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Contragolpear


Fernando
La revolución no necesariamente tiene que ser tumultuosa. Puede ser como cada uno quiera planteársela, bien para conseguir los fines políticos deseados, bien para conseguir la evolución personal, lo que podría ser la revolución de la humanidad.
¿Y la revolución de los cuerpos, la revolución por conseguir un cuerpo mejor que el de los demás?
Yo tengo en la cabeza dos revoluciones ejemplares, la Revolución Francesa y la Revolución Cubana, una cambió Europa, o sea, sacudió Europa, y la otra sacudió América, está cambiando América. ¿No son cuatro los presidentes hoy que fueron guerrilleros en los años setenta, y otros tres más, si no indios, indigenistas? Aunque visto desde lo que cuentan los periódicos, la Revolución Cubana no ha servido para mucho: si en principio sirvió para derrocar a un dictador, con el tiempo ha instalado en el poder a otro dictador, como si las cosas continuasen en el mismo sitio y el esfuerzo empleado por mejorarlas no hubiese valido para nada. Cierto que no siempre los intentos por lograr cambiar las cosas dan el resultado esperado, pero en America las cosas se mueven, y Hugo Chávez no va a curarse el cáncer a Houston sino a La Habana.
Yo creo que en España estamos empezando a necesitar una revolución que cambie las cosas. Porque lo que estamos perdiendo es libertad, bienestar, autoestima. Estamos entrando en una dinámica que en muy poco tiempo nos cargan el Estado de derecho, o medio derecho, que tanto tiempo nos había costado conseguir. Nos están dando bien con las reformas. ¿Con qué tendremos que contragolpear?

Enfado



Fernando
Beatriz es una chica muy particular. Tiene un carácter tan susceptible que a la más mínima oportunidad, y por la cosa más insignificante, ya se enfada.
Os contaré sólo un enfado, porque toda la lista sería inagotable. Un día a Beatriz se le ocurrió pedirle a su hermana Carmen un vestido estampado que ella se ponía poco porque la gustaba demasiado y quería preservarlo. Y se enfadó como nunca porque, como es lógico, Carmen no la quiso dejar el vestido. Y menos para ir de fiesta, que ni ella se lo ponía cuando salía por ahí.
Esto fue motivo para que Beatriz estuviera sin dirigirle la palabra a su hermana durante meses.
Y un buen día, que a Beatriz se le ha ocurrido irse de viaje –en realidad era un traslado de trabajo a París con muy buena pinta–, su hermana Carmen, para intentar arreglar las cosas, la dice que puede llevarse el vestido que tanto le gusta.
Pero para Beatriz no pasa el tiempo:
–Si la vez que te lo pedí, no me le quisiste dejar, ahora te lo puedes quedar todito para ti –en realidad, en todo este tiempo Beatriz no había esperado otra cosa que la oportunidad de poder decirlo–. Además, en París creo que voy a encontrar algunos incluso más elegantes.
Un sentimiento de culpabilidad invadió a Carmen, y ello a pesar de conocer a Beatriz y sabiendo cómo era.
En fin, que Beatriz es un poco insoportable. Se fue por fin a vivir a París, pero no pasó mucho tiempo sin pedir a su hermana Carmen que, por favor, se viniese unos días con ella, que esto es muy bonito y te va a gustar.
–Aunque no tengo tiempo de nada y se come tan mal que ya echo de menos la comida de casa.
Por supuesto que Carmen se fue unos días con ella, a hacer croquetas y filloas a su hermana.

Venganza


Fernando
Luis tenía un amigo feriante que, sobre todo, se dedicaba a viajar por los pueblos de la provincia de Toledo. Era famosa su caravana con las atracciones de tiro, que si pelotas, que si escopetas y no sé cuantas cosas más. Los niños y los mayores se lo pasaban muy bien jugando en la caravana de José, que así se llamaba el amigo de Luis.
Luis no hacía mucho que se había instalado en Aldea en Cabo. Se había ido a vivir allí con su familia al comienzo de la crisis porque le habían ofrecido un trabajo en Villa Rosario, la vieja residencia de Jacinto Benavente, y no está el patio como para desperdiciar una oportunidad.
Cuando comenzaron las fiestas en Aldea en Cabo y llegaron los feriantes, Luis y su amigo José no podían por menos que encontrarse. Y así reiniciaron una relación que terminaría por tener consecuencias decisivas para ambos, y para ambos nefastas.
Las cosas ocurrieron exactamente así: José estaba con su caravana de atracciones en las fiestas cuando Luis acertó a pasar por allí. Miró al tipo que vendía las tiradas al blanco y su sorpresa fue mayúscula al reconocer a su amigo tras el mostrador.
–¿Pero qué haces tú aquí? –pregunta Luis.
–No me obligues a explicártelo, Luis. que no sabría –en realidad, los dos están sorprendidos.
–¿Y cómo te va en este negocio?
–No tiene misterio, pero con la crisis trabajamos menos y recaudamos mucho menos –se explica José–, es lo que hay. Pero como estoy soltero, tampoco es que necesite mucho.
Al día siguiente se citan en el bar, lejos del ferial. Los amigos se habían conocido en la escuela de Tauromaquia, en Madrid, pero cuando tuvieron que pasar del carretón al novillo lo pensaron mejor. Eso sí, se han hecho unos muy exigentes aficionados, de esos que miran a los pies del torero.
–Tengo entradas para la corrida de esta tarde, te vienes conmigo –le dice Luis a José al despedirse para comer.
–Tendré que irme en la mitad de la tarde, que el negocio hay que atenderlo –José no se puede resistir a la invitación.
Y el último día de la feria, para devolver la atención, es José el que invita a comer a su amigo y la familia. Ya conocía a la mujer de Luis, se la había presentado el primer día en la feria. A la que no conocía era a Silvia, su hija, una muchacha muy tímida y muy seria, y se quedó colgado con ella. José era feriante y arrimarse a una muchacha tenía menos peligro para él que arrimarse a un novillo.
Se inició entre ellos una relación que escandalizó a Luis. No entraba en sus planes que su amigo, un hombre con más cornadas que un burladero, fuera a quedar con su hija.
–No vuelvas a verla, ni a llamarla por teléfono –advirtió muy seriamente a su amigo, al enterarse de aquel disparate.
Y a Silvia le prohibió verse con el feriante.
El caso es que su hija le hizo caso a Luis –en realidad, había roto hacía poco con su novio de toda la vida y estaba un poco desorientada e insegura– y dejó de contestar a las llamadas de José. Pero el feriante no podía olvidar. En realidad, tenía todos los días y todas las noches para recordar a la muchacha y para envenenarse con el responsable de sus tristezas.
Cuando volvió a Aldea en Cabo ya no era para hablar ni para negociar nada. Quería ver a Silvia, pero a quien buscaba era a Luis. Y lo fue a encontrar donde había comenzado todo, en el bar. No discutieron mucho. José no estaba para razones. Sacó una navaja automática, que más parecía un estoque, y apuñaló con descontrol a su amigo allí mismo. Luis murió en el acto.

Rencor




Fernando
A Pilar siempre le gustó el baile, desde pequeña, pero semejante afición no le daba más que disgustos. Hasta el final fue así. Su deseo era ir a una academia para aprender a bailar, pero la idea no le parecía bien a su padre. Él pensaba, y tenía sus razones, que lo mejor para ella era que estudiara otra cosa.
La negativa de su padre provocó que Pilar se fuera de casa muy pronto, con el consiguiente disgusto de sus padres. De nada valió que el padre permitiera que Pilar bailara, si a la vez continuaba estudiando. La hija ya no atendió a razones.
–El baile es la pasión de mi vida. Ni tú ni nadie me va a quitar este sueño –le dijo a su padre
Pilar estará en la academia tres años. Tiene que trabajar noche y día, lo mismo de camarera que de azafata de congresos o de repartidora de pizzas. Su cuerpo está sometido a un ejercicio diario extremo, pues el alquiler, la academia y todo lo tiene que paga con su trabajo.
Al cabo de estos años de esfuerzo se ha convertido en una bailarina deslumbrante, precisa, ligera. Cuando baila es cuando el cuerpo de Pilar descansa, y esto se nota en el escenario. Su cuerpo es pura expresividad, no parece que haya esfuerzo en ninguno de sus pasos.
–Ayer me llamó Alejandro, un amigo de toda la vida –comentó a Pilar su profesor cuando terminaba el curso– Es coreógrafo y busca una bailarina fiable para su compañía. Le he hablado de tus cualidades y tomó nota. Te llamará, no te asustes. Te recomiendo que hagas la prueba con él, no dejes pasar esta oportunidad.
–Gracias, profe, no me asusta bailar. Lo que me asusta es no poder bailar.
–Vas a tener muchas oportunidades.
Alejandro llama a Pilar por fin. La bailarina hace la prueba y el coreógrafo queda maravillado por la plasticidad del cuerpo de la aspirante, por su expresividad, pero sobre todo por la frescura de cualquiera de sus movimientos, lo mismo da el más complejo que el más elemental.
Contrata a Pilar y es a partir de aquí que la vida de ella da un giro total.
El baile ocupa ahora todo el tiempo de Pilar, pero su cuerpo no tiene límites, es una máquina de fascinación.
Tanto y tanto es su talento que Alejandro se acostumbra a exigirle lo imposible, pero Pilar no tiene límites. Ensayos, viajes, representaciones en cada vez teatros más espectaculares. Alejandro se descubre muy pronto colgado por completo de Pilar.
Y a Pilar termina por ocurrirle lo mismo. Nunca lo había sentido como su domador o su torturador. Al contrario, comenzó a agradecer a Alejandro todas y cada una de las imposibles figuras que su cuerpo dibujaba en el aire. Y se enamora perdidamente de él y baila todavía mejor y más ligera.
Alejandro se ha olvidado de que tiene una familia y Pilar se ha olvidado de que su cuerpo es material, de carne y hueso, de este mundo.
Volvían a Madrid, la compañía estrenaba en Madrid de nuevo.
La mujer de Alejandro y madre de sus hijos ha conseguido entrada de butaca en la primera fila para el día del estreno. Comienza el baile y esta mujer también se siente fascinada por la expresividad de la primera bailarina. Avanza la representación y es ya un hechizo lo que siente.
Casi se olvida de lo que ha venido a hacer al teatro. Cuando Pilar se dispone a atacar los últimos movimientos, esta mujer ha abierto su bolso, ha sacado un revolver muy grande para la mano que lo empuña, ha elevado con esfuerzo el cañón y ha disparado. Una única detonación. Fue suficiente. La bailarina, que flotaba, cae pesadamente sobre las tablas, muerta. Los espectadores no se lo pueden creer, no pueden aceptar lo que han visto, que aquella bailarina que flotaba fuese de carne y hueso.
Alejandro es el primero en llegar ante el cuerpo caído de Carmen, para socorrer a su amante. Y ha visto a su mujer, todavía con el revólver en la mano.
–¿Qué has hecho? Has matado al cisne, ¿cómo puedes estar tan llena de rencor?

Un tierno

Fernando
Luis es un tierno. Desde muy pequeño, siempre se expresó con mucha ternura. Principalmente, con su madre, que estaba pendiente de él. Había nacido con síndrome de Down, esa pareja cromosómica que se hace un trío, y por eso que su madre siempre estaba un poco más pendiente de él que de sus otros dos hermanos.
Con sus hermanos, Luis también es un tierno. Y estos se lo pagan ocupándose un poco de él. Sobre todo, su hermana mayor, que se llama Alejandra y es la que se encarga de llevárselo todos los días al colegio especial donde estudia Luis.
Este roce diario con su hermana Alejandra ha hecho que Luis sea especialmente tierno con ella. Y hoy es su cumpleaños, de Alejandra, y la chica está invitando a merendar a sus amigas. Y Luis, que la oye al teléfono, le pide a Alejandra que le invite también a él.
–Me gustan tus amigas casi tanto como me gustas tú –explica a la hermana.
A lo que Alejandra responde:
–Mira, Luis, esta merienda es para mis amigas. Pero te prometo que otro día nos vamos los dos juntos a pasar el día en el parque de atracciones y luego merendamos.
–Pero estaremos solos tú y yo, y yo te tengo muy vista a ti –Luis se queda un poco planchado.
Aunque no lo entiende, Luis está comenzando a acostumbrarse a los no, que es lo peor.
Pero Luis es un tierno y hoy es el cumple de su hermana. Cuando vuelve Alejandra por la noche, él la esta esperando.
Alejandra piensa que Luis todavía estará enfadado. Se equivoca, a Luis ya se le ha pasado la decepción.
–Ven conmigo a mi habitación –ordena Luis, y coge a su hermana de la mano.
Cuando abren la puerta, Alejandra se encuentra con la gran sorpresa del día. Luis ha comprado para ella el ultimo disco de Mägo de Oz, que Alejandra es muy heavy y su hermano lo sabe, más la colección completa de El señor de los anillos, que también es muy de la frikipedia. Las dos cosas le hicieron mucha ilusión a la hermana, a la vez que aumentó su mala conciencia por haberlo fallado, pues nunca pudo imaginar lo importante que era para él.
Alejandra, la heavy, la friki, le dio un gran abrazo a su hermano y le dijo
–Hoy he pasado un día muy bonito y me han regalado muchas cosas. Pero el regalo mas bonito ha sido descubrir que tengo un hermano como tú. Nunca más te fallaré.

Traidor

Fernando
Juan ganaba mucha pasta con su constructora. Recuerda como si fuera ayer el día que le tuvo que decir a su mujer:
–Esta crisis nos va a dejar en pelotas,
–Pues mejor, tú, a ver si así follamos un poco, que es que ni me mirabas últimamente.
Esto fue al comienzo de la crisis. La constructora dejó de construir pisos, despidió a todo cristo, o casi, pero se mantuvo un primer año vendiendo mal que bien lo que estaba ya terminado. Su mujer y él no follaban más, pero no tuvieron que dejar de beber y comer y viajar de lujo, como solían.
A Juan le gustaba el vino especialmente. Y fue precisamente degustando con su mujer una botella de Antonio Moro en el Hotel Villamagna que se encontró con un viejo amigo del colegio.
–Prueba este vino, Andrés, ¿cuánto tiempo hacía que no nos veíamos?
–Desde luego, por aquel tiempo no tenías para vinos de marca y restaurantes de lujo, aunque ya despuntabas en los negocios.
Y los dos amigos recordaron los primeros pasos en esto de hacer dinero, cuando en el colegio vendían a pachas cintas de casset piratas a los compañeros de curso, primero, y después a todo el instituto. Luego fue cuando Andrés contó lo de su ruina:
–He cerrado el concesionario, estoy en suspensión de pagos. Vender un coche hoy es más difícil aún que vender un piso.
–Joder –se sorprendió Juan– esta crisis nos va a dejar a todos tiesos.
–Tengo que conseguir dinero como sea, mi hijo se muere, una inmunodeficiencia que sólo tratan en Houston –el vino no había animado a Andrés.
–En mi constructora también estamos de liquidación. Tengo que reducir costos y abarcar menos para poder resistir. Necesito un hombre de confianza con contactos nuevos, algún contrato salvador, o al menos que me permita mantener la actividad. ¿Andrés, qué puedes ofrecerme en esto?
En aquella cena Juan se ganó un socio comprometido hasta las trancas con su nueva responsabilidad. Y la constructora abrió nuevas vías de negocio que permitieron a su propietario mantenerse en el mercado. Y Andrés se hizo imprescindible para Juan.
Pero las ganancias no eran suficientes para las necesidades de Andrés. Su hijo no podía esperar a que la crisis amainara y su padre mejorara los ingresos familiares.
Cuando comenzó a faltar dinero en los balances, Juan no se lo podía creer.
–Algún banco me está sangrando desde Gibraltar y no consigo dar con la fuga –confesó Juan a su mujer una mala noche.
–¿Has pensado en Andrés? –sugirió ella.
–¡Tú estás loca! ¿Por qué le tienes gato? Es un amigo, es eficiente, nos ha salvado de la ruina.
–Es un moralista, es un arrivista.
–Y tú eres una bruja.
Sin embargo, Juan no pudo menos que repasar el trabajo y las cuentas a las que tenía acceso Andrés. Y descubrió muy pronto el pastel.

Camaradas

Fernando
Pilar y Magdalena no recuerdan haberse separado nunca en la vida. Se conocen desde niñas, se criaron juntas en el pueblo, iban juntas al colegio, a la piscina y al cine de verano, eran inseparables. Cuando comenzaron a verse también en el bar, el pueblo ya se les quedaba pequeño.
La primera decisión importante que tomaron las dos amigas fue irse a Madrid. Alquilan juntas un piso en Moratalaz y buscan trabajo. Magdalena consigue muy pronto trabajo en un bingo por la plaza de Manuel Becerra. Pilar tardó un poco más, y por fin se colocó de camarera. Han tenido suerte, son felices.
Un día Magdalena siente raras y difusas molestias y va al médico. Al principio creyó que sería cosa de la regla, pero pasa el tiempo y no mejora. El cólico nefrítico la sorprende en la cama y no soporta el dolor. Pilar la lleva al hospital y en el Gregorio Marañón les dan la peor noticia de su vida.
Después de muchas pruebas, ecografía, escáner, pero sobre todo análisis, el diagnóstico es demoledor. Magdalena sufre de insuficiencia renal y necesita de diálisis inmediatamente. O sea, ha perdido la libertad, estará de por vida atada a la diálisis. Incluso peor, pues el nefrólogo advierte de que el deterioro de sus riñones es demasiado rápido.
–Magdalena, sólo un trasplante te salvará la vida.
Han sido demasiadas malas noticias en demasiados pocos días, pero Magdalena se resigna. Es hija única y su padre murió siendo ella niña. Su madre, siempre muy delicada, tampoco le sirve de mucha ayuda. Solo tiene a Pilar para apoyarse y solo Pilar la ayuda de verdad y la sostiene.
Pero la lista de espera corre muy lenta, el donante no llega y la que no puede resignarse es Pilar. Observa el deterioro de su amiga y se desespera, la quiere demasiado. Y toma la decisión. De momento no le dice nada a Magdalena por no crearle falsas expectativas. Se hace las pruebas y, cuando el cirujano le asegura que son compatibles, entonces sí.
–Magdalena, el miércoles es tu cumpleaños y te voy a hacer el regalo de tu vida, yo soy así.
En fin, que las operaciones son un éxito y Magdalena vuelve a tener una vida al lado de su amiga.
–¿Y cómo te podré pagar yo esto? –le dice a Pilar un día Magdalena, que está recuperada, ha vuelto a trabajar y por fin vuelve a sonreir.
–Que nunca se te ocurra ponerme los cuernos.

Celos

Fernando
Daniel es joven. Estaba casado y tiene dos hijos. El pueblo es muy bonito. La iglesia románica les da a los paisanos como sabiduría, un algo de prudencia que sólo se aprende con la perspectiva que dan los siglos. Pero tampoco alcanza a librarlos de las pasiones más dañinas.
Todos o casi todos se juntan en el Centro Social y allí pasan la tarde de los domingos, bien charlando o jugando a las cartas, y se toman un café o una cerveza.
Daniel vivía en una casa típica de pueblo, con sus gallinas, su huerto, que le daba las hortalizas y verduras para su consumo. La vida en el campo es un poco aburrida y por eso Daniel y su esposa Magdalena tenían la costumbre de irse algún viernes por la noche al pueblo de al lado, que es cabeza de comarca, con mercado y banco, y hay mas posibilidades de diversión. Pasaban una noche de evasión, bebiendo y bailando y charlando con los amigos, cuando sus obligaciones en el campo se lo permitían.
Daniel y su esposa hacían una pareja muy bien avenida, pues lo que decía el uno le parecía bien al otro todo.
–¿Vamos al cine? –proponía Magdalena.
–¿Qué peli quieres ver? –preguntaba de inmediato Daniel, dispuesto.
Siempre tenían a alguien para dejar a los niños, generalmente los abuelos.
Hacían lo que suele decirse una pareja perfecta.
Todo iba bien entre ellos hasta que en la vida de Magdalena apareció por casualidad Ángel, un antiguo compañero de colegio que por fin había conseguido un traslado a la sucursal comarcal de su banco. Se encontraron un día en el mercado y Daniel observó que se saludaban con mucho entusiasmo.
–De niños éramos inseparables –le explicó Magdalena a Daniel, un poco asombrado por la efusividad del saludo de su mujer.
Pues desde aquel día, Magdalena ya no podía ir sola a vender al mercado lo que les sobraba del huerto, como había hecho siempre. A Daniel se lo llevaban los demonios, los celos no le dejaban vivir.
Donde antes todo era paz y armonía, a partir de este momento se convirtió en broncas y peleas. No servía de nada que Magdalena jurase que entre Ángel y ella nunca había habido otra cosa que una amistad de chiquillos.
–Éramos niños y estábamos siempre juntos, jugando, nos criamos juntos –explicaba ella.
Daniel se estaba volviendo violento, imprevisible, un peligro.
Y los malos tratos se fueron haciendo cada vez mas frecuentes. Un buen día Daniel, en uno de sus arrebatos, cogió un cuchillo y apuñalo a Magdalena, causándola la muerte.
Horrorizado por lo que acababa de hacer, se entrego en el cuartel de la guardia civil.
El pueblo se quedo muy consternado, pues Daniel y Magdalena formaban una pareja muy bien avenida. Nadie hubiera imaginado un final tan trágico. Siempre sorprenden estas realidades.

El pesimista

Fernando
Andrés tomaba una cerveza en la taberna, en Madrigal de los Pinos, el pueblo es pequeño y no había otra, y llegó un vecino con el cuento del día.
–Hola, Andrés, no traigo las mejores noticias.
–Pues podías irte por donde has venido, que para malos ratos, me basto y me sobro –Andrés no era precisamente un optimista, y siempre vivía al borde de la depresión.
–La cooperativa para la leche se va al garete. Se va a quedar a medio construir porque Bruselas ha retirado la subvención, me lo ha dicho el alcalde, los papeles que presentamos no estaban bien.
–Lo que me faltaba.
Andrés no tardó en sumirse en otra de sus habituales crisis de ansiedad. Ya veía su ganadería de vacas suizas otra vez a la deriva, la leche tirada en las cunetas, los terneros malvendidos, el corral sin gallinas, las pocilgas sin cerdos y la piscina sin limpiar.
También se daba cuenta Andrés de que así no podía seguir, con estas crisis que le cortaban la respiración y le quitaban las ganas de vivir. Decidió buscarse un psicólogo y fue a la capital, a Toledo, a la consulta de un tipo del que un amigo le había hablado maravillas.
–Ya estoy harto de soplar en la bolsa de plástico –le dijo nada más entrar en la consulta.
–¿Quién le aconsejó soplar? –preguntó el psicólogo.
–La médico de cabecera.
–Es un buen consejo, pero no vale para toda la vida. Se va a poner a darle de puñetazos a este cojín –y le señaló uno rojo que tenía junto al diván.
–¿Cómo lo hago?
–Como quiera.
Y le tuvo durante los tres cuartos de hora dando puñetazos al sufrido cojín.
Necesitó de unas cuantas sesiones más de puñetazos, intercalados de algún consejo y no pocas confidencias, para que le desaparecieran por completo los síntomas de ahogo que experimentaba Andrés ante cualquier contratiempo.
De hecho, por aquellos días le había dejado la novia, mosqueada por sus continuos viajes a la capital sin explicación –a Andrés le daba vergüenza confesar que iba al psicólogo a darse de puñetazos con un cojín– y no tuvo el menor síntoma de ahogo.
Y el mismo día, no sabía si porque le había dejado la novia o porque los problemas ya no le superaban –por cierto, lo que es la cooperativa de la leche no se terminaría, ya se había confirmado lo de Bruselas– Andrés decidió invitar a los colegas de la pandilla a merendar al bar. Y allí siguen, de momento, bebiendo.