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El pocero

AnaBelén
Alberto es pocero. Siempre está metido en alcantarillas y pozos sépticos. A pesar de todo, Alberto disfruta de su trabajo. Él es feliz a pesar del olor que le rodea, se ha acostumbrado a estar todo el día entre porquerías, y él mismo huele a metano, como poco.
Un día abrieron un establecimiento de perfumería en el barrio y todo el mundo lo celebró, pues la calle de Alberto comenzó a despejarse del olor tan fuerte que el pocero desprendía cuando andaba por allí. Ahora había otros olores más agradables para disimular el suyo.
Sólo el pobre Alberto no se alegró. Los olores tan complicados de esa perfumería le hacían vomitar.

La estación

AnaBelén
Ismael es un joven deportista que sale a correr cada mañana por el parque de su barrio y alrededores.
Un día se fijó en una mujer sentada en un banco con un libro entre las manos. Su silueta joven, concentrada en la lectura, se le apareció en días sucesivos. El chico dudaba si abordar a la lectora, no quería pasar por atrevido, no quería inquietarla.
Pero al final le echó valor.
–Hola, sólo sabes que leer –le dijo Ismael al fin.
–¿Y de quién huyes tú, que no haces más que correr? –contestó ella.
–De mí mismo, me llamo Ismael.
–Pues yo me llamo Carmen y también huyo de mí cuando leo.
Se veían todos los días, ella en su banco, él en sus zapatillas, y se inició una bonita amistad.
Y cada noche Ismael se va a la cama deseando que Carmen no vuele del banco con la estación.