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La última sentada

Proposiciones nº18, pág.16
 
NOS DISUELVEN A LOS ADREDISTAS

Después de tantos años alimentando de cuentos Escribiradrede, los adredistas nos creíamos inmortales. Este mito de la inmortalidad, que fue siempre la ambición de los genios, nos tenía envenenados: a nosotros, que con creaciones colectivas tratábamos de terminar con los genios. Pues sí, los adredistas hemos sido fusilados o cagados por las palomas, si no ambas cosas, como cualquier genio.
Ha venido a disolver esta manifestación, la bella aventura del adredismo, uno de esos tópicos personajes iletrados que tanto bajan la media en comprensión lectora de los informes PISA: el director del CAMF de Leganés, don José Luis Sánchez Serra. Ese mismo personaje que no hace muchos días fue ferozmente zarandeado por Mercedes Milá en aquella película rodada en el centro que él dirige y más digna de concursar como ficción en el festival de cine de Sitges, aunque estuviera mal dirigida, peor montada y filmada de aquella manera, que de ser emitida por Cuatro como programa informativo.
Teníamos que haber sospechado ya de las capacidades de este señor aquel día, al contemplar en la tele cómo balbucía respondiendo a la ladina periodista. Cuando le hubiera tocado defender la independencia, dignidad e inteligencia de los residentes diversos funcionales que no se prestaron al programa, el señor director se dedicaba al asombro, como cualquier buen aficionado a las pelis de terror de serie B, ¡cualquier cosa menos el asombro en esa circunstancia!, o defender por ejemplo la profesionalidad y buen nombre de la inmensa mayoría de los trabajadores a su cargo y que en la residencia desenvuelven su actividad, o apoyar a los numerosos voluntarios que de una u otra manera comprometemos nuestro tiempo asistiendo a estos residentes cuya independencia él ni concibe.
Pero no sospechamos nada entonces. Y hasta aplaudíamos su gesto de participar como actor en la puesta en escena de “Aquí no paga nadie” por la compañía de teatro del CAMF, e incluso lo reseñábamos en la nota publicada en la última página del último número de la revista Proposiciones –otro éxito alimentado por los adredistas y que se va a disolver. Eso sí, la nota fue escrita con la ironía que nos permitía el hecho de haberle ya felicitado personalmente por su transmutación en obrero sindicalista, domesticado por la pluma siempre inteligente de Darío Fo, ¡dónde vas a parar!
Pues bien, esta reseña en la contraportada de la revista, y que titulamos “Otro gran momento” para que se oyera desde la primera palabra nuestro aplauso incondicional, ha sido deconstruida por el director del CAMF como ofensa hacia su persona. Una deconstrucción que armó su brazo como del rayo de Zeus –los dioses supremos suelen tener todos muy mala base en semiótica y no causan más que desastres– , rayo que ha lanzado contra todas y cada una de las actividades de los adredistas en el CAMF, el Taller de Escritura Creativa, el programa de radio Escribiradrede en coordinación con la emisora comunitaria EcoLeganés, la revista Proposiciones y, por supuesto, este blog, que ya no tiene sentido si no lo abastece la producción común del grupo de los adredistas.
El director nos ha dispersado con la porra de su rayo, y expulsado del CAMF a todos los voluntarios asistentes de escritura. El último día hasta nos negó la llave del taller.
Así ha fulminado una experiencia pionera, sublime para todos los que tuvimos la fortuna de vivirla, esta historia de creación colectiva que ha ampliado los horizontes de tantos residentes, unos escritores invisibles hasta ayer que por fin han sido oídos y aplaudidos en escenarios tan diversos y estimulantes como la FNAC o las Naves del Matadero de Madrid, o que se han paseado por la Biblioteca Nacional, el Círculo de Bellas Artes, el Teatro Real o muy recientemente la Residencia de Estudiantes, tuteando a los que les concedían las entrevistas…
Pero es que esta experiencia de integración ha hecho también visibles a los adredistas en escenarios todavía más estimulantes, como son los de la periferia de nuestra sociedad. Se han escuchado sus cuentos en los andenes de MetroSur, en las aceras de Zarzaquemada, en las Ferias de Leganés o en el despacho de su alcalde y en tantos otros, testigos todos de sus gestas creativas, sobre todo en literatura, pero también en periodismo y diseño, sin olvidar la locución de sus cuentos en las ondas generosas de EcoLeganés.
Todo, en fin, se ha ido al garete, repito, por el ya apuntado colmo del escritor: tropezar con un lector con tan deficiente formación semiótica.
Y por supuesto, firmo con mi nombre la presente nota (en este blog, que ha defendido desde su fundación la autoría colectiva como método y la Creative Commons como ley) por razones obvias de responsabilidad. Ocurre que el señor director ha ordenado a algunos trabajadores –creo que no le van a hacer mucho caso, pero así se las gasta él– que envíen a su despacho a todos los residentes que hablen de los adredistas o mencionen mi nombre a partir de ahora. Muy peligrosa esta conducta y una semejante directriz, que amenaza a personas que están a su cargo y tan vulnerables a este tipo de abusos.
¡Para qué decir más!
Andrés Mencía, Adredista 0

Proposiciones nº18, pág.16
 
AL TRASTE CON UNA EXPERIENCIA PIONERA
 
Ayer, lunes, 7 de abril, fue un día de despedidas en el CAMF de Leganés. El director del centro nos negó la llave para acceder al Taller de los Adredistas y nos vimos obligados a suspender actividades después de 18 años de producir cuentos y reproducir vida. En la actualidad nadie del grupo de los voluntarios mantenía relación contractual alguna con el IMSERSO. Se nos podía dar la patada sin más costes que la falta de elegancia. No cuento, por supuesto, el sufrimiento de los residentes y la tristeza de los voluntarios.
No perdimos el tiempo, sin embargo. Además de la despedida, batallitas y algunas lágrimas, pudimos hablar con compañeros residentes y compañeros trabajadores que se acercaban a expresarnos sus condolencias, aunque no hubieran participado de nuestras actividades, y que nos regalaron críticas como esta: “Vosotros (se refería a los voluntarios que hacemos de asistentes de escritura de los adredistas) habéis hecho escritores a residentes que no lo son, y lo peor es que todos han terminado creyéndoselo”.
Semejante opinión, que nuestro compañero consideraba demoledora crítica, es sin duda el mejor resumen que se me pueda ocurrir del esfuerzo de creación y producción de los adredistas, acompañados siempre por el entusiasmo de las decenas de voluntarios que han ido participando en un proyecto que nos hemos inventado de año en año. Y el hecho de haberlo finalizado con los adredistas convertidos en escritores/productores ante los ojos asombrados e incrédulos de sus propios compañeros de residencia es la mejor prueba de sus aciertos.
Porque cuando el primer grupo de voluntarios propusimos este proyecto en el CAMF de Leganés el muy lejano año 1997 y discutíamos del mito del genio o de la creación grupal en un campo de expresión tan contaminado como la escritura, lo único que teníamos claro de verdad, la idea fuerza que nos juntaba era nuestra convicción de que íbamos a compartir vida y capacidades con personas igualmente capaces, por más que su recorrido por la literatura, la escritura y la vida no hubiera sido el nuestro.
Precisamente era la diversidad el mayor estímulo para todos nosotros, escritores de Leganés que iniciábamos la aventura. Pero antes de continuar con la historia, quiero hacer un paréntesis sobre esto de la creación colectiva, o más exactamente, grupal. No oímos hablar con frecuencia de estas formas de creación y producción artística en colaboración, a pesar de haber existido desde siempre, porque ponen en jaque el actual “sistema del arte” económico-productivo, eso del genio/estilo/firma/precio. El individuo es controlable, pero un colectivo entusiasmado puede oponer la más fuerte resistencia al sistema.
La construcción histórica del mito del genio ha desviado la atención de lo importante, el fracaso del sistema de producción del arte y sus precarias estructuras culturales, artísticas y educativas. El mito del genio es una construcción ideológica basada en ese cierto misterio que envolvió durante siglos el proceso creativo, la creencia de que la creación es una cualidad extraordinaria propia de los dioses y, por supuesto, el virus de la competencia. Este mito perpetúa precisamente el orden jerarquizado, siempre dañino, pero destructivo en sistemas sociales cerrados como pueda ser precisamente el CAMF o cualquier residencia de similares características. No viene al caso rastrear los orígenes o evolución histórica del mito del genio, pero sí constatar que la creación colectiva es un proceso de desmitificación del mismo y de des-jerarquización, con redefinición de los conceptos tradicionales de creatividad, trabajo colectivo y producción. Desde W. Benjamin y M. Foucault y Frank Popper se ha escrito mucho sobre esto.
Suele definirse la creación colectiva como el conjunto de procesos que permiten realizar una actividad creativa a individuos diferentes que comparten motivaciones, y alcanzar un objetivo común, con independencia de la organización o relación que se establezca entre ellos. Pues bien, entre nosotros, los adredistas, la relación ha sido de grupo y el proceso creativo era más grupal que exactamente colectivo. Nuestra cohesión, o esa cierta unidad en los escenarios de las narraciones o en las formas de expresión del adredismo, ha venido dada más por la invisibilidad de personas sistemáticamente discriminadas y por su necesidad de información liberadora, esa que solo circula en los márgenes del poder, que por relaciones jerarquizadas. O sea, lo mismito que ocurriera con el origen y la unidad de creaciones grupales como el flamenco o el jazz o los grafiteros.
Pues de estas cosas discutíamos cuando comenzábamos lo que al principio no fue sino un Taller de Escritura Creativa con dos, con tres, con cinco residentes. Continuábamos discutiendo y en tres meses ya eran diez, y con ellos comenzábamos a hablar de la escritura como acto comunitario. Y los voluntarios escribíamos con ellos, haciendo a la vez de asistentes de escritura de los que no podían escribir solos, y ellos escribían con nosotros. Juntos discutíamos lo que hacíamos allí, pero también lo escrito.
Y muy pronto se nos brindó la oportunidad de publicar los textos del taller en antologías participadas por hasta cincuenta y sesenta autores del pueblo, o sea, escritores pepineros. Títulos como Algarada al fin, Cuentos periféricos y otras especies en peligro, Nómadas contraSentados u Otra nube de vagos son algunos de los títulos donde muchos adredistas del CAMF comenzaron a publicar, amén de en alguna revista del Colectivo Patrañas.
A la par, en el Taller íbamos preparando relatos para participar en concursos literarios que los compañeros se encargaban de ganar, algunas veces, o de perder, muchas más. O sea, la vida misma. Se acumulaba la producción escrita y comenzamos con la publicación de libros, financiándonos con las primeras asignaciones del IMSERSO para el taller. El primero, De vuelta en Palestina, una novela que trascendió nuestro círculo del CAMF por dos razones, una, porque hablaba de los conceptos fuerza de la vida independiente en el colectivo de la diversidad funcional y cayó en mano de los activistas que iniciaban el proyecto de Foro de Vida Independiente y que hicieron bandera de ella, y la otra porque fue reseñada en el País Semanal por Rosa Montero. Después vio la luz Ningún rincón prohibido, un libro de relatos deliciosos. Más tarde, la biografía Jaula de oro, que provocó nuestro primer encontronazo serio con la dirección del centro, si bien conseguimos conjurar la amenaza y eludir el cierre del Taller por primera vez (todo hay que decirlo, fue la directora de entonces quien supo encontrar los argumentos para no provocar una debacle). Y más recientemente Manifiesto saltamontes, otra biografía, pero esta vez de una hija de maestros, paradigma de toda una generación de paralíticos cerebrales españoles, sistemáticamente marginados y por lo mismo mal socializados y peor equipados para tomar las decisiones que conlleva la vida independiente, la generación de los que hoy cumplen entre 50 y 65 años.
Los adredistas también íbamos cumpliendo años, las creaciones se multiplicaron e iniciamos una etapa de diversificación en la difusión de tanta producción. El día 5 de junio de 2008 subimos la primera sentada en http://escribiradrede.blogspot.com.es/, los tres primeros cuentos semanales, que no han faltado ni un solo jueves durante estos 7 años. Hasta hoy mismo, que con esta reseña damos por cancelado el blog.
El blog de los adredistas es la isla del tesoro, con infinitos mapas para seguir la pista. A los que tengáis tiempo y os guste la literatura, os recomiendo que pinchéis en cualquiera de la lista de Autores más veteranos, lo mismo da Peva que HeavyMetal, Isabel o Conchi, Carmen o Víctor, Ramón o Rafa o César o Sebas, Fernando o Estrella, Laura o MaryMar, Rosalía o Iñaki… La producción de cada uno por separado es siempre irregular, la vida misma otra vez, pero lo que más abunda son las genialidades, no las mediocridades. Y el caso de Iñaki es más que un tesoro, sus Miniaturas son un diamante de mucho peso, la poesía de la emoción secuestrada y dada a la fuga, versos imposibles de olvidar: “En el abismo de la soledad / se escucha el silencio / de las voces calladas: / se escucha el abismo”. O estos: “Escondes la rabia, / perpetúas la rabia / y la rabia destruye tu voluntad”. No hay mucha poesía en el blog, no se puede tener todo, pero Miniaturas son parte fundamental de la historia de los adredistas y parte también de la historia de la poesía en castellano.
No me hagáis perder más tiempo. Pinchad de una vez en el blog, en la columna de Autores, y leed unos cuantos relatos. Descubriréis otro mundo a vuestro lado, la historia de otros seres humanos hasta hoy invisibles, contada por sensibilidades también mudas hasta hoy, que se expresan con una inteligencia y una solvencia que os enseñará incluso a escribir.
Repito, el mundo que han creado los adredistas no es un mundo posible: está aquí, entre nosotros. Este blog es testigo. La de hoy, esta última sentada de escritura, hace la número 305. Hemos colgado ya cerca de mil textos, entre relatos, poemas y ensayos, y todos están a vuestra disposición. Añadid a ello todos y cada uno de los artículos escritos para la revista Proposiciones –no tenéis más que pinchar en el icono–, y cuyo último número, el nº 18, con su última página, la pág. 16, provocó el cortocircuito que ha dejado a oscuras la cabeza del director del CAMF.
Esta fue por desgracia la última página que hemos escrito los adredistas, pero que nadie piense que lo hicimos a propósito: nunca imaginamos que nuestra escritura tuviese un efecto tan contradictorio: en vez de iluminar, obnubilar siquiera una sola cabeza. De haberlo sabido, hubiésemos sido más ladinos, como suelen serlo los genios, más acostumbrados al comercio.
Lo raro, desde luego, es que el grupo haya durado tantos poemas, tantísimos relatos, tantos libros, tantas revistas y tantos programas de radio. Mención destacada merecen también el grupo de la revista y los locutores de la radio. El grupo de los redactores y colaboradores de Proposiciones han creado una revista que se ha hecho santo y seña en la sede del IMSERSO o en sus residencias por la calidad del diseño, la pluralidad de sus contenidos y su bajo coste: 500 € por número desembolsaba el IMSERSO, lo que nos cobra la imprenta, y que a veces alguien tenía que adelantar, que esa es otra. Ellos fueron capaces de sacar cuatro números anuales, hasta el aciago nº 18, y no se habían cansado. Nunca unos redactores aprovecharon mejor un taller de periodismo impartido, eso sí, por una profesional de primer nivel, también voluntaria, y un taller de fotografía, que nos amenizara otro profesional de éxito para completar su formación.
Y qué decir de los 95 podcast de cada uno de los programas de Escribiradrede que emitimos por EcoLeganés y la red de Radios Comunitarias de Madrid desde hace siete años y que también podéis encontrar colgados en el blog. Los propios adredistas han sido los locutores de sus cuentos, una hora de radio en cada podcast realizada por las voces más originales de la radiodifusión mundial. Los que no tengáis prisa por malvivir escuchando discursos repetidos, pararos un rato a escuchar estas voces de los adredistas y oiréis cómo suena la vida de verdad, la vida que no se puede desperdiciar porque no sobra, la vida gota a gota, dicha y respirada muy despacio. Ningún programa de radio que hayáis oído jamás se puede comparar al que hacen ellos.
Dos, tres, cinco, diez fueron los residentes que abrieron la brecha, el siglo pasado, por la que se ha colado todo esto de lo que hablo. Pues bien, en el último informe de evaluación entregado a la dirección del centro, del 25 de marzo de 2014, y haciendo balance de los residentes que participaban a día de hoy de las actividades de los adredistas, sin contar los que por una u otra razón han ido causando baja en este tiempo, nombré 45 personas, entre residentes y de media pensión.
Ha sido con esta abultadísima participación que hemos desmontado muchos mitos. El principal, quizá, ese mito de las infinitas “minusvalías” que proclaman los que no ven (o no miran) a los compañeros del colectivo de la diversidad funcional. Son los que se empeñan en airear discapacidades y disciudadanías, desde sus consultas de médicos, donde no hay sino diversidad y, por supuesto, tanta inteligencia o más que en sus recetas. No existen las minusvalías en el colectivo de la diversidad: lo que sí existe es discriminación disfrazada de paternalismo y medicalización, solo eso, que perdura enquistada como una garrapata en algunas cabezas y hace tanto daño.
Pero sobre todo hemos desmontado la estúpida leyenda, otro mito desvergonzadamente voceado por algún médico, de la desmotivación en unos individuos acostumbrados a la pura supervivencia, como si sobrevivir en sus condiciones pudiera ser conjugado con semejante perífrasis. Los adredistas jamás hemos pronunciado esa palabra y siempre hemos desconfiado de los que, como este director del CAMF, son ciegos a sus ganas de hacer, de crear, de producir. La desmotivación, si acaso, es el estado de ánimo que inoculan personas autoritarias con su paternalismo, sus amenazas y sus represiones. Porque lo cierto es que todo lo que no es libertad es desmotivación, no hay más misterio.
En fin, cuesta mucho crear espacios de libertad y muy poco terminar con ellos. La experiencia creativa de los adredistas, que tanta libertad y tanta energía y tanta felicidad ha generado en este CAMF, energía que estaba alcanzando a los propios trabajadores, que cada vez han colaborado más y mejor con nuestras actividades, ha sido barrida por esta fiebre autoritaria de un cerebro que fue cortocircuitado por la última página de la última revista. Los voluntarios nos vamos, pero da pánico tener que quedarse a vivir o trabajar en un lugar dirigido por este individuo, con un semejante comportamiento reiterado.
No me quiero dejar llevar por la rabia o el pesimismo, pero es inaudito que todo esto pueda ocurrir en una institución como el IMSERSO, con su experiencia en gestión, y en un centro del IMSERSO, me refiero a laminar esta experiencia pionera de creación e integración, pero también a ningunear a un numerosísimo grupo de personas que voluntariamente asistíamos en la escritura o en la radio a estos 45 residentes.
¡Y menuda motivación, esta patada, para seguir gastando bromas! Confío sin embargo en los compañeros adredistas para sobrevivir a tanto desastre, otro más en su vida y también inmerecido. Pero ellos ya no se desmotivarán jamás, conocen el camino de la colaboración y la libertad. Y conocen dónde lleva, por encima de estos cortocircuitos y otros tales.
Andrés Mencía, Adredista 0

Cuaderno azul / 19

 
Carmen
Puerta cerrada, la de los manicomios, que tantos hombres brillantes encierran. Hay muchos allí que no merecen semejante maltrato. Yo tuve un tío encerrado durante 30 años. Puerta de dolor, incluso de malos tratos.
Puerta abierta, puerta de la cultura, la de la escuela, que nos acerca al saber, a aprender, a desenvolvernos, a conocer todo lo que ha sido y a prever lo que será. La puerta de la escritura.
Puerta de la vergüenza, la puerta de los orfelinatos, un pararrayos para lavar la conciencia de la sociedad, la vergüenza de los niños abandonados, de los niños que nunca nunca estarán integrados.
Laura quería amar y decidió operarse de abductores y entró en el hospital de La Paz. Allí conoció a Carlos, su fisioterapeuta, moreno, alto, pelo negro rizado, un verdadero ángel, o sea, un demonio, como nos gustan a las mujeres. Pero discutió con Carlos y le dijo que nunca podría hacerle feliz. “Eres boba, le respondió el ángel, tú tienes todo lo que a mí me falta, inteligencia, constancia, bondad. Yo te ayudaré con mis manos a estar en forma y tú me lo agradecerás con tu amor”.
Pared de nuestras limitaciones: nadie hay para asistir al minusválido a bajar las escaleras que le impiden acceder al mundo y vivir una vida independiente. La pared de alambradas de los campos de refugiados o la pared de ladrillo de los Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE), que evidencian que un ciudadano no puede ser libre en su propio país o en el país que desee. Pared muy visible de la xenofobia, que impide que un migrante pueda trabajar con dignidad, la pared de los visados o de los permisos de trabajo.
El Sultán estaba enamorado perdidamente de su favorita al-Zahrá. Era tan hermosa y tanto era su amor, que el Sultán le prometió construir una ciudad solo comparable a su belleza. Y para ello mandó utilizar los más valiosos materiales: ébano, mármol, marfil y piedras preciosas. Pero tardaron tantos años en construirla que la dama fue perdiendo belleza y el Sultán entusiasmo. Y abandonó por fin su construcción y la gente se ha ido llevando las piedras, una a una, de Madinat al-Zahrá, la Ciudad de Azahara, la ciudad brillante, la ciudad de la flor.
En un lugar de Soria, entre los poblachos de Fraguas y Navafría, cerca del monasterio, entre montes de pinos y encinas, encontramos la ermita de la Virgen de Inodejo. Unos pastores hallaron por allí la imagen de una virgen y les pareció tan hermosa que quisieron llevársela al pueblo y construirle una iglesia. ¡Ay, qué bonita!, dijeron, la llevaremos al pueblo y la pondremos en la iglesia. Pero les gritó la imagen: ¿Y si no dejo? Al punto entendieron el mensaje.
–Está usted detenida. Tenemos que inmovilizarla. / –¿Cómo? Si yo no he hecho nada. Yo sólo estaba paseando. Yo no hice nada. Tiene que haber un error. / –Lo sentimos, estamos buscando a una minusválida que ha atracado un banco y debemos comprobar sus datos. / –Pues siento no poder ayudarles, pues yo no soy menos válida que ustedes, solamente soy coja y me desplazo en silla de ruedas, pero soy tan válida como cualquiera de ustedes, y no declaro más.

Furiosa

 
Peva
Yo en esta puta casa he escarmentado, pero de qué manera.
No te puedes fiar del que se mueve a tu espalda, lo mismo da quien sea, pues lo más seguro es que te clave con un cuchillo a cualquier pared del centro. Y ni reparamos en el mal efecto: las paredes llenas de sangre y la gente colgada como de pinchos pasillo adelante y medio moribunda hace un efecto deplorable.
Imaginaos que viene una visita para ver a cualquier familiar, o talmente una periodista. Lo más normal es que salgan despavoridos y no vuelvan en una década. Esas personas quedan tocadas para toda su vida, y totalmente escarmentadas.
Porque esto es lo que pasa aquí, que o escarmientas o te las dan todas en el mismo carrillo. Da lo mismo que no te metas con nadie, da lo mismo que pases de todos como de comer mierda: aquí todo el mundo te conoce –como yo les conozco a ellos– y lo primero que aprenden es a buscar tu lado más débil para joderte.
Y también muchas de las personas que trabajan aquí están muy amargadas con la vida que les ha tocado vivir, pues se van haciendo mayores y se encuentran, al volver a casa, con unos maridos que en su día han querido con toda su alma, pero que ahora están calvos y feos. Y qué le vamos a hacer, es lo que pasa en las mejores familias, pero es duro. En estas circunstancias cuesta mucho pensar en positivo, pensar por ejemplo que tienes un trabajo cómodo, una verdadera lotería en estos días de tantísimo paro.
En fin, que esta vida que llevamos es para estar en un estado de furia permanente. Desde que te levantas, alguien se encargará de meterte el dedo por el ojo izquierdo con el único propósito de joderte el día y que termines en un estado catatónico. Como para pensar en disfrutar. No hay manera, siempre viene alguien a jodértelo.
Y eso que yo voy a mi bola. Pero no hay manera de pasar desapercibido. No paran hasta que te enfureces, y cuanto más, mejor. Además, como todos te conocen bien, saben como conseguirlo. “Ah, lo siento, no lo sabía”, esta es la disculpa después del desastre. Ya les vale.
Por eso que yo voy a todas partes por libre. Es más, cada vez que quedo con cierta gente, los más fiables, lo paso hasta mal. Para mí que me estoy volviendo autista. Ya no aguanto a nadie. Como los autistas, mi mundo es otro, ya no soy de este mundo y me manejo con otras capacidades completamente diferentes a las habituales. Y como los autistas, no me hace ninguna gracia que me lo digan otros y que me den coña con ello.
Pues para evitarlo y no estar furiosa todo el día, lo mejor, huir, como sea.

Nuevas tecnologías

 
HeavyMetal
Qué manía le estoy cogiendo a las nuevas tecnologías.
Lo bonito que era recibir cartas.
Desde que llegaron los ordenadores no hay ilusión por ponerte a escribir una carta. Qué hermoso era.
Ahora con eso de apretar un botón no hay amor.
Esas máquinas y los teléfonos móviles han estropeado el mundo.
Escribías una carta y estabas esperando cinco o seis meses la contestación.
Esos aparatos han echado el mundo a perder.
Son buenos para los peces gordos, para darse recados, pero son malos para todo lo demás.
Para nosotros son lastimosos, no se hacen amigos con esto.
Te lo hacen todo ya, no hay alegría, una máquina te lo hace todo.
Aprietas un botón y te sale un montón de información que vale muy poco. Para mí no vale nada.
Es una pena, me pone nervioso.
Con lo bonito que era buscarlo todo en el diccionario y las enciclopedias.
Cuántos sentimientos cabían en una carta. Podías decir un sinfín de cosas y siempre quedaba algo en el tintero.
Ya nadie conoce los buzones de correos. A nadie se le ha ocurrido, sin embargo, hacerle un homenaje a las cartas.
Hay monumentos al palomar, a la noria, pero a nadie se le ocurre un monumento a la carta o al buzón de correos.
Qué bonito era recibir una carta, me ponía el vello de punta.
Yo sigo utilizando las cartas.
Las nuevas tecnologías me hacen sufrir.
Era un mundo que molaba, el de los carteros. Molaba y se pensaba, que ahora es una lástima tanto botón.
Qué bonito era poner una conferencia, o cuando la televisión tenía dos canales.
Este es un manuscrito muy serio para mí, para que luego venga el colega hablando de los americanos.
A mí qué me importa que fueran los americanos o su ejército quien inventara Internet.
Y eso que casi todas las semanas subo un escrito al blog de Escribiradrede, que sé de lo que hablo.
El día que se caiga Internet, que se caerá seguro algún día, ese día será la catástrofe. Pero yo sobreviviré.

Prohibiciones

 
Conchi
Las prohibiciones, es lo más fácil. A mi madre le dijeron que el otro día iba por la carretera y casi me pilla un coche. A nadie se le ocurrió explicarle por qué iba por la carretera o por qué el ayuntamiento mantiene unos bordillos tan altos que no te puedes subir a las aceras o bajar de ellas, si es que te habías podido subir. De eso, nada dijeron. Solo que casi me pilla un coche. Y fue verdad. Lo que más me molesta, sin embargo, es que la cuidadora le tenga que decir a mi madre que casi me pilla el coche. Está para trabajar, no para cotillear, y menos para chivárselo a mi madre.
Y, claro, mi madre se cabreó conmigo. Y empezó a chillar: “¿Pero es que no puedes ir por la acera?”. Yo se lo expliqué, que si quería cruzar la calle tenía que ir un tramo por la calzada, pero que pedía ayuda a la gente... Pero es mentira, no pido ayuda porque hay gente que te ayuda, pero hay gente que pasa de ti como de comer mierda. Se deben de creer que somos tontos porque nos ven así, tan originales, y no nos conocen, o por falta de información y de sensibilidad... Yo no quiero que me ayuden cuando puedo sola, pero otras veces me veo muy apurada. Pero, aunque ya la gente se va concienciando más al vernos callejear en las sillas, pues a veces se creen que estamos o bebidas o drogadas y no nos echan una mano por nada del mundo.
De otra cosa me acuerdo ahora, que las prohibiciones nunca vienen solas, como las desgracias. Cuando yo tenía siete años y mi hermano ocho, nos prohibieron entrar con la silla en un cine de Madrid. Dijo el acomodador que dejáramos la silla de ruedas fuera, que era de cadete y manual, porque se podía producir un incendio y obstaculizar el pasillo de emergencia. No podía mi hermano conmigo en brazos hasta la butaca, y llamamos a mi madre. Pero entonces mi madre oyó aquello y cogió miedo.
El acomodador era muy grosero y le hizo a mi madre dejar la silla fuera y sentarme en una butaca. No volvimos a ese cine. Mi hermano se quedó alucinado y se había cabreado mucho con el acomodador. A eso no hay derecho, porque yo iba con una silla manual que no pesaba nada, y mi madre, para que mi hermano se quedase tranquilo, me tuvo que quitar de la silla y ponerme en la butaca. Desde entonces, cuando íbamos al cine con mi tía en la Gran Vía, me cogían en brazos para no discutir con el acomodador. ¡Qué manía que con la silla no se podía entrar porque se podía obstaculizar la salida en caso de incendio!
Y también cuando ahora vamos en grupo los compañeros del centro a tomar algo nos han echado de casi todos los bares de ParqueSur. Íbamos a las cafeterías y nos ponían mala cara, porque a uno se le caía la baba, a otro había que dárselo en botella, al otro la pajita... Ya hemos dejado de ir. Compramos alcohol y coca-cola y hacemos botellón. Yo no deseo el mal a nadie, pero algunos jefes de cafeterías se tenían que quedar unas cuantas horas en una silla de ruedas. Porque yo al fin y al cabo me considero una tía que no doy problemas a nadie, pero no veo justo que cuando vayamos un grupito de cojos nos digan: “Fuera, no os servimos”. Incluso a uno de mis compañeros le dijeron que ojalá se muriera. “Ojalá se muera usted”, contesté yo, por supuesto.

Muchas historias en una historia

 
Laura
blogs.20minutos.es
Allá vamos: Cerca de Corcubión estuve viviendo cuando era joven, sencillamente porque quise cambiar de aires y salir de la monotonía del centro de Madrid. Así me metí en el verde de Galicia y fracasé totalmente porque aquel ambiente era demasiado húmedo y el hombre que había elegido de compañero, un desastre.
Se me ha olvidado totalmente el nombre de mi compañero. Sí recuerdo que era el médico del pueblo y yo estaba enamorada, si no yo no hubiera hecho esa locura. Contaré una de tantas peripecias que me sucedieron.
Tuvimos que visitar a una mujer enferma que vivía unos kilómetros más al norte. El coche del médico era normalito, de tamaño medio y color gris, como eran allí las nubes y los días. Se nos paró sin saber el porqué.
A un galleguiño que venía montado en su burro, mi compañero le pidió ayuda, y le dijo que tenía que atender a una señora que estaba enferma, de nombre Felisa. El galleguiño nos dijo que la conocía y que le siguiéramos andando pues vivía a poco más de un kilómetro. Pero se dio cuenta que yo no tenía la ropa apropiada para caminar fuera del coche y me ofreció su capota y se empeñó en montarme en su burro. Jamás había montado yo en burro, pero resultó apasionante, no sé donde me agarraba para sujetarme, sobre todo al principio, que luego logré estabilizarme.
Han pasado muchos años y apenas me acuerdo de mi compañero el médico, ni del galleguiño, sólo que era muy amable. Pero sí me acuerdo del burro y lo dura que estaba la albarda.
Ahora caigo: mi compañero el médico se llamaba Jacobo.

La promesa

 
MaryMar
www.museoreinasofia.es
Cuando tenía ocho años me hice muy amiga de una chavala de mi edad, Pepa. Estábamos internas en un colegio. Íbamos a la misma clase, nuestras camas estaban juntas y comíamos en la misma mesa. En las horas de descanso también nos juntábamos y nos gustaba jugar a la pelota.
También había otro juego que nos gustaba: improvisar obras de teatro. Nos reuníamos varios compañeros y ensayábamos las obritas que habíamos inventado. Las representábamos en un salón del colegio. Venían a vernos todos los niños y niñas del cole. A veces nuestros padres y amigos. A todo el mundo les gustaban mucho nuestras obras.
Las fiestas del cumpleaños de Pepa eran memorables. Tenía una enorme mansión muy bonita. En su fiesta había de todo, según ella contaba: comida, música, baile, disfraces…Siempre invitaba a muchísima gente. Me daba mucha envidia y aquel año le pedí que me invitase y ella dijo “¿Por qué no?”. Desde aquel momento, estuve esperando que llegase el día, pero la invitación nunca llegó.
Me enfadé mucho con ella. Hablé con la dirección para que me cambiase de cama en el dormitorio y me colocasen en otra mesa. En las clases era más difícil, pues hacíamos el mismo curso y teníamos que ir juntas, pero yo no estaba dispuesta. Para solucionarlo hablé con un enfermero amigo de la familia y le pedí que me ayudase a fingir que me había roto la pierna. Me puso una escayola, habló con el médico y este me dio una baja por un mes, que pasaría en la primera fila de pupitres de la clase con la pata estirada.
Cuando pasó ese tiempo llegaron las vacaciones y nos fuimos cada mochuelo a su olivo. Pedí cambio de colegio para el año próximo.

El olvido

 
Isabel
Se me olvidan muchas cosas, pero no se me va de la cabeza mi primer amor. Antonio era muy bueno, me cuidaba como una madre y me lavaba el cuerpo y la cabeza en su casa. Vivía de alquiler porque no se fiaba de su padre, que era un mujeriego que abusaba de las personas débiles.
Su padre era cocinero y puso un restaurante con una chica joven, Carmen, que ya tenía un hijo de una pareja anterior, que murió a los tres años de casados.
Antonio venía a verme al CAMF del Ferrol, donde yo estaba ingresada. Él tenía veintiocho años por aquel entonces y yo treinta y uno. Decía que la edad no importaba y que la diferencia era poca.   
Nos conocimos el 10 de octubre y estuvimos viéndonos casi todos los días durante muchos años. Hasta que se tuvo que ir a trabajar a Benidorm, como camarero, que allí se ganaba mucho dinero por aquel entonces con el turismo, en verano y en invierno.
Desde que lo dejamos ya no siento nada por ningún hombre, no se me olvida Antonio.
Tengo una fotografía en la que estamos los dos, en un marco, –las tengo puestas al alcance de mi vista, en la habitación– y otra en la que estamos bailando muy juntos en el salón de actos. Yo todavía podía andar sin la silla de ruedas, pero él para más seguridad me tocaba el culo, para que no me cayera.
También tengo otras muchas en un álbum: se nos ve juntos y risueños, sobre todo en las fiestas de Navidad, en los cumpleaños, en el comedor del CAMF…
En Sanxenxo, donde estuvimos diez días, en verano, hacía mucho calor, me pidió en matrimonio y yo le dije que no.
Al ver que mi determinación era total, me preguntó Antonio:
–¿Y por qué me dices esto?
Y yo le contesté:
–Yo te quiero mucho, pero no te voy a condenar a que trabajes toda la vida para mantenerme.
Y continuábamos yendo a bailar algunas veces a las discotecas y Antonio me regaló un perro, que criábamos juntos, hasta que se fue a Benidorm.

Una historia de amor


Mercedes
Había una vez, en una ciudad a la que todavía no había llegado el ferrocarril, una mujer tan hermosa y tan triste que llamaba la atención de todos los hombres. Su familia era muy rica, pero ella parecía muy infeliz. Todo el mundo conocía a su padre y no había más que rumores en la ciudad sobre lo que podía ocurrir en aquella casa.
Todas las tardes, a la misma hora, la chica pasaba por delante de la taberna y las lenguas de los clientes se desataban. Quien nunca decía nada era el tabernero, Matías. Miraba a Rebeca, sabía su nombre desde la primera vez que la vio pasar, y permanecía en silencio, suspirando con disimulo para que nadie lo advirtiera. Lo cierto es que se había enamorado y sabía también que era un amor imposible, pues él era pobre.
Un día que Rebeca no pasó por delante de la taberna a su hora y que, sin poder evitarlo, Matías bebió y bebió del tonel hasta no poder más, se lo confesó todo a la madre al llegar a su casa.
–Madre, tengo que confesarle mi estupidez: me he ido a enamorar de una niña que no es de nuestra clase y que nunca me aceptará. Estoy cada día más loco y más desesperado. Me tengo miedo. Es hermosa como una mañana de verano.
–¿De quién hablas, hijo mío? –preguntó muy asustada ella.
–De Rebeca, la hija del Capitán Chuletas –le llamaban así por algo que había ocurrido en la guerra de Cuba.
Perdió el color la madre y a punto estuvo de perder también el conocimiento.
–Tengo que decirte algo muy grave, hijo mío: Yo trabajé, para mi desgracia, en la casa del Capitán Chuletas. Mis padres no tenían para comer y me mandaron a servir. El Capitán ya bebía mucho por entonces, más incluso que ahora. Una noche, yo le había oído llegar dando voces y borracho como un cosaco, se abrió la puerta de mi habitación de criada y allí estaba él. Lo que ocurrió aquella noche me ha avergonzado siempre: si no hubiera sido por ti, me habría matado. Porque tú eres hijo de aquella violación y fuiste mi consuelo desde el primer momento. Me echaron a la calle cuando se supo que estaba embarazada y no han vuelto a dirigirme la palabra desde entonces, ni yo a ellos.
A oír esta confesión el pobre muchacho quiso morirse. Si ya estaba medio loco de amor, ahora se estaba volviendo loco de rabia, de confusión, de odio, de pena.
La desesperación le iluminó el camino y pidió votos en el convento de los Dominicos de la ciudad, Stª María de las Gracias. Allí aprendió a cocinar, encargándose también de la bodega. Un día que el prior estaba de viaje, se había ido al capítulo provincial con otros frailes, le tocó al padre Matías entrar en el confesionario. A oscuras como estaba, y con los ojos cerrados, la primera voz que oyó tras la rejilla le asustó de tal manera que creyó enloquecer. No podía ser de otra mujer aquella voz que de Rebeca, una mujer ahora en plena madurez.
Lo que oyó después le produjo tal conmoción que creyó desmayar.
–Padre, no soy virgen, mi propio padre me ha violado repetidamente. No me atrevía a decírselo a nadie, pero ya no puedo vivir con esta culpa.
La mujer se calló, el fraile tampoco podía pronunciar palabra, hasta que, en un momento, ella creyó oír unos sollozos mientras escuchaba el ego te absolvo a peccatis tuis de labios del confesor.
De lo que ocurrió aquella noche, lo único que trascendió ha sido el cadáver del Capitán Chuletas. Había sido asesinado con su propia pistola, en su propia casa. Alguien pareció haber visto salir de la casa a un fraile dominico con la capa cubriéndole el rostro, pero preguntada la hija por esta circunstancia, afirmó a la policía que nadie los había visitado aquella noche.
Eran tantos los enemigos del Capitán Chuletas que la policía no terminó nunca de hacer pesquisas.
Lo que sí es cierto es que su hija Rebeca nunca cambió ya de confesor, después de aquella primera vez que tanto le costara sincerarse con el P. Matías.

Mi elefante


Rosa
Yo sueño más despierta que dormida. En la penumbra, aparcada mi silla en medio del vestíbulo –me dicen que sonrío y lloro a veces– me voy con mi elefante a la selva.
El elefante que sueño, que es rosa y muy tierno, grande y pacífico como un lago, suele estar muy triste porque le gusta la compañía. Los suyos no le hacen mucho caso porque es feo.
Un elefante rosa en medio de una manada de serios y grandotes elefantes pardos es un poco ridículo y por eso él se aparta y come solo por ahí.
Un día soñé que tenía que arreglar esto y, en vez de irme sola a la selva, me fui con una excursión de niños. Encontramos al elefante rosa al borde de la depresión, de tan solo como se sentía. Pero fue vernos y se puso a dar saltos de alegría. Era graciosísimo, lo veías saltar y no te lo podías creer.
El elefante ya no podía separarse de nosotros. ¿Qué pasó? Que la excursión era una excursión de colegio y yo tenía que devolver por la tarde a los niños a sus casas si no quería tener problemas con los padres.
Pero el elefante se negaba a quedarse solo. Decía que nosotros éramos su manada, todos tan diferentes, y quería que le prestásemos un jersey y unos pantalones vaqueros para ponerse bonito. Pero, como era una excursión para un día, no llevábamos ropa de repuesto.
¿Qué hacer, entonces? No le podíamos dejar solo allí, sus lágrimas estaban inundando la selva. Lo subimos al autobús y lo vestimos en el Corte Inglés de El Bercial para no escandalizar y le buscamos habitación en Trabenco, en el colegio, de guarda, que así estaría acompañado todo el día por los niños y tranquilo durante la noche.
Y yo, por supuesto, para soñar con mi elefante rosa, ya no tendría que darme esas palizas yendo hasta la selva. Ahora sería mi vecino. Quedó contento mi elefante con el cambio y yo también. Además, en la selva hay muchos leones y otros animales con púas que hacen los sueños muy incómodos.
Y mi elefante, si echa de menos a los suyos, que yo sé lo que es eso, podrá visitarlos cuando quiera. No tiene más que coger el autobús.

Miedo


Peva
Las personas vivimos llenas de insatisfacciones. Durante toda la vida nos acompaña esa sensación tan familiar de carecer de algo, y más desde que nos bombardean con publicidad como si nuestra casa fuese una aldea afgana. Sentimos que algo nos falta, o alguien, y así nos joden hasta los mejores momentos de la vida. Y terminaremos muriéndonos sin encontrarlo.
O sea, que nos pasamos la vida con este desasosiego que te cagas, porque casi nunca se consigue nada de lo que se busca, no ya en las tiendas, tampoco en la vida diaria de las emociones. Nos prometen llegar a todas partes en vuelos a bajo coste o en cruceros de saldo, y así calmar esta especie de vacío que nos corroe las entrañas.
Y el caso es que todo el mundo vuela o navega –los que pueden, claro– a los lugares más insospechados, pero vuelven igual de desasosegados de la pobreza de los demás, aquellos que visitan países exóticos desde su despilfarro.
Ya digo, no es mi caso, pero vivo igual de insatisfecha que los que viajan. El caso es que yo navego de otra manera, pero movida por la misma insatisfacción. No es la nuestra la época de Colón o Magallanes y tantos, pero lo que es navegar, ahora todo el mundo navegamos. No nos hace falta más que una pantallita para irnos a tomar por culo.
Eso sí, con la inestimable ayuda de un ratoncito, que yo llamo Mickey. Por cierto, mi ratoncito nunca fue un insatisfecho, se le ve feliz, aunque es un poco alocado. Es lo que tiene ser Mickey y ser mi fantasía, que yo no hago una fantasía de animal para ser una cosa amargada, perdería toda su magia y sería insoportable. Un animal de compañía amargado sería lo peor para personas como yo, no tan joven como mi Mickey y llena de miedos.
Porque en mi vida hubo siempre muchos miedos. Con el tiempo he aprendido a vivir con ellos. He conseguido identificar sus fuentes, disculpar su existencia, hacer que jueguen conmigo en terreno favorable y, cómo no, tomármelos como una broma de la vida.
El síndrome del miedo me ha atacado durante todos los días de mi vida, vivo en un cuerpo que no se fabricó para hacer heroicidades. Pero el caso es que con el tiempo he ido perdiendo bastantes reflejos en lo que es mi quehacer cotidiano y ya no soy esa chica de ayer.
No es que antes me comiera el mundo –si sé tanto de insatisfacciones es porque nunca conseguía todo lo que me proponía–, pero ahora nunca paso ya de comerme ni la mitad, y gracias. Y no tardará en llegar el día en que el mundo me devore a mí, ¡cosas de la vida!
Pero a eso no le tengo miedo, al final del camino. Lo que me da pavor son estos últimos tramos, en los que no hago más que tropezar y romperme los huesos.
Eso sí, lo del miedo al ridículo me acompaña desde mi más remota infancia. Recuerdo que por entonces ya miraba a los otros niños correr y veía en ellos algo que, por más que me miraba y remiraba, yo no tenía. No tenía sus piernas entonces y no las tengo ahora.
Mi miedo al ridículo ahora ha cambiado un poco y se concreta más en no dejar traslucir mis insatisfacciones, en que no se note mucho todo lo que echo de menos. Por eso que navego tanto y leo tanto, para vivir en las vidas de otros lo que yo no tengo.

El camino


Rosa
Jorge es un caminante desde el vientre de su madre, que lo llevaba a las marchas antiOtan exhibiendo su barriga desnuda porque estaba muy orgullosa del niño que crecía dentro.
Y cuando Jorge salió a este mundo ya sabía andar, como es lógico. Nunca se ha detenido, de momento, y duerme mientras camina. Es un vencejo sin alas, pero con mucho corazón.
En la orilla del camino ha encontrado muchas necesidades, niños sin pan, ancianos o animales sin agua, hombres sin trabajo y sin esperanza, buitres sin carroña y creyentes sin dioses.
Pero el camino también ha enseñado a Jorge a remediarlos. El camino mismo, no los márgenes. Porque Jorge también ha encontrado en los márgenes muchos paraísos, montañas de nieve, lagos de plata, playas en calma, ciudades con palmeras y centros acogedores para los más necesitados.
Los paraísos ocupan los márgenes, como la miseria, pero en el camino no hay miseria ni utopías. Acaso tampoco hay esperanza, pero cada niño que se pone de pie y, desde su hambre, se incorpora a la corriente del camino, cada animal que bebe agua y continúa caminando, cada anciano que se levanta para caminar un tramo más, cada creyente que por fin encuentra a su dios en el camino y no es el trabajo o el dinero y comparte su esperanza con los buitres que planean siguiendo la corriente, cada mujer que se atreve a concebir, cada uno de estos milagros de los caminantes dibuja otra sonrisa en el rostro de Jorge, que continúa caminando feliz.
Porque Jorge es un caminante feliz.

Ojos fijos


MaryMar
MaryMar tiene fijos en ella cuatro ojos que han sufrido mucho, pero que afirman a la par, y sin dudarlo, que nadie les ha hecho daño.
Son los ojos de Ramón y de Nacho, ninguno de los dos quiere echarle la culpa a nadie de sus sufrimientos.
A las preguntas de MaryMar, ellos siempre responden que nadie les hizo sufrir jamás por crueldad.
–Admirable –concluye al fin MaryMar–, cada cual somos responsables también de nuestras desgracias. A nadie podemos hacer responsables de nuestro dolor o de nuestras tristezas, salvo si no nos divertimos.
–Ahí te veo bien, MaryMar, –contesta Ramón– porque la diversión y la fiesta hacen que en nuestra vida se haga justicia, que el reparto de la felicidad sea efectivo  y que crezca la solidaridad.
–Vaya galimatías –exclama MaryMar, pues no sabe lo que ha podido decir para que el otro saque semejante conclusión.

Cuaderno azul / 18


Carmen
Recuerdo el dulce sabor del chocolate que preparaba mi madre en las mañanas de fiesta, repleto el plato de picatostes para mojar. Estábamos en familia, todos juntos. Y recuerdo aquellos días que terminaban a su lado, aprendiendo mis primeras letras con la libreta Palau. Nunca olvidaré aquel sabor tan intenso del chocolate ni las noches de letras. Estábamos en familia todos juntos y yo me sentía más segura. Y después del chocolate, íbamos a misa.

Todo ocurrió en un suspiro, durante una noche… Recuerdo que estaba bailando en el Folies Bergère, la gente aplaudía con entusiasmo. Alguien del público se me declaró y yo le dije que nones. Él sin embargo me regaló un anillo de esmeraldas que, pasando muchos años, yo me hacía vieja y me veía en la necesidad de venderlo para seguir adelante… Y entonces fue cuando desperté.

Tengo un amigo que es carpintero, con barba rubia, aspecto de pintor bohemio y acento entre extremeño y andaluz, que tiene la virtud de quitarme las penas. Cierta noche se empeñó –es muy polemista– en convencer a la concurrencia que el sol salía antes en Alemania que en España –Que por eso trabajan más los alemanes que nosotros, insistía. En realidad, quería ligar con mi asistente personal, una chica muy guapa que había estado en Munich. Y no dudó en coger el Espasa para demostrarlo y quedar como un señor.

Me gusta Rosa F porque nunca tuvo casa ni el cariño de sus padres, que tanto aprecio yo. Y sin embargo, siempre cuida su aspecto y lleva arreglado su pelo rubio, tiene una gran autoestima. Y me gusta Pilar B por su facilidad para escribir poesía, que a mí me falta. Viajamos junta por Europa durante un verano y nos conocimos mejor. Me admira su vida de continuo esfuerzo y su afición al deporte, una voluntad de hierro que a mí me falta.

Me gusta, sobre todo, indagar en la vida de la gente.

Odio a N por robarme y por insultarme. Y quizá ella me odie a mí porque la ignoro. Su pelo ralo y un gesto algo torcido en su cara me producen temor. Y al mismo tiempo pienso que es una persona digna de lástima, porque nadie la quiso jamás cuando se necesita de verdad, en la cuna.

Y odio levantarme de la mullida cama. Qué calentita se está ahí dentro, sin temor al frío invierno. Y odio perder el tiempo ordenando cosas porque yo amo el desorden. Pero odio sobre todas las cosas a N, aunque nunca me atreveré a enfrentarme a ella.

Rosa


Isabel
Hola, Rosa, soy Isa. Estoy enfadada contigo por haberte ido así, sin más, y después de unos meses tan malos.
Me hubiera gustado mucho volver a verte feliz, pero no ha sido posible. Siento mucho tu marcha, estabas muy malita.
Cuando iba a tu cuarto siempre estabas leyendo, no te cansabas nunca de leer. Tenías una biblioteca llena de libros, algunos muy gordos, la biografía de Gandhi… O el CD del Quijote, que lo escuchabas con los cascos en la sala de ordenadores.
Yo leo, pero no como tú, me canso de leer y enseguida me lloran los ojos. Como ahora, que lloro por ti.
Me he quedado muy triste, he sentido mucho tu fallecimiento.
Me acuerdo que cuando estabas malita, abrías los ojos, y algunas veces decías: ¡Ay, madre mía! Te preguntaba: Rosa ¿que te pasa? Y tú volvías a cerrar los ojos y no querías hablar, como si no quisieras saber nada ya de este mundo.
También recuerdo que antes de estar enferma hablabas con todos, te reías y eras muy graciosa, hará de esto ya más de un año.
Cuando murió tu madre tenías obsesión por ella y siempre la estabas recordando. Y así, poco a poco, fuiste enfermando.
Rosa, por una parte me alegro de que te hayas ido, para que así tengas todo el tiempo del mundo para leer allí arriba en el cielo, pero por otra lo siento mucho, por no poder volver a verte.
¡Un beso! ¡Te quiero!

Violencia


Rosa
Benito ha vuelto del trabajo y, como todas las tardes, se ha encerrado en la buhardilla sin saludar. Allí se entretiene con cacharros de electrónica, el único misterio que le conmueve. A María le han vuelto a asustar los portazos que ha dado su marido al entrar y salir, como todas las tardes. Y Ester se ha largado a la calle apenas ha oído que llegaba su padre.
La cena, por fin, reúne a la familia en la cocina.
–Otro día sin verte el careto, papá, ya no te reconozco en la mesa –reprocha Ester.
–Ester, calla y come –ordena María.
–Nuestras cenas son cada vez más divertidas –insiste Ester–. Menos mal que duran poco.
Benito no ha abierto la boca, como siempre. Sabe que las dos están más que incómodas, que están asustadas, pero le importa tres rábanos. Además, ni sabe como ha podido llegar a ocurrir, nunca las ha pegado. Su trato es tan distante, sin embargo, que siente que las dos le molestan.
–He olvidado hasta la manera de joderos –afirma como sin querer Benito–. Viviría mejor solo con mi perro, los perros no hacen reproches.
–¿Y por qué le pegas? A lo mejor termina mordiéndote –su hija no se calla.
María ya estaba muy asustada cuando su marido estalla por fin esta noche.
–Sois las dos unas mierdas y tenéis la mierda que os merecéis –y Benito se levanta de la mesa y se vuelve a la buhardilla.
En ese momento María toma la decisión de su vida.
–Vámonos –le ordena a su hija.
–¿Pero dónde? –pregunta Ester, que ha comprendido.
–¿Qué te produce más miedo, tu padre o la calle?
–Mi padre.
–Pues vámonos.
María sabe que las tarjetas siempre las controló su marido y que las llevará encima, en la cartera. Pero no importa. Fuera de esta casa no tendrá más miedo que dentro.