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Mi elefante


Rosa
Yo sueño más despierta que dormida. En la penumbra, aparcada mi silla en medio del vestíbulo –me dicen que sonrío y lloro a veces– me voy con mi elefante a la selva.
El elefante que sueño, que es rosa y muy tierno, grande y pacífico como un lago, suele estar muy triste porque le gusta la compañía. Los suyos no le hacen mucho caso porque es feo.
Un elefante rosa en medio de una manada de serios y grandotes elefantes pardos es un poco ridículo y por eso él se aparta y come solo por ahí.
Un día soñé que tenía que arreglar esto y, en vez de irme sola a la selva, me fui con una excursión de niños. Encontramos al elefante rosa al borde de la depresión, de tan solo como se sentía. Pero fue vernos y se puso a dar saltos de alegría. Era graciosísimo, lo veías saltar y no te lo podías creer.
El elefante ya no podía separarse de nosotros. ¿Qué pasó? Que la excursión era una excursión de colegio y yo tenía que devolver por la tarde a los niños a sus casas si no quería tener problemas con los padres.
Pero el elefante se negaba a quedarse solo. Decía que nosotros éramos su manada, todos tan diferentes, y quería que le prestásemos un jersey y unos pantalones vaqueros para ponerse bonito. Pero, como era una excursión para un día, no llevábamos ropa de repuesto.
¿Qué hacer, entonces? No le podíamos dejar solo allí, sus lágrimas estaban inundando la selva. Lo subimos al autobús y lo vestimos en el Corte Inglés de El Bercial para no escandalizar y le buscamos habitación en Trabenco, en el colegio, de guarda, que así estaría acompañado todo el día por los niños y tranquilo durante la noche.
Y yo, por supuesto, para soñar con mi elefante rosa, ya no tendría que darme esas palizas yendo hasta la selva. Ahora sería mi vecino. Quedó contento mi elefante con el cambio y yo también. Además, en la selva hay muchos leones y otros animales con púas que hacen los sueños muy incómodos.
Y mi elefante, si echa de menos a los suyos, que yo sé lo que es eso, podrá visitarlos cuando quiera. No tiene más que coger el autobús.

El camino


Rosa
Jorge es un caminante desde el vientre de su madre, que lo llevaba a las marchas antiOtan exhibiendo su barriga desnuda porque estaba muy orgullosa del niño que crecía dentro.
Y cuando Jorge salió a este mundo ya sabía andar, como es lógico. Nunca se ha detenido, de momento, y duerme mientras camina. Es un vencejo sin alas, pero con mucho corazón.
En la orilla del camino ha encontrado muchas necesidades, niños sin pan, ancianos o animales sin agua, hombres sin trabajo y sin esperanza, buitres sin carroña y creyentes sin dioses.
Pero el camino también ha enseñado a Jorge a remediarlos. El camino mismo, no los márgenes. Porque Jorge también ha encontrado en los márgenes muchos paraísos, montañas de nieve, lagos de plata, playas en calma, ciudades con palmeras y centros acogedores para los más necesitados.
Los paraísos ocupan los márgenes, como la miseria, pero en el camino no hay miseria ni utopías. Acaso tampoco hay esperanza, pero cada niño que se pone de pie y, desde su hambre, se incorpora a la corriente del camino, cada animal que bebe agua y continúa caminando, cada anciano que se levanta para caminar un tramo más, cada creyente que por fin encuentra a su dios en el camino y no es el trabajo o el dinero y comparte su esperanza con los buitres que planean siguiendo la corriente, cada mujer que se atreve a concebir, cada uno de estos milagros de los caminantes dibuja otra sonrisa en el rostro de Jorge, que continúa caminando feliz.
Porque Jorge es un caminante feliz.

Violencia


Rosa
Benito ha vuelto del trabajo y, como todas las tardes, se ha encerrado en la buhardilla sin saludar. Allí se entretiene con cacharros de electrónica, el único misterio que le conmueve. A María le han vuelto a asustar los portazos que ha dado su marido al entrar y salir, como todas las tardes. Y Ester se ha largado a la calle apenas ha oído que llegaba su padre.
La cena, por fin, reúne a la familia en la cocina.
–Otro día sin verte el careto, papá, ya no te reconozco en la mesa –reprocha Ester.
–Ester, calla y come –ordena María.
–Nuestras cenas son cada vez más divertidas –insiste Ester–. Menos mal que duran poco.
Benito no ha abierto la boca, como siempre. Sabe que las dos están más que incómodas, que están asustadas, pero le importa tres rábanos. Además, ni sabe como ha podido llegar a ocurrir, nunca las ha pegado. Su trato es tan distante, sin embargo, que siente que las dos le molestan.
–He olvidado hasta la manera de joderos –afirma como sin querer Benito–. Viviría mejor solo con mi perro, los perros no hacen reproches.
–¿Y por qué le pegas? A lo mejor termina mordiéndote –su hija no se calla.
María ya estaba muy asustada cuando su marido estalla por fin esta noche.
–Sois las dos unas mierdas y tenéis la mierda que os merecéis –y Benito se levanta de la mesa y se vuelve a la buhardilla.
En ese momento María toma la decisión de su vida.
–Vámonos –le ordena a su hija.
–¿Pero dónde? –pregunta Ester, que ha comprendido.
–¿Qué te produce más miedo, tu padre o la calle?
–Mi padre.
–Pues vámonos.
María sabe que las tarjetas siempre las controló su marido y que las llevará encima, en la cartera. Pero no importa. Fuera de esta casa no tendrá más miedo que dentro.

Los pollos


Rosa
Lo tenían todo para terminar bien y ser felices, pero su indiscreción lo estropeó, que por la boca muere el pollo. Ella tenía el mejor puesto del mercado cuando él instaló el suyo. Ella se llamaba Claudia y él Vicente. Claudia ya no cumplía treinta años ni treinta y cinco, estaba en la flor de su cuerpo de vendedora de pollos. Su rival había comprado el puesto a la entrada del mercado con la mala intención de quitarle las clientas.
Y la competencia entre los dos puestos de pollos se desató con tal virulencia que no podía durar mucho aquella guerra sin arruinarse ambos o firmar la paz. Las dificultades del comercio minorista los condenaba a entenderse y a unirse, por más que su rivalidad los enfrentara, abocándolos al desastre.
Agotaron su imaginación para inventar ofertas ocurrentes y tentadoras, dos por uno, tres por uno, tres por dos, cuatro por media, y, cuando ambos negocios transitaban en el límite de las pérdidas, los dos comenzaron a admirar su mutua sangre fría. Y ella, Claudia, comenzó a ver reflejos alegres y excitantes en la calva del rival, y él, Vicente, ya no miraba su lengua de víbora sino sus labios, carnosos como el muslo de los pollos y tan bien perfilados como el filo de su machete, sobre todo al comenzar la mañana.
¿Por qué no prosperó este romance tan esperanzador? ¿Por qué no se firmó el pacto de familias, un merecido tratado de paz y reposo después de guerra tan prolongada? No fue la calva de él. No fue la edad y la sazón de ella. Fue el miedo de los dos, su mala cabeza.
De pronto, cuando todo estaba acordado y se abandonaban las trincheras, a los dos les atacó el pánico que produce el éxito y la felicidad de la riqueza. Ninguno de los dos se podía creer, después de tantos años de feroz competencia de mercado, que el precio del pollo fuera a depender de su exclusiva voluntad, y que los beneficios podrían alcanzar cifras astronómicas.
Ocurrió que, en la intimidad, uno al otro se confesaron sus miedos y comprendieron espantados que estaban al borde del abismo: su plan de monopolio del pollo era satánico, excedía sus voluntades de tenderos.
Y no hubo matrimonio ni alianza. Y la guerra continúa, aunque menos virulenta: para que luego digan que hablando se entiende la gente. Si se hubiesen callado...

Oración en el CAMF de Leganés

(En homenaje a José Hierro)
Rosa
Agradezco a dios la primavera
y el mirlo que me despierta con su canto negro
en la noche del parque.
Hay más pájaros, también se lo agradezco,
y agradezco el bullicio y los árboles verdes,
el bullicio y el azul del cielo y los aviones
y los helicópteros y las estrellas y la luna
y el eclipse lunar,
el eclipse de sol es un espanto,
y agradezco a dios la música y la literatura
y la inteligencia que nos dio
para disfrutar de los viajes
que música y literatura nos proponen.
Y agradezco a dios los barcos
porque me permitieron atravesar el mar:
cuando iba hacia Caracas,
corría por la cubierta con los demás niños,
cuando volvía, tomaba el sol en cubierta
junto a los ancianos, sentada en mi silla de ruedas.
Maldigo a dios por esta suerte de mi silla de ruedas
y agradezco a dios todo, sin embargo.

Las drogas


Rosa
A la humanidad le duele la cabeza. La gripe no es de ahora, ni siquiera la gripe del pollo. Nos acompaña desde que tenemos memoria del primer hombre. Al primer hombre le dolía la cabeza. La pregunta: ¿Y tú quién eres?, que le hizo la primera mujer, es el virus que lo martiriza para siempre.
Nadie ha sabido contestar con exactitud a esa pregunta y por eso que nadie está del todo de acuerdo con la respuesta de cualquier otra persona. Unos dicen que somos mentirosos y traidores, e incluso lo demuestran proclamándose mentirosos y traidores ellos mismos. Lo cual sí implica que estos tipos no son lógicos, al confundir a los demás con ellos mismos.
Aunque tampoco se les puede hacer mucho caso si son mentirosos como dicen, pues un mentiroso es poco verdadero, si es que no es falso del todo.
Otros proclaman sin embargo que el hombre es verdadero, y estos son mayoría aunque no lo parezca. ¿Pero el hombre es verdadero en qué sentido? Se dice para demostrar la tesis que las personas somos verdaderamente gente confusa, y se dice muy seriamente. ¿Se puede ser verdadero y estar también confundido? Parece ser que sí, parece que el peso de la verdad confunde, parece ser que es imposible conocer la verdad y no tener miedo.
Quiero decir que, según proclama la mayoría de los humanos, y esto es estadística, el hombre verdadero es el hombre perplejo, viva este sentado en su silla de ruedas o viva de pie, se drogue con calmantes o con estimulantes o con los dos elixires. Pero ninguna droga, sin embargo, nos quitará este dolor de cabeza de no estar seguros de casi nada.

La barbie ligera


Rosa
Yo soy una barbie, alta, rubia, de ojos azules y tipito. Los escritores principiantes describen así a sus heroínas, pero yo no soy una ficción. Y lo sé porque soy, además, la barbie ligera.
Ninguna barbie, ni la meona ni la barriguita ni la llorona ni ninguna, se mueve con la ligereza que yo me muevo. Porque las barbies ligeras como yo se venden con su sillita de ruedas y su amplia autonomía, a diferencia del resto de barbies, que ni saben andar ni se entrenan.
Pero ser guapa en silla de ruedas también tiene sus inconvenientes. Por ejemplo, me dan lástima los que caminan porque no han descubierto la comodidad de desplazarse sentados por las aceras. Y compadezco a los que trabajan, porque ellos obedecen a un jefe. Las barbies ligeras como yo sólo tenemos que obedecer a ciento veinte cuidadores, del director para abajo.
Y compadezco sobre todo a las madres, que nunca terminan de criar a sus hijos, ni siquiera después de haber criado a los nietos.
A nosotras no nos alcanzan estas desgracias y otras muchas, como el entrenamiento para la danza, el carrito de la compra, las reuniones de vecinos en la escalera o de padres en el cole.
Eso sí, nos depilamos y usamos compresas, como todas. Quiero decir con esto que las barbies ligeras, cuando hacemos nuestro autorretrato, descubrimos que somos tan desgraciadas como las demás barbies, con la ventaja de serlo sentadas, eso sí, que no es poco.

Jara y Roberto


Rosa
Roberto se ha preguntado cada mañana de su vida, al llegar al colegio, por qué tendría que aprender las lecciones entre rejas. Se lo preguntaba él y hacía la pregunta a todo cristo.
Pero siempre fue un poco ingenuo y, como nadie sabía contestarle, creyó que era porque la respuesta era difícil, como cuando preguntaba por qué el cielo es azul. Como desde niño se había acostumbrado a vivir encerrado, llegó a sospechar incluso que las rejas a lo mejor le protegían.
Fue el día que conoció a Jara cuando Roberto descubrió la razón de las rejas. En realidad, fue al día siguiente de haberse enamorado de su churri, cuando el tiempo comenzó a pasar tan despacio en clase que ya no podía esperar hasta el final de la mañana.
Quiso salir a las once del Peridis para hablar con ella, que estaba matriculada en el María Zambrano. Cada segundo le parecía una vida, pero las rejas no le dejaban salir.
Han clavado estos hierros contra el amor –le gritó al bedel que cerraba y abría la puerta, y el bedel se rió de él.
Este otoño habían crecido otro metro y medio las vallas, hasta completar los tres metros de barrera infranqueable que lo separaban de la calle y de su chica.
Hasta aquel día Roberto no había necesitado de estímulos para reírse, siempre estaba alegre sin alcohol. Pero el disgusto de las rejas le arrebató la sonrisa de la cara por primera vez en su vida. Y con la risa, la concentración. Sólo podía pensar en Jara y las rejas le arrebataban a su churri.
Pero cuando por fin volvieron a encontrarse al final de la mañana, los dos volvieron a reír. Fue tal su alegría que hicieron reírse a los que tuvieron la fortuna de mirarlos abrazándose y sobándose.
No pude encontrarte a las once porque mi instituto tiene rejas, tía –confesó Roberto su impotencia.
No moriremos por estar separados un ratito, no somos Melibeos, churri –le tranquiliza Jara.
Hemos perdido una vida entera esta mañana, tía –él continuaba quejándose.
Y ahora tenían que volver a separarse, tenían que volver cada uno a su casa, era la hora de comer. Pero Roberto ya no podía abandonar a su churri, y sus risas habían vuelto a ser tristeza. Estaba a punto de echarse a llorar.
Nos separa todo –dijo al fin.
Fue cuando a Jara se le ocurrió invitarlo a su casa.
Yo como sola, churri –dijo–, mi madre no llega hasta las siete.
Y Roberto mintió por primera vez a su madre, así, sin querer, harto de barreras. Le dijo que hoy tenían visita al Museo del Prado y que llegarían tarde al barrio.
El amor con barreras es más amor, churri –le dijo Jara a Roberto cuando por fin estaban en casa.
Amor sin barreras, tía, las barreras son la muerte –insistió él.
Pero ponte el preservativo, churri.
Eso sí, tía.
Jara amaba a Roberto porque Roberto era muy diferente de ella, y Roberto amaba a Jara porque su churri era más fuerte que él y sabía contradecirle y él la comprendía.
Comieron después y bebieron una botella de coñac Torres que ya estaba empezada y pillaron un pedo considerable que los unió aún más. La alegría del alcohol disimulaba las contradicciones de sus vidas y todas las rejas que los limitaban.
Pero Jara siempre ha sido una chica alerta y juiciosa.
Al día siguiente volvieron a reírse porque se deseaban y porque se fumaron unos petas que Roberto había conseguido de un colega.
Y dijo Jara:
Pero yo te juro que me río contigo sin fumar, churri.
Y contestó Roberto:
Yo me río el doble fumando, tía. El costo me multiplica y estoy enamorado por cien de todas las Jaras que se asoman a tus ojos.
Eres un cursi y un drogota, churri.
Y tú, guapa a rabiar, tía, que eres todas las estrellas de Hollywood.
Su amor les hacía sufrir y reír. Los dos fumaban y bebían para que esta montaña rusa no se parase nunca, pero Jara frenaba con sensatez el entusiasmo un poco infantil de Roberto, y su dolor, también un poco infantil.
¿Qué pasó después de estos entusiasmos y de estos peligros? Lo previsible, lo más lamentable: terminaron por hipotecarse con Caja Madrid por cincuenta años para tener donde vivir sin más reparos y dificultades. Una pena.

Un resentido


Rosa
Observad a ese tipo, tiene muy mal carácter y sin embargo no es un cojo. La chica de la caja se ha distraído y es cierto que le ha dado mal la vuelta del ducados. Pues para qué quieres más. Cinco céntimos han sido el error, que en realidad se le escurrieron al dejar el resto sobre el mostrador. Observad al tipo, se llama Perna, un energúmeno. La está diciendo de todo, pobre chica, como si ella fuera la responsable de que perdiera el PP las elecciones el 14M. Y todo por cinco céntimos, e insultándola delante de todo el mundo, que es lo que más le pone a este violento.
Fijaros bien en él, porque no tiene más de veinte años y ya está descontrolado, nadie lo enseñó a digerir sus frustraciones. Demasiado joven para tener un carácter tan insoportable. Está en primero de carrera y sólo es capaz de ser amable con los que no le contrarían.
Pues bien, mañana algo se va a cruzar en la vida de Perna que lo dejará tocado. ¿Curado? Para nada, estos tipos de colmillo tan retorcido se curan mal. Insisto, ni Perna era un cojo ni todos los cojos tenemos mal carácter.
La primera chica que lo rechazó, una compañera de instituto que no era tonta y supo interpretar correctamente su rictus de tristeza en el entrecejo y en la comisura izquierda, cuando le dijo que no, desató en Perna un ataque de rabia de tal calibre que lo pagaron las puertas de los servicios del instituto. Rompió tres. Con lo cual se ganó que ninguna otra chica volviese a mirarlo a la cara, no fuera a ser que Perna se hiciese ilusiones y terminase cargándose todas las puertas de los wáteres y ellas tuviesen que hacerlo cara al público.
Lo que se cruzará mañana en su vida tiene la virtud de apaciguar su mal carácter, singular cualidad para una chica, aunque sólo le calmaba momentáneamente. La chica caminaba subida en tacones muy altos, cubierta con una minifalda asombradísima y un top que desvelaba secretos más fundamentales que los ocultados. Perna comenzó a perder baba antes incluso de verla, cuando oyó los tacones, pues esa chica también sabía andar. Y aumentó su baboseo al descubrir qué cuerpo pasaba ante sus ojos y qué rotunda y abundante era su piel a la vista. No pudo dejar de mirarla y continuó tras ella hasta la cafetería de la facultad, donde la esperaban los incondicionales.
A todos tuvo que invitar Perna para conseguir que le presentasen al fenómeno. Sólo cuando se lo presentaron reparó ella en el nuevo admirador. Lo repasó desde la coronilla hasta los pies y proclamó con claridad: "No veo en ti nada interesante, nada", y le volvió la espalda y Perna dejó de existir para ella completamente. Y él se resumió en un gesto de humildad hasta terminar borrado un rato después, y desaparecido. Ningún desdén había tenido esa virtud en la vida y el carácter de Perna. Esta mujer fue la primera que desarmó su ira.
¿Estaba curado? Para nada. Perna terminó descargando su frustración al poco rato contra los troncos de los pinos de la ciudad universitaria, pero sólo ellos lo vieron gritar y llorar de rabia esta mañana. Cuando llegó al hospital Perna era otro. Porque terminó en el hospital: una mala patada al tronco de un reiteradamente castigado olmo le rompió el astrágalo del tobillo derecho. Llegó al hospital cojo y salió cojo de allí y cojo seguirá por siempre, una cojera que le recordará a Perna a diario que tiene muy mal carácter. Pero no por ser cojo.

Balada del Renato

Rosa y Adredista 0
Están juntos, sentados a la misma mesa. Los peatones los ven por el cristal del ventanal. El chico está contento, es guapo como un demonio y no parece bebido o drogado. Los ojos le brillan porque tienen fuego, sólo eso. La chica sin embargo parece triste. Mantiene sus ojos fijos en él y se diría que está a punto de llorar.
–Susana –dice el chico– ¿dónde vas ? Yo con los viejos vivo puta madre.
–Pues yo no, Edu, ya lo sabes. Ya no soporto a mi madre, está enferma, me asfixia. Me voy de casa.
–Tú sí que estás jamada, Susana. ¿Pero tú sabes cómo están los alquileres ?
–Edu, si trabajamos los dos podríamos pagarlo, te lo he demostrado.
–Que te den, Susi, estás loca, tía. ¿pero qué dices? Propones que trabajemos los dos como cabrones para vivir peor que ahora.
–Pero yo quiero estar contigo siempre, Edu, yo te quiero.
–Pues no se nota, que siempre tienes prisa y te largas en lo mejor, siempre.
–Es que la vida, Edu, es más cosas que las noches de marcha y el polvo al amanecer.
Se han vuelto a callar. Por los cristales del ventanal comienzan a correr las gotas de la lluvia. La tarde continúa fría y gris.

Sueños

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Me gustan los árboles de verdad, incluidos los sotos, las sebes y las zarzas. Los pájaros se mueven con libertad y seguridad, piando con escándalo. Me gusta el mundo de otra manera completamente distinta a como está, un mundo sin violencia, y me gustaría que se cumpliera lo que sueño. Que los hombres no violenten la naturaleza y respeten sus ciclos para que se recupere lo poco que aún queda sin destruir. Que los hombres no violenten a los hombres, que no destruyan sus ciudades y sus bienes. Que los hombres no violenten a las mujeres y que nos traten como a iguales. Que la naturaleza respete también a los hombres, aunque esto sea imposible, que no haya terremotos porque se pasa fatal. Ni huracanes tampoco. Me gustaría un clima suave, una perpetua primavera, y que mi ropa fuera más liviana. Y me gustaría comprender a todos y que todos nos comprendiéramos. El que haya gente que no me comprenda me produce dolor. Pero más dolor me produce cuando pasan a mi lado y no me hablan. Con alguno de vosotros ocurre. Es tan sencillo hacer felices a los que tenemos a nuestro lado, y cuesta tan poco. La tolerancia es imprescindible en la convivencia, pero yo tampoco soy muy tolerante. No me gusta nada la pintura abstracta, por ejemplo. Y mucho menos, las peleas. Si en las peleas hubiera reglas, pero es lo primero que se saltan los contendientes. Sueño un mundo sin violencia porque la tensión me bloquea, en esto también yo soy interesada, la tensión no me deja pensar en las cosas que merecen la pena, la alegría, la aventura, ni siquiera me deja pensar en mi propia tristeza.

Testamento

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Cocacola me obligaba a ser joven y con burbujas, y las protas de Mujeres desesperadas me empujaban a ser guapa, elegante, madura y madre, pero también, faltaría más, independiente. Yo no sé cómo se podrá ser independiente si eres madre, esposa y además trabajas en una tienda de ropa, aunque el concepto continúa siendo el de mujer independiente. Los perfumeros de Dior me recomiendan desnudarme ya en la escalera, si quiero bañarme en la bañera del apartamento, pero sin quitarme los taconazos. Y Gran hermano me enseña a ser gritona, maleducada, mentirosa y, además, follar ante la nación como si fuese la reina y mis hijos tuviesen la obligación de ser hijos del rey. Los Cuarenta principales llevan cincuenta años o así seleccionando por mí la música que tengo que comprar y en Hollywood se hacen desde que el cine existe las pelis que tengo la obligación de ver si hago caso a los que escriben en los periódicos, o sea, a los que me informan sobre lo que me conviene, y la Portavoz del gobierno me informa también, además de la pelis que tengo que ver hoy, de las leyes que tengo que obedecer para siempre, y la SGAE, de los impuestos que tengo que pagar. Hace tanto tiempo que esto es así, hace tanto tiempo que no puedo tomar decisiones, pues mi vida la dirigen los que escriben el guión de esta comedia, hace tanto que no dispongo de lo único mío, de mi tiempo, que he decidido cerrar los ojos y los oídos y la boca y no hablar. Me comunico con los que me acarician y sólo ellos existen ya para mí. No os lo creeréis, pero por fin vivo en paz y pienso en lo que quiero y sueño con lo que sueño y nadie dirige mi vida. La paradoja es que una tenga que dimitir de todo para por fin ser libre.

La crisis de Rosa

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Hace un año por estas fechas de enero recuerdo que salí de paseo, de manifestación en realidad, por el barrio. Protestábamos los compañeros porque el ascensor del metro de El Carrascal no funcionaba desde hacía muchos días. Alguien empujaba mi silla y yo cerraba los ojos y dejaba que el sol me atravesase. Es mi último recuerdo de la vida de ahí fuera. Desde aquellos días estoy atravesando otras calles menos transitadas, estoy empeñada en otras protestas. Me pasé un mes o más en el hospital en silencio, no hablaba, no quería. Con Ana, que es mi amiga e iba a darme de cenar, me comunicaba con caricias. El silencio me ha enseñado el lenguaje de las caricias. Mientras hablé, nadie me acariciaba, como si mis palabras hiciesen de barrera. Ahora que no hablo, todos los que se interesan por mí me acarician la cara, las manos, me miran fijamente a los ojos. Hasta la directora sabe ya que tengo los ojos azules. Cuando volví del hospital, hablaba algo si tenía fuerzas y si quien me requería merecía alguna respuesta: “hola” o “estoy bien” o “estoy cansada” y poco más. Que tengo hambre no necesito decirlo, pues a la hora mis asistentes me dan de comer o cenar y no necesito más nada. Pero mediante el silencio he conseguido algo mucho más importante todavía: el silencio me ha conectado también conmigo misma. Llevo un año muy bien conectada, un año de diálogo conmigo misma, de silencio, y comienzo a conocerme, soy infinita, contradictoria, y es infinita la energía que se ha organizado para hacerme lo que soy. Cuando, con mi muerte, lo devuelva todo a la naturaleza, cada quark me echará de menos y yo seguiré presente en cada vez más naturalezas. Tan concentrada estoy en mi silencio que he descubierto que me multiplico más así, callada, que hablando y hablando. Me escucháis más ahora, soy más en silencio, soy más Rosa así, más inmensa, soy todos vosotros y todos ponéis palabras en mi boca, soy el silencio. Y la verdad es que no tengo más fuerzas, perdonadme.

Me tenéis que creer

Rosa
Me tenéis que creer,
ya no tengo miedo,
es la única cárcel de la que consiguió huir
la chica valiente y rubia que ahora soy,
ya no me gobierna la desidia de mis asistentes
ni me gobiernan los fantasmas
de mi razón dolorida
y ya nunca me asustará la soledad,
esa desesperación que empuja
a la mujer madura
a refugiarse en los brazos ociosos
de jóvenes amantes,
ni me gobierna dios,
aunque cumplo sus mandamientos
más obvios, y en los que peco
es de deseo,
ni me gobiernan los legisladores,
aunque me gobiernan,
pues poco puedo hacer para impedirlo
salvo no tener miedo,
y creo que la razón,
quizá la única,
de mi recién estrenada valentía
de chica libre y rubia
sea que ni a morirme tengo miedo,
aunque bien sé
que me muero un poco cada día y
si me paro a pensar
en ese día que por fin dejaré de morirme
empiezo a echar de menos a todos
y cada uno de vosotros
y se me saltan las lágrimas.


Una rosa

Rosa
De buena gana escupiría a ese prepotente, pero es el jardinero y sería inútil, está acostumbrado a que lo escupan. ¡Cuántas menos fuerzas tengo, más ganas me dan de escupir a todos los que mandan!
Había besado a una rosa recién abierta y el muy bobo me ha insultado.
–Mujer inútil, –me ha gritado– no cortes esa rosa, que está más viva y es más necesaria que tú.
–No la corté, cenizo, la admiro y la beso –grité yo indignada desde mi silla de ruedas.
–No la cortaste porque estaba yo aquí, mentirosa, inútil –continuaba insultándome.
–Tú sí que eres un cagón y un esclavo obediente, que te quitas la gorra cuando pasa el capataz –le respondí.
–Será zorra esta coja de mierda –masculló entre dientes lo suficientemente alto para que le oyese y apuntó el chorro de su goma de riego hacia mí.
–Serafín, ¿qué haces? –grito a mi lado un muchacho también vestido de jardinero, al que yo no había visto.
Con una agilidad envidiable se puso delante de mi silla y del chorro de agua que ya me alcanzaba.
–Le estoy dando una lección a esa coja, que se ha atrevido a cortar una rosa delante de mí.
–Tú sí que eres un capullo. Y retira el chorro de agua, no me salpiques si no quieres que te meta la goma por el culo.
–Y abra la llave –apoyé yo al muchacho.
Y el jardinero Serafín apartó la manguera al momento y no hubo más. Pero a mí me volvieron estas ganas de escupir a diestro y siniestro a todos los que mandan humillando.

Cristina

Rosa
Yo odiaba a Cristina. Era lista y mala como una zorra, nada más que como una zorra. Pero en el fondo también me daba pena, porque yo era más lista que ella y veía a Cristina a merced de su destino, la veía indefensa.
Ella me quitó lo que yo más quería en el mundo. Me quitó a mi novio. No podía cruzarme de brazos. Lo que mi novio me había hecho no tenía perdón. En realidad, era a él a quien odiaba de verdad.
Como conocía muy bien el tipo de mujer que era Cristina, cuando estuve bien segura de que la traición de mi novio se había consumado, quiero decir, cuando mi novio me dejó por ella, manipulé con toda la intención a mi ex hasta conseguir hacer de Cristina ante sus ojos la mujer más maravillosa del mundo.
Así fue como Cristina terminó siendo tan imprescindible para él como su propia madre, que ya es decir.
Y ante Cristina, por supuesto, no me importaba aparecer como la más apenada de las novias abandonadas, alabando incluso a mi ex con tal de que ella reparara un poco y, en su estúpida maldad, se sintiera orgullosa de su conquista.
Conseguí que le durase lo suficiente la emoción de este enésimo capricho, que un capricho era cada una de sus conquistas. Hasta el matrimonio.
No hay como la inteligencia para hacer desgraciados a los tontos. Todavía hoy lo recuerdo y me río, repasando la vida de infierno que vive esta pareja de desgraciados, a los que yo cegué para que no se viesen más que el uno al otro, él un simple y ella una insoportable zorra. Creo que ya no les odio. La venganza me ha curado de eso.

Vivir

Rosa
Para mí la verdadera vida es la que estamos viviendo, aunque sea con enfermedades. Y esto no me lo ha enseñado nadie, lo he aprendido sola. Yo soy una enferma y por eso lo sé. Diría que vivir una vida sin enfermedades es cosa de lujo, pero mi verdadera vida es esta. Estoy enferma y vivo pendiente de mis ataques de epilepsia, que de vez en cuando me da un ataque fuerte y me tengo que aguantar y joder.
Mi enfermedad acompaña mis rutinas, pero mis rutinas están llenas de otras cosas. Cuando tengo tiempo por delante, lo que más hago es ponerme a leer. Puedo estar leyendo toda la tarde y seguir leyendo por la noche. Leer no me cansa. Siento una gran satisfacción leyendo lo que a mí me gusta. Yo no sabría explicarme la emoción tan fuerte que me produce la lectura. La lectura me revitaliza, es como tomarme un vaso de leche...
Otro estímulo para mi vida es la música que yo consigo tocar en musicoterapia. La monitora me manda tocar y toco. Uso los palillos y el simple hecho de poder percutir y arrancar algún sonido me produce una gran satisfacción.
En el grupo de terapia de Gena también aprendo a ser más yo misma y eso me da seguridad. Cuando escribo en los ordenadores, el hecho de volver a escribir yo sola me da una seguridad que me deja de una pieza. Escribo lo que se me ocurre.
En fin, comida, bebida, descanso, actividad: la vida es grande.

Ley del silencio

Rosa
Yo no hablo de muchas cosas porque me da miedo. Temo a lo mejor equivocarme en mi juicio y por eso no hablo de ello. Una de las cosas que nunca miento es precisamente el miedo. Soy muy miedosa y esto me preocupa. Otra cosa que me da miedo es escribir, o sea, ponerme a dictarte, porque temo meter la pata faltando a la confianza de alguien y desvelando secretos que no se pueden desvelar. No sé si vale más la verdad dicha o la verdad callada. Me da miedo hablar mal de la gente cercana a mí. Hablar del miedo me produce cierto malestar. Ir al hospital, al neurólogo, me da pánico. Es buenísimo y yo le tengo mucha confianza, pero lo que no me gusta es necesitarlo. Si yo estuviera bien no tendría que visitarlo, pero no estoy bien y lo visito a la fuerza. Mi hermano también lo necesita y también le tiene mucha confianza. He estado muy preocupada durante unos días porque a mi madre tuvieron que ingresarla en el Ramón y Cajal y luego han ido a visitarla a casa varios médicos. Mi hermano me ha dicho que no llame más por teléfono porque mi madre ya se encuentra mejor. Yo no he vuelto a llamar para que no me regañe, pero estoy preocupada. A mí no me hace gracia escribir sobre la muerte porque le tengo mucho respeto. En realidad, ni se me ocurre hacerlo, no me gusta ni mencionarla, me da palo. Ayer me la recordó un amigo y por eso me ha venido ahora a la cabeza. Tengo miedo a morir.

A ciegas

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La noche era tan nublosa y tan negra que tropezabas al andar por la calle. El ruido más insignificante se alargaba muchísimo y no podías distinguir entre las pisadas de un perro o de una rata.
Nunca se había imaginado Soraya que ella fuera a arrepentirse alguna vez por salir de noche a encontrarse con sus amigos, pero ahora mismo estaba haciéndolo. No había sido una buena idea salir a dar una vuelta. Pero es que Soraya se aburre encerrada en casa, es demasiado joven todavía para amar la soledad.
Al pisar la calle y dar unos pasos había perdido todas las referencias, las aceras, las esquinas. Y las farolas, que se había ido la luz. No veía, los sonidos eran confusos y, salvo el suelo que pisaba, que era de tierra y ello significa que caminaba por el centro de la calle, o eso creía ella, salvo el suelo todo había desaparecido en la oscuridad.
Soraya quería dirigirse hacia la plaza, donde la esperarían los chicos, pero no estaba segura de haber seguido el buen camino. Un sonido muy extraño la había sobrecogido al poco de salir y el susto la alteró tanto que se desorientó, eligiendo probablemente el camino equivocado.
La calle la llevaba directamente hacia el cementerio viejo, hace años abandonado y en ruinas. Pero no podía imaginar que ya estaba entre las tumbas, entre los abrojos que crecían por los paseos.
De pronto pisó algo más blando y viscoso que la tierra del camino. No supo identificarlo y la sorpresa le produjo un escalofrío tan enorme que lo oyó silbar. Tampoco podía imaginar su tamaño, no quería imaginárselo, pues sólo se le ocurría que tendría que ser grandísimo. Por la resistencia que ofreció a sus livianas sandalias, el ente parecía de un organismo vivo. Cuando alcanzó esta conclusión entró en pánico, o sea, quedó paralizada.
Pero lo peor no había llegado aún. Sintió de pronto que algo rozaba sus piernas, sus tobillos, como una piel húmeda y fría. Su reacción fue inmediata. Quiso huir y dio un brinco a ciegas que la hizo tropezar.
Cuando creía que se había roto todos los dientes contra el suelo, sintió de pronto en su cara la misma viscosidad húmeda y fría que había rozado sus pies y la había hecho saltar.
Unas vecinas la encontraron a la mañana siguiente, desmayada aún, ente las tumbas del viejo cementerio. Una inofensiva serpiente de agua de tamaño respetable yacía muerta bajo su cabeza. Soraya, en su caída, había salvado los dientes al golpear con su boca contra la culebra, a la que había roto la columna vertebral.

Volver, de Almodóvar

Rosa
Esa peli tiene su morbo. Los pueblos viejos es que son así, como se ven en la peli, que entierran a los muertos en la tierra y luego lavan las lápidas de las tumbas bien lavadas, para controlar. Pero no es suficiente, porque los muertos andan siempre por ahí. Es lo que ocurre con la madre de las protas, la rusa, que tenía que estar en su tumba pero no lo está, y tenía que ser un espíritu pero no lo es, con los problemas que dan estas cosas. Y la adolescente de ojos alucinados se defiende del destino y lo derrota matando al símbolo, a Agamenón, sin más tragedias. Y la madre protege a su hija, desapareciendo el cadáver. El mayor morbo es que las dos sean hijas del mismo padre, la hija y la madre, la adolescente alucinada y la Penélope. Y junto al río, la chica sonríe porque el muerto está enterrado en su lugar preferido, una olmeda del Júcar.La rusa es que me hace mucha gracia, porque tenía que estar muerta y se pasa la peli ayudando a unas y a otras. La rusa tiene mucho que ver con todo lo que ocurre, y a la hija peluquera la tiene medio loca, porque ella cree en los fantasmas, pero la rusa no quiere ser fantasma. Y eso que la enterraron. Pero a Penélope no la engaña, tiene muchas cuentas pendientes con ella y se alegra de tener otra oportunidad para decirle cuatro cosas, sobre todo toda esa historia de los abusos de su padre. Que la rusa nunca se pudo imaginar eso de su marido y dejó indefensa a su hija. Les ocurre a muchas madres. Este mundo del Almodóvar de pueblo es que me gusta.

Las ganas

Rosa
Efraín es un cincuentón todavía guaperas, alto, delgado y con algo de pelo. No se puede decir de él que sea un anciano. Se levanta temprano para preparar la comida, como a las tres de la mañana, alguna vez me lo ha comentado, siempre cuidó mucho su alimentación. Y luego se va a Mercamadrid. Cuando vuelve a casa a mediodía, con sueño, ya tiene la mesa preparada y puede dormir la siesta media hora antes de abrir la tienda por la tarde. Todo esto me lo ha contado él mismo alguna vez. Trabaja en la frutería, lejos del barrio donde vive. A las ocho de la mañana ya está en la tienda, descargando la compra del mercado central y colocando el género, que tiene muy buen gusto combinando los colores de las frutas y verduras. Efraín es muy trabajador, me despacha desde hace treinta años, los dos nos hemos hecho mayores así, él a su lado de la báscula y yo al mío, su fruta siempre fue muy buena y bien seleccionada, nunca compré a otro frutero, desde el primer día que vine a este mercado. Y esta ha sido nuestra relación durante todos estos años. Efraín es un comerciante muy agradable, al menos conmigo siempre lo ha sido.
Pues esta mañana he descubierto en su rostro una lágrima que él quería disimular. Me he atrevido a preguntarle qué ocurría, para eso ya da nuestro trato. Pero me ha contestado con malas formas, no como él acostumbra, pues es más paciente que una enfermera. Hacía unos días que faltaba en la tienda y he pensado en alguna desgracia familiar. Le pedí disculpas por mi indiscreción y me hice el propósito de no tomar nota de su mala contestación. Fue cuando se derrotó. Me dijo:
-Me he cansado de vivir y ya no sé lo qué hago en este trabajo -yo intentaba consolarle pero Efraín fue rotundo, parece que lo tiene muy pensado- Cuando uno perdió la ilusión por la vida, también ha perdido la capacidad para cambiar de rumbo. El otro día me quise suicidar. Y creo que lo volveré a intentar, ya no tengo fuerzas para otra cosa.
Me dio las gracias por consolarle, terminó de despacharme, me dio la espalda y se metió en la cámara frigorífica. Me he venido de la frutería muy descorazonada y ahora vivo en la zozobra de no verlo mañana.

Mi chute

Rosa
Mi crucero recorrería el mundo entero. Y yo sacaría mucho provecho de este viaje, muchos conocimientos. Me pasaría las horas en tratos con el mar y haciéndome con su ritmo. Y aprovecharía las escalas para estudiar las orillas. No me importa en qué dirección salir, si este, oeste, norte o sur, lo que me gustaría sería pisar todos los mares del mundo. Ya rectifico, vale, las costas de todos los mares. Tengo corazón de aventurera y me gustaría especialmente navegar por los mares del sur. También me gustaría conocer la luna, por lo menos la luna reflejada en todos los mares. Me gustaría visitar las Baleares, todas sus islas, Ibiza, Menorca, La Conejera, todas. Y visitar las Islas Británicas y todas las islas del Mar del Norte, todas las islas del Mediterráneo, todas las islas del planeta. También me gustaría ir a los polos, sobre todo a la Antártida, y pasar frío una temporada con las focas y los pingüinos. Y me gustaría practicar en Argentina su habla tan peculiar, visitaría La Pampa interminable y la Tierra del Fuego. Una isla es la tierra que más se parece al mar y por eso me gustan las islas, Tenerife, Lanzarote, Fuerteventura, la Gomera... las islas del Atlántico deben de ser como paraísos, Madeira, las Azores, Islandia, con sus géiseres y sus hielos. Adoro las islas. He atravesado el Atlántico y por eso sé lo que es navegar. El mar es un camino de estelas, un camino que se hace en cada viaje, un camino hacia todas las orillas y hacia todos los milagros.

Canon

Rosa
¿La gente que no somos normal estamos descatalogados? ¿Quién hace los catálogos? Desgraciadamente, en la confección de los catálogos yo creo que participamos todos, pero ocurre que mucha gente, la más interesante, se queda fuera del catálogo. ¿Por qué la lectura, por ejemplo, no es normal? ¿Por qué no es ni siquiera necesaria para la mayoría? Escribir tampoco es normal. Los políticos tampoco son normales. Los extranjeros, tampoco, sobre todo los inmigrantes. Picasso no era un tipo normal, y los cojos tampoco somos normales. Las putas tampoco son normales. Y el pintor de brocha gorda ya es más normal. Un niño no es normal y un preso no es normal. Un cuidador del CAMF que trabaja con buen humor no es normal, lo normal es que esté depre, pero el trabajo sí es la norma para todos los hombres, sin embargo. Los ordenadores no son nada normales, pero eso no le importa a nadie. Y la gente que pasea por los parques tampoco es muy normal. La gente que se ríe no es normal, y menos si se ríe a gritos estridentes y es feliz, como Conchi. Lo normal es la tristeza. La gente que baila no es normal, y la pena es que la gente no baile más. Hay que reconocer que lo normal es el aburrimiento. Una pena, los que hacemos el canon parece que tenemos lo que nos merecemos.


Rocío

Rosa
Conozco a Rosalía desde hace cuatro años. La veo caminar con su bastón, derecha y vacilante como los rayos de luz, y me da envidia. Atraviesa la residencia con esa dignidad tan suya, entre agua y roca, y se me van los ojos tras sus pasos, tan pacientes. Se va de entre nosotros por la tarde, después de comer, a su casa, y ya no vuelve hasta mañana. Ella vivía muy tranquila en esa casa, sola, pero durante este último año ha invadido su territorio una sobrina veinteañera, un poco depresiva y un poco vivalavirgen, y ahora a Rosalía le está tocando hacer de hermana mayor de la sobrina, o sea, aguantar su mal humor y sus broncas y además consolarla. Pero sobre todo hace de madre, o sea, mete en vereda a la criatura y que no se desmadre. Pero Rosalía es fuerte, la vida nunca se lo ha puesto fácil. Ya ha conseguido que su sobrina encuentre trabajo en plena crisis, que se active y no ocupe el sillón del salón a todas horas. O que lo comparta al menos algún rato. Pero sobre todo su sobrina la ayuda con los rincones de la vida y la casa, la compra por ejemplo, que Rosalía y su bastón ya no están para cargar más bolsas. Pues bien, Rocío, que así se llama su sobrina, ya no sabe vivir sin Rosalía. Y yo mucho me temo que a Rosalía le pase lo mismo, a ella, a mi heroína entre agua y roca, a mi consuelo durante estos días de mi decadencia.

Nostalgia







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La nieve me llena la cabeza,
en la cama como estoy,
de una niña rubia de ojos vulnerables
que contempla en la ventana
la blancura del mundo,
o más allá del mundo,
la cuidad invadida de limpieza
o pintada por un niño o un monstruo
con ternura,
hasta que la niña rubia
de ojos vulnerables
desciende la escalera
y corretea por siempre
en el Parque de la Concepción
sobre la nieve
y bajo los azules.

La novia

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En Venezuela yo era alta y delgada. Mirándome, se podía pintar una escoba. En mi mismo edificio vivía un chico también alto y delgado, pero moreno, que en el pelo era en lo único que se diferenciaba de las escobas. Se llamaba Roberto y me consideraba su novia. Hasta que otro chico, también amigo suyo y mío, Oscar, le prohibió un día tocarme o besarme. Me hermano estaba delante aquel día, oyó la conversación y no se le ocurrió otra cosa que reírse. Pero mi novio nunca más me pasó el brazo por detrás del cuello, que era hasta donde nuestra audacia había intimado. Un tío suyo todavía le animaba a Roberto, diciéndole que yo iba a ser su mujer, pero los dos sabíamos que eso no sería así. Estudiábamos juntos y nos gustaba pasear juntos por Caracas, el parque de los caobos, el cine y por ahí, pero Roberto nunca más volvió a tocarme. Le tenía mucho miedo a Óscar, que era mayor que nosotros. Recuerdo lo que le dije el día que me vine para Madrid : "Pásatelo tan bien el resto de tu vida como yo me lo he pasado contigo". Todavía una vez vino a verme a Madrid, me lo había prometido en aquella despedida. Venía acompañado de su esposa, desde Caracas. Pero yo no estaba en casa aquella tarde y no nos vimos. Menos mal, porque yo es que nunca soporté a esa mujer, aunque no sabría decir muy bien por qué. También a ella la conocía de Venezuela, de la escalera y del colegio.

El taquillero

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A Luis Morcillo le duelen las rodillas y por eso se pasa su turno de trabajo apoyando la barriga en los torniquetes del MetroSur. Pesa demasiado esa oronda panza para que los palillos que tiene por piernas no se resientan después de unos minutos de estar de pie ante la barrera, que es su corral. Lo único que le calma los dolores en las rodillas es, en realidad, la cerveza, si bien aumenta el peso de sus lorzas considerablemente, exactamente cinco litros durante las ocho horas del turno, con lo que las últimas horas se las pasa echado, más que apoyado, sobre los hierros de la barrera. En semejante estado no puede contar viajeros, que es su oficio, porque se dormiría si lo hace más de un minuto seguido o llega a las treinta ovejitas. Lo único que le distrae de sus dolores y vapores en estas horas postreras de la tarde son las excepciones. Y la mejor excepción, si no contamos a ciertas horas del día el paso de esas adolescentes entre amapola y trigo –esto se le oyó decir a Luis Morcillo en un bar, que además es poeta–, son los viajeros en silla de ruedas. Para Luis Morcillo, un cojo en silla de ruedas es una distracción más que un trabajo. En realidad, él sólo cuenta, como hace con cualquier viajero, sólo que cuenta más despacio. Ni se le ocurre ayudar a los que tienen más dificultad para introducir el billete en el torniquete, sacarlo y pasar antes de que se vuelva a cerrar la barrera. Ahí está precisamente la distracción, es muy divertido el apuro de estos individuos. Cuando un cojo le da trabajo, entonces ya no tiene gracia, como no la tiene el adolescente que se salta la barrera. Estos disgustos le obligan a mojarla, y luego pasa que la cerveza se recalca y le duelen las rodillas más todavía, un desastre. Pues ahí viene Gabriel, un traumático que necesita que le ayuden con el billete para pasar la barrera. Gabriel viaja porque tiene que ir a EcoLeganés, a hacer su programa de radio. Y va con el tiempo justo, como todos los miércoles. –Tiene usted que viajar acompañado –le grita Luis Morcillo desde su oronda baranda, dando por hecho que Gabriel también es sordo. –Pues tomo nota –contesta Gabriel, como cada miércoles. Sabe que ahora, en el siguiente ascensor, baja Carmen con su asistente, Andrés, y que ellos le ayudarán. Andrés mete el billete de Gabriel en la barrera y pasa a Gabriel. Vuelve a meter el billete, la barrera vuelve a abrirse y pasa Carmen y pasa Andrés. Luis Morcillo ha detectado hoy irregularidades en la maniobra, cosa que no ocurre siempre, por suerte. –Oiga, que usted también tiene que picar, le ordena a Andrés con malos modos. –Perdón, señor, pero yo asisto a los señores, yo no viajo. –Si quiere pasar, tiene que picar. –O sea, insiste Andrés, que la señora ha de pagar dos billetes para poder viajar. –Usted, uno, la señora, uno. –Le repito que yo no viajo, se enfada Andrés, yo estoy trabajando. –Y yo también, grita el taquillero, que ya tiene la boca seca de tanto trabajar. –Muy cierto, pero yo no bebo en horas de trabajo, es la diferencia entre su trabajo y el mío. Ya no había más que discutir. Entretanto, Gerardo había pasado la barrera a su vez tirando de Iñaki y Manuel había hecho lo propio tirando de Ana. Y Andrés no tendría que volver a picar su viaje porque Luis Morcillo se había retirado del frente. Había sido oír lo de beber y se le hizo un bolo en la garganta que tuvo que entrarle a otra lata de cerveza si no quería ahogarse. –Ya les pillaré otro día, se dijo. Lo que no podía recordar, la cerveza es lo que tiene, es que la escena se repite cada miércoles y que cada miércoles se cuelan tres de siete, los tres asistentes, como es lógico.

Luz

Rosa
Leer es mi pasión. La lectura es para mí fundamental. Tengo una enfermedad que ojalá nunca me hubiese visitado. ¡Cómo me gustaría también no tener enfermedades! La realidad es que soy una enferma múltiple. Si no me lo impidieran estas enfermedades leería todavía más y mejor. La lectura me descubre mundos desconocidos y emociones que nunca antes había experimentado. Por cada libro que leo experimento cosas que ni imaginar puedo que pudieran pasarme. La lectura me proporciona los horizontes que me niega mi silla de ruedas. A mí me da miedo la oscuridad, todas las oscuridades, y con la lectura ilumino mi vida. Pero además, mientras leo, en mi habitación permanece encendida la luz, que mantiene a raya a los monstruos de las tinieblas. Me paso horas leyendo. No puedo leer durante toda la noche porque me canso, pero confieso que leo todos los días. Todos los malos de la literatura me dan miedo. En los libros te topas con muchos ladrones. En la novela Capitán de navío abundan especialmente. Aunque yo sé que los ladrones de la literatura no me van a robar, también los tengo respeto. En el fondo, todos los ladrones me asustan, estoy indefensa ante ellos. Nunca he tenido ataques epilépticos mientras leo. Leer me relaja mucho, es un ansiolítico para mí. Lo que más temo en la vida son los ataques epilépticos que están destrozándome. Eso y desmayarme y caerme de la silla. La lectura me protege.

Violación, trabajo

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Lara está trabajando ahora mismo en una tienda del mercado de Priconsa, en unos embutidos que hay al lado de la pescadería más grande del mercado, justo en una de las entradas. Como tiene que vivir, Lara no se queja y lo soporta todo, el trabajo y el trato un poco borde de los compañeros. Sobre todo, el jefe se pasa un poco con ella, pero consigue mantenerlo a raya. Al principio era peor. Le gustaría que compañeros y clientes fueran más respetuosos con las mujeres y con ella, porque todas sus sandeces le recuerdan a sus violadores. Lara vive sola y está más agusto en casa que tratando con la gente, pero lo cierto es que tampoco en casa se siente muy segura. Cualquier detalle, los rayos del sol entrando por la ventana, el grifo de gotea, el ladrido de un perro, todo la estremece, se siente en peligro, no consigue la paz. Tiene pocas amigas, pero ningún amigo. Los días que no soporta la inseguridad y el miedo, sale con las amigas, pero no es capaz de divertirse con ellas. Toma un poco de alcohol y, en vez de alegrarse, le vienen a la memoria las escenas más desagradables de su vida, esas que quisiera olvidar para siempre, y se entristece más todavía. Ha decidido no beber más nunca y soporta mal la música estridente de los pafetos y la babosería de los que quieren ligar, pero sigue llamando a sus amigas cuando está más sola. Porque Lara es guapa y joven, pero algún mecanismo se rompió en su cuerpo cuando aquel grupo de tíos la violó. Y ese mecanismo continúa sin soldar. Pasan lo años y ya lo único que soporta de su vida es la rutina. No sabe qué hacer con esta insatisfacción que la martiriza. Lo intentó con una psicóloga y se hartó de tenerse lástima y de llorar su tragedia. El problema para ella tampoco es reconocerse víctima, sino aprender a vivir sintiéndose un felpudo, que es como se siente. Los psicólogos no enseñan a eso, sólo saben ayudar a los ganadores. Pero Lara está muy cansada de estar rota. Y, mientras trabaja, no piensa y no siente. La rutina de trabajar es quizá lo único que la puede salvar. Por eso es tan buena trabajadora y el jefe la mantiene en la tienda, aunque no sea amable con él.

Criminales

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Quisiera saber por qué los hombres matan a las mujeres. En realidad, lo que quiero es conocer los motivos que llevaron a Aníbal a matar a Celeste. Este crimen yo no lo veo nada razonable. Hacía veinticinco años que los conocía. Todavía no eran pareja, aunque lo iban a ser muy pronto. Desde que empezaron a tontear los vi muy enamorados. Como Celeste le quería tanto a Aníbal, a mí ni se me ocurrió disputárselo jamás. Aunque yo creo que Aníbal no la quería a Celeste tanto como ella a él. Pero sí que la quería, a su modo. Aníbal siempre me pareció muy pasota, y eso a pesar de haberlo conocido trabajando todos los días de su vida. Yo creo que esa cosa irresponsable que tenía era lo que más le gustaba a Celeste de su marido. Y no era nada violento, más bien parecía vivir muy relajado, lo mismo cuando iba a trabajar que cuando volvía del trabajo y sacaba a los niños al columpio, que era cuando yo más lo veía. Tenían la parejita, que la niña mayor habrá cumplido los doce años estos días. Celeste es mi mejor amiga y creo que la conozco muy bien. Jamás me confesó que le fuese mal con Aníbal. Ni me imagino qué ha podido ocurrir entre ellos dos que provocarse esta tragedia. Siempre he sospechado que Aníbal, con todo y su pasotismo y su cachaza, era un poco celoso. O mucho, no sé, porque lo que es Celeste jamás me habló de ello y, desde luego, nunca le dio motivos, eso sí lo sé. No encuentro ninguna explicación consistente para este disparate. Ignoro si algún crimen la tendrá, creo que no, al menos la razón que lo legitime. Pero que Aníbal haya matado a Celeste es algo que me supera. Celeste es mi amiga y no nos merecemos esto.

Prohibiciones

Rosa
Te acostumbras a hacer lo que otros deciden por ti hasta que descubres de pronto que nada tiene sentido. Yo tengo unas primas y no me hablo con ellas por la sencilla razón de que ellas tampoco me hablan a mí. Nunca supe la razón de esta enemistad familiar. Mi tía, la madre de estas primas, está disgustada con nosotros y no nos hablamos. Es hermana de mi madre. Ellos son siete hermanos, pero esta tía no es la única con la que no nos hablamos. En Navidad se llaman por teléfono y se cambian lotería y eso es todo. Quizá la razón de que no nos hablemos con estas primas sea que ellas tienen su vida y nosotros la nuestra, y nada más.
Ahora que recuerdo, también hay otros primos con los que no nos hablamos.
Y yo no dejé mis estudios porque no me gustase estudiar. En Venezuela hice hasta sexto de primaria y hasta segundo de Bachillerato. Pero volvimos a Madrid y mi padre y mi madre me prohibieron seguir estudiando. ¿Por qué? Porque yo estaba en silla de ruedas. Me hubiera gustado seguir estudiando, pero contra la voluntad de mis padres nada podía hacer.
Ahora hago cosas que me gustan, hago música, textiles, aprendo informática, escribo y participo en un grupo de terapia con Jena, pero creo que es la primera vez en mi vida que hago lo que quiero. En el CAMF de Guadalajara me levantaban a las doce y me acostaban después de comer. Estaba levantada unas cinco horas al día y no podía hacer nada, ni ir a los talleres ocupacionales ni nada de nada.
En el CAMF de Pozoblanco fue donde comencé a hacer lo que yo quería y allí el tiempo se me pasó volando.
Me gustaría que estas Navidades mi madre y mi hermano viniesen conmigo a pasar la Nochebuena, pero se lo sugerí al hermano y se puso como una fiera porque dice que mi madre es muy vieja para desplazarse. Pero da la casualidad de que ella viene todos los sábados, o domingos, a verme. Cuando murió mi padre, que mi madre ya era mayor y le costaba atenderme, se me terminó prohibiendo vivir en nuestra casa.
Ello significó que viva aquí desde entonces, y todo este recorrido por las diversas residencias del IMSERSO. Me llené de rabia cuando dejé mi casa.

Yo lo vi

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Estaba mirando por la ventana y vi pasar a lo lejos a un señor de rojo. El color de su ropa llamó mi atención y me sirvió para no perderlo de vista. Caminaba muy deprisa.
Resulta que a unos cien metros más allá lo estaba esperando una señora. Sé que esperaba porque ella, al ver al tipo, se levantó de un banco del parque y se abrazó a él con mucha alegría. Estuvo con la cabeza recostada en el hombro de su amante durante mucho rato, como si no quisiera volver a separarse de él nunca.
No sabría decir por qué, pero no parecían una pareja de novios normales. Yo diría que delante de mí, en el corazón del parque, se habían ido a encontrar como dos extremos. Un extremo, el señor de rojo, que parecía venir de muy lejos, por la izquierda. Y otro extremo, ella, que desconozco por dónde llegaría, pero que también parecía haber caminado mucho. Y yo era testiga de una cita clandestina, estaba segura.
Después del larguísimo abrazo, por fin comenzaron a caminar por entre los pinos del lado del polideportivo. Movían mucho las manos, señal de que hablaban con entusiasmo, no me atrevo a imaginar otra cosa. Ella caminaba durante algunos pasos con la cabeza apoyada en el hombro de él, mientras el hombre la agarraba por la cintura y algunas veces la besaba. De que era una pareja de amantes me había convencido nada más verlos.
Ya atravesaban la parte de los olivos en dirección a mi ventana, se estaban acercando. No seguían los senderos del parque.
Ella era una mujer joven, ahora la veía mejor. Vestía en tonos verdes con ropa muy ajustada. Su cuerpo era delgado. Por los gestos de sus manos y de su rostro, parecía exultante. Pero también había algo extraño en su figura, como si su cuerpo no se creyese del todo la alegría. Pensé si no sería por sus hombros ligeramente agobiados por lo que me parecía insegura la mujer, como si quisiera esconderse entre sus omóplatos, algo parecido al miedo, que yo tan bien conozco.
Los tonos rojos de la ropa del hombre, ahora que los veía más de cerca, eran claramente marrones. La luz tardía del sol me había confundido. Mi hombre de rojo era un tipo maduro, bien afeitado, canoso. Sus gestos no expresaban la misma alegría que expresaba ella. Era más reposado, como más contenido. Pensé incluso si no estaría fingiendo, pero no tenía motivos para desconfiar, me estaba montando una película. Cuando besaba a la chica me parecía que la besaba con ansia, como besa cualquier amante, o la mayoría.
Su errabundo paseo por el parque terminó cerca de la fuente, en la olmeda del otro lado. Se habían alejado de mi ventana y se habían sentado en un banco. Ahora, más que ver, me tenía que imaginar sus besos, sus abrazos y sus caricias. Permanecían muy juntos y no distinguía sus manos. Sus cabezas no se separaban. El sol se había retirado del todo y estaba oscureciendo. La escasa luz apenas me permitía seguir la escena.
De pronto se levantaron del banco y permanecieron un rato de pie. No se decidían a caminar en ninguna dirección. Se encendieron las farolas alrededor de la fuente y me pareció ver que se estaban besando otra vez, de pie, un beso interminable, desesperado, si es que puede haber desesperación en un beso. Sus bocas se separaban, se separaban sus cuerpos, se juntaban sus manos y sus bocas volvían a juntarse. Repitieron la secuencia varias veces, era un sin sentido aquello, allí, en medio del parque, casi de noche.
Y en un memento, se separaron definitivamente. El hombre de rojo se fue hacia mi izquierda y desapareció por un extremo del parque, por donde había venido, y la chica de verde comenzó a caminar en la otra dirección, hacia mi derecha. Ella volvía muchas veces la cabeza antes de perdérseme de vista. El hombre de rojo no volvió en ningún momento la suya. Tentada estuve de gritarle a la chica que aquel hombre no la convenía.
¿Pero de qué había sido testigo? Yo sospecho que esta pareja no volverá a citarse en un parque jamás. No me imagino quiénes puedan ser o qué otras relaciones les obligan a estas citas semiclandestinas. Ni siquiera me imagino cual pueda ser su verdadera relación.
Pero estoy segura de que su próxima cita no será en un parque, sino en la habitación de un hotel.

Leer

Rosa
Yo vivo aquí, sobre esta silla de ruedas, y me gusta mucho leer. Viajo con los libros, lo hago desde niña, me aficioné en la librería de mi padre. Los últimos libros me los ha traído una prima mía. El médico, Pasión india, y otro más sobre historia de culturas precolombinas cuyo título no recuerdo, incas, mayas, aztecas y por ahí. Carmen Soria me dejó hace poco una biografía de Gandhi que me gustó mucho. Porque me gustó me acuerdo. Mi habitación está llena de libros, esa es la verdad.
He disfrutado especialmente leyendo Pasión india. Porque mira que es raro que un marajá de Kapurtala, que tenía cuatro esposas, se vaya a obnubilar con los ojazos de una chica andaluza en un frontón de Madrid y con ella se case y tenga un hijo. Las cuatro esposas del marajá tampoco se lo podían creer y terminaron celosísimas porque el marajá no dejaba a la andaluza ni a sol ni a sombra y a ellas las tenía recluidas en un lugar muy apartado. Y con la andaluza viajaba por las capitales y los palacios del mundo, París, Londres, Nueva York, Madrid. Esta historia me ha dejado de una pieza. No sabía que unos ojos malagueños hubieran mirado tan lejos.
He leído el libro con mucha avidez. Al ir entrando en materia era el no va más. Cuando el marajá casa a su primogénito y la andaluza se encarga de organizarlo todo, ceremonia, recepción, etc., mientras las otras cuatro esposas tienen que conformarse con atender a la novia y vestirla, yo es que lo flipo, no me lo podía creer.
No sé explicarme bien esto que me ocurre con la lectura, pero leyendo las vidas de otros se transforma todo mi cuerpo, hasta el extremo de suplantar a los protagonistas o, al menos, de vivir sus emociones. Ha sido un disfrute este viaje a la India con el marajá y la malagueña. Me he identificado con ella hasta el extremo de parecerme mentira haber estado viviendo esa vida.

Problemas de informática

Rosa
Yo, los jueves, iba a terapia. Ángela es la terapeuta, no es muy joven, pero lo parece por su energía. Ya está casada y tiene varios hijos. Por cierto, vive en Alcalá de Henares y las bombas del 11-M la pillaron en la estación de Atocha y se comió todo el marrón. Estuvo varios días sin venir. Pidió una baja porque estaba muy asustada. Cuando volvimos a verla y le preguntamos por la baja, nos habló del miedo que había pasado, que por suerte sólo fue miedo.
Ángela es muy paciente. Cuando me presento en su territorio, en su sala de terapia, como allí voy a escribir en el ordenador, le pregunto de qué puedo escribir y ella me sugiere que escriba a partir de lo que hago cada día. Me dice: "Cuenta si tú puedes vestirte sola o lavarte sola, cuenta en qué ocupas las horas del día, escribe de eso".
En el ordenador yo todavía tengo muchas faltas y tengo que borrar mucho. Necesitaría más tiempo de práctica, pero los jueves no puedo quedarme más que hasta las doce, porque tengo grupo con Jena, la psicóloga. Cuando se lo dije a Ángela, incluso me aconsejó que me fuera antes de las doce para llegar a tiempo a lo de Jena, pues sabe que yo con la silla me traslado muy despacio, no tengo silla eléctrica, tengo que empujar las ruedas con las manos y no tengo fuerzas casi.
El último jueves había llegado después de las diez y me tuve que ir a las doce menos diez. O sea, que tengo poco tiempo. Ángela me enseña muchas cosas, pero como tiene que atender a tanta gente, son muchos los que necesitan adaptaciones para manejar el ordenador y sólo está ella para enseñarles a utilizar estas adaptaciones, me ha sugerido que vaya los martes, que está menos agobiada. Pero yo los martes no puedo ir porque me ponen los supositorios y me levantan a segunda hora. Tendría que ir a las once y media, pero me levantan después de esa hora. Me dice Ángela que a ver si lo puedo arreglar, como si fuera tan fácil que los cuidadores hagan caso de tus necesidades.
Y los jueves, al grupo de Jena no puedo faltar. Si Jena cambiase la hora y me dejase un hueco, podría estar más con el ordenador, pero es casi imposible porque somos un grupo de gente muy numeroso en la terapia y no va a cambiar la hora sólo para dejarme a mí más tiempo con Ángela, que por fin encontró un hueco los miércoles para que yo practique, de once a doce treinta, pero es poco. ¡¡¡Por favor, que alguien me arregle esto, que yo quiero aprender a escribir con el ordenador!!!
Jena nos ha advertido a todos para que no hablemos de lo que decimos y trabajamos en el grupo de terapia. Yo la hago caso porque lo dijo a rajatabla. No quiere cotilleos. Me quedé con la copla y no quiero hablar, ni escribir ahora nada de ello. Jena es una psicóloga muy buena y resignada. Digo que es resignada porque nos acepta como somos y porque ella no se echa flores. Por cierto, esta mañana la vimos con un ramo de rosas amarillas preciosas y nos dijo que se las habían regalado. Yo creo que fue el jardinero quien se las regaló. En su grupo trabajamos la autoestima, que falta nos hace, que no sabemos defender nuestra independencia ante los cuidadores.
Tengo tan liadísimas las mañanas porque también voy al taller de textil algunos ratos que puedo. Necesito ejercitar las manos. Y los lunes los ocupo con el taller de escritura, que es sagrado. Con Ángela iré los miércoles, y a ver si le arranco otro día bueno, que ella está todavía peor que yo de tiempo.
A ver si de una vez conseguimos los ordenadores y las adaptaciones para el taller de escritura y puedo escribir por las tardes.

Mar

Rosa
No ha habido otro momento más feliz en mi vida que el viaje a Venezuela. Iba con mi familia, mi hermano y mi madre, y yo era pequeña. Íbamos en barco y mi madre se mareaba muchísimo. Mi hermano, que es mayor que yo, le llevaba la sopa al camarote y las pasaba canutas para que no se le cayese del plato con el vaivén del barco. Yo, como era una enana, me lo pasaba en grande. Veía a mi hermano llevando la sopa y me partía de risa con los malabares que tenía que hacer por los pasillos. Y él se enfadaba y yo todavía me reía más.
Creo que embarcamos en Lisboa y creo que hasta allí fuimos en tren, desde Madrid. Yo estaba ilusionadísima porque siempre me encantó el mar y conocer lugares nuevos. Y el viaje me tenía excitadísima. En el barco conocimos a mucha gente. Sobre todo, a un matrimonio de catalanes. La señora estaba embarazada y se mareaba también mucho. Y el marido, con la sopa desde el comedor hasta el camarote, haciendo equilibrios detrás de mi hermano. Viendo a los dos con el plato en la mano y su expresión de susto, yo es que me partía de risa. Los catalanes también iban a Venezuela a trabajar y nos hicimos amigos. En el barco casi no había niños de mi edad, pero yo jugaba contando las olas desde la proa, en cubierta. Me pasaba las horas mirando el mar. Y en cubierta esperaba a mi hermano, que como me veía sola y me llevaba unos años, pues venía a jugar conmigo. Y luego le contábamos todo lo que hacíamos a mi madre.
Mi hermano y yo fuimos a la fiesta que dio el capitán a la mitad del viaje. Comimos mucho, bailamos lo que quisimos y más, e hicimos de todo para divertirnos. La gente mayor que no se mareaba también estaba allí, riéndose y bailando. Tocaba una orquesta de salsa, pero tocaba de todo, rumbas, valses, conga, de todo, ritmos muy divertidos. Duró el viaje unos diecisiete días. Y por fin llegamos otra vez a tierra. Estar en medio del mar y rodeados de agua era una sensación muy agradable. Al pisar tierra, mi madre comenzó a respirar otra vez. El suelo no se movía por fin y se le fueron los mareos. Y mi hermano también dejo de hacer equilibrios con el plato de sopa, por fin.

Dos amigas

Rosa
Juani y Amalia habían nacido para ser amigas. Pero se fueron a conocer muy tarde, cuando las dos ya trabajaban en Sistemas(Informáticos). Las dos pasaban de los treinta años por entonces, las dos eran programadoras, Juani venía de Telecomunicaciones y Amalia se había titulado en la Escuela de Informática. Juani, la de Teleco, ya estaba divorciada, pero Amalia, la informática, todavía discutía con su marido sobre una relación que no iba nada bien. La de Teleco había demostrado ser una superviviente, era muy competitiva y muy, muy competente. Pronto sus jefes de Sistemas(Informáticos) se fijaron en ella y Juani fue ascendiendo como la espuma. Pero lo que ella conseguía, otro ascenso, un trabajo más gratificante, mejor sueldo, muy pronto lo conseguía también su amiga Amalia. Juani se encargaba de ello, amén de que la amiga era también muy competente. Cuando Amalia, por fin, decidió divorciarse, que tuvo que comprarle el piso a su marido, la mitad, y estaba sin un duro, por esos días a Juani le propusieron el ascenso de su vida: Jefa de Proyectos. Por encima de ella ya sólo estarían los dos jefazos, Presidente y Director General, ya no habría sitio para Amalia a su lado. Y el sueldo, una pasta. Fue cuando, en la reunión con los jefazos para decidir sobre el ascenso, Juani ponderó tanto la madurez, la preparación y la capacidad de trabajo en equipo de la informática Amalia que los dos, sin dudarlo, aceptaron su propuesta de nombrar a Amalia para el puesto.
–¿Por qué lo has hecho? –preguntó su amiga sorprendida, a Juani– Era la oportunidad de tu vida.
–Sí –contestó la amiga–, pero yo ya tenía pagada la hipoteca.
Y Amalia fue nombrada Jefa de Proyectos y las dos continúan siendo inseparables y sus hijas crecen también juntas y amigas, aunque las niñas se arañan a veces, no mucho, sólo cuando sienten celos.