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Obligada tristeza


Estrella
¡Qué personas pueden estar más tristes que las que se mueren de hambre en África! ¡Qué puede haber más triste que nacer sin ninguna esperanza de futuro! ¡Sin ninguna posibilidad de escapar a un cruel destino, sintiéndote atrapada como en una tela de araña que, cuánto más tratas de escapar, más te atrapará y envolverá!
Yo siempre me he sentido involucrada con las causas perdidas, incluso la propia palabra PERDIDA me desgarra el alma porque, para cualquier poderoso, el hecho de decir que una causa está perdida ya justifica que no se haga nada por resolverla.
Por ejemplo, volviendo a las personas que se mueren de hambre cada día en África, algunos tienen que andar kilómetros cada día sólo para conseguir algo de agua potable. Incluso los niños tienen que realizar esta pesada tarea. Eso me impacta mucho, porque son grandes trayectos y además de ida y de vuelta. A mí me desespera y me hace trizas el hecho de que aquí derrochamos el agua y en otros lugares se juegan la vida para conseguirla.
No entiendo por qué se gastan millonadas en viajecitos a la Luna o a Marte, por ejemplo, o en colocar satélites y cohetes espaciales, si encima se rompen y no sirven para solucionar los problemas que tenemos en la Tierra, que es donde vivimos los humanos y los que no son humanos.
Además contaminan el medio ambiente, reduciendo la capa de ozono y aumentando los tsunamis, los terremotos y las catástrofes naturales. Que conste que me encanta todo lo relacionado con el Universo y los descubrimientos espaciales, pero hay que dar más importancia a tratar de solucionar el sufrimiento humano.
En general, todos tenemos parte de responsabilidad en todo lo que está ocurriendo, tanto en el destrozo del medio ambiente como en la destrucción de otros seres humanos.
Y volviendo a las causas perdidas, a mí misma me han considerado siempre una causa perdida, y eso ha hecho que me volviera más rebelde todavía. Esto duele mucho, porque te hace dudar de ti misma y creerte una hormiga que en cualquier momento puede ser aplastada sin que a nadie le importe.
Y una hormiga trabaja para tener reservas y para prepararse para los malos tiempos. Lo que me molesta es que yo trabajo como una hormiga para recibir el fruto de este trabajo algún día, pero mis padres no lo ven. No ven lo que lucho cada día. Cada día vengo al CAMF de Leganés a tratar de hacer ejercicios, para poder lograr caminar algún día e independizarme, sobre todo porque entiendo que mis padres necesitan su espacio.
Y por eso estoy aquí. Espero que esta tristeza que vivimos mi familia y yo se convierta el día de mañana en una inmensa alegría.
Os quiero, family.

Ausencia

 
Estrella
Vivía en Gandia con un amigo especial, Bonsi. Una mañana Bonsi salió a comprar pan, había estado lloviendo toda la noche. A su regreso volvió con un perrito. Había que mirarle dos veces al chucho para descubrir el color blanco que se escondía entre las capas de barro que tenía encima.
Me dirigí hacia la cocina para tomar un trozo de chorizo y dárselo al perrito, porque estaba esquelético. Él con mucha ternura empezó a menear la cola y se lo comió de un bocado. En sus ojos observé un gran agradecimiento, lo cual me impulsó a bañarlo para quitarle toda la mugre.
Para asombro mío y de mi amigo, no fue difícil bañarle, pues al meterle en la bañera se quedó como una estatua, dejándose bañar fácilmente. Decidí secarle con el secador de pelo y cepillarlo. Nuevamente quedé impresionada al ver lo calmado que estaba mientras yo lo aseaba.
Y quedé anonadada al descubrir lo blanco de su pelo, que se asemejaba a un copo de nieve. Al mirarle mejor, vi un cierto parecido en la cara con el dragón blanco de la suerte, de La historia interminable, que se llamaba Fújur pero que no recordábamos. Así que por equivocación le pusimos el nombre del niño, Atreyu.
Atreyu fue convirtiéndose día a día en mi mejor amigo, me devolvió la sonrisa y las ilusiones perdidas, me hizo ver que aún podía conseguir sueños dejados atrás.
Poco a poco Atreyu se fue convirtiendo en mi complemento y en mi otra mitad. Yo lo consideraba mi alma gemela, ya que si yo estaba triste, él lo padecía, encogiendo su cabecita, y si estaba alegre yo, lo celebraba dando saltos acrobáticos.
Después de pasar cuatro fabulosos meses juntos, me tocaba retornar a Madrid con mis padres. Y encima, tenía que hablar con mi padre para que me dejara tener a Atre. Mi padre al principio dijo radicalmente que no. Le fui convenciendo poco a poco hasta que terminó cediendo a mis suplicas.
Con el tiempo decidí ir a por todas y me fui en busca de mi sueño, el mar. A día de hoy pienso que la clave me la dio Atre.
Me cambié en tres ocasiones de piso, ya que los alquileres eran caros. Y mi gran error fue que, en el último piso donde estuve, no leí la cláusula del contrato donde decía que no se admitían animales. Cuando me di cuenta, era tarde. La dueña vio a Atre en el piso y me dijo rotundamente que no. No me quedó más opción que mi novio de aquella época se lo llevara a su chalet. Yo iba a verle cada día, ya que estaba inquieta por un perro enorme que tenía él para protegerse de los ladrones. El día de mi santo fui a ver a Atre, y allí estaba atado con una cuerda larga, para que no se peleara con Cobo, que era un perro asesino.
Después de soltarle y pasearle, volvimos a atarlo nuevamente y, a la que me iba, aún hoy recuerdo sus llantos y gemidos.
Aquel recuerdo de sus gemidos me persigue en mis sueños. Al día siguiente me llamó mi suegra muy compungida al teléfono. Me hablaba con voz entrecortada por el llanto, que Cobo había asesinado a mi Atre. Este, al irme yo, había mordido la cuerda hasta romperla. Y fue cuando se soltó y Cobo le cogió por el cuello hasta matarlo.
Al enterarme de la noticia me quedé en estado de shock. Mi novio me dijo que era mejor no verle. Él se encargó de enterrarlo. A mi vuelta a Madrid, fui a su tumba para despedirme de Atreyu.
Aún hoy me siento culpable de su muerte. Y además, murió el día de mi santo, en mi nombre. Quiero pensar que, en el cielo, es una estrella que se ha convertido en mi alma gemela.

¡Gracias, Bonsi!


Estrella
Yo antes creía en la amistad pero ciertos desengaños en la adolescencia me hicieron desconfiada.
Entonces, aquel día, en aquella discoteca llegaste tú, dándome un increíble pisotón que me hizo ver las estrellas mil veces. Y al mirarte me quedé perpleja: siendo tú tan delgado, cómo pudiste darme tal pisotón, que me chascaron los dedos del pie.
De hecho, después, cuando me regalaste el bonsái, como eres tan poca cosa, en mi casa te llamamos Bonsi.
Entonces tendría yo 19 años y tú 22. A partir de aquel día empezó nuestra maravillosa, sincera y autentica amistad.
Me has hecho volver a creer en ella porque siempre has estado, y estás, a mi lado en los malos y los buenos momentos: cuando me he caído me has levantado, cuando me han humillado me has defendido, cuando he estado baja de moral has sido mi inyección de adrenalina. De hecho, antes era adicta al chocolate y  he perdido la adición, ya que he cambiado el chocolate por ti.
Siempre has tenido una sonrisa para mí, una frase de aliento cuando flaqueaban mis fuerzas, incluso cuando hace años deje aquella relación que me llevaba por el valle de la amargura con mi ex novio, tuviste el detalle de llevarme a Gandia para ver lo que tanto me gusta, mi querido y amado mar.
Tú sabías en tu interior que el mar me daría fuerzas para salir a flote. Y de hecho salí, y por si esto fuera poco, me regalaste aquel perrito que te encontraste abandonado, al que le pusimos de nombre Atreyu, el cual desgraciadamente murió aquel fatídico día 30 de marzo en Benidorm de hará pasado mañana cuatro años, que da la casualidad de que es mi santo, lo cual me hace pensar que murió en mi nombre. El día de mañana, cuando yo muera, me encontraré con él y le tenderé mi mano, para pasear juntos entre las estrellas.
Atreyu era un vínculo muy fuerte entre tú y yo, pero nuestra cadena de la amistad es tan larga y fuerte que ni su muerte, tan dolorosa para nosotros, ni las desdichas ni los avatares que me traiga la vida en el futuro podrán romperla, ya que cada eslabón es un compromiso, nuestro, eterno, que nada ni nadie podrá romper porque está fundido por el amor.

Papurri, el peluso


Estrella

Hoy día, mi padre, eres el que más caña me metes en esta fase en que me encuentro de recuperación. Nunca estás contento con lo que hago, siempre me exiges más. Te cuesta admitir que yo tengo un límite. Y eso me pone de los nervios.
El problema de mi padre es precisamente este, que nunca conoció los límites. Su vida ha sido un continuo subir la cuesta. No ha tenido ni un solo momento de tranquilidad desde el día aquel, posiblemente verano, en que a su padre, el abuelo Lopera, lo avisó un buen amigo de que iba a correr la misma suerte que el hermano, recién ahorcado por los falangistas del pueblo.
Aquel día se puso a caminar toda la familia de mi abuelo, y su hijo Antonio, mi padre, todavía no se ha detenido. Hacían el camino el abuelo Lopera, la abuela Fidela con un niño en brazos, la tía Julia y mi padre, niños aún los dos. Se fueron con lo puesto del pueblo, Torrecampo, Córdoba, y de la casa familiar, que todos llamaban en el pueblo La casita de papel por su humildad. Apenas unas alpargatas protegían sus pies de las arideces del camino. Consiguieron llegar hasta Madrid y sobrevivieron apenas con lo que podían espigar en las huertas, camino adelante.
Corría el año 1949. Huían de la miseria y huían de la represión.
Pero no era tan fácil dejar atrás todo un mundo de desgracias, que había comenzado con la guerra, en la que quemó su juventud el abuelo. Y no era fácil salir adelante en la posguerra si, además, eras perseguido. En la casita de papel se vivía muy pobremente. A la abuela Fidela, cuando amamantaba al tercer hijo, el mismo que hizo el viaje hasta Madrid en sus brazos, se le comenzó a ennegrecer el pezón. Y la boca del niño se ponía morada cuando mamaba. Aquello era un misterio, el médico no se lo explicaba.
Fue mi abuelo el que terminó resolviendo el enigma. Comenzó a sospechar y echó harina una noche en torno a la cama. A la mañana siguiente descubrió el rastro de una culebra. La esperó la noche siguiente. Volvió la culebra y con una hoz la mató.
El médico diagnosticó que la culebra mamaba del pecho de la abuela y que, para que el niño no llorase, le metía el rabo en la boquita.
Este niño termino muriendo al día siguiente de llegar toda la familia a Madrid, después de las mil penalidades del camino, en una casa de acogida que regentaban unas monjas. La madre se había alimentado durante casi un mes de melones, sandías, uvas, lo que encontraban en el campo.
Mi padre Antonio tenía siete años cumplidos, aquel verano de la huida. Cuando la familia llegó a Madrid, él se puso a buscar chatarra con su hermana Julia. No solo encontraban clavos, también servían los huesos, de lo que fuera, de perro o de oveja o de cualquier otro animal. Todo se lo compraba el trapero.
Desde entonces mi padre no ha parado de trabajar. Nunca tuvo oportunidad de ir a la escuela. Todo lo que sabe lo aprendió en la calle, trabajando. Hacía de todo, desde limpiar cristales hasta ayudar al abuelo de albañil. Aprendió por fin el oficio de pintor y a ello se ha dedicado toda la vida desde entonces.
Y se pasó la mili cantando en Fuencarral y en El Goloso. Mi padre cantaba muy bien, tanto que tuvo hasta ofertas para grabar algún disco, pero mi madre no estaba por la labor de ser la mujer de un famoso. Es por esto que sus hijas, yo incluida, somos las hijas del pintor, no las hijas del Fary.
Yo le quiero mucho al pintor, pero me pone de los nervios, o sea, me crispa. No valora nada de lo que hago. Él ha pagado con lesiones sus esfuerzos físicos en el trabajo. Está operado de dos hernias. Ha superado incluso un cáncer de garganta. Pues bien, ni todos sus esfuerzos y sufrimientos han servido para que comprenda los míos. No entiende lo que puede ser el sufrimiento de la desesperación de su hija o las consecuencias de la desesperación de su hija.
Te lo digo, papá, porque siento que me sigues culpabilizando por lo que ha sido y es mi vida. No necesito de tus reproches. Con los reproches que yo me hago ya tengo de sobra. Me siento orgullosa de ti porque has salido casi indemne de una vida nada fácil, incluida la muerte de tu madre, que tanto echamos de menos todos. Lo único que ya te pido es un último esfuerzo por comprender a tu hija, que tampoco su vida, o sea, la mía, ha sido un camino de rosas. Ponte en mi piel algunas veces para saber cómo me siento. Y entonces sí que te abrazaré con ganas, que te he abrazado muy pocas veces en mi vida. En el fondo, todos tienen razón cuando nos dicen que tú y yo somos iguales. Sí lo somos, no ya en el carácter, sino también en la vida de dificultades que nos está tocando vivir.
Te quiero mucho, papurri.

No es difícil


Estrella
Para mí enfadarme no es una tarea difícil, ya que me enfado con la más mínima cosa.
Por ejemplo, cuando mi madre me trata como a una niña... y ya rondo los 40.
O cuando tengo que rogar a mi hermana para que me saque la ropa para el día siguiente, aunque en el fondo sé que pido mucho porque tiene que ir todo a juego.
O cuando mi padre me hace la pelota porque sabe que me viene la paga.
Con mi hermana mayor me enfado porque nunca le ha gustado ninguno de mis pretendientes.
Cuando estuve con Roberto me mosqueaba mucho que pusiera a su madre por delante de mí.
Con otro novio, Federico, me desesperaba cuando me decía que no me pusiera la falda tan corta. Y yo estiraba, estiraba, pero la falda no cedía.
Con Pepe, me crispaba cuando le decía que me iba de marchuki con mis amigas y entonces cogía la llave y me encerraba en casa.
Me cabrea enormemente cuando estoy en casa escuchando la tele y llega mi padre, y ¡zas!, cambia el canal, o cuando suena el teléfono para mí y le oigo que baja la tele para escuchar lo que hablo.
Me cabreo conmigo misma cuando me pongo metas a medio plazo y me impaciento porque lo quiero todo ya.
Me cabrea mucho cuando una persona me come la oreja diciéndome que me quiere y que le quito el sueño y luego no son más que milongas.
Me ponía de los nervios cuando mi ex me decía “Si no eres mía no eres de nadie” y luego él, en medio de los anuncios, aprovechaba para ir a por tabaco y aparecía por la puerta el día siguiente.
Me enfada cuando la gente me mira como un bicho raro por el hecho de estar en una silla. O cuando la gente me llama enferma, si yo me veo perfectamente.
Cuando estaba trabajando en bares, me mosqueaba cuando, después de atenderles espléndidamente, miraba el platillo de la vuelta y veía que no me habían dejado ni un céntimo.
Y me sulfuraba de una manera inexplicable cuando llegaba un cliente habitual llamado Julián y se ponía a echar a la máquina tragaperras, y seguía y seguía y seguía echando y no le tocaba. Yo tenía que cerrar el bar y no se iba. Cada vez se le veía la cara más roja, no sé si sería por el enfado que tenía o por las copas que se estaba tomando, hasta que ya al final, cuando se quedaba sin dinero, me decía “apaga la máquina que mañana cuando abras el bar estoy aquí”.
Mi ilusión es la Nochevieja y la noche de San Juan. Y me fastidia e irrita que la pareja con la que estoy en ese momento no comparta conmigo esa emoción y encima me joda la noche.

Nostalgia versus añoranza


Estrella
El mar es azul. El mar es indescriptible. El mar es verde. El mar es maravilloso. Cuanto daría por volver a ver el mar con mis propios ojos. Ahora sólo puedo escucharlo, sentirlo, olerlo, pero no verlo.
Echo de menos mi libertad, no sé si es nostalgia o añoranza. Sería añoranza si fuese mi libertad la que se fue de mí. Pero soy yo la que la ha perdido, soy yo la que me he encerrado en esta cárcel invisible de la que no puedo escapar.
Me siento impotente, siento que me quieren separar de la persona que quiero y que es importante para mí: Á. Él ha sido el único hombre con el que he estado, después de mi larga relación con la sanguijuela. Cada día me levanto, me arreglo ilusionada pensando que nuevamente voy a estar a su lado. Él es mi compañero de viaje. Compartimos muchos momentos del día. Él me acompaña a fisioterapia y me espera pacientemente. Me dedica sus dibujos y yo a él mis cuentos. Merendamos juntos, casi es mi momento favorito, cuando estamos en el comedor con las galletas o los bollos, lo que toque ese día, me imagino que estamos en una cafetería en los bulevares de París.
También buscamos nuestros momentos de intimidad para estar juntos. El otro día sentí algo que no me había ocurrido nunca, estaba entre sus brazos, sintiendo los latidos de su corazón, mientras escuchábamos una película en un mismo latir, en ese momento se disiparon las dudas, los remordimientos, los complejos de constante culpabilidad. Siento nostalgia y añoranza de ese momento. Porque lo hemos perdido y se nos ha ido. Aunque ese momento va a seguir volviendo.
¿Hasta cuándo los amores incomprendidos? ¿Hasta cuándo tanta intolerancia? No puedo ni imaginarme qué sería de mí si no pudiera estar con Á. Mis dos amores son Á y el mar. Si me faltase Á preferiría sumergirme para siempre en las profundidades de mi otro amor, el mar, para nunca regresar de sus profundidades.

El extraño


Estrella
Las cinco de la tarde del lunes y ahora entraba a trabajar en el bar. Aburrimiento era mi mejor pronóstico para las próximas horas.
Al entrar en el establecimiento, un fuerte olor a tabaco sacudió mi cuerpo. Fue lo primero que vi, a él fumando un puro enorme, y fue lo que menos me gustó de todo.
¡Me resultaba un tipo tan extraño! Con su sombrero de ala ancha y su ropa tan estrafalaria, los pantalones campana de color rojo y la camisa floreada color verde fosforito, y unas zapatillas negras, deportivas. Un espantapájaros.
Le observé fijamente y calculé que rondaría los cincuenta, su pelo canoso, sus surcos en la frente, sus ojos enrojecidos por el alcohol y el tabaco... y la nariz un poco hinchada. Nadie le había servido aún, como si me estuviese esperando a mí, a la pringada.
Le pregunté qué iba a tomar y él me dio explicaciones, me pasa con todos los borrachos.
Ponme un Carlos III de reserva, a ver si entro en calor, ja, ja, ja…
A este coñac le siguieron otro y otro y otro...
Pero pasaba la tarde y se me iba haciendo más corta que nunca. Escuchaba sin querer sus pésimos chistes y no necesitaba ni reírme. Continuaba disparando sin descanso.
Y de los chistes pasó a sus historias de cazador, que también parecían innumerables. El caso es que su voz no era nada desagradable.
Con la primera historia que me enganchó él ya estaba en África y la víctima iba a ser un león. Sonó el disparo de su fusil de mira telescópica de alta precisión, ¡bang!, que lo dejó malherido. Antes, había descrito con viveza la sabana, unas acacias, el sol de cara e inclemente y más mosquitos que gacelas.
A mi me sacudió el pánico al ver cómo corría con gran convicción hacia mi puesto. Quise disparar de nuevo, pero, ¡oh!, ¡no!, se me encasquilla el arma. Recargo el arma, de nuevo aprieto el gatillo y fallo estrepitosamente, pero el animal se asusta al oír el tiro, retrocede y me da la espalda. Es cuando, con más calma, lo mato de un tiro en el culo.
Ahora es cuando reparo en su sensibilidad. No es un borracho cualquiera, es un perdedor.
Otros disecan la cabeza, yo disequé su rabo, que no quiero olvidar mi pánico o su heroica muerte.
De su piel ha hecho una alfombra que es la admiración de las visitas, según dice. Y me picó la curiosidad.
Fue cuando mire al reloj de pared. Me inundo una gran felicidad, pues comprobé que había terminado la tarde y mi trabajo.
¿Me invitas a la penúltima en tu casa? –le pedía yo a aquel extraño, acababa de cobrarle catorce copas y continuaba manteniendo la verticalidad, era un fenómeno.

Un estúpido y además celoso


Estrella
La tarde era fría, oscura e invernal. Por fuera de la ventana se oía silbar el viento contra la persiana. Los cristales retumbaban por la presión del vendaval. Ana y Pedro se encontraban dentro de la sala de estar, discutiendo nuevamente.
Pedro no soportaba las libertades que se tomaba Ana. Ella antes llegaba sobre las ocho de la tarde de trabajar, pero últimamente daban las nueve y aún no había oído abrirse la cerradura de la puerta.
Pedro no soportaba la espera y la quemazón que le invadía en la boca del estomago, hasta hacerle enrojecer de ira la cara y los ojos, como había ocurrido ahora mismo, cuando Ana abrió por fin la puerta pasadas las nueve.
¿De dónde vienes a estas horas? –preguntó Pedro.
A lo que Ana respondió:
Es que he salido tarde del trabajo y había mucho tráfico.
Pero Pedro dudó de esta excusa, ya que se la había oído en demasiadas ocasiones. Y la cogió del brazo y, zarandeándola fuertemente, le espetó:
¿Con quién has estado? ¡Eh!, ¡venga!, ¡vamos! ¡Confiesa!
Ana callaba y le miraba temblorosa, muy asustada, sin poder articular palabra, cosa que a Pedro le irritó aún más. Los celos se habían apoderado de él y le estaban haciendo perder la cabeza. Comenzó a insultarla y a ultrajarla:
¡Puta!, ¡zorra!, ¿con quien has estado?
Ella se había quedado sin habla, con lo que Pedro definitivamente perdió los nervios y dio a su mujer una fuerte bofetada.
Ana cayó al suelo llorando, completamente derrumbada y sin fuerzas para levantarse.
Pedro, al darse cuenta por fin de lo que había hecho, cogió la puerta y se largó.
Como pudo, Ana se levantó del suelo y se fue hasta el sofá a sentarse. De sus ojos no paraban de brotar las lágrimas y de su garganta un suave quejido diciendo:
¿Por qué, Pedro?, ¿por qué?
Al cabo de unas dos horas, escuchó los pasos de Pedro en la escalera y su llave en la cerradura. Pedro entró, se acercó a ella rápidamente, la abrazó y dijo:
¡Perdóname, mi amor! ¡No sé lo que me pasó! Perdí la cabeza por unos momentos y los celos se apoderaron de mí. ¡Dios mío!, ¡por favor!, te lo suplico –y poniéndose de rodillas y abrazándose a sus pies, continuó– Nunca más volverá a pasar esto, te lo prometo, ¡confía en mí!
Ella le levantó del suelo.
Pedro, no puedo perdonarte. Y aunque así lo hiciera, sé con toda seguridad que no podría olvidarlo. Además, Pedro, me has decepcionado. Quizá haya sido mía la culpa por contarte los problemas con mi ex.
Yo no soy como él, no me compares.
Creo que no has sido nada inteligente. Si en su día pude dejarle a él, por maltratarme ¿Cómo no te voy a dejar a ti, ahora que soy más fuerte y confío más en mí y sé que no soy culpable de las neuras de nadie?

Animales


Estrella
En un pueblecito de la costa levantina vive una chica sumamente atractiva, de cabellera larga y rubia y de ojos verdes, Rocío es su nombre y apenas cumplió ayer los 25 años.
Es veterinaria, aunque no ha podido trabajar todavía en ello. Desde pequeña ha sentido curiosidad por todo lo relacionado con los animales. Y la indignaba enormemente que sus hermanos, de una manera o de otra, maltrataran a los perros o a los gatos. O a los peces, que a ellos les daba por salir a la playa a pescar y Rocío iba a tirar piedras donde ponían el anzuelo para que no les picase ninguno. Y se negaba a comer los que alguna vez, a pesar de todo, traían.
Hace dos años estuvo en la India de viaje de fin de carrera y se enteró de lo que les hacen a los tigres, esos gatos tan perfectos y majestuosos. La invadió una profunda tristeza al comprobar que los están exterminando para arrancarles sus colmillos, que luego muelen hasta hacerles polvo, ya que dice la superstición que aumenta la virilidad de los hombres si se lo beben con un poco de sake y que cogen la fuerza del tigre.
La cabeza de la fiera la disecan para que el comprador la exhiba como trofeo en el salón de su casa encima de la chimenea. Y con la piel harán una preciosa alfombra para limpiarse los zapatos las visitas ¡Lastima que tanta belleza y tanto sufrimiento no sirvan para agitar las conciencias un poco de este tan arbitrario depredador que es el humano!
A Rocío le persiguen también los delfines, sacrificados tan tontamente por los pescadores, por el simple hecho de hacerse amigos de los barcos y nadar a su lado, y las ballenas, especialmente las ballenas que son cazadas por arpones que les lanzan con cañones desde los barcos balleneros.
Y sin irnos tan lejos, aquí en España a Rocío se le encoge el corazón cada vez que ve por la tele como el toro embiste a los caballos, ¡no cabe tortura más estúpida!, el toro desquiciado por el acoso y el caballo aterrado por el peligro. Para al final morir uno entre vivas de los espectadores a su asesino y malvivir el otro a la espera del próximo espectáculo.
Ahora mismo Rocío está trabajando en una residencia de ancianos (no hay tanta demanda de veterinarios respetuosos con los animales) y aquí comprueba que los cuidadores no mantienen la higiene de las personas a su cargo, ya que les tienen todo el día con el mismo pañal sucio de orines o de caca, lo que conlleva que tengan escaras. Tanto sufrimiento causado de forma innecesaria y estúpida por aquellos encargados de evitarlo la está causando trastornos en su alma, y está pensando en dejar el trabajo.
Ni respetamos a los animales que nos alimentan y son nuestros amigos ni respetamos a nosotros padres ni nos respetamos a nosotros mismos.
Rocío tiene 25 años, pero su crisis es muy fuerte, lo está pasando mal de verdad.

La peonza


Estrella
Revolución, esa palabra me trae a la mente la imagen de una peonza. Puede ser que me haya venido esa imagen a la cabeza porque nosotros giramos sin parar sobre este planeta Tierra.
La peonza da vueltas y vueltas, y cuanto más rápido gira más invisible y transparente se vuelve ante nuestra mirada. De la misma manera, nosotros, los Diversos Funcionales nos volvemos transparentes e invisibles ante la mirada ausente de la sociedad.
Sobre todo, ahora mismo nos están afectando más que nunca los problemas causados por la crisis y la crisis. Por ejemplo, a mí me trasladaban todos los días en ambulancia al CAMF de Leganés y, sin embargo, ahora me toca ir en mi silla ayudada por mis padres, lo cual nos resta autonomía.
El propio CAMF de Leganés sufre cada día más recortes. Hace un año disfruté de un programa, que se llama Temporal, por el que pude estar dos meses residiendo en el CAMF de lunes a viernes. De esta forma, mis padres y yo podíamos estar más descansados durante ese periodo y tomarnos un respiro, "un kit kat". Este año ya no hay disponibilidad para ese programa, porque por lo visto están haciendo obras de reforma. Lo peor es que el año que viene tampoco estará disponible este programa.
Normal que me venga a la cabeza una peonza, tanto dar vueltas y vueltas ¿dónde acabará esa peonza?
No sé qué es peor, si volverse invisible de tanto dar vueltas o, por el contrario, ser el centro de las miradas y sentirte examinado microscópicamente como si fuéramos bichos raros o seres mutantes.
Hoy me siento revolucionaria. Mi padre me ha preguntado: “¿Por qué vas hoy al Medialab Prado? ¿Para qué? ¡Esta chica no da más que problemas!” ¡Cómo no voy a ser revolucionaria escuchando comentarios de este tipo! Encima, de mi familia. Me gustaría que se respetasen mis gustos y mis decisiones. No me siento respetada.
¿Dónde acabará esa peonza? ¿ Para qué vas hoy al Medialab Prado?
¿Cómo no voy a ser revolucionaria, escuchando comentarios despectivos? ¿Por qué no hacen más centros como el Matadero? ¿Por qué no hay más residencias como el CAMF, si cada día hay más personas que las necesitan? ¿Por qué no me dejan querer a quien yo quiera? ¿Por qué no se respetan mis opiniones y mis sentimientos? ¿Se te ocurre alguna pregunta?

Celia

CELIA
Estrella
Celia vivía en un pueblo de Asturias, Villaverde, a unos 50 km. de Oviedo, en Playa España. A causa de haber sufrido en su vida a malas personas, que consiguieron destrozarle la vida, no quería vivir en el mundo real y se refugiaba en la lectura.
Devoraba los libros a raudales, todos los libros que caían en sus manos se los comía. No le importaba si eran de amor, de guerra, de humor, dramas... todos eran buenos para vivir otras vidas en vez de la suya.
Y era muy feliz con la lectura. Los libros le hacían olvidar los sinsabores que las malas personas le habían provocado y así podía soñar con un mundo mejor.
Pero el hecho de refugiarse en los libros hizo de ella todo lo contrario a una buena persona. Se convirtió en una persona egoísta, solitaria y arisca, que evitaba cualquier trato con la gente. No quería saber nada de nadie, le importaban un carajo los problemas de su familia, y mucho menos los de sus vecinos, con los cuales no quería trato de ninguna clase.
Un día recibió la llamada de su padre. Era para decirle que a la mamá le había dado un infarto y la habían ingresado por urgencias en un hospital de la capital. Y que la tenían en observación en la Unidad de Cuidados Intensivos.
Se trataba de su madre y Celia reaccionó al fin. Fueron momentos realmente duros, porque se preveía un desenlace fatal.
Para Celia y su padre no se movían las manecillas del reloj. Fueron días de incertidumbre que se hacían interminables. Al cabo de una semana, pasaron a la planta y pudieron estar con ella, turnándose de día y de noche hasta que la dieron el alta a los quince días.
En el corazón de Celia empezó a nacer un sentimiento de gratitud, primero y sobre todo hacia todos los profesionales que intervinieron en la recuperación de su madre: médicos, enfermeras, celadores.
Celia se la llevó a vivir con ella a su casa, y allí, día a día con un gran cariño y dedicación, la estuvo cuidando hasta su total recuperación.
El hecho de tener que cuidar a su madre y el buen trato recibido en el Hospital la había sacado de su aislamiento. Y poco a poco se fue despertando en ella otra vez la solidaridad y el amor a la gente, esa gente con la que estuvo reñida durante demasiado tiempo, borrándose y no dejando huella su antiguo odio.

Alicia en el país del rencor


Estrella
Alicia era una chica ya no tan alegre y jovial, a sus veinticinco años. Eso sí, parecía que se divertía a lo grande cuando salía de fiesta con sus amigas, sobre todo por las noches, cada vez a una discoteca diferente. Allí bailaba, reía y ligaba con gente de su edad.
En cambio, cuando llegaba a casa, su alegría y optimismo se invertía para dar paso a una profunda tristeza. La soledad reavivaba un rencor que tenía arraigado en su corazón desde hace unos años a causa de un antiguo amor.
Alicia, a los veinte años, había conocido a un chico de nombre Roberto y de su misma edad. Al principio todo iba sobre ruedas, pero con el paso del tiempo se puso de manifiesto la incompatibilidad de caracteres: si ella decía negro, él aseguraba que era blanco.
En cierta ocasión, Alicia se quiso comprar una moto de color rojo y le preguntó a Roberto: “¿Qué te parece?” Y él contestó: ¿Pero qué dices de rojo, si el rojo no te va? Yo creo que deberías comprártela negra, para ir a juego con tu vestimenta, que por cierto es bastante tétrica”.
Y si ella proponía ir de vacaciones a la playa, Roberto prefería la montaña. Y en el restaurante, si Alicia pescado, él se inclinaba por la carne.
Estas simples menudencias, que al principio de la relación les producían morbo, con el tiempo se fueron convirtiendo en profundas desavenencias difíciles de solventar.
Fue por lo que Roberto, una tarde en el parque y después de mucho tiempo de relación, decidió que lo suyo no podía seguir. Y Alicia le contestó: “¡Bueno!, como quieras, yo también estaba pensando en dejarlo”.
Pero las palabras de Alicia no eran sino parte de la máscara que comenzó a fabricarse para disimular el rencor que sintió desde el primer momento, al verse abandonada por Roberto.
Ella siempre era la que ponía el punto y final a sus relaciones con los chicos y esto se había convertido en ley en su vida. Su carácter ya no podía tolerar una derrota.
El rencor empezó a crecer a pasos agigantados en su alma, al ver que había perdido el tiempo con Roberto, que no le habían compensado las pequeñas satisfacciones, si las comparaba a los tremendos disgustos que le había dado en este tiempo, y por encima de todos, este último del abandono. Porque como un abandono sentía la ruptura, pues no la había decidido ella.
Y para que este rencor no le costara la cabeza, o una enfermedad, se refugiaba en el ruido de las discotecas con sus amigas.

Kendu



Estrella
Mario era un chico de 13 años, había nacido en un pueblo de montaña, lleno de praderas verdes y de árboles de cuyas ramas caían gotas de rocío al amanecer.
Mario se levantaba temprano todas las mañanas deseoso de ir a explorar los enigmas de la naturaleza, se quedaba encandilado cuando oía los ruidos del bosque en los que se mezclaba el sonido de las hojas cuando las zarandeaba el aire, el murmullo de las fuentes, el trino de los pájaros…
Siempre salía al bosque acompañado de su perro Kendu.
Hace cuatro años, cuando iba paseando por el bosque, como cada mañana, oyó el quejido y los lamentos de un animal. Cuando se acercó para ver qué era, vio a un pequeño cachorro de perro al que algún cazador le había malherido en una pata. Y cuando este le miró a los ojos, a Mario le invadió una profunda dulzura, y tomándolo en sus brazos lo empezó a acariciar. El cachorro le agradecía sus mimos dándole pequeños lametones en la cara.
A partir de ese momento, Kendu formó parte de la vida de Mario, que todas las mañanas le lavaba la herida con agua y sal y luego se la vendaba.
Día a día, con estos mimos, el animal iba recuperando sus fuerzas, cosa que a su dueño le producía una gran satisfacción.
Cuando el perro empezó a correr, fue cuando comenzó a llevárselo con él al bosque otra vez. Lo sacaba por las noches para que le acompañara, mientras Mario descubría los misterios del universo, lo cual le producía también una gran ternura.
Entre ellos dos se ha formado un gran lazo indestructible, mezcla de amor, amistad y ternura.
A Mario le gustaría entender el lenguaje de los animales, el ladrido de los perros, el maullido de los gatos, el aullido de los lobos, porque intuye que este lenguaje, incomprensible para los humanos, tenía algún significado.
A su perro Kendu ya lo entiende. Se podría decir que son dos almas gemelas. Se complementan el uno con el otro, ya no pueden vivir separados.

Alicia y el miedo



Estrella

ELLA nació en la capital de Madrid. Es una chica abierta, cordial y de una personalidad arrolladora. En el momento del relato tenía 19 años, era delgada, morena, con gafas y una larga y lisa melena que le colgaba sobre los hombros.
En sus recuerdos le vienen imágenes de la soledad que sentía cuando su familia la dejaba sola en casa. ELLA tenía un miedo atroz al abandono y la soledad. El más mínimo chasquido hacía que se le acelerara el corazón pensando que era la puerta que se abría, o alguien escondido en los armarios, o debajo de la cama. Este miedo la incitaba a la curiosidad y con valor iba hacia donde había oído el ruido, sin encontrar nada.
Esperaba impaciente la vuelta de sus padres para hablarles de sus miedos y de su preocupación. Cuando ellos regresaban y ELLA se lo explicaba la respuesta siempre era parecida: se reían de su inocencia o la aconsejaban que no se pusiera tan nerviosa.
Con el tiempo cada vez le hacían menos caso y esta actitud a ella la dolía enormemente.
Un día sus padres se fueron al cine, dejándola nuevamente sola. ELLA decidió relajarse con un baño de sales y espuma. Cuando terminó de acicalarse, se preparó unas palomitas en el microondas y se dispuso a ver relajada una película, olvidándose por completo de sus miedos habituales.
Decidió poner una película de Alfred Hitchcock para enfrentarse a la situación y ser más valiente. Eligió la de Psicosis, sin duda muy poco adecuada para una persona miedosa. Y queriendo ahuyentar sus miedos de una vez por todas, decidió apagar la luz para que la escena quedase mejor dibujada.
Estaba completamente ensimismada en la película cuando sintió el sonido metálico de la cerradura tras de sí. Estremecida, se le cortó la respiración y, para colmo, en la película sonaban los sonidos estridentes de la horrible escena del asesinato en la ducha, con la víctima tumbada inerte sobre el charco de su propia sangre.
Alicia, que así se llamaba ELLA, sintió que la sangre en la tele reflejaba su propia imagen.
Se quedó completamente petrificada mientras los pasos avanzaban hacia ella. Oía los latidos de su corazón, pump, pump, pump, pump... no tenía fuerzas para girarse.
Lo siguiente que percibió al abrir los ojos con dificultad fue la cara de una enfermera que le estaba tomando el pulso.
ELLA se encuentra tumbada en una camilla. Le dicen que llevaba varias horas inconsciente antes de que la encontrara su familia tendida en el suelo, amordazada y con las gafas rotas en el suelo. Habían entrado a robar en su casa dejándola limpia del todo.
Las lágrimas afloran a sus ojos, aliviada al ver a sus padres que van directamente a abrazarla, pidiéndola perdón por no haber creído en sus miedos, miedos que en esta ocasión les han invadido a ellos mismos.


Ella




Estrella
Ella pertenece a una familia de la clase obrera. Desde pequeña ha tenido muchos sueños, pero la vida le ha puesto bastantes zancadillas. Aún así, antes nunca se derrumbaba, se levantaba de un salto y seguía adelante su camino.
En su familia siempre fue la oveja negra y la consecuencia de eso ha sido que siempre se sintiese como una desplazada. En su familia nunca tuvieron en cuenta su opinión, porque pensaban que no era la más acertada.
Debido a esta censura, un día decidió levantar el vuelo para hacer realidad sus deseos. En esta ocasión sí que sintió el apoyo de su padre, que la animó a seguir adelante, hasta alcanzar sus sueños.
Fue un vuelo en el que conoció las tormentas, los huracanes y torbellinos de los desengaños, que se vestían de hombres, gente hipócrita que se fue encontrando en su camino y que a pesar de todo no acabó con su ilusión.
El vuelo duró cinco años, hasta que un día un ictus le cortó las alas, dañándole su visión y su movilidad.
Ella aún mantiene la esperanza de que algún día pueda recuperar parte de su vista y parte de su movilidad, para así poder independizarse.
Estos deseos de ella, a sus padres no les entran en la cabeza. La tienen metida en una burbuja de cristal y no entienden que le empiece a faltar el aire. 
Ella tiene la esperanza de casarse y tener hijos el día de mañana, cosa que sus padres no ven muy claro. Piensan que primero es su recuperación y que luego el tiempo dirá. No entienden que para recuperarse también hay que soñar.
A ella le crispa los nervios que su familia dude que lo está dando todo, poniendo toda su voluntad para recuperarse cuanto antes. Pero mantiene la esperanza, menos mal, de que todo cambie y de que el día de mañana deje atrás esta pesadilla.

La sirena


Estrella
Sonia es pura gata, porque nació y se crió en Madrid, en el barrio de Chamberí. Pero vivió en su ciudad como si algo le faltase. Tiene veinte años y desde su adolescencia le gustaba divertirse yendo a las discotecas a bailar con sus amigas.
Sonia es una chica jovial y soñadora. De su cuerpo fluye una inmensa alegría, que brota de su corazón. Vive la vida al límite, sin aliento.
Se siente prisionera viviendo en Madrid. La ciudad absorbe y aniquila sus fuerzas. Y un día decide irse con su mejor amiga, Tania. Se largarán durante una larga temporada, y buscarán las fuerzas en el único lugar donde regalan eso.
–El mar es inagotable, –le explica Sonia a su amiga– sus abrazos son tan tiernos que te enamoran.
Y terminan en Benidorm y se alojan en el Hotel Bali, que les queda a unos minutos de la playa.
Cuando ya han deshecho el equipaje, se ponen una ropa más ligera y vuelven a salir, Sonia no puede esperar. Dan una vuelta por el Paseo Marítimo y Sonia siente que la emoción del mar la está enmudeciendo.
Mira de frente y por fin lo ve, ahí la está esperando.
Se quita las sandalias y corre hacia la orilla, dejando atrás olvidada a su amiga Tania.
Es tanta su agitación que no puede pensar. Escucha a su corazón y se sumerge vestida en las profundidades. Grita, emerge, da saltos, llora, canta, ríe, aplaude al mar.
Le ha invadido tanta dicha que por un momento se creyó una sirena.
Comienza a nadar a mariposa, adelante y atrás, y en un momento vuelve a llenar de aire los pulmones y, dando un fuerte impulso, empieza a bucear.
Allí abajo se tira un largo tiempo, hasta que le empieza faltar el aire. Muy a su pesar, decide Sonia volver a la orilla.
Hasta que hace pie y vuelve con su amiga. Sus ojos tienen un brillo especial y de sus labios emana una sonrisa espectacular. Tania se queda sobrecogida. Es tanta la felicidad de su amiga, que la siente en su propio cuerpo. Se tiran a la arena riendo, llorando y dando vueltas. Hasta tal punto están dando el espectáculo que cualquiera que las viera pensaría que han perdido la cabeza.

Furia


Estrella
A María, los chicos no la engañan por guapos, sino por llorones. Se le acercan todos los que tienen problemas, les ha dejado la novia, les ha traicionado un amigo, les han echado del trabajo, les ha defraudado la familia... Ellos lloran y María los consuela, que siempre fue amiga de causas perdidas.
Con Roberto es distinto porque María se ha colgado. Hacía mucho que no le ocurría. Es muy diferente consolar a perdidos en la noche madrileña que dar consejos a alguien que te importa. María tiene mucha experiencia en consolar al triste, pero menos en sacar del pozo a un ser querido.
Roberto no sabe hacerse valer, ese es el diagnóstico de su amiga. En el trabajo, Roberto está amargado, sufre acoso laboral, no ya de su jefe, que también, sino de sus compañeros de la oficina del INEM. No se puede aguantar por mucho tiempo un mobbing sin volverte loco, sin perder la autoestima. Y esto es lo que está viviendo Roberto y es lo que percibe María.
–Defiéndete, Roberto, tú vales más que todos ellos.
Pero Roberto fuma y calla. Y mañana volverá al trabajo y volverá derrotado a los brazos de María.
–¿Por qué no abres los ojos de una maldita vez? ¿No ves que te están destruyendo?
–Ya no tengo fuerzas –contesta Roberto.
Y es cuando estalla la furia de María.
–¡Basta ya! Joder, Roberto, no eres marioneta de nadie. O te enfrentas con esas víboras o dejas el trabajo. Cualquier cosa vale, menos continuar cruzado de brazos y aguantando las bajezas de tus compañeros.
–María, por favor, entiéndeme –suplica Roberto.
Pero María está fuera de sí  y no puede callarse.
–Yo te entiendo mejor que tú mismo –le contesta María– o te enfrentas a ellos o arruinarán tu vida. Y si tú lo puedes soportar, ser un pelele, olé tus cojones, sigue así. Pero yo no lo soportaré.

El alemán


Estrella
Hace unos años yo estaba en Benidorm porque me agobiaba vivir en Madrid. Y en una de mis salidas nocturnas conocí a un chico alemán, unos años más joven que yo. Desde aquella noche empezamos a vernos con regularidad en los días siguientes.
El alemán, al principio, se mostraba simpático y encantador, ya que tenía mucha labia y me fascinaba su español con acento alemán. Al cabo de seis meses me fui a vivir con él a un piso que tenía alquilado en el mismo Benidorm. Entonces fue cuando descubrí cómo era de verdad, se le cayó la careta.
Todo había sido puro teatro.
Trabajaba de cocinero con su padre y la madrastra en un restaurante alemán. Yo en esos días estaba en el paro. Cuando él llegaba a casa de trabajar, siempre venía cabreado. Me decía que sus padres no le habían pagado y yo intentaba calmarle. Pero mis palabras no acertaban a dar con el misterio y caían en saco roto. Llegamos en alguna ocasión a fuertes discusiones y a faltarnos al respeto.
Yo comencé a beber más de la cuenta, estaba realmente colgada con el alemán. Intentaba huir del desastre pero no hice más que agravarlo. Continuamos viviendo juntos unos meses más. Hasta que lo dejamos de mutuo acuerdo. Él se fue a vivir con un amigo y yo me fui de alquiler a una habitación.
Pasó un tiempo, pero volvimos a encontrarnos, o sea, yo lo volví a encontrar, y decidimos retomar nuestras relaciones, yéndonos a vivir juntos otra vez.
Todo iba bien ahora, pero no duró mucho. Y otra vez que volvimos a las andadas. Dormíamos separados, hasta que me ablandaba el corazón con un ramo de flores y volvía a darle otra oportunidad.
Así íbamos engañándonos, más o menos, hasta que una noche llegó a casa el alemán diciendo que su padre le había despedido y no le había pagado.
Se nos cayó el mundo encima. Al fin decidimos venirnos a Madrid. Él encontró trabajo pero yo no. Aquí me entero de que su padre sí que le había liquidado, pero que se estaba malgastando el dinero por ahí.
Ya no podíamos seguir así, engañándonos, yo estaba destrozada, no podía fiarme de él, pero seguía colgada. Todo los días teníamos alguna discusión. Hasta que le sugerí que se fuera a Alemania. Al principio decía que no, pero pronto recapacitó y comprendió que era lo mejor para salir de la trampa en que habíamos caído.
Empezó a hacer las maletas. Llamó a su padrastro en Alemania para decirle que viniera a recogerle, pues él tenia el coche estropeado. Cuando vi que perdía a mi alemán, que aquello terminaba definitivamente, pues pasó lo que pasó.
Entre todos, el alemán y mis padres, me llevaron al hospital Clínico. Yo estaba en coma, pero mi alemán me dejó en la UVI y se volvió para Alemania.
Mi padre, desde siempre, ha intentado ser el guía de mi vida. Se cree que sabe todo lo que me conviene o quiero, pero no tiene ni pijotera idea, pues no lo sé ni yo misma.
Si miro hacia atrás, creo que nunca le ha gustado ningún novio mío. Me dio la vara siempre, y me decía: “¡Hija, este hombre no te interesa, no trabaja, no tienes futuro con él! Has caso a tu padre, que nunca se esquivoca”.
Esta actitud, mi padre la ha tenido con varios novios míos, y al final las relaciones han fracasado. Y vuelta mi padre a darme codazos y a decirme: “¿Ves? ¡Ya te lo decía yo!”
Allí como estaba, paralizada en la UVI, me acordaba del alemán y de mi padre y no podía por menos que darle la razón: “¿Ves? ¡Si ya te lo decía yo!”

Especimen

Estrella
Se llama Juan y es tal espécimen humano que hay que echarle de comer aparte.
Esta mañana, cuando sonó el despertador, lo apagó dándole un manotazo y maldiciendo: “¡Joder! ¡Joder! ¡Otro día que hay que trabajar! ¡Menuda mierda!” Se dirige hacia el baño para asearse, y al mirarse al espejo exclama: “¡Vaya engaño de crema rejuvenecedora de efecto lifting que me di anoche! ¡Si cada día me veo más cara de pasa!”
Se dispone a lavarse los dientes con un cepillo eléctrico que le ha regalado su hermana Petri con motivo de su cuarenta cumpleaños. Le pone la pasta y, al darle al botón, esta sale disparada contra el espejo. Y Juan maldice: “¡Menuda mierda de invento de pacotilla!” Se sube sobre la báscula y la manecilla se dispara hasta los seis más de los ochenta que ya tenía a pesar de no medir más de uno sesenta.
Juan vive en una décima planta y entra en el ascensor para bajar al garaje y coger el coche para irse a trabajar, con tan mala suerte que en la séptima planta se avería. Le da al botón de alarma y la espera para que venga el portero a rescatarle se le hace eterna. Le empiezan a sudar las manos y a faltarle el aire. Por fin es rescatado, pero en vez de dar las gracias al que se ha molestado, le recrimina por su tardanza.
Coge el vehículo y, por las prisas, al dar marcha atrás le da al coche de su vecino, el cual está dentro leyendo el periódico y esperando que su señora acabe de pintarse. El vecino sale del coche para ver los daños y Juan, en vez de disculparse, le dice que no es para tanto y que se quite de en medio porque él tiene mucha prisa.
Sale del garaje y, cuando lleva un rato conduciendo, ve que hay un gran atasco por delante. Y empieza a desesperarse porque sabe que no va a llegar a tiempo a su trabajo. Cuando el tráfico empieza a normalizarle sale disparado y se salta el primer semáforo que se encuentra. Como sigue a toda leche, casi pilla al policía que le ha dado el alto para la multa.
Pero Juan no está dispuesto a reconocer su falta. Le dice al policía que no paga y que le lleve a juicio si le viene en gana.
El caso es que el resto del día tampoco le fue mejor y que sus días se parecen demasiado unos a otros, no hay mucho más que contar.

Un hijo de puta

Estrella
No hay ser más despreciable, ruin y mezquino que él. Se llama Ambrosio y era un amigo de mi profesor de Matemáticas cuando yo estaba estudiando Peluquería. El profe me caía bien y por ahí se coló en mi vida el otro.
Yo se lo presenté a mi mejor amiga, Belén, y el muy capullo la violó sin ningún escrúpulo. Las dos éramos unas niñas y por eso Belén no fue capaz de decírselo a nadie, lo que le había ocurrido. Solo ella y yo lo sabíamos. Pero ella terminó fatal, muy mal, el secreto pudo con ella. Murió de pena.
A Ambrosio, yo comencé a verlo como a una babosa que se va arrastrando por la vida, sin importarle lo más mínimo ensuciar a la gente que está a su alrededor. Solo de pensar en él me entraba en la boca del estómago un fuerte retortijón, que podía dar paso a arcadas y producirme un gran vómito.
¡Dios mío, qué asco, qué repugnancia y qué lastima que haya monstruos así por la vida!
Pasado el tiempo, me enteré de más detalles de su cutre persona. Maltrataba a su mujer cuando bebía, y resulta que no sabe hacer otra cosa que trabajar y beber. Es un violador, no solo de adolescentes, sino hasta de su propia esposa.
El otro día vino a mi casa el profe de matemáticas, hacía un siglo que no nos veíamos aunque siempre hemos mantenido el contacto, y por casualidad me habló de Ambrosio. Me contó que le había pasado algo muy malo.
Le tiré de la lengua y me dio más detalles. Su mujer le había denunciado por malos tratos y se había divorciado. En el reparto de la herencia, ella se había quedado con la empresa familiar y él sin trabajo. Ambrosio fundió lo suyo en cuatro días y ahora está en la calle.
De pronto me di cuenta de que la vida le ha dado lo que merece, que no hay como cumplir años para que a cada cual le llegue su San Martín. Y también he comprobado que no me importaba lo más mínimo lo que le pasaba.
O sea, que del asco he pasado al desprecio y el desdén. No me importa lo más mínimo ese ser. Por poneros un ejemplo, me importa más Bin Laden que él, así que si le va bien o mal allá él, me es indiferente.

Sonia, la xenófoba

Estrella
Hace un año que Sonia terminó sus estudios de hostelería y desde entonces está buscando trabajo. Echa el currículo en diversos establecimientos, hoteles, bares y restaurantes. Todos los días se levanta muy temprano, se maquilla bien para disimular su acné, se viste de negro, es un poco gótica, y sale en busca de un empleo.
Cuando cierra la puerta de su casa Sonia sale llena de energía. Siempre tiene la esperanza de que este día será diferente.
Hoy ha comenzado por un bar de la calle Huertas. En la barra servía los desayunos un colombiano. Dejó su currículo y se fue con menos esperanza de la que había entrado.
Pasó después a un restaurante en la misma acera. Sólo pudo hablar a esa hora con un ecuatoriano y se fue de allí con menos esperanzas todavía.
Ha recorrido toda la calle y su optimismo se ha agotado por completo.
Son las once y media y se va hasta la plaza Benavente porque tiene una entrevista con un jefe. El tipo le hace saber cual será su trabajo y, lo que es peor, su salario. Sonia se descompone al ver que es muy poco lo que le ofrecen para tanto como le exigen. Y otra vez que la entrevista termina de la peor manera: “Ya te llamaré para decirte si te admito o no, que tengo más entrevistas que hacer”. A la salida se encuentra con varios latinoamericanos.
Cuando Sonia vuelve a casa llega muy desanimada y muy decaída. Es cuando comienza a hacer balance de este último año y se desespera. Un año de entrevistas y más entrevistas para trabajar, si acaso, algún fin de semana, alguna fiesta, algunos días de vacaciones.
Ha dado las suficientes vueltas por toda la ciudad para sacar algunas conclusiones. El trabajo que ella busca, de camarera, de cocinera, de azafata, siempre termina haciéndolo algún o alguna extranjera. ¿Y qué pensar ante esto? Pero sobre todo, ¿qué sentir?
Durante estas tardes tan desanimada, después de todo un día buscando infructuosamente trabajo, Sonia no puede evitar que su odio a todo lo extranjero crezca. Pero esto no evita que se sienta cada vez más poca cosa, como un ser inferior, como una hormiga.

Lola, La Rebelde

Estrella
Lola y Eduardo se conocieron en la discoteca de la calle Tetuán. Ahí comenzaron los problemas para Lola, porque ella no era de esas mujeres que acostumbraban a enamorarse.
Lola nació hace veinte años en la muy judía y muy mora Córdoba. Desde niña destacó por su carácter. Discutía mucho con sus padres y estas discusiones hicieron de ella una chica rebelde. Estaba un poco hastiada de broncas, y una mañana temprano cogió sus maletas y se fue de casa.
Fue llegar a Madrid y ponerse a buscar trabajo, pues no tenía ni un duro. Por su forma de ser, no encajaba en ningún empleo. Probó de modista, primero, y después de planchadora en una lavandería, pero siempre salía regañada con los jefes. Lo intentó de carpintera en una fábrica de muebles, pero también se fue.
–Los jefes nunca tienen la razón –le dijo Lola a Eduardo el mismo día que lo conoció.
Eduardo es policía desde los 18 años. En estos últimos doce no ha conocido otro mundo que el de la comisaría y la discoteca. Está acostumbrado a obedecer, se diría que nació para eso. Y lo que más le gusta de las mujeres es precisamente que le obedezcan a él, o sea, poder domarlas. Es como si lo necesitase, por eso va a la discoteca, a realizarse. Tantas son las humillaciones que recibe cada día del sargento, que necesita demostrarse a sí mismo que no es una mierda. Diferencia poco a una mujer de cualquier detenido en el calabozo. No para de hostigar a sus ligues hasta que ellas hacen lo que él ordena.
Con Lola lo hubiera tenido difícil si ella no se hubiera colgado del poli. Lola nunca había hecho mucho caso a los especímenes de discoteca. En realidad, acostumbraba a ir por allí para reírse un poco de ellos. La música la relajaba y se evadía de los problemas.
Pero con el poli perdió los papeles y se quedó pillada sin poder evitarlo.
Se citaron en días sucesivos y siempre terminaban la noche en el apartamento de Lola, que no quedaba lejos de la calle Tetuán. Eduardo nunca disimuló al gallito que llevaba dentro y trataba a Lola sin ningún respeto. Al principio a ella le parecía gracioso, cosas de macho alfa, y se lo toleraba.
Pero un día, la tercera o cuarta noche, Eduardo gritó sin venir a cuento, hablaban del color del pintalabios de Lola y no se ponían de acuerdo:
–Los jefes no tendrán razón, pero yo sí –y le propinó un guantazo a la chica.
A Lola, por fin, se le despertó la chica libre que aquel poli había anulado y gritó como nunca lo había hecho:
–Lárgate de mi casa, tontolaba.
El poli se asustó, sobre todo por el escándalo. El grito de Lola se había oído en toda la escalera, y no vivían pocos vecinos en aquella corrala. El gallito se convirtió en gallina, cogió la escalera y no dijo más.
Cuando Lola rompía con un hombre era para siempre, pero semejante trato era intolerable para Eduardo. Hacía una semana que se habían conocido y ella ya no quería ni volver a verlo. Ni le cogía el teléfono.
El poli había vuelto por la discoteca algunas veces, pero Lola ya no iba, precisamente para no encontrárselo. Aquella noche era muy fría, se avecinaba tormenta y comenzó a llover. Lola caminaba a paso ligero para no mojarse. En esos momentos empezaba a tronar, pero ni los truenos impidieron que oyese unos paso acercándose, que la asustaron. Se giró sobre sí misma y sintió una fuerte punzada en la boca del estomago. Antes de desvanecerse, aún pudo ver la pistola en la mano de Eduardo, esa cosa cuyo fogonazo la había deslumbrado unos segundos antes.

Fin de curso

Estrella
Me he pasado estos últimos meses, en el CAMF, escribiendo en un Taller de Escritura Creativa con compañeros fanáticos del boli. Ha sido una experiencia única, de este vagón ya no me bajaré nunca. Estos meses han sido plenamente satisfactorios para mí, ya que he comprobado que, de una simple anécdota de mi vida, puedo sacar un montón de personajes y relatos diferentes.
Cuando llego al taller los lunes por la mañana, rezando para que no se me retrase la ambulancia, y el monitor Andrés propone un carácter determinado para que lo dibujemos, lo mismo da un avaro que un celoso o una mujer fuerte, siento que se me despierta un gusanito en la boca del estomago con ganas de soltar la lengua y dar rienda suelta a las más increíbles e inimaginables historias que se han escrito jamás en Talleres de Escritura.
Como este gusanito es tan insaciable y se alimenta de mi vida, cada vez quiere más y más historias. Da la casualidad de que yo tengo mucho camino andado y mucha imaginación para abastecer a un gusanito como él, o a cuatro hermanos, y me es fácil alimentarle echando mano de mis recuerdos buenos y malos.
Me siento supersatisfecha, completa y llena de entusiasmo con las cosas que he empezado a escribir en el Taller, porque estoy rozando el listón que yo misma me estoy poniendo, que por cierto no soy nada complaciente.
Pero sé también que, si sigo así, como hasta ahora, luchando y teniendo fe en mi misma, terminaré saltando este listón, por muy alto que me lo ponga.
De hecho, hago trampa, pues es Irene, mi hermana, la que más me anima, y su entusiasmo el que más me sostiene. Irene, cuando yo me caigo, que me caigo algunas veces, siempre me tiende su mano. Y cuando yo dudo, ella me indica el camino a seguir. Irene siempre fue mi maestra en esto de la escritura, pues siempre escribió como un ángel, y ahora es ella la que me anima a escribir el libro de mi vida.
El caso es que yo me lo estoy creyendo. Y comienzo a creerme capaz de hacerlo después de esta maravillosa experiencia del Taller.
De momento, seguiré alimentando a mi gusanito. Voy a convertir a este gusanito, de tanto comer historias, en el monstruo de los relatos. Cuando lo consiga, estaré preparada para contar la gran historia de mi vida, la historia de una mujer del siglo XXI, historia que dedicaré a mis compañeros escritores del taller, los adredistas del CAMF, y a toda la cuadrilla de asistentes que vienen a ayudarlos a escribir, especialmente a Manuel, al cual dicto, y a Andrés, que me mete caña.
Es una historia que dedicaré, sobre todas las cosas, a mi querida hermana Irene, que ya sabes lo mucho que te quiero.

Y tú

Estrella
Y tú me dices, pequeña,
que contigo no puedo competir:
tú no sabrás lo que es una poeta
hasta que no me conozcas a mí.
Porque yo soy la crem de la crem,
la Estrella del firmamento
que todo lo hace fetén
y acabará con el tiempo
teniendo su monumento.
Yo no pienso dimitir
hasta haberte demostrado
que todo lo que llevo andado
ya no es nada comparado
con lo que puedo conseguir,
aunque tú no lo quieras admitir.
Permíteme un consejo, hermana:
pásate por el mercado,
aprende lo que es la patata
y piensa en mí,
por más que te dé la lata.
Y es que te he de recordar,
pues soy tu hermana mayor,
que todavía no sabes manejar
los programas de la lavadora,
ni planchar o pasar la aspiradora.
Como sigas de esta guisa
terminarás por pensar
que tu casa es la caja de Pandora
y te pasarás el día con esmero
quitando el polvo con el plumero
a las calderas de Pedro Botero.
Y tú me dices: “No puedo cocinar
porque me da miedo
encender el gas”,
y yo te respondo
que te tomes un bitterKas
y en tus manos confíes más,
que no la vas a cagar,
ya lo verás.
No te gusta cocinar
y te vas a lo más fácil,
a la comida latina,
pequeña pitufina,
y así estás de grácil,
y pim pam pum,
bocadillo de atún.
Y Miguel te ruega:
“fríeme un huevo”,
y mirándote se queda
con cara de percebo.
Pero tú le ofreces queso
Como a un ratoncito
Con un poco de lechuga
Y unos pepinitos.
Pero no quiero seguir
metiéndome contigo,
pues no lo podrías resistir.
En fin, que las Aries y las Tauro
hacemos buena pareja
y por eso estamos unidas
como en una madeja.
Te lo digo porque no es verdad
que yo quiera competir contigo,
te ofrecería hasta mi piel
para que te hicieras un abrigo.
Y tú no puedes conformarte
con unos ripios hiphoperos
para meterte con tu hermana,
es lo que menos esperaba
y por eso te he escrito
lo que me dio la gana.
Porque tú, pitufa, tienes madera:
si te pusieras a escribir
y el susurro de las hadas
te atrevieras a seguir,
crearías una riada
de relatos sin fin.
Y hasta el gatito Tito
estaría orgulloso de ti
como lo estará siempre
la tita Tita.
Ya no puedes ser veterinaria,
que te hubiera hecho muy feliz,
pues quieres a los animales
casi tanto como a mí,
pero sí puedes ser escritora,
que estás en la edad,
y tendrías a tu hermana,
que tanto te adora,
de admiradora.
Y así viajarías
a pueblos encantados,
a prados florecidos,
a bosques admirados,
a justas medievales
cabalgando unicornios
y sueños otros tales.
En fin, que te quiero mucho,
más que la trucha al trucho,
y la mano que me tiendes cogeré,
pero cuando mis sueños alcance
por fin te soltaré,
y que te den.
Muchos besos.