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Otras historias de la puta mili - II

Lillo
En la puta mili, las historias muy malas abundan más que las bonitas.
Recuerdo que en el campamento Santa Ana, los de mi regimiento estábamos en tiendas de ocho personas. En mi tienda fue a caer uno que le había dado una enfermedad del pensamiento. No se acordaba de nada. Su nombre sí que lo recordaba, Aparicio.
–Me llamo Aparicio –repetía sin venir a cuento.
Una de las cosas que había olvidado era que en España se hacía la mili a los 21. El ejército se encargó de recordárselo, y lo convocó a los 28, que fue cuando lo encontró apto y cuando coincidió con nosotros.
MellamoAparicio era el saco de las hostias. Todas las bromas se las hacíamos a él, que el ejército enseña a sobrevivir, pero no a ser solidario. El respeto a la diversidad no es una virtud que se practique en el entorno castrense. Una vez, con la broma más inocente, en la cama le habíamos hecho la “petaca”, o sea, la cama china, MellamoAparicio se puso histérico. Claro que no podía meterse entre las sábanas, pero a saber lo que pensó. El pobre de Aparicio salió gritando a llamar a los oficiales, aterrado.
En la tienda nos estábamos muriendo de la risa. Hasta que nos castigaron a todos en posición de “firmes” al pie de la litera lo que duró la noche.
En la siguiente marcha del regimiento con el equipo a cuestas, MellamoAparicio no sabía por qué se le dificultaba tanto subir cada loma. Por chivarse a los oficiales con lo de la petaca, los compañeros le habíamos llenado con piedras el macuto. El pobre recluta sudaba y resoplaba. Como si no hubiera sido suficiente el susto de la noche de marras.
Cuando pasaba la ronda del cabo de guardia, MellamoAparicio comenzaba a soñar, casi todas las noches, si no todas, que se ahogaba. Hasta que se despertaba sobresaltado, con los pulmones encharcados con el agua que le introducíamos los compañeros por las narices.
Con estas muestras de camaradería en el recuerdo, MellamoAparicio se licenció por fin, con todos los demás desgraciados de su reemplazo. Espero que no nos haya perdonado nunca.

Otras historias de la puta mili-I

Lillo
Yo era del remplazo del 59, pero me tocó hacer la mili una quinta atrasada. Por eso me llamaron a filas en el año 1961.
Como sufrí una enfermedad renal, tuve que pasar por el Hospital Gómez Hulla para que me viera un urólogo, que era de lo mejor de España. Se llamaba Enrique Acero, y tenía una consulta privada en la calle Ayala. Aquel médico me miró tan de arriba a abajo que yo me tranquilicé mucho con su reconocimiento. Aunque me dijo que me daba de alta para el servicio militar, me aconsejó que no hiciera muchos esfuerzos.
Pues ya ves, la mili, el mejor lugar para no hacer esfuerzos inútiles. Así fue que me incorporé a mi Regimiento, Argel 27, en Cáceres. Allí me dieron el uniforme, dos. Tenía que coserles los botones. Se los cosí de tal forma que, cuando los entregué, los botones seguían en su sitio, intactos.
Nos mandaron, a los últimos que llegamos, al campamento de Santa Ana. La llegada al campamento fue de risa, pero para los veteranos. Siempre era igual, los veteranos se meaba con los nuevos, encima de ellos, de risa. Y así estuvimos un tiempo. Nos habían puesto en las tiendas mezclados con los veteranos.
El primer día que nos sacaron al campo a hacer instrucción, nos mandaban unos cabos primera que eran unos desgraciados. Nos hicieron andar como si fuéramos animales. Para haber reventado mi riñón.
Un día, dando una clase de teórica, uno de estos cabos me llamó la atención porque no atendía a su explicación de montar el fusil. Yo le contesté que su lección ya la tenía olvidada, lo cual fue mi perdición. El muy cabrón me tuvo un mes haciendo la tercera guardia.
Hasta que nos trasladamos a Wad-Ras, en Campamento, Madrid, y allí empecé el servicio militar propiamente. Con la suerte de que venía con nosotros el mismo cabo primera desgraciado, al que había recomendado en su momento que se cambiase de acera si me veía por la calle cuando me licenciase, por lo de las guardias, o de lo contrario, que nos íbamos a ver más que las caras. Porque es lo que tiene la puta mili, que eres nuevo hasta que dejas de serlo.

La cabra

LilloÍbamos toda la familia camino de Cercedilla, en tren, para pasar un día de sierra, y se metió una cabra en el vagón. La sorpresa fue grande para todos los viajeros del tren, sobre todo para los mayores, que no veían buenas intenciones en el animal. Algunos incluso empezaron a gritar llenos de pánico pensando que el animal les podría atacar.
Se armó una bronca guapa, los chicos estábamos encantados. Pero terminamos haciéndonos todos amigos de la cabra y pudimos comprobar que era joven, o sea, que era un cabrito inofensivo.
Llegamos a nuestro destino y, desde la estación, nos fuimos directos a las dehesas, que era primavera y estaban muy bonitas, con los muchos arbustos en flor y las praderas verdes, para corretear por allí.
El animalito del tren, como le habíamos tratado muy bien, se unió a nosotros en la excursión. Pero al llegar a la dehesa apareció la madre del choto y nos puso en fuga a toda la familia. Venía con muy malas intenciones. Todos corrimos dando gritos, como poseídos por el demonio, como si hubiésemos visto al mismísimo Satanás.
Habíamos abandonado la merienda, y la que se puso las botas fue la cabra, se lo comió todo, el pan y la tortilla. No habíamos quedado sin comer por culpa de una cabra.
(Aquí terminó el autor su crónica y entonces la cabra habló: “Cabrones, los que tenéis para el taxi y los que andáis en metro: No se alegoriza el suceder natural —¡eso siguen haciéndolo sólo los decoradores!—, sino que se siente la comunidad esencial entre la vida humana y la terrestre: se ve a la tierra como hembra y a la hembra como perteneciente a la tierra.” Citaba con naturalidad la Fenomenología de la Religión de G. van der Leeuw. Y lo que no contó el cronista fue que su futura suegra perdió el conocimiento cuando la cabra remató:–Si tenéis paciencia, ordeñaréis mis tetas y tendréis del mejor queso que jamás se haya comido en un tren de la RENFE; de otro modo, probaréis no más que del rigor del chorizo ibérico.)