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El olvido

 
Isabel
Se me olvidan muchas cosas, pero no se me va de la cabeza mi primer amor. Antonio era muy bueno, me cuidaba como una madre y me lavaba el cuerpo y la cabeza en su casa. Vivía de alquiler porque no se fiaba de su padre, que era un mujeriego que abusaba de las personas débiles.
Su padre era cocinero y puso un restaurante con una chica joven, Carmen, que ya tenía un hijo de una pareja anterior, que murió a los tres años de casados.
Antonio venía a verme al CAMF del Ferrol, donde yo estaba ingresada. Él tenía veintiocho años por aquel entonces y yo treinta y uno. Decía que la edad no importaba y que la diferencia era poca.   
Nos conocimos el 10 de octubre y estuvimos viéndonos casi todos los días durante muchos años. Hasta que se tuvo que ir a trabajar a Benidorm, como camarero, que allí se ganaba mucho dinero por aquel entonces con el turismo, en verano y en invierno.
Desde que lo dejamos ya no siento nada por ningún hombre, no se me olvida Antonio.
Tengo una fotografía en la que estamos los dos, en un marco, –las tengo puestas al alcance de mi vista, en la habitación– y otra en la que estamos bailando muy juntos en el salón de actos. Yo todavía podía andar sin la silla de ruedas, pero él para más seguridad me tocaba el culo, para que no me cayera.
También tengo otras muchas en un álbum: se nos ve juntos y risueños, sobre todo en las fiestas de Navidad, en los cumpleaños, en el comedor del CAMF…
En Sanxenxo, donde estuvimos diez días, en verano, hacía mucho calor, me pidió en matrimonio y yo le dije que no.
Al ver que mi determinación era total, me preguntó Antonio:
–¿Y por qué me dices esto?
Y yo le contesté:
–Yo te quiero mucho, pero no te voy a condenar a que trabajes toda la vida para mantenerme.
Y continuábamos yendo a bailar algunas veces a las discotecas y Antonio me regaló un perro, que criábamos juntos, hasta que se fue a Benidorm.

Rosa


Isabel
Hola, Rosa, soy Isa. Estoy enfadada contigo por haberte ido así, sin más, y después de unos meses tan malos.
Me hubiera gustado mucho volver a verte feliz, pero no ha sido posible. Siento mucho tu marcha, estabas muy malita.
Cuando iba a tu cuarto siempre estabas leyendo, no te cansabas nunca de leer. Tenías una biblioteca llena de libros, algunos muy gordos, la biografía de Gandhi… O el CD del Quijote, que lo escuchabas con los cascos en la sala de ordenadores.
Yo leo, pero no como tú, me canso de leer y enseguida me lloran los ojos. Como ahora, que lloro por ti.
Me he quedado muy triste, he sentido mucho tu fallecimiento.
Me acuerdo que cuando estabas malita, abrías los ojos, y algunas veces decías: ¡Ay, madre mía! Te preguntaba: Rosa ¿que te pasa? Y tú volvías a cerrar los ojos y no querías hablar, como si no quisieras saber nada ya de este mundo.
También recuerdo que antes de estar enferma hablabas con todos, te reías y eras muy graciosa, hará de esto ya más de un año.
Cuando murió tu madre tenías obsesión por ella y siempre la estabas recordando. Y así, poco a poco, fuiste enfermando.
Rosa, por una parte me alegro de que te hayas ido, para que así tengas todo el tiempo del mundo para leer allí arriba en el cielo, pero por otra lo siento mucho, por no poder volver a verte.
¡Un beso! ¡Te quiero!

Abnegación


Isabel
No es por casualidad que conozco a una mujer que se llama como yo, Isabel. Ahora tiene ochenta años y lo sé porque es mi madre, la que me dio la vida.
De ella aprendí lo que es la abnegación y la humanidad. Con anécdotas por ejemplo como esta: darme a mí un ataque epiléptico de noche, arrastrarme ella y acostarme en la cama, y dar otro ataque igual a mi hermano y hacer lo mismo con él. Y decir a mi padre: “¿Es que no te has enterado de lo que ha pasado esta noche?”. Y él responder: “Sí, pero para eso ya estabas tú...”. Eso la hace grande y muy querida para mí.
Mi madre era una mujer muy alegre, pero desde que cayó enferma con el Alzheimer yo es que la veo muy triste y pensativa.
Ella era una mujer fuerte y luchadora que siempre cuidó de mí y de mi hermano. Y siempre ha ido muy limpia. Cuando era joven y no estaba enferma, le gustaba maquillarse y pintarse las uñas, se las pintaba muy bien. Decía un tío mío que ya ha muerto que se parecía a Ava Gardner. Pero es que yo tengo una foto en blanco y negro de cuando mi madre era joven y son clavadas, se parecen verdaderamente.
Ahora que está en una residencia de personas que también padecen esta enfermedad del Alzheimer, ella suele ayudar a todos en todo lo que puede. La habitación donde está la comparte con otra señora y no es muy grande. Aunque bien es cierto que es un poco pequeña, a mí me gusta mucho. Y mi madre me dice: “¡Uy, hija, cómo te puede gustar esto!”. A lo que yo la respondo: “Pues mamá, a mí me gusta”.
Mi madre, aunque está enferma, aún reconoce a todo el mundo, incluso a la familia. El otro día mi hermano el policía, el mayor, la trajo a vernos a mi hermano Antonio y a mí. Y estuvo tres días con nosotros y todavía se acordó de mi padre y le trajo cinco gallinas en el maletero.
Yo me parezco mucho a mi madre y eso me enorgullece. Quisiera que nunca le pasara nada malo y que nunca me faltara. Ella sabe cuánto la echo de menos. La vida nos ha dado golpes muy duros, esta es la verdad, pero yo me siento muy unida a ella.

Las cosas de las residencias


Isabel
Yo siento compasión especialmente por mi madre, que empieza a manifestársele el alzheimer y ha ingresado en una residencia.
También siento compasión por mi padre, pues tiene azúcar en la sangre. Y no es poco, se tiene que pinchar dos veces al día con insulina. Debido a esta enfermedad ha ido perdiendo progresivamente vista y apenas puede andar, parece un abuelito y se sofoca mucho.
Una buena mujer que limpia el chalet y ayuda a mi padre con las comidas, lo ha puesto a régimen por orden de la doctora. Y ha adelgazado mucho, pero como he dicho antes, arrastra los pies al andar y no es el de siempre.
Mi padre es muy cariñoso con sus hijos, especialmente con mi hermano Antonio y conmigo. La primera vez que vino a vernos a esta residencia fue el día del cumpleaños de mi madre. Los días anteriores me llamaba y yo le mentía, diciéndole que vendría pronto desde Ferrol. Pero ya estaba aquí, yo lo hacía para no molestarle.
Hasta que un día vino y se llevo una sorpresa grandísima, porque le gustó mucho el centro. Y como conocía a gente de Ferrol se puso más que contento.
Aquí se encontró con un matrimonio que se habían casado en Ferrol y luego se trasladaron aquí. Ahora le he oído que tampoco le importaría volver a irse, pues en Ferrol tienen muchos amigos y conocidos.
Cuando se casaron allí, la peluquera del pueblo peinó a Merche y la maquilló, parecía otra. Su marido es Miguel y, cuando tuvieron que colocarse la alianza, a él le costo mucho acertar.
Los hijos de Merche le ayudaron a colocar la alianza a la novia, pues Miguel tiene los dedos un poco así. Y Merche decía en broma a Miguel: “Como te portes esta noche así, no sé qué va pasar”. Y se echaron a reír los dos, que nadie más se había enterado del comentario, hasta después. Miguel iba muy guapo con su traje, parecía otro.
Mi abuela, la madre de mi madre, estaba en otra residencia. Y le pusieron un supositorio que no era suyo, era de otra persona. Y se puso morada, muy morada y empezó a echar babas y a sudar. Mi madre, que siempre ha sido muy escrupulosa, cogió paños y le quitaba las babas, ni ella se lo creía, que fuera capaz de hacerlo.
Al poco tiempo mi abuela falleció. Y mi madre le decía a la doctora: “Doctora, que mi madre aún esta caliente”. Y esta le respondió: “Si lo desea, le hacemos a su madre la autopsia, pero ha de estar usted delante”. Y mi madre respondió: “Yo no puedo con semejante espectáculo”. Y mi madre se despidió de la doctora.
A los tres días la enterraron.

La cena


Isabel
En estas fiestas de la Navidad me lo he pasado muy bien con mis compañeros de mesa. Los días 24 y 31 vinieron una pareja de artistas, hombre y mujer, para cantarnos en el comedor todo tipo de canciones: salsa, rancheras, sevillanas, o versiones de canciones conocidas de la Pantoja, Rocío Dúrcal, Nino Bravo, Paloma San Basilio... Los dos tenían unas voces muy bonitas y fueron muy aplaudidos por todos. Cantaron también villancicos de toda la vida, como los de Campana sobre campana, Los peces en el río, La Virgen se está peinando y por ahí, que fueron coreados por mucha gente.
El hombre se acompañaba tocando el órgano. Y con el órgano tocó las primeras notas de una canción, para ver si alguna lo adivinábamos. Y yo grité en voz alta, la primera: “Es Cuéntame”. Y el señor me contestó: “¡Muy bien por la chica de rojo! Ella lo ha sabido”.
Y yo le dije por lo bajo a mi hermano, que estaba a mi lado: “¡Toño! ¿Tanto se nota que voy de rojo?” Y mi hermano se echó a reír.
Lo peor ha sido que mi hermano estuvo cuatro días malo porque tuvo que coger una indigestión, que ya es mala suerte.
En las cenas nos sirvieron también vino y champán, pero yo no bebí nada por miedo a mi epilepsia. Mi hermano hizo lo mismo que yo. Y nos tomamos unos trina de limón, que no tienen gas, y así por la noche pudimos dormir bien.
En la mesa de al lado come otro residente, Antonio se llama también, como mi hermano. Bebió vino y champán y no puede hacerlo, por la medicación. Cogió una borrachera de mil demonios y empezó a meterse conmigo, insultándome. Me decía: “La mujer de rojo, mirad, una drogadicta”. Y yo le contesté: “Mira tú, el alcohólico y el fumao señalando, ¡qué puntería!”. Pero él no se callaba, el vino le había desatado la lengua. Terminé diciéndole que se parecía a Popeye. No sé por qué le diría eso, si el pobre Popeye se drogaba sólo con espinacas.
La última alegría de estos días me la ha dado mi hermano Antonio cuando me ha dicho, esta mañana, que se va a levantar por fin de la cama, que ya está bien otra vez, que ya puede comer.

Violación


Isabel

Yo soy una persona muy tranquila que no me gusta hacerle daño a nadie, pero cuando alguien me hace daño a mí, ya sea físico o verbal, intento defenderme y me quedo tan a gusto, que como dice la Biblia “ojo por ojo y diente por diente”.
Hace años, viviendo yo en otra residencia, un conserje de mi misma edad, alrededor de los treinta años, andaba detrás de mí y yo no le hacía ni caso.
Este hombre me decía siempre: “Tú tienes ojos de gata”, y yo pensaba que estaba de broma conmigo.
Un día que iba yo al servicio de señoras, el conserje me chistó con mucha insistencia y me preguntó: “¿Dónde vas?”.
Y yo le contesté: “¿Es que no puedo ir al servicio cuando lo necesito? ¿Tendré que pedirte a ti permiso?”
“¡Ven! ¡Ven!”, me dijo él.
Y yo, como una tonta, me fui hasta él y le dije: “¿Pero qué quieres de mí?”
Él, por toda respuesta, me cogió de los hombros y se puso a darme muchos besos de lengua. Yo pensaba con asco qué pretendería este tío de mí, pero él continuaba.
Cuando terminó de besarme, me llevó al gimnasio y cerró las puertas por dentro. Y yo le dije: “¿Por qué cierras la puerta?”. Y él me mandó callar y me dijo: “Qué pechos más bonitos tienes, cabrona”. Y luego intentó bajarme el sujetador. Y él se bajó el pantalón y los calzoncillos.
Yo me puse a dar gritos como una loca, pidiendo auxilio, pero nadie me podía ayudar, porque sólo había allí dos hombres en sillas de ruedas que estaban como vegetales.
Menos mal que alguien de fuera escuchó mis gritos y empezó a dar golpes en la puerta. Por lo que el tipo cogió miedo, se vistió de prisa y fue a abrir.
Mi madre y yo fuimos a la policía a ponerle una denuncia y le echaron de la residencia y estuvo durante un día en la cárcel.
Este tipo tenía una hija de 13 años y mi madre le dijo: “¿Qué, te gustaría que hiciesen a su hija lo que tú has hecho con mi hija?”. Él contestó que no le gustaría para nada. Y mi madre le respondió: “Pues a mí tampoco me ha gustado lo que hiciste con la mía”.
Yo todavía no le he perdonado y lloro por las noches pensando en lo que me hizo. Por supuesto que no le perdono ni le perdonaré nunca. 

Contenta


Isabel
Yo siempre estoy contenta, menos cuando me agarra la melancolía, que suele ocurrir.
El martes pasado sin ir más lejos me eché a llorar sin tener ningún motivo y Nacho, mi novio, que estaba a mi lado en ese momento, me dejó que llorase todo lo que quisiera porque de esta forma me iba a desahogar.
Después de llorar un poco me sentí mas aliviada y contenta.
Nacho, como siempre que me ve un poco triste, se lió a contarme chistes para que me riese un poco. Si es que tiene gracia por arrobas mi chico y cuenta cosas muy graciosas.
Me hace reír tanto que me duelen las mandíbulas de la risa y yo le digo: “¡Nacho! ¡Ya está bien! ¡Cállate ya!”. Pero él sigue con sus gracias hasta que me ve más contenta.
Cuando se va de mi lado me quedo pensando en los chistes que me ha contado y yo sola me río a carcajadas.
Yo también le cuento a Nacho algunos de los chistes que sé, por ejemplo aquel del negro que se estaba bañando desnudo en la playa. Había por allí algunas chicas jóvenes, todas con la boca abierta, y muchas señoras mayores, también con la boca abierta. Cuando salió el negro del agua reparó en el espectáculo, todas las tías con la boca abierta como si viesen un fantasma, y se mosqueó mucho. A todo esto, su pene iba haciendo un surco sobre la arena como si de un arado se tratara. “¡Que pasa! ¿Es que a vuestros novios y a vuestros maridos no se les encoge cuando salen del agua?”
Cuando estoy con Nacho se me van las penas. Y yo le digo: “¡Nacho, eres una gran persona, con mucho sentido del humor!”
Y él me suele decir con mucha gracia: “Isabel, tú me pones… contento, ¿por qué será?”. Y yo le contesto: “¡Y yo qué sé!”
Nacho, no cambies nunca. 

Duro invierno


Isabel
Este año el invierno ha sido, y es, muy duro con estas nevadas que han durado, porque ha helado, y no se quitaba la nieve y era peligroso salir a pasear. Me hubiera gustado hacer un muñeco de nieve.
Siendo yo pequeña, llevaba guantes de lana y se empapaban de agua. Del frío, los pies se llenaban de sabañones, que me dolían mucho.
Un año, con mis primos de Badajoz, que vivían más arriba, porque el pueblo estaba en cuesta, los tres nos deslizamos por la calle montados sobre un plástico. Bajamos toda la cuesta porque había caído una gran nevada.
Nos lo pasamos muy bien, nos reímos, y rodábamos como peonzas. Luego, para subir la cuesta, nos costaba mucho y nos caíamos, nos enfadábamos, pero terminábamos riéndonos los tres. Así pasamos el día, subiendo y rodando y empapados de agua.
Cuando llegamos a casa empapados, nos quitaron la ropa y nos dieron un chocolate bien caliente. Nos supo a gloria, con churros. Nos regañaron, pero a nosotros no nos importó. Aunque la regañina parecía merecida, lo habíamos pasado tan bien que no importaba.
Pues estos primos ahora pasan de nosotros, de mi hermano y de mí, y no vienen a vernos a la residencia. Igual que su madre, que tampoco se digna.
Como el invierno ha sido tan duro, me he acordado más de ellos, los he echado más de menos. Pero para invierno de verdad el de mi hermano, cuando le da un ataque, que se siente muy solo y triste. Las enfermeras le ponen una inyección de valium y él me dice: “Que sea lo que dios quiera”. Todo le da igual, y se deprime. Se pone muy serio, y pensativo.
Cuando yo le veo así me entran ganas llorar, porque no sé cómo ayudarle, me siento impotente. Mi madre, cuando viene y nos ve así, se preocupa más todavía. Nos abraza y nos alivia.
Mis padres no se llevan muy bien y yo sufro, porque me gustaría ser una familia unida y feliz. Hay inviernos muy duros.

Las pequeñas cosas


Isabel
A mí lo que más me gusta del diario vivir es el domingo de carnaval. Ese día para mí es estupendo, cuando me disfrazo, es una gozada. La última vez me vistieron de monja y me vi muy guapa. Además, en carnaval bebo alcohol, que lo tengo prohibido por la medicación, o sea, sangría, y me bebí dos vasos. Luego tuve dolor de cabeza, pero qué importa eso.
La verdad es que me lo paso bien en cualquier sitio, incluso con el punto de cruz, que no hay quien me eche del taller de Amparo. O en Escritura Creativa, rodeada de mis amigos los adredistas, que son muy juguetones.
O la amistad, que cuando yo estoy llorando porque la depresión me agarró y se me pone un nudo en la garganta, va un amigo, y solo por ser tu amigo, va y te habla para tranquilizarte. Cuando hay veces que no puedo llorar, el amigo te ayuda a hacerlo, porque es bueno llorar. Mi madre, por ejemplo, siempre me dice que llore cuando me ve así, que me desahogue. A mi madre ahora le duelen mucho las piernas, y yo la beso y la digo que la quiero. No sé lo que haré cuando ella me falte.
Mi hermano quiere mucho a mi madre, está muy aniñado. Y mi padre es igual que mi madre. Ahora mi padre también tiene depresión, y bien gorda. Cuando yo le beso se anima un poco, no puedo hacer más, no es mucho pero algo se alivia.
De todas formas, estoy esperando que llegue la primavera para, desde mi ventana, contar las flores del parque. Me puedo pasar horas, veces hay que cuento más de mil flores, esas mismas que liban las abejas para hacer su miel, la que tanto me gusta a mí. Y contar los capullos de los rosales. Cuando se llena el rosal de prietas rosas rojas es una gozada, para mis ojos sobre todo, que descansan de contar.
Me gusta especialmente contar las amapolas, tan iguales que parece el campo una alfombra roja y negra, como mis sueños anarquistas.
Otra flor que me gusta contar son los girasoles, para descansar un poco.

Sofía


Isabel
Sofía, mi querida Sofía, me he enterado de que dentro de unos días te vas a vivir con tu novio Julio. Los dos tenéis veinticinco años, qué envidia me dais.
Todo me lo ha contado mi padre, incluido lo de la fiesta el jueves del Corpus. Me hubiese gustado veros y pasar con vosotros la tarde. Aún estoy salivando solo con recordar lo que papá me contó de la barbacoa en el chalet del abuelo Paco. Me dijo que el abuelo os había comprado morcillas de arroz y chorizos, chuletas de palo, panceta de cerdo y sardinas. Seguro que comenzasteis por las sardinas y que os las comisteis quemando mucho, que tendríais que soplaros los dedos, ¡aggg!, qué envidia, vosotros disfrutando de ese sabor tan limpio y redondo y yo aquí, merendando una galleta para loros.
Y después de las sardinas, la morcilla y la panceta, y esos chorizos tan grandes que compra siempre el abuelo, tan grasientos… Os estoy viendo con chorretones colorados escurriendo por los labios y todos soplando vino tinto como salvajes, que una barbacoa no es lo mismo si olvida su origen ancestral. Y los pimientos, y los filetes de contramuslo… Me contó también mi padre que incluso tuvisteis sitio para apurar el queso de oveja, curado en bodega, que también sacó el abuelo por si os habíais quedado con hambre. Cómo me hubiera gustado estar con vosotros y comer de todo, que un día es un día.
Y al final tampoco el vino era suficiente, que le disteis a todo tipo de bebidas: yo echo de menos el ron con nata, muy fuertecito y caliente, que tuviera que soplar. Me contó papá que todos os lo bebisteis de un trago… Te reprocho, papá, el no haberme dejado ir al chalet con los sobrinos.
Por cierto, también me ha dicho que Julio y tú vais a vivir en la casa que tu padre os está construyendo. Y que ese manitas también os está haciendo los muebles: de madera, de color miel claro, que es el color de los enamorados.
Sofía, con un padre así ya no queda sino disfrutar de la vida: ¡restaurador y dorador del Palacio Real! Y seguro que os decora también todas las habitaciones, ¿Cuántas vais a tener en la casa? ¿Vais a tener hijos? ¿Me invitaréis algún día? Porque estará adaptada, vamos, digo yo.

Amistad duradera


Isabel
Cuando llegó Dora a verme y la miré, me quedé de piedra. Venía de Alicante con unos pantalones rotos y la cara sucia. Olía mal porque además había bebido vino malo. Me aguanté las ganas de regañarla, porque no me gustaba como venía, parecía una pordiosera y me avergonzaba de ella. No quería que se enfadara conmigo, pero me daba vergüenza que viniese así, la debió de ver todo el mundo tan desastrada.
Llegó en pleno invierno, había nevado y hacía un frío como nunca en todo el año. Ella llamó a mi puerta y me dijo que estaba helada. Yo la dije que entrara, me daba pena, la puse una taza de chocolate caliente y ella me lo agradeció. Me dio las gracias, yo no le dije nada, ella se echó a llorar, me pedía perdón pero no sé por qué lo haría, no al menos hasta este momento.
Porque Dora terminó abusando de mi buena fe. Un día noté que me había quitado dinero, la cogí por banda y la maldije furiosa. Se fue de mi casa, pero tres días más tarde Dora volvió y me entregó un sobre con el dinero.
Qué has hecho, desgraciada?
Pedir, me he puesto a pedir –me dijo
Dora venía harapienta pero limpia, y olía bien. Yo la perdoné, volví a acogerla en casa y es mi mejor amiga.

Nacho


Isabel
Para mí que la palabra revolución ahora mismo tiene un significado raro, porque mi persona está alterada de forma importante. Por lo menos, a mi parecer. Algunos cambios físicos y otros no tan físicos han aparecido sin más. Gran parte del fenómeno tiene mucho que ver con una persona que se llama Nacho. Y dentro de un par de meses habrá cambios aún mas importantes en mí. Espero que sea la última revolución que se realice en mi cuerpo, pero no la última en mi vida, porque Nacho es importante, pero yo soy más, y soy de mí misma, no de nadie.
Nacho, eres mi revolución del momento, que no es poco.

Sol en Navidad

SOL EN NAVIDAD
Isabel
No lejos de la ciudad donde yo vivía, en pleno campo vivían dos matrimonios amigos, pero un poco alejados uno del otro.
Uno de los matrimonios tenía un rebaño de ovejas y vivían modestamente bien. El otro vivía un poco más apretado, en una choza de piedras, pequeña aunque caliente. Vivían de la recogida de leña, que luego vendían a buen precio o, la más apropiada, la empleaban para hacer carbón. También recogían por la noche castañas, que también vendían. Y así malvivían.
Yo, que repito que vivía en la ciudad, de vez en cuando iba a verlos y les llevaba un gran jamón de bellotas, o les llevaba una manta o pantalones y camisa para él, y para ella un vestido de lana. Se ponían muy contentos. A los pastores no les llevaba nada, pues tenían más posibles.
Como llegaba la Navidad, los de la choza decidieron ir a ver a sus vecinos, para decirles que este año pasarían la Navidad en su choza todos juntos, y de paso me invitaron a mí también.
Ellos bien sabían que yo siempre soñé con un regalo muy especial: no es otro que levantarme un día y no necesitar ya de mi silla de ruedas, y que poder saltar y bailar como una peonza, o volar en un parapente, que ilusión. En mi regalo, que siempre es un sueño muy largo, yo vuelo y doy varias volteretas, ¡cómo disfruto volando! Pero llega la hora de bajar y siempre caigo en la boca de una cueva llena de víboras y escorpiones que, al verme, me rodean. Una serpiente salta sobre mí, me pica en un pecho y yo me asusto. De pronto aparece otro parapente y desciende hacia mí, es alguien de la Cruz Roja, estoy salvada, un doctor. Yo le digo que una víbora me ha picado en un pecho. ¿Qué me puede hacer? Pues chupar el veneno, después de hacerme una incisión. Pero me chupa tanto que termino despertándome con un orgasmo tremendo.
Pero mis amigos también saben que este regalo no me lo pueden hacer y piensan en otra cosa. Así que se fueron a un pinar a por el pino y a recoger piñas, que luego las pintaron de color rojo, y con papel de plata hicieron estrellas para decorar su pino y poner unas cintas doradas.
Ya estaba todo listo en la choza para la llegada de los amigos y pusieron los regalos que amorosamente nos habían hecho.
Yo fui la primera en llegar y abrí el mío con sorpresa e ilusión. Me habían regalado unos guantes de piel que por dentro tenían lana de las ovejas de sus amigos, que abrigaban mucho.
Pronto llegaron los vecinos pastores, también con regalos. Tampoco me pudieron regalar lo que yo más deseaba, claro está, pero me alegré mucho de pasar con ellos la Navidad, una Navidad llena de sol, por suerte.

El sofocante calor de agosto


Isabel
El calor de este mes de agosto va ser muy bochornoso, con lluvias que suceden a tormentas, y rayos muy fuertes y truenos tan secos que las casas temblarán mucho, como si fueran terremotos sísmicos. No quisiera vivir esto, ¡me moriría de terror!
No, no quiero, me moriría de miedo y sería fatal para mi corazón, herido de tantas emociones singulares y personales, demasiado íntimas, que nadie conoce aunque todos sospecháis: mis amores fugaces, traicionados por una taimada enemiga.
Yo odio la soledad y me encanta la tranquilidad. Eso sí, rodeada de muchos amigos de buena fe, como una manzana sana y dulce como la miel. No quiero decir con esto que todo sea de color de rosa, ni mucho menos, en el amor. Pero al principio así se vive, y no seré yo quien tire la primera piedra y rompa el hechizo de una buena amistad, nada peligrosa, puro sentimiento.
Aunque a la larga se produzca una ruptura sentimental duradera y demasiado catastrófica… Estas rupturas en agosto, con el calor, terminarán tan mal como en un asesinato, que es a lo que iba, por el sofocante calor: el hombre mata a su mujer disparándole en la sien, y el hombre se suicidará, dándose un tiro en la boca y chorreándolo todo de sangre a borbotones.
Y esto sería solo un caso de violencia doméstica, similar a tantos otros abundantes casos de agresiones y palizas, con un marido o acompañante dándole patadas en el vientre a la mujer, y ella, embarazada de este hombre insensato.
Éstos son hombres a los que sólo vale la pena dar patadas, a éstos sí, en sus partes. Y de buena gana lo harían esas mujeres maltratadas y se quedarían muy a gusto.
Tanto es así que, durante este agosto por venir, de calores sofocantes, una víctima le pedirá a la jueza permiso (habiendo hablado antes con una psiquiatra, que le aconsejará que hable con una abogada y una educadora de calle de ese tema tan peliagudo), con pavor y mucho susto por lo que quiere hacer, para hacerle lo que tenía que hacerle al compañero.
La jueza se interesa por el caso: “¿Qué cosa es esa tan importante?”. Y la mujer responde: “Quisiera que castraran inmediatamente el pito a mi compañero, por la mala vida que me ha dado, que ya no le puedo soportar”. ¿Se refiere a los testículos?”, interroga la jueza. “Me refiero a la polla. ¡Por favor, emasculación de todo, señora jueza!”.
Ella, la jueza, hace caso y sentencia: “Está bien, se lo concederé, emasculación del miembro viril”. Y la mujer se echa a llorar de emoción porque eso era lo que necesitaba: por fin sentirse libre de penetraciones infundadas y afrontar de otro modo el sofocante calor de agosto.

El cansino


Isabel
Pedro está cansado de vivir. Tiene asma, no le llega el oxígeno a la sangre y por tanto sus músculos se cansan más de lo normal.
Relacionarse con la gente le produce fatiga, y tiene abandonada incluso a su mujer.
Desde antes de saber que su fatiga era asma, ya no hacían el amor. Pedro se cansaba mucho. La última vez que lo hicieron casi le da un ataque al corazón.
Y Josefina le dijo: “No te preocupes, Pedro, la próxima lo haremos más lento y yo me encargo del movimiento”.
Pero no ha habido próxima vez. No es que Pedro se haya cansado de su mujer, es que se ha cansado de vivir.
Pero Josefina sí se ha cansado de él. Está harta de estrenar lencería y que no haya respuesta. De hecho, está pensando en echarse un amante, le saldrá casi gratis, pues tiene muchos modelos de braguitas de lo más sugerentes.
Si Pedro lo supiera, a lo mejor hasta se alegraba.
Pero el caso es que la gente le fatiga tanto, se cansa tanto de aguantar a unos y a otros, se necesita de tanto oxígeno para hacer amigos, que ni se lo puede imaginar.
¿Y qué ocurrió? Lo que tenía que ocurrir, que Josefina se largó con su amante y ahora Pedro está todavía más solo y más cansado.
Pero piensa si a lo mejor el amor no cansaba tanto, si no será el aburrimiento, más que su asma, lo que lo tiene tan cansado de la vida.

Codicioso


Isabel

Era un hombre como pocos hombres. Su nombre ya anunciaba desde la pila lo que llegaría a hacer, pero más vale que aquí no lo revelemos, de modo que le llamaremos N.
Rodolfo, este nombre sí figura en la historia, era su mejor amigo. A él le tocó sufrir las consecuencias de la codicia de N. Rodolfo era muy robusto. Tenía un parche en el ojo izquierdo, pues perdió el ojo en una pelea que tuvo cuando tenía diez años, por no querer dar su bocata a un hombre de veinte.
Pues esto pasó. Este hombre, el mejor amigo de Rodolfo, el codicioso, N, tuvo un accidente de tráfico. Y conducía Rodolfo, que el peligro llegó por la izquierda y no pudo reaccionar a causa de la falta de visión.
A consecuencia de ello, N se hizo una brecha en el lado derecho de la cara, que le dieron más de veintiocho puntos. Era tan grande que se le veía a la legua.
Y así fue como N le amenazó, diciendo: “Esto te va a costar un ojo de la cara”. N siempre hacía cálculos inflados, cuando se trataba de cosas de dinero, y más en tiempos de crisis. Y pensó que una cirugía estética —con la que siempre había soñado— le vendría como anillo al dedo.
Ante la amenaza de quedarse sin el otro ojo, Rodolfo le dio a N lo único que tenía: su plaza en el mausoleo más lujoso del cementerio. Era lo que más deseaba N, una tumba así, con mucho sol y calefacción para toda la eternidad.
Rodolfo nunca pudo saber por qué N, de quien se decía que sus cálculos eran fríos, ambicionaba tanto calor después de la muerte.

El amor


Isabel

Existen muchas clases de amor;  el amor de madre, el amor entre hermanos, los amigos, el amor a los animales, a la naturaleza...
De todos estos amores yo prefiero el amor de madre, porque es a la mujer que quiero y amo, es la preferida.
Ahora que está enferma de las piernas, no puede andar bien, y del estomago, que lo tiene revuelto y solo bebe coca-cola, le da por llorar porque se ve enferma. Se considera mayor y dice que no sirve para nada y que se va a morir.
Mi madre tiene ahora 78 años.
Igual que mi padre, que también está enfermo, con una depresión de caballo que trajo de Alicante, que este agosto habíamos estado allí de vacaciones, en un bungalow cerca de la playa. Pero a la playa no fuimos nunca porque tenía muchas algas y estaba muy sucia.
Mi padre dormía solo en un sofá-cama y yo noté que hacía gestos raros, como si tuviera pesadillas, con la cabeza, con las manos. Yo me acerqué un día, le desperté y le dije: “Papá, me preocupas mucho”. Y él me preguntó: “¿Qué te preocupa, hija?” “Duermes mucho –le respondí– y duermes muy agitado”. Pero él me aseguró que no pasaba nada.
En cambio, sí pasaba, porque lleva cuatro meses y medio con depresión. Cuando le llamo por teléfono y le digo: “Papá, ¿cómo estas hoy?”, él me contesta: “Bueno, hija mía, hoy parece que me encuentro un poco mejor”. Y yo le animo: “Te noto en la voz que estás más espabilado. Papá, ¿has comido hoy?” “Sí, pero poco”. “¿Y qué has comido?” “Pues he comido un plato de judías verdes”. “¿Y qué más?” “Una manzana, que estaba muy buena”. “¿Y nada más?” “Es que hoy no tenía muchas ganas de comer, hija”.
Y luego se me echa a llorar y yo le digo: “¡No llores!, ¡no llores!” Y él me dice. “Es que al oír tu voz, me emociono, ¡eres tan buena!, y me gusta que te preocupes por mi”.
Si es que yo quiero mucho a mis padres.

Pasa cada cosa


Isabel

Puede haber muchas maneras de venganza, como por ejemplo el marido despechado, que su mujer le puso los cuernos con su mejor amigo y él la mata a bastonazos y se queda tan tranquilo, orgulloso de lo que acaba de hacer.
Cuando vino la policía por él y le pusieron las esposas, se reía como un condenado; “¡He sido yo!”, gritaba, sin parar de reírse. Los policías iban muy serios, como pensando: “Este está como una cabra, y mira que hemos visto cabras locas”.
La gente que se concentró alrededor de la policía abucheaba al asesino y le decían: “¡Asesino! ¡Asesino!” “Ella era una buena mujer”. “¿Por qué? ¿Por qué?” “¡Encerrarlo en la cárcel para siempre!” “Y tirad la llave al mar, como hicieron con el hombre de la máscara de hierro”.
Hace mucho que conozco a una familia, que al abuelo le dio una subida de azúcar y el pobre hombre, que había sido barbero, se cortó el cuello con la navaja que utilizaba para afeitar a sus clientes. Pero en eso que le dio tiempo a pensar que no se quería morir solo. Su mujer estaba en la cama durmiendo y le dio también tres navajazos en el cuello, aunque no fueron tan profundos como el tajo que se había dado él.
Vino la policía y él dijo con un hilo de voz: “Llévense primero a mi mujer, que está peor que yo”. Cosa que era mentira, pues los navajazos a la mujer habían sido muy superficiales y el suyo, mucho más profundo.
El viejo llamaba a su hija haciendo gestos con las manos, porque no le salían ya las palabras, pues el corte de la garganta se había llevado por delante las cuerdas. Su hija le decía que no: “Padre, yo no entro a la habitación porque usted me corta el cuello a mí también”.
El motivo de querer matar a su mujer pudo ser porque ella le había maltratado a él mucho, dándole golpes muy fuertes con lo que tenía a mano. Por ejemplo, una vez le pegó con una pescadilla grande en la cara, esto me lo contó el mismo abuelo, un día que lo vi con un carrillo enrojecido. Él lo soportaba todo sin rechistar porque era muy bueno.
La vieja una vez se comió el queso del viejo a escondidas. Las hijas la vieron y la pequeña dijo: “Pero madre, ¿qué haces tú comiendo el queso de padre, si no tienes apenas dientes y él lo necesita para el azúcar? La madre se asustó mucho y dejo de comer aquel queso con pena.
En fin, que el viejo, a las pocas horas de esta desgracia, murió sin que los médicos pudieran hacer nada por él. En cambio, la abuela vivió muchos años más.
Y ya que estoy con estas cosas, que digo yo que qué bien hice con dejar a Antonio cuando lo dejé. Antonio era muy celoso. Tanto, que me zarandeaba haciéndome daño en todo mi cuerpo. Y solamente porque le dije un día que, cuando era más joven, había salido con otro novio. Aguanté con él diez años, que ya es aguanta bastante.
Al cabo de este tiempo me fui con otro Antonio, el actual, que aunque se llama igual, es conmigo cariñoso y me respeta. Yo soy muy feliz con él porque no me pega y siempre está pendiente de mí y de mis deseos.

Mi perro

Isabel
Yo tenía un perro que se llamaba Boby. Era muy bueno y me obedecía en todo, yo le hacía señales con los dedos y se sentaba y se echaba. Le pedía cosas y él me las traía. Por ejemplo, le decía: “Boby, tráeme unos calcetines”, y él abría un cajón de la cómoda, ladrando, y cogía un par con la boca y me lo daba en la mano, moviendo el rabo.
Su pelaje era de color canela y liso. No era muy grande, sino mas bien mediano de altura, tenía unas orejas puntiagudas como las de un bamby, pero más bajito, claro está. Y corría veloz como una bala.
Cuando nevaba, se comía la nieve y empezaba a saltar, como si fuera un helado de nata. Era muy juguetón, pero no era nada rebelde, sino muy bueno y obediente.
Tenía cinco años cuando nos lo quitaron, pero yo lo crié desde los 28 días. Lo trajo a la familia mi madre, en una bolsa. Era el hijo de la perra del carnicero.
Mi madre venía con mucho cuidado con la bolsa no fuera a ser que le diesen un golpe al perrito. Mi hermano y yo preguntamos a mi madre: “¿Qué llevas en la bolsa?” Y mi madre nos dijo: “Ah, sorpresa”. Cuando en ese momento se oyó un pequeño aullido y dije yo, su hija Isabel; “¡Ah, ya lo sé, ya lo sé, ya lo sé! Es el perrito que nos habías prometido”.
“¿Y cómo lo sabes tú?” “¡Por el aullido que acabo de escuchar!” Los tres, mi madre, mi hermano y yo, en una pequeña pecera redonda de cristal transparente, pusimos tres papeletas con tres nombres para el perro, que fueron Loco, Boby y Lucas, que se lo quería poner mi hermano. Pero salió el de Boby, que fue el que le puse yo.
Mi hermano Antonio se cabreó mucho porque quería que se llamara Lucas, como el pato Lucas. Yo me reía de mi hermano y le decía: “¡Lo siento mucho pero ha salido Boby!” Mi madre también se reía y le decía a mi hermano: “¿Qué más te da que se llame Boby o Lucas?” Y mi hermano Antonio Contestaba: “¡Pues mucho!, pues yo quiero que se llame Lucas”.
Había muchos hombres que le decían a mi padre: “¿Por qué no nos das el perro?” Y mi padre respondía que no, porque sus hijos querían mucho a ese perro.
Esos malditos hombres estaban muy enamorados de Boby porque decían que era un buen perro de caza, a pesar de que se parecía a un bamby.
Un día cuando, tenía apenas cuatro meses, Boby, jugando, me mordió en la nariz, pero la vida es así.
Una noche sombría nos robaron a nuestro Boby. Mi padre salió de noche a buscarlo porque era verano.
Pero Boby nunca más volvió. Eso malditos hombres lo cogieron para su beneficio.

Un quisquillas

Isabel
A Miguel no se le pueden hacer bromas, ya que cualquiera de ellas le sienta fatal, es muy quisquilloso.
Por ejemplo, yo, que soy su hermana Sara, le quiero dar un beso en la mejilla. Él me quita la cara y encima se enfada. Me echo a llorar y me dice:
–¿Por qué lloras?
–Porque siempre me rechazas.
–¡Bua!
Yo le pregunto qué significa el ¡bua¡.
–Quiere decir que eres muy pesada.
El es un viejo para la edad que tiene. No acepta ninguno de los regalos que yo le quiero hacer. Y encima, el regalo que le han traído en el centro los Reyes Magos, en lugar de dármelo a mí, se lo ha dado a una cuidadora, que le ha venido al pelo. Era una bolsa tipo mochila para guardar ropa cuando vas a alguna excursión, de color negro.
Le molesta que los demás se preocupen de él, ya que dice que puede valerse por sí mismo. En cambio, si alguna vez se cae y se hace daño, espera que los demás vayamos a ayudarle y hacerle visitas. Deja de ser el ser quisquilloso y se deja hacer.
El otro día le pregunte:
–Si yo me muriese o me pasara algo, ¿me echarías de menos?
Y me respondió que sí, mucho.
–Entonces no entiendo por qué me rechazas ahora, ya que solo quiero hacerte compañía y darte mimos.
–No me gusta que estén encima mío y que me traten como un inválido.
Y yo le digo, aunque con suavidad, que eso es un poco lo que es, un diverso funcional.
–En determinadas cosas necesitas ayuda y yo me ofrezco a ello, nada más.
Al final, aunque es muy susceptible, le entra un rayo de sentido común, y me dice que tengo razón.
A pesar de estos momentos de lucidez, en la vida cotidiana sigue siendo muy broncas.
Pues para salvar las situaciones más embarazosas, yo me dedico a hacerle cosquillas a tutiplén, ya que tiene muchas. Y él se ríe a carcajadas, moviéndose al ritmo de la risa, ¡y pelillos a la mar!