Mostrando entradas con la etiqueta Rosa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Rosa. Mostrar todas las entradas

Mi elefante


Rosa
Yo sueño más despierta que dormida. En la penumbra, aparcada mi silla en medio del vestíbulo –me dicen que sonrío y lloro a veces– me voy con mi elefante a la selva.
El elefante que sueño, que es rosa y muy tierno, grande y pacífico como un lago, suele estar muy triste porque le gusta la compañía. Los suyos no le hacen mucho caso porque es feo.
Un elefante rosa en medio de una manada de serios y grandotes elefantes pardos es un poco ridículo y por eso él se aparta y come solo por ahí.
Un día soñé que tenía que arreglar esto y, en vez de irme sola a la selva, me fui con una excursión de niños. Encontramos al elefante rosa al borde de la depresión, de tan solo como se sentía. Pero fue vernos y se puso a dar saltos de alegría. Era graciosísimo, lo veías saltar y no te lo podías creer.
El elefante ya no podía separarse de nosotros. ¿Qué pasó? Que la excursión era una excursión de colegio y yo tenía que devolver por la tarde a los niños a sus casas si no quería tener problemas con los padres.
Pero el elefante se negaba a quedarse solo. Decía que nosotros éramos su manada, todos tan diferentes, y quería que le prestásemos un jersey y unos pantalones vaqueros para ponerse bonito. Pero, como era una excursión para un día, no llevábamos ropa de repuesto.
¿Qué hacer, entonces? No le podíamos dejar solo allí, sus lágrimas estaban inundando la selva. Lo subimos al autobús y lo vestimos en el Corte Inglés de El Bercial para no escandalizar y le buscamos habitación en Trabenco, en el colegio, de guarda, que así estaría acompañado todo el día por los niños y tranquilo durante la noche.
Y yo, por supuesto, para soñar con mi elefante rosa, ya no tendría que darme esas palizas yendo hasta la selva. Ahora sería mi vecino. Quedó contento mi elefante con el cambio y yo también. Además, en la selva hay muchos leones y otros animales con púas que hacen los sueños muy incómodos.
Y mi elefante, si echa de menos a los suyos, que yo sé lo que es eso, podrá visitarlos cuando quiera. No tiene más que coger el autobús.

El camino


Rosa
Jorge es un caminante desde el vientre de su madre, que lo llevaba a las marchas antiOtan exhibiendo su barriga desnuda porque estaba muy orgullosa del niño que crecía dentro.
Y cuando Jorge salió a este mundo ya sabía andar, como es lógico. Nunca se ha detenido, de momento, y duerme mientras camina. Es un vencejo sin alas, pero con mucho corazón.
En la orilla del camino ha encontrado muchas necesidades, niños sin pan, ancianos o animales sin agua, hombres sin trabajo y sin esperanza, buitres sin carroña y creyentes sin dioses.
Pero el camino también ha enseñado a Jorge a remediarlos. El camino mismo, no los márgenes. Porque Jorge también ha encontrado en los márgenes muchos paraísos, montañas de nieve, lagos de plata, playas en calma, ciudades con palmeras y centros acogedores para los más necesitados.
Los paraísos ocupan los márgenes, como la miseria, pero en el camino no hay miseria ni utopías. Acaso tampoco hay esperanza, pero cada niño que se pone de pie y, desde su hambre, se incorpora a la corriente del camino, cada animal que bebe agua y continúa caminando, cada anciano que se levanta para caminar un tramo más, cada creyente que por fin encuentra a su dios en el camino y no es el trabajo o el dinero y comparte su esperanza con los buitres que planean siguiendo la corriente, cada mujer que se atreve a concebir, cada uno de estos milagros de los caminantes dibuja otra sonrisa en el rostro de Jorge, que continúa caminando feliz.
Porque Jorge es un caminante feliz.

Violencia


Rosa
Benito ha vuelto del trabajo y, como todas las tardes, se ha encerrado en la buhardilla sin saludar. Allí se entretiene con cacharros de electrónica, el único misterio que le conmueve. A María le han vuelto a asustar los portazos que ha dado su marido al entrar y salir, como todas las tardes. Y Ester se ha largado a la calle apenas ha oído que llegaba su padre.
La cena, por fin, reúne a la familia en la cocina.
–Otro día sin verte el careto, papá, ya no te reconozco en la mesa –reprocha Ester.
–Ester, calla y come –ordena María.
–Nuestras cenas son cada vez más divertidas –insiste Ester–. Menos mal que duran poco.
Benito no ha abierto la boca, como siempre. Sabe que las dos están más que incómodas, que están asustadas, pero le importa tres rábanos. Además, ni sabe como ha podido llegar a ocurrir, nunca las ha pegado. Su trato es tan distante, sin embargo, que siente que las dos le molestan.
–He olvidado hasta la manera de joderos –afirma como sin querer Benito–. Viviría mejor solo con mi perro, los perros no hacen reproches.
–¿Y por qué le pegas? A lo mejor termina mordiéndote –su hija no se calla.
María ya estaba muy asustada cuando su marido estalla por fin esta noche.
–Sois las dos unas mierdas y tenéis la mierda que os merecéis –y Benito se levanta de la mesa y se vuelve a la buhardilla.
En ese momento María toma la decisión de su vida.
–Vámonos –le ordena a su hija.
–¿Pero dónde? –pregunta Ester, que ha comprendido.
–¿Qué te produce más miedo, tu padre o la calle?
–Mi padre.
–Pues vámonos.
María sabe que las tarjetas siempre las controló su marido y que las llevará encima, en la cartera. Pero no importa. Fuera de esta casa no tendrá más miedo que dentro.

Los pollos


Rosa
Lo tenían todo para terminar bien y ser felices, pero su indiscreción lo estropeó, que por la boca muere el pollo. Ella tenía el mejor puesto del mercado cuando él instaló el suyo. Ella se llamaba Claudia y él Vicente. Claudia ya no cumplía treinta años ni treinta y cinco, estaba en la flor de su cuerpo de vendedora de pollos. Su rival había comprado el puesto a la entrada del mercado con la mala intención de quitarle las clientas.
Y la competencia entre los dos puestos de pollos se desató con tal virulencia que no podía durar mucho aquella guerra sin arruinarse ambos o firmar la paz. Las dificultades del comercio minorista los condenaba a entenderse y a unirse, por más que su rivalidad los enfrentara, abocándolos al desastre.
Agotaron su imaginación para inventar ofertas ocurrentes y tentadoras, dos por uno, tres por uno, tres por dos, cuatro por media, y, cuando ambos negocios transitaban en el límite de las pérdidas, los dos comenzaron a admirar su mutua sangre fría. Y ella, Claudia, comenzó a ver reflejos alegres y excitantes en la calva del rival, y él, Vicente, ya no miraba su lengua de víbora sino sus labios, carnosos como el muslo de los pollos y tan bien perfilados como el filo de su machete, sobre todo al comenzar la mañana.
¿Por qué no prosperó este romance tan esperanzador? ¿Por qué no se firmó el pacto de familias, un merecido tratado de paz y reposo después de guerra tan prolongada? No fue la calva de él. No fue la edad y la sazón de ella. Fue el miedo de los dos, su mala cabeza.
De pronto, cuando todo estaba acordado y se abandonaban las trincheras, a los dos les atacó el pánico que produce el éxito y la felicidad de la riqueza. Ninguno de los dos se podía creer, después de tantos años de feroz competencia de mercado, que el precio del pollo fuera a depender de su exclusiva voluntad, y que los beneficios podrían alcanzar cifras astronómicas.
Ocurrió que, en la intimidad, uno al otro se confesaron sus miedos y comprendieron espantados que estaban al borde del abismo: su plan de monopolio del pollo era satánico, excedía sus voluntades de tenderos.
Y no hubo matrimonio ni alianza. Y la guerra continúa, aunque menos virulenta: para que luego digan que hablando se entiende la gente. Si se hubiesen callado...

Oración en el CAMF de Leganés

(En homenaje a José Hierro)
Rosa
Agradezco a dios la primavera
y el mirlo que me despierta con su canto negro
en la noche del parque.
Hay más pájaros, también se lo agradezco,
y agradezco el bullicio y los árboles verdes,
el bullicio y el azul del cielo y los aviones
y los helicópteros y las estrellas y la luna
y el eclipse lunar,
el eclipse de sol es un espanto,
y agradezco a dios la música y la literatura
y la inteligencia que nos dio
para disfrutar de los viajes
que música y literatura nos proponen.
Y agradezco a dios los barcos
porque me permitieron atravesar el mar:
cuando iba hacia Caracas,
corría por la cubierta con los demás niños,
cuando volvía, tomaba el sol en cubierta
junto a los ancianos, sentada en mi silla de ruedas.
Maldigo a dios por esta suerte de mi silla de ruedas
y agradezco a dios todo, sin embargo.

Las drogas


Rosa
A la humanidad le duele la cabeza. La gripe no es de ahora, ni siquiera la gripe del pollo. Nos acompaña desde que tenemos memoria del primer hombre. Al primer hombre le dolía la cabeza. La pregunta: ¿Y tú quién eres?, que le hizo la primera mujer, es el virus que lo martiriza para siempre.
Nadie ha sabido contestar con exactitud a esa pregunta y por eso que nadie está del todo de acuerdo con la respuesta de cualquier otra persona. Unos dicen que somos mentirosos y traidores, e incluso lo demuestran proclamándose mentirosos y traidores ellos mismos. Lo cual sí implica que estos tipos no son lógicos, al confundir a los demás con ellos mismos.
Aunque tampoco se les puede hacer mucho caso si son mentirosos como dicen, pues un mentiroso es poco verdadero, si es que no es falso del todo.
Otros proclaman sin embargo que el hombre es verdadero, y estos son mayoría aunque no lo parezca. ¿Pero el hombre es verdadero en qué sentido? Se dice para demostrar la tesis que las personas somos verdaderamente gente confusa, y se dice muy seriamente. ¿Se puede ser verdadero y estar también confundido? Parece ser que sí, parece que el peso de la verdad confunde, parece ser que es imposible conocer la verdad y no tener miedo.
Quiero decir que, según proclama la mayoría de los humanos, y esto es estadística, el hombre verdadero es el hombre perplejo, viva este sentado en su silla de ruedas o viva de pie, se drogue con calmantes o con estimulantes o con los dos elixires. Pero ninguna droga, sin embargo, nos quitará este dolor de cabeza de no estar seguros de casi nada.

La barbie ligera


Rosa
Yo soy una barbie, alta, rubia, de ojos azules y tipito. Los escritores principiantes describen así a sus heroínas, pero yo no soy una ficción. Y lo sé porque soy, además, la barbie ligera.
Ninguna barbie, ni la meona ni la barriguita ni la llorona ni ninguna, se mueve con la ligereza que yo me muevo. Porque las barbies ligeras como yo se venden con su sillita de ruedas y su amplia autonomía, a diferencia del resto de barbies, que ni saben andar ni se entrenan.
Pero ser guapa en silla de ruedas también tiene sus inconvenientes. Por ejemplo, me dan lástima los que caminan porque no han descubierto la comodidad de desplazarse sentados por las aceras. Y compadezco a los que trabajan, porque ellos obedecen a un jefe. Las barbies ligeras como yo sólo tenemos que obedecer a ciento veinte cuidadores, del director para abajo.
Y compadezco sobre todo a las madres, que nunca terminan de criar a sus hijos, ni siquiera después de haber criado a los nietos.
A nosotras no nos alcanzan estas desgracias y otras muchas, como el entrenamiento para la danza, el carrito de la compra, las reuniones de vecinos en la escalera o de padres en el cole.
Eso sí, nos depilamos y usamos compresas, como todas. Quiero decir con esto que las barbies ligeras, cuando hacemos nuestro autorretrato, descubrimos que somos tan desgraciadas como las demás barbies, con la ventaja de serlo sentadas, eso sí, que no es poco.

Jara y Roberto


Rosa
Roberto se ha preguntado cada mañana de su vida, al llegar al colegio, por qué tendría que aprender las lecciones entre rejas. Se lo preguntaba él y hacía la pregunta a todo cristo.
Pero siempre fue un poco ingenuo y, como nadie sabía contestarle, creyó que era porque la respuesta era difícil, como cuando preguntaba por qué el cielo es azul. Como desde niño se había acostumbrado a vivir encerrado, llegó a sospechar incluso que las rejas a lo mejor le protegían.
Fue el día que conoció a Jara cuando Roberto descubrió la razón de las rejas. En realidad, fue al día siguiente de haberse enamorado de su churri, cuando el tiempo comenzó a pasar tan despacio en clase que ya no podía esperar hasta el final de la mañana.
Quiso salir a las once del Peridis para hablar con ella, que estaba matriculada en el María Zambrano. Cada segundo le parecía una vida, pero las rejas no le dejaban salir.
–Han clavado estos hierros contra el amor –le gritó al bedel que cerraba y abría la puerta, y el bedel se rió de él.
Este otoño habían crecido otro metro y medio las vallas, hasta completar los tres metros de barrera infranqueable que lo separaban de la calle y de su chica.
Hasta aquel día Roberto no había necesitado de estímulos para reírse, siempre estaba alegre sin alcohol. Pero el disgusto de las rejas le arrebató la sonrisa de la cara por primera vez en su vida. Y con la risa, la concentración. Sólo podía pensar en Jara y las rejas le arrebataban a su churri.
Pero cuando por fin volvieron a encontrarse al final de la mañana, los dos volvieron a reír. Fue tal su alegría que hicieron reírse a los que tuvieron la fortuna de mirarlos abrazándose y sobándose.
–No pude encontrarte a las once porque mi instituto tiene rejas, tía –confesó Roberto su impotencia.
–No moriremos por estar separados un ratito, no somos Melibeos, churri –le tranquiliza Jara.
–Hemos perdido una vida entera esta mañana, tía –él continuaba quejándose.
Y ahora tenían que volver a separarse, tenían que volver cada uno a su casa, era la hora de comer. Pero Roberto ya no podía abandonar a su churri, y sus risas habían vuelto a ser tristeza. Estaba a punto de echarse a llorar.
–Nos separa todo –dijo al fin.
Fue cuando a Jara se le ocurrió invitarlo a su casa.
–Yo como sola, churri –dijo–, mi madre no llega hasta las siete.
Y Roberto mintió por primera vez a su madre, así, sin querer, harto de barreras. Le dijo que hoy tenían visita al Museo del Prado y que llegarían tarde al barrio.
–El amor con barreras es más amor, churri –le dijo Jara a Roberto cuando por fin estaban en casa.
–Amor sin barreras, tía, las barreras son la muerte –insistió él.
–Pero ponte el preservativo, churri.
–Eso sí, tía.
Jara amaba a Roberto porque Roberto era muy diferente de ella, y Roberto amaba a Jara porque su churri era más fuerte que él y sabía contradecirle y él la comprendía.
Comieron después y bebieron una botella de coñac Torres que ya estaba empezada y pillaron un pedo considerable que los unió aún más. La alegría del alcohol disimulaba las contradicciones de sus vidas y todas las rejas que los limitaban.
Pero Jara siempre ha sido una chica alerta y juiciosa.
Al día siguiente volvieron a reírse porque se deseaban y porque se fumaron unos petas que Roberto había conseguido de un colega.
Y dijo Jara:
–Pero yo te juro que me río contigo sin fumar, churri.
Y contestó Roberto:
–Yo me río el doble fumando, tía. El costo me multiplica y estoy enamorado por cien de todas las Jaras que se asoman a tus ojos.
–Eres un cursi y un drogota, churri.
–Y tú, guapa a rabiar, tía, que eres todas las estrellas de Hollywood.
Su amor les hacía sufrir y reír. Los dos fumaban y bebían para que esta montaña rusa no se parase nunca, pero Jara frenaba con sensatez el entusiasmo un poco infantil de Roberto, y su dolor, también un poco infantil.
¿Qué pasó después de estos entusiasmos y de estos peligros? Lo previsible, lo más lamentable: terminaron por hipotecarse con Caja Madrid por cincuenta años para tener donde vivir sin más reparos y dificultades. Una pena.

Un resentido


Rosa
Observad a ese tipo, tiene muy mal carácter y sin embargo no es un cojo. La chica de la caja se ha distraído y es cierto que le ha dado mal la vuelta del ducados. Pues para qué quieres más. Cinco céntimos han sido el error, que en realidad se le escurrieron al dejar el resto sobre el mostrador. Observad al tipo, se llama Perna, un energúmeno. La está diciendo de todo, pobre chica, como si ella fuera la responsable de que perdiera el PP las elecciones el 14M. Y todo por cinco céntimos, e insultándola delante de todo el mundo, que es lo que más le pone a este violento.
Fijaros bien en él, porque no tiene más de veinte años y ya está descontrolado, nadie lo enseñó a digerir sus frustraciones. Demasiado joven para tener un carácter tan insoportable. Está en primero de carrera y sólo es capaz de ser amable con los que no le contrarían.
Pues bien, mañana algo se va a cruzar en la vida de Perna que lo dejará tocado. ¿Curado? Para nada, estos tipos de colmillo tan retorcido se curan mal. Insisto, ni Perna era un cojo ni todos los cojos tenemos mal carácter.
La primera chica que lo rechazó, una compañera de instituto que no era tonta y supo interpretar correctamente su rictus de tristeza en el entrecejo y en la comisura izquierda, cuando le dijo que no, desató en Perna un ataque de rabia de tal calibre que lo pagaron las puertas de los servicios del instituto. Rompió tres. Con lo cual se ganó que ninguna otra chica volviese a mirarlo a la cara, no fuera a ser que Perna se hiciese ilusiones y terminase cargándose todas las puertas de los wáteres y ellas tuviesen que hacerlo cara al público.
Lo que se cruzará mañana en su vida tiene la virtud de apaciguar su mal carácter, singular cualidad para una chica, aunque sólo le calmaba momentáneamente. La chica caminaba subida en tacones muy altos, cubierta con una minifalda asombradísima y un top que desvelaba secretos más fundamentales que los ocultados. Perna comenzó a perder baba antes incluso de verla, cuando oyó los tacones, pues esa chica también sabía andar. Y aumentó su baboseo al descubrir qué cuerpo pasaba ante sus ojos y qué rotunda y abundante era su piel a la vista. No pudo dejar de mirarla y continuó tras ella hasta la cafetería de la facultad, donde la esperaban los incondicionales.
A todos tuvo que invitar Perna para conseguir que le presentasen al fenómeno. Sólo cuando se lo presentaron reparó ella en el nuevo admirador. Lo repasó desde la coronilla hasta los pies y proclamó con claridad: "No veo en ti nada interesante, nada", y le volvió la espalda y Perna dejó de existir para ella completamente. Y él se resumió en un gesto de humildad hasta terminar borrado un rato después, y desaparecido. Ningún desdén había tenido esa virtud en la vida y el carácter de Perna. Esta mujer fue la primera que desarmó su ira.
¿Estaba curado? Para nada. Perna terminó descargando su frustración al poco rato contra los troncos de los pinos de la ciudad universitaria, pero sólo ellos lo vieron gritar y llorar de rabia esta mañana. Cuando llegó al hospital Perna era otro. Porque terminó en el hospital: una mala patada al tronco de un reiteradamente castigado olmo le rompió el astrágalo del tobillo derecho. Llegó al hospital cojo y salió cojo de allí y cojo seguirá por siempre, una cojera que le recordará a Perna a diario que tiene muy mal carácter. Pero no por ser cojo.

Balada del Renato

Rosa y Adredista 0
Están juntos, sentados a la misma mesa. Los peatones los ven por el cristal del ventanal. El chico está contento, es guapo como un demonio y no parece bebido o drogado. Los ojos le brillan porque tienen fuego, sólo eso. La chica sin embargo parece triste. Mantiene sus ojos fijos en él y se diría que está a punto de llorar.
–Susana –dice el chico– ¿dónde vas ? Yo con los viejos vivo puta madre.
–Pues yo no, Edu, ya lo sabes. Ya no soporto a mi madre, está enferma, me asfixia. Me voy de casa.
–Tú sí que estás jamada, Susana. ¿Pero tú sabes cómo están los alquileres ?
–Edu, si trabajamos los dos podríamos pagarlo, te lo he demostrado.
–Que te den, Susi, estás loca, tía. ¿pero qué dices? Propones que trabajemos los dos como cabrones para vivir peor que ahora.
–Pero yo quiero estar contigo siempre, Edu, yo te quiero.
–Pues no se nota, que siempre tienes prisa y te largas en lo mejor, siempre.
–Es que la vida, Edu, es más cosas que las noches de marcha y el polvo al amanecer.
Se han vuelto a callar. Por los cristales del ventanal comienzan a correr las gotas de la lluvia. La tarde continúa fría y gris.

Sueños

Rosa y adredista 0
Me gustan los árboles de verdad, incluidos los sotos, las sebes y las zarzas. Los pájaros se mueven con libertad y seguridad, piando con escándalo. Me gusta el mundo de otra manera completamente distinta a como está, un mundo sin violencia, y me gustaría que se cumpliera lo que sueño. Que los hombres no violenten la naturaleza y respeten sus ciclos para que se recupere lo poco que aún queda sin destruir. Que los hombres no violenten a los hombres, que no destruyan sus ciudades y sus bienes. Que los hombres no violenten a las mujeres y que nos traten como a iguales. Que la naturaleza respete también a los hombres, aunque esto sea imposible, que no haya terremotos porque se pasa fatal. Ni huracanes tampoco. Me gustaría un clima suave, una perpetua primavera, y que mi ropa fuera más liviana. Y me gustaría comprender a todos y que todos nos comprendiéramos. El que haya gente que no me comprenda me produce dolor. Pero más dolor me produce cuando pasan a mi lado y no me hablan. Con alguno de vosotros ocurre. Es tan sencillo hacer felices a los que tenemos a nuestro lado, y cuesta tan poco. La tolerancia es imprescindible en la convivencia, pero yo tampoco soy muy tolerante. No me gusta nada la pintura abstracta, por ejemplo. Y mucho menos, las peleas. Si en las peleas hubiera reglas, pero es lo primero que se saltan los contendientes. Sueño un mundo sin violencia porque la tensión me bloquea, en esto también yo soy interesada, la tensión no me deja pensar en las cosas que merecen la pena, la alegría, la aventura, ni siquiera me deja pensar en mi propia tristeza.

Testamento

Rosa y adredista 0
Cocacola me obligaba a ser joven y con burbujas, y las protas de Mujeres desesperadas me empujaban a ser guapa, elegante, madura y madre, pero también, faltaría más, independiente. Yo no sé cómo se podrá ser independiente si eres madre, esposa y además trabajas en una tienda de ropa, aunque el concepto continúa siendo el de mujer independiente. Los perfumeros de Dior me recomiendan desnudarme ya en la escalera, si quiero bañarme en la bañera del apartamento, pero sin quitarme los taconazos. Y Gran hermano me enseña a ser gritona, maleducada, mentirosa y, además, follar ante la nación como si fuese la reina y mis hijos tuviesen la obligación de ser hijos del rey. Los Cuarenta principales llevan cincuenta años o así seleccionando por mí la música que tengo que comprar y en Hollywood se hacen desde que el cine existe las pelis que tengo la obligación de ver si hago caso a los que escriben en los periódicos, o sea, a los que me informan sobre lo que me conviene, y la Portavoz del gobierno me informa también, además de la pelis que tengo que ver hoy, de las leyes que tengo que obedecer para siempre, y la SGAE, de los impuestos que tengo que pagar. Hace tanto tiempo que esto es así, hace tanto tiempo que no puedo tomar decisiones, pues mi vida la dirigen los que escriben el guión de esta comedia, hace tanto que no dispongo de lo único mío, de mi tiempo, que he decidido cerrar los ojos y los oídos y la boca y no hablar. Me comunico con los que me acarician y sólo ellos existen ya para mí. No os lo creeréis, pero por fin vivo en paz y pienso en lo que quiero y sueño con lo que sueño y nadie dirige mi vida. La paradoja es que una tenga que dimitir de todo para por fin ser libre.

La crisis de Rosa

Rosa y adredista 0
Hace un año por estas fechas de enero recuerdo que salí de paseo, de manifestación en realidad, por el barrio. Protestábamos los compañeros porque el ascensor del metro de El Carrascal no funcionaba desde hacía muchos días. Alguien empujaba mi silla y yo cerraba los ojos y dejaba que el sol me atravesase. Es mi último recuerdo de la vida de ahí fuera. Desde aquellos días estoy atravesando otras calles menos transitadas, estoy empeñada en otras protestas. Me pasé un mes o más en el hospital en silencio, no hablaba, no quería. Con Ana, que es mi amiga e iba a darme de cenar, me comunicaba con caricias. El silencio me ha enseñado el lenguaje de las caricias. Mientras hablé, nadie me acariciaba, como si mis palabras hiciesen de barrera. Ahora que no hablo, todos los que se interesan por mí me acarician la cara, las manos, me miran fijamente a los ojos. Hasta la directora sabe ya que tengo los ojos azules. Cuando volví del hospital, hablaba algo si tenía fuerzas y si quien me requería merecía alguna respuesta: “hola” o “estoy bien” o “estoy cansada” y poco más. Que tengo hambre no necesito decirlo, pues a la hora mis asistentes me dan de comer o cenar y no necesito más nada. Pero mediante el silencio he conseguido algo mucho más importante todavía: el silencio me ha conectado también conmigo misma. Llevo un año muy bien conectada, un año de diálogo conmigo misma, de silencio, y comienzo a conocerme, soy infinita, contradictoria, y es infinita la energía que se ha organizado para hacerme lo que soy. Cuando, con mi muerte, lo devuelva todo a la naturaleza, cada quark me echará de menos y yo seguiré presente en cada vez más naturalezas. Tan concentrada estoy en mi silencio que he descubierto que me multiplico más así, callada, que hablando y hablando. Me escucháis más ahora, soy más en silencio, soy más Rosa así, más inmensa, soy todos vosotros y todos ponéis palabras en mi boca, soy el silencio. Y la verdad es que no tengo más fuerzas, perdonadme.

Me tenéis que creer

Rosa
Me tenéis que creer,
ya no tengo miedo,
es la única cárcel de la que consiguió huir
la chica valiente y rubia que ahora soy,
ya no me gobierna la desidia de mis asistentes
ni me gobiernan los fantasmas
de mi razón dolorida
y ya nunca me asustará la soledad,
esa desesperación que empuja
a la mujer madura
a refugiarse en los brazos ociosos
de jóvenes amantes,
ni me gobierna dios,
aunque cumplo sus mandamientos
más obvios, y en los que peco
es de deseo,
ni me gobiernan los legisladores,
aunque me gobiernan,
pues poco puedo hacer para impedirlo
salvo no tener miedo,
y creo que la razón,
quizá la única,
de mi recién estrenada valentía
de chica libre y rubia
sea que ni a morirme tengo miedo,
aunque bien sé
que me muero un poco cada día y
si me paro a pensar
en ese día que por fin dejaré de morirme
empiezo a echar de menos a todos
y cada uno de vosotros
y se me saltan las lágrimas.


Una rosa

Rosa
De buena gana escupiría a ese prepotente, pero es el jardinero y sería inútil, está acostumbrado a que lo escupan. ¡Cuántas menos fuerzas tengo, más ganas me dan de escupir a todos los que mandan!
Había besado a una rosa recién abierta y el muy bobo me ha insultado.
–Mujer inútil, –me ha gritado– no cortes esa rosa, que está más viva y es más necesaria que tú.
–No la corté, cenizo, la admiro y la beso –grité yo indignada desde mi silla de ruedas.
–No la cortaste porque estaba yo aquí, mentirosa, inútil –continuaba insultándome.
–Tú sí que eres un cagón y un esclavo obediente, que te quitas la gorra cuando pasa el capataz –le respondí.
–Será zorra esta coja de mierda –masculló entre dientes lo suficientemente alto para que le oyese y apuntó el chorro de su goma de riego hacia mí.
–Serafín, ¿qué haces? –grito a mi lado un muchacho también vestido de jardinero, al que yo no había visto.
Con una agilidad envidiable se puso delante de mi silla y del chorro de agua que ya me alcanzaba.
–Le estoy dando una lección a esa coja, que se ha atrevido a cortar una rosa delante de mí.
–Tú sí que eres un capullo. Y retira el chorro de agua, no me salpiques si no quieres que te meta la goma por el culo.
–Y abra la llave –apoyé yo al muchacho.
Y el jardinero Serafín apartó la manguera al momento y no hubo más. Pero a mí me volvieron estas ganas de escupir a diestro y siniestro a todos los que mandan humillando.

Cristina

Rosa
Yo odiaba a Cristina. Era lista y mala como una zorra, nada más que como una zorra. Pero en el fondo también me daba pena, porque yo era más lista que ella y veía a Cristina a merced de su destino, la veía indefensa.
Ella me quitó lo que yo más quería en el mundo. Me quitó a mi novio. No podía cruzarme de brazos. Lo que mi novio me había hecho no tenía perdón. En realidad, era a él a quien odiaba de verdad.
Como conocía muy bien el tipo de mujer que era Cristina, cuando estuve bien segura de que la traición de mi novio se había consumado, quiero decir, cuando mi novio me dejó por ella, manipulé con toda la intención a mi ex hasta conseguir hacer de Cristina ante sus ojos la mujer más maravillosa del mundo.
Así fue como Cristina terminó siendo tan imprescindible para él como su propia madre, que ya es decir.
Y ante Cristina, por supuesto, no me importaba aparecer como la más apenada de las novias abandonadas, alabando incluso a mi ex con tal de que ella reparara un poco y, en su estúpida maldad, se sintiera orgullosa de su conquista.
Conseguí que le durase lo suficiente la emoción de este enésimo capricho, que un capricho era cada una de sus conquistas. Hasta el matrimonio.
No hay como la inteligencia para hacer desgraciados a los tontos. Todavía hoy lo recuerdo y me río, repasando la vida de infierno que vive esta pareja de desgraciados, a los que yo cegué para que no se viesen más que el uno al otro, él un simple y ella una insoportable zorra. Creo que ya no les odio. La venganza me ha curado de eso.

Vivir

Rosa
Para mí la verdadera vida es la que estamos viviendo, aunque sea con enfermedades. Y esto no me lo ha enseñado nadie, lo he aprendido sola. Yo soy una enferma y por eso lo sé. Diría que vivir una vida sin enfermedades es cosa de lujo, pero mi verdadera vida es esta. Estoy enferma y vivo pendiente de mis ataques de epilepsia, que de vez en cuando me da un ataque fuerte y me tengo que aguantar y joder.
Mi enfermedad acompaña mis rutinas, pero mis rutinas están llenas de otras cosas. Cuando tengo tiempo por delante, lo que más hago es ponerme a leer. Puedo estar leyendo toda la tarde y seguir leyendo por la noche. Leer no me cansa. Siento una gran satisfacción leyendo lo que a mí me gusta. Yo no sabría explicarme la emoción tan fuerte que me produce la lectura. La lectura me revitaliza, es como tomarme un vaso de leche...
Otro estímulo para mi vida es la música que yo consigo tocar en musicoterapia. La monitora me manda tocar y toco. Uso los palillos y el simple hecho de poder percutir y arrancar algún sonido me produce una gran satisfacción.
En el grupo de terapia de Gena también aprendo a ser más yo misma y eso me da seguridad. Cuando escribo en los ordenadores, el hecho de volver a escribir yo sola me da una seguridad que me deja de una pieza. Escribo lo que se me ocurre.
En fin, comida, bebida, descanso, actividad: la vida es grande.

Ley del silencio

Rosa
Yo no hablo de muchas cosas porque me da miedo. Temo a lo mejor equivocarme en mi juicio y por eso no hablo de ello. Una de las cosas que nunca miento es precisamente el miedo. Soy muy miedosa y esto me preocupa. Otra cosa que me da miedo es escribir, o sea, ponerme a dictarte, porque temo meter la pata faltando a la confianza de alguien y desvelando secretos que no se pueden desvelar. No sé si vale más la verdad dicha o la verdad callada. Me da miedo hablar mal de la gente cercana a mí. Hablar del miedo me produce cierto malestar. Ir al hospital, al neurólogo, me da pánico. Es buenísimo y yo le tengo mucha confianza, pero lo que no me gusta es necesitarlo. Si yo estuviera bien no tendría que visitarlo, pero no estoy bien y lo visito a la fuerza. Mi hermano también lo necesita y también le tiene mucha confianza. He estado muy preocupada durante unos días porque a mi madre tuvieron que ingresarla en el Ramón y Cajal y luego han ido a visitarla a casa varios médicos. Mi hermano me ha dicho que no llame más por teléfono porque mi madre ya se encuentra mejor. Yo no he vuelto a llamar para que no me regañe, pero estoy preocupada. A mí no me hace gracia escribir sobre la muerte porque le tengo mucho respeto. En realidad, ni se me ocurre hacerlo, no me gusta ni mencionarla, me da palo. Ayer me la recordó un amigo y por eso me ha venido ahora a la cabeza. Tengo miedo a morir.

A ciegas

Rosa y adredista 0
La noche era tan nublosa y tan negra que tropezabas al andar por la calle. El ruido más insignificante se alargaba muchísimo y no podías distinguir entre las pisadas de un perro o de una rata.
Nunca se había imaginado Soraya que ella fuera a arrepentirse alguna vez por salir de noche a encontrarse con sus amigos, pero ahora mismo estaba haciéndolo. No había sido una buena idea salir a dar una vuelta. Pero es que Soraya se aburre encerrada en casa, es demasiado joven todavía para amar la soledad.
Al pisar la calle y dar unos pasos había perdido todas las referencias, las aceras, las esquinas. Y las farolas, que se había ido la luz. No veía, los sonidos eran confusos y, salvo el suelo que pisaba, que era de tierra y ello significa que caminaba por el centro de la calle, o eso creía ella, salvo el suelo todo había desaparecido en la oscuridad.
Soraya quería dirigirse hacia la plaza, donde la esperarían los chicos, pero no estaba segura de haber seguido el buen camino. Un sonido muy extraño la había sobrecogido al poco de salir y el susto la alteró tanto que se desorientó, eligiendo probablemente el camino equivocado.
La calle la llevaba directamente hacia el cementerio viejo, hace años abandonado y en ruinas. Pero no podía imaginar que ya estaba entre las tumbas, entre los abrojos que crecían por los paseos.
De pronto pisó algo más blando y viscoso que la tierra del camino. No supo identificarlo y la sorpresa le produjo un escalofrío tan enorme que lo oyó silbar. Tampoco podía imaginar su tamaño, no quería imaginárselo, pues sólo se le ocurría que tendría que ser grandísimo. Por la resistencia que ofreció a sus livianas sandalias, el ente parecía de un organismo vivo. Cuando alcanzó esta conclusión entró en pánico, o sea, quedó paralizada.
Pero lo peor no había llegado aún. Sintió de pronto que algo rozaba sus piernas, sus tobillos, como una piel húmeda y fría. Su reacción fue inmediata. Quiso huir y dio un brinco a ciegas que la hizo tropezar.
Cuando creía que se había roto todos los dientes contra el suelo, sintió de pronto en su cara la misma viscosidad húmeda y fría que había rozado sus pies y la había hecho saltar.
Unas vecinas la encontraron a la mañana siguiente, desmayada aún, ente las tumbas del viejo cementerio. Una inofensiva serpiente de agua de tamaño respetable yacía muerta bajo su cabeza. Soraya, en su caída, había salvado los dientes al golpear con su boca contra la culebra, a la que había roto la columna vertebral.

Volver, de Almodóvar

Rosa
Esa peli tiene su morbo. Los pueblos viejos es que son así, como se ven en la peli, que entierran a los muertos en la tierra y luego lavan las lápidas de las tumbas bien lavadas, para controlar. Pero no es suficiente, porque los muertos andan siempre por ahí. Es lo que ocurre con la madre de las protas, la rusa, que tenía que estar en su tumba pero no lo está, y tenía que ser un espíritu pero no lo es, con los problemas que dan estas cosas. Y la adolescente de ojos alucinados se defiende del destino y lo derrota matando al símbolo, a Agamenón, sin más tragedias. Y la madre protege a su hija, desapareciendo el cadáver. El mayor morbo es que las dos sean hijas del mismo padre, la hija y la madre, la adolescente alucinada y la Penélope. Y junto al río, la chica sonríe porque el muerto está enterrado en su lugar preferido, una olmeda del Júcar.La rusa es que me hace mucha gracia, porque tenía que estar muerta y se pasa la peli ayudando a unas y a otras. La rusa tiene mucho que ver con todo lo que ocurre, y a la hija peluquera la tiene medio loca, porque ella cree en los fantasmas, pero la rusa no quiere ser fantasma. Y eso que la enterraron. Pero a Penélope no la engaña, tiene muchas cuentas pendientes con ella y se alegra de tener otra oportunidad para decirle cuatro cosas, sobre todo toda esa historia de los abusos de su padre. Que la rusa nunca se pudo imaginar eso de su marido y dejó indefensa a su hija. Les ocurre a muchas madres. Este mundo del Almodóvar de pueblo es que me gusta.