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Aviso para navegantes

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Un médico naturista me ha dicho que lo mío ha sido un aviso, para que me tome la vida con más calma.
Mi esposa me decía que esto de irritarte por nada, de tomarte todo tan a pecho, de hacer tantas horas extras y de ir corriendo a todas partes te va a pedir cuentas el día de mañana.
Y ese día llegó en la forma de un aire (como se decía antes) o una parálisis facial periférica como se la conoce ahora… En resumen un nervio de la zona derecha de la cara que dejó de funcionar y que se llevó por delante el movimiento de cejas y párpados, me dejó la boca torcida y reseca, ruidos extraños en el oído y un parche en el ojo si quería evitar arrancármelos por los picores tan tremendos.
A los cinco meses del aviso, habiendo tocado los palillos que la Seguridad Social nos ofrece, que son tan lentos que todavía estoy esperando que me llamen de Hospital para la rehabilitación, después de tomarme un montón de patillas, gastarme un dinero en sendos fisioterapeuta y homeópata particulares, tirarme las horas muertas delante de un espejo haciendo muecas, evitar el trato con los demás para que no me pregunten qué me ha pasado en la cara… el espejo y la gente me dicen que estoy volviendo a la normalidad.
Una normalidad un tanto relativa, porque no soy capaz de tomarme un café con leche sin que se me vierta en la camisa, ni subir las cejas, ni cerrar del todo los párpados… por lo que dudo de si llegará a ser completa y en cuanto tiempo.
De una cosa estoy seguro y es que de ahora en adelante me voy a tomar la vida más calma…por la cuenta que me tiene.

En la Cena de Navidad de la U.P.L., Curso 2011-2012

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Ya es por fin la Navidad,
Esta fiesta tan bonita,
Y con ella está la cita
A esta cena de hermandad.

Un descanso en el camino
Con el curso funcionando,
Donde vamos procurando
Cada clase hilar más fino.

Hemos sido nuevamente
Por la U.P.L. convocado
Y su equipo dirigente,
Capaz y compenetrado.

Un equipo de una pieza,
Con ganas de trabajar,
Tomás, Juani, Mari-Mar,
Con Andrés a la cabeza.

El motivo siempre ha sido
De esta cena tan potente
Que se congregue la gente
Del proyecto compartido.

Cada cual lo que ha querido
En la cena ha degustado,
Para unos fue pescado
Para otros carne ha sido.

Con salir de lo ordinario
Esta cena tan copiosa,
El motivo de mi glosa
Es hablar del voluntario.

Que se olvida de si mismo
Y al otro echa una mano
Y le trata como hermano
Y le aleja el pesimismo

Con su granito de arena.
Unas horas por semana
En dar las clases se afana,
Pues le merece la pena

Compartir conocimiento,
Que todo el mundo agradece
Y a él también le favorece,
Pues le llena de contento.

Es asunto incuestionable
Que resulta el voluntario
El primer beneficiario
De su labor admirable.

La cuestión es evidente:
Si tú quieres enseñar,
Te tienes que preparar
La clase primeramente.

De lo dicho se desprende
La siguiente conclusión:
El que explica la lección
Es el primero que aprende.

No solo al conocimiento
Las clases las dedicamos,
Que también nos ocupamos
En compartir sentimientos.

Si la cosa viene a cuento
Nuestras cuitas las contamos,
Cada vez que las “soltamos”
Nos sentimos más contentos.

De la U.P.L. es misión,
Y el principal objetivo,
El sentir que estamos vivos
Suscitando la ilusión

Con el otro compartida
En amable convivencia,
Porque en ella está la ciencia
Que nos alegra la vida.

En esta labor estamos
Codo a codo trabajando,
Y en cada clase aportando
Todo aquello que sepamos.

Si no me fallan las cuentas,
En el momento presente
El grupo de buena gente
Sumamos ya los noventa.

Como me estoy alargando
Y se mueven ya los culos,
Con otra estrofa calculo
Que debo ir terminando.

Os lo pido por favor
Que seáis muy felices,
De corazón os lo dice
Vuestro humilde trovador.


Una nueva forma de amor

Adredista 2 La soledad en este barrio de lujo de la zona norte de Madrid, sin seres humanos a mi alrededor que me necesiten y en la compañía de un hombre que se pasa la vida leyendo, se me hace insoportable.
Hemos convivido lo mejor posible, él, Luis, prisionero feliz en la biblioteca heredada de sus padres–ni en tres vidas llegaría a leer todos los libros que tiene– y yo cada vez mas desgraciada en un entorno que me resulta inhóspito.
He salido huyendo de esta jaula de oro, rodeada de medidas de seguridad pero ausente de calor humano, hasta un lugar muy lejos de Madrid.
En Bombay la gente vive en las calles. Cada grifo es un cuarto de aseo comunitario y cada trozo de acera el dormitorio familiar. Me he acostumbrado a dormir poco y comer menos, porque dormir es morir a plazos y comer un lujo que apenas me puedo permitir sin que me remuerda hasta el fondo mi conciencia.
Hay una familia –que conozco de viajes anteriores–que vive debajo de un puente, rodeada de basuras y de ratas, y a donde se baja por una pendiente donde caerse rodando es peligroso porque vas a parar a un riachuelo de aguas putrefactas. Los padres y sus cuatro hijos me reciben con los brazos abiertos y me invitan a compartir con ellos un cuenco de arroz cocido, que debemos tomar con las manos a puñaditos pequeños
A pesar de la miseria que te rodea por todas partes –menos en los barrios lujosos, que no frecuento porque me recuerdan el mío de La Moraleja– la gente vive con una alegría inexplicable donde lo religioso tiene un papel fundamental.
Me hace una triste gracia cuando en España se dice que en India ya podrían comerse las vacas: si es que las pobres, al menos las que yo he visto, están tan flacas, son tan puros huesos envueltos en pellejos incomestibles, que poca hambre les podría quitar.
A Luis le llamo para recordarle que le quiero, pero lo hago muy de tarde en tarde, porque pienso que cada rupia que me gasto en llamadas son unos granos que les estoy quitando a esta gente de sus bocas. Y aquí estoy hasta que se me acaba el dinero.
He vuelto a mi cárcel de oro, donde me repongo de una terrible gastroenteritis. Luis ya se va acostumbrando a este tipo de dolencias y se sienta a la cabecera de mi cama y me lee –mientras veo la Sierra de Navacerrada más allá del jardín– obras de Rudiard Kipling referidas a la India o la biografía de la madre Teresa de Calcuta o La ciudad de la Alegría de Dominique Lapierre.
Luis y yo nos amamos y respetamos nuestra libertad, porque los dos sabemos que en cuanto mis huesos se recubran con un poco de carne nos vamos a separar de nuevo.
Yo en busca de mi felicidad en horizontes de pobreza y calor humano, lejos de La Moraleja, y él disfrutando de la suya dentro de sus jaula de oro, sin despegarse de sus libros.
Quizás hayamos descubierto una nueva forma de amor.

¡NO SOPORTO LAS PATATAS FRITAS!

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Mi suegro se conformaba con poquita cosa: unas chuletitas de cordero lechal no muy pasadas, unas pescadillitas de roscar que se muerden la cola, unas croquetitas de bonito, una tortillita francesa de dos huevos… pero, eso sí, preparado al momento por su hija y acompañando con una buena ración de patatas fritas.

De cualquier alimento podría prescindir, pero las patatas fritas eran tan sagradas como... la última voluntad de un amigo del alma que, aferrándose a tus manos con las suyas heladas y con una mirada lejana y vidriosa... va y te pide con un hilo de voz que te preocupes de su esposa, que está con el Alzheimer, de su perrita Cuqui, de sus peces de colores...
Tales reminiscencias de siglos de opresión a la mujer, y en este caso, de mi suegro a su hija Cándida, nos obligaban, domingos y festivos (que es cuando la permitía salir de paseo con su novio) a dejar a los amigos con la palabra en la boca, las películas sin terminar y expuestos a ser atropellado por andar corriendo por las calles para estar de vuelta a casa, en Leganés, a las diez en punto.
Después de que mi suegro pasara a mejor vida –cosa que dudo mucho, porque mejor que con su hija no va a estar en ningún sitio– y después de que nosotros, ya jubilados, no tenemos que estar con hora en ninguna parte, hay una cosa que me sorprende, que no acabo de encajar y que me lleva los demonios, y es que mi Cándida, por extraño que les parezca, mantiene la costumbre de recogerse temprano por las noches.
Una costumbre que me hace dudar de si las patatas fritas no serían más que una excusa para ocultar alguna fobia, como excusas son cuando ahora dice que a los viejos no se nos ha perdido nada de noche por las calles, que a las diez en la cama estés y que al que madruga Dios le ayuda... El caso es que, antes por una cosa y ahora por otras, me ha tenido enredado todo el tiempo y no he sabido qué se ha guisado en la movida nocturna de Leganés ni en la movida nocturna de ninguna parte…
Si en los tiempos que corren, donde la mujer por suerte va pisando más fuerte en nuestra sociedad, veis a un señor de unos setenta años, con pantalones vaqueros sujetos con tirantes y una camisa de franela a cuadros rojos y negros, deambulado por los bares de Parque Sur y al que los vigilantes le tienen que echar por ser la hora de cierre, no penséis que le patinan las neuronas o que no tiene donde pasar la noche... Soy yo, que intento recuperar el tiempo perdido...
De una cosa podéis estar seguros, y es que no me veréis nunca con un plato de patatas fritas por delante.

Roberto


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No me explico mis lágrimas cuando enterraban a Roberto. La verdad es que no sentía ninguna pena, quizá una ligera nostalgia de los tiempos de noviazgo, cuando me amaba más que a la bebida. Después pasé del amor a la indiferencia. De aquí, a no soportarle, para luego caer en un odio seco y profundo.
Roberto ya no está, el tirano ha desaparecido, la cirrosis se lo ha llevado, y con él, mas de cuarenta años de sufrimientos. Soy libre de entrar o salir de casa cuando me parezca, podré dormir sin sobresaltos, ir a la peluquería sin darle explicaciones y comprarme algún capricho sin suplicarle su dinero. A nadie debo dar cuenta de mis actos. Solo a mi hija, si me parece, que ella sabe comprenderme, juntas nos hemos tragado muchas lágrimas.
Mi vida tiene grietas muy profundas, como las casas destartaladas que se ven desde mi ventana. Los vecinos se marcharon para la ciudad hace mucho. Y los lagartos, que en verano subían veloces por los muros derruidos, no alcanzo a verlos. La única nota de color está en el almendro, que viene anunciando, presuroso, la primavera.
Todo mi entorno me parece viejo y caduco. Mis escasas amigas me han ido dejando: Pura y Antonia han muerto, Rosa está en una residencia, solo me queda Adela, pero ella tiene a Paco –otro de la misma cuerda que Roberto– que no le gusta que hable conmigo.
El sonido del timbre de la puerta me sobresalta ¿Qué tendrá ese artilugio que me aterra? ¿Quizá porque piense que él pueda presentarse aún?
Es mi hija Amparo que, sin dejarme respirar, me zarandea.
–¡Mamá, tengo que decirte algo maravilloso! ¡Vas a tener tu primer nieto! ¡El médico me ha dicho que será un niño!
La noticia –dos veces frustrada por palizas que ella sentía como propias– me hubiera hecho caer al suelo, de no estar apoyada en su hombro. Y me repite:
–Mamá, voy a ser madre y tú, abuela, ¡la abuela más buena y más cariñosa del mundo!
A través de los cristales del salón, testigo mudo de tantas noches en blanco, observo con curiosidad el paisaje de siempre como si fuera la primera vez. En la zona umbría del muro veo una suave mancha de verdín, que parece surgida de pronto. El almendro me saluda en cientos de sonrisas blancas.
Mi hija a mi lado calla, sonríe y llora. Cogidas de las manos me dice:
–¡Mamá! Hemos pensado Alfredo y yo que seas tú la que elijas el nombre del niño.
A veces tengo reacciones que no comprendo. De no ser así, ¿cómo se explican mis lagrimas en el momento de mi liberación? ¿Y cómo puede ser que en la paz de un hogar, ahora sin violencias, se haya escapado de mis labios un nombre cien veces maldito?
–¡Roberto! Así es, hija mía, como quiero que se llame mi nieto.

Manifiesto saltamontes, la crítica

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Cuando Marcel Proust dijo aquello de que “un buen libro puede cambiar el curso de una vida” estaba pensando en el Manifiesto Saltamontes de nuestra querida Carmen Soria Lascorz, que sus amigos presentamos hoy, en este marco incomparable de la FNAC, como primicia mundial.
Un libro que no es Lo que el viento se llevó, donde todo el mundo depende de la protagonista para que les saque las castañas del fuego, (lo contrario que nuestra Saltamontes, que depende de todos para salir adelante) y porque lo que se lee en cada una de sus 206 páginas no hay viento que se lo pueda llevar de nuestro corazón.
Algún parecido sí hay, que Escarlata O’Hara, una tarde reseca con un fondo de nubes rojizas sobre un cerro polvoriento, en actitud desafiante, la melena al viento, con un poco de la tierra roja de Tara en su puño cerrado amenazando el Cielo en un rebote importante contra Dios –porque la vida se le había puesto muy cuesta arriba– se atrevió a desafiar a la Divina Providencia diciendo aquello de: “A Dios pongo por testigo de que nunca volveré a pasar hambre”, palabras para mi muy discutibles porque nadie sabe con certeza qué va a ser de nosotros dentro de media hora… y una queja amarga y dolorosa, también, de nuestra protagonista, que acusa al Creador de no ser justo con sus criaturas, al permitir que a los malos les vaya bien y a los buenos no les salga una a derechas…
De los libros que he leído en mi vida, no recuerdo uno en que la protagonista se ponga tan de vuelta y media a cada salto de página. Si no supiera que es una bendita que lo aguanta todo, como me ha demostrado en los quince años largos que la vengo tratando en el taller de escritura de los lunes en CAMF de Leganés, en el programa de radio ECO Leganés y demás saraos literarios, pensaría que el Manifiesto está hablando de una persona muy distinta.
Es un libro, que recomiendo que leáis, en la seguridad de que no tiene una sola página con desperdicio, porque nos habla de la vida de un ser humano que desde su nacimiento ha estado luchando, con las armas de su indefensión, por ocupar un puesto en esta sociedad adversa en la que entró de cabeza, que se la apretaron demasiado con fórceps, y con malos pies, que nunca les sirvieron para andar como es debido.
La señora María, su santa madre, cuando ya le habían cortado la pierna izquierda y estaba ciega, le dijo a su hija, nuestra querida saltamontes: “Mari Carmen: no sabes hacer el juego y por eso estamos tan mal” No seré yo quien se atreva a interpretar el sentido de la frase, cuando la hija creía que su madre deliraba, pero se me ocurre pensar que quizá una carta mal jugada fue cuando, valiéndose de lágrimas engañosas y artimañas sutiles, consiguió que sus padres la sacaran del Sanatorio Marino de Górliz… Emplearé sus mismas palabras:
Había vuelto a casa, lo que había deseado durante los ocho o nueve meses de encierro. Habían tenido por fin éxito mis estrategias de boicot y les había engañado a todos. Pero ahora, otra vez en brazos de mi madre, oía sus cariños y no paraba de llorar porque intuía que me estaba equivocando, que no tenía que estar allí. Siempre he sido la contradicción en persona.
Pobre ingenua, mi mami: en casa nunca había hecho nada y continué sin hacer nada.
Tú mami, me tendrás que perdonar, porque aquello podría haber salido bien y podría haberte salvado de muchos sufrimientos, pero hice lo que me habías enseñado, o sea, nada.
Pasado el tiempo, su frase favorita era: “si yo te hubiera dejado en Górliz, profesora”.
Un capitulo, el tercero, que me ha producido una tremenda congoja y una cierta irritación contra la familia y contra mí mismo, porque me he visto retratado en cada uno de ellos: La hija que hace chantaje emocional a los padres con la tremenda fuerza de sus lágrimas; la madre que se deja vencer por su hija y por sus propios sentimientos, a sabiendas de que se está equivocando, y el padre que tiene muy claro que es un disparate sacar a la niña, “ porque la había visto reptar por el suelo como una lagartija y andar agarrada a los barrotes de las camas”, pero que cede ante la unión de las dos voluntades, que serán una piña para el resto de sus vidas.
A partir del siempre soñado Sanatorio Marino de Górliz, un Vía Crucis interminable por hospitales, residencias, gimnasios, cambios de domicilio, un no acabar de caídas, pinchazos, intervenciones quirúrgicas, conejillo de indias para experiencias quirúrgicas dolorosísimas, que la dejaban peor que antes. Y como telón de fondo, el sufrimiento de sus padres y de su hermano, sufrimiento del que ella se considera culpable, hasta el punto de repetir con demasiada frecuencia a los que la tratamos que mejor hubiera sido que la hubieran tirado por el monte Teijeto nada más nacer…
Es un libro grande porque te hace reflexionar sobre el valor de las cosas pequeñas: Cosas tan simples como levantarnos cada mañana, ir al servicio, tomar una ducha, lavarnos los dientes, disfrutar de un buen desayuno, ir a trabajar o venir al cine a Parque Sur; sentarte en un taburete para tomarte una cerveza muy fría o un café muy caliente sin usar una pajita y sin que se te caiga el líquido por encima; ir al servicio cuando lo necesites sin que otro te tenga que bajar los pantalones, y no digamos nada de ir a la playa o a la piscina o a la montaña sin ayuda de nadie y sin montar un numerito por todas partes…
Escuchemos lo que dice Carmen a este respecto:
La gente siempre nos ha mirado con cara de lastima. En la escuela, en el parque, en la playa, en la calle, en el cine o en las discotecas, es decir, en todas partes, menos en los sitios donde estamos recluidos.
Tengo la impresión de estar siempre estorbando, como si tuviera la sensación de pedir perdón por estar en este mundo.
No os podéis imaginar lo aburrido que resulta vivir desde que tienes uso de razón siempre con los mismos tipos marginados y frustrados, verlos crecer a tu lado y morir a tu lado, sin oportunidades, sin futuro, siempre lamentándose, siempre dando pena.
Pero retomemos el hilo de la crítica. Una persona a la que quiero, me dijo con los ojos empañados al terminar de leer Manifiesto saltamontes: “¡Qué vida más triste y qué pena tan grande!”
Yo pienso que ni Mari Carmen ni sus padres ni ningún ser humano a quienes la vida le ha tratado a zarpazos está dejado de las manos de Dios, que estas cosas tan terribles no tienen que pasar porque sí y que algún día se nos dará una explicación. De lo que estoy seguro es que Dios, como se ve en la película Qué bello es vivir siempre está dispuesto a mandarnos un Ángel antes de tirarnos, o de que nos tiren, por el despeñadero del monte Taijeto.
Tomaré del libro algunos de los ángeles que Dios le ha ido enviando a nuestra Carmen Soria hasta el momento: En primer lugar a sus padres que lo dieron todo por verla feliz; a su hermano Enrique aquí presente: “el hermano más paciente y cariñoso del mundo”; su prima Elvira que hizo muchas veces de hermana y de madre durante los primeros años de su vida; Amparo la fisio de Górliz “que fue su luz en el Sanatorio”; El doctor Magaz, de la Clínica San Carlos que “con su sentido común regaló un poco de esperanza a mi padre”. La profesora Carmen Cárcamo que le dijo cuando ya tenía 18 años: “¡Ay qué bien estaríamos con gente que supiera la mitad que tú”; Gloria Maribán otra profesora que la animó a que siguiera escribiendo porque aseguraba que lo hacía muy bien; María Victoria (Vicky) la asistente incansable, “una mujer que admiro, una fuerza de la naturaleza”; “Mis amigos de Alcuesca, los mejores amigos de toda mi vida: Adolfo Rulfo por ejemplo, pues no he conocido a nadie que me haya enseñado tanto a pesar de nunca haberlo tratado con la consideración que se merecía”; o Mercedes, “su alma gemela”; su directora de teatro Mayka “que si se lo hubiera pedido seguiría en el centro”; Jesús Garvín un cuidador bajito y manejable del que se enamoró nada más verlo “y que la llevaba partiéndose los riñones por esas cuestas de Dios”; el cubano Gilberto “el más macizo asistente personal que una coja pueda imaginar”; el director de la fundación Matías Herrera de Ávila: un tipo raro, serio, carca, meapilas y demás, pero que “nadie me había tomado tan en serio antes que él”; un fisio muy original Ricardo Munt de la Clínica del trabajo que nunca olvidará; “el ángel que mi mami hizo que pasara por allí, un tipo descomunal, como de dos metros de ancho y otro tanto o más de altura, que me vio caída y se ofreció a echar una mano, una pluma me pareces me dijo mientras me levantaba del suelo”; los grupos de voluntarios de Auxilia, la Frater y demás organizaciones altruistas que se partían el alma cuando la llevaban de excursión por Europa o de vacaciones con gentes de otros países o a darse un buen chapuzón en el mar, montando numeritos increíbles en los que todo el mundo arriesgaba los riñones con tal de que ella se reuniera con su gran amor, el agua… y un largo etcétera de buena gente... Sin olvidar al grupo de escritura de los lunes en el CAMF, que la queremos un montón, con Andrés Mencía a la cabeza; un señor cincuentón, casi calvo, mecenas sin dinero, albañil de las letras, constructor de historias, licenciado en filosofía y generosidad, escritor premiado pero no lo suficiente, que se dice ateo pero que se ha ganado el cielo haciendo de negro con alma blanca para sacar adelante historias como estas (como antes hizo con Ningún Rincón Prohibido, de Pilar Eva Palacios; De Vuelta a Palestina, de José Luis Roldán; o Jaula de Oro, de nuestro llorado Alfonso Gálvez Sánchez, que presentamos aquí mismo ahora hace el año… y un largo etc. que omito porque se va la tarde y ya está bien de tanto chupar micro…
Aún quedan páginas por escribir en la historia de Carmen Soria Lascorz, como nos quedan también páginas en blanco en cada una de las nuestras; solo Aquel ser justo y bondadoso, que apuesta fuerte por sus hijos, conoce el argumento de lo que va a pasar y el desenlace futuro.
Mientras tanto nos toca a los presentes seguir haciendo cosas como esta, para dar a conocer un poco más a esas personas solitarias que deambulan en sillas de ruedas por ParqueSur y que viven ignoradas en centros especiales, y para ir eliminando del diccionario palabras como discapacidad, minusvalías, subnormalidad, diversidad funcional... porque habremos conseguido hacer de este mundo un lugar más cómodo y sin tantas barreras y limitaciones.
Se puede hacer, se debe hacer, en esas estamos y un poco más nos comprometemos, porque en ello nos va nuestro propio bienestar.
¡Buenas tardes! y hacedme el favor de ser felices.

Las coplas del Manifiesto saltamontes











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Como en otras ocasiones
De similares eventos
He venido muy contento
Para ofrecer mis canciones

Ante todo procurando
Con estrofas consonante
Lo que diga en adelante
En el clavo vaya dando

Deseando en lo que hago
Poner un toque de humor
Por amargo que es el trago
Se acepta mucho mejor

Una vez me he presentado
Al tema le meto mano
Que destaca por lo humano
De los muchos comentados

Hoy quisiera hacer la glosa
De un relato muy potente
Del mundo del diferente
En situaciones penosas

Es un texto como pocos
Que al tocarte el corazón
O te vibra de emoción
O yo mucho me equivoco

Donde trata de la historia
De la mujer más humana
Que dio la tierra soriana
Y de nombre Carmen Soria

Cuya vida fue marcada
Al comienzo de sus días
Por la cruel minusvalía
Que la tiene secuestrada

Que tiró para adelante
En este mundo inclemente
Con la ayuda de su gente
En su vida a cada instante

Con virtudes y defectos
Que la cabra tira al monte
Esto dice el manifiesto
Manifiesto saltamontes

Un sinfín de sinsabores
En el texto encontrareis
Si, como espero, seréis
De sus palabras lectores

El dolor que es tan frecuente
En la vida y soslayamos
Hasta el día que topamos
Con la desgracia de frente

Quisiera decir con esto
La verdad que sobrecoge
A todo el mundo nos coge
Lo que cuenta el manifiesto

Que ya ha sido comentado
Por los otros compañeros
En este punto yo quiero
El tirar por otro lado.

Que esta tarde comentemos
Un libro tan importante
En gran parte lo debemos
A un señor que está delante

Un señor que convendría
En el acto hacer mención
Pintan calva la ocasión
Es su nombre Andrés Mencía

Un señor descamisado
Medio calvo y sesentón
Que me tiene enamorado
Porque es todo corazón

Que se dice no creyente
Y a pulso se gana el cielo
Que lleva mucho currelo
Escribir con diferentes

Exagerado no he sido
Tenéis que tener en cuenta
Que un libro sale de imprenta
Tras un largo recorrido

Todo un curro del carajo
Pero Andrés no se cansa
No cobra la pasta gansa
Y carga con el trabajo

Aparte de Carmen Soria
Que también ha prologado
Yo recuerdo tres historias
En que ha colaborado

El primero que he leído
Con atención y despacio
Es Ningún rincón prohibido
De Pilar Eva Palacio

El siguiente ¡cosa fina!
Escrito en el mismo plan
Fue De vuelta en Palestina
De José Luis Roldán

También el tercero ha sido
Escrito con gran decoro
De nombre Jaula de oro
De Alfonso Gálvez querido

Cuatro vidas diferentes
Con tan solo un objetivo
El mantener siempre vivo
El mundo del deficiente

Que se sienten marginados
En los centros especiales
Y por tanto separados
De los llamados normales

Estas coplas resumiendo
¡Leed las biografías!
Y dejadme para otro día
el libro que estéis leyendo

Alfonso en urgencias

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Alfonso Gálvez Sánchez ha visto cumplidos sus sueños de viajar a Orihuela, sólo que no ha sido en su silla eléctrica, como una vez le dijo a su tío José, ni en tren con su maleta vieja de madera, ni a caballo y con las alforjas al viento, sino con los pies por delante en un coche funerario…
Pero antes de este viaje, ¿definitivo?, Alfonso hizo varias escapadas desde la residencia, que fueron cortadas a tiempo con medidas más o menos agresivas por parte de los médicos del Servicio de Urgencias del Hospital Severo Ochoa de Leganés.
–Le llamo del Hospital Severo Ochoa. ¿Es usted familiar de Alfonso Gálvez?
–…Bueno… No… Un tío, que se interesa por él, vive en Alicante y está muy delicado… Pero… Me ha autorizado a que hable con ustedes.
–Entonces… ¡Haga el favor de presentarse en el servicio de urgencias, que tenemos que hablar con usted!
Esta llamada por parte de los médicos del hospital se fue haciendo rutinaria. Sobre todo, durante el primer semestre de este año dos mil diez. Pero el caso es que Alfonso, contra todo pronóstico, salía adelante de sus crisis una y otra y otra vez.
Una de las veces –después de explicarme una doctora que estaba muy malito: la cara hinchada, la bolsa del drenaje con poca orina y color sangre, las vías ocupadas por la botella de suero y las bolsitas de plástico con medicamentos, el cuerpo retorcido, la cabeza como un trapo, los ojos cerrados– se me ocurrió leerle, con mis labios pegados a su oído derecho, el capítulo de las uvas, sobre quién engaña a quién, de los dos tramposos más celebrados de nuestra literatura… Y os aseguro que su sonrisa llamó la atención de la misma médica que momentos antes daba muy poco por su vida, y de todas las enfermeras.

In memoriam



IN MEMORIAM
En nuestro blog ya hemos ofrecido pinceladas de quién era Alfonso Gálvez Sánchez. Y digo era porque, ¡por fin! y después de haber soñado con volver durante muchos años, en la mañana del diez de julio y despedido por sus amigos del taller de escritura del CAMF, se fue –no a caballo, como le hubiera gustado, si no en un coche fúnebre– a vivir para siempre a su Orihuela eterna.
Es nuestra intención, en homenaje a su memoria y como prueba de agradecimiento por lo mucho que nos ha enseñado en el difícil arte de darle más consistencia a nuestra vida, ir ofreciendo durante este curso que empieza algunas pistas de cómo era, o al menos de cómo nosotros pensamos que era, Alfonso Gálvez por dentro.
Como material de trabajo tengo en mi ordenador docenas de relatos y en mi corazón cientos de recuerdos que os iremos contando como Dios nos dé a entender y como mi memoria me los acerque a las puntas de los dedos.
De momento os puedo asegurar que Alfonso nunca –a pesar de haberse enfrentado muchas veces con la muerte cara a cara– tiró la toalla. Y si digo que se enfrentó con la muerte debo afirmar, porque lo he tratado muy de cerca, que también y sobre todo le plantó cara a la vida…
Y es de su vida, de su manera de ser y su forma de pensar y actuar, de lo que queremos hablar en el blog. Eso sí, de puntillas y con el profundo respeto que nos inspira su memoria.
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