allí mismo, no volver a verlo hasta el verano siguiente.

Inadaptado

Fonso
A Ramón García no le entraba en la cabeza ese dicho de Unas veces se gana y otras se pierde. Desde muy pequeño él había sido educado para salirse con la suya.
Bien es verdad que Ramón no tuvo toda la culpa. Sus progenitores se separaron cuando el niño tenía tres años, de forma que se pasaba temporadas en casa de su padre, que no debía de pasarle ni una pero que se las pasaba, temporadas en casa de la madre, que se las consentía todas, y temporadas con los abuelos, que se las pasaban o no, según marcharan las cosas con los hijos.
Cada cual rivalizaba con los otros para hacerle a Ramón la vida lo más cómoda posible, así que pocas veces recibía un no como respuesta. En las estanterías de su habitación se amontonaban juguetes sin estrenar y no había parque de atracciones que el niño no hubiera visitado o deberes en los que no le echaran las dos manos, o las cuatro.
Su carácter violento, poco acomodaticio a cualquier norma disciplinaria y siempre dispuesto a crear problemas, hizo que siempre fuera aprobando de milagro y por los pelos la EGB, bien es verdad que los padres se gastaban mucho dinero en clases particulares y que los profesores le aprobaban mayormente para quitarse al niño de encima.
No ocurría lo mismo en el Instituto, donde los profesores desde el primer momento le tomaron la medida. A esto Ramón no estaba acostumbrado. Tuvo varias llamadas al orden antes de que el tutor le aconsejara a la madre –su padre hacía tiempo que había tirado la toalla- que intentara colocarle de lo que fuera en cualquier sitio.
Tras varios intentos, no hubo manera que Ramón echara raíces en ninguna empresa. Con dieciocho años se le podía ver perdiendo el tiempo y fumando y bebiendo en una bodega del barrio con no muy buena reputación. Se rumoreaba incluso que andaba jugueteando con la droga para financiarse sus caprichos, que no son pocos.
Ahora está en la cárcel y no está a gusto, pero no pudo evitarlo. Está a la espera de juicio por haber dejado malherido a uno de su misma cuerda. Se comenta que fue por capricho, por hacerle sombra en el trapicheo, como si no hubiera mercancía o clientes para todos en el barrio.

Un novelero

Fonso
Mi amigo Emilio, un tipo bastante feo por cierto, con la boca demasiado grande, la nariz demasiado pequeña, las piernas desiguales y los ojos torcidos, bajito y más y más… se hacía demasiados castillos en el aire.
Un día que estaba muy contento, fumándose el penúltimo canuto de la tarde, recuerdo empezó a contarme uno de sus sueños más recurrentes, que era casarse con una chica que fuera alta, guapa, con buen cuerpo, millonaria, sin padres y que estuviera enamoradísima de él.
–O sea, que en el fondo, lo que realmente te interesa es seguir viviendo del cuento.
El había cumplido ya los 16, pero yo le llevaba cuatro años y no tenía por qué aguantarle sus tonterías.
El caso es que era un buen chico que no se metía con nadie, y yo no tenía otra cosa mejor que hacer y le dejaba levantar todos los castillos en el aire que le diera la gana.
Aunque a veces se ponía tan pesado que le cortaba, o le dejaba con la palabra en la boca y me iba, hasta que se le pasaban los efectos de la droga y aterrizaba un poco.

El Cortadedos

Fonso
Gary “El Rubio” y Bruno “El Toscano” vivían en una calle no muy concurrida de Harlem, en la ciudad de Nueva York. Ya rondaban ambos los cuarenta años, tenían un descapotable de segunda mano y vestían muy arregladitos. No se sabía que tuvieran familia en los Estados Unidos, pero sí que eran muy amigos y unos genios de la electrónica.
Un día el Rubio le dijo al Toscano:
–Mira Bruno, los dos vamos cumpliendo años y ya va siendo hora de que sentemos la cabeza. La gente murmura de nuestros trapicheos con la droga. De aquí a que se entere la policía y tengamos problemas sólo hay un paso. He pensado que con nuestros conocimientos y con algo de ayuda podríamos montar un negocio honrado que nos diera para vivir y no andar por las calles mirando para atrás y dormir con una pistola en la mesilla de noche.
–Pues mira, Gary, estoy de acuerdo contigo. Sólo que tenemos un pequeño problema, y es que necesitaremos mucho dinero para alquilar un local y proveernos del material necesario, a no ser…
--¿A no ser qué?
--A no ser que se lo pidamos prestado a Ralph.
--¿A Ralph, “El cortadedos”? ¿Has querido decir eso?
--¡Precisamente!
Los dos amigos se sorprendieron con la facilidad con que Ralph les ofreció el dinero que necesitaban, además de un local apropiado en la Tercera Avenida. Pero con una condición que les pareció razonable, viniendo de donde venía: que él se llevaría el cincuenta por ciento de las ganancias y el otro cincuenta se lo repartieran entre los dos.
Como las reparaciones eran económicas y los precios de los productos nuevos (que los ponía el socio capitalista) no tenían competencia, los dos socios empezaron a respirar tranquilos, con unas ganancias razonables y legales, que ya no tenían nada que ver con las drogas…
O al menos eso es lo que ellos pensaban. Hasta que se dieron cuenta de que Ralph los utilizaba como tapadera para un negocio que creían haber dejado atrás.
No les sirvieron de nada sus protestas. Le dijeron a Ralph que no estaban dispuestos a hacer por más tiempo la vista gorda con el tráfico de drogas, oculto en determinados marcas de televisores y en ciertas reparaciones innecesarias, y que, o se cortaba en seco, o tendrían que ponerlo en conocimiento de la policía, aunque ellos pudieran resultar también perjudicados.
¡Y tanto que sí! La respuesta del Cortadedos no se hizo esperar. Aquella misma noche, a la hora del cierre, ayudado por dos de sus gorilas y a punta de pistola, les hizo bajar al taller de reparaciones.
Sin mediar palabra y después de atarles con cables eléctricos a sendas sillas giratorias, Ralph en persona, ante la miradas de terror de los amigos y mientras los gorilas sujetaban más fuertemente a Gary, se puso de rodillas y sacando unas tenazas le cortó el dedo corazón por la segunda falange.
En tanto que Bruno, que veía cómo su amigo, perdido el conocimiento, se desangraba a borbotones, escuchaba claramente las palabras del Cortadedos, ahora sí:
–Os quedan dos opciones: seguir viviendo a mi costa, y hacéis la vista gorda, o coger el avión para esa mierda de Italia de donde nunca tendríais que haber venido.
Al poco tiempo se supo que Gary montaba en un avión de la compañía Alitalia. De Bruno, nunca más se supo.

El atraco

Fonso
Acababan de abrir en Caja Madrid cuando entraron dos individuos con muy mala pinta diciendo que esto era un atraco. Soy una señora capaz de hacer frente a un ratón, lo sé, pero estos doa no eran unos ratoncillos cualquiera, sino dos ratas de puerto de mar, capaces de liarse a tiros con nosotros al menor movimiento.
El más decidido saltó por encima del mostrador y empezó a rebuscar por los cajones, mientras el otro –al que le temblaba la pistola– se puso a bajar las persianas y correr las cortinas.
En esos momentos entró un señor con muleta que me preguntó por la ventanilla para cobrar la pensión. Yo le sugerí bajito que se dejara de pensiones y de hacer preguntas, y le quise hacer ver que había dos atracadores que nos estaban robando a punta de pistola.
Al tenérselo que repetir cada vez más fuerte, porque aquel señor, además de corto de vista, era duro de oídos, el atracador nervioso le dijo que se callara de una vez o le pegaba un tiro en la cabeza.
Como una mujer conserva su instinto de protección mientras viva, como se me estaba haciendo tarde para llevar al nieto a la guardería, y como aquellas no eran formas de tratar a la gente mayor, les amenacé -sacando fuerzas de donde no las había- conque o se largaban ahora mismo con lo mucho o lo poco que hubieran arramblado o me ponía a gritar como una loca.
No sé si fue por mi amenaza o porque la cosa no les había ido del todo mal o porque había otro señor con la misma pinta que el primero y que no acertaba con el picaporte para entrar –seríamos demasiados viejos juntos, sin nada que perder–, el caso fue que en un visto y no visto se montaron en un coche que les esperaba con el motor en marcha y salieron pitando con dirección a Fuenlabrada.
Al momento apareció la policía nacional, que después de intentar tranquilizar al director y al cajero, que estaban muy nerviosos, me pidieron (por parecerles la mas entera) que les contara todo lo que había pasado.
Yo les contesté que el tema era muy largo de explicar, que tenía mucha prisa, y que mejor sería que le preguntaran al señor de la garrota, que había estado a mi lado.
Por la noche, cuando vino mi hijo Demetrio del trabajo, le conté lo ocurrido y le pedí, por favor, que diera la orden para que nos cobraran los recibos de la comunidad por el banco, porque la señora Valentina, viuda del señor Gregorio y madre suya, no pensaba ir a una Caja de Ahorros durante los pocos o muchos telediarios que le quedaran de vida, amen.

Pescador con suerte

Fonso
Juan era un hombre de edad avanzada y con el pelo canoso, al que le gustaba mucho la pesca.
Un día fue al río y tuvo la suerte de cara. Pescó seis truchas, lo justo para que su mujer, Azucena, se decidiera por fin a hacer un buen escabeche.
De vuelta a casa, venía por el camino del cementerio, se encontró con su vecina, la señora Mercedes, que lloraba como una magdalena ante la tumba de su esposo Aniceto, al que habían enterrado hacía poco.
Acercándose a la viuda, trató de consolarla, recordándola que el destino de cada uno es la muerte y que Aniceto estaba con Dios porque era un hombre muy bueno, muy honrado y muy cumplidor –y Juan repitió cumplidor un par de veces– y que por mucho que le llorara no le iba a devolver a la vida.
La señora Mercedes, muy agradecida, secándose las lágrimas con un pañuelo, y sin al parecer percatarse de que venía recalcada la palabra cumplidor, le contesto:
–Dios quiera que vivas mucho años en compañía de tu mujer y de tus hijos y que sigáis siendo tan felices como hasta ahora.
Al llegar a casa Juan estaba muy serio. Al verlo su mujer así, y ello a pesar de la buena pesca, le preguntó qué cosa era lo que le preocupaba.
A lo que Juan, levantando los ojos de la lumbre, donde su mujer ya se disponía a preparar las truchas, contestó:
–Pues nada, que acabo de tropezarme con la Mercedes y no me ha dicho nada de las treinta mil pesetas que me debía el Aniceto, por más que le he tirado de la lengua.

Amor sobre ruedas

Fonso
Sonriente me ofreció su ayuda. Yo sólo necesitaba un champú, pero no paré de pedirle productos para mi higiene personal, hasta que me dijo que la perdonará pero que tenía que atender a una llamada de su jefe.
Cuando iba por la mitad del pasillo se dio la vuelta, y para mi sorpresa me ofreció otra sonrisa -esta vez nada profesional- que me produjo un extraño cosquilleo en la boca del estomago.
Excuso decir que volví al día siguiente y al otro y al otro, hasta el punto de atreverme a decirle por fin que -si no le parecía mal- me gustaría esperarla una tarde a la salida del trabajo. Para mi sorpresa, me dijo que no sólo no le importaba, sino que lo haría con mucho agrado.
Y como prueba de que no le afectaba ni mucho ni poco el tema de mi silla, me fue presentando a sus compañeros de trabajo, mientras yo hacía lo mismo con la gente de la residencia que me tropezaba por ParqueSur.
El idilio duró hasta que recibió una llamada de su padre desde Lugo, me dijo, diciéndole que su madre se había roto una pierna y que él con el lumbago y la artrosis no se sentía con fuerzas para cuidarla.
Desde entonces me ha llamado varias veces por teléfono para decirme que lo nuestro es mejor dejarlo, porque la pierna de la una y los achaques del otro van para rato.
Cuando por fin se hizo el silencio entre nosotros he preguntado por los padres de Nuria a sus compañeras, y me han dicho que padres no tiene, porque era huérfana de los dos, y que trabajo en la empresa, tampoco, porque se le acabó el contrato, y que lo de Galicia, menos, porque es de Córdoba.
El disgusto me afectó por partida triple. Por las veces que me quedé sin cenar por esperarla, por las preguntitas de los compañeros de la residencia, que se interesan de cómo me va con mi novia, y por la cantidad de productos de aseo que me abarrotan el armario, que lo tendré que repartir antes de que se pasen de fecha.

El amigo Miguel

Fonso
Mi amigo Miguel había caído por la pendiente sin retorno del consumo de heroína. La droga, según me decía, le producía un gran placer, porque le hacía vivir en un mundo maravilloso rodeado de luces de colores, en el que todo era más fácil y donde se sentía un superhombre.
Eso fue en los primeros momentos. Porque poco a poco las luces de colores se le fueron juntando para formar figuras terroríficas, que le despertaban gritando durante noches terribles y sudorosas en las que no podía conciliar el sueño.
En poco tiempo la droga se había apoderado de su conciencia, de manera que de ser un chico risueño y saludable pasó a ser a un tipo huraño y asustadizo, del que no te podías fiar y que tenía desesperados a sus padres, que ya no sabían qué hacer con él.
Para mantener su vicio necesitaba dinero, y para disponer de dinero tenía que robar y por robar se pasaba temporadas en la cárcel.
Una vez le vi inyectándose en la vena junto a una parada del autobús a la vista de la gente. Ponía tanta alma en lo que estaba haciendo que no me vio cuando me senté a su lado.
–Miguel, ¿por qué haces esto?
Y con la cara tan chupada que tenía y los ojos brillantes por la droga me contestó:
–Alfonso, lo hago para ver la luz.
Esa fue la última vez que hablamos.
Espero que haya visto la luz.

Pasa el tiempo


Fonso
Es muy duro aceptar que los años te van deteriorando. Yo no hace mucho que tenía treinta años y me encontraba mucho mejor físicamente.
Con los años he ido perdiendo vista, cosa que me resulta muy difícil de aceptar porque me impide practicar las dos cosas que más me gustan en la vida: leer libros religiosos o de aventuras y escribir de todas las cosas que me vienen a la cabeza.
Algunos dicen que les gusta vivir a tope todas las horas del día y otros se limitan a dejar pasar el tiempo sin preocuparse demasiado por las cosas. Yo pienso que sería maravilloso compartir con tus familiares y amigos todas las cosas buenas y malas que la vida te va presentando.
El pasar de los años es la señal más evidente de que la vejez está llamando a tu puerta. Esto es algo que a mucha gente les asusta, porque no les gusta mirarse al espejo y ver envejecido el bonito rostro que tenían hace unos años, observarse la cara con las primeras arrugas.
Yo pienso que el tiempo es como es y que todo consiste en plantarle cara de la mejor manera posible.
Al menos eso es lo que intento cada día cuando abro los ojos en mi cama de la planta segunda del CAMF de Leganés. Y sé que me moriré más joven que vosotros.

Con un indio en la camiseta

Fonso
Llegaba de un pueblo tranquilo, Alcuéscar, donde lo único que pasa son las vacas por delante de la residencia. Leganés me recordó el barrio de las Mil Viviendas, en Alicante, el único lugar del mundo donde una banda juvenil me puso en apuros, o sea, que me limpió los bolsillos. El CAMF donde yo me había instalado está en el Carrascal, y el barrio estaba de verbena la noche de mi llegada. Me aventuré a salir a dar una vuelta con mi silla eléctrica, a pesar de la oscuridad de sus calles.
El ambiente en el baile parecía relajado, sin embargo. Salvo una pelea a botellazos entre bandas juveniles en un solar sin construir de la Avenida Juancarlosprimero y demasiados coches de la pasma, no vi otras señales de violencia en el camino y me fui tranquilizando. Me metí entre el público que bailaba a las órdenes de la banda que ocupaba el escenario, pero justo en ese momento comenzó mi pesadilla.
Un tipo calvo, las gafas de miope que no ocultaban su mirada inquisidora, y vestido con una camiseta negra estampada con la cabeza de un jefe indio, apuesto a que era Jerónimo, y con unos pantalones de pintor color amarillo, un verdadero adefesio que no me quitaba ojo. Tanto me repasaba el tipo aquel que comencé a inquietarme. Las sandalias las llevaba rotas y muy sucias, se ve que usaba los pies para caminar, si no, para huir.
No quería volverme a la residencia tan pronto, apenas después de llegar. Pero estaba solo, aunque en medio de una multitud que, si bien no parecía hostil, tampoco se me ocurriría pedirle ayuda. Comencé a moverme calzada adelante para alejarme del calvo. El trafico estaba cortado en la avenida para dar paso al baile. Cual no sería mi sorpresa que, al cabo de cincuenta metros de porfavores y arremetidas con mi silla eléctrica, acariciando los tobillos de todos los bailarines, más atentos a la banda que a mis demandas, al final del túnel me encuentro de cara con el calvo y su indio otra vez.
Ya no había duda, me estaba siguiendo. Tendría que hacerle frente.
–¿Qué le pasa a tu indio? ¿Se aburre en el baile?, le dije yo, desafiante. No necesitó más provocaciones el calvo para iniciar su interrogatorio: –¿De dónde has salido tú?, fue lo primero que me preguntó, descarado. Había conseguido meterme el miedo en el cuerpo. Como poco, aquel tipo era un poli de incógnito en busca del tironero del baile. Repasé mentalmente los bajos de mi silla, intentando recordar todo lo que allí llevaba ahora mismo. Nada, por cierto. –Vengo del CAMF de la Avda. Alemania y no he venido solo, contesté después de mucho pensarlo, por si le intimidaba. –Precisamente, mañana te busco en la residencia, tenemos que hablar. Y me dio la espalda e inició la retirada.
¿Iba a ser eso todo? No podía terminar así el incidente. De pronto, se dio la vuelta, sacó su mano derecha del bolso del pantalón, se señaló el pecho, o sea, el indio, y gritó: –Yo me llamo Andrés, ¿cómo te llamas tú? –Alfonso, contesté yo con la voz entrecortada, presa del pánico. Y salí huyendo de la verbena como alma que lleva el diablo. No pude dormir en toda la noche, el incidente me tenía intrigado.
A la mañana siguiente, sobre las diez, se desveló el misterio: el calvo del indio me quería para esto, para escribir estos cuentos canallas. Y llevo haciéndolo diez años.

La muñeca viva

Fonso
Muy cerca de Manchester, en el bosque de Headwind, en una pequeña cabaña de mal aspecto, vivía una mujer que bien puede decirse que era bruja, pues todavía hoy hace pócimas y hechizos. Había curado a mucha gente, y leía las cartas y las manos y adivinaba el futuro.
Esta mujer tenía una muñeca que conservaba como recuerdo de su infancia. Nunca había apreciado a esa muñeca, ni cuando era niña. Sin embargo, nunca se atrevió a desprenderse de ella. La hechizaba de tal manera su muñeca que llegó a pensar si no estaría viva. Algo tenía, desde luego, que la molestaba e intrigaba.
Un día acertó a pasar junto a la casa un futbolista, recién retirado del Manchester. Paseaba por el busque con su hija de nueve años, que vio por la ventana la muñeca pelirroja, con su falda negra tan fea y un chaleco, y se quedó prendada. La vieja apreció que la expresión de la muñeca había cambiado a más siniestra al ver a la niña y advirtió al padre de su inquietud.
Pero el padre estaba divorciado y no podía negar ningún capricho a su hija. La bruja terminó accediendo a vender la muñeca, un poco porque no la tenía ningún cariño y otro poco porque aquella niña era muy caprichosa y se merecía lo que la muñeca pudiera a hacerle. Además, necesitaba una bola de cristal para sus predicciones y el futbolista pagaría bien el antojo de la cría.
Y así fue, el padre pagó sin regatear lo que pidió la vieja y cogió por fin la muñeca en sus manos, pero de inmediato se la entregó a su hija. –Espero que sepas cuidarla, le dijo. Y no dijo más.
Por la tarde, ya en su casa, la niña jugaba a las enfermeras con su buena amiga Lesly y con la muñeca recién comprada, tan pelirroja y tan fea. A las dos les gustaba mucho y se reían de ella. Y se les hizo un poco tarde jugando. Empezaba a oscurecer, a Lesly le daba miedo ir sola a casa. Entonces Mery, que así se llamaba la hija del futbolista, le pidió a su padre que las acompañase hasta la casa de la amiguita, que no estaba lejos.
Aceptó el padre complacido. Pero la hija y su amiga, al llegar a la casa de esta, continuaron jugando a las muñecas. Lesly tenía una casita de muñecas muy cursi y allí querían que se instalase la fea muñeca de la falda negra. Los padres de Lesly y el padre de Mery se alarmaron cuando el silencio en la habitación de la niña se hizo muy prolongado.
Pero al abrir la puerta, descubrieron alarmados que las niñas no estaban. Lo único que allí había, entre los juguetes, era una horrible muñeca pelirroja, con falda negra y chaleco, que miraba, sentada en el suelo de la habitación y con una sonrisa muy alegre en su siniestro rostro, cómo dos muñequitas diminutas, en un rincón que sólo ella podía ver, se desgañitaban y agitaban los brazos para llamar la atención de sus padres. Pero lo adultos estaban muy preocupados para reparar en muñecas, ahora que sus hijas habían desaparecido.

La cajita de lápices

Fonso
(Escrito para Nicolás)
Érase una vez un niño que estaba preparándose para ir a la escuela. Era tan pequeño que no llegaba bien al pupitre, y ponía libros en la sillita para estar un poco más alto. El niño tenía el cabello rubio y los ojitos azules. Como le gustaba mucho pintar, su mamá le regaló para su cumpleaños una caja de lápices de colores.
El niño sacó de la cajita, primero, el color amarillo. Y el lápiz amarillo, con unos mofletes muy amarillos, se puso a decir a los otros lápices de colores que él era el primero porque podía pintar los anillos de oro de los reyes y su corona, y las cadenas de oro de las reinas, y con soberbia se reía de los demás.
Sacó a continuación el color azul, que lloraba de rabia. Lo que pasa contigo, le decía al lápiz amarillo, es que te lo crees mucho, pero yo soy al menos tan valioso como tu, pues yo soy el que pinta los mares y los cielos. ¿Qué sería de este mundo sin mares y cielos? El lápiz azul estaba muy enfadado con el amarillo, que no paraba de reírse.
Y el niño sacó después el lápiz marrón, que dijo sin cortarse: Pues yo también valgo para algo. O, si no, que me diga a mí ese amarillo quién colorea los troncos de los árboles, o las castañas y bellota y, en el otoño, las hojas marchitas que se pudren en el suelo.
Y cuando fue a sacar el lápiz verde, también tenía algo que decir: ¿Qué sería de los campos cuando en primavera se visten de cereal y de hierba fresca para los animales? Nadie más que yo puede pintarlos.
El niño sacó entonces el lápiz rojo, que lo había oído todo, y dijo con su voz un poco ronca, apenas audible: ¿Que pasaría si yo no colorease la sangre o las rosas? Mi color es tan valioso como el tuyo, fanfarrón amarillo. Y pinto incluso los claveles.
Y el lápiz blanco también hablo, al salir de la caja: ¿Quién colorea la Navidad y los picos de las montañas cuando llega el frío en el invierno? Yo.
Pues faltaba el lápiz negro que, cuando el niño lo fue a sacar, gritó todavía: ¿Quién pinta el humo que avisa del fuego o quién pinta las grandes huras de las ratas y los grandes vacíos de la noche? ¿Quién?
El lápiz amarillo, que se lo tenía muy creído, tuvo que reconocer por fin que cada compañero de cajita tenía su importancia. Y el niño, muy sonriente, volvió a meter en la cajita con mucho cuidado sus lápices de colores. Había aprendido mucho con esta primera lección.

Amistad

Fonso
Acompañaba aquella tarde a Juan José al Parque de las Naciones. Íbamos a ver un espectáculo que venía de Rusia. Juan José es algo más alto que yo, rubio y de ojos azules, pero le “canta” el aliento bastante y da un poco de asco. Sin embargo, él siempre quiere llevar la razón y tiene muy malas pulgas. Me empezó a hablar de una agarrada que había tenido con Antonio González, que tiene el pelo cada vez más largo y más heavy. La había tenido con él, según me contaba Juan José, por el siguiente motivo. Habían llegado juntos al rincón donde nos vemos la peña. Venían de pasear un buen rato ellos dos y a Antonio se le había terminado el tabaco. Al llegar, Juan José se echó la mano al bolsillo, sacó un paquete de Ducados y ofreció tabaco a la peña. El Antonio terminó quedándose con el paquete de su amigo en la mano, pues había confianza entre los dos para eso y para más. Cuando Antonio González le fue a meter el paquete en el bolsillo del pantalón, dice Juan José que el otro notó que allí tenía la pasta, unos cien euros, que algo abultan, y no metió el paquete todavía. Antonio esperó a que Juan José estuviese más descuidado y en ese instante dio el cambiazo, le metió el ducados en el bolsillo y le sacó la pasta. Y dice Juan José que Antonio porfía que eso es mentira, pero él asegura que no, que había sentido cómo le mangaba la pasta. –¿Qué, no dices nada tú?, me increpó al término de su relato Juan José. Por supuesto que yo no dije nada. No me fío ni de Juan José ni de Antonio González, a ninguno de los dos le compraría un burro. Callado, no me equivocaba.

Hoy he tenido un sueño

Fonso
Se trata de lo siguiente. Yo era Billy Coy, el Rápido, un tipo con sombrero azul, de pelo corto, la nariz ancha, los ojos azules y cinco pies de estatura. Y de mi cintura colgaban dos revólveres. Lo mismo me dedicaba a matar indios que a matar hombres. Montaba, eso sí, un hermoso caballo blanco. Aquel día estaba en Longand City.Corría el año 1860, lo recuerdo bien porque la guerra comenzaría pronto. Longand City era por entonces una ciudad de pocos habitantes, abrasados por el sol de la mañana a la noche. El salón era un lujo. Y la oficina del Sheriff, el hazmerreír del pueblo.Ocupábamos la mesa redonda, a la derecha de la puerta de entrada, en el salón. Yo, con la espalda contra la pared, y él, frente a mí. Ese tipo acababa de llegar de Kansas City. Vestía completamente de negro y de su cintura colgaba un solo revólver, a la izquierda. Ojo con los zurdos, pensé. Soy Billy Coy y el póquer no tiene secretos para mí, siempre hay ases de sobra en la baraja si los sabes jugar.En un momento de la partida, el forastero de negro contó más ases de la cuenta en la mesa y me llamó tramposo, a mí, a Billy Coy. Menos mal que todo sucedió cuando ya el forastero lo había perdido todo y a los demás jugadores tampoco les sobraba gran cosa, que no me gusta perder el tiempo. Yo era el único que ganaba, estaba en racha.“¡A ver ese as que tienes en la manga!” Me dijo.Por supuesto, lo único que le enseñé fue la puerta. “Me parece que a tu jugada solo se responde con pistolas, y mejor te mato fuera, que no quiero que manches este hermoso salón”.Salimos a la calle y aún le di la oportunidad de contar diez pasos, espalda contra espalda. Él se volvió a los nueve. Pero yo me había vuelto a los ocho, que no me fío de los zurdos. Soy Billy Coy, el Rápido, y estoy obligado a ganar. Lo cierto es que allí, en la calle, el sol abrasaba al cadáver. Se estaba mejor en el salón.

Se busca

Fonso
Roberto García, que ahora tendrá 29 años, vivía dos o tres calles más arriba de donde yo vivo, pero hacía mucho que había desaparecido del barrio. Un día que estábamos la basca en el rincón de siempre lo vimos pasar en un mercedes plateado, y acompañado de tres chicas. "Mira a ese cabrón, ligando", me dije con envidia. Y me puse a repasar la cantidad de tontos con cara de pavo que conozco, pero con suerte para ligar. Roberto García no era el menos pavo, por cierto. Lo que yo no sabía aquella tarde era que, en realidad, Roberto es un jodido proxeneta que explota a las chicas que paseaba en el mercedes. López, que lo conoce bien, me lo contó. –Pues sólo falta ya que lo enchironen por chuloputas –comenté a López. Pero al día siguiente volví a verlo. Esta vez estaba con los colegas hablando de coches robados. Yo había visto su mercedes antes de verlo a él, aparcado frente al bareto. Cuando llegué hasta el grupo, me dijo al oído: –¿Quieres echar un polvo? –¿Cuanto me va a costar? –Treinta euros, por ser de la peña, pero el precio de mercado son noventa. –Paso, tío, que no tengo pasta. –¿De verdad? Pues gratis, tío, que me caes bien, ya verás como quieres repetir. Subimos en su mercedes y, después de no pocas vueltas, dio un frenazo en seco ante un portal de lujo, con mucha chulería, y me dijo –Aquí te espera la piba. –¿Vives aquí?, pregunté yo. –Aquí trabajo. Y Roberto me abrió la puerta.

Accidentes

Fonso
Cuando vivía en Alicante, la Residencia Sanitaria no quedaba lejos de mi casa. Si no era por un cosa era por otra, visitaba la Residencia más que la iglesia. Las pruebas que me hacían allí me aburrían mucho y procuraba distracción hablando con los demás enfermos. Los que más me llamaban la atención eran los heridos de accidentes de tráfico, una verdadera peste. Había atropellos a diario y todos terminaban allí, en la Residencia, perplejos. Recuerdo especialmente a un chico de unos 20 años, moreno, la nariz aguileña y las orejas muy grandes, con un bigote muy gracioso y el pelo largo de hippy, que tuvo el accidentes no sé dónde, pero que contaba que el coche había quedado para el desguace. Figúrate la ostia, tú, un coche casi nuevo, y siniestro total. Me contaba con cara un poco triste lo que le había sucedido, y que gracias a Dos había podido salvar la vida. Vi que tenía el brazo escayolado y que no andaba. Había muchos enfermos en la planta y tardaba siempre unos días en enterarme bien de cada caso, que si éste está por alguna ataxia, como yo, que si el otro se ha caído, que si lo de aquél es de nacimiento o lo del otro un dolor de cabeza. Los más divertidos eran los accidentes, me impactaban más, una carnicería era aquello. Cuando me enteré de que a este chico hippy le iban a amputar las piernas, ya no me separaba de él. Él me decía que no se lo iba a permitir al traumatólogo y , según me lo contaba, la cara se le entristecía y casi lloraba. Yo le animaba. Pues si no hay más remedio, tendrás que aceptar que te las corten, le decía yo. El chico tenía 20 años, pobre, y contestaba: ¡A ti te dará lo mismo pero a mi no! ¡Es una gran desgracia vivir sin piernas! ¡Ni novia podré echarme ya! ¡Nadie me querrá¡ Yo le miraba desde mi silla de ruedas y sonreía, condescendiente.