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Xenofobia

 
Rafa
Xenofobia es lo que sufrí, sufro y sufriré.
Me explico: he sido y soy una persona que siempre ha padecido de los pies y, en consecuencia, he caminado mal. Nadie me ayudó a ponerme en condiciones de caminar bien.
Tengo 56 años y mi enfermedad se desarrolló a los 31 más o menos. Me ingresaron en el Hospital de Valladolid por un problema de cefalia, aunque el médico de cabecera me diagnosticó hidrocefalia y en consecuencia me mandaron al neurocirujano.
El mismo día que el neurólogo me vio me metió en el quirófano y desde entonces estoy entrando y saliendo con demasiada frecuencia. En la primera intervención me colocaron una válvula que me cogía desde la cabeza hasta el vientre y por ahí soltaba el líquido cefálico.
Al mes de la operación tuve un traumatismo encefálico y perdí la válvula. Después me han hecho otras seis operaciones en la cabeza con el resultado de terminar en una silla de ruedas. Y en ella sigo.
Yo no soy xenófobo, pero sí lo son conmigo. Desde niño se burlaba todo el mundo de mí por mi torpeza con los pies, me tomaban el pelo y se reían como si yo fuera chistoso.
He sufrido lo mismo en todas las etapas de mi vida. Y se acentuó con los dolores de cabeza. Ya no hago caso a la gente, me he acostumbrado a vivir con la xenofobia de los otros.

Hay peligros y peligros


Rafa
Como hay placeres distinguidos y placeres más corrientitos, los peligros también tienen pedigrí. Te puedes tirar en parapente, en ala delta y romperte la columna, o rompértela haciendo puenting, haciendo escalada libre, en fin, asumiendo riesgos bastante inútiles.
Pero si trabajas en la construcción, estás levantando un edificio de muchas plantas, eres el listero y te mueves por allí, entre tablas con puntas, sacos y escombros, el peligro de caerte es constante, y además inevitable. Y por supuesto, con el miedo consiguiente a partirte la cabeza en cualquier momento si no apoyas los bastones en el sitio adecuado.
En fin, que hay peligros y peligros, como hay días y hay días.

Donde las dan, las toman


Rafa
¿Nunca te han tomado una broma? A mí, muchas. Y eso que nunca he sido amigo de gastarlas. El caso es que ayer mismo, en la mesa del comedor, Iñaki, el compañero que se sienta a mi derecha, se retrasó un poco y, al llegar a la mesa, le dije yo que se había terminado el puré, que me lo había dicho la camarera. Los compañeros de mesa lo confirmaron e Iñaki pilló un rebote del carajo, que se largó del comedor sin darme tiempo a reírme siquiera.
Alguien le informó por la tarde de mi broma del puré y, para la cena, Iñaki ya estaba en la mesa cuando yo aparecí.
Cuando intenté colocar mi silla en su sitio para alcanzar el plato, algo me impedía meter sus ruedas y mis piernas debajo de la mesa, algo que no veía y que me mantenía alejado un metro o más del plato. Una cuidadora tuvo que desatar una fina cuerda de guitarra atada a ambas patas. Y mientras todo esto ocurría, Iñaki comiendo y medio atragantándose de la risa.
En fin, que donde las dan las toman. Lo malo es cuando te la toman sin motivo.

Desamparo


Rafa
Yo siempre me he sentido un indefenso y un desamparado.
Me desespera mi naturaleza, el no poder caminar, que nunca haya podido hacerlo como lo hacéis la mayoría, pero sobre todo que cada vez pudiera menos, pues cada vez iba a peor.
No me acepto como soy, y bien que lo siento. No consigo aceptar esta cruz de no poder andar, y por eso me siento tan indefenso. Es una sensación que me ha acompañado toda la vida, incluso cuando trabajaba y tenía responsabilidades y era el cabeza de familia que tenía que sacar a todos adelante. Incluso entonces, especialmente entonces, me sentía débil, indefenso.
Si no me he derrotado, que he estado a punto, muchas veces, muy acabado de ánimo, fue porque nunca me faltaron los apoyos familiares.

Tropiezos


Rafa
La vida enseña muchas cosas. Por ejemplo, te enseña a desconfiar de los caminos estrechos, pero en mi caso los escarmientos me los he ido encontrando yo mismo y nunca jamás pude corregir. Me explico: yo me he caído muchas veces, y cuando digo caerme digo espanzurrarme, podéis mirar las cicatrices en mi frente, no están ahí dibujadas de adorno.
Siempre tuve una manera de andar, arrastrando los pies, que me hacía tropezar con frecuencia y terminaba en el suelo. La vida le enseña al burro a no tropezar dos veces en la misma piedra y esa era una lección que yo también aprendía. Pero mi problema fue siempre que hay demasiadas piedras para tropezar, como tabernas para el borracho.

Dar voces


Rafa
Yo sé lo que es un carácter fuerte. Conozco bien a esas personas que siempre tienen razón, que ya se encargan ellos de tenerla, quiero decir, de quitársela a los demás. Los conozco bien porque yo fui uno de ellos. De nada me servía, pues tener la razón no es tener amigos. Hablar fuerte aleja a las personas de uno, no las acerca. No se hacen amigos dando voces.

Estudiar

ESTUDIAR
Rafa
Con diez años no hay nada más aburrido que estudiar, sobre todo si lo que te gustaba era otra cosa. Alguien, no recuerdo bien quién pudo ser, me convenció de que yo quería ser abogado, y por eso me pusieron a estudiar.
La Cucaracha, señora Paulita, me daba Lengua y me hacía bostezar. Estaba todo el día marcándote y se chivaba a los padres de lo que no hacías. El Zapatones, el Director, pudo ser mi salvación como estudiante, pero nunca coincidimos, nunca fue mi profe. Me caía bien, sabía tratar a la gente. Don Marciano no era tan joven ya, pero era cojonudo como profesor de Matemáticas. Las Mates era lo que más me gustaba y me sigue gustando.
De los demás profes del instituto Zorrilla, en la filial de San Pedro Regalado, nada hay que decir, no pasaron a mi historia personal. Y lo único que he sacado en claro de tanto estudiar, pues luego hice Magisterio en la plaza San Pablo y me olvidé del Derecho, que ya estaba yo bien torcido por entonces para intentarlo, fue la afición que le cogí a la máquina de escribir. Es lo único que no me aburría de todo lo que aprendí en mi juventud. Y, por cierto, lo que me ha dado de comer durante mucho tiempo.

Merecen una calle


Rafa
No puedo olvidar los insultos que me acompañaron siempre en mi niñez, por tener una cabeza que se veía más que las de alfeñique que me llamaban el Cabeza.
Quizá sea por esta razón, por ser siempre diana de los desprecios de esos cabezas de chorlito, que no recuerdo a otras víctimas de estas crueldades. No recuerdo otros insultos, o mejor, a otros insultados, pero sí recuerdo a los que nunca nunca me menospreciaron.
Uno de ellos fue Kin, por ejemplo, que fue capaz de partirle la nariz a un vecino que se reía de mí a la salida del portal, en la Rondilla, por la forma mía de andar.
Kin era así, un poco violento pero un volcán de buenos sentimientos. Lo mismo daba que jugásemos a la peonza que a las canicas, si alguien me ganaba tenía que ser por lo legal, o se las vería con Kin.
Lo cierto es que yo tampoco me callaba, pero lo que es dar, no podía, pues cualquiera me soplaba y ya estaba en el suelo. Pero me callaba menos cuando estaba Kin. Los tipos como él, capaces de defender a los más débiles, merecen, no ya una nota como ésta, merecen una calle en la Rondilla, Valladolid.

El vértigo del rey


Rafa
Me da mucho miedo ver a mis familiares o a los compañeros enfermos, que están mal.
Pero mi miedo más tremendo es a las alturas, y mi reacción a ese miedo, el vértigo.
El vértigo me obliga a ser prudente, a asomarme a los sitios agarrado a algún punto seguro.
Pero mi miedo a las alturas nunca fue miedo a las responsabilidades.
Por mi experiencia, tengo la sensación de que el rey, cuando se va a matar elefantes, está dominado por el vértigo a las alturas.

El chupapelotas


Rafa
Tocaba la campana a las ocho en la obra y Joaquín comenzaba su jornada de no hacer nada. Eso sí, hablaba y hablaba estorbando a todo el mundo, no sabía callarse.
Joaquín era peón, el peor peón de la obra, estaba asignado a la cuadrilla de albañiles que hacían fachada a destajo, y con ladrillo cara vista. La tarea de Joaquín en la cuadrilla, o sea, lo que nadie le ordenaba, era impedir que el trabajo transcurriera con normalidad. Tenía a su cargo la hormigonera en la que tenía que hacer la masa para subirla a la planta donde trabajaba la cuadrilla. O sea, tenía que comenzar el primero a trabajar para que los demás tuviesen tajo.
Pero Joaquín lo sabía y por eso aprovechaba cada mañana para ajustar las cuentas pendientes. Llegaba a la obra cabreado con todo cristo, sobre todo si había prisa.
–¿Qué tal viene Joaquín? –preguntaban los albañiles.
–Chungo –contestaba un ayudante, más pendiente a esta hora del trabajo de los peones que de los andamios, por la cuenta que les tenía a todos.
Si no echaban una mano los ayudantes, podía pasar media mañana hasta que estaba preparada la primera hormigonera con la masa. A Joaquín lo mismo le cabreaba madrugar que quemarse con el trago de cazalla con el que se desayunaba, pero lo que peor llevaba en realidad era ser peón y tener que trabajar para los del destajo. Se llevaba sus perras, pero todo le parecía poco.
–¿Por qué no te llevas a Joaquín con los encofradores? –pedían los albañiles al encargado.
–Porque ya le han echado de allí –contestaba el encargado, muy informado.
Con todo, nadie protestaba demasiado, salvo Joaquín, porque todos sabían que la alternativa para él era el paro, y eso tampoco lo querían los compañeros.
Y a la mañana siguiente, Joaquín volvía al tajo con idéntico humor y el trabajo volvía a retrasarse.
–Pero qué chupapelotas eres, Joaquín –le decía el albañil.
¡Y para qué quieres más!

Fuleros



Rafa
Un hombre de verdad cumple su palabra, sus juramentos son sagrados y su firma va a misa.
Pero yo tengo noticias de verdaderos fuleros, de tipos sin palabra. No son muchos, en realidad yo no conozco a ninguno, pero me cuentan de patronos que no pagan a sus obreros, de duques que meten la mano donde no deben y la sacan llena, de tan sucia, de representantes de los ciudadanos que gastan sin tino lo que no es suyo… pero también de feriantes que venden mal género, de campesinos que intoxican alimentos, de comerciantes que trucan los pesos y los cambios, de panaderos de masa congelada, de médicos que se olvidan de los consejos de Hipócrates y no atienden en condiciones si no cobran por adelantado, de abogados más pendientes de la astilla que los propios jueces y de jueces de semana caribeña que condenan a inocentes por no pagar lo suyo, o sea, más que al letrado…
En fin, que ser hombre de palabra o mujer de palabra es ser un buen hombre y una buena mujer, de los que no dan que hablar.

Furioso


Rafa
No hace mucho que había cafeterías en la calle Santiago, por supuesto que en Valladolid. Pues en la última, en Risco, junto a la plaza Mayor, estaba yo una tarde con mi café de merienda. Estaba solo, de pie y apoyado en la barra.
Mi muleta estaba junto a mí, también apoyada en la barra. Cualquiera que me viera por aquellos días, y que viera la muleta a mi lado, no podía menos que acertar si decía que mis andares estaban un poco averiados.
No sé de dónde pudo salir aquel fulano, pero me empujó con fuerza. No sé si me había visto o no, pero ciego no era. Me tiró al suelo y caí de culo. El dolor era tan intenso que no podía ni mantenerme sentado. Por supuesto, tampoco podía incorporarme. Se apoderó de mí una furia que no quería controlar. Alcancé la muleta con mucha dificultad, pero el fulano no se ponía a mi alcance. Ni se había acercado a ayudarme.
–Eres un sinvergüenza, hijo de tal.
Cuando comencé a insultar al tipo aquel, fue cuando los demás clientes de Risco reaccionaron y me socorrieron. Y sus atenciones me tranquilizaron al fin.

Riesgos


Rafa
¡Lo que no hay que hacer para que te den el sobre al terminar la semana! He compartido mi trabajo en muchas obras con los hombres más osados y atrevidos, esos que se mueven durante toda una jornada sobre el filo de una viga de hierro o sobre un andamio, suspendidos en el vacío sin estar sujetos a ningún medio de agarre: ellos son los valientes.
Miro un rascacielos hoy y todavía veo a los mil hombres que lo construyeron jugándose la vida en lo que se llama tiempos de paz.

Razones


Rafa
Hay que tener mucho coraje para defender a personas débiles de los abusos de los fuertes. Porque los débiles nunca tuvimos la razón, sea porque nuestras razones no interesan a nadie, o porque hay otras de más relieve que las nuestras. Las personas que nos defienden están haciendo otro mundo, están cambiando los valores de éste.

Discretos


Rafa
Más que la timidez, a mí los que me caen bien, como buen castellano que soy,  son los tipos reservados, esos hombres y mujeres discretos que tienen en gran estima la propia intimidad y la de sus seres queridos y que no hacen espectáculo de su vida o la de los suyos, incluidos entre los suyos los amigos y compañeros. A esas gentes uno les puede confiar sus secretos.

Líderes


Rafa
Me dan miedo esas gentes que amenazan. Yo siempre he sido menos fuerte que cualquiera, o sea, he sido una persona físicamente débil. Nada me ha dado más miedo en toda mi vida que las amenazas sin justificación de tipos chulos, torvos, esos tipos oscuros que tanto abundan, generalmente cobardes, que no son casi nada sin público aplaudiendo y que hacen de nosotros, los más débiles, sus víctimas.


Esperanza

Rafa
Uno tiene esperanza, y gasta su buena esperanza, en desear que los humanos lleguemos un día a ser capaces de curar todas y cada una de estas enfermedades tan raras que nos hacen infelices.
Yo he deseado tanto, he esperado tanto que toda mi gente viva con bien, mis amigos, mis hijos, que a todos la vida les trate con benevolencia, lo he deseado tanto, y lo deseo, que casi lo he conseguido.
Hay una cosa que no he conseguido, pero tampoco he perdido la esperanza de conseguirla. Es ello ponerme de pie y poder caminar sin tener que agarrarme de ninguna pared o de ningún bastón, sigo teniendo esa esperanza.

Ah, qué Fermín...

Rafa
Cuando Fermín habla de política, pone a todos a caer de un burro, no le gusta nadie. De unos dice que hay trabajo pero no lo quieren dar. Y de los otros, lo mismo.
Cuando termina con los políticos sigue con los futbolistas: “Son una panda de mariquitas, lo que ganan nos lo quitan a nosotros, y encima, no les des un toquecito porque se echan de cabeza a la piscina.”
No entiende ni quiere entender por qué los amigos, cuando hablan de lo mismo, lo hacen de otro modo. Fermín, invariablemente, a la más mínima pausa, empieza con las quejas. No se le escapa el cambio climático, ni la gripe “bubónica”, cómo la llama él. Tampoco los especialistas que hablan del tema. Ya tiene sus propios remedios preparados, porque van a caer como moscas, dice, con vacunas o sin vacunas.
Para los terremotos, amenazas nucleares y revueltas árabes de estos meses también ha tenido sus dosis de mala hostia.
De los inmigrantes, dice que lo único a lo que vienen es a quitarnos el pan.
Cuando se despide de los amigos, acompaña su partida con un escupitajo. Y no deja de mosquearle, aunque sea un poco, que a la siguiente vez lo reciban con el acostumbrado:
–¡Hombre, cuánto tiempo! Ya te buscábamos en los obituarios.

Desamor

Rafa
Margarita tendrá ahora unos sesenta años, y si no, los hará en octubre.
Cuando ocurrió todo, ella no era muy alta, tampoco baja, ni muy guapa. Sin embargo, para Antonio era la mejor compañera que ha podido tener ningún varón.
Se conocieron en un comercio de venta de plásticos, allá en Valladolid, llamado “Plásticos Olegario”, en el que Antonio entró a trabajar a los quince años. Margarita ya trabajaba allí de dependienta y, desde el principio, su trato hacia él era muy diferente del de las otras cinco empleadas del local.
Antonio, desde el segundo día, encontró un motivo más para practicar su acostumbrada puntualidad. De hecho, Margarita se convirtió en la razón más importante para volver cada día al trabajo.
Aunque ella le llevaba cinco años, mostraba estar enamorada perdida de él y al menor pretexto dejaban las faenas del día e iban a la trastienda a charlar. Aunque lograban que los meses transcurrieran veloces, no concretaron jamás su enamoramiento: Esa diferencia de edades la llevó A Margarita a interesarse más por el que ahora es su marido.
Para el cumpleaños de Margarita, Antonio ya sabía de ese nuevo amor. Con eso, ni la felicitó ese día. Le dio ese pequeño pistonudo chasco.
Es lo que tiene el amor, que con el tiempo se puede presentar un nublado cuando los pronósticos dicen que hará sol.

Camarada

Rafa
Conocía a José María, cuando él iba de la mano de la señora Laura y yo de la mano de la señora Dora, camino del parque del Esgueva, en el barrio de Leones de Castilla, en Valladolid. Nuestra amistad comenzó a tortazos, como suelen comenzar las amistades entre niños. José María daba los puñetazos más fuerte que yo, aunque era más canijo, o quizá por eso.
José Mari tendrá ahora unos 60 años, no conoció a sus padres, puesto que la señora Laura lo sacó del hospicio, donde había vivido acogido desde su nacimiento hasta los tres años. Su madre adoptiva lo había criado como si fuera su propio hijo.
La señora Laura se despidió de este mundo y del barrio cuando su hijo era aún joven. Hasta entonces, él y yo fuimos inseparables. En realidad, aún seguimos siéndolo, bueno, casi. De niños, no había tarde que no terminásemos riñendo, e incluso pegándonos, pero tampoco hubo día que no nos buscásemos. Las esquinas del barrio eran nuestro lugar de encuentro y nuestra palestra.
Pasaba el tiempo, dejamos de pegarnos y comenzamos a encontrarnos en los futbolines, en los billares, en el cine, éramos como hermanos, el hermano que ninguno de los dos tuvimos.
Él se casó al poco de morir su madre, yo también y por la misma fecha, y nuestros encuentros se fueron distanciando. Ya sólo nos veíamos en los bares alguna tarde para tomarnos un vino. Y dejamos de vernos.
Cuando caí yo enfermo, José María ni se enteró.
Estaba yo ingresado en el hospital Río Ortega de Valladolid y mi padre venía a verme todas las tardes. Un día, a la misma puerta del hospital, José María se lo encontró y no le parecía el mejor lugar para pasar el rato un antiguo conocido. Lógicamente, le preguntó quién de la familia estaba averiado.
Mi padre de contó lo mío y desde aquella misma tarde, ya nunca me faltó la visita de mi camada.
Nuestros encuentros, desde aquel nuevo primer día, se han repetido en innumerables ocasiones. Nuestra amistad se ha reforzado, ya no discutimos, nos hemos hecho muy mayores y nos queremos demasiado como para no saber aceptarnos en todo lo que somos cada cual.
La pena es que no lo he vuelto a ver desde que resido en este centro, en el CAMF de Leganés, hace ahora un año y medio.