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El extraño caso del ladrón de impermeables en el olivar


César
Las nubes se movían amenazadoras por sobre los olivos. Venían cargadas del Atlántico.
–Me parece que hoy vais a necesitar los chubasqueros –se le oyó decir al capataz.
Curro levantó la vista hacia poniente, confirmó la amenaza de unas nubes muy pegadas al río y muy negras, y se fue en busca de su impermeable. Camino del tractor, fue cuando observó que la mayoría de los compañeros no lo llevaban puesto.
–Te vas a mojar –le dijo a Rocío al pasar a su altura.
–¿Y cómo lo sabes tú, malaje? –contestó la chica con no muy buena cara.
–A ver, yo no traigo las nubes –contestó Curro, extrañado del tono de Rocío, generalmente amable con él.
Continuó hacia el tractor porque la cuadrilla había dejado los aparejos al entrar a la finca, junto al tronco del primer olivo.
No tuvo que revolver mucho para convencerse de que su impermeable no estaba allí. “¿Y dónde leches lo habré podido dejar yo?”, se preguntó. No estaba el suyo, pero tampoco había ningún otro, y los compañeros estaban trabajando sin él, no solo Rocío. Lo más curioso, sin embargo, era que todos le estaban mirando ahora.
–¿Qué miráis? Mi chubasquero no está donde lo dejé, ¿alguien lo ha cambiado de sitio?
–Pues el mío tampoco está, ni el de mi hija, ni el de nadie –hablaba el padre de Rocío y tampoco sus palabras eran muy amables– ¿No serás tú el bromista? Porque va a empezar a llover y por mi madre que me va a oír ese listo, como esta tarde me tenga que refugiar del agua debajo de una lona.
Ya el Curro se había hecho una idea. A lo que no se atrevía todavía era a sospechar de nadie, no estaba claro el móvil.
Y como tampoco quería que sospechasen de él, tenía que darse prisa en desvelar el misterio.
Eran veinte en la cuadrilla, diecinueve para ser más exactos, y los tíos eran mayoría, lo cual descartaba que una chica fuese la malasombra, se jugaba ser el blanco de todas las burlas. Los más nuevos, Antoñito, Alvarito y el Pinta, no habían pasado, de momento, de beberse el vino. Y el agua, cuando apretaba el sol, pero eran ellos los que tenían que ir hasta el pozo a llenar el botijo, con lo cual poca broma parecía su sed.
El malaje estaba entre los viejos, ¿pero cual de ellos era? Se había puesto muy serio el tío Teo cuando pasó Curro al lado de Rocío. ¿Sería capaz de exponer incluso a su hija a la pulmonía?
Era capaz, de ello estaba seguro Curro, era un malaje malafollá, y granaíno por más señas, que le jodía que él se entendiese con la chica y la chica a medias con él. El tío Teo no tenía tratos con nadie de la cuadrilla. Claro que, por eso mismo, no le veía gastando estas bromas tan pesadas. Descartado.
El malaje no se entendía ni con el tío José, pero el tío José sí que se entendía con todos. Bien mirado, era un sospechoso de libro, ¡cómo no se le había ocurrido antes!
–Tío José, ¿no le habrá pedido la parienta que haga los mandados esta tarde, antes de que cierre el colmao?
–Lo que me faltaba, ella todo el día en casa y hago yo los mandaos al llegar de varear, ¡ya te vale! Tú pareces un pisaverde.
–Pues será que tienes una querida, y que le vino el apretón esta tarde con urgencia y te reclama.
Se rieron todos los que oían a Curro, pero no miraban al tío José, sino al capataz. Fue cuando a Curro se le encendió la bombilla, aunque las primeras gotas estuvieron a punto de apagársela.
–¿Quién mierda ha escondido los chubasqueros, que ya está lloviendo, coño? –preguntó en voz alta, pero sin quitarle el ojo al capataz.
–El bromista os va a joder el jornal hoy, que tendréis que iros pa casa a media tarde –el capataz no se daba por aludido.
Pero Curro ya sabía dónde buscar. Se fue derecho al cesto de la merienda del jefe, el que tenía en la moto, y empezó a sacar impermeables. Todos estaban allí.
–¿Qué, jefe, se los querías regalar todos esta tarde a la Rosario? –comenzaba el pitorreo.
–¿Quién los ha escondido ahí? –gritaba el capataz con voz de mucho cabreo, que no se derrotaba ni muerto.
Pero el cachondeo no iba a cesar por ello.
–El que lo hizo sabe leer las nubes, y hay pocos aquí de esos –dijo Curro bien alto, mientras repartía los chubasqueros para que la cuadrilla pudiese continuar trabajando.
Las bromas ya no cesaron en toda la tarde, y de todas el blanco era el capataz y su querida.
–¡Hoy el marido de Rosario se entera por fin! ¡Hoy los pilla de faena, tú vas a ver!
–Nos querías aguar a nosotros para probar tú la salsa caliente, ya te vale.
–Y bien tempranito.
–Lo que pasa es que Rosario es alondra, de noche no se pone.
La lluvia arreciaba, pero a nadie se le ocurría dar de mano. Y menos al capataz, después de lo que había pasado. Rosario se iba a cabrear bien.
Los que más estaban disfrutando de la lluvia eran Rocío y Curro, que se juntaban cada vez más para darse calor. Y eso a pesar de las miradas del tío Teo.

El dado de Olvi


César
En Bosnia, las granjas están muy bien cuidadas. Después de la guerra, incluso durante ella, el hambre se pudo combatir gracias al esfuerzo de los granjeros. Donde podían trabajar, que no eran hostigados por el enemigo serbio o croata, los campos estaban bien cuidados y todos trabajaban para que a nadie le faltase el pan de cada día y la carne de cada día.
Olvi nació durante la guerra, pero en una de estas granjas que no habían sido saqueadas por el enemigo. Se puede decir que Olvi había tenido suerte con su familia. Su padre era prudente y religioso, su madre era más, pues era prudente y libre, ni llevaba velo ni obedecía otra ley que su voluntad, era una mujer sabia. Olvi había aprendido más de su madre que de su padre y, en la escuela, nadie hacía carrera de él. Con once años, continuaba siendo igual de desobediente y rebelde que con tres. Su padre estaba realmente preocupado, pero su mamá le protegía.
El día que encontró el dado, fue su madre la primera en conocer el secreto. Era un dado muy brillante, a cualquier niño le hubiese llamado la atención. Olvi lo había encontrado en el bosque, entre unos helechos, y su brillo espectacular le intrigo desde el primer momento. Su madre, sin embargo, disimuló la sorpresa, aunque bien sabía ella lo que era aquel dado.
–Enséñaselo sólo a quien se lo merezca –le había dicho a su hijo.
La vida de Olvi en la escuela cambió de la noche a la mañana. Hasta allí, nunca había dado que hablar, había sido un niño como todos: no estudiaba, no escuchaba lo que decía el maestro, no aprendía sino lo que oía en el recreo a los mayores, o sea, muchas picardías. Ahora, con el dado, lo sabía todo, corregía incluso los errores de bulto del maestro, que lo mismo le daba decir que los terroristas habían atacado las Torres Gemelas y, al día siguiente, decir que el ataque había sido obra de patriotas.
–Entonces, ¿quién tiene la verdad, el presidente Bush o Bin Laden? –preguntó en clase Olvi.
–Por supuesto, Bin Laden –dijo el maestro, de nombre Aldin Arnautovic.
Y Olvi se rió y los compañeros no entendían nada de este conflicto mundial.
–Olvi, déjame ese dado tan bonito que tienes –le pidió aquella misma mañana su mejor amigo en el recreo.
–Toma, pero con vuelta –ordenó Olvi.
Y Fedja, que así se llamaba su amigo, hizo unas tiradas contra la pared y siempre le salía el seis.
–Este dado está trucado –dijo al fin.
–No lo sabes tú bien –contestó Olvi, aunque tampoco él sabía en realidad hasta qué punto lo estaba.
Y desde aquel recreo ya eran dos los sabios en la clase.
–A los serbobosnios habrá que combatirlos a muerte –dijo un día el maestro, repitiendo lo que decían los musulmanes bosnios en todos los círculos, universidades, prensa, bares, asilos, etc.
–¿No se estará pasando un poco, señor maestro? –censuró en esta ocasión Fedja.
–¿Qué maneras son esas de dirigirse a un superior? –abroncó el maestro Aldin Arnautovic.
Cuando el maestro se atreve a censurar la conducta de sus alumnos es porque está muy seguro de sus enseñanzas, en este caso de su opinión sobre la situación de la nación y sus enemigos. Olvi ha observado que en estos casos es mejor dejarlo pasar, pues no es cosa de ridiculizar al maestro, sino de hacerle comprender dónde está de verdad la verdad.
–No se lo tenga en cuenta, señor maestro, que Fedja solo quería expresar su confusión ante una opinión como la suya, tan rotunda.
–Yo no opino, yo enseño y vosotros aprendéis, para eso estamos todos aquí.
–Por supuesto, seños maestro –admitió al fin Fedja–, pero yo no acabo de entender que los conflictos se tengan que resolver a tiros.
–Para eso vienes a la escuela, para entenderlo algún día.
Los de la banda del dado, Olvi y Fedja, se callaron por esta vez, pero no estaban de acuerdo con el maestro y su filosofía de la vida. Algo tendrían que hacer.
En el recreo, Pedja y sus matones estaban abusando de Emir y Belmina porque los habían visto besándose. Les daban collejas, se reían de ellos y, lo que es peor, les estaban robando todas sus pertenencias, mochila, zapatillas, todo.
–¿Qué han hecho Emir y Belmina para que se merezcan este trato? –preguntó Olvi, muy cabreado.
–Se han besado –contestó Pedja, amenazador.
–¿Como hacías tú ayer en la plaza con Berina, que no se dejaba y tú la amenazabas? –fue la pregunta acusadora de Olvi.
–Tú eres un bocazas y un chivato –dijo Pedja, y se abalanzó sobre él.
El chico le esquivó con facilidad y el matón cayó al suelo de cemento del patio todo lo largo que era, ante la risa de todos. Lo sujetaron entre los dos, Olvi y Fedja, mientras Emir y Belmina recuperaban sus pertenencias.
–Si de ti abusan, Pedja, y no te gusta, no imites a los que odias abusando de los indefensos –dijo Olvi para que le oyesen todos.
–Eres muy valiente, Olvi, ¿de dónde sacas esa fuerza y esa verdad? –habló Belmina.
Olvi no contesta, pero aparta a la pareja de los demás niños y les enseña el dado. Estos lo miran y remiran, pero no se atreven a tocarlo.
–Basta con que lo veáis. Este dado os sacará de muchas dudas, ahora que sabéis de su brillo.
Ya eran cuatro los que estaban en el secreto del dado. Olvi escoge a otros nueve entre los compañeros de clase y se lo enseña como si nada. Consigue así que, de ser una clase de mediocres y trastos, se convierta en la clase más brillante y participativa de todo el colegio. El maestro no salía de su asombro, sus alumnos sabían más que él y eran más sensatos que él mismo. Y todo de un día para otro.
Habló con el director, este se dio una vuelta por el aula y corroboró lo que decía el compañero maestro Aldin Arnautovic. Se quedó estupefacto, aquel grupo de descerebrados había pasado de la noche a la mañana a ser los mejores estudiantes jamás vistos.
–Esto es un dopaje masivo, estos niños se drogan –le dijo al maestro el director, que era aficionado al ciclismo, sobre todo al Tour de Francia, y entre los dos decidieron convocar a los padres.
La asamblea con los padres fue muy conflictiva, pues todos estaban encantados de cómo eran sus hijos ahora, brillantes, sabios y audaces. Por fin, habló la madre de Olvi, que estaba en el secreto:
–Si lo que os asombra es su sabiduría, aprovechémosla y propongamos a nuestros hijos como dirigentes de nuestro castigado país bosnio, para que den solución a los problemas que sus padres no supimos sino enconar con una guerra.
Toda la asamblea, sin excepción, la tuvo por loca. Pero al momento, y sin saber cómo, todos los padres presentes estaban de acuerdo con la propuesta de la señora y los maestros apoyaban también a la insensata madre de Olvi.
Esto fue sólo el principio.
Eligieron en los próximos días como delegados de su circunscripción a los doce de Olvi, y a este al frente de ellos, y los enviaron a Sarajevo, para negociar el acuerdo con los serbobosnios y croatas. Puso Olvi, en su primera intervención ante la asamblea, su dado junto al micrófono, bien a la vista de todos los delegados, y el acuerdo de paz fue fácil.
En cuatro días se firmó una paz que llevaba negociándose once años, los mismos que tenían Olvi y sus discípulos.
Y cuando los chicos volvieron al pueblo y a sus granjas, ya todos los tenían por sabios y todos los vecinos participaban de sus ideales de paz y de solidaridad. Del dado de Olvi había nacido una nueva aldea, una nueva Bosnia, una nueva sociedad y una nueva democracia
El problema fue que al poco Olvi perdió su dado en un camión de cerezas. Y el camión se fue de Bosnia y ahora hay que estudiar con los trece de la aldea las nuevas ideas, y hay muchos entre los viajeros que llegan que no las entienden o las entienden al revés, como siempre ocurrió con todo lo nuevo.
Y lo peor es que ya no hay dado. Solo están Olvi y sus doce discípulos y su palabra para que el mundo mejore y la paz se perpetúe.

Lechuza




César

Nació equivocada. Su mamá quería un hijo y, cuando le presentaron a la niña, todo se torció. Ni siquiera le vino la leche. La llamó Cecilia, no sabemos si porque no quería verla o porque quería que la niña no la mirase jamás.

Cecilia creció sin embargo pendiente de cada palabra de su madre, pero también con la extraña sensación de que sus palabras nunca iban dirigidas a ella. Escuchando a su madre aprendió a hablar la hija, como aprenden todos los niños. Pero aprendió otra lección no tan universal, a callar, pues se había dado cuenta de que las palabras importantes no dicen lo que esperas de ellas.

En la escuela fue siempre una niña muy independiente y muy rara. Si Cecilia creció con la sensación de que su madre la engañaba, cómo iba a hacer caso de un maestro. De hecho, asustaba por la fijeza de sus ojos, de un azul frío muy llamativo. Miraba como miran las águilas, azoraba a los demás niños. La llamaban Lechuza, pero era guapa como un demonio.

Lo que aprendía Cecilia no estaba en el programa, como no estaba en el programa ser una niña tan callada y sin embargo con una personalidad acerada y tan madura. No tenía amigas, ni siquiera lo intentaba.

–Lechuza, te están creciendo las tetas –le dijo un buen día Rogelio, que antes se había fijado mejor en los ojos azules, como piel de pitufa de la chica.

–Vampiro, pues entre tus piernas no se nota ningún bulto –contestó Cecilia y consiguió que a Rogelio, el Vampi, se le subiera la sangre a la cara.

Los dos tenían trece años y era la primera vez que se dirigían la palabra después de siete compartiendo cole. Tratándose de Cecilia, no era nada extraño, pues de sus labios apenas habían salido unas pocas palabras durante todo este tiempo.

¿Cómo había sobrevivido? No hablaba, pero era capaz de escribir con la consistencia de un espíritu santo. Todo en su escritura era luminoso y rozaba la verdad. Deslumbraba sin esfuerzo a los maestros.

Pero aquellas palabras del Vampi Rogelio habían sido la llamada de la selva para Cecilia. Algo de verdad había en ellas que no las podía olvidar. No eran precisamente las tetas, que sabía bien que estaban haciéndose sitio y por eso las aplastaba con una camiseta varias tallas más  pequeña. El Vampi había pronunciado aquellas palabras con los ojos, nunca la habían hablado así, nadie. Nadie la había mirado jamás con aquella luz. Y recordando su respuesta, ahora se avergonzaba. Había sido muy grosera ante unas palabras que sólo expresaban admiración.

Aquella misma tarde Cecilia rompió la hucha con los ahorros de la primera comunión, se fue a una mercería lejos de su casa y pidió un par de sujetadores.

–¿De qué talla? –preguntó la dependienta.

–Son para mí –se oyó decir Cecilia, sorprendida.

–Una noventa te va a estar un poco grande.

–No quiero que me aprieten –se atrevió a pronunciar todavía.

–No te preocupes. Cuando te crezcan más los pechos y te molesten las copas, tiras estos y te compras otros. Pero te servirán por un tiempo –y la dependienta le ayudó a probárselos.

Al día siguiente se presentó Cecilia en el instituto y buscó al Vampi. Ahora sí que tenía tetas para dar de qué hablar, pero el Vampi se quedó mudo al verla. Miraba sus ojos azules, sonreía, y no acertaba a decir nada, él, el chico más atrevido y sinvergüenza del curso.

–Vampi, no me tengas miedo, que todos los días no soy tan grosera como ayer.

–Lechuza, ¿qué te has hecho en las tetas? –acertó a pronunciar el chico.

–Son las mías, estúpido –y al punto se arrepintió de haber pronunciado semejante insulto.

Pero el Vampi no se mosqueó por ello, no era la primera vez que le llamaban tonto.

–Lechuza, –volvió a repetir– tienes algo que me corta la respiración.

–Nunca imaginé que mi sujetador te apretara también a ti –y Cecilia se echó a reír, era la primera vez que la veían así sus compañeros, incluido el Vampi, y muchos llegaron a creer que se había vuelto loca.

Pero nunca lo imaginó el Vampi, que conocía bien la causa de las risas de Lechuza.

–Cuando te ríes, eres todavía más guapa, Lechuza.

Oyó las últimas palabras del chico y, como un resorte, Cecilia comenzó a bailar delante del Vampi un b-girling, hasta que él mismo se sumó al hiphop. Los dos estaba dando el espectáculo.

Esta fue la primera mañana feliz en la vida de Cecilia, el principio del resto de su vida.

–Soy una negra –gritaba Cecilia,  y seguía bailando.

Infancia apurada


César
Su infancia no fue nada fácil en este valle de lágrimas. Y digo valle sin mucho fundamento, pues don Eduardo nació y se crió en Madrid, que es más un pueblo de meseta que de ribera, aunque el Manzanares lo intentó en algún momento, quizá en la era de los dinosaurios, pero de cuya circunstancia ya no se guarda ni memoria.
Sin embargo, lo que se dice llorar, ya le tocó lo suyo al pobre crío Eduardito, Eduar para su madre, pues era el hijo único de un hombre bueno, chatarrero en Orcasitas, que malvivía con su familia de la rebusca en la basura de todo tipo de trapo o metal.
Eduar, hijo, no tengas prisa por dejar la escuela, que en la escuela está el futuro de los pobres.
Éstas son las palabras que mejor recuerda el joven don Eduardo de su madre. Al volver a su despacho, unos días después del funeral de ella, las escribió en un postit y las pegó en el corcho.
Y ahí siguen hoy, a la vuelta del funeral del padre. “¿Qué decía mi padre?” se pregunta al entrar en su despacho ahora y reparar de nuevo en ellas.
Han muerto sus progenitores con un año de diferencia, el padre apenas con unos pocos meses disfrutando de la pensión de jubilado. Menos mal que don Eduardo les había retirado de las basuras hacía unos años. La orfandad es lo que tiene, que te hace recordar de dónde vienes.
¿Qué me decía mi padre?” No recuerda ni una sola frase dicha por él digna de colgarse en el corcho, que es como decir en su corazón. Y por fin repara en que su padre fue un hombre sin voz. Nunca salió del cerco de sus dientes ni una palabra que no fuera imprescindible: “A treinta el kilo”, si era para vender, “A tres el kilo”, si era para comprar, “Agua, María”, si tenía sed, “La comida”, si tenía hambre, “Ayuda a tu madre”, si se despedía del hijo. Por más que intenta recordar, don Eduardo no encuentra otras palabras para poner en su boca.
El día en que Edu decidió salir a la chatarra, ni siquiera se había molestado en decírselo a él. Directamente, se lo comunicó a la señora María:
Mañana salgo con mi padre a la chatarra.
Hijo, mucha prisa tienes por dejar la escuela.
Madre, comer es lo primero, y a padre no le sobran fuerzas, el sector se ha complicado mucho, hay mucho intrusismo en las basuras.
Como mejor nos ayudarás es estudiando, que en la escuela está el futuro de los pobres.
No soy tonto, lo tengo todo pensado. Estudiaré por la noche y trabajaré por el día.
Yo te ayudaré, hijo.
El padre no opinó y a la mañana siguiente ya tenía compañero de trabajo. Edu cumplía esos días los doce años de una infancia muy apurada. Pero el orgullo de trabajar con un hijo tan listo hizo que el padre espabilase y que su negocio mejorase por momentos.
En seis años de mucho esfuerzo y fatigas el señor Antonio había conseguido hacerse con un solar en la vereda de la carretera de Toledo donde amontonar desguaces. Con las ideas que aportaba su hijo, estaba cambiando la orientación de su negocio. Ahora no solo vendía chatarra, sino que aprovechaba las piezas en buen estado de los coches para hacerse un mercado.
Y entre tanto, Edu había seguido estudiando y este verano preparaba su ingreso en la Universidad. Por supuesto que no quería ser ingeniero. Quería hacerse Economista para seguir ayudando a la familia.
Otros cinco años de combinar estudios y trabajo en el desguace, que se había hecho también un mecánico de excepción, y Eduar se licenció y asesoró a su anciano padre en la venta del solar y su negocio al monopolio de los desguaces, los vecinos de Desguaces La Torre, que estaban unos kilómetros más cerca de Madrid y habían prosperado de forma desmedida.
En Desguaces La Torre estaba el futuro del sector y Eduar se aseguró un despacho en la empresa.
Y aquí está don Eduardo repasando su infancia, al día siguiente del funeral del señor Antonio. “No lo he tenido fácil, pero no cambiaría mi vida y a mi familia por nada”, se dijo. Y escribió en un postit y lo pegó en el corcho de su despacho: “Estoy orgulloso de mi padre”.

La ejemplar vida y heroica muerte del gran Pipín


César
Os voy a contar la historia de un íntimo colega del Vaquilla.
El Pipín se crió en La Ventilla, junto al metro de Plaza Castilla, un barrio con mucha clase. Los chicos aprendían a robar antes que a mamar. El Pipín, como es natural, hizo una carrera de doctor desde muy pequeño. Se las sabía todas. Su especialidad primera fueron los coches. Tenía tanta experiencia que para él limpiar un interior era coser y cantar. Abría la puerta sin romperla ni mancharla y levantaba todo lo que allí hubiere de interés para él. Nunca olvidaba el capó, que si una bolsa olvidada, que si una botella, que si una rueda, que si unas cadenas, siempre cosas útiles. Después lo cerraba y el coche quedaba impoluto. Si acaso, los dueños un poco neuras se enteraban de que el Pipín había visitado su vehículo unos días después. La mayoría ni se coscaba, pues Pipín solo levantaba los sobrantes.
Pronto las necesidades del chico aumentaron y necesitó dinero cash para el alterne con los colegas. La vida es lo que tiene, que se va complicando incluso para los ladrones. Y nuestro protagonista se vio de la noche a la mañana asaltando gasolineras. El código de los ladrones de la Ventilla solo tiene dos reglas: una, todo lo robado es de todos los que lo roban, y dos, nadie ha robado nada jamás.
Con estas reglas se fue haciendo mayor el Pipín, hasta el punto de que más pronto que tarde se vio asaltando farmacias, pues también necesitaba de reinoles, panteras rosa, jaimitos y demás calmantes, sin olvidar la pasta gansa.
El siguiente paso, obligado para una persona con semejantes dotes, era atracar un banco. El caso es que asumir una responsabilidad tan grande te cambia la vida, es casi como hacer un hijo. El Pipín se arrimó a maestros muy doctos, se entrenó con mucha concentración y mucha fe, asumió su papel en el trance, que no era otro que esperar con el coche en marcha la salida de los colegas de la sucursal de Caja Madrid en la calle La Oca, y fue el primero en caer en manos de la pasma, que se había apostado en las esquinas porque tenía información de unos jurados que querían hacerse con el blindado de las sacas. Y allí estaba el Pipín y su banda para reventar la operación, con lo cual ellos se llevaron todas las hostias.
Aquí es, o sea, en el talego de Meco, donde el Pipín conoció al que sería su inseparable colega polaco, el Vaquilla. A partir de ahora los dos serán uña y carne, algo así como Casillas y Xavi Hernández, un ejemplo, pero en una época en que los polacos y los gatos no mezclaban ni en la selección de fútbol.
Lo primero que se les ocurrió hacer juntos al Pipín y al Vaquilla fue fugarse. Y lo hicieron a lo grande, como tiene que ser, saltando la valla metálica que separaba el patio de su módulo del foso del recinto un día de niebla muy cerrada y subiendo a continuación a la garita del guardia en el último muro, siempre vacía en esta zona, y desde ahí arriba, de un salto, a la calle, a confundirse con los familiares que salían de las visitas del sábado y que todavía tenían que pasar el control de la Guardia Civil en la carretera de acceso.
Fue una amistad intensa pero corta, como cortas pero intensas fueron las vidas de estos dos jóvenes ejemplares. Aunque una más corta que la otra, la de Pipín.
El caso es que el Pipín, por cierto, diminutivo del Pipa, que era su padre, invitó al Vaquilla a su habitual escondite en el Parque de Orgaz, el apartamento de unas amigas que, cuando no las financiaba el Pipín, y en el talego apenas si sacaba para tabaco, se apañaban traficando con el sexo, o sea, que se follaban a todo el barrio a cambio de pasta, lo que comúnmente se llama matrimonio, aunque en su caso era comercio libre de impuestos. La Claveles y la Paty, las dos churris del Pipín, habían oído de su fuga por la tele y los estaban esperando. Antes de llegar, los fugados se habían hecho una gasolinera que les pillaba de paso y comprado en La Celsa unos pocos gramos, para resarcirse de la escasez del talego e invitar a las churris.
La orgía de esa primera noche fue suave, o sea, un colocón de muerte.
Y al día siguiente había que trabajar para poder continuar la fiesta. La colaboración mejoraba de día en día, no había conflictos entre ellos y la Claveles y la Paty tampoco pedían más.
Pero el horizonte de un joven siempre es abierto e infinito, cuanto más si son dos. Era verano y se fueron a la playa, a la Costa Brava, o sea, a Salou.
Vosotras os quedáis, que vamos a trabajar –ordenó el Pipín a sus churris, que ni rechistaron.
Lo que no calculó el Pipín fue que dejaba atrás también su territorio y que comenzaba a operar en un lugar ajeno, con las dificultades que eso acarrea. Estaba en manos del Vaquilla, más zumbado que un lejía en el Rastro de Madrid. Todo lo que estaba a su alcance lo quería para sí, lo cual comenzó a estar reñido con el código de La Ventilla en el que se había educado el Pipín.
Así ocurrió que, en uno de los muchos palos inútiles y sin planificar que daban aquí y allá, más que nada para mantener la fama de loco que se estaba ganando el Vaquilla entre sus allegados, y antes de que el Pipín tuviera la oportunidad de poner tierra de por medio, se encontró pegando tiros contra una lechera de la pasma mientras el Vaquilla, mejor orientado, salía por patas.
Para el Pipín no hubo pira posible y terminó abatido a tiros por los maderos, que no les gustaron nada los impactos de bala en su coche nuevecito. Iban cuatro en la lechera y cada uno le pegó un tiro de gracia después de que el Pipín terminase sus municiones.

El revolucionario se cree que dando voces...


César
La revolución es una palabra… Y los colectivos de personas se hacen oír a voces para exponer sus problemas.
Para muchos colectivos, como el de los diversos funcionales, es la única forma de hacerse oír y de que se los valore. A voces dan rienda suelta a sus preocupaciones.
El revolucionario se cree que dando voces va a conseguir algo. Pero si pierde la esperanza en las voces, sólo quedan las hostias.
¿Y qué es hoy en día la revolución?
El 15M de hace año y poco fue una revolución que pasará a la historia.
Como pasó la del famoso científico Copérnico, que desarrolló el estudio de la rotación y traslación de los planetas.
En general, la revolución de los estudiantes es la más persistente, que éstos nunca están de acuerdo con las leyes de educación y se hacen oír a fuerza de gritos y pancartas. Pero los gobiernos nunca tienen en cuenta su opinión y así se van quemando generación tras generación... a voces.

El chico que no sabía obedecer


César

Pablo tenía un hermano mayor y su padre siempre se lo ponía de ejemplo. Ésta pudo ser la razón por la que Pablo jamás obedeciera, ni a su padre ni a nadie. Desde que tiene memoria, siempre se reproducía el mismo conflicto en casa.
Pablo, ayuda a tu madre a poner la mesa –ordenaba el padre.
Mándaselo a Edu, que yo estoy cansado –respondía Pablo.
Edu está estudiando.
Por eso, para que haga algo con las manos, que parece un inútil.
No hables así de tu hermano. Él obedece, no como tú.
Pues por eso, que ponga la mesa.
Pablo no le dejaba alternativa a su padre, que siempre terminaba cascándole. Pero ni así conseguía que pusiera la mesa. Lo mismo un lunes que un domingo, lo mismo con la mesa que con la cama, lo mismo para ir al cole que para volver y lo mismo en el cole que en la catequesis, Pablo ni obedecía a su padre ni obedecía a nadie, ni al cura ni a la profe ni los santos mandamientos.
Mientras Pablo fue niño, sus desplantes se podían tolerar mal que bien. Pero pasaba el tiempo y su rebeldía no cedía. Nadie hacía vida de él. Era tan inteligente que difícilmente podías argumentar en su contra. Además, le gustaba estudiar y los resultados académicos eran excelentes, con lo cual tapaba la boca a los que le reprendían su rebeldía.
Eres un indisciplinado –le decía la profe de Mates.
Yo no necesito de las disciplinas para aprender lo que usted no sabe enseñar –respondía Pablo.
Y además eres un maleducado.
En eso le tengo que dar la razón, ustedes son mis educadores y no lo hacen nada bien.
No voy a tolerar más desplantes de usted. Diga a su padre que venga mañana a hablar conmigo.
Se lo va a tener que decir usted, yo no me hablo con él.
Estos diálogos eran un espectáculo en clase y terminaban siempre con Pablo en el despacho del director, expulsado del aula. Pero como era el alumno más brillante del instituto, nadie tomaba medidas drásticas.
El padre estaba tan preocupado con este monstruo de hijo que terminó haciendo una llamada que venía madurando durante muchas noches de insomnio.
Paco, no hago vida de mi hijo, el pequeño. ¿Habría alguna posibilidad de matricularlo en tu internado para el curso que viene?
Ya sabes, Antonio, que este centro es de mucho nivel –y Paco era el director.
Por eso no te preocupes, Paco. Lo peor de mi hijo es que es más inteligente que cualquiera de sus profesores. Y que yo mismo, por eso no he conseguido deslomarlo. ¿Qué te parece?
Ya me está interesando el caso de tu hijo. No te prometo nada, pero si lo matriculas aquí, por lo menos te libras de él durante el curso.
Comenzó el curso para Pablo en un páramo de Madrid con agua de pozo artesiano, en un pueblo cerca de Villaconejos. El internado estaba muy bien equipado, con instalaciones deportivas aceptables y con un profesorado, que si no muy cualificado, sí con experiencia. A Pablo no le importó el cambio, hasta lo agradeció, tenía más independencia allí.
El primer conflicto se presentó en el comedor, después de unos pocos días de orientación y toma de contacto. El pollo en salsa del menú era incomestible. Y como es natural, lo dijo.
Este pollo no se lo daba yo ni a mi gato.
Todos los compañeros de la mesa le dieron la razón a Pablo. Y el pollo que se montó en el comedor sí que fue de primer orden. No saltaron los platos, con filete y salsa, contra la pared de milagro.
Tuvo que venir el director a poner orden. Probó del plato de Pablo aquel filete repugnante y no tuvo más remedio que darle la razón.
Yo tampoco le daría el filete a mi gato.
Asombroso, es la primera vez que un adulto me da la razón –le dice Pablo al dire, sinceramente admirado.
Pablo, a veces no basta con tener razón, también hay que saber defenderla con las palabras adecuadas, antes de sacar los revólveres.
Desde aquella comida boicoteada, no volvió a comerse pollo seco en el comedor del colegio.
Y muchas más cosas cambiaron durante el curso por las críticas de Pablo, que no se cortaba, pero no se volvió a montar ningún otro pollo. Bastaba con decirlo y negociarlo. Pablo había tomado nota del consejo del director y se esforzaba por hacerse entender.
Antonio, –le dijo su amigo Paco, el dire, cuando volvió a encontrarse con el padre de Pablo al final del curso– tienes un hijo que ya lo quisiera yo para mí. Es un líder y es de natural noble y solidario, una verdadera joya, una verdadera promesa. No sé si lo habremos hecho bien, pero tu hijo no se ha equivocado nunca durante este curso, puedes estar seguro.
No sabes la alegría que me das.
De todas formas, te compadezco, no es nada fácil tratar con un genio. Y su rebeldía cada vez será más peligrosa.
¿Pero eso no se cura?
Mucho me temo que no, y más si el chico es inteligente –dijo el dire, que sabía de lo que hablaba, dedicado toda su vida al troquelado de adolescentes.

El hombre que le tenía pánico a las cuestas


César
Edu, de pequeño, era muy arriesgado, no tenía miedo a nada. Hasta que una mañana de verano, iba con su monopatín muy confiado, era la cuesta abajo frente a su casa. Estaba cogiendo mucha velocidad y en el cruce no pudo parar. El coche que llegaba se lo llevó por delante.
Un niño se adapta bien a todos los cambios en su vida. Y Edu era un niño cuando tuvo el accidente que lo dejo para siempre en silla de ruedas. Consiguió adaptarse a su nueva vida con mucha facilidad y gran fuerza de voluntad.
Pero tenía un problema, el miedo a las cuestas. Era tal su miedo que lo paralizaba. Incluso no era capaz de enfrentarse siquiera a un rebaje de acera. No podía salir solo a la calle. Su madre, al principio, como se hace con las caballerías asustadizas, le tapaba los ojos cada vez que la acera se inclinaba un poco.
Pero aquel pánico no podía ser normal, por más que Edu hubiese tenido un accidente en la cuesta abajo de la calle de casa. Y se lo dijo al psicólogo del cole, que se tomó mucho interés. Trató a Edu durante un curso completo y el resultado no pudo ser más lamentable. Para entonces Edu ya no se atrevía ni a salir de casa, por más que su madre lo acompañaba siempre.
El problema es cada vez más peliagudo, pues falta a muchas clases por puro miedo. Aún así, como tiene mucha fuerza de voluntad, saca los cursos brillantemente. Al Instituto ya ni se acercaba, sólo para los exámenes. Pero era tan aplicado que saca las mejores notas. Y lo mismo en Selectividad, la mejor nota de Madrid.
Pero sigue asustado con las dichosas cuestas. Tiene 18 años, ha de decidir qué estudiar en la Universidad, pero no se atreve ni a salir de casa. Decide hacer Magisterio porque, en el fondo, nunca quiso alejarse del niño que tan traumáticamente dejó de ser una maldita mañana de verano en una cuesta. Y se matricula en la UNED.
–Qué pena que no estudies alguna ingeniería, tan buen estudiante como eres –se lamenta su padre.
Pero Edu sabe lo que quiere y continúa a lo suyo. Saca la carrera sin dificultad en dos años, o sea, hace dos cursos por año, lo contrario de sus compañeros. Pero el examen de las cuestas no lo consigue superar.
¿Qué hacer? Lo primero a lo que tiene que enfrentarse es a las prácticas en un colegio, al final del curso. Tiene que salir a la calle, tiene que salir a diario y tiene que subir y bajar muchas cuestas porque le ha tocado un cole de Lavapiés, en pleno Rastro de Madrid. El primer día lo acompaña su madre a la ida y a la vuelta. Pero, para asombro de su lazarillo, el segundo día Edu decide que irá solo. La madre no sale de su asombro.
Tanto es así que lo sigue de lejos, llegar hasta el metro, coger el ascensor, pasar los torniquetes, bajar al andén, volver a salir, una heroicidad entre las mil cuestas y trampas del barrio. ¿Qué ha podido ocurrir con mi hijo?, se pregunta la madre. Pero no tiene respuesta porque no se atrevió a entrar al cole donde su hijo hacía las prácticas.
Si hubiese entrado habría descubierto el misterio. A Edu le había tocado hacer las Prácticas en el aula de Patricia, una maestra cinco años mayor que él pero tan necesitada de amor como este crío que hacía las prácticas en su aula y que no había salido de casa desde que cumplió los diez o doce años. Patricia era normalita de cuerpo y exultante de alma. Su alegría se transmitía sin esfuerzo a todos los que estaban cerca.
Con Edu se produjo, sin embargo, un milagro. Patricia borró de su mente, con la sola sonrisa, todos sus miedos, sobre todo su pánico a las cuestas, que no era sino el miedo a crecer. Lo que experimentó Edu al descubrir la sonrisa de Patricia no tiene nombre. De pronto, en un minuto, había crecido hasta los veinte años. Aquella desgraciada mañana de verano del accidente quedaba ahora lejísimos. Era otro, ante la sonrisa de Patricia, Edu era otro, ni se reconocía a sí mismo.