Carta de amor

Carmen
Querida Avelina:
No sé como comenzar esta carta. Hemos llegado hace apenas un año a la residencia y veo que no es usted como la mayoría de los vejetes cascados que estamos en este cementerio para elefantes agónicos. Me sorprende verla siempre pintadita y vestida con algún color luminoso: rojo, malva, azul turquesa. La mayoría nos quejamos de reuma, de asma, pero usted nunca tiene pena a pesar de su patita algo coja por la incipiente flebitis. Nunca deja el petit point, no descuida sus hermosas macetas y alimenta al lindo canario que veo desde mi ventana. En fin, no sé como seguir… pero vamos al grano... Desde muchos días atrás vengo siguiéndola. Hemos hablado poco pero no hago sino pensar en usted. No puedo probar bocado si no la estoy mirando. Desde que hace 7 años me divorcié porque mi mujer halló un compañero de trabajo en Hacienda que le gustaba más que servidor y casi los atrapo en la cama. Pensaba que no volvería a creer en el amor. Admiro sus ojos verdes y lo bien que cuida sus manos de pianista, que la veo frotar con crema alguna vez. Por favor, ayúdeme, estoy muy solo y ni siquiera mi afición a la fotografía consigue animarme. Yo la amo, Avelina. Si quieres, amiga mía, podríamos empezar sentándonos en igual mesa del comedor para mejor conocernos. Mis dos hijos están uno casado y otro soltero, pero me ha costado mucho trabajo que me dejaran venir aquí. Casi se quedan con mi cuenta corriente. Pleiteamos y alegué que debía pagar este refugio. Me habían cambiado el nombre de la cuenta, ¡cabrones! En fin, con mi jubilación de secretario de ayuntamiento pequeño, cantidad que puedo manejar por haber ganado el pleito, iríamos tirando, más tu poco de viudedad. Qué bien bailabas en nuestra anodina fiesta de Navidad. Si quieres, hasta podremos ir a Mallorca o Altea con el IMSERSO y allí bailar a nuestro antojo. Tengo un pequeño seguro de vida que pude mantener en secreto. No me abandones, amor mío, quizás hasta podríamos hacernos con un pisito, lo justo para ti y para mí. Cariño, dame por lo que más quieras una segunda oportunidad para alcanzar el cielo en esta cochina vida, porque el cielo está aquí abajito. De lo que dice el capellán de la resi me fío poco. Nadie ha vuelto para ser corresponsal. El cielo debemos buscarlo entre tú, mi ángel de rescate, y yo, pobre náufrago perdido. Dame por lo que más aprecies tu respuesta. Si es no, me resignaré. Pero dame al menos tu amistad. Tuyo para siempre
Adolfo Álvarez.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Carmen
¡Que hermosa declaración de amor!
"El cielo debemos buscarlo entre tú, mi ángel de rescate, y yo, pobre náufrago perdido(...)"
Me emocione leyendo tus relatos, escribis muy bonito, te felicito!!!
Un placer leerte!!!
Un besote
Adriana♥

carmen dijo...

gracias adrianita
por aqui una profe de mates cuya mente y pies foljearon y hubo q tutelarlarl le birlaban moneys la familia y lo saque de ahi
si fuese vaga escribiria mejor
podes contar conmigo cuando querais
besos