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Pepe el Mula


Ramón
Nos tocaba hacer la mudanza de don Zacarías Topete, notario de Segovia, que cambiaba de casa. Me acompañaba Pepe el Mula, un tipo trabajador y muy responsable. Pepe no sabía nada del cliente de hoy y yo no sabía nada aún de sus inclinaciones malsanas hacia los notarios.
Cuando entramos en la casa y leyó la placa en la puerta, NOTARÍA, a Pepe se lo llevaban los demonios.
–Estudian cuatro días a cuenta de mi esfuerzo desde niño, o sea, de mis impuestos, y se hacen con un pesebre de por vida. No puedo con estos parásitos, no los aguanto, es demasiado. Por lo menos las vacas dan leche, pero los notarios solo nos dan po’l culo.
Esto me lo dijo antes de que nos abriesen la puerta.
–¿Pero qué te han hecho los notarios, Pepe? –pregunté yo, un poco alarmado, pues no conocía esta faceta tan violenta del prudente Mula.
–No me han hecho nada todavía, pero cuando me lo hagan, que me lo harán, no respondo de mí.
Ya nos habían abierto la puerta y tuvimos que callarnos.
Llenamos el camión de trastos muy pesados, que los muebles de notario son de maderas nobles o algo peor. Nos habíamos dado una paliza subiendo escaleras y bajando muebles de un segundo piso sin ascensor.
Don Zacarías nos guiaba con su coche a la nueva mansión, un chalet de tres plantas, también sin ascensor.
–Voy a apuntar esa matrícula, que nunca se sabe –me dijo el Mula.
Vaciamos la carga con algo más de tranquilidad y nos fuimos, pero la historia siguió a la mañana siguiente. Iba otra vez con el Mula en el camión, conducía él hoy, y vio estacionado en doble fila el coche del notario enfrente de la estación de Renfe.
–Mira qué bien, ya le tenemos a tiro –lo dijo así, en plural, como si saldara una cuenta común y ancestral.
El rayón que le metió con la defensa del camión a las dos puertas laterales del Mercedes fue para cambiar la mitad de la carrocería, si no toda, pero sólo chapa. Por supuesto, el Mula ni paró. Y todavía gritaba como los indios en plena batalla, aunque con cara de felicidad y sin pintar.
–Pero Pepe, ¿qué te pasa? Estás descerebrado, tú.
–Entiendo que no me entiendas, pero con los notarios hay que hacer prevención, como con la salud.
–Puta envidia es lo que tienes tú –le dije por decir algo.
–Cuando un notario me haga una putada después de lo de hoy, el disgusto será otra cosa y puede que ya no me infarte.
Lo tenía tan claro que era mejor no insistir. Para qué, si el Mula iba a convencerme antes a mí que yo a él.

Un lugar al sol


Ramón
–Cuéntame una a una las personas humanas que salen y entran esta mañana en la residencia –me lo pide la conserje, muy en su papel de persona humana un poco sargento.
–¿Cuento también las sillas? –pregunto yo, por si las sillas ya estaban contadas.
–¿Qué pasa, que los cojos no sois personas humanas como cualquier hijo de vecino?
–Casi preferiría que me explicases para qué tengo que contar –volví a insistir yo, por saber lo que estaba haciendo.
–Muy sencillo, porque yo tengo que hacer otras cosas y me distraigo si hago eso. Tú, en cambio, que estás ahí plantado toda la mañana sin hacer más que mirar y cotillear, puedes llevar la cuenta.
No contestaba a mi pregunta del por qué, pero comencé a contar. Salió y volvió a entrar una persona humana, mujer más en concreto, de administración. Entró otra y luego otra, salieron a continuación dos personas humanas en silla de ruedas. Y salieron otras dos, esta vez una en silla y la otra empujando, y entraron otras dos personas humanas, una de ellas acompañada de una persona perruna que no conté. Hasta aquí estábamos empatados e hice una cruz para no equivocar la cuenta, que amenazaba ser muy larga.
Y volví a preguntar a la conserje:
–¿Se trata de controlar que el centro no se llene o que no se vacíe? Porque es muy distinto el exceso de aforo de personas humanas que un vacío lamentable de compañía, con la soledad consiguiente. Nada que ver una realidad con la otra, como tú bien comprendes.
En ese momento ella estaba tomando nota de una lista de personas humanas que le dictaba la médica, para llamar por megafonía a su consulta, y tardó en contestarme.
–Zoquete, se trata de que te distraigas, que te pasas la mañana ahí, mano sobre mano.
¿Y qué podía decir yo ante una respuesta como esta y ante una persona humana como esta?
No dije nada. Lo único que se me ocurría era muy violento, y a mí no me gusta la violencia.
Eso sí, deje de contar y continué allí, mirando como trabajaban los otros y disfrutando yo de no hacer absolutamente nada, salvo ocupar mi lugar al sol, que tanto parecen envidiar algunas.

La gasolina


Ramón
Victoriano bebía demasiado, tanto que nunca tenía un duro para los gastos más imprescindibles, como la gasolina.
Había tenido muy mala suerte en la vida. Primero había muerto su mujer, un cáncer fulminante, tres meses de suplicio en plena juventud. Le había dejado un hijo, que fue el motor que empujó la vida de Victoriano hasta que un mal día se volvió a cruzar la mala fortuna y un camión sin frenos arrolló al huérfano en la cuesta que baja al Acueducto por la entrada de Madrid.
Desde que Victoriano se quedó solo, comenzó su peripecia por bares y supermercados en busca de alcohol. Cada vez bebía más, aunque nunca tanto que no pudiese continuar trabajando y conduciendo.
Y se fue acostumbrando a llenar el depósito en gasolineras lejos de Segovia, pero la rutina le iba acercando cada vez más, hasta esas tres que tenía más a mano, dos en la salida de Madrid y una en la salida de Cuéllar. Siempre hacía lo mismo, o casi: llenaba el depósito, distraía al gasolinero entrando en el baño, salía y se largaba sin pagar.
Una, dos, tres veces se puede hacer la pirula, pero a Victoriano terminaron por identificarlo en las tres gasolineras.
–A primeros te pago – decía Victoriano al que le había pillado.
La mayoría, si no todos los empleados, conocía la historia de Victoriano, y los más de ellos hacían la vista gorda. Pero hubo alguno que no quería hacer el primo y comenzó a denunciarlo a la guardia civil.
Cuando los guardias comenzaron a visitar la casa de Victoriano y comenzaron a hacer preguntas, a este se le fueron abriendo los ojos, o por mejor decir, el horizonte de su vida o lo que fuera eso que veía cuando miraba hacia arriba desde el pozo en que se encontraba mientras era interrogado.
Las preguntas de los guardias le obligaron a relacionar su soledad con el desorden en su vida. “Tendré que cuidarme un poco si no quiero perderlo todo”, se dijo un día y vació todas las botellas que tenía en la casa en el fregadero de la cocina.
Y desde el día siguiente, comenzó a pagar también la gasolina.

La notaria

 
Ramón
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Hoy doña Francisca ha vuelto a llamar a la oficina.
En la empresa conocemos a doña Francisca desde hace varios años. El primer mueble que malvendió fue un piano de pared, posiblemente el aparato más complicado de transportar en una mudanza. De aquel porte me acuerdo por eso, pero también porque la dueña era una mujer joven, treitañona como mucho, y hermosa. Me sorprendió cómo acariciaba el piano cuando comenzamos a moverlo, y casi lloraba cuando por fin lo sacamos de la casa. Nos gritaba con angustia “Cuidado, cuidado” cuando lo bajábamos por la escalera.
–Que somos profesionales, doña Francisca, confíe en nosotros –yo intentaba tranquilizarla.
No le di más importancia a esta escena, pero al mes siguiente nos volvió a llamar a la oficina para que nos llevásemos el óleo que colgaba de la pared, justo encima del hueco que había dejado el piano. El cuadro representaba una escena de dos mujeres en la cocina, que bien podían ser las hermanas de Lázaro discutiendo, no era nada malo. Y doña Francisca ahora sí soltó alguna lágrima mientras lo envolvíamos en papel de embalar.
Solía llamar cada mes y la escena terminaba en llanto indefectiblemente. Después de tantos portes ya conocíamos la historia de doña Francisca y su mala fortuna. Viuda joven de un notario, no sabía hacer otra cosa hoy por hoy sino lamentar su mala fortuna, por más que yo intentaba con mis comentarios sacarla de su error y de su encierro:
–Doña Francisca, si usted está en la flor de la vida, si con su cara puede conquistar Segovia, y hasta Madrid si se lo propone.
Pero ella lloraba con más fuerza aún al oír mis palabras, lamentando su soledad y su viudez, justo lo que tantas mujeres sueñan para sí aquí y allá.
Tantos habían sido ya los portes que su piso se estaba quedando vacío. Recuerdo que la vez anterior nos habíamos llevado la mesa de nogal, el último mueble del despacho del notario. Por cierto, el destino siempre era el mismo, el anticuario de la Calle Real. En la casa, si acaso, ya sólo quedaba lo que hubiese en el dormitorio. Y tanto lloró doña Francisca que este último porte ni siquiera se lo cobramos.
Pues hoy había llamado otra vez más y mi padre nos ordenó que volviésemos allí, se ha resignado a trabajar para nada: lo que son las lágrimas de las mujeres, ablandan incluso el corazón de los empresarios.
Llegamos con el camión y doña Francisca, llorando a lágrima viva, nos pidió que cargásemos el armario del dormitorio. Sobre la cama y sobre la cómoda había vaciado todo, algunas bisuterías, algunos pobres vestidos, muchos trastos inútiles y sin valor.
–Pero doña Francisca, ¿cuándo va a salir usted ahí fuera a ganarse la vida?
No me contestó, no sabía más que llorar. Era un caso patológico de indefensión.

Un sinvergüenza


Ramón
Hace ya tiempo que, si Braulio aparece por la calle, yo me cambio de acera. En realidad, me largo de cualquier sitio donde él haga acto de presencia, incluidos los bares y las plazas, ya me he acostumbrado. Un día incluso me fui de la iglesia de la Vera Cruz porque él se había presentado.
A Braulio lo conozco desde el colegio, era el cabecilla de los que asustaban a los pequeños, les quitaba los bocatas o los libros. Era un jodido abusón al que los profes habían dejado por imposible. Le aprobaban para quitárselo de encima el próximo curso.
Pues con 18 años a Braulio se le ocurrió venir a pedir trabajo a lo de mi padre. Menos mal que yo estaba allí y le pude advertir de la clase de pieza que estaba a punto de contratar. Para mi desgracia, el Braulio se percató de las señales que yo le hacía a mi padre y me cogió gato.
Pasado el tiempo y después de no pocos pinchazos sospechosos en las ruedas del camión que yo manejaba, me encontré un día con un servicio en una calle sin acceso, por el barrio del Alcázar. Teníamos que dejar el camión a más de cincuenta metros del portal, o sea, una mudanza con mucha mala leche. Cargamos todo con mucho esfuerzo por fin y nos fuimos a destino, a un chalet mucho mejor que la casa que habíamos vaciado. El inquilino prosperaba.
Y allí me encontré a Braulio muy sonriente, esperándome. Era el dueño del chalet y comenzó a incordiar de inmediato, que si el cabecero de la cama lo habíamos rayado, que si la lavadora tenía un golpe, y así. Cuando le oí protestar porque una lámpara de papel se había abollado, ordené al compañero ayudante dejar todos los muebles en la acera, más bien lejos de la puerta de acceso, y nos largamos.
Sabía que el muy cerdo no nos iba a pagar el porte y no estaba yo dispuesto a trabajar gratis para semejante persona.
Nos fuimos de allí sonriendo. Cuando por el retrovisor observé a Braulio de pie en la acera y cuidando de sus muebles, entonces me reí a carcajadas. Eso sí, desde aquel día procuro no cruzarme con él. Y hasta hoy.

El baile de Santa Águeda


Ramón
Foto: Gerardo Lazzari
Teníamos 18 años y éramos felices. Javier y yo íbamos juntos con frecuencia a las fiestas de los pueblos. Aquel invierno, un sábado de febrero, decidimos acercarnos hasta Zamarramala, a las fiestas de Santa Águeda. No es que nos interesase mucho la historia, pero cuando llegamos ya habían nombrado la alcaldesa, tampoco sé cómo lo hacían.Nosotros íbamos a bailar y ningún lugar puede haber mejor que este pueblo, donde hacen fiesta del recuerdo de una juerga que se corrieron las mujeres del lugar con los soldados moros de guarnición en el Alcázar de Segovia, permitiendo así que los hombres conquistasen un castillo con los defensores distraídos.
El caso es que yo, como tenía que conducir de vuelta a Segovia, no podía beber mucho, unas claras. Javi bebía algo más, pero nunca demasiado. Y solo fumábamos Ducados, o sea, que éramos lo que se conoce como unos chicos muy formales. Y además, se nos notaba.
¿Qué ocurrió? Pues que en el baile de Santa Águeda, en Zamarramala, son las mujeres las que escogen pareja y sacan a bailar. Y a Javi y a mí nos rodearon desde el primer momento las chicas buenas del lugar, las más formales, o sea, esas chicas que en una fiesta sabes a la hora que te dejarán plantado para volver a casa porque se hizo tarde según ellas.
Y fueron tantas las zamarriegas que nos echaron el ojo desde el primer momento que no podíamos abrirnos camino hacia el otro extremo del baile, donde bailaban las chicas que realmente nos gustaban, o sea, las que sabían bailar y disfrutar de la fiesta, pero sobre todo que no tenían horario de vuelta a casa.
Javi estaba desesperado, habíamos bailado con ocho o diez chicas, y a eso de las doce, con todo el mundo emparejado en el baile, nosotros dos nos habíamos quedado solos, mirando desde un rincón cómo todo el mundo se morreaba.
Si las abuelas hubieran hecho con los moros lo mismo que las nietas hicieron con nosotros, aquel día se termina la Reconquista y ningún cristiano asalta el Alcázar.

La mujer prudente


Ramón
¿Qué se puede decir de una mujer que ha criado trece hijos? Sólo para ponerles nombre a cinco chicas y a ocho chicos hay que ser una poeta. Carmen se llama la hija mayor y Ramón el hijo mayor, que soy yo. Y Jesús, el más pequeño de todos.
No he conocido a ninguna mujer más tranquila y satisfecha con su suerte. Rodeada como estaba siempre de preocupaciones, que si un hijo tose, que si el otro estornuda, que si un arañazo, que si un brazo roto, que si una descalabradura, que si a este le gusta la música, a aquel la escalada, al otro el ciclismo, cada año que pasaba aumentaban los problemas y aumentaba el número de hijos, pero no disminuía su entusiasmo.
Además de haberles dado la vida, esta madre, que es mi madre, les enseñaba también a vivir. No tengo memoria de haber ayudado a mi madre en los cuidados de mis hermanos, nunca me faltó tiempo para el baloncesto. Mi hermana Carmen sí ayudaba a mi madre. Los chicos, si acaso, hacíamos los recados, nada más.
Ella se ocupaba de todo, nos lavaba, nos vestía, nos vigilaba, era una mujer siempre despierta, siempre activada, siempre presente.
Y todavía ayudaba a mi padre en la oficina, con los encargos o cogiendo los avisos de mudanzas. Cada vez que pienso en mi madre, pienso en una persona feliz.

Memento


Ramón
Hoy por hoy me cuesta mucho acordarme de lo que tengo que hacer mañana o pasado mañana. Sin embargo, ahora me dices lo que tengo que hacer y yo lo hago, que siempre fui un chico obediente.
Es cierto, yo siempre fui cumplidor, aunque recuerdo que también tenía tiempo para la iniciativa privada, o sea, para hacer lo que me daba la gana. Y lo hacía. Era feliz cuando hacía lo que me gustaba, por ejemplo cuando hacía de árbitro de baloncesto. Decidía lo correcto en cada caso durante el partido, me gustaba.
Mañana voy a memoria con el terapeuta ocupacional, relacionamos palabras con compañeros, que si el gritón, que si el músico, que si el manitas, esas cosas. Por la tarde es mejor, que no tengo nada que hacer y veo la tele, Saber y ganar, alguna peli o el fútbol. El fútbol me gusta especialmente. Y a eso de las seis de la tarde o las siete, me bajo a dar una vuelta por la calle, si es que encuentro a alguien que me acompañe, un amigo o un voluntario.
O sea, que sí que me acuerdo de todo lo que tengo que hacer mañana, no ando tan mal de memoria como supone el terapeuta ocupacional. Yo diría que soy un hombre feliz, yo sí, yo soy feliz. Y cuando oigo algo que no me interesa, me voy a otra parte. Sí, soy feliz, soy muy feliz. A lo mejor está relacionado con esto de no recordar muchas cosas.

Familia


Ramón
Yo he trabajado mucho, hasta que no pude más. Somos cuatro hermanos –yo soy el cuarto– con los mismos problemas que yo, que no pueden salir a la calle si no es en silla de ruedas. Ellos son más jóvenes que yo, incluida una chica, que en casa todavía se defiende andando, pero que no puede salir si no es en silla. Ni ellos me dan compasión ni yo la tengo conmigo mismo. Todos luchamos por sobrevivir y ya está. Otros cuatro hermanos continúan siendo transportistas y no tienen problemas de movilidad, suerte que tuvieron.

¡Lo que no enseña un camión!


Ramón
Un mes ya era casi demasiado para los que se tuvieron que ir, pero su ausencia se estaba haciendo insoportable para los que nos habíamos quedado. Hablo de cuando se fue Avelino, que también se dedicaba al transporte como yo, en un viaje a San Petersburgo con cerámicas.
Su ausencia se notaba sobre todo por las tardes, cuando la cuadrilla nos íbamos a tomar vinos los días libres. Avelino había nacido para payaso, pero se hizo camionero. La escena mundial perdió una estrella y mi cuadrilla ganó muchas tardes de gloria. Él era único para sacarle punta a la vida.
Un día que la poli había cortado la Calle Real y no podíamos pasar hasta el bar que nos abrevaba habitualmente, nos metimos a la izquierda, por las callejas de la Judería, con la intención de burlar el control. Pero Avelino tropezó con una mujer que, según él, le había hecho un hombre y en su bar nos aparcamos durante toda la tarde, la cuadrilla rodeada como nunca de amigos de esta mujer que hablaban y no paraban de Avelino y sus atributos.
Pero cuando se fue, yo no lo echaba de menos por un centímetro de más o de menos, sino porque sin él las tardes eran siempre mucho más largas. Después de un mes largo, yo creí que ya se habría matado y bebía en su memoria.
Cuando volvió de San Petersburgo, estábamos los de la cuadrilla amustiados una de esas tardes que se hacían tan largas, cuando de pronto le vimos aparecer en la puerta. Estábamos en el bar de siempre, agarrados con desesperación al chato. Pues si su sonrisa era de oreja a oreja nada más vernos, la nuestra fue directamente una carcajada: le acompañaba una tía que, por el fenotipo, no podía ser menos que leningradense.
Y nos bebimos de un trago el chato y pedimos otra ronda para compartir con los recién llegados.
El pedo de aquella tarde fue brutal. Avelino contaba y no paraba de su viaje. Había cogido en autostop a todas las chicas que se lo habían pedido y ya con eso tenía calibradas a las mujeres de todas las patrias de Europa, de Francia a Lituania, con luxemburguesas, alemanas, checas y polacas incluidas.
–Una sabiduría me he hecho –nos explicaba después de cinco chatos– A las francesas todos las conocéis, muy funcionales. Las checas son más tiernas, sin embargo, más inseguras. De las alemanas no digo nada, un hambre insaciable. Las polacas, como las de Segovia, más pendientes del cura que del milagro. Y las lituanas, un poco primitivas. No hay como las rusas para descubrir el calor humano, tú.
La rusa no entendía ni papa, pero se reía con nosotros. Fue una buena tarde para la ampliación de perspectivas de la cuadrilla.

Árbitro


Ramón
Vivía en Segovia, en un 5º piso sin ascensor, y de casa a la Profesional me tocaba ir andando. Habían estudiado allí tres hermanos y para mí todo era más fácil, pues tenía información anticipada de los buenos y de los malos.
En realidad, no había ninguno malo del todo, me refiero a los profes. A mí lo que me gustaba era la mecánica, montaba los motores como si fueran mis juguetes. Los motores y los partidos de baloncesto de los domingos, era con lo que más disfrutaba.
Lo mismo me tocaba alevines que infantiles que juveniles, yo arbitraba todos los partidos. Era árbitro, pero de mesa, era el que llevaba la cuenta de todo, puntos, tiempo, personales… todo. Un trabajo es esto de ser juez de mesa en un partido de baloncesto.
No había demasiadas broncas, sin embargo. La federación nos daba cursos y yo estuve varios años estudiando los reglamentos de todos los deportes, pero lo que más me gustó siempre fue el baloncesto.
Jugué poco, cuando me escogían en la Profesional porque era alto. Pero pronto me quedé muy atrás en la cosa de encestar, había que ser muy bueno para tener sitio en un equipo. Y yo sólo conseguí sitio en la mesa.
De juez de mesa estuve unos cinco años…
No me lo puedo creer, que recuerde todas estas cosas que tenía olvidadas. Me ocurre algo curioso, tengo nostalgia de mis olvidos más que de mis recuerdos.
Esto sí que es nostalgia: la tristeza del olvido. Esto sí que es un mal rollo, os lo digo yo, vaya mierda los olvidos.
Tengo que recordar más cosas de mi adolescencia.

Misógino


Ramón
 
Tenía un amigo en el coro, muy majo con sus amigos, pero que como enemigo era mucho mejor. Cualquiera que tuviera con él cuentas pendientes preferiría que estuviera bien lejos. Se llamaba Gabriel y tenía un defecto que destacaba sobre todos los demás: era un poco misógino.
Recuerdo especialmente un día que ensayábamos algo de El Mesías, de Händel, supongo que el “Aleluya”. Nosotros, o sea, Gabriel y yo y dos más, hacíamos el bajo. Aunque depende de las partituras, la voz baja suele ser la más fácil, o por lo menos la que menos se oye si te equivocas. En cambio, las voces altas son las que arriesgan de verdad, a las que se oye más, lo mismo si lo hacen bien que si lo hacen mal.
¿Qué ocurría? Que como tiple cantaban mujeres y que estábamos ensayando y que de momento la cosa no fluía. Los bajos teníamos que seguir a las voces altas y, cuando la cosa no iba bien, nos perdíamos. Y ya más en concreto, Gabriel comenzaba a regodearse:
–La cantinera viene hoy pasada de chinchón.
La cogía con una y no paraba hasta que conseguía sacarla de sus casillas, sobre todo si esa una era la Mari, una camarera del Luciano. Aquel día la hizo llorar.
El ensayo terminó media hora antes de lo previsto:
–Patán, descerebrado, machista, cantimpalos –gritaban las compañeras de la Mari.
–Yo no me equivoco –Gabriel no se callaba–, yo traigo la partitura leída y estudiada. Y aquí huelo a anís.
Era un  recalcitrante hijo de porqueros, de Carbonero, disfrutaba con estas escenas, si no era por una cosa era por otra.

La mano que oprime


Ramón
Cuando ella se fue sentí como un vacío. Los primeros días intenté buscar una explicación, tanto a mi desolación como a su marcha.
No me valía que me hubiese explicado que su familia la necesitaba. Yo también la necesitaba a ella más que a nadie y, sin embargo, me había dejado solo. Que hubiese ido a socorrer a sus hermanos sin recursos yo lo podía entender, que bien sé yo lo destructivos que pueden ser el paro y esta crisis para todos. Pero que se hubiese separado de mí por ello, eso sí que no lo entendía.
No sabía qué hacer, no sabía pensar en otra cosa, me estaba haciendo inservible, un inútil en el trabajo porque no me podía concentrar. Y nada me aliviaba de mi vacío, ni siquiera la música.
Tuve que dejar el coro porque no era capaz ni de seguir la partitura y mi voz decía más triste que cualquier otra voz, se notaba demasiado, desentonaba. Y me fui.
Llevábamos juntos tres años y yo no sé cómo vivir sin su compañía. No hago otra cosa que tomar ansiolíticos y dejar pasar los días, que de mes en mes se me hacen más largos.
Esta mañana me he sorprendido en la ducha, sin embargo, cantando la voz baja del Amén de Händel. Me ha parecido asombroso oírme. Como si cantase otro. Cuando dejé el coro, había dejado también de ver a mis amigos, pero esta melodía me los ha recordado. Me citaré con ellos y volveré al coro en unos días.
Un vacío continúa llenando mi corazón, pero he conseguido entonar. ¿Cuánto tiempo ha pasado? Cuatro meses, cinco meses, pero hoy me ha ocurrido algo curioso: la mano que oprimía mi corazón como si se hubiese aflojado. 

Te encuentras de todo


Ramón
A pocos compañeros les ponía trabajar, pero había algunos que disfrutaban más que otros. Yo, contento, el día del sobre. En septiembre, el día 30. Pero lo que es trabajar, no me ponía mucho. Solíamos ser tres en la cuadrilla, cuando la mudanza era grande y usábamos el camión. A veces, en mudanzas pequeñas, iba yo solo con la furgoneta a algún pueblo de los alrededores de Segovia.
Mi padre era el jefe. Cuando mejor me lo pasaba era en los viajes largos. Me tocó ir una vez a París, genial. Y otra, a Roma. El viaje a Roma fue en tres días, y de este primer viaje no recuerdo mucho. Pero recuerdo que al poco volví con el coro en el que cantaba y fue lo más. Estuvimos en Roma y en otras tres ciudades, una Bolonia, pero de las otras dos no me acuerdo y ya me da rabia. Éramos unos treinta en el coro y fuimos todos. Pasamos unos días de verano geniales, una semana intimando con las tías.
Pero estaba hablando del trabajo, que lo hacía para cobrar y que, como cualquier trabajo, era un poco cansino. Pero lo bueno de las mudanzas todavía no lo he contado. Viajar es bueno, y al extranjero mejor que bueno, pero charlar con las clientas, eso ya es lo más. Y yo charlaba mucho. Generalmente, me tocaba recoger de la cuerda los bultos, cuando los subíamos, que colocábamos la garrucha en una terraza para subir las cosas por la fachada. Desde abajo tiraban de la cuerda los compañeros y yo, arriba, recogía los trastos.
Esto me permitía intimar con las clientas. Me invitaban a café, que si luego una copa, y la mudanza podía terminar a saber cómo, toda una mañana subiendo y bajando. Hice muchas amistades con las señoras en estas mudanzas. Y con algunos hombres también, que te encontrabas de todo.

Decepción


Ramón
Yo sé lo que siente una persona cuando pierde una amistad de muchos años. Ella y yo paseábamos con la señora Carmen por el barrio y por el Parque de los Cipreses los días de sol. Algunas veces, pocas, llegábamos hasta Parquesur. Me gustaban especialmente los paseos al sol con ella.
Yo le hablaba de mi vida, de mis doce hermanos (las cinco chicas vienen a verme, los chicos no), de mis trabajos, que siempre trabajé, de mi madre, que ya está un poco vieja, cuando me decía algunas veces que no podía manejarme porque estaba descadrilada, que ni siquiera podía hacerlo con la grúa.
Mi amiga me contaba poco, es alicantina y se ha ido de esta residencia para estar más cerca de su familia. Mi amiga era como una flor, muy hermosa en primavera y todo el año luminosa, al sol.
Siempre íbamos juntos también en las excursiones, lo pasábamos bien. Llegamos a ir hasta Lourdes juntos dos veces. En tres años de conocimiento no es poco. También éramos vecinos de planta, la echo mucho de menos.
Y es una gran tristeza que no me devuelva las llamadas. Yo creo, después de tres meses esperando que me llame (yo la llamaba casi todos los días y no estaba nunca), que ya no es tristeza lo que siento. Triste estoy, pero ya no sé por qué. Quizá me quede esa sensación que producen en el alma las oraciones que dios no escucha, eso mismo que otros llaman decepción y que no curan ni las misas de los domingos.

¿Dónde narices se fue mi novia Alicia?

(Nos seleccionaron los de MedialabPrado a los adredistas, dentro de su taller experimental Funcionamientos: Diseños abiertos y remezcla social, como invitados estrella entre los proyectos escogidos, para hacer nuestro Taller de Escritura Creativa en las naves del Matadero de Legazpi. No os lo vais a creer, pero tuvimos público. A poco más y llenamos el lugar de amigos. Nos ayudaron muchos de ellos a escribir, desde Alba –gracias, Alba– hasta GabrielLucas, y otros mil más, o por lo menos diez. Estuvimos escribiendo muchos de los habituales, y algunos que jamás habían pisado el taller, como Rafita, Gero, Ramón y JoseFelipe –hoy publicaremos sus textos, los primeros–, o JoseÁngel y Rosalía, que les cuesta asistir con asiduidad.
Y todos nosotros, todo el día por allí mirando y exhibiéndonos. La condición era arrancar nuestros textos a partir de revolución, una palabra que, curiosamente, remite en su etimología a la escritura y a la lectura, a los pergaminos que se revolvebat, o sea, se desenrollaban para poder escribirse o leerse. Lo mismo que desarrollo, <de rota=rueda, des-a-rodare=des-arrollar, desenrollar> un concepto igualmente ligado a la Historia humana, no ya por remitir a la escritura en su origen, sino también a esta locura del crecimiento sin medida, pues nos ha arrollado el desarrollo. ¿Por qué será que revolución, en el imaginario cultural dominante es un concepto peligroso, y con desarrollo ocurre lo contrario, que se considera algo deseable? O sea, lo que nos puede salvar del desastre, la revolución, es rechazado, y lo que nos ha traído al borde del precipicio, el desarrollo, es bueno. Es lo que tienen las palabras, como hemos dicho tantas veces en el taller, que se llenan de mierda en su uso por las sociedades que ponen en comunicación, o mejor, por los dueños de las palabras, que son los dueños de todo.
Pues de esto escribimos en el Matadero de Legazpi, un lugar al que , en fin, nos llevó la constancia, el entusiasmo y la inteligencia de Montse, nuestra asistente de escritura y de casi todo ya)

(Ramón jamás se había visto en otra similar, y salió dignamente del trance de tomar la palabra y escribir para que se le oyese)
 Ramón
¿Dónde narices estoy yo, hoy?
¿Dónde narices se quedaron mis amigos?
¿Dónde narices se fue mi novia Alicia?
¿Cuándo narices llegarán las Navidades para largarme con mi familia?
A mí me gusta salir de la residencia y hacer de todo, aunque sea escribir, pero el caso es que estoy perdiendo vista.
¿Y por qué me dará tanto miedo perder la vista? Perder las piernas no es tan terrorífico.
¿Y por qué pesamos menos con una grúa?
Todo lo que se mueve ocupa su sitio, yo he tenido un accidente de coche y sé lo que me digo.
¿Por qué la revolución tiene tan mala prensa?
Los hombres se juntan y hablan, eso es la revolución de las plazas.
Pero el caso es que también se hacen preguntas cuando se juntan.
Y hay que contestar a las preguntas.