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La promesa

 
MaryMar
www.museoreinasofia.es
Cuando tenía ocho años me hice muy amiga de una chavala de mi edad, Pepa. Estábamos internas en un colegio. Íbamos a la misma clase, nuestras camas estaban juntas y comíamos en la misma mesa. En las horas de descanso también nos juntábamos y nos gustaba jugar a la pelota.
También había otro juego que nos gustaba: improvisar obras de teatro. Nos reuníamos varios compañeros y ensayábamos las obritas que habíamos inventado. Las representábamos en un salón del colegio. Venían a vernos todos los niños y niñas del cole. A veces nuestros padres y amigos. A todo el mundo les gustaban mucho nuestras obras.
Las fiestas del cumpleaños de Pepa eran memorables. Tenía una enorme mansión muy bonita. En su fiesta había de todo, según ella contaba: comida, música, baile, disfraces…Siempre invitaba a muchísima gente. Me daba mucha envidia y aquel año le pedí que me invitase y ella dijo “¿Por qué no?”. Desde aquel momento, estuve esperando que llegase el día, pero la invitación nunca llegó.
Me enfadé mucho con ella. Hablé con la dirección para que me cambiase de cama en el dormitorio y me colocasen en otra mesa. En las clases era más difícil, pues hacíamos el mismo curso y teníamos que ir juntas, pero yo no estaba dispuesta. Para solucionarlo hablé con un enfermero amigo de la familia y le pedí que me ayudase a fingir que me había roto la pierna. Me puso una escayola, habló con el médico y este me dio una baja por un mes, que pasaría en la primera fila de pupitres de la clase con la pata estirada.
Cuando pasó ese tiempo llegaron las vacaciones y nos fuimos cada mochuelo a su olivo. Pedí cambio de colegio para el año próximo.

Ojos fijos


MaryMar
MaryMar tiene fijos en ella cuatro ojos que han sufrido mucho, pero que afirman a la par, y sin dudarlo, que nadie les ha hecho daño.
Son los ojos de Ramón y de Nacho, ninguno de los dos quiere echarle la culpa a nadie de sus sufrimientos.
A las preguntas de MaryMar, ellos siempre responden que nadie les hizo sufrir jamás por crueldad.
–Admirable –concluye al fin MaryMar–, cada cual somos responsables también de nuestras desgracias. A nadie podemos hacer responsables de nuestro dolor o de nuestras tristezas, salvo si no nos divertimos.
–Ahí te veo bien, MaryMar, –contesta Ramón– porque la diversión y la fiesta hacen que en nuestra vida se haga justicia, que el reparto de la felicidad sea efectivo  y que crezca la solidaridad.
–Vaya galimatías –exclama MaryMar, pues no sabe lo que ha podido decir para que el otro saque semejante conclusión.

La Mahou


MaryMar
Qué pena, va a desaparecer la Mahou, si es que no ha desaparecido ya, me lo acaban de decir. Desaparece el escenario de mi infancia y yo ni me había enterado. Y también el Calderón.
En la Mahou tenía yo amigos, chicos y chicas. Íbamos mucho a bailar. Y siempre quise ir al fútbol, pero jamás entré en el estadio. Oía los gritos cuando había partido y esperaba a mis amigos en las puertas. Los del Atleti salían siempre tristes, siempre perdían. Pero cantaban. Somos gente muy rara los del Atleti.

Cuarenta y un novios


MaryMar

Solo he tenido cuarenta y un novios, pero no me acuerdo del primero.
Del que más me acuerdo es de Miguel, que cosía conmigo en el taller y me clavaba la aguja en el culo menos que yo a él. Era guapo y simpático como el mismo demonio.

La sonda


MaryMar
Siento la soledad sin necesidad de la sonda. Siento el lunes sin necesidad de la sonda. Siento la ventana y los árboles a pesar de la sonda.
A mi madre la siento sin necesidad de la sonda, y la siento un poco lejos. Siento a Conchi gritando en mi oreja por encima de la sonda. Pero mi madre es un poco buena, tampoco mucho.
Siento la sangre que corre por mis venas al fin sin la sonda. Siento la vida y el sol me ilumina y no tengo puesta la sonda al fin.

Volar


MaryMar
FOTO de D. Sharon Pruitt
Yo soy una chica de natural alegre. Aunque a veces me veáis un poco distraída, no vayáis a creer que estoy ausente.
Nada de eso. Estoy volando, que volar es de lo más sencillo, lo dijo alguien que inventó las alas. No tienes más que procurar que el suelo nunca roce tus pies.
Cuando estoy sola, no hago otra cosa: abro la ventana y a volar. Esto de volar es en realidad la alegría de vivir, por eso decía que yo estoy siempre contenta en el fondo.

Melancolía


MaryMar
Para mí la melancolía es una ventana y un muro ante la ventana.
Para mí la melancolía es una compañera que no se calla y un compañero que no habla. Y esta mañana bajé a hablar con el terapeuta ocupacional, pero no te voy a decir de qué.
Ayer vinieron mi madre y mis hermanas a verme, eso también es mi melancolía.
Desde estas Navidades que no sé nada de Petra, también eso es mi melancolía.
Yo creo que la melancolía es una cierta impotencia, como si la vida pasada se negase a disfrutar de la vida presente. 

Apuros


MaryMar
De mi madre me río porque es vieja, se le caen los platos de la mano, se pincha con la aguja cuando cose, se pierde en el metro cuando viene a verme. No sabe orientarse en los cambios de línea, cualquier día sale en Torrelodones en vez de en El Carrascal, y eso que en Torrelodones no hay metro que yo sepa.
Con mi asistente de escritura me río si le levanta corriendo para irse a mear, pues parece que tiene el muelle ya flojo, no debe de andar nada bien de la próstata.
Y del fisio me río si me pisa cuando bailamos, siempre se equivoca en los pasos, que está peor que yo. Es curioso, pero los apuros de los demás a mí siempre me dan la risa.
¿Y dónde está Petra?

Fuera de la ley


MaryMar
Yo quería las gafas esta mañana para esconderme. Me han presentado a un atracador y no quería verlo. El caso es que me cae bien, es guapo el condenado, y alegre.
Cuando oigo hablar de atracadores por la radio o la tele, siempre me los imaginé así a todos, jóvenes, guapos y alegres. Este que me han presentado hoy está un poco caduco ya, de la edad de James Bond aproximadamente, o sea, un viejo, pero tiene su gracia. Cómo me gustaría bailar con él, aunque sospecho que ya no tendrá piernas para seguirme.
Y para no querer verlo, digo yo que lo he estudiado demasiado bien. ¿Qué tendrá un atracador para que nos guste tanto a las chicas? Un atracador es un fuera de la ley, pero eso debe de ser lo que envidiamos de ellos, me parece, la mayoría de las mujeres. Porque yo creo que las leyes se hicieron, desde las primeras hasta aquí, desde el Código de Hammurabi hasta el Manual de Inquisidores o la Ley del Aborto, para quitarnos de en medio a las mujeres.
O sea, que una mujer desde que nace hasta que muere está condenada a obedecer. Por eso que los que se salen de la ley tienen tanto encanto para nosotras, lo mismo da un atracador que un alcalde de Marbella, aunque el harén de estos segundos es más restringido. Yo miro a la cara a este atracador que acabo de conocer y todo encaja, cada vez me parece más joven y yo, a cada segundo que pasa, quiero vivir más fuera de la ley.

Visita sorpresa


MaryMar
Ayer vinieron a verme mi madre y mi hermana Paloma con sus hijos. Llegaron al Centro, me avisaron por megafonía y bajé hasta la planta baja.
Salimos a la calle, llegamos hasta el parque y nos sentamos en un banco. Allí estuvimos charlando. Me contaron que tienen que operar a mi madre de la vista y que ya me avisarán cuando llegue el momento. Ella está preocupada por la operación, por si sale mal.
Nosotras estuvimos todo el rato sentadas en el banco, pero mis sobrinos no paraban quietos. Mi hermana Paloma me contaba que sigue trabajando haciendo la limpieza en una casa, donde ya lleva cinco años más o menos. No le pagan tanto como desearía, pero la tratan bien y eso es importante.
Sobre mis sobrinos me contaron que van al colegio, donde se lo pasan estupendamente y además aprenden, aunque no se portan demasiado bien, ya que son juguetones y algo despistados.
No les quise preocupar y no les conté que últimamente estoy algo pachucha. Me quedo en la cama muchas horas y me siento cansada.
Esta visita me alegró y me olvidé de mis males.
Después estuvimos en un bar tomando Coca-Cola y unas patatas fritas.
Les pedí dinero para comprarme pulseras. Me lo dieron. Cualquier día le pido a un voluntario que me acompañe a Parquesur y me las compro.
Esta visita me levantó los ánimos. Ojalá vuelvan pronto.

Piluca


MaryMar
Es un poco delgada, morena, con los ojos grises, muy simpática ella, y cariñosa. Trabaja en una boutique de ropa para jóvenes. Piluca viste muy elegante. Escoge la ropa de los colores más alegres, de los que están a la última moda: pantalones, camisetas, todo. Se maquilla la cara, se pinta los ojos y la boca y sale a la calle para que la vea todo el mundo.
Se pasea como una modelo por las avenidas más importantes.
–Piluca, ¿por qué no te vendes? –le digo yo, su mejor amiga–. Todos los tíos te desean. Y los más ricos, más.
–¿Pero qué te creías tú que hago, cuando me maquillo? Yo siempre estoy en venta. Lo que pasa es que nadie ha ofertado mi precio, todavía –me contestó Piluca muy segura, y consiguió desconcertarme.
–Pues yo creía que salías en busca del amor de tu vida.
–Llámalo como quieras. Pero encontraré a quien lo pague.

Envidia


MaryMar y adredista 7
Conozco a una persona que tiene envidia de todo el mundo. Se llama Rosario. No es ni guapa ni fea, ni gorda ni flaca. Regular. Es casi de mi misma edad y está casada. Su marido se dedica a diseñar piezas de aviones en el complejo CASA de Getafe. Es muy trabajador.
Suelen salir juntos de paseo y de bares. Se llevan bien entre ellos y se quieren bastante, pero Rosario tiene envidia de una compañera de su marido, también ingeniera, que se tira a toda la base, incluido el personal militar. Está segura de que su marido también se la ha tirado.
–¿Qué? ¡No me digas que con esa tampoco me pusiste los cuernos! –pregunta Rosario un día en La Cruz Blanca ante un vaso de cerveza.
–Tú sabes que no –contesta él, un verdadero pánfilo, y Rosario le cree.
Lo que más desea Rosario es ser como la ingeniera y ligar con todo el mundo e ir picando de flor en flor. Pero su marido es pánfilo y muy celoso, claro está, y si ella se dedicase a ligar le montaría un pollo.
Prefiere seguir tranquilamente con su marido y dejarse de líos. Y morirse de envidia, por supuesto.

La codicia le perdió


MaryMar y adredista 7
El tipo aquel, Carlos, era pero que muy codicioso. Sólo pensaba en el dinero. Y en sus amigos ricos, para saquearlos. Buscaba el dinero en lugar de la amistad.
Comenzó trabajando en un Banco para estar cerca del money money. A su banco iban con frecuencia señoras, a poner el dinero en una cartilla a nombre de sus hijos. Él aprovecha para seducirlas y después les hacía chantaje. Primero una y luego otra, no tenía fin aquel chollo. Las llamaba y amenazaba con irse de la lengua si no ponían sus ahorros a su nombre, en vez del de su hijo.
–María, si no me das la pasta, le cuento a tu hijo tus manejos, y sé muchos, tú lo sabes.
Con el dinero de los chantajes se fue haciendo una fortunita,  que invirtió en pisos cuando la burbuja estaba que quería que no quería iniciar su camino. O sea, que se hizo de oro en unos pocos años y se pudo comprar hasta un yate y un jet, como cualquier Pocero de Seseña que se precie.
En sus mansiones, sus muchos criados cobraban sueldos de miseria.
–Es que si os hago ricos, ya no me vais a trabajar.
Están con él porque es el único trabajo que encuentran.
También tenía otra mansión al lado del mar y solía ir allí con sus dos hijos algunos fines de semana. Sin embargo, para mantener aquello abierto tenía que gastar bastante dinero, y eso no iba con él. Dejó que se fuese deteriorando poco a poco.
Y lo mismo le ocurría con el yate, con el jet y con sus otras casas, que no hacía más que gastar y no ingresaba nada.
Fue cuando se le ocurrió, puesto que la mayoría de sus criados eran rumanos, ponerles a todos a pedir a las puertas de las iglesias, disfrazados de pordioseros. Con las limosnas se pagaban el sueldo y aún Carlos tenía liquidez para aumentar su patrimonio, en vez de reducirlo.
Pero, ay amigo, eso era intrusismo. Y otro rumano llamó a la policía y se descubrió el pastel, pues sus empleados no le tenían ninguna simpatía al señor y cantaron.
Y así fue como apareció una pareja en casa de Carlos y se lo llevó esposado.

El osado Pedro

 
MaryMar y adredista 7
Pedro es un amigo de mi infancia. Ahora cuenta con cuarenta tacos, año arriba, año abajo… Pero desde que era pequeño ha sido un muchacho muy osado, no se amilanaba ante nada.
Recuerdo una historieta ocurrida en el colegio donde íbamos él y yo, hacia los nueve o diez años. Allí había un grupo de chavales que estaba todo el día de pelea. Y le tenían bastante envidia a Pedro, ya que él era un chico de sobresalientes y ellos lo suspendían todo.
Y además, Pedro tenía un don y ellos lo sabían: que se entendía muy bien con todos los bichos.
A Pedro no le gustaba una miaja que se metieran con él. Solían tirarle piedras, insultarle y hacerle mil y una peripecias.
En casa de Pedro había una granja donde vivían los gallos, las gallinas, los pollitos, algún perro, cerdos… y todos se llevaban bien con Pedro.
Un buen día, metió a varios animales en un saco, y antes los pidió perdón: un perrito, dos gallinas, un gallo, tres pollitos y un cerdo no muy grande. Y se cargó el saco al hombro y se lo llevó al colegio.
Cuando los otros empezaron a meterse con él, Pedro abrió el saco y soltó a los animales. Estos empezaron a correr detrás de los chavales, picándoles en las piernas y el culo, o cagándose encima de ellos por todo el patio. Pedro les había explicado bien el plan, mientras venían al cole en el saco.
Los chavales camorristas, que no se habían visto en otra, corrían como alma que lleva el diablo. Pero con sus amigos consiguió Pedro alcanzarlos y acorralarlos en un rincón. Les enseñó un documento que llevaba preparado, en el que se comprometían a no meterse jamás con él ni con los más débiles. Y, si reincidían, tendrían que atenerse a las consecuencias.
Y con estas, llevó el documento y a sus amigos al despacho del director y le obligó a estampar también su firma en nombre de todo el claustro, por dejación de funciones.
Eso sí, después el director expulsó del colegio a los animales, normal, pero con Pedro no se atrevió.

De compras


MaryMar y adredista 7

Fui a comprar a El Corte Inglés, pero me había levantado un poco resacosa y no sabía el significado de la palabra Euro. Se me ocurrió buscar a un vendedor y le expliqué mi problema. Enseguida llamó a su jefe, que a su vez llamó a otro jefe, y este, al jefe supremo. Así que Dios en persona vino a mí y me dijo: “Pero alma de cántaro, no bebas tanto, que un día te vas a levantar y olvidaste qué significa banco o crédito o hipoteca o deuda, y entonces sí que me creas un conflicto de verdad con mis jefes”.

Aquel día no pude comprar nada y conseguí cabrear a todos. Y todo por no recordar lo que significa Euro.

Chillón, y mucho


MaryMar
Gabriel chilla mucho y nos asusta a las chicas, es un asocial del todo. Él dice que yo soy guapa, pero él es un estúpido por chillar, pues nos molesta mucho a todos con sus voces sin razón. Y molesta especialmente a Carmen, que no se lo merece y la tiene más cerca. Pero sobre todo me molesta a mí con sus gritos descontrolados y extemporáneos. Aquí vengo a hablar y no tengo por qué callarme, lo mismo da que lo diga él o el otro. Y además hoy tengo ganas de poner a caldo a algunos, sobre todo a Gabriel, porque yo digo siempre lo que siento, guste o no, y sus gritos los siento tanto que me rompen los tímpanos. Tiene mucho genio este chico en primavera, pero yo tengo más, aunque procuro hablar bajo para no molestar. ¡Que aprenda él también a hacerlo!

¡¡¡Mecagüental!!!


MaryMar
Me llamó la atención el cuadro que me ofrecía la mañana: un anciano se apoyaba en su cachaba para caminar y cubría su cabeza con una boina sin capar, o sea, con el rabiche tieso. Y a su lado trotaba un chucho más antiguo que el amo y mucho más feo. Los vi de lejos. Yo circulaba con mi silla por la acera del sol, camino de la piscina de El Carracal, por la Avda. de Alemania, y los dos venían hacia mí.
Cuando por fin llegué a su altura no pude menos que saludar.
Buenos días, buen hombre –dije yo, dirigiéndome al viejo, y se me ocurrió añadir, después de intentar acariciar al perro, que no se dejó, huyendo al lado contrario de mi silla– Este perro es muy asustadizo, ¿no lo pegará usted?
¡Pues para que quieres más!
¡Cagüental! –me contestó el viejo, golpeando no pocas veces con su cachaba sobre la acera– La primera persona que me saluda en este pueblo y me quiere enseñar a criar perros. ¡Cagüental! No voy a acostumbrarme nunca a la capital. En mi pueblo todos los paisanos me conocen y me saludan todos. Y no me insultan, desconfiando de mí. –y añadió, buscando con la cachaba al chucho, que continuaba lejos de mi alcance– Sultán, báilale un pasodoble, a esta señora tan metomentodo.
Y el perro se vino hacia mí, se puso de pié sobre sus dos patas traseras, me ofreció su mano derecha y comenzó a girar sobre sí mismo agarrado a mi mano: parecía una de esas bailarinas sobre hielo que no se cansan nunca de dar vueltas.
Yo me reía con ganas. Este perro era un verdadero cachondo, pero estaba claro que se sentía fuera de lugar, como el viejo, eso era lo que yo había confundido con miedo.
Perdone, señor, si le molestaron mis palabras. Sólo pretendía ser amable.
¡Mecagüental! Mi perro y yo te estamos muy agradecidos. Eres la primera y única persona que nos ha visto en esta calle, ¡cagüental! Y eso que caminamos como siempre, con la cacha y por el sol. ¡Cagüental! No nos vamos a acostumbrar nunca al extranjero.
Y los dos continuaron su paseo y yo continué rodando hasta la piscina.

Enamorada, y nada más



MaryMar
Yo estuve un día enamorada de un chico que era más guapo que la persona más guapa del mundo.
Yo le decía piropos y él también me decía palabras bonitas, palabras cariñosas:
Te quiero más que a un caramelo de fresa.
Yo a ti también, y me gustaría ser tu compañera, y que nos lleváramos bien y estar toda la vida juntos, viviendo en Granada, y hacer amigos y ver la Alhambra.
Y nada más.

No saben


MaryMar
¿Por qué me gusta escribir? Me gusta mucho escribir. Escribo para mis amigos y compañeros de la residencia.
Me gusta hablar de mi vida y de las cosas que aprendo en el taller.
Llevo bastante tiempo en los talleres de Escritura Creativa. Casi siempre he trabajado con Petra, pero ahora Petra está malita, más en concreto, coja, que se partió un tobillo en el mercado. He escrito con Manuel, con Ana, con Andrés, con Nano y con Montse.
Mi familia no sabe que vengo al taller de escritura, pero me gustaría que mi madre y mis hermanos leyeran los cuentos que escribo aquí. Si leyeran mis cuentos se llevarían una sorpresa y no se olvidarían de mí.
Y punto y final. ¡C’est fini!

Indignada


MaryMar y adredista 0
Me gustan más jóvenes y no tan cegatos, pero no me cabreo con mi suerte. Entre estar sola o mal acompañada, prefiero las malas compañías. Los que no conocen la soledad inventaron ese refrán contra natura que no repito por respeto a los que, como yo, escogemos el infierno de los feos al infierno de no tener a nadie junto a mí. Este que me ha tocado hoy de asistente de escritura no es Petra, es feo y sentimental, aunque muy poco católico. En fin, que se parece al marqués de Bradomín en lo importante, que ni es marqués ni es tiquismiquis. Me pregunta por lo que me indigna pero ya lo he contestado, y repito: No me indigna que seas viejo, que seas calvo, que seas miope o que te molesten las almorranas, me acompañas y por eso eres un ángel, que los ángeles sois todos buenos, incluidos los del infierno como tú, porque hacéis compañía, o sea, que lo que me indigna es la soledad en este mundo tan repoblado y a un minuto o menos del completo.